13 agosto 2007

Berlanga, 8 de diciembre.

Los arrieros del pueblo, que nunca solían ir solos, dejaban Casillas y Romanillos a su izquierda y seguían la carretera blanca hacia Barcones. Apenas dejada atrás la linde entre provincias y mucho antes de que Barcones apareciera, se desviaban con sus reatas por un camino de tierra muy sobado, antigua Galiana de la Mesta, que, por derecho, les llevaba a Arenillas y de allí a Ciruela. Así evitaban el rodeo que da la carretera para pasar por Caltojar y antes por La Riba. Los arrieros se perdían la iglesia románica de Caltojar y la ermita de San Baudelio, que está entre Caltojar y Casillas de Berlanga, pero no creo que les importara mucho. A los arrieros estas sutilezas de turistas, que se pusieron de moda en el último cuarto del siglo XX, les traían sin cuidado pues sus caminos se regían por normas viejas de subsistencia, economía y distancia. Las finezas del arte románico, de las ermitas mozárabes, de las bóvedas de palmera, de los peristilos o los misterios de los eremitas no eran para ellos cosas de utilidad inmediata, ni de méritos muy reconocidos. En Ciruela, a cuatro kilómetros de Berlanga, refrescaban o pasaban la noche, según se terciase, en la posada o venta de la Calle de la Carretera. A veces, si la cosa se daba bien, en la misma posada se hacía el trato y los interesados se evitaban el acudir a la feria de Berlanga del día siguiente, 8 de diciembre. Eran estas ventas, situadas en las encrucijadas, abundantes en pesebres para las bestias (de algunas se decía que tenían tantos pesebres como días el año) y con amplias salas para que los viajeros, al amor de la chimenea con la lumbre en un hogar a un palmo del suelo, descansasen, se protegieran de las inclemencias del tiempo, comiesen, durmiesen o tratasen. Quien allí vendía o compraba, a su conformidad, iba sobre seguro, pues en la feria se podía vender, se podía comprar o, puede, que ni lo uno ni lo otro. Pero, claro estaba, volverse al día siguiente sin ir a la feria era algo que dejaba cojo el viaje.
A la feria de Berlanga, el 8 de diciembre como se ha dicho, acudían de los contornos gran cantidad de paisanos a comprar y a vender, tampoco faltaban los tratantes, ni los gitanos, que casi lo eran de casta, y en los últimos años, antes de que se extinguiera la feria de ganado en aras de la maquinaria agrícola, hasta asturianos y cántabros que bajaban con potros menudos y montaraces de su tierra, cargados en camiones. Por todos los caminos se veía acudir a la gente con su o sus caballerías, solos o en cuadrillas, para vender, comprar, cambiar… o lo que se terciara. Luego unos volverían a casa más contentos que otros.
En la explanada de la ermita se amontonaban el personal y las caballerías. También en la zona del rollo. La zona se convertía en una amalgama de gente y animales. Caballos, yeguas, potros, asnos, pollinos, mulas, machos romos, burros enteros… Los probables compradores hacían correr a los animales tirándoles de la rienda y comprobando si estaban cojos o si no veían de algún ojo o si las mulas eran falsas… Otros les metían los dedos bajo los belfos y les descubrían los dientes para deducir la edad. Todos les miraban las patas para ver si iban calzados y si estaban bien herrados y, por supuesto, si tenían alguna herida, merma o cojera.
-¿Cuánto pides por la yegua?
-Mándame tú y ya veremos.
Los hombres se daban la mano durante el trato y, a veces, se la mantenían estrechada un buen rato mientras regateaban para acabar llegando a un acuerdo entre subidas del comprador y recortes del que quería vender:
-Dos mil quinientos duros y no te mando más.
-¡Tuya es la yegua!
Y ya no había vuelta atrás. Se finalizaba el apretón de manos con un postrer estrechamiento y aquello quedaba atado en la tierra.
A veces no se ponían de acuerdo y se soltaban las manos haciendo aspavientos ostentosos y fingiendo despecho o, a veces, incluso desprecio por lo que se les mandaba o lo que se les pedía. Según los casos. Otras veces aparecían los mediadores que, indefectiblente, proponían partir la diferencia y que fuera el menos reacio al trato el que pagara el alboroque. Sin embargo los mediadores no siempre eran de fiar, por haber sido acordada su intervención previamente por uno u otro de los interesados.
Menudeaban también los puestos ambulantes de accesorios para las caballerías, los capadores, los puestos de chucherías, la venta ambulante de gorrinos para criar y algún que otro herrador por si se terciaba vender o comprar o por si había que calzar algún animal para redondear un trato. No faltaban tampoco algunas vacas lecheras o terneros para carne.
-Tío herrador, ¿qué es ese palo con esa cuerda que le ha puesto en el morro a la mula?
-Eso, majete, es un torcedor o acial, descanso del hombre y tormento del animal.
El herrador quitaba las herraduras viejas sacando los clavos de los cascos con unas tenazas, luego con el pujavante cortaba los cascos crecidos y los nivelaba para que sobre ellos asentaran bien las herraduras nuevas y, finalmente, clavaba éstas con maestría haciendo que las puntas de los clavos asomasen a la altura conveniente del casco donde los cortaba y remachaba. Si la caballería era rebelde o nerviosa necesitaba de alguien que la tuviera y si se veían mal la ponían en el morro el duro torniquete del acial. Una cosa hecha.
La mujeres del pueblo ponían a vender sus mercancías, que eran generalmente ajos, en horcas o sueltos, y judías blancas, pintas o de bolillo, en los portales de sus casas y también, si sus casas no eran lugar de paso, en la plaza de la villa. Los viajeros que por la tarde volverían a sus pueblos llevaban algún presente que solía ser mantequilla dulce, blanca y rosa, y algún que otro bote de melocotón en almíbar para la familia que siempre esperaba que el padre les llevara algo de la feria. A la mayoría les gustaba comprarlo en la confitería del Torero que estaba bajo los soportales de la plaza y donde, ya de paso, compraban alguna participación de lotería de Navidad.
Finalizada la misión de cada uno, las tabernas del pueblo se veían concurridas y, a la hora de comer, compradores y vendedores, tratantes y comerciantes, payos y gitanos y otras hierbas ambulantes llenaban el comedor den Ca El Vallecas donde lo habitual era comer de primero judías blancas y de segundo picadillo.
Algunos echaban la espuela en el Casino o en alguno de los bares junto a la colegiata y poco a poco, según avanzaba la tarde, la muchedumbre se disolvía con la luz del día. Sí. Así era.

07 agosto 2007

La Ciudad de Viena


Uno de mis pasatiempos infantiles era quedarme con las narices pegadas al escaparate de las confiterías, mientras llenaba mis pulmones con el delicioso aroma que exhalaban estos locales por las ventilaciones de sus obradores. Si los místicos entraban en trance con sus meditaciones a mi me debía de pasar algo similar con aquellas contemplaciones y aquellos aromas. Ciertamente no eran aquellos unos tiempos en los que los niños nos viéramos hartos de pasteles.
-Un día te tengo que llevar a ”La Ciudad de Viena”, la confitería de mi amigo Ortega, a ver cuántos pasteles eres capaz de comerte, decía el tío Antonio de vez en cuando.
Cierto día, por fin, me llevó. Me presentó al dueño, el Sr. Ortega. Yo le saludé muy comedida y cortésmente mientras miraba los pasteles de reojo. Estanterías repletas, olorosas y multicolores a distintas alturas, con pasteles de distintos tamaños, formas y texturas.
-¿Te gustan los pasteles, majo?
-Sí señor, me gustan mucho.
-Pues coge de los que más te gusten y cómete los que quieras, dijo el Sr. Ortega con una sonrisa de santo.
-¿De verdad que puedo coger los que quiera?, dije con el último resto de duda educada que me quedaba.
-Pues claro, hombre. A ver cuántos eres capaz de comerte.
Obtenida la venia y casi sin creerme del todo estas últimas palabras, no perdí más tiempo. El Sr. Ortega sonreía como un filántropo cuando me comí los dos o tres primeros pasteles, mientras yo deambulaba como un observador minucioso entre las estanterías repletas. Lo que me ocurría era un milagro, no podía ser cierto, no podía durar mucho… no podía ser.
-¡Cómo disfruta la criatura! ¿Te quieres venir a trabajar a la pastelería?
No perdía yo el tiempo, a esas alturas, en contestar preguntas de compromiso. Cuando llevaba seis o siete pasteles, el Sr. Ortega miraba a mi tío con una sonrisilla nerviosa, mi tío se hacía el loco e intentó sacar algún tema de conversación que desviara la atención de mi menuda pero ocupada persona. Yo, a lo mío, concentrado como un beato iluminando un códice.
-No me entienda usted mal, amigo Antonio. No es que me duela que el chico coma más pasteles pero, ¿a ver si le van a sentar mal? ¿Cuántos llevas ya, hijo?
-Me parece que once con éste Sr. Ortega, dije con la boca llena.
Mi tío, ya totalmente azorado, se despidió rápidamente del Sr. Ortega y de los dependientes de la confitería, que ya me hacían corrillo, y me sacó del local tirándome de la mano pero casi en volandas mientras yo engullía otro pastel cogido casi al vuelo y me despedía con la boca llena y los ojos puestos en las estanterías multicolores y repletas. Ya lo decía yo…
-Adiós señor Ortega, (A qué vendrá tanta prisa…). Enseguida comprendí que en este mundo poca gente cumple con su palabra: “Come los que quieras, hijo, come los que quieras...” ¡Sí, sí...!
Mi tío me llevó a una cafetería que había en frente de la “Ciudad de Viena”, allí pedí un café con leche y un croissant, para que los pasteles se asentaran. Solamente fue una vez. Mi tío no volvió a llevarme a “La Ciudad de Viena”, pero a mí no se me ha ido de la memoria.

06 agosto 2007

Obús

Hoy, no sé si por accidente, he encontrado y abierto uno de mis viejos libros de primero de bachiller. En esa primera hoja en blanco, que los libros suelen llevar después de la pasta y antes del título o la dedicatoria del autor, aparecía algo que me ha sorprendido, era la letra firme, apretada, regular y recta de mi padre, que había puesto allí mi nombre y la dirección familiar de entonces en una ciudad provinciana que aún no conocía los distritos postales. Súbitamente he recordado en ese mismo momento que en aquel año, el de mi primer curso de bachiller, mi padre había hecho lo mismo, concienzudamente, en todos y cada uno de mis libros. Sin duda estaba orgulloso de que su hijo mayor estudiara y, con su detalle cariñoso, pretendió que yo me diera cuenta de lo partícipe que se sentía en mi recién estrenada ocupación de estudiante. Naturalmente yo no entendí entonces el detalle y así éste ha permanecido oculto allí donde él lo puso durante todos estos años. Hoy lo he redescubierto, del mismo modo que uno puede encontrar por accidente una granada o un obús sin estallar de alguna guerra pasada. Mi padre murió hace años y este pequeño obús inesperado, en forma de su caligrafía inconfundible, se ha llevado, hace apenas un momento y con un estallido sordo, un jironcillo de mis sentimientos menguados ya de inocencia pero crecidos, quiero creer, de comprensión. Ha sido un súbito, cálido y sorprendente recuerdo, aunque sea con evidente retraso, para quien tanto me quiso.

27 julio 2007

Los privilegiados.


Alguien, no se sabe instigado por quien o quizás por voluntad propia, ha conseguido que sea secuestrada una revista en España por un dibujo satírico sobre los príncipes de Asturias. Es la revista El Jueves, a la que pertenece la viñeta de la parte superior. La medida parece un poco antigua, inusual, más propia de la dictadura y, sobre todo, de una legalidad dudosa en un país con libertad de expresión. Pero parece que la casa real española tiene un estatus especial, no sólo ante la prensa sino también ante la democracia y sus instituciones. Ese estatus especial sirve para que estas cosas sean legales hasta en una democracia. Resulta extraño que un conjunto de personas que viven del erario público y que, curiosamente, no son elegidas democráticamente, tengan estos privilegios y se consideren exentas de la crítica, de la ironía y de la sátira. Nada nos puede extrañar que los obispos, por ejemplo, que tampoco son elegidos por nadie, pero que se reclaman representantes de Dios en la tierra, reclamen privilegios semejantes y aún mayores y les digan, a los españoles todos, lo que es el bien y el mal y cuál es el verdadero camino, al margen de lo que las leyes, democráticamente promulgadas, digan. Pero claro, si la realeza está legitimada por la herencia, que pasa privilegios de padres a hijos o a hijas (en un futuro), cómo no va a estar legitimada la iglesia, cuya legitimidad procede del legado divino, para sentirse exenta de las normas democráticas. Puestos en este punto las religiones, cualquiera de ellas, son mucho más importantes y trascendentes por su tradición y por su número de practicantes que una simple casa real restaurada, en este caso, por un dictador. Si se secuestra una revista por un dibujo satírico en el que aparecen personas de la casa real dando al asunto tintes delictivos, como no va a constituir un grave conflicto internacional y un delito de magnitud infinitamente mayor la publicación de unas viñetas satíricas alusivas al profeta del Islam. Seamos justos, de ser justificable lo primero, mucho más justificable es lo segundo. Esto no es serio ni razonable.

26 julio 2007

El castillo del tío Robisco.


Cuando yo era pequeño, mi tío Robisco era para mí el ogro de las siete cavernas. Corpulento, de aspecto severo, cejas pobladas, carácter fuerte y carente de paciencia y de la más mínima psicología infantil, su sola presencia era sentida por mí como una amenaza inminente. Obviamente, jamás se llevó bien con los niños, todos le parecíamos impertinentes, desobedientes y maleducados. Sus regañinas eran mucho más temibles que un par de bofetadas. La mejor táctica con él era evitar su presencia y huir con tiempo cuando su aparición se barruntaba. Si no eras avispado podías verte ayudándole a hacer trabajos desagradables y pesados una tarde entera, y, lo que era más duro, sin posibilidad de desobedecer ni protestar y muchísimo menos de escabullirte.

Un día viajando en coche con mis padres, mis hermanas y yo vimos a lo lejos las ruinas de un castillo.

-¡Papá, papá, fíjate, un castillo!
-¿Sabéis la historia de ese castillo?, dijo muy padre muy serio.
-No, ¿cuál es? ¿De quién era?
Mi padre con mucho misterio y ceremonia, poniendo una voz especial como para revelarnos un gran secreto, nos dijo:
-Ese castillo, hijos míos, era de los moros y lo fue durante muchísimos años. Sin embargo, un buen día, hace algún tiempo, acertó a pasar por aquí vuestro tío Robisco y al verlos tan campantes por el castillo, no lo pudo resistir, sintió la sangre hervir de furia, y diciendo: ¡Ahhhh rediós, malditos moros, vais a ver lo que es bueno!, se acercó hacia ellos con una estaca y los ojos inyectados de sangre, comenzó a subir por la ladera del castillo y, éste quiero, éste no quiero, acabó a estacazos con los desprevenidos y aterrorizados árabes que, de ninguna manera, se esperaban tal ataque. Además, no conforme con lo que les hizo, dejó el castillo hecho una pena. Ahí tenéis, hijos míos, lo que el tío dejó de él.
Todos los niños quedamos impresionados. Ninguno de nosotros dudó un momento de la veracidad de la historia. ¡Menudo era el tío Robisco! Yo, imaginándome en la piel de los pobres moros, temblaba ante la sola idea de ver avanzar hacia mí nada menos que al tío Robisco, con todo su mal genio desatado, sus pobladas cejas, su voz imperiosa y, además, con una estaca... Nada peor podría haberles ocurrido a los pobres sarracenos. ¡Qué mala suerte tuvieron! Después de conocer estos hechos no me resultó extraño que huyesen de España todos, como decía el profe de historia, seguramente a consecuencia del pánico que la acción de mi tío, llevada de boca en boca, causó en sus filas. Nada peor podía haberles ocurrido. También fue mala fortuna que mi tío pasara por allí. Podía haber sido otro, pero no, tuvo que ser el tío Robisco, pobres moros, pobrecillos…
Desde aquel día siempre que pasábamos por allí, fuésemos con quien fuésemos, siempre decíamos:
-Mira, el castillo del tío Robisco.
-¿Qué dicen estos niños?, decía mi tío muy mosca.

Iberia


Si aspiramos a convertir Europa en la unidad, a todos los efectos, de todos los países que la integran, la idea de Saramago de unir solamente Portugal y España queda un poco pobre y corta, casi infantil e ingenua. Sin embargo, cuántas iras ha provocado. ¿Estamos preparados para salir de nuestras mentalidades nacionalistas y aspirar a algo mejor?

18 julio 2007

Inmigrantes


“Ante el hambre de las gentes, no se pueden poner puertas al campo. A nadie se le puede prohibir migrar a otro país para evitar el hambre, mi deseo sería que ninguna persona tuviera que emigrar de su país para no morir de hambre…”. Son estas las fatuas palabras que estamos acostumbrados a oír de nuestros inteligentes políticos ante una realidad que no saben afrontar. El hambre existe. Pero no son los hambrientos los que llegan. Esos, desgraciadamente, mueren sin posibilidad de llegar a ninguna parte.
Sin embargo, yo creo que los inmigrantes que llegan aquí no vienen porque en sus países se mueran de hambre, no vienen porque allá no tengan qué comer. Vienen en pos de la nueva religión, de una religión desconocida antes para ellos, de una religión que la televisión universal y el mundo actual, tan ansiosa y obsesivamente globalizado por occidente, esparce. Vienen guiados por la nueva religión del consumismo. Por un simple: Yo quiero ser igual que vosotros, vivir igual que vosotros, tener lo que vosotros tenéis. Si es cierta vuestra democracia y todos somos iguales, ya no me podéis privar del pastel por ser mujer, por ser negro, por ser musulmán, por ser asiático, por ser hindú, por ser pobre, por ser homosexual, por ser inculto, por ser… distinto. Veremos hasta donde aguanta vuestro privilegiado mundo. Ese mundo que os habéis inventado desde vuestra pretendida supremacía. Ese mundo que, por ciegos que queráis ser, está funcionando con una opulencia que de alguna parte ha de venir y que está por ver si puede servirnos a todos sin reventar y llevarnos por delante. Los inmigrantes queremos vivir como vosotros, somos conversos de la nueva religión, de vuestra religión. El hambre hace años que aprendimos a matarla. Ahora queremos probar la veracidad de vuestros principios. Ver si vuestro sagrado sistema funciona.

17 julio 2007

Es agotador ser fabuloso.


She is right. Vicky Beckham tiene razón. Ser un ejemplo a seguir nunca ha sido fácil. Liderar parte del mundo postmoderno, tampoco. Vestir correcta pero discretamente, tener lo necesario, vivir con lo imprescindible, evitar lo superfluo, huir del escándalo, velar por enfermos e infantes, proteger a débiles y desvalidos, huir del sensacionalismo vano, luchar por la justicia planetaria, enfrentarse abiertamente a la vacuidad intelectual, encarnar la eficiencia de la economía reparadora de males con modestia, velar por la familia propia y extraña, vivir, en fin, por y para los demás y con la mirada puesta en el noble ideal del desarrollo sostenible de este mundo y de sus ecosistemas, pendiente siempre de los grandes problemas de la humanidad y de los retos filosóficos de la existencia… es, no hay otra palabra, agotador. No me gusta exagerar. Yes, Vicky, yes, oh yes! Sorry que te diga.

14 julio 2007

La taberna


En el único bar-taberna-tienda de la pequeña localidad han comido hoy más de veinte personas. Es ya la hora de la siesta y sólo quedan en la tasca algunos del pueblo, que están de permiso, unos viejos que juegan a las cartas y un grupo de cuatro excursionistas mayores que se desplazan a pie. Todos están refugiados en la sombra y disfrutan del frescor que el viejo local, de gruesas paredes, proporciona. Fuera el sol te abrasa los ojos como la chispa de una autógena. Allá, en el rincón más apartado del bar hay otro forastero que escribe y escribe sin levantar la cabeza. El escribano es como un niño aplicado que hace sus deberes con toda dedicación. El olor a café inunda el local sofocando con su personalidad morena, cálida e intensa los olores de las especias y de los otros productos que allí se venden. El humo del tabaco se esparce por doquier.
Los cuatro caminantes mayores toman café y copas de coñá. Uno de ellos habla a voces y hace imitaciones. Los otros, a veces, se ríen con él. Él de las imitaciones parece incansable y una de las veces se hace el borracho, con tan buen tino y contundencia que el escribano, sorprendido, levanta la cabeza de sus papeles y le mira asombrado sin creerse del todo que no lo esté.
- Voy a echarme la siesta-, dice el más viejo de ellos, un hombre delgado y menudo con el pelo blanco y que viste de un modo casi impecable para ser un excursionista.
- Ya me la echaría yo, ya... pero con alguna de esas extranjeras que andan por aquí en este tiempo...-, contestó el más gordo de los cuatro, animado sin duda por la bravura del coñá.
- ¿Qué tienen de malo las nacionales?-, dijo el de las imitaciones.
- No me digáis que con la jupa que llevamos tenéis ganas de cachondeo. Lo que es yo, creo que me dormiría en cuanto cayera en una cama.-, aseguró el cuarto hombre, que llevaba una boina grande, de esas como las que usan algunos vascos.
- Pues, chico, yo, como dicen en mi pueblo: "Borrico cansao, borrico empalmao". ¿Verdá, abuelo?-, dijo el de las imitaciones dirigiéndose a un viejo de más de ochenta años que, más que ver la partida, dormitaba en una silla medio observando a los jugadores.
- ¿Cómo dice usté?
- ¡Que digo yo, abuelo, que dicen en mi pueblo que "borrico cansao, borrico empalmao"!-, repitió a voces el imitador.
- Ya lo creo, hombre, ¡qué conocimiento tienen en su pueblo de usté! ¡No hay verdá más grande bajo el manto del universo!
- Lo veis, como el abuelo me da la razón. A que usté todavía funciona, abuelo. ¡Seguro que sí!
- ¿Cómo dice?
- ¿Qué si aún se le empina a usté?
- Sí señor, ya lo creo, como que, sin ánimo de presumir, me la meneo todas las noches.
- No joda usté, abuelo, y ¿qué?, ¿le viene?
- ¡Qué hostias me va a venir… pero me canso y me duermo!
Los de la partida, que hasta ese momento parecían en otro mundo, soltaron una carcajada. Como parecía que la cosa se animaba, el imitador, aunque algo chamuscado por el desparpajo burlón del abuelo, invitó a los presentes a una ronda.
- De todos modos -, terció uno de la partida. - Hemos nacido algo tarde, porque en nuestros tiempos para tentar un poco a una tía había que echar instancia.
- Y eso yendo por lo derecho, en plan formal, con un par de años de noviazgo y no hacías na...
- Hoy en día se vive de otro modo, tú mismo, tú has sido pastor, ¿qué hacías tu de joven?
- Pues poca cosa... - Dijo el aludido, un hombre tan nervudo y viejo que parecía de madera.
- No me digan que ustedes de jóvenes no lo han pasado bien ahí en el río, más de una habrá caído en la chopera esa -, intervino el imitador.
- En esa chopera lo que me llevé yo una vez fue una hostia de campeonato por intentar pasarme un poco con la que hoy es mi mujer y, como yo, casi todos estos aunque no lo digan.
- Pero, hombre, no me puedo creer que ustedes no disfrutaran en su juventud... -, insistía el imitador.
- Dígaselo usté al pastor, que ese ha sío fino pa las mujeres...
- Mia, dijo el pastor, no se hacía na…, mas que de vez en cuando s'acercaba alguna un poco valiente por donde andabas y le arreabas cuatro pichurretazos en to el papazo, pero sin malicia, hombre, no como ahora, que es que no hay vergüenza ¡Dónde vais a comparar…!
- Eso que yo ahora vengo muchos días de dar una vuelta y me tengo que esgolver. Vas por donde el río y te encuentras de cada pareja, de cada cuadro... Yo no lo aguanto, me inrito de una manera que me tengo que esgover pal pueblo, os lo juro.
- Y toa la culpa la tienen ellas, que es lo que yo digo. Pero como están desiando, pues eso...
- Si es que las tías son de lo más malo que hay, os lo digo de verdá - dijo el pastor- Ahora, eso sí, como se encaprichen de ti, son tontuzas, pero tontuzas perdías. Ya os acordaréis cuando me pilló a mí la guardia civil con la Patri, que andaban los guardias viendo lo del robo de los corderos por las tainas y se llegaron a lo mío. Estaba yo con la Patri dentro y tan a tiempo va el cabo y da una voz desde fuera. Salgo yo disimulando y pensando que la otra se quedaría dentro calladita. Pues nada, que va la tía y, según estoy hablando con el cabo, sale, vestía eso sí, pero con las bragas en la mano como quien lleva el periódico... Hubo cachondeo hasta que los nietos de la Patri fueron a la mili...
La tarde fue pasando y se descubrió que en el pequeño pueblo había materia para hablar y no fueron precisamente los turistas los que más contaron.

03 julio 2007

El herrador.


El herrador era un hombre enamorado del paisaje. Un silencioso. Era un contemplador nato que, sin embargo, no tenía conversación para esas cosas. Lo guardaba todo para sí. Ni hablaba ni saludaba de más y sus penas vertían siempre hacia dentro.
- Me senté en una piedra frente a la encrucijada, a recrearme. Encendí un cigarro y me acordé de los caminos y pensé en mis viejas idas y venidas por ellos. ¡Pero, hostias, si hace cuatro días!, me dije. Mi vida fue tan intensa y feliz como el minuto corto o largo que me duró el cigarro. Sí. Estaba recreándome. Esa era la palabra. (Yo no sabía escribir ni decir estas cosas, pero alguien bajo la boina me las dictaba con mucho cariño, me las decía al oído, y no se equivocaba quien lo hacía. En efecto, estaba recreándome.)
Nació en un tiempo en que los hombres desconocían la tierra que les rodeaba más allá de donde les llegaba la vista. Él fue de los pocos que fue más allá. Toda su vida fue viaje, nunca quieto. No paró nunca quieto, no. Y tuvo amigos, pues para vivir así se necesitan, y son gente que en parte le quiere a uno, en parte le compadece y, sobre todo, le envidia, pues son pocos los que, con nada, se atreven a viajar tanto.
Vivió, toda su vida, en la misma villa que le vio nacer. Toda su vida no, las mentiras no valen, pues no murió en ella, que el destino le tenía reservada la mortaja en un lugar extraño y frío al que siempre que había ido lo fue para sufrir…
Tenía grabadas en su memoria las viejas intersecciones de los vetustos caminos castellanos que llevaban, desde su villa y por derecho, a Sigüenza, a Medinaceli, a Berlanga, a Almazán, y a las más cercanas Hiendelaencina, Prádena, Madrigal, Cinco Villas, Tordelrábano, Alcolea de las Peñas, Paredes, Cardeñosa, Riofrío, Somolinos, Campisábalos, Villacadima, Albendiego, Condemios de Arriba y de Abajo, Galve de Sorbe, La Miñosa, Naharros, Robledo de Corpes… Palabras bonitas, o mejor, hermosas, de villas viejas que antes estaban pobladas y que ahora lo mejor que tienen es el sonido bellísimo de sus nombres, que no es poco. Vano legado que hoy ya no le sirve a nadie. Sin embargo, todos estos nombres eran para él los cinco continentes, los cuatro puntos cardinales, el sol y la luna y las estrellas, su geografía universal de arriero viejo y experto, imbatible en el oficio humano del regateo, del gesto, de la media mentira o de la verdad entera. Iguales ambas porque nadie fiaba de la una ni de la otra. De hecho, posiblemente el último arriero, herrador y tratante de su villa. Se fue callado, como vivió, por la inesperada variante del camino que eligió su último destino. Adiós, amigo. Al fin quieto.

02 julio 2007

La peregrina Leonor.

Pueden contarse muchas historias del camino. Unas son ciertas, otras no, otras a medias... y otras son a gusto del consumidor, que al fin y al cabo tanto da. ¿Quién deslinda verdad y mentira? ¿Quién separa los olores del monte? Las mentiras son cosas que no fueron pero que pudieron ser y las verdades son cosas que fueron pero que pudieron no haber sido. Por tanto la diferencia, bien mirada, no es tanta.
Leonor Utiel Zurita hizo el camino en un mes de Julio. Lo hizo sola. Leonor, persona de tranquilo caminar, a fuerza de no tener prisa, terminaba llegando a todas partes. En algunos lugares Leonor se detenía y charlaba con quien le daba conversación o se callaba, según los casos. Lo segundo lo hacía mayormente cuando le miraban con desconfianza. Hay miradas peores que un tortazo, a fuer de impertinentes. Hay gente que tiene el derecho de pernada en la mirada y no se da cuenta que mirar con ese descaro es menos educado que pederse en público, por censurable que esto sea. Pero la gente que mira así ya no se corrige, tienen ese mirar del mismo modo que el que tiene los ojos azules o como el que es calvo o como el que nace barrigón que dicen en los pueblos que que ni los fajen de pequeños.
Bueno pues a Leonor le miraban. A Leonor entonces se le ponía cara de mala leche. Adela y Juan casi no habían reparado en ella. La habían visto en algunos parajes y en algunos pueblos. Educada siempre: ¡Buen camino! ¡Buen camino!.
Estando en un pueblo castellano, Adela, dando un codazo al distraído de Juan, le dijo:
- Mira, es Leonor.
- ¿Dónde?, dijo Juan mirando a todas partes.
- Delante de nosotros, y no hables tan alto.
Eran casi las 10 de la noche, ya habían cenado y se iban a marchar a dormir a su refugio. Juan seguía mirando, pero no localizaba a Leonor. Adela notando su torpeza dijo:
- La que está con ese tío con pinta de camionero de ruta, la de la minifalda.
- ¡Qué va!, dijo Juan.
- ¿Estás tonto?, replicó Adela, acostumbrada a ver cuando mira.
- Pero si esa tía tiene una pinta de "pilingui" que no puede con ella, dijo él con su discreción habitual.
- ¡Pues es ella!, sentenció Adela.
Poco a poco Juan fue reconstruyendo la cara de la peregrina Leonor. Primero le quitó el moño, después la pintura de los ojos, el maquillaje, el carmín, la minifalda (es un decir)... después le puso un chandal, el macuto a la espalda, un sombrero, el bordón... y ¡zas!, era verdad, pero si era Leonor.
No se sabe si Leonor notó o no la presencia de la pareja. A lo largo del camino continuaron frecuentándola (en el sentido más casto) como a los demás peregrinos de su hornada. Leonor era simpática y campechana. Algún peregrino solitario fue su compañero durante alguna etapa. Por la noche Leonor, mientras los peregrinos dormían extenuados, ella se financiaba el camino. ¡Señor, qué naturalezas! Eso es lo que se llama preparación o fitness como le dicen ahora los refinados del pilates y el spa.
- Leonor, ¿quieres tomar una copa con nosotros?, le dijo la pareja una noche en un pueblo de la montaña leonesa.
- Venga, dijo ella.
- ¿Qué te apetece?
- Jerez.
- ¿Fino La Ina, Fino Quinta...?
Leonor miró a Juan a los ojos y con la socarronería de quien, tras tantas jornadas del camino, se sabía descubierta pero no rechazada dijo:
- No, mejor Tío Pepe. A mí es que me van mucho los Pepes, no sé si lo habéis notado.
Leonor, gran profesional y peregrina, que, a diferencia de las amateurs que pueden encontrase, hizo el camino discretamente, sin dar el cante ni montar espectáculos, casi en silencio, despacio, de puntillas y trabajando a sus horas. El camino, se ha dicho más de una vez, es de todos. ¿O no?

30 junio 2007

El cartero


El cartero del pueblo era soltero, no tenía a nadie y ya llevaba varios años jubilado por lo que en puridad no era ni siquiera cartero. El hombre tenía un cáncer terminal en el esófago y aunque llevaba más de un año en tratamiento le llegó su fin el pasado diciembre. Es una lástima que no se permita la eutanasia con este tipo de enfermos, pues le costó una semana de mucho sufrimiento el dejar de vivir, los médicos no le ayudaron en nada, no señor. Un soldado de esos que no hacen prisioneros hubiera hecho un buen servicio. Sin embargo, los médicos, que para algunas cosas no tienen ningún escrúpulo, en estos casos se la cogen con papel de fumar. ¡Vergüenza debiera darles! Un buen marine de los USA te soluciona el problema en un pestañeo, y aunque no estés terminal… si te descuidas.
Cuando murió, amén de arreglar el entierro y demás, tuve que ir a la residencia en que vivía para saldar sus cuentas con la administración de la misma y recoger sus pertenencias. En su habitación tenía mucha comida almacenada: varias cajas grandes de galletas, 8 latas de carne de membrillo, 10 litros de leche, latas de conservas variadas, fruta, pan... ¿Nos haremos todos así, de mayores? Me llamó la atención que entre sus papeles hubiera folios repletos de cuentas y más cuentas, hechas a lápiz. El hombre debía pensar que no le iba a alcanzar su pensión y sus ahorros para acabar sus días dignamente... También tenía dinero escondido por la habitación, entre su ropa, en los zapatos, en la bola que se hace con los calcetines limpios... Casi aparecieron 500 € en billetes de 5, 10 y 20 repartidos por doquier. El caso es que a pesar de ser un humilde cartero rural supe, al arreglar sus papeles, que tenía ahorrados más de 125.000 €. Él sabía que estaba sentenciado a muerte, pero, ¿qué será la vida?, que aún pensaba que le iba a faltar dinero. Definitivamente, mientras se vive, se vive eternamente. No hay duda.
Casualmente y después de la muerte del cartero, encontré una grabación magnetofónica que debió hacerse hace unos 28 años en una cena de Nochebuena en casa de un hermano del cartero que aún vivía. Se mencionaba el año 1979, por eso sé la fecha. La estuve escuchando con pena y sin prisa. Allí permanecían vivas las voces de algunas personas ya desaparecidas y las de otras que no identifiqué, pero que entonces tenían una voz de niños o de gente muy joven. Así que mientras escuchaba esa vieja grabación, en la que las voces alegres de los comensales se mezclaban con el ruido de la cucharas y de los pucheros, pensé en el estribillo de uno de los villancicos castellanos más tradicionales:
"La Nochebuena se viene,
la Nochebuena se va,
y nosotros nos iremos
y no volveremos más."

19 junio 2007

Aturdido.


Hoy bien quisiera escribir, pero no puedo. Hay días en que por tener mucho o por no tener nada que decir, es mejor dejarlo pues ni la sequía de pensamiento permite alardes ni el multiforme mogollón de ideas atropelladas encuentra salida fácil. Así que hoy, mientras deseo que me llegue el sosiego que las últimas noticias me arrebataron, quiero mecerme en la idea de lo poco que somos, durante el pequeño pero intenso momento que vivimos. Al fin y al cabo sólo somos otra especie. Hoy estoy breve y triste. Hoy no me encuentro. Aturdido.



Destino
"...Observa bien esos millones de burbujas blancas y esplendentes que se forman y disipan con cada ola. Surgen y desaparecen al ritmo regular del oleaje. La cresta de la ola las sostiene durante un momento; luego, se hunden y dejan de existir. Ya ves; cada uno de nosotros no es más que ese algo destellante, una minúscula gotita sobre las olas del tiempo que avanzan allá abajo hacia el futuro incierto y nebuloso. Surgimos, echamos una ojeada, y, antes de habernos dado cuenta, hemos vuelto a desaparecer. Constantemente aparecen otras nuevas, y lo que llamamos destino no es más que nuestra lucha entre la apretada muchedumbre de las gotitas en cada uno de los altibajos de la ola. Debemos, sin embargo, aprovechar ese momento: merece la pena."
Ernst H. Gombrich (Breve Historia del Mundo, 1999)

18 junio 2007

Pan sin sal.


Ramón es, sin lugar a dudas, mi mejor amigo. Conseguimos juntos el primer trabajo y después el azar nos puso a trabajar como compañeros en la misma empresa durante más de 20 años y ahí seguimos. Hemos sido amigos en las penas, que hasta ahora han sido pocas pero que prometen ser crecientes, y en las alegrías que hasta el momento han sido más abundantes.
Ramón es el típico hombre de barra y barrio y no solamente porque le guste tomar un vino de vez en cuando sino porque, sobre todo, le gusta tratar con la gente. No puede vivir sin conversación, sin hablar con todo el mundo, sin saber la vida de los demás. Él, al contrario que yo, no es de la ciudad sino de un pequeño pueblo de otra provincia. No obstante, gracias a sus dotes sociales, Ramón conoce a todos, sabe sus vidas, recuerda sus problemas, se interesa por los demás y todo el mundo le aprecia. Es una paradoja que, siendo yo de aquí, cuando vamos juntos por ahí, a dar una vuelta, toda la gente le saluda a él y a mí casi nadie me conoce y menos por mi nombre.
¿Qué pasa, Ramón, a dar una vuelta?
¿Qué hay, Ramón, no subes al pueblo?
¡Qué aproveche, Ramón y compañía!
Ramón, ¿cómo está tu madre?
¿Han salido ya setas en tu pueblo, Ramón?
...
Yo, testigo mudo de sus múltiples saludos, le suelo preguntar después de cada uno.
¿Quién es ese?
Pero, ¿no te acuerdas? Es el amigo del Gil, el molinero, que estuvimos una noche con él y su mujer en la feria, que estaba muy preocupado porque una chica, la única que tiene, se le tenía que casar de penalty con un hijo del Cirilito, el de Alcolea de las Peñas, el cuñao del Falafala. ¡Joder, hombre, no me digas que no te acuerdas!
¿Ese otro, es alguno de tu pueblo?
¡Qué va a ser de mi pueblo!, está casao con una chica del Matías, coño, del Mathews, no te acuerdas, el que se disfrazó de santo y le hicieron una procesión por carnavales subido en unas parrillas gigantes. Me pregunta por mi pueblo porque es del Vivanco que está al lado y siempre nos vemos por fiestas, por cierto que la última vez llevaba una chispa como un tábano.
¿Quién es la que nos ha deseado buen provecho? ¿Alguna de tus compañeras?
¡Qué cojones va a ser compañera! ¿No te acuerdas de la chica del Pichasanta de Sigüenza, la única de las cinco hijas que no es monja? Pero, hombre, si estuvo saliendo con el Sata de mi pueblo, que te conté que la dejó embarazada y como en casa de ella no le querían por bueno (Ya sabes el Sata es abreviatura biensonante de el Satanás) pues la mandó a esparragar, que pa chulo él. Pues esta pobre es la exnovia del Sata, joder, que no te aclaras. Tú no vives en este mundo, tío. El chico ya está para casarse pero al Sata no le salió de los cojones reconocerlo y la verdad es que a esta pobre chica todo el mundo en mi pueblo la aprecia. De él no puedo decir lo mismo, ¡menudo ciudadano!
¿Quién es ese que te ha preguntado por tu madre, Ramón?
Sí, hombre, ¿no te acuerdas de él? Es el Motopeto de mi pueblo, coño, que trabaja en la Bressel y sale con una hermana de la Borricanca. Hostia, hombre, que nos hemos tomado unos cuantos vinos con él en Casa Seco. No me digas que no te acuerdas. Es muy amigo del marido de la chica pequeña del Colás, la que se casó con el Serantes, el hijo del taxista de Loranca, sí hombre, el que trabajó de joven en las pistas de coches de choque de Luciano el Cagamantas.
Ramón, ¿quién es el de las setas?
Pero, leche, el Alcolea. No hay que hacerle mucho caso porque es un fantasma de muchas campanillas, siempre está diciendo que coge montones de setas, que, si va de caza, las perdices por docenas, que, si va de pesca, kilos de truchas así de grandes... Pero tiene mala suerte, un hijo se le ha ido de cabeza y otro, que estaba aparentemente bien, se le tiró por la terraza del octavo piso en que vive. Los que le conocen le llaman el Boqui (por Bocazas) pero ya casi nadie se lo dice porque les da pena, se comprende, después de lo del chico. ¿No te acuerdas de él? Pues él de ti sí y me dijo que fue contigo al colegio lo que pasa es que iba dos cursos detrás de ti. Su mujer es hermana del Barriel, el del butano, sí hombre, la que está con quimio porque le quitaron los ovarios. ¿No te acuerdas del Barriel? El amigo de Quintín el director de la cárcel, el amigo del Rodri que estudió contigo…

Y así vivo mi vida, explicada por mi amigo que me cuenta sus detalles. Educadamente saludo pero, sin mi amigo, pasaría al lado de mis conciudadanos ignorando sus biografías. Socialmente soy un ciego y Ramón mi lazarillo. Soy un pan sin sal. Sí.

17 junio 2007

Leer


¿Un libro…? ¿Para qué?, a ver, ¿qué le pasa a la tele?
Nada es gratis ni fácil en nuestra sociedad, y menos la información. La información es poder y eso no se comparte ni se da graciosamente. Otra cosa es que se nos dé a los ciudadanos la sensación de estar informados. Pero, alguien cree que de veras lo estamos:
¿Qué nos dicen en un informativo estándar de la televisión? Pongamos un ejemplo: Un huracán de nombre Ofelia asola las costas de Cuba, los políticos de la UP discrepan en los planteamientos económicos de los de la UC, en Iraq vuelan otra mezquita, cruel y sangriento atentado terrorista en tal sitio, terribles inundaciones en tal otro, el azote del cambio climático nos acecha, truculenta muerte a martillazos de una santa esposa a manos del pérfido marido de quien no constaban denuncias anteriores, ha nacido una lagartija con dos cabezas en Chinchón, el té verde alarga la vida según recientes averiguaciones, Chorbi Barbi se ha casado con su novio hindú de toda la vida en una ostentosa celebración por el rito balinés y… veinte minutos de fútbol. Menos mal que el informativo sólo dura media hora.
Alguien, honradamente, cree saber lo que pasa en el mundo y además sus causas por medio de estos entretenidos servicios informativos. Alguien se ha dado cuenta de que es muy fácil que la gente nos creamos informados cuando meramente estamos entretenidos. La verdadera información no es pasiva, requiere tiempo, estudio, lecturas, reflexión… Fue el eslogan de la televisión que una imagen vale más que mil palabras, pero quizás sea más cierto que una imagen puede engañar mucho más que mil palabras. En cualquier caso una imagen no informa de lo que hay bajo ella. La información es una lucha amarga y tenaz que lleva un tremendo coste de energía y tiempo para quien la busca. Otra cosa es lo que nos quieran hacer creer quienes pretenden tenernos informados. Radio y televisión, poderosos medios, ambos son medios pasivos, donde el sujeto se siente informado sin esfuerzo, con lo que otros indagaron para él, con la confianza de que no le estén engañando, de que no estén focalizando la información a puntos interesados y, lo que ya sería utópico a muerte, que le estén dando información global sobre el planeta. Pero así queremos ser, que no lo somos, de ingenuos.
Hoy todo el mundo sabe leer, pero ¿Para qué? Si nadie lee.
La relación entre lenguaje, comunicación y poder está muy clara en esta breve frase: “Echa de ti esa sed de libros a fin de que no mueras rezongando, sino de buen semblante y agradecido en tu corazón a los dioses.” La frase no por actual es reciente, la dijo el emperador de Roma Marco Aurelio que lo fue desde el año 161 al 180. El asunto, como veis, lo tenían ya resuelto.

16 junio 2007

La despedida


Hasta hoy no había descubierto que un anciano moribundo me inspira la misma ternura que un recién nacido. La misma indefensión emana de uno y otro. He tardado mucho en descubrir esta simplicidad o, mejor dicho, en observar este hecho simple o complejo. A lo mejor morir, cuando uno es lo suficientemente viejo, es una forma de hacerse niño eternamente tras el largo meritoriaje de la vida, o es, quizás, como una forma de recobrar la dulce infancia, de regresar a esa patria primera de la que todos fuimos forzosamente exiliados.
Entiendo la muerte, es otra evidencia. O sea, me explico mal, como tantas veces, porque las evidencias no hace falta entenderlas, ni se puede, sólo son. Veo el hecho de la muerte porque siempre está ahí, porque todos la llevamos dentro como una semilla que fatalmente germinará en nosotros, porque la mujer que nos dio la vida también nos condenó a ella… pero me duele en el alma la despedida.
Mientras se vive, querámoslo o no, se vive eternamente porque no podemos imaginar nada que no sea vida, somos incapaces. Sin embargo la muerte es un instante, pero es definitiva. Sabemos que los seres que amamos morirán pero, ¡ay!, no somos capaces de asumir, así, de pronto… la firme e inapelable despedida.

15 junio 2007

Morir de éxito


Cuentan de un par de misioneros que se adentraron en las selvas de la Amazonía, por lugares donde nunca antes había pisado el hombre blanco o, al menos, eso era lo que ellos creían. Su misión era dar con esas tribus ignoradas, minoritarias y tremendamente huidizas que raramente se dejan ver ante los hombres distintos, a los que temen porque intuyen que son peligrosos. Los misioneros no tuvieron éxito en sus primeros intentos, pero no desesperaron. De cuando en cuando ayudados por sus brújulas y por sus mapas (en mi cuento no se habían inventado los GPS) eran capaces de regresar a puntos teóricamente civilizados, donde descansar, para, al cabo de unas semanas de recuperación, reanudar sus incursiones por los lugares más profundos y alejados de la selva, en busca, una vez más, de esquivos nativos a los que iluminar con la luz de la fe verdadera.
Tantas y tantas veces lo intentaron que finalmente tuvieron un contacto con un grupo pequeño que primero les recibió aisladamente, con desconfianza, para, poco a poco, terminar llevándoles ante una comunidad mayor, lo que nosotros llamaríamos un poblado.
Los misioneros fueron haciéndose con la confianza de aquellos indígenas y paulatinamente se hicieron entender por ellos, pues no en vano, en sus muchos meses por la Amazonía, habían tomado contacto con gentes de lengua parecida a la de los recién descubiertos indígenas.
Enseguida les hablaron de la otra vida que había después de ésta, de una vida a la que accederían los que se libraran de sus pecados y llevasen una vida honrada, una vida de bondad, aquellos que hicieran el bien a sus semejantes y creyesen en el único ser superior. En esa vida ya no habría sufrimientos, ni enfermedades, ni dolor, ni soledad, ni miedo, ni odio, ni hambre, ni sed… en esa vida nos encontraríamos con Dios, nuestro supremo creador, y con toda la corte de seres celestiales que nos acogerían entre ellos y ante cuya visión maravillosa seríamos felices para siempre. Se trataba del Paraíso, el lugar de la felicidad completa y eterna por excelencia. A ese lugar maravilloso irían nuestras almas, dejando en este mundo la pesada carcasa de nuestros cuerpos pecadores. La felicidad allí sería para siempre y sin vuelta atrás.
A los indígenas todo esto les resultaba extraño, pero los misioneros se lo repetían y repetían mientras les ayudaban en sus trabajos, les curaban sus heridas, les enseñaban cuanto de utilidad podía serles y les trataban con todo el cariño y el respeto que se debe a seres iguales y semejantes a los ojos de Dios. Nunca dejaban de hablarles del Paraíso y de ese Dios que esperaba en él a nuestras almas limpias de pecado y liberadas del lastre del cuerpo mortal.
Una noche, después de unos tres meses de la llegada de los misioneros, los nativos se reunieron cuando éstos ya se habían retirado a dormir en la humilde choza que se habían construido con la ayuda de los indígenas. Los misioneros dormían sosegados, tranquilos, satisfechos de su abnegada labor, convencidos de que los nativos les creían y que la llama de una fe nueva estaba prendiendo en ellos. Finalmente parecía que estaban consiguiendo alguna conversión, algún éxito.
A la mañana siguiente el poblado amaneció desierto, solamente quedó en pie la pequeña choza de los misioneros. Sus dos cadáveres desangrados yacían inmóviles sobre sus jergones de hierbas. Los indígenas, ciertamente convencidos de sus enseñanzas, les habían matado para que llegasen a su Paraíso, viesen a su Dios y fuesen eternamente felices cuanto antes. Sencillamente les habían creído. Los nativos aplicaron su lógica simple. Se puede morir de éxito.

13 junio 2007

Siete días.


Hace muchos años, existió un lejano poblado en las montañas menos accesibles de un país perdido en un gran continente. El país entero no pasaba de ser una pequeña mancha de color en los mapas universales, un borroncillo por el que nadie o casi nadie sentía el menor interés y del que pocos conocían siquiera el nombre. De la existencia del pequeño poblado, ya, qué vamos a decir, mejor ni hablemos.
Pues bien, los habitantes de ese pequeño poblado vivían tan aislados que para ponerse en contacto con la villa más cercana necesitaban siete días de camino entre ida y vuelta. Durante cientos de años el pequeño poblado vivió olvidado, teniendo por metrópoli y fin de su universo la villa que se hallaba a siete días de camino. Los habitantes del poblado, pasaban el tiempo cuidando sus pequeños campos de cultivo y los pocos frutales que la altura del lugar les permitía sacar adelante. Unas pocas ovejas y algún rebaño más numeroso de cabras constituían toda la ganadería que necesitaban y que en aquellas alturas el clima permitía criar. El cuidado de las casas, la recolección de leña para los nevados inviernos y la atención a los animales de corral eran el resto de sus ocupaciones. Los remedios para sus males tenían que ser caseros y, para los casos extremos, tenían la villa a tres jornadas y media de camino. Un rústico herrero les surtía de las herramientas imprescindibles y herraba sus caballerías. De vez en cuando, formando un pequeño grupo, bajaban a la villa para cambiar sus excedentes por otros productos y para saber algo del mundo. Los siete días de viaje eran para ellos una novedad excepcional y casi el único lujo social que daba aliciente a sus tranquilas vidas, siempre sin acontecimientos inesperados ni grandes cambios. Cualquier visitante del poblado era, además de bienvenido, una novedad, no sólo por la persona en sí y lo que era: un maestro que permanecería unos meses entre ellos, un médico en fugaz visita, un forestal a visitar la zona, un recaudador poco perezoso y errado de cálculos, un buhonero mal informado, un fraile extraviado… sino por las noticias que del mundo podía traer el visitante, noticias éstas que, aunque ya tuvieran meses de antigüedad, para ellos eran novedades. La gente de nuestro poblado no tenía prisa y los días en él se sucedieron durante lustros sin más novedades ni alteraciones que las que aportaba el tiempo y las antes citadas.
Sin embargo el progreso, que está hecho para cambiarlo todo, llegó en forma de minería, que es uno de los muchos disfraces irrespetuosos que este señor usa. En aquellas soledades de picos nevados y valles profundísimos se encontraron enormes vetas de carbón. Así que los políticos, a los que nadie por allí conocía hasta esas fechas, aparecieron, ¡cómo no!, con el progreso y, lo que es más, dispuestos a convencer a quien quisiera oírles que el progreso lo habían traído ellos.
Y allí llegó la primera gran trasformación, la carretera. Sin carretera el carbón no podía bajarse a las zonas bajas del país para comercializarlo. Y así nuestro poblado, antes a siete días ida y vuelta de la villa más cercana, no quedó inmune al vértigo de la velocidad y quedó enlazado, desde ese momento, por un solo día con retorno incluido.
Cuando el gobernador de la provincia en la que se enclavaba el viejo poblado vino, ¡cómo no!, a inaugurar la carretera, terminó su ampuloso discurso diciendo:
¡… y vean, compatriotas amigos, cómo el Estado no les olvidó, vean cómo se preocupó solícito de ustedes, y así, el camino que antes les duraba siete días hoy ya lo pueden hacer en uno!
Los habitantes del poblado quedaron en silencio y el gobernador desconcertado al no escuchar los aplausos de aquellos palurdos. Sólo un viejo se levantó y dijo:
¿Y qué hacemos con los otros seis?

12 junio 2007

Perfección


A la vida la hacen buena, como en general a todas las cosas, las imperfecciones, la incertidumbre, lo inacabado, lo inesperado, lo perecedero... aunque también esas mismas cosas la hacen trágica. Casi siempre perseguir lo perfecto significa renunciar a vivir. Muy poca gente está en ese caso y yo creo que tampoco lo desean, en cierto modo se ven abocados a ello por la educación, la religión... Los místicos lo intentaron, cifrando en Jesucristo, o en otros ideales religiosos, la perfección. No sé si alguno lo consiguió de veras, pero sus vidas, si hacemos caso a lo que dejaron escrito, fueron de mayor tortura que las de los que simplemente vivieron sin aspiraciones al camino de la perfección. Puede que algún éxtasis les compensara, lo dudo o, cuanto menos, lo ignoro… No sé, la perfección, por decirlo de algún modo, me parece algo antinatura… casi nazi. Lo he pensado más de una vez. La perfección me da miedo, me asusta, no confío en ella, me llena de prevención... suele haber detrás de ella, siempre, algo raro. Algo ajeno a la naturaleza humana.
Así que, claro, cuando veo esos PPSs, que llevan unos años tan de moda, me gustan poco en general, y sólo los valoro cuando encierran un mensaje de humor contundente que les quita de un golpe ese dramatismo agridulce tenazmente buscado. Cuando van repletos de mensajes altruistas y acaramelados, no sé cómo decirlo sin ofender a nadie, cuando se repiten uno tras otro, cada cual más docto y más perfecto, más noble y más paternal, pues me cargan un poco… Tanto dogmatizar, tanto usar una frase rimbombante tras de otra... no me agradan, me recuerdan a las postales con pie de página que hace años, cuando no había Internet, se pusieron también tan de moda. Prefiero las cosas normales, el buen hacer cotidiano que permanece oculto, en fin, lo de todos los días… los días normales son un bien que apreciamos demasiado poco. Algún día los añoraremos.

11 junio 2007

Dramatizar

Cuando pasas muchas horas en la sala de espera de urgencias de un hospital pues observas de todo. Miras y eres mirado, eres observador y observado. Hoy hay muchos gitanos, por ejemplo, y pocos inmigrantes. El otro día estuve con una gitana de Plasencia, pero que tiene un piso en el Pan Bendito y que me contó que “a su hombre le han operao y mu bien todo pero que ahora le sale miseria por el bujero, que se ve que se la encestao la costura”. Otra que ella es la mala, “por dios santo qué penitas que a nadie se lo desea, que está fatal de las verticales...” Por la noche llegan algunos pinriquis a que les pongan la metadona y hay veces que los pobres deambulan por los jardines un buen rato antes de dar con la puerta de urgencias, así vienen, certeros ellos. Son inofensivos pero con la cara de volaos que llevan asustan a la gente. “Mire, como que el otro día me pegó uno un susto que me quedé totalmente dramatizada”, me dijo una señora muy peripuesta y todavía de buen ver, toda interesante ella y con un pestín a Tulipán Negro de esos que tiran de espaldas. Yo sí que te dramatizaba a tí a poquita intención que pusieras de tu parte, le soltó un castizo de mediana edad mirándola con descaro. Debió captar la mirada porque sonrió pasándose la lengua por el labio inferior discretamente. Siguió su camino pero parece que no le hubiera disgustado la idea. De repente hacen su aparición fulminante un par de coches de la policía nacional y entran a todo correr y porras en ristre hacía alguna dependencia interior de las urgencias, al cabo de diez minutos salen con un joven esposado al que con esposas y todo apenas logran dominar, tal es su grado de excitación. Le meten en la parte de atrás de uno de sus coches y se lo llevan. A eso de las tres de la mañana aparece una pareja de jóvenes que no se sabe de donde vendrán, vienen en una moto de 49 cc. que conduce ella y buscan afanosamente que les reciba no sé quién. La criatura es un cromito pues viene como de fiesta y de cintura para arrriba sólo lleva un minúculo sujetador plateado tan pequeño que sus pechos de adolescente se le salen por arriba y por abajo y por los lados. Ni en la playa he visto algo así, pero ella, como loca, se pasea por aquí y por allá orgullosa de la rosa que lleva tatuada en un omoplato y de lo buenísima y supersexi que se encuentra. Las mujeres maduras la observan y dicen por lo bajo: ¡Pero, hombre, por dios! en ese tono de conmiseración que tan bien les sale.
Las horas caen una tras de otra y a los pocos días ya todo te resulta familiar y de algunas personas sabes ya lo que les pasa o a ver a qué enfermo van, o si te van a pedir 40 céntimos para un café o a quién le puedes pedir tú un favor si te hace falta. Ya sabes a quién le caes bien y quien te elude. Ya somos como un pequeño pueblo de población algo volátil, eso sí, pero domiciliados todos por unos días al menos en la sala de espera de las urgencias, todos con el mismo objetivo: que alguien no se nos muera.

09 junio 2007

12 de Octubre


A su familiar hay que llevarle urgentemente con una UVI móvil al hospital 12 de Octubre de Madrid, es el lugar más cercano donde hay una UCI de politraumatismos. Si le dejamos en este hospital se muere y esperemos que no lo haga en el camino, está muy grave. No se preocupe, la UVI no va deprisa y no es difícil seguirla, recuerde que su matrícula es la 2835-I, por si se despista usted entre el tráfico.
A los pocos minutos, la UVI móvil me dejó atrás, muy atrás, entre el espeso tráfico de la autovía A2. Mientras ella se abría paso con su sirena y dejaba una estela abierta, como una poderosa lancha fueraborda, entre el intenso tráfico de la autovía, eran otros, y no yo, los que aprovechaban la estela de su rebufo para avanzar a toda velocidad entre los vehículos que, impresionados por el despliegue audiovisual de luces y sirenas, se apartaban. Sólo, entre la gran masa de tráfico, me perdí tres o cuatro veces hasta que, por fin, dí con el hospital, tras casi dos horas de viaje. De la UVI móvil sólo guardaba el recuerdo de su matrícula, cuya memorización no me sirvió de nada.
¿Dónde está Tomás Galgo?, pregunté en Información de la entrada principal.
Vaya usted a recepción de urgencias y pregunte allí, me dijo una voz amable sin mirarme.
Espere, no se ponga nervioso, tardaremos, pero se le llamará por megafonía. Me dijeron en la recepción de urgencias.
Eran las siete de la tarde cuando entré en la sala de espera de urgencias. Era una sala en forma de elipse. Sobre las paredes, a una altura de unos 4 metros, en los extremos más alejados de la elipse tenía dos televisores a gran volumen. Hileras de asientos paralelos entre sí se alineaban mirando a ambas televisiones. Los cerca de cien asientos estaban casi todos ocupados. Casi la mitad de la elipse era un ventanal que daba al exterior y el resto de ella, la interior, daba a los servicios de mujeres y de hombres y tenía máquinas expendedoras de cafés, infusiones, aguas, refrescos y alimentos para aguantar, tipo bocadillos, chocolatinas, frutos secos, donuts, zumos, yogures líquidos...
Un conjunto de gente dispar llenaba esta sala de espera. Gente de modesta vestimenta y variada procedencia, inmigrantes de todas clases (americanos, africanos, musulmanes, de los países del este, asiáticos…), gente algo más distinguida que parecía preguntarse a sí misma ¿Pero yo, qué hago aquí?, gitanos en tropa, alguna mujer sola con cara de pena honda, hombres menudos y nerviosos que no paraban de sacar cafés de las máquinas, algunas mujeres bellas que con dejadez desparramaban sus jóvenes cuerpos con la cansada indolencia de la larga espera… Todos mirábamos a los demás conscientes de nuestro propio espectáculo de personajes perdidos, tanto en la espera como en lo inhabitual del lugar.
A las 11 llamaron por megafonía. Era sólo para decirme que me tranquilizara, que no me habían olvidado, pero que aún no tenían noticias para mí.
La sala de espera estaba más tranquila. Muchas personas la habían abandonado ya, cumplidos sus objetivos. En eso entraron, sobre las 12 de la noche, un grupo de mocetones lustrosos de los países del Este. Ocuparon una buena parte de la sala y sacaron bebidas y donuts de las máquinas. Se ve que se reunían allí por ser los precios de las máquinas más asequibles que los de los bares (40 céntimos el café con leche y 1,20 euros el par de donuts). Poco a poco fueron entrando otros inmigrantes con ropa sucia y pobre, eran sudamericanos. Estos últimos venían con sus macutos pequeños a la espalda y se sentaban discretamente en las filas de sillas más alejadas de la puerta. Sacaban algún alimento de sus mochilas, a veces, lo compartían con el compañero y luego, lentamente se iban tumbando gradualmente, como con disimulo, hasta quedar dormidos en la penumbra de los últimos asientos totalmente tendidos sobre tres de ellos. Desocupados y sin dinero, venían a refugiarse allí para evitar el frío relente de la noche. A los pocos minutos, rendidos por el azaroso día sin ventura, dormían como benditos, a veces con el bocadillo a medio comer apenas sostenido en una mano.
Cuando los del este acabaron sus cafés, sus donuts y su conversación se levantaron y se fueron en tropel como habían entrado. Los sudamericanos dormían ya profundamente con el pesado cansancio que sus caras de buscadores desesperados reflejaban. ¡Maldita puta madre patria, para qué vine aquí!
Familiares de Tomás Galgo, pasen por información. Clamó el sistema de megafonía a la una y media de la madrugada.
Suba a la planta primera, UCI de Politraumatismo. Póngase esta pegatina para los de seguridad. Espere a la puerta de la UCI, donde le informarán. No pase hasta que no se lo indiquen.
Una mujer menuda, con el pelo largo y rizado y cara de lista me pide que entre en un pequeño despacho.
Su familiar está muy grave. Tiene fractura de cráneo con sección de meninge, rotura de tres vértebras cervicales afortunadamente sin seccionamiento de médula, rotura abierta de húmero, fractura de dos costillas, una herida profunda en el cuello, varias hemorragias, erosiones y contusiones en muchas partes del cuerpo… seguramente aparecerán más lesiones que aún no le hemos descubierto. Se ha deteriorado su nivel de consciencia y en estos momentos está entubado y con respiración asistida. Como ya le he dicho su estado es muy grave y su pronóstico muy incierto pues todo depende de que le podamos estabilizar. Si lo conseguimos tendrán que empezar con él los neurocirujanos pues si la lesión de la cabeza no se neutraliza, las demás serían secundarias. ¿Me ha entendido usted?
Sí.
Pues entonces quédese hasta que yo le avise. Si no le estabilizamos puede morir en cualquier momento.
Eso haré. Muchas gracias.
A las 5 de la mañana estabilizaron a Tomás Galgo. Primero me dejaron verle. No le reconocí. El camión que le había pasado por encima esa mañana lo había transformado.

05 junio 2007

Castilla


Mi país es duro, seco, pobre, despoblado, gélido en invierno, tórrido en verano, inhóspito y áspero… pero me dio la única patria verdadera que tengo, que es la lengua.


"...Esto es lo que tiene Castilla, que no es ni bonita ni fea, ni buena ni mala, ni siquiera variada o monótona, sino sorprendente, y extraña, y sobrecogedora. Por eso es difícil conocerla y aún más amarla. Pero también por eso, quizás, cuando se la conoce, se le ama y ya no se le puede volver la cara. Castilla es un poco como una droga de amargos y duros primeros sorbos que no hace efecto alguno al castellano, que ya es un drogado, un habituado, pero que sobresalta y espanta al forastero."
Camilo José Cela (Judíos, moros y cristianos).

Abuso familiar


Eres demasiado protectora, ya sé que no es nada nuevo, pero no lo puedes evitar. Tienes que hacerlo tú todo, ya es como una costumbre. Debes aprender a delegar cosas y los que te rodean a aceptar tus delegaciones. Entiendo que tu madre te necesite, ahí no hay elección, debes estar, pero también tus hermanos deben de acompañarla en su enfermedad. El hecho de ser hombres no les exime. Yo lo soy y no me pierdo una y no lo hago porque mis hermanas pasen, que no lo hacen, sino porque me parece mi obligación-devoción afectiva con respecto a mi madre. Lo de tu marido pase, que tampoco, porque si vuestra relación personal no va bien, ambos seguís manteniendo una familia y eso de que tu marido pase de suegros, hijos, colegios, compras, trabajos... me parece vergonzoso. Tus hijos, amiga, no son ya unos críos, no pueden seguir siendo tan dependientes de ti, tienen que saber comprar, hacerse una cena, organizar sus deberes e ir al colegio solos... por favor. Te reclaman independencia continuamente, excepto para que les sirvas. No me extraña que vayas como una moto. Si sigues tapando tú personalmente todos los agujeros puedes reventar por fuera o... por dentro. Hay muchas soluciones y más en momentos de emergencia. Pero yo creo que sigues sin delegar, continuas protegiendo a todos y esto te lo digo admirando, al mismo tiempo, tu abnegación y tu espíritu de sacrificio hacia los demás y sobre todo tu amor tan grande hacia ellos. Sin embargo los cuerpos, que nadie sabe lo que llegan a aguantar, un día revientan. Después dice la gente, pero si era una mujer encantadora, pero si era simpatiquísima, pero si era el alma de la empresa, pero hay que ver cómo se preocupaba de sus hijos, pero cómo ha acompañado a su madre hasta el último momento, pero hay que ver lo agradable y lo maja que es y lo guapa que va siempre... y mira, sin embargo, la pobrecita, sin comerlo ni beberlo, se ha pillado una depresión que está que no puede ver a nadie, que sólo sabe llorar y que ha perdido quince kilos, con lo feliz que parecía. ¡Quién lo iba a decir!
Pero, tranquilízate, amiga. Esto no es ni mucho menos una bronca, pero tampoco una broma. Sólo faltaba que te regañasen después de poner tú toda la carne en el asador. Todo lo contrario, es recomendarte que, además de preocuparte de todos, te quieras a ti misma. Sí, ya sé que es fácil decirlo. ¡Cuídate, cuídate…! Todo el mundo te lo dice y nadie te exime de ningún trabajo. Pero sí, no te dejes llevar por el corazón porque los que te rodean, no es que sean malos, es que no se dan cuenta de que los trabajos se te acumulan, de que todo va sobre tus espaldas y esas espaldas, si sigues así, no van a aguantar siempre. Organízales un poco, que empiecen a ser más autónomos. O sea, que además de lo que tienes, también acumulas una labor pedagógica. Es tu sino, hija mía. Lo que más me fastidia es que parece que te estoy, encima de todo lo que tienes sobre ti y lo que haces, recriminando. Perdona ni quiero ni soy quien para hacerlo. Pero tu caso es un caso de abuso familiar. Como otros tipos de abusos que hoy día se reconocen en la ley, llegará día que se reconocerá también éste. Todos se han montado en el carro y sólo tira de él una persona. Esa persona lo ha hecho durante tanto tiempo que ya ni es consciente del abuso que se le infringe. Ya es hora de que además de darles todo tu amor les pidas un poquito de justicia.

04 junio 2007

El satélite

El satélite no para de dar vueltas a tu alrededor y está en permanente comunicación. Así que satélite es. Además, por lo que cuentas, eres la ilusión de su vida. Ese puntito de adrenalina que le pone especialmente. Por eso se la juega no sólo incluso delante de tu marido sino, precisa y ostentosa e intencionadamente, en los morros de tu marido porque eso le pone aún más. Entre lo redomado y lo sado se siente un boina verde del amor, el comando más intrépido del sexo, el satélite lo pasa bomba con esos subidones que le provoca el considerarse un ser tan listo como para meterse en la boca del lobo y salir airoso. Ni comparación con los puticlubs de carretera que frecuenta, ni color, querida. Es imposible que esas gestas no se las esté contando a sus amiguetes de barra y no ya sólo por la beldad conseguida, que ya cree en propiedad, sino, y aquí reside el gran mérito de sus pícaras andanzas, por la valiosa colaboración de tu marido que, sobre cornudo, sale burlado hasta el punto de servirle como su bobo colaborador. Cuídate, amiga, estás pisando terreno peligroso. La gramática parda del satélite le tiene entrenado para la disputa, las negativas, la lucha caracolera, el descaro más vergonzoso, el riesgo más temerario... porque ese es su mundo, pero su vanidad no soporta el silencio. Silencio es igual a desinterés, a olvido. Ahí pierde los papeles y no sabe qué hacer para recobrar el enfrentamiento, la respuesta, sea cual sea. El silencio mantenido le deja sin tierra bajo los pies y eso no lo aguanta. Ya lo sabes, querida, tú misma. Entraste por vanidad en este enredo y ahora no sabes salir. Serena tu cabeza y deja que ese botarate siga a la deriva. No mereces que te arrastre con él.

03 junio 2007

Paseo de Otoño

El día amanece con la lentitud de siempre y, tras la penumbra del alba, el cielo gris lo impregna todo de monotonía. La luz es del color de la cara de un carbonero, pero no llueve. Dejo mi casa a las ocho y camino con indolencia, disfrutando de la mañana que, aun en su grisura, es muy agradable. No hace aire ni frío. Camino por una ciudad a la que aún no le ha venido del todo el alma al cuerpo. No tengo prisa, dispongo de tiempo más que de sobra para llegar a mi lugar de trabajo. Atravieso con lentitud las calles. Va a ser, mi paseo, el primer placer del día. Me encanta. Lo hago casi a diario, pero no me aburre. Las ciudades, como los buenos libros, se pueden releer muchas veces y siempre hay algo nuevo que se nos pasó o que no estaba y, de repente, aparece.
Los vecinos de un bloque cercano a mi casa, hartos de las juergas, de las pintadas y del botellón del fin de semana en el hermoso patio interior de su bloque, han decidido cerrarlo. Lástima porque ya me había acostumbrado a atravesarlo cada mañana. A uno, con los años, le molesta que le cambien las rutinas adquiridas. Enseguida bordeo el bloque por unos soportales con comercios y bares cerrados. Casi sin darme cuenta llego a la iglesia de San Antonio, una de esas birrias de ladrillo que se hicieron en los años 70 cuando la iglesia estaba de apertura y Cristo llegaba de Palacagüina, hijo de José y una tal María... Si no fuera por las cruces cualquiera pensaría que es un garaje. Enfilo la calle de la Virgen de la Soledad, más conocida como la Llanilla.
Los pocos transeúntes caminan raudos y mirándose de reojo, como vergonzosos de romper la intimidad ajena pringada aún de somnolencia. Cada cual sabe a donde va, nadie titubea y todo el mundo va con la misma seguridad que guía a las hormigas. Los caminos de la gente se entrecruzan. Los automóviles circulan más deprisa de lo normal. Sus conductores han apurado el tiempo de descanso y, nerviosos por la hora, apuran también el de los semáforos. Suena intempestivo el claxon al mínimo despiste del prójimo. Los peatones miran la cara airada del que pita con una pizca de desdén. Y parecen preguntarse por qué tenemos que pagar todos nosotros su impaciencia, su prisa y su mala educación.
En la Llanilla, recuerdo esta misma calle con las charangas vibrantes, en ya lejanos septiembres, llena de público que, por ferias, baja a la plaza de toros. Mi abuela Pilar siempre estaba asomada al balcón del piso de mi madre para ver la animación. Mi suegro, los amigos taurinos y yo la saludábamos muy contentos al pasar. No era para menos, veníamos de tomar café y copa. A la salida del espectáculo una marea humana, decepcionada las más de las veces, se deslizaba entre un atasco de coches, peñistas y peatones variados hasta diluirse poco a poco por las calles adyacentes.
Hoy la calle está en calma y sólo algún bar alberga a unos pocos madrugadores que desayunan presurosamente. Los barrenderos suben por las aceras haciendo su trabajo de mirasuelos resignados. Las casas son casi todas nuevas y, de mi abuela, en el balcón de mi madre, sólo queda el sitio. Un sitio que, como tantos otros, jamás volverá a ser ocupado.
La silenciosa mole de la plaza de toros se queda a la izquierda y llego al Paseo de las Cruces que es, quizás, la calle más hermosa de la ciudad. Hay quien dice que al paseo sólo le falta, para la perfección, terminar en un balcón al mar. Ilusiones de gente de tierra adentro, pero sí, al llegar al final del paseo, parece que se echa de menos un mirador marino. Ganas de imaginar, vicio barato, cosas que nunca van a tener un cumplimiento.
Hoy no voy en esa dirección, sino hacia San Ginés. La zona central del paseo está hoy radiante pese a la luz plomiza. Hace pocos años la pavimentaron con pizarra de la sierra y, mojada como está, hace efectos de agua como los cuadros de Soroya. Las hojas rojas y amarillas que el otoño tira al suelo sin descanso, hacen que la combinación de agua, pizarra y luz se llene de color. A mi izquierda queda el antiguo Gobierno Civil y, muy despacio, recreándome en la vista del suelo, que es como una joya brillante, llego a la Plaza de Santo Domingo. Sin duda la más espaciosa de la ciudad.
La iglesia de San Ginés con su portada seria preside el lado más al Este de esta plaza. Santo Domingo es mentidero de la ciudad y punto de concentración de jubilados. Hoy es todavía pronto para que los desocupados, conversadores mirones, ocupen sus bancos y la transitamos los trabajadores sin detenernos. Algunos son hombres que, muy serios, con cierto aire encampanado y sopesada importancia, van a trabajar a la sucursal de su banco, claro, se comprenden sus modales, tienen que dar impresión de solvencia, dónde iríamos a parar si no; pasan también mujeres elegantes que, de punta en blanco, taconeando y oliendo a aliento de querubín, entran a las oficinas de Hacienda; otros y otras, a los juzgados; chicas más jóvenes, pero también elegantes y gráciles como hadas del bosque urbano, a las florecientes inmobiliarias; camareros, algo de mala gana, a sus bares; currantes en general, presurosos, a sus tajos cotidianos.
Cruzando en diagonal la amplia plaza, llego al comienzo de la calle Mayor, junto a la esquina de los Tejidos Elvira, que es de los pocos comercios antiguos que, inexplicablemente, se ha resistido al acoso inmobiliario. Aquí, la calle Mayor, es peatonal y tiene un suelo de baldosas rosadas y blancas. La confitería de La Flor y Nata sigue donde siempre, como un náufrago superviviente del pasado. Tras sus cristaleras el recuerdo de Lola me sonríe fugazmente y luego desaparece. Yo también le envío un guiño de añoranza a la bella mujer. No ha sido nada, todo ha transcurrido en el tiempo de un parpadeo. Casi ni dolió.
Calle abajo llego a la altura del Casino, o mejor dicho, del Casino Principal, como pomposamente se le nombra en una placa que tiene a la entrada. El Casino, habiendo perdido hoy la exclusividad de otros tiempos, abre su comedor a todo aquel que quiera gastarse los nueve euros que vale el menú del día, cuatro primeros y cuatro segundos, pan, vino y postre incluidos. Si aquellos viejos socios, de cuando entonces, levantaran la cabeza, morirían aturdidos por la democratización del local. ¡No sé donde vamos a parar, mi dilecto Don Nicanor, esto es el acabose! Se siente, ilustres señores, es el paso del siglo XIX al XXI casi de golpe. Algo es algo.
Desde la esquina donde estuvo el antiguo Casinillo, hoy sede central de la Caja de Ahorros, veo el impresionante edificio del Banco de España. Debajo de él cuelga un gran cartel en el que se indica que el viejo edificio de imponente fachada, en desuso hace tiempo, se va a rehabilitar para poner en él la sede de Hacienda.
A partir de la esquina del antiguo Casinillo, entrada de la calle Topete, cambia el pelaje de la calle Mayor. Queda atrás la combinación de rosa y blanco, que casi parece un homenaje a La Flor y Nata, y aparece entre las dos aceras, y a su mismo nivel, una continuación de la zona peatonal que ahora se hace gris por tener el pavimento de adoquines de granito. La zona mojada hace juego con el día. Llego a la altura de San Nicolás, iglesia de las de antes, con su eterno pobre sentado a la puerta. Los pobres de San Nicolás han sido varios en los últimos tiempos y, alguno de ellos, legendario; otros han muerto sin abandonar el puesto y siempre, al que se va, le llega un sustituto. Nunca queda vacante la plaza.
Por los adoquines mojados sólo circulan a estas horas las furgonetas de reparto. La bajada de la calle se hace un poco más pronunciada desde Hacienda, a la altura del Almacén del Carmen (Casa Aguirre) otro de los pocos comercios antiguos resistentes al amor por lo nuevo. Enseguida estamos en la Plaza Mayor. El edificio del Ayuntamiento en su color de siempre, el crema claro mezclado con el blanco, queda a la izquierda. Los edificios de la antigua cerería, la carnicería y demás, que estaban en el lado de la plaza, a la izquierda del Ayuntamiento, han ido al suelo y ya se verá lo nuevo, ahora son obras. El resto, con sus soportales de siempre.
En la calle del Dr. Román Atienza, que sale de la calle Mayor a la izquierda, acaba de caer el edificio donde estaba la cordelería de Olivares y la cestería Casa Montes, con su recuerdo de Camilo José Cela en uno de sus viajes. La piqueta no descansa. Me estoy quedando poco a poco sin lugares que evoquen mis recuerdos, pero, claro, lo dicho, sólo en la calle Mayor 14 inmobiliarias.
Sigo calle abajo hasta Santa Clara, paso por la esquina del bar Soria, hoy cerrado y con aspecto ruinoso. Aquí, los martes, en tiempos, solían reunirse los agricultores y ganaderos de la zona para saludarse, charlar, hacer transacciones o decir mentiras, que todo iba en gustos e inclinaciones. Hoy se nota que la ciudad se ha desplazado hacia arriba y este punto no es tan céntrico como solía.
Llego al ensanche de la Plaza de los Caídos. Con el agua la piedra rojiza del Palacio del Infantado parece que rezuma el tinte ocre con el que, en las tenerías de los Mendoza, teñían las lanas. El brillo de la piedra, casi anaranjado bajo el agua de lluvia, parece que rejuvenece al palacio, le quita el polvo de siglos y le da visos de obra más reciente.
La Plaza de los Caídos, en la Guerra Civil, ¿cuándo iba a ser?, la han remozado totalmente. Ahora parece más amplia con zonas de agua, rampas y varios niveles. Ya no tiene escaleras por ninguna parte y de los árboles de antes sólo han dejado el pino más viejo, un ejemplar centenario. Sin embargo han puesto una serie de bancos que más semejan tumbas de un cementerio. Al final a la plaza no se le va el mal recuerdo que arrastra con su nombre.
Al final de la plaza, a la derecha, queda la iglesia de los Remedios. Yo no la he conocido dedicada al culto. En el siglo XVIII fue convento de las Jerónimas y antes, en el XVI, colegio de doncellas. ¡Los siglos que han visto sus magníficos y airosos arcos renacentistas!
Sigo Calle Madrid abajo, a la derecha quedan las ruinas del viejo alcázar, en larguísima restauración y recuperación, a la izquierda la antigua Escuela Normal que con el tiempo ha ascendido, y ya es Escuela Universitaria del Profesorado. Menudo empaque para la vieja escuela. Más abajo, en el número 22, queda la casa de mi otra abuela. La casa de la abuela María, con sus dos miradores y sus dos balcones. En el primer mirador, según se baja, mi abuela pasó miles de horas haciendo ganchillo y rumiando alguna pena que yo sé. También, todavía, queda el sitio. Es de las pocas casas viejas que no se han derribado aún pero que, como los sentenciados, espera día. Deshabitada, con el tejado convertido en nidal de palomas, los hierros de sus miradores y balcones oxidados, algunos cristales rotos, la puerta principal atada con una cadena... más claro no puede estar, todo anuncia su fin.
Por la cuesta del Hospital, que sigue como toda la vida, pero con construcciones nuevas a la derecha según bajamos, llego al río. Perdón, primero atravieso una rotonda grande que antes de entrar al puente me puede dirigir a carreteras de reciente construcción. Por ellas puedo llegar a barrios nuevos, inventados, recién construidos, alguno con nombre evangélico, como el de Aguas Vivas, pero todos sin significado para mí. O, mejor dicho, ocupan parte de mi espacio familiar pero no están registrados en la intimidad de mi tiempo.
Al atravesar el río por el viejo puente árabe se ve la nueva obra que, cincuenta metros aguas abajo, va a dar lugar a un nuevo puente. El río baja hoy con más agua de la habitual, por las lluvias en la sierra, pero su cauce no es ya el de un río de aluvión. Las presas aguas arriba controlan el caudal de este río de pasadas crecidas repentinas y alarmantes.
Cruzo el puente por la estrecha acera entre una barahúnda imparable de coches, camiones, furgonetas y motos. Al otro lado comienza el barrio de la Estación. Hace años era un barrio aislado. Ahora está todo construido desde la estación del ferrocarril hasta el barrio de Los Manantiales. Llego a mi trabajo y acaban mis observaciones.

02 junio 2007

Con la bala dentro.


Tenía 17 años. Estuvo muy tocado por la muerte de su padre, su desasosiego duró muchos meses... se iba al campo sin rumbo fijo y sin hora de vuelta conocida, vagaba sin recordar los lugares por los que discurrían sus erráticos paseos... se pasaba horas en el cementerio junto a su tumba... no controlaba lo que le decía a la gente ni se enteraba de lo que la gente le decía a él... Pintando, entonces le gustaba pintar al óleo, hizo cuadros rarísimos que asustaban a la gente de su familia y a su madre le hacían llorar...creo que estuvo bastante desquiciado durante meses y nadie tenía la fórmula para que su desvalimiento y su dolor se desvaneciesen. Nadie sabía si algún día volvería a ser el de antes. Sospecho que fue el tiempo el factor más decisivo para que aquella angustia se fuera contrayendo y dejara de invadirle por completo. Sé que muchos meses después se concentró toda ella en un punto pequeño, denso y pesado, que aún ronda dentro de sus entrañas, como a los que se les ha quedado dentro la bala de un disparo y, ya enquistada y curados los daños que en su día hizo, se les mueve de unos puntos a otros por el interior del cuerpo sin dolor, pero sabiendo que ya la llevan dentro para siempre.