22 febrero 2017

9.-El Aprendiz: La ingenuidad

Trascurrieron tres días. Y bastaron para que el sentimiento de culpabilidad se alejara del muchacho con la fugacidad de una bengala.
El primero de ellos lo pasó Lázaro en suspenso, temeroso de que algún acontecimiento se produjera. Una inquietud extraña se había apoderado de él. Todo el día tuvo la inestable sensación de ser un equilibrista sobre un cable. No salió de la residencia, como si el edificio pudiera esconderle y preservar su anonimato.
Al amanecer del segundo día comenzó a relajarse. Todo seguía igual. Volvió a la aburrida rutina del trabajo y a la excitante pasión del ocio. Aderezó este último con la búsqueda de libros nuevos y con las charlas de esas amistades recientes que le deslumbraban. La angustia y la inquietud del primer día, que ahora daba por injustificadas, se habían disipado como la niebla. El paso del tiempo, se dijo, apisonaría el olvido. Eso se empeñó en pensar Lázaro y, a fuerza de pensarlo, terminó por creerlo.
El tercer día ya daba el muchacho aquel asunto del sobre por zanjado y, crecido interiormente, se avergonzaba de sí mismo por haber tenido las temerosas dudas de un tonto pusilánime. Se creyó fuerte, con el peso del dinero calentando su bolsillo.

Eran más de las doce. A medida que se alejaba del centro, los pocos viandantes iban desapareciendo. Al regresar aquella noche había de atravesar el viaducto, como todas, en dirección a la residencia. A aquellas horas no vio a nadie transitar por el puente. Apresuró el paso.
Había pasado las últimas horas en la cafetería Eslava con varios de aquellos profesores y estudiantes a los que tanto admiraba y a los que pudo invitar aquella noche a una ronda, silenciando el origen de su inesperada esplendidez.
Caminaba entusiasmado, lleno de ilusión, pensando en los libros que aquella mañana había encargado en la librería de la cuesta de San Salvador. Le habían dicho que dentro de una semana, a lo sumo, los tendría allí. Ansioso por descubrir esos nuevos tesoros su cabeza imaginaba mil aventuras intelectuales nuevas.

Llegando al centro del viaducto un hombre con gabán de unos treinta años, al cruzarse con él, le pidió fuego. Tras echarse la mano al bolsillo y darle lumbre, el del gabán, a la luz del mechero, le mostró discretamente una identificación de policía. Lázaro salió de su ensimismamiento como si de repente hubiese pisado en el vacío y cayese en un pozo. Súbitamente nervioso, no llegó casi a distinguir aquella documentación de cuya autenticidad, sin embargo, no dudó. En ese momento, otro hombre, algo más joven, que debía seguirle, llegó por su espalda y así Lázaro quedó entre ambos.
-Lleva usted poco por aquí, ¿verdad? –dijo el del gabán.
-Sí, apenas tres semanas –contestó Lázaro tímidamente con voz queda.
Los dos hombres le observaban con desconfianza pero, enseguida, su actitud inicial, prevenida y amenazadora, se relajó al notar el susto del muchacho.
Tras unos segundos de silencio, el que fumaba dijo:
-¿Sabe usted que en la parte del ensanche, al lado del viaducto al que usted se dirigía, hubo un campo de prisioneros?
-No, no lo sabía –Lázaro casi había perdido la voz. Pero su mente encajó el tiempo verbal como un puñetazo: ¿Cómo que me dirigía?, pensó alarmado.
El policía sonrió, seguramente satisfecho de la inseguridad y el temor que había producido en el joven, y, tras unos segundos, añadió:
-Pues sí, lo hubo. Todas las mañanas los penados atravesaban este viaducto para ir a reconstruir la ciudad, en ruinas por la guerra, ya sabe. Algunos, cansados de la dureza de su vida, saltaron por esta barandilla para no enfrentarse a un destino que veían oscuro, sin salida. Claro que, de eso hace ya bastantes años y, sin duda, a un joven como usted estas cosas no le interesarán.
Lázaro, entre los dos hombres, miró la barandilla de hierro fundido y, debajo, la negrura nocturna y sin fondo del barranco con sus ochenta metros, tenebrosos y mudos, de vacío. La compañía de los dos policías y la visión del barandal, tenuemente iluminado por el alumbrado público, no le daban ninguna tranquilidad.
La orden escueta del policía le sacó de sus temerosas conjeturas.
-Acompáñenos. El comisario Mansoz desea conocerle.
Tan impresionado estaba Lázaro por el encuentro, que no se atrevió a hacer pregunta alguna y, sumiso, les acompañó en silencio. Dieron la vuelta y, con Lázaro entre ambos, llegaron a un coche discreto, sin distintivos policiales, que estaba aparcado en el extremo del puente. No se veía a nadie por los alrededores. En el vehículo tornaron hacia el casco viejo de Alfambra.

La comisaría era un bloque aislado, amplio y anguloso, con la estética de los edificios oficiales reconstruidos en la época a la que hizo alusión el policía. A la puerta  vigilaba un guardia de uniforme que les hizo una señal, franqueándoles la entrada al garaje subterráneo.
Por unas escaleras estrechas subieron a la planta principal. En el recibidor había un mostrador a esas horas vacío. Pasaron al interior de la comisaría y entraron en la antesala de un despacho. Dejaron allí a Lázaro tras mandarle que se sentara en un banco de madera y decirle que esperase hasta que se le avisara. Durante un buen rato lo único que oyó fueron las pisadas de los dos policías alejándose.
Lázaro estaba muy nervioso. Pensó que aún le quedaba la mayor parte de lo que le habían dado en el prostíbulo y, muy alterado, contó los billetes que tenía en la cartera. Estaba dispuesto a confesarle todo al comisario y a pedir las disculpas que hicieran falta. Lo poco que gastó se lo devolvería en cuanto reuniera algún dinero. Al día siguiente anularía el pedido de los libros.
Al cabo de un rato salieron los dos policías y se dirigieron a la calle sin mirarle. Se prolongó una espera que al muchacho le hizo consumirse en conjeturas.

-Pase usted –dijo desde la puerta del despacho un policía uniformado cuando Lázaro, tras media hora de espera, se sentía totalmente abrumado por la incertidumbre.
Entró al despacho y vio cómo un hombre, con gafas y de unos cincuenta años, ojeaba papeles tras una gran mesa rectangular iluminada por la luz potente de un  flexo plateado. Parecía muy concentrado. El despacho era amplio y tenía sobre la pared, detrás del comisario, un crucifijo y los retratos oficiales. Estaba iluminado, además de por la lámpara de mesa, por una araña sencilla. Por lo demás, carecía de adornos, excepto unas cortinas oscuras y sobrias y media docena de sillas, dos frente a la mesa y las otras cuatro pegadas a las paredes. El comisario no era un hombre corpulento, estaba bastante calvo y el pelo, que aún conservaba en los laterales y detrás del cráneo, era rizado y negro, bajo la nariz aguileña lucía un bigote fino y unas patillas no muy largas le afilaban el rostro dándole un aspecto casi agresivo, medio agitanado y con un punto chulesco y retador.
Cuando al fin levantó hacia él la mirada y se quitó las gafas, pudo Lázaro observar unos ojillos oscuros y vivaces que se clavaban en él con descaro y le recorrían inquisidoramente de arriba a abajo sin que el comisario pestañeara ni moviera un músculo de la cara.
Le ordenó secamente al policía de uniforme que les dejara solos. En cuanto éste salió, quiso Lázaro hablar para aclarar lo del sobre, pero el comisario le contuvo con un gesto y le hizo seña de que se sentara. Entonces, el inspector se presentó escuetamente y después dijo:
-Bajo ningún concepto es bueno que una persona hable mientras no se le pregunte. Recuerde usted esto de ahora en adelante.
- …
-Usted, seguramente, piensa que está aquí por ese episodio sin importancia del prostíbulo. O que, al menos yo, no quiero dar importancia por el momento –dijo Mansoz recalcando la última frase.
- …
-Pues no es así, no está aquí por ese episodio. Pero, si usted me lo hubiera dicho y yo no lo hubiera sabido, usted me habría dado una información gratuita sin motivo. Así que, en adelante, tenga usted cuidado con lo que dice sin que le pregunten.
El comisario hablaba despacio, recalcando ostentosamente determinadas palabras y sin dejar de mirarle a los ojos. No había amenaza en su tono, pero con su seguridad al hablar y su mirada firme mostraba un dominio apabullante que el educador no había observado antes en nadie.
-¿Pero, entonces? –se atrevió  a decir Lázaro totalmente desconcertado.
-Para la gente del burdel usted seguirá siendo policía, no se inquiete por eso. No tendrá que devolverles el dinero. Es más, si sus visitas por allí no son demasiado frecuentes, hasta es posible que le inviten a pasar el rato con alguna de las pupilas, si le peta, o a tomar unas copas si le apetece. Ese no es el asunto.
El comisario dijo esto en un tono intrascendente y aburrido, cansinamente, con una desgana que tranquilizó levemente al muchacho aunque, la última frase, le devolvió la intriga.
-Pues, entonces, no sé…
-Sí, no sabe usted por qué está aquí. Se lo explicaré. Usted lleva muy poco tiempo en la ciudad. Aquí nos conocemos todos enseguida. Mis hombres, por ejemplo, están perfectamente identificados. Así que usted va a colaborar con nosotros porque es un buen ciudadano y porque nosotros sabremos agradecer su colaboración.
-Pero, ¿en qué?
-No hace falta que le explique lo bien que ha caído usted en el ambiente, digamos… “intelectual” de esta ciudad. Me refiero a esos círculos de… “modernos eruditos” que a usted le gusta frecuentar y a cuyos miembros admira. Hemos comprobado que, quizá por esa ingenuidad que usted no es consciente de tener o por su ilimitada capacidad de admiración hacia esos… “tipos” o, tal vez, por su aspecto correcto y comedido, ha sido aceptado entre ellos sin recelos. Y eso es interesante para la policía, porque ésos son ambientes vedados para nosotros pero que, sin embargo, nos interesan mucho. ¿Entiende?
Al muchacho se le hizo la luz.
-¿No querrá usted que sea un soplón?, que pase por lo que no soy… -se ofendió Lázaro, perdiendo de repente su boba candidez y también la poca calma que le quedaba.
Pero el comisario Mansoz fue tajante:
-Cállese. Anteayer pasó usted muy bien por policía y tampoco lo es. Y ya ve que yo no se lo recrimino. Y podría hacerlo con más rigor del que imagina y con unas consecuencias que a usted se le escapan.
El comisario se mostró abiertamente amenazador pero, al instante, prosiguió en un tono benevolente:
-Sin embargo, he decidido aprovechar sus habilidades en beneficio de nuestra sociedad, es decir, de todos. ¿Estará usted de acuerdo en que la policía debe velar por el bienestar de los ciudadanos? ¿No es así?
Lázaro creyó oportuno asentir con la cabeza.
El comisario sacó entonces un cigarrillo de una petaca metálica que tenía sobre la mesa. Golpeó la punta del pitillo varias veces, pausadamente, contra la piedra azul de un ostentoso sello que llevaba en el dedo anular de la mano izquierda. Luego lo encendió con un Ronson chapado en oro, dio una calada profunda y exhaló lentamente el humo hacia el techo. Tras esa pausa, continuó:
-¿Soplón, dice usted? –hablaba ahora con un tono de bondadoso cinismo- Le estoy pidiendo colaboración ¿No le parece mejor llamarlo así? Necesitamos una persona como usted. No le pido nada extraordinario. Sólo tendrá que llevar la vida que lleva ahora y relacionarse con la gente con que se ve habitualmente. Puede seguir con su aspecto o cambiar a otro más extravagante o desaliñado como esos… “intelectuales”, pero necesito toda la información que de ellos alcance a conocer y, desde luego, sería de crucial importancia, si descubriera usted la relación de alguno de esos… “individuos” con asociaciones clandestinas, con partidos ilegales, ¿comprende?
-Pero si yo vengo aquí, a la comisaría, pensarán…-quiso buscar Lázaro el escape de una excusa.
-Usted no pisará esta comisaría bajo ningún concepto, a no ser que mis hombres le detengan y, en ese caso, lo harán de tal modo que quedará usted libre toda sospecha –zanjó el comisario.
-Entonces me va a ser difícil comunicarme…- balbuceó el inicio de otra excusa al muchacho.
Pero Mansoz le cortó nuevamente:
-No. Cada quince días, si todo discurre normalmente, escribirá usted una carta sin remite al apartado de correos número 30, dirigida a la Editorial Fidélitas. En esos informes me tendrá usted al tanto de cuando deseo saber. Pero, preste atención, si se entera de algo que le parezca de especial interés, me lo hará saber lo antes posible, sin esperar a los quince días habituales entre informe e informe, ¿de acuerdo? No olvide la dirección ni el apartado.
-Pero, mire, yo estoy arrepentido. Había pensado en devolver el dinero y no deseo…
-No hay peros que valgan. No le estoy dando a usted más alternativas, ni su arrepentimiento me sirve –y Mansoz recobró su tono de cinismo chulesco- ¿No le gustó hacer de policía? Pues ahora lo va a hacer de verdad y, lo que es más, para servir a su país como es su obligación, ¿comprende? No lo olvide, cada uno tenemos que aportar nuestro grano de arena para que reine la estabilidad y el orden. Es nuestro deber. A finales de cada mes pase por el burdel, ellos le darán un sobre con el triple de lo que le dieron la primera vez. Si nos encontramos, usted no me conoce.
-Pero, entonces, ¿es que me van a pagar los del burdel?
-Eso no es asunto suyo. Espero no tener que hacerle traer aquí. No me gustan las estupideces, ni repetir las cosas. Puede marcharse –el comisario bajó la cabeza y, sumergiéndose de nuevo en sus papeles, hizo un gesto leve con la mano en el aire, como el que espanta una mosca molesta.

Lázaro dejó el despacho y atravesó las dependencias policiales sin darse cuenta de que lo hacía casi de puntillas, con ávida prisa por salir de allí. Se cruzó con el guardia uniformado e indiferente de la puerta y sintió la atmósfera fría y oscura de la calle. Encendió un cigarrillo y lo aspiró con ansia. Se encaminó hacia la residencia por las calles vacías, bajo las luces mortecinas. Atravesó el desierto viaducto con paso firme, acelerado, sin mirar a los lados. No acertaba a comprender lo que le estaba sucediendo. Y cómo, por una chiquillada sin sentido, se había metido en semejante ratonera.

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20 febrero 2017

8.-El Aprendiz: El malentendido

Lázaro, enfundado en un traje que había sido de su padre y que su madre había arreglado y mandado teñir de negro, cayó por casualidad en uno de los antros de Alfambra. Pero eso él no lo sabía.
Fue una noche, algo tarde, en la que salió solo y paseó pensativo y taciturno. Era un momento más de esa soledad que, algunas veces, se empeñaba en regalarle su vida independiente recién estrenada. Uno de aquéllos en los que daba en plantearse su presente y su futuro.
Fue al principio. Hacía pocos días que había llegado y apenas conocía Alfambra. Era una de las primeras noches del otoño.
Deambulando sin rumbo por la parte más arrabalera, en el extrarradio de la ciudad, dio con un bar que aún tenía la luz encendida. Entró en él por azar, como bien podía no haber entrado. Nada externamente le llamó la atención.

Apenas dentro, notó algo extraño en aquel local que había tomado por un simple bar del arrabal. Más que el establecimiento en sí, fue la actitud de los camareros lo que le extrañó. Éstos, apenas entró, le observaron inquietos, presas de un súbito nerviosismo, y lo mismo los pocos parroquianos que tomaban copas en la barra y que, al instante, apagaron sus conversaciones.
El muchacho alto y atlético, y con una seriedad derivada de su melancolía, parecía mucho mayor enfundado en aquel traje negro. Se quitó unos guantes de cuero también negros y los metió cuidadosamente en uno de los bolsillos de la chaqueta. Notó que los guantes desteñían y le habían manchado las manos con restos de tinte. Preguntó a un camarero y éste, con envarada seriedad, le indicó los lavabos con cierto remilgo.

Más que servicios, aquéllos parecían unas letrinas cuarteleras. Los retretes eran agujeros sucios en un suelo de cemento y estaban separados por unas cuantas mamparas de contrachapado medio desvencijadas, tenían las puertas rotas y astilladas y las cerraduras arrancadas y sin pomos. En la penumbra que procuraba una bombilla de luz mortecina, casi como un pabilo de vela, le pareció vislumbrar una rata corriendo, pegada a la pared, que se escabullía por uno de los agujeros. De las cisternas pendían cuerdas oscuras y sobadas, acabadas en un nudo más sucio y satinado de mugre que el resto, y todas ellas goteaban, dando a la sórdida estancia un fondo de sonido acuático, de tuberías rezumantes, monótono y rítmico. De un clavo de la pared pendían unas hojas de periódico, cortadas en cuatro, que servían para rematar la higiene. Fuera de las letrinas había dos lavabos, el uno roto y el otro arpado, cuyos grifos daba grima tocar por el sedimento oscuro que en el metal se acumulaba en tomos y costras, notorios hasta con aquella luz tan pobre. Al acercarse a uno, dos cucarachas negras lo abandonaron para escabullirse por la junta con el muro. Tras lavarse las manos, sofocando la arcada que le provocaba el hedor de los retretes y procurando no contaminarse por el tacto con aquel recezo que se acumulaba por doquier, salió cuanto antes del cochambroso servicio.

Apenas fuera, notó Lázaro que los dos camareros, ante su aparición, dejaron repentinamente de cuchichear entre sí y cómo, los pocos parroquianos que quedaban, le miraban de reojo. Pidió un café y, mientras lo probaba, sintió que no se relajaba la atención hacia él.
Al poco bajó un hombre maduro del piso superior por unas escaleras que daban a un extremo de la barra, por la parte de los clientes, y se dirigió a él, sin dudar, apenas lo localizó.
-Le ruego que nos disculpe por lo sucio de los servicios, pero desde esta mañana que se limpiaron…y, además, estamos a punto de remodelarlos.
Lázaro se asombró por el educado detalle del encargado del local pero, sobre todo, por la desfachatez de sus palabras. Aquellos servicios acumulaban la porquería al menos por trienios, como los funcionarios hacían con la preciada antigüedad de los suyos.
-Da igual, no he venido a ver los servicios –dijo Lázaro cándidamente sin saber a qué atenerse, pero con seriedad, sin ningún aspaviento que pudiera avergonzar al encargado.
Sin embargo, sus palabras produjeron un efecto inesperado.
-Sí, ya supongo que desea usted ver la parte de arriba. Estoy seguro de que le va a parecer bien ya que, según creo,  no conoce usted el local.
-Pues sí, no conocía este local y hoy, al dar con él y verlo abierto, me he decidido a entrar –dijo cortésmente Lázaro, sin perder la seriedad pero sin comprender nada.
-Suba, suba por aquí, por favor –y el encargado le condujo con deferencia escaleras arriba.
Lázaro, intrigado y sorprendido, se dejó conducir y le siguió sin hacer preguntas ni desvelar su timidez.

Internamente la curiosa situación comenzaba a divertirle, como si fuera un juego que se le hubiera presentado inesperadamente. Tras abrir una puerta recia, de cuarterones de madera, y recorrer un corto pasillo, el encargado abrió una segunda puerta más liviana que les condujo a una especie de salón amplio y rectangular. El salón tenía un ambiente cálido y confortable, con una salamandra encendida en una esquina. Había un par de sofás amplios, tapizados en terciopelo rojo y con los respaldos altos, ostentosos y ondulados, y, junto a las paredes más largas, unos butacones del mismo estilo con mesitas bajas frente a ellos, y un minúsculo ambigú con estantería y con un aparador donde se acumulaban copas y botellas de licores. La decoración era extraña y recargada: cuadros con angelotes, otros con malas imitaciones de Rubens con mujeres carnosas, y cortinas con ostentosos lazos en tonos pastel que daban a otra puerta, y otras más, a juego, que cubrían las tres ventanas. En ese momento las cortinas de la puerta se ondularon y enseguida, entre ambas, salieron dos hombres, uno joven y otro que aparentaba los sesenta. El mayor iba congestionado y sudoroso y el joven bromeaba con él.
- Coño, tío Damián, no me imaginaba que aún valiera, pero parece que aún empuja usted, ¿eh?
-Vamos abajo a tomar una copa, Paco –repuso el mayor un poco sofocado, carraspeando y mirando aviesamente al risueño joven.
Sin embargo, apenas vieron al encargado acompañando a Lázaro, se callaron y pasaron ligeros, como escabulléndose, a tomar el pasillo que les llevaba a la escalera.

Lázaro miró intrigado a su interlocutor y éste, aparentemente azorado, le dijo que tenían todo en regla, que, en ese momento, tenían tres mujeres en la casa pero que, de todas ellas, tenía notificación la policía y que, como siempre, había un buen entendimiento mutuo. Lázaro escuchaba atónito a aquel hombre, pero calló porque no supo qué decir. Fue entonces cuando, sacando un sobre, el encargado se lo introdujo discretamente en uno de los bolsillos de la chaqueta, al tiempo que decía:
-Espero que sigamos como de costumbre. Ya saben que aquí sólo encontrarán ustedes colaboración. Ha tomado posesión de su casa. Venga por aquí cuando guste.
-Bueno, no esperaba encontrarme con esto, quiero decir, tan bien montado, pero le agradezco su amabilidad. Tomaré el café y me iré.
-Bien, como quiera. Aquí nos tienen ustedes para lo que gusten.
Con la misma seriedad que había mantenido, Lázaro, dejó al encargado y bajó a la planta baja. No se entretuvo en terminar el café, que de ningún modo quisieron cobrarle, y abandonó el local, manteniendo, ya intencionadamente, su aire serio, adusto y sombrío.

Al salir le invadió una especie de jocosidad interior que no se pudo convertir en sonrisa, ni en risa franca, por no poderla compartir con nadie. Aquella confusión le sabía a travesura infantil. Sólo el intenso frío, que como si tuviera peso caía desde el cielo estrellado, le hizo apretar el paso para llegar pronto a la habitación de la residencia.
Había quedado atrás la medianoche. Apresuró el paso para vencer el relente.

Como una sombra atravesó las solitarias calles del centro. En la plaza de la explanada anterior al viaducto se topó con sorpresa con una decena de guardias uniformados. Recogían del suelo una gran cantidad de octavillas que alfombraban la gran rotonda. Lázaro, extrañado, se detuvo. Los guardias, absortos en la recogida de panfletos, no le habían visto. Curioso por el espectáculo a aquella hora intempestiva, Lázaro hizo ademán de agacharse a coger un papel. Un cabo le vio en ese momento y de inmediato, poniendo la mano en la pistola que llevaba al cinto, le iluminó con una linterna y le gritó:
- ¡Alto! ¡Documentación!
Lázaro se quedó inmóvil y de inmediato sacó lentamente el carnet de identidad. Mientras, el cabo, ya frente a él, le iluminaba la cara con la linterna.
- ¿Dónde va usted?
- A la residencia de estudiantes. ¿Qué ha ocurrido? ¿Puedo coger un papel de esos?
- Pero, ¿qué dice usted? Ni se le ocurra. No toque nada y circule –y le devolvió el carnet, tras comprobarlo, poniéndoselo a la altura de la cara.
Mirando las octavillas del suelo, sólo pudo distinguir dos palabras, cuyos caracteres grandes resaltaban sobre el resto del texto: libertad y justicia. Con las miradas amenazadoras y desconfiadas de los guardias fijas en él, se alejó rápidamente y se perdió en la oscuridad del viaducto.

Pronto llegó a la residencia. Al entrar a su cuarto encendió la luz y sacó el sobre que el del burdel le metió en el bolsillo. Dentro había cinco billetes de mil. Comprendió de inmediato que ser policía en aquellos tiempos, y vaya usted a saber si acaso en todos, era un chollo. De hecho, ya lo era el que por tal le hubieran tomado. Por un policía recién llegado, evidentemente.
Sin embargo, recordando a los guardias que recogían panfletos, le volvió el juicio:¿Por qué lo había aceptado?
Una sombra de temor y duda empezó a sustituir su absurda alegría infantil por la inesperada confusión. Pero, evidentemente, ya no podía dar marcha atrás.
Y quiso dar refugio a su inquietud diciéndose que, si acaso la policía o el del burdel le reclamaban el dinero, con devolverlo y disculparse por la broma bastaría.
Pero, ¿y si todo pasaba desapercibido? Él jamás se había visto con tanto dinero. Quizás fuese mejor darle tiempo al tiempo. Al fin y al cabo, era un dinero que le habían dado. Ni lo había obtenido con engaño ni lo había robado. Simplemente se limitó a quedarse calladito y a aceptar lo que la suerte quiso depararle.
¿Estando tan canino, no sería del género tonto devolverlo por las buenas? Siempre había oído decir a los viejos que se coge lo que te dan y se suspira por lo que queda. Él no era nadie para contradecir los refranes antiguos. Y, con esa y otras manidas tonterías que tan menudo se oyen, intentaba justificar ante sí mismo su falta de reacción ante aquel inesperado y extraño suceso. Era, se decía, como si se hubiese encontrado un décimo premiado de la lotería.

Miró el dinero de nuevo y se sintió orgulloso de, con sólo su porte, haber sido merecedor de recibirlo. Pensó que ya era hora de que la vida le sonriese con algo de fortuna.
Vanidoso, se miró en el espejo del armario, poniéndose alternativamente de frente y de perfil, e intentando adivinar lo que su gesto adusto podría transmitir a quien no fuera él o no le conociera. Alto, serio, fuerte, con el pelo cortado al estilo militar, vestido de negro de pies a cabeza, su aspecto podía cuadrar bien con la estética de un policía de paisano.  Éstos, aun vistiendo de civil, gustaban de hacerse notar y respetar allí donde ya eran conocidos y temidos.
Pues bien, si por tal le habían tomado, no sería él quien les desengañara, del mismo modo que no fue él quien les mintió ni, con una sola palabra o gesto, insinuó que fuera policía. Con no volver a aparecer por el garito, cosa solucionada. Y así pensó el muchacho que el incidente quedaría resuelto y olvidado.
Y se durmió con la dulce ingenuidad de un experto en nada y un ignorante en todo lo demás.

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19 febrero 2017

7.-El Aprendiz: La disciplina

Levantar a los alumnos puntualmente, sin que remolonearan, era primordial. Pero era labor rápida y no solía presentar problemas. El trabajo más tedioso del día era vigilar los estudios de la tarde que duraban tres horas. En ellas los residentes habían de estudiar las distintas materias y preparar el trabajo para el día siguiente.
A las sesiones de estudios del comienzo de curso acudió excepcionalmente el preceptor. Era hombre enteco y de pocas palabras. Solía pasearse, entre aburrido y displicente, por entre las filas de mesas de las aulas, en medio de un silencio que sólo turbaba el roce de libros y cuadernos. Sin embargo, entre tantos muchachos, era inevitable un comentario, una risa, alguna palabra, algún signo de vida. Cualquier pequeña anomalía era suficiente para que el preceptor cruzara la cara al responsable sin más explicaciones. Luego, resonando aún el eco de los bofetones, seguía su paseo silencioso, con las manos atrás, como si nada hubiera ocurrido, como si aquella crueldad formara parte de la vida cotidiana, del orden del mundo. Su indiferencia, determinación y frialdad impresionaban a Lázaro.
No conforme con eso, animaba a los educadores con sus palabras, por si su ejemplo no bastara, a que le imitasen y no perdonaran la menor incidencia. De este modo, cada educador en su sala de estudio se convertía en un pequeño representante del temor, de un temor desproporcionado y absurdo que podía convertir cualquier nimiedad en objeto de un castigo tan humillante como incuestionable.
Toda indisciplina, según el preceptor, había de cortarse de raíz. Así los estudios, pontificaba, se iniciaban con un inalterable orden y luego ya, bien encarrilados, no presentarían problemas a lo largo del curso. Aquel tipo de disciplina expeditiva, decía, ahorraba trabajo y prevenía conflictos venideros. Había que iniciar las cosas bien a toda costa, aunque fuera inculcando un temor, según él, sano y necesario.

El sano temor fue siempre para Lázaro cosa incomprensible. Sin embargo, era muy rentable según el preceptor. Y debía de serlo porque, con presentarse un par de semanas y dejar aquel régimen instaurado, no tuvo ya necesidad de volver más, como no fuese a pasarse por caja o por el comedor. Y así sembró aquel espíritu del miedo entre los estudiantes y legó tan práctico método a los educadores.
El director y el jefe de estudios eran figuras conocidas, por supuesto, pero apenas vistas por las dependencias más concurridas del centro. Algo así como cargos honoríficos, cuya aparición se reservaba para asuntos solemnes y ocasiones importantes.
De este modo, terminaban los educadores llevando toda la carga de la residencia y, ya que su mínimo sueldo, benéficamente otorgado, era simbólico y desproporcionado para el peso que habían de soportar, se les revestía, en cambio, de gran autoridad.

A Lázaro, al principio, le gustaba el verse respetado, siendo algo así como un suboficial en un cuartel. Pero, poco a poco, se fue dando cuenta de que el asunto se basaba en que ellos hicieran el trabajo y, como el dar autoridad no suponía gastos, recibiesen a cambio tanta como quisieran y aún más si la hubieran pedido. La caja de la autoridad no tenía límites en el presupuesto de La Casa y por eso se otorgaba con mano generosa a quien conviniese.
Así, aquellos personajes generalmente ausentes, que cobraban cumplidamente por sus cargos y responsabilidades, no hacían sino repetir:
-        ¡Jamás un educador será desautorizado por mí!
Pero, Lázaro, sabía que eso era como decir que jamás protestarían del trabajo que los educadores hacían por ellos, y conservar así su privilegiado y cómodo estatus sin apenas esfuerzo por su parte.
Por otro lado, los educadores eran jóvenes y no se percataban de ese juego y, convertidos en diosecillos por aquel legado de autoridad, imitaban el despotismo y los modos del preceptor con bastante frecuencia y a veces, si cabía, con mayor desparpajo.
Y así aquellos jóvenes eran educados en un miedo que se administraba libre y discrecionalmente desde aquel incuestionable principio de autoridad.
Y aquel ambiente se calcaba de un día para el siguiente, sin diferencias, como el que pone un matasellos idéntico en el que sólo cambiaba la impresión de la fecha.

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17 febrero 2017

6.-El Aprendiz: La rutina

El trabajo de educador era intermitente aunque diario, pero monótono, aburrido e insignificante, y, tan pardo y gris, como el plumaje de un gorrión.
Lázaro enseguida notó que a los educadores se les hacía sentir, con más o menos sutileza, que el alojamiento y  la manutención ya debiera compensarles suficientemente. Pero sí, había también una pequeña gratificación mensual. El alojamiento disfrazaba pomposamente el hecho de que permanecieran día y noche en su puesto y, por tanto, hubiera siempre responsables en caso de emergencia. La gratificación no pasaba de ser una propina que el cicatero administrador, por su altanería, hacía parecer una limosa salida de su propio bolsillo.
Eso Lázaro lo averiguó más adelante. El administrador les entregaba siempre la paga con retraso. Quiso, en un principio, pensar que la actitud del pagador era casual. Pronto se cercioró de lo contrario. Y, cuando Lázaro comprobó la renuencia y el retraso sistemático en los míseros pagos, cayó sobre él la sensación humillante de la beneficencia y la denigración que proporciona el ser mirado como un zángano, como un beneficiado.

Desde una sala pequeña se controlaba la megafonía, especie de cornetín hablante  y centro de señales, con la que se dirigía aquella institución. Desde ella, a las siete de la mañana, se activaba el toque de sirena para que se levantaran en los distintos pabellones, y se ponía, a continuación, un long play a gran volumen para que los residentes no volvieran a dormirse. Y así, una vez arrancados del sueño por el estridente toque y envueltos luego por la música, se fueran lavando, vistiendo, ordenando sus cosas y haciendo las camas.
El educador de semana había de ir pabellón por pabellón controlando que los estudiantes estuvieran en pie y no se hubieran rendido al sueño rebelde, macizo y denso que es privilegio de la juventud. Debía asegurarse de que todos hubieran salido del cálido nidal de la litera pese al frío de los pabellones y pasillos. Lázaro, a lo largo del tiempo, fue aprendiendo que otoño e invierno en Alfambra eran una sola estación heladora y que aquellos momentos, finales de la noche y próximos ya al amanecer, eran los más gélidos de la jornada.

El día que abrió por primera vez las puertas de los pabellones, sonaba en la megafonía la música que él mismo había elegido por azar, sin mirar, llevado por la inexperiencia y por la prisa. Resultó ser Nat King Cole en español. Cantaba “Las mañanitas”, “Perfidia”, “Ansiedad” y otras letras más. Aquellas canciones se le antojaron sin sentido para el caso, pero ahí estaban, sonando con una melancolía romántica e incomprensible a aquellas horas y en aquellas  circunstancias:
“…Ya viene amaneciendo, ya la luz del día nos dio, levántate de mañana…”
“…Mujer, si puedes tú con Dios hablar, pregúntale si yo alguna vez…”
“… Ansiedad de tenerte en mis brazos musitando palabras de amor…”
Lázaro guardó en su mente aquella música melosa, cantada en español con acento norteamericano. Y, como una impronta, la usó desde entonces para despertar a los internos en sus días de guardia. La pequeña atmósfera interior de somnolencia, frío y silencio, con aquella música de fondo, era una mezcla extraña, de esas que, por lo mismo, no se olvidan. Y, en sus mañanas de rompedor de sueños, Nat King Cole sustituyó a las marchas militares de uso habitual y casi preceptivo. En la penumbra de los pasillos desiertos y gélidos, en aquel silencio que los muchachos se obstinaban en no romper por el vano deseo de no resucitar del sueño definitivamente, aquella voz parecía un empuje suave y amistoso, insistente y sereno, mecedor, casi maternal. Los demás educadores siempre se burlaron de aquella costumbre que Lázaro mantuvo rompiendo la tradición musical, marcial y paramilitar, de La Casa.
Mas, aquellas delicadas melodías, se acompañaban del fuerte hedor acre que recibía al abrir cada una de las puertas de los pabellones. Salía una vaharada capaz de hacerle tambalearse como si fuera un golpe. Era un olor ácido, húmedo y caliente, a humores, secreciones y orinas, mezclado con el olor a pies, que todo lo dominaba y lo vencía, y que hacía de base para cuantos otros olores se añadiesen. Aquella peste densa se agarraba también a la garganta como si tuviera una parte sólida pero invisible. Las temperaturas no propiciaban lavados exhaustivos y, más bien, los exigían rápidos, para salir del paso y despabilarse.
Para desayunar acudían todos los muchachos al gran comedor y los responsables,  los cuatro o cinco educadores, presidían la mesa.  El de semana rezaba la breve bendición de los alimentos de manera seca, con un tono viril y castrense que desvirtuaba la oración, que se supone humilde siempre, con un toque de insolencia; y el coro de muchachos respondía con un rotundo, unánime, rápido y lacónico amén, ansiosos por romper el ayuno. Después los jóvenes marchaban a sus destinos y no se les esperaba, normalmente, hasta la hora de comer. Al desayuno, los cargos nominales de la residencia, no asistían. Seguramente para no dar al acto más importancia de la rutinaria o, tal vez, porque era demasiado temprano.
Lázaro, al ver marchar a los muchachos, se reconocía en ellos pese a su apariencia recia, su afectada seriedad y, sobre todo, sus desmedidos esfuerzos por disimular su juventud.
Desierta la residencia, tras el desayuno, no tenían los educadores tarea que hacer. Después llegaba la comida y la vigilancia del comedor y, de nuevo, libres hasta los estudios de la tarde. Luego la cena y el evitar que los residentes alborotaran en los dormitorios antes de coger el sueño definitivamente. Y así iba Lázaro, varado en aquel trabajo ocasional y primero, rellenando de rutina sus días.

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15 febrero 2017

5.-El Aprendiz: La otra Alfambra

Habitualmente se tiene por serio aquello que coincide con lo acostumbrado y las personas, en su limitada vida, suelen acostumbrarse a lo que encuentran.
Alfambra era también, y sobre todo, una ciudad seria. Una ciudad estructurada, rancia y de principios, con todos los puestos de mando debidamente asignados a mentes responsables. Las personas que controlaban la rutina del orden miraban de soslayo a aquella morralla de gente intelectual que, como indigentes de ideario, apátridas de las esencias tradicionales y eternas e imitadores de todo lo foráneo, pululaban por la ciudad con cansina desgana, arrastrando desgarbadamente los pinreles, con aquella inconfundible desidia que rayaba en la provocación si es que, abiertamente, no lo era.

Eran estas personas las que tenían las riendas de la paz y del orden, las que detentaban los puestos oficiales, las que controlaban la burocracia, las que regían los juzgados, las que encabezaban la banca, las que dirigían los negocios, las que mecían con mano firme, pero paternal y amigable, la cuna de la patria y del catolicismo, los dos pilares que soportaban todo, desde el fondo del barranco hasta la cúpula de la catedral. En fin, eran la gente de primera clase, la representación oficial de la ciudad. Afortunadamente tenían el timón de la nave en sus manos y hacían que el tajamar surcase con firmeza el rumbo marcado.

Se decían gente recia, herederos de un poder ganado por la mano, cara a cara y por las bravas, en el rigor y la dureza del combate, sin escatimar en fuego, dolor, valor y sangre heroica. Tenían además gran honra en ello pues, no en vano, pensaban que levantaron la nación con sus caídos aunque, para ello, hubieron de tumbar a otros muchos primero.

Así descubrió Lázaro una parte de la historia silenciada, la nausea de un fracaso. Y con el tiempo fue conociendo las tristes batallas personales de héroes anónimos de ambos bandos. Y averiguó que siempre, en las memorias íntimas de estos personajes, llegaba un punto que ninguno de ellos quería rebasar, una zona sumamente oscura e inquietante que, como humanos, les aterraba a todos y, todos por igual, deseaban locamente amortajar con el olvido.

Pero mandaban unos. Eran un grupo de elegidos a los que muchos, por verdadera convicción, secundaban. Aunque no faltaban quienes les bailaban el agua por conveniencia y también quienes les otorgaban su aquiescencia con callado temor.
Los mandatarios se sentían una élite distante, y hubieron de refrenar muchas veces su ira, y aparentar condescendencia, con todos aquellos que, llevados por los distintos modernismos imperantes, no veían virtud en su tolerancia, sino normalidad y, así, ponían su paciencia a prueba tanto los días acabados en ese como en o.
Entre estas personas sonaban vibrantes, como toques de clarín, los apellidos de militares, de jueces, de cargos de la curia, de financieros, de ciertos catedráticos, de terratenientes, de empresarios, de rentistas y, luego ya sonaban también, pero con sordina, toda la cohorte de barandas, la caterva de aduladores, el grupo de vivillos, el hatajo de oportunistas, la bandada de correveidiles, el pelotón de alcahuetes, el manojo de pisaverdes, la pollada de saludadores y besamanos, el enjambre de pelotas, y la manada, creciente siempre, de estómagos agradecidos, que acompañaban inevitablemente, como las nubes de tábanos a las acémilas, a todos aquellos dignos cargos plenipotenciarios.

Llevaban muchos años al mando. La gente madura y los viejos recordaban muy bien de dónde les venía el poder y por eso les temían, y recelaban incluso de su mera presencia y aun de su cercanía. Pero la gente mayor iba desapareciendo y los jóvenes, por contra, ignoraban lo que los viejos sabían. Así se atrevían a hacer cosas de las que sus mayores se habrían guardado y, tal vez, eso era lo que le daba a Alfambra ese aparente aire de libertad, de despreocupación, y, sobre todo, esa tibia tolerancia intelectual que Lázaro tanto apreciaba sin percatarse de lo volátil que era.

Por otro lado, el viejo régimen, con sus muchos años de engolillada antigüedad y con experiencia en el arte de sucederse a sí mismo, andaba deseoso de mostrar al mundo que no era cierto lo que de él se decía. Que no había caducado la vigencia de su ideario y que, si ahora había una controlada libertad, era porque en su día ellos se alzaron para sofocar el loco libertinaje y la fatua anarquía disolvente. Querían demostrar que el régimen se había puesto al día y estaba dispuesto a tolerar las ideas más variopintas y erráticas siempre, naturalmente, que no degeneraran en desorden ni pusieran en peligro la paz que ellos habían conseguido tan esforzadamente, aunque hubiese sido a costa de una guerra. Y así, daban las libertades que querían, o taimadamente las administraban, tras, en su origen, haberse llevado todas por delante. Y, con la astucia y el ánimo templado del que por destino natural detenta el mando, pensaban que el permitir aquellas cosas, con las que ni en el fondo ni en la forma comulgaban, le daba al régimen ese toque de apariencia plural, democrática y tolerante que en la Europa poderosa, aunque floja y carente de principios, estaba tan bien considerado.
Acostumbrados a la moneda de la adulación y al cheque en blanco del temor, que ellos calificaban de respeto, aquellos prohombres se revolvían y retorcían interiormente al observar a toda aquella barahúnda de intelectuales abominando de la Iglesia, siguiendo corrientes contrarias al creacionismo, exponiendo las teorías absurdas de la evolución, leyendo a autores marxistas o de claras tendencias izquierdistas y, además, yendo por las calles con aquellos pelos, con aquellas barbas y con aquellas pintas. Provocaciones andantes es lo que eran y, además, hablando de libertad a todas horas, como si en aquella ciudad no pudiera seguirse otro protocolo o patrón de albedrío que no fuera el que preconizaban aquellos extravagantes visionarios.

Lázaro enseguida se hizo cargo. Comprendió que en Alfambra había al menos tres ciudades: la de los que mandaban y la de aquellos que se consideraban culturalmente por encima de los mandatarios o, cuanto menos, ajenos a ellos, como si el alado intelecto tuviera el privilegio de sobrevolar impunemente las garras, firmes en la tierra, del poder. Y luego, estaba el vulgo.
El grupo de intelectuales despreciaba al conjunto de prebostes preocupados por los cartesianos conceptos de mantener su paz y su orden a ultranza. Y, por su parte, los mandatarios soportaban, tragando bilis, a aquella pandilla de rojos y ateos a los que, en el fondo, odiaban con saña. Y luego, como siempre y por medio, estaba el tercer grupo, el de las personas que temían a las autoridades con tanta intensidad como ignoraban a aquellos vanguardistas de salón y, las muy ilusas, tenían como única aspiración el que los unos y los otros les dejaran en paz, comiéndose el cocido en su rincón, sin sobresaltos, inseguridades, temores ni amenazas. Y es que la gente humilde suele tener extrañas e irreales pretensiones.

En Alfambra aprendió Lázaro lo alejadas que estaban la política y la gente. Era aquélla, la de la política, una esfera aparte, intangible, casi innombrable. Era cosa de un grupo restringido de inquebrantables fieles, alejados y metidos en un balón blindado. La lejana esfera del poder flotaba allá, en un sitio indefinido, custodiado e inalcanzable, al que, si alguna vez se acercaba algún ajeno, lo hacia casi siempre por obligación y siempre con temor. Y se aproximaba tomando una precaución sobresaltada, revestida de respeto zalamero o de miedo a secas, como si fuera al encuentro de una bicha que aparentaba estar dormida. Algo en lo que no se podía confiar pero sí temer, temerlo siempre.
Era la política un poder que, entonces, filtraba su imagen, siempre monolítica y solemne, por medio de la dócil prensa, del amaestrado sindicato, del azul omnipresente del partido único, de los alcaldes designados, del preceptivo NODO con su propaganda, de la televisión monocorde y paternal, de las emisoras del Movimiento, y también del palio, ese símbolo que la Iglesia Católica prestaba para que, bajo él, se balancearan las ostentosas borlas que adornaban un fajín de general, y que, simbólicamente, parecían entronizar en lo sagrado ese modo, tan peculiar entonces en la vida española, de hacer las cosas por las santas gónadas, masculinas por supuesto, recibiendo después una ovación unánime y cerrada como la que se espera en un albero.

Se tiene por serio aquello que coincide con lo acostumbrado y las personas, en su limitada vida, suelen acostumbrarse a lo que hay. Ya está dicho. Lázaro, mentalmente inerme ante cuanto veía, prefería lo nuevo por ilusionante, porque de lo viejo, sin conocerlo a fondo, recelaba. Y comenzaron a ser sus intuiciones las que le condujeron, sin recto juicio, a lo que le parecía más ansiado. Los sedientos de libertad, cultura y novedades sufrían, por entonces, los espejismos propios de estas carencias en el desierto en que habitaban.
Así que un día, al ver a un padre atribulado salir con su hijo melenudo de la comisaría, oyó en labios del padre una frase que mostraba una escala de temores claros y una alusión castamente disfrazada:
- Hijo, pase que lleves esas pintas, pero, por Dios te lo pido, no te metas en política. Antes prefiero, fíjate si te digo, que te mees en la cama.[1]


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[1] Eufemismo que por entonces quería decir: dejar a una chica embarazada.

11 febrero 2017

4.- El Aprendiz: La vida cultural

También había en la ciudad un grupo de jóvenes pintores. A Lázaro le sorprendió su número, excesivo en una ciudad pequeña, y también sus ideas, de una naturaleza que tampoco imaginó encontrar allí. Éstos deseaban que las corrientes más modernas, de un arte concebido como inédito y abierto, regeneraran las concepciones retratistas, fotográficas y provincianas, de la pintura. Pretendían, con afán didáctico, que los obtusos lugareños abandonaran sus estrechas miras, que éstos consideraban inamovibles precisamente por su falta de horizontes. Aquellos iluminados artistas buscaban que el cambio entrara por los ojos, que entre las ideas usuales, las percepciones sensoriales de siempre, el comparar lo pintado con la realidad, se abrieran paso las nuevas concepciones del arte.
Y no había ninguno que pintase del modo en que Lázaro había considerado, hasta entonces, que debían pintar los pintores. Y, si algunos de los pintores clásicos fueron llamados innovadores en su tiempo, la innovación de estos artistas de Alfambra parecía ser mucho más profunda y trascendente pues, dejando aparte su aspecto excéntrico y desaliñado, casi obligatorio para los cultivadores de este nuevo arte, no había quien adivinase qué era lo que pintaban. Ahora bien, ellos defendían todas sus obras como expresiones de la pura expresión. Y Lázaro reconocía que, por ahí, tenían terreno abierto por delante y una gran cobertura, porque expresarse, mejor o peor, sabía todo hijo de madre, aunque la inmensa mayoría, por pudor, no se atreviera a manifestarlo al mundo tan abierta y osadamente como ellos. Y es que, según le dijeron, la Humanidad estaba dominada por prejuicios largamente soterrados que impedían, las más de las veces, que la genialidad saliera a flote. Y así, aquellos artistas vivían vidas torturadas y producían unas obras que no lo eran menos. Y no sólo no les importaba que algunos les llamasen desnortados, y cosas peores, sino que lo tenían a gala.
Lázaro, naturalmente, ofreció a teóricos y artistas su más crédula entrega, algo que venía a ser en él una especie de virginidad plástica e intelectual.

Proliferaban también grupos de teatro más o menos vinculados a los anteriores. Éstos tenían gran aceptación pues, aunque Lázaro no supo en principio la razón, en ellos se encuadraban numerosas muchachas y mujeres jóvenes con la aquiescencia de sus mayores, por rancios que éstos fueran. Parecía que el arte escénico admitía sin reservas a la mujer, cosa que no sucedía, de ordinario, entre los grupos de intelectuales, literatos, filósofos, críticos, músicos, artistas o pintores. ¿Qué ocurría? ¿Se consideraba acaso más dada la mujer al arte dramático que a inquietudes intelectuales de otro tipo? ¿Se consideraba el dramático un arte más acorde con su sexo? No acertaba Lázaro a vislumbrar la causa. Sin embargo, pronto iría entendiendo la razón de las cosas.
La presencia de mujeres añadía interés a la experiencia artística inherente a las representaciones. Así, entre ensayos,  pruebas, construcción de decorados y preparación de actuaciones, había un roce frecuente e intenso con las muchachas y, además, una relación diferente e irreal. Aparte de que, por si esto fuera poco, ellas eran hábiles y eficaces preparando vestuario y atrezo y muy versátiles en cualquier misión material, provisión o mandado que se les encomendase.
Por otro lado, todo ese ambiente, de inusual camaradería entre ambos sexos, permitía roces entonces infrecuentes. Y, pretextando una familiaridad que no era tal, se les prodigaban efusivos besos y carnales abrazos cada vez que, después de actuar, entraban entre bambalinas aquellas jóvenes actrices preguntando, indefectiblemente, qué tal lo habían hecho. Era indiferente que hubieran actuado con mayor o menor acierto. Aquellas cariñosas efusiones, frecuentemente preludios de otras más íntimas, parecían no ser de veras, sino parte también de la representación.  Y así, en aquellas improvisadas compañías, se derrochaba abiertamente tanta pasión y entrega en el escenario como, disimuladamente, fuera de él.
Los grupos habían de viajar para actuar en los pueblos cercanos y aun en otras capitales. Estas tournés provincianas eran ocasiones propicias y regaladas para el sexo. Y quienes toleraban esto, curiosamente gente remilgada y de principios puritanos, se tornaban ciegos, sordos y mudos a lo que acontecía en tales ocasiones. La buena fama de las damitas de Alfambra quedó siempre a cubierto. Al fin y al cabo, en el teatro, todo eran fingimientos y las cosas sólo pasaban de un modo imaginario.

Otro ambiente, que se puso en boga, era el de los cinéfilos. Éstos se reunían en improvisados locales, a los que pomposamente llamaban cine clubs, para ver películas que traían de no se sabía muy bien dónde.  Ellos, y sólo ellos, estaban capacitados para interpretar los mensajes ocultos de aquellas cintas. E, incluso, profundizaban tanto en ellas que lograban llegar a extremos que estaban mucho más allá de lo que en ellas se veía pues, según decían, eran muchas de ellas simples pero premeditadas motivaciones para que la imaginación se liberase y llevase al espectador a mundos impensados. Y, ¿qué espíritu joven no quería liberarse y conocer este mundo y cuantos otros en él pudieran encerrarse?
Lázaro, en esto, tampoco era una excepción. Y  también las mujeres, sorprendentemente, solían tener vía libre para acudir a aquellas reuniones culturales. Al fin y al cabo, se trataba de cine, otro arte simulado y etéreo. Esto era motivo suficiente para la asistencia de muchos varones, y aliciente para que algunos de ellos buscaran el lucimiento en aquellas citas con el celuloide de pretexto.
Los devotos del cine conocían toda la jerga de su técnica. Discernían perfectamente entre conceptos, y no tenían empacho en regalar a los demás con toda su sapiencia. Y, además, dejaban caer sobre los asistentes todos aquellos términos técnicos, anglosajones en su mayoría, sin ninguna piedad.  Y, no digamos ya,  cuando citaban con unción determinados conceptos, rodeados de glamour, tales como: cine de autor, de arte y ensayo, cine de vanguardia, cine marginal, cine underground, cinema veritá y otros por el estilo.
El director de un cinefórum era un ser capaz de trasmutar imágenes en lo que se terciara y llevar a los asistentes a mundos a los que la película, simplemente vista sin criterio, jamás les hubiese transportado. Cosa digna de verse, casi sobrenatural y milagrosa.

Por entonces la música, para escándalo de muchos, daba la espalda al folklore nacional y ya no miraba hacia la sempiterna copla. La herejía procedía, cómo no, del mundo anglosajón. Y así surgieron aquellos conjuntos de melenudos y provocadores que hicieron historia y que predicaban cosas como el amor libre, el amor normal, que de libre solía tener poco, la protesta, la vida en el campo, las comunas y el uso de algunas substancias con fines psicológicamente desalienantes y físicamente euforizantes. En resumen, llegaron de fuera un conjunto de valores, si es que podían llamarse así, que no tenían nada que ver con la vida, ideas y costumbres de aquellos que gobernaban, ni de los que se consideraban gente de bien y personas de provecho en Alfambra, ni en parte alguna del país que conservara la dignidad intacta. 
Sin embargo, ante aquella avenida musical foránea, tenían casi todos los autóctonos un punto flaco, una carencia: no era el inglés lengua que conociera casi nadie ni, en general, se usaba por entonces idioma otro que el propio. Pero, no obstante, se puso de moda el idolatrar cantantes y conjuntos, y el venerar canciones que, verdaderamente, casi nadie entendía. Sin embargo, siempre presentaban algo atrayente en la forma: bien el ritmo, bien la melodía, bien el estilo e, incluso, la misma incomprensión de aquellas letras no parecía sino darles un valor añadido. Sin paliativos aquello demostraba lo poco preparado del vulgo para entender el mundo venidero y lo mucho que todos tenían que aprender. Porque, aunque las voces fueran incomprensibles, todo lo demás, sin excepción, a todos cautivaba. Así, sin fundamento claro, se admiró lo nuevo por el hecho de serlo. Había nacido una nueva fe rítmica y foránea. Y, siendo cosa de creencias, el meollo del asunto no era nuevo: creer en lo incomprensible. La fe siempre ha servido para eso.

Nombrados con la nueva jerga, se abrieron los primeros dancing clubs o discotecas, donde predominaba la oscuridad y las luces deslumbrantes, intermitentes y extrañas, y donde, los iniciados, bailaban de un modo personal, mezcla de ritmo y de movimientos erráticos y anárquicos, a veces, espasmódicos, al son de aquellos grupos anglosajones.
Naturalmente surgieron también sucedáneos nacionales, más familiares, inconfundiblemente revestidos con el traje de segunda mano del imitador. Los conjuntos nacionales eran menos rompedores, más recogiditos, sin valor para desprenderse del todo del viejo pudor. Se movían entre lo tradicional y lo nuevo, lo popular y lo extranjero, sin saber cómo despegar de una vez de la mediocridad y lanzarse hacia aquella mítica modernidad vertiginosa. Y, lo que era más decepcionante, todo el mundo les entendía y la cosa perdía su misterio. Porque, Lázaro y con él los demás jóvenes, pensaban que lo que sonara a familiar no podía nunca ser exótico ni revelador. Dónde iba a parar. Así que, con el paso del tiempo, aquellos conjuntos españoles llegaron a cantar en inglés y ganaron mucho con el cambio.
La gente joven se aficionó a estos dancings y, aunque al principio se sentenciaba duramente a los jóvenes que entraban en ellos, se pusieron de moda, y quien no los frecuentara se estaba marginando del futuro.

Paralelamente a aquella influencia extranjera surgieron los cantautores. Éstos, sorprendentemente, parecían abruptamente enraizados en lo local. Eran el contrapunto. Constituían individualidades extrañamente crecidas a la sombra de la modernidad y, por sus letras, éstas perfectamente entendibles, estaban casi siempre a un paso de la clandestinidad, cuando no abiertamente censurados o totalmente prohibidos. Esto les constituyó paulatinamente en mitos. Eran como esperpentos impresionantes y aislados salidos de aquellas tierras abandonadas que iban para el olvido, tan perdidas como reivindicadas y añoradas por ellos.
Se hicieron representantes de los olvidados que envejecían, sin remedio ni relevo, en los pueblos esquilmados por la vorágine del desarrollo. Fueron voceros de vencidos que poco a poco querían recuperar la voz siquiera. Así surgieron aquellos cantautores inesperados y anárquicos como profetas de letras duras, de letras tiernas, de letras entrañables, que a unos hacían pensar, a otros recordar, a otros sufrir, a algunos llorar y a muchos anhelar la libertad.

Lázaro, deslumbrado, cataba todos estos caldos. Pronto se movió por aquellos ambientes con soltura, creyendo, en su fuero interno, que encerraban una forma nueva de vida cuya clave debía encontrar. Todas aquellas novedades, y sobre todo el hambre de ellas, le hacían olvidar la monótona y obediente servidumbre de su vida rutinaria.


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09 febrero 2017

3.- El Aprendiz: Una Alfambra.

Aún más pequeña que su ciudad natal, Alfambra era, sin embargo, más completa y más centrada en sí misma. Al menos así lo parecía por encontrarse aislada, a trasmano de cualquier otra ciudad grande que la diluyera pues, cerca de ella, no había ninguna.
Existían varias librerías con textos interesantes, no fáciles de conseguir entonces, y se percibía una actividad intelectual que a Lázaro le sorprendió.
Enseguida notó el contraste de Alfambra, en ese aspecto, con la monótona vida provinciana de su ciudad, revestida culturalmente de gris plomo. Y el mayor escaparate de aquella ebullición, que tanto impresionó al muchacho, eran los bares nuevos y las modernas cafeterías donde intelectuales y artistas solían reunirse y que, aún, no habían terminado de sustituir completamente a los viejos cafés, de peñas y tertulias, aún supervivientes. Esos de la secular gente provinciana, los mismos de siempre en todas partes.

En su ciudad natal apenas había salido de aquellos monótonos paseos, Calle Mayor abajo y arriba, en sus ratos de ocio. El cruzarse una y otra vez con las mismas caras era, a la vez, motivo de tedio y esparcimiento. De tedio, porque parecía que todos estaban avocados irremediablemente a eso; de esparcimiento, porque el lanzarse furtivas miradas con las muchachas daba siempre para especulaciones sobre algo novedoso, una sensualidad desconocida que parecía la promesa de algo sorprendente e inédito, de algo que, por difícil que pareciese, podía ocurrir. Los mejores días existía la posibilidad de ir al cine, si el recuento de las pocas monedas daba para ello. Y eso en las tardes de los sábados y domingos, en los días laborables nada rompía la rutina.

En Alfambra le sorprendió una actividad estudiantil, inusitada para él, y también el verse estrenando aquella libertad. Todas aquellas cosas, aliñadas con su tiempo libre, le hicieron confirmarse en su primer intimismo al pisar la ciudad: el de creerse alguien distinto en un mundo diferente al que hasta entonces había conocido. Tal era la visión ilusionada que de todo tenía.

Pronto conoció gente. La mayoría eran personas mayores que él: profesores, estudiantes y universitarios que, por lo general, hablaban de cosas de las que no sabía nada, ni había oído mencionar. Comentaban ideas y teorías e incluso, a veces, discutían apasionadamente sobre libros. Indefectiblemente eran libros de los que él ignoraba la mera existencia, y su ignorancia se extendía también a las  palabras que éstos contenían y que todos los de aquel ambiente manejaban  con resuelta soltura y familiaridad. Aprendió nombres de filósofos, poetas, dramaturgos, ensayistas, psicólogos, psiquiatras, científicos, artistas, músicos… todos desconocidos hasta ese momento por no haberlos escuchado nunca en su ciudad, ni a sus conocidos,  ni en su escuela y, menos, en su casa. Lázaro vivía deslumbrado, atónito, por tanta novedad.

Enseguida, y por propio empeño, se encontró inmerso, y paulatinamente aceptado, en aquel mundo. Descubrió teorías que sonaban a misteriosas e incluso a iniciáticas, conceptos abstractos, percepciones etéreas y multitud de cuestiones que se estudiaban en aquellos codiciados libros, tan ajenos a los temarios oficiales. Y supo de conocimientos vedados, tan ignorados hasta entonces, como atrayentes le parecieron al oírlos.
Se despertó su admiración por aquellos eruditos, muchos con sólo unos pocos años más que él y otros maduros, que hablaban con desenvoltura y solvencia de todas aquellas figuraciones que, para él, eran tan nuevas y extrañas, como deslumbrantes y sublimes.

Al mismo tiempo, casi todas aquellas personas, a los ojos de Lázaro, sabían rodearse de una especie de áurea que les daba una indisimulada e indisimulable distinción que les acompañaba siempre. Aunque, otros, al contrario, se revestían de una llaneza simple y casi primitiva en el trato, que les realzaba más si cabe ante el muchacho. Y esto era así, no sólo por el atuendo y el aspecto, sino también por un modo peculiar de hablar y de moverse, incluso de caminar, escuchar y mirar.  Todos parecían ser, sin esforzarse, seres ostentosamente originales, extraños e irrepetibles a los ojos curiosos de las gentes adocenadas de Alfambra y, también, un contraste con ellas. Y, por supuesto, así aparecían ante un Lázaro fascinado y embobado ante ellos.

El joven educador estaba obnubilado y se sentía sobrepasado largamente por aquellas respetables y eminentes lumbreras con barba, pelo largo y trenca.  También observó que, muchos de ellos, habían rescatado las boinas del desuso y volvían a fumar cigarrillos liados y usaban antiguos chisqueros de mecha, como si encontraran otro placer cultural añadido utilizando cosas de otros tiempos. Y su admiración creció tanto que gastaba sus pocos dineros en emularles, comprando libros en los que a duras penas podía entender algo y con los que pasaba largo rato ensimismado, tratando de desentrañar los arcanos que encerraban algunos de sus párrafos más conspicuos y brillantes.
 “No admitir la existencia de representaciones de propósito definido como explicación de una parte de nuestros funcionamientos psíquicos, supone desconocer totalmente la amplitud de la determinación en la vida psíquica”. Eran palabras como éstas las que hacían dudar a Lázaro de su capacidad para entender unas verdades que, para otros, eran tan nítidas y evidentes como el airoso viaducto de Alfambra.
¡Dios santo, cómo un aprendiz tan limitado y zote podía codearse con tanto ser sublime como por aquella ciudad vieja y perdida andaba suelto! Y Lázaro, deseando imitarles, se sentía disminuido de continuo en su interior. ¿Cuánto tardaría él en alcanzar aquellas cotas?
Y tan pasmado estaba, que llegó a la conclusión de que era merced que se le hacía, no ya el poder admirar tanto talento, sino, sencillamente, el mero codearse con ellos y el  respirar parte del aire que exhalaban.
Alfambra le pareció un oasis de cultura inexplorada en medio de aquel desierto fósil de la petrificada cultura ortodoxa y oficial.

Como un converso de aquella nueva fe, se propuso a sí mismo seguir a sus profetas con la entregada devoción de un acólito ante el coro de los iluminados.

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