06 marzo 2018

La esquina de la angustia





Entre las sombras que separan la noche del día llegó lo inesperado. Sin avisos ni premoniciones. Súbitamente, entre las brumas del sueño. Tu candidez se obcecó en rechazar la pesadilla y, como el niño que se tapa los ojos con las manos para no ser visto, te quisiste engañar: Estoy soñando. Sin embargo, era real. Estabas encerrado en una jaula invisible. No sabías cómo podrás salir, ni si saldrías. Te resistías a estar allí, pero no había alternativa. Ver venir el primer golpe te cercioró de ello. 

Desconoces lo que va a suceder. Todo es incierto menos tu pánico. Tu percepción se distorsiona. Lo ves todo más grande, tu cerebro acaba de cambiar la escala del espacio. Una parálisis te agarrota. Sales de ella de ella bruscamente, de un salto, y pasas a una movilidad que te sorprende. Son impulsos de un muelle incontrolado. Te reconoces viajando en tu cuerpo, llevado por un autómata que se mueve sin tu supervisión. Tú eres sólo el asustado pasajero que va dentro. Tu vista, amplitud sin precisión, capta el conjunto de la escena con tanta avidez que le es imposible centrarse en los detalles. ¿Tendrás las pupilas dilatadas, las tendrás contraídas? No lo sabes. Tus ojos siguen un protocolo propio, autónomo. No sientes el frío ni el calor, no recuerdas si estás vestido o desnudo, no acertarías a decir si es de noche o de día, se detiene el transcurrir del tiempo. Tu cuerpo sin gobierno se mueve violentamente, por instinto. Tienes la sensibilidad dormida. Si recibes un golpe no percibes dolor, sólo un impacto vago; si lo lanzas tú, no sabes con qué fuerza y sólo un tacto torpe y acolchado te dice si dio contra otro cuerpo. Saltas siempre, desordenadamente, alertado por amagos ajenos, guiado por la intuición de la amenaza, prevenido por la mímica corporal del agresor. Te sientes etéreo, flotante, un ser que vuela sin saber volar y que, desconcertado, no sabe cómo no choca contra las paredes, ni adónde va, ni si será capaz de regresar al suelo. La sensación de ingravidez es angustiosa. También la tensión que la mantiene. Inesperadamente, el sedimento de los recuerdos se remueve, tu memoria recrea otra ingravidez inesperada. El exógeno plástico explosionó a destiempo y demasiado cerca. Un punto blanco, diminuto en su origen, se expandió brutalmente en un instante en forma de esfera roja incandescente. La onda expansiva te levantó en el aire. Fue entonces, suspendido, cuando el estampido te atronó y llegó la oscuridad. Al caer contra el suelo estabas lleno de silencio. Cuando abriste los ojos te creíste sordo y también mudo porque no podías escuchar las palabras que pronunciabas. Te sentiste impotente queriendo desgarrar a gritos aquella bolsa blindada de silencio. Fue inútil. El desvalimiento de tu voluntad, perdida en un mar de vacío, te ahogaba. Te anonadó la misma soledad que ahora sientes.

Súbitamente, la situación termina. Se desvanece como una cortina que cae desmadejada. Como el aire que al salir deja plegado un globo, desaparece la amenaza. Enseguida vuelve el tiempo, el espacio recupera su dimensión. Notas que tu cuerpo regresa también, el dolor te lo anuncia. Protestan las articulaciones, pinchan los músculos, hormiguean las manos. Comienzas a sentir el corazón. Éste crece de un modo desmedido, oprimiéndote el cuello, los hombros y los brazos como un balón que no deja de hincharse. Entonces quieres dar fe de ti mismo y gritas, pero no oyes tu voz, sino una voz gutural y extraña de alguien que no sabías que llevabas dentro. Crees que aún no estás allí. Te buscas. No paras de moverte. Estás hiperactivo, poseído por una vehemencia loca. No sabes cómo liberar la tensión. Algo se fue de ti, algo te falta. Crees que estás buscándolo. Una sensación de pérdida se instala obsesivamente en tu cabeza. Sale de tu memoria el susurro de un viejo estribillo en una lengua extraña: “Men in a war when they’ve lost a limb still feel that limb as they did before.” Suena la alarma de la supervivencia. Desde la paranoia te alertas nuevamente y, con temor, te palpas ansiosa y obsesivamente el cuerpo. No hay sangre, estás entero. Te preguntas cómo es que estás vivo y te contestas con unas palabras en las que siempre dijiste no creer: De milagro.

El futuro, desde ahora, se llama “Después” y dura siempre. Después, cuando menos lo esperes, durante el sueño o en las vigilias, tu impredecible mente, ese ente emancipado que creíste regir y que te rige, sin pedir permiso, a su entero capricho, te llevará a su esquina oscura, ésa donde guarda el arcón del terror y te hará ver el reportaje de la angustia. Y no podrás escaparte. La vida, como algunas enfermedades, también deja secuelas.


01 marzo 2018

La bestia tonta



Hace algunos años, seguramente más de los que creo, los medios de comunicación prevenían a la, entonces, incauta población contra el sensacionalismo con que ellos mismos comenzaban a informar. El sensacionalismo es propagar noticias de modo que provoquen emociones en el público. En el fondo era y es una técnica de ventas agresiva. Pero de nada sirvieron las advertencias. Hoy la forma de comunicación normal y generalizada es el sensacionalismo y en él compiten gran parte de periodistas y de medios. Y en él vivimos inmersos, cada día más inmunizados contra la realidad, porque noticias que deberían alarmarnos ya ni siquiera nos inquietan. Los lobos nos visitan todos los días varias veces y, a no ser que termine alguno de ellos mordiéndonos en las propias gónadas, pasamos de ellos. El roce incesante de tanta noticia sorprendente y terrible nos ha encallado el ánimo. El periodismo es liebre, la justicia tortuga. Esto también ayuda.

Hasta lo más trivial, que suban o bajen las temperaturas, se anuncia de modo agresivo: se disparan o se desploman. Así, el lenguaje se ha modificado también, se ha vuelto más competitivo (algunos opinan que más creativo) y ayer oí que a un temporal le llamaban “La Bestia del Este”. El nombre me hizo sonreír cada vez que lo pronunciaban, me pareció que, a fuerza de exagerar, hablábamos ya como los niños. Qué barbaridad de borrasca.

Las palabras y las frases normales hoy están en desuso. Desde hace años la terminología periodística vuelca en nosotros toda su fecunda creatividad. Hay personas a las que, por sus bajos ingresos, se les llama “excluidos sociales”; si dos personas se niegan a saludar al rey se habla de “boicot al rey”; si dos políticos discuten en público se habla de “un choque de trenes”; la policía, desbordada por la delincuencia, cuando no sabe de qué va un crimen, declara que “no descarta ninguna hipótesis”; si el Madrid gana al Valencia por 3 a 1 la noticia es que “Madrid arrasa Valencia”; si un futbolista del Sevilla se lesiona en un partido contra el Barcelona, la noticia es que “el Barça manda al Sevilla a la UVI”; y no hablemos ya de las originales expresiones como: “Presentaba lesiones incompatibles con la vida”, “Pongamos en valor la lengua española”, “Las precipitaciones en forma de benéfico oro blanco extienden su manto sobre las pistas de las estaciones de esquí”, “El infierno meteorológico arrasa la A6”, “Las concentraciones cívico-festivas que a día de hoy se han producido han sido ejemplares, manifestantes de todas las edades, en un modo lúdico, desde la tolerancia y el respeto, han recorrido pacíficamente la ciudad gritando: ¡Muera el rey!” … Todo así. Incluso sin haber escuchado a Jiménez Los Santos, muchos días casi da miedo salir a la calle.

Antes a los niños nos decían, cuando respondíamos ante nuestros profesores, que no cantáramos. Nos enseñaban a hablar en un tono normal. Esta es otra de las cosas que ha pasado a la historia. Si por algo se caracterizan las locutoras (qué término más antiguo), las presentadoras,  las conductoras de programas, las tertulianas, las comunicadoras, las moderadoras, las creadoras de opinión, las portavoces, las entrevistadoras, las encuestadoras, las corresponsales, las comentaristas, etc. (noten qué variada terminología) y los varones de idénticos oficios, es por emitir un conjunto de saludos, despedidas y enunciados totalmente originales, no sólo en su literalidad, sino en el tono en el que los pronuncian, sin renunciar a la musicalidad, a las entonaciones más difíciles y a cuantos artificios ofrece  la versátil garganta humana para emitir sonidos que se salgan de lo habitual, dando a cada cual una originalidad gutural propia. Una maravilla de registros armónicos.

Pero es que tantas originalidades, hipérboles, metáforas, eufemismos y demás delicadezas del lenguaje usadas sin conocimiento, como diría una madre de las de antes, terminan por cansar. Entre tantas rutilantes estrellas del periodismo, termina por no brillar ya nadie. Porque no se puede hacer de todo un espectáculo a diario. Cansan mucho y son muy contumaces. Y, de veras, no lo digo por alabarles.

26 febrero 2018

Hermanos en litigio



Hay historias que dan vergüenza a algunos. Incluso hay episodios de la Historia, esa que no paramos los humanos de escribir cada día, que también abochornan casi de continuo. Y de las pequeñas historias, locales o familiares, a la Historia de la Humanidad no hay tanta distancia, pues en realidad todas ellas las protagonizamos las personas.

Esta es la historia de dos hermanos.

Los dos habían nacido en el pueblo. El mayor se llamaba Pascual y el menor Urbano. Se llevaban casi diez años de diferencia. Eso había hecho que sus vidas fuesen muy distintas.

Pascual, en cuanto acabó los estudios primarios, dejó los libros y ayudó a su padre en las tareas agrícolas y, con los años, fue relevándole paulatinamente de los quehaceres a medida que éste envejecía. En los últimos años el viejo estaba enfermo y se convirtió también en una carga para Pascual y para su anciana madre. Pascual, afincado y casado en el pueblo, fue durante años el sostén de sus padres. Cuando ambos murieron, Pascual, que andaba ya por los cincuenta años, se sentía el dueño de todo, especialmente de la gran finca que fue de su padre y que él había cuidado y mejorado con esmero a lo largo de tantos lustros.

Urbano, el pequeño, tuvo otra suerte. Terminada la escuela, los padres, viendo ya con ocupación al hermano mayor, le enviaron a un internado donde continuó sus estudios y, después, a la universidad donde los concluyó. Luego consiguió una plaza por oposición en la administración, se casó y se desvinculó cada vez más del pueblo.

La diferencia de edad en un principio y, posteriormente, las distintas ocupaciones e intereses les hicieron descubrir a los hermanos, justo tras la muerte de sus padres, un piélago de frialdad y lejanía entre ellos. Sin embargo, esa indiferencia, a la que contribuyó también la distancia y el trato cada vez menos frecuente, derivó en un enconamiento entre ambos que se produjo al tener que compartir la herencia de sus padres. Entonces un abismo de rencores se abrió entre ellos.

Poco valía la casa y menos valor aún tenían los enseres de los padres. Pero el campo era una hermosa finca casi rectangular, lindante con la carretera y con un nacedero de aguas, de unas cien hectáreas de por junto. La propiedad de esa riqueza, lejos de avenir a los hermanos, hizo aflorar en ellos la semilla del resentimiento. Pero en la herencia quedaba claro que la mitad era de cada uno.

Pascual, en su fuero interno, pensaba que aquella finca la había levantado él con su trabajo. Consideraba que había sido con los dineros procedentes de su esfuerzo con lo que su hermano había podido estudiar y vivir toda la vida como un señorito. Pensaba que era él, y sólo él, el que había cuidado siempre de sus padres mientras su hermano se dedicaba a vivir como un pisaverde pasando de todo. Y ahora tenía que compartir la finca con él, con él, que tenía una carrera pagada con su sudor y un buen puesto en el que, hiciera bueno o malo, le caía todos los meses un buen sueldo. Parecía mentira que ahora reclamara la mitad de una finca en la que jamás había dado un palo al agua. Urbano, se decía, ya tenía una carrera, lo suyo es que renunciara a su parte de la finca. Era lo menos que se podía esperar de él

Urbano, por su parte, se consideró un perjudicado a lo largo de su vida. Qué fácil lo había tenido Pascual, sólo había tenido que quedarse en el pueblo, aprovechándose de la hacienda de sus padres, dejándose llevar, acoplándose simplemente a lo que ya estaba hecho, sin tener que haber buscado nunca un trabajo, sin tener que estudiar, ni opositar. Toda la vida disfrutando él solo de una hacienda que se imaginaba que era toda suya. ¿Que cuidaba de sus padres? ¿No sería al revés? ¿No fue él el que vivió con ellos toda la vida y a costa de ellos? Él sí que había tenido que despabilarse, salir del pueblo, estudiar años y años y vivir míseramente con cuatro cuartos para sus gastos. En cambio su hermano, sin abrir un libro, con dinero en el bolsillo desde siempre, y todo gracias a un futuro que su padre le dio hecho sin ningún esfuerzo por parte de Pascual, excepto el de seguir la huella ya marcada. Su hermano había nacido de pie y él, en cambio, había tenido que buscarse la vida. Qué menos que ahora, al fin, le correspondiera por justicia la mitad de la finca. Y es más, se decía, ya que nunca había percibido un duro de lo que rindió la finca en aquellos años, bien podría Pascual partir con él el capital que hubiese.

Con estos sentimientos no fue difícil que discutieran. Pero la ley era la ley y, como no podía discutirse que la mitad de la finca fuese de cada uno, la reyerta entre ellos se centró en el modo de repartirla. El odio busca siempre resquicios por donde hacer palanca.

Al agricultor todo se le volvían pegas porque, como él decía, no eran todas las tierras iguales: unas eran casi pedregales, otras ricas en agua, otras arenosas, otras eriales, otras eran espléndidas hazas…

Al funcionario todo le daba igual y sostenía que a él tenían que darle sus cincuenta hectáreas y, preferentemente junto a la carretera por si llegado el momento se podía construir.

Como no hubo manera de que se entendieran se vieron finalmente ante una juez. Ambos expusieron ante ella sus sentimientos y su manera de pensar. La magistrada les escuchó tranquila. Cuando acabaron, la señora juez dictaminó:

-         Siendo ustedes hermanos y conociendo ambos sus tierras, sería un atrevimiento por mi parte hacerles a ustedes una partición de ellas. Además estoy segura de que no estarían de acuerdo con mi partición y, seguramente, con razón. Por lo tanto lo que dictamino es que se haga lo siguiente: Primeramente, que, cualquiera de ustedes dos, divida la finca en dos partes, teniendo en cuenta todos los extremos que aquí han citado. En segundo lugar, y una vez que las dos partes de la finca estén fijadas por uno de ustedes, será el otro el que elija en primer lugar la parte que desea, quedando la restante para el que hizo la partición. Así tendrán un reparto justo, equitativo y hecho, con conocimiento de causa, por ustedes. Ninguno de los dos podrá quejarse Y les ruego que no ocupen el tiempo de los tribunales con inquinas personales que los jueces no podemos resolver. Compartirán ustedes las costas del juicio a partes iguales, como la finca.

18 enero 2018

Tristeza generalizada



Entre las desdichas, que forman parte del colchón de la vida, hay algunas muy concretas y personales y otras imprecisas y generales. Entre las segundas, está la tristeza generalizada.
Algunas veces el silencio se me antoja un desierto. Pero, al tiempo, una parte interior propia de los seres humanos, una tierra adecuada para ciertas semillas que solamente pueden germinar en él.
La idea primaria de silencio es la ausencia de ruido, algo fácil de evitar: el ruido físico (suele bastar con la doble ventana).
Sin embargo, hay otro bullicio que todos llevamos dentro y que nos ensordece del mismo modo que la ilimitada luminosidad nos ciega. Bajo esas circunstancias es muy difícil pensar. El ruido interno de nuestras pasiones, orgullos, ambiciones y vanidades es muy difícil de sofocar.
Quizá la edad (menguadora de algunas pasiones), por un lado, y la práctica de la soledad voluntaria, por otro, ayuden a algunas personas a conseguir un poco de silencio en su interior. Pero, ni así es fácil. Casi no tenemos costumbre.
En la fértil tierra de ese silencio puede crecer el pensamiento. Pero no es tarea a la que sea habitual el ponerse.
Si pensamos en el tipo de vida que llevamos, basada en la inmediatez de todo (placer, dinero, ambición…) tal vez nos sintamos náufragos en un inmenso océano de ruido que nos zarandea sin descanso y en el que se nos hace difícil pensar en otra cosa que no sea el sobrevivir a cualquier precio.
¿Es nuestro mundo enemigo del pensamiento?
Dicen que las grandes revoluciones se han fraguado en el pensamiento que procura la soledad. Así que, que cada uno se conteste.
Si vivimos adormecidos en nuestro mundo febril de actividad, de competencia, de ambición, sin tiempo de pararnos a pensar, ¿no será el capitalismo (además del fútbol, claro) nuestro verdadero opio? ¿No se equivocaría Marx?
Perseguir la falsa ilusión de tener todo cuanto ansiamos no nos acerca al pensamiento, sino que a la fuerza nos vuelve hiperactivos, prestos siempre a la acción pero incapacitados casi de continuo para la reflexión. Seres más agresivos que racionales, a los que pensar les crea malestar. Y, por cierto, en nuestra sociedad quien renuncia a esa obligada ambición, como sublime meta, se convierte, además de en fracasado, en sospechoso. Y, encima, se lo llamarán en inglés: Loser! (Con lo castizo que era eso de: ¡Desgraciao, cara pobre!)
En un cuento indio un abuelo le contaba a su nieto que todas las personas llevamos dentro un lobo y un cordero en pugna constante. ¿Y cuál de los dos gana?, preguntó el nieto. Aquel al que alimentamos, dijo el viejo.
No sé con qué frecuencia se da esa soledad buscada que, acallados los ruidos de toda clase, es la fuente más rica de creatividad.
Pero sí sé que, en nuestro mundo, abunda la desconfianza, el individualismo, el miedo, la inmediatez, que todos estamos tan telemáticamente conectados que siempre estamos solos, casi como evadidos, también sé lo muy propensos que somos a la revolución y lo muy reacios a la evolución, lo poco dispuestos que estamos todos a cambiar el mundo empezando por nosotros mismos…
O sea, que no sé cuántos alimentan al lobo y cuántos al cordero.
De ahí esa cosa tan tonta del principio: lo de la tristeza generalizada.

16 enero 2018

Leyenda de Muño Sancho



Han sido muchos los hombres ilustres, e incluso historiadores de muchas campanillas, los que han narrado esta leyenda a lo largo del tiempo. Pues, por no ser ideada por nadie sino responder a unos hechos, a todos y a nadie pertenece y cada cual puede dar su versión. Eso sí, sin desvirtuar el rigor de los acontecimientos porque, aunque las leyendas carezcan de derechos de autor, son una herencia común que no debe alterarse al buen tuntún.

En estas tierras cristianas de Castilla, reinando Alfonso el sexto (otros sostienen que el séptimo), vivió don Muño Sancho de Finojosa que, pese a las obligaciones debidas a sus muchas propiedades y riquezas, era también grande del reino.

Reunía don Muño bajo su liderazgo, y previa soldada, una mesnada de setenta caballeros y otros muchos peones y otros más hombres de servicio y algunos cuantos criados y zagales. Y de todos ellos sabía ser el estricto capitán en la guerra y el padre bondadoso en la paz. Pero esta paternidad, espiritual casi siempre, le ocupaba poco tiempo pues el más de él lo dedicaba a la batalla y, cuando descansaba, cazaba.

Y, como la guerra era y es un buen justificante de la violencia, atravesó muchas veces la frontera con el infiel agareno y volvió siempre victorioso, cargado ora de botín, ora de cautivos, ora de bienes muebles y ganados… mas, siempre, tiznado de despojos y sangre sarracena. La guerra, entonces, requería dedicación exclusiva y, aún así y pese al esfuerzo de tantos caballeros, duró aquélla ochocientos años, sobre poco más o menos.

Y no por vivir en la Edad Media carecía don Muño de esos anhelos por viajar y conocer mundo que obnubilan a nuestros conciudadanos del siglo XXI. Mas, por aquel entonces, los viajes eran, cuando no Cruzadas (no confundir con cruceros), peregrinaciones o romerías o visitas a los Santos Lugares para volver de Jerusalén con la palma de palmero (no confundir con los flamencos). Lugar, éste último, al que don Muño, solemnemente, tenía prometida visita. Pero no adelantemos los acontecimientos.

El hecho fue que aquel día, de guerra como todos, tras indagar por dónde andaba la frontera (difícilmente podría hacerse hoy, pero entonces cambiaban de sitio las fronteras casi todos los días), se internó con sus huestes en el hostil y proceloso territorio de la Media Luna.

Fue feliz don Muño cuando avistó una comitiva enemiga cuyo séquito deslumbraba por el lujo de sus atuendos y la calidad y alcurnia que sus miembros mostraban. Sin hacer uso de las armas, pues no encontró respuesta armada que justificase ninguna escabechina, los detuvo a todos, gozoso de que no ofrecieran resistencia a su brazo justiciero e implacable.

Pero hete aquí que, de entre los moros principales, uno se dirigió a él con el tono doliente del que, aunque sin miedo, sufre profundamente. Por sus nobles palabras supo que se llamaba Albail y que, junto a su amada Alifra, viajaban en cortejo nupcial para contraer bodas en un cercano alcázar.

Pronto el cristiano corazón de don Muño comprendió que no era gloria, para un caballero de honor como era él, hacer botín de gente principal que sólo le ofreció el blando brillo de la telas de sus vestimentas, sin mostrar siquiera el mínimo destello del acero de sus agudos alfanjes. (Comprendió, la verdad, que les había pillado por sorpresa y de bonito.)

Así ascendió de grado a sus cautivos y, además de no matarles, encarcelarles o, como poco, deshonrarles (costumbres habituales de la época), les atendió como a amigos e iguales y, con gran liberalidad, les llevó a su castillo y les ofreció fiestas para celebrar los esponsales durante quince días y así vivieron mezclados como hermanos árabes y cristianos, esas dos estirpes enemigas más allá de la muerte. (Fueron tan grandes las celebraciones, que hasta se alancearon toros como en Tordesillas, sin incidentes, no les digo más.)

Pasados los quince días, tras buscar la frontera, que ya estaba en otra parte, les devolvió a su reino (casados por la Iglesia, se supone). La generosidad, la hidalguía, el afecto y el agradecimiento sazonaron la grata despedida y en ella se oyeron mil cumplidos. Pero cada cual tenía que volver a su fe, a su patria y a sus esencias puras. Esto era ineludible. Y los dos bandos, con los pendones ondeando enhiestos y las retadoras armas brillando en la distancia, partieron en contrarias direcciones, o sea, en la misma dirección pero en distintos sentidos. Mañana ya, podrían matarse con saña, que para eso eran enemigos irreconciliables hasta el vómito. Que ya valía de tanto pasteleo. Había que volver a la normalidad, que no otra cosa sino ésa, la más elemental, constituye la historia de los pueblos. La violencia, digo. Que marcaba tendencia en las guerras de entonces.

Fue poco tiempo después, tras pasar la frontera por donde estaba ese día, cuando don Muño Sancho dio con el ejército de un moro poderoso. Pero, con inquebrantable fe en su Dios, le presentó batalla. La dicha fe abdujo al cristiano caballero y, convencido de que aquella ocasión sería la excepción del viejo dicho: “Dios protege a los buenos cuando son más que los malos”, se lanzó con los suyos ferozmente contra los agarenos, despreciando la inferioridad numérica.

Pero enseguida se vieron rodeados de enemigos y a don Muño un hachazo le segó un brazo de cuajo. Los suyos le animaron a salir de la batalla, pues no era deshonor retirarse con semejante herida (considerada en la época parcialmente incapacitante por conservar el otro brazo para seguir la lucha armada).

¡Antes morir como Muño Sancho, que vivir como Muño Manco! Contestó el bravo caballero.

Y animó a los suyos, por la fe en el Dios que les guiaba, a meterse en el cogollo de la lucha y allí, rodeados, murieron todos por su fe, con el orgullo intacto, pero, eso sí: cosidos a puñaladas y lanzazos. Tanto fue así que en toda la Cristiandad, para mayor gloria de Dios, más se consideró el hecho martirio que batalla.

Sucedieron ese día dos cosas. La una fue material y muy humana, la otra, anímica y portentosa. Dejaremos la trascendente para el final, pues sin duda se trata de una deleitadora ambrosía espiritual.

Tras la desigual batalla, se vio a un notable, entre los sarracenos, buscar por entre los montones de cadáveres. Topó primeramente con el brazo (eso le dio una pista) y, a no mucha distancia, con el resto de don Muño. No era otro que el moro Albail, el que, con los ojos bañados en agua de tristeza, recogió los restos de su benefactor (y seguramente padrino de boda). Dicen las crónicas que lo envolvió en un xemet bermejo y lo depositó en un féretro de abenut forrado de guadalmecí con abrazaderas y cierres de plata. (Ya, ya, yo tampoco sé lo que es el xemet, ni el abenut, ni el guadalmecí…Pero no me digan que no les suenan estas bellas palabras a lujazo total.)

Y, bajo bandera blanca, lo llevó a San Sebastián de Silos, donde don Muño descansa para siempre.

Pero  viajemos ahora con el alma, a esa velocidad que dicen que es, al menos, la misma que la luz posee. A la fuerza hay que hacerlo, pues en esta historia se relata que Muño Sancho y sus caballeros, fenecidos todos en batalla, fueron vistos en Jerusalén en la fecha y hora de su postrer combate. (Un caso portentoso, sin medios telemáticos)

Un conocido de don Muño lo reconoció en las proximidades de los Santos Lugares y raudo anunció al Patriarca la presencia de tan distinguido caballero y de su séquito. Avisado el Patriarca los recibió en procesión solemne. Los caballeros oyeron misa con recogimiento y cuando, terminada ésta, todos se dieron la vuelta para hablar con ellos, repararon en que los caballeros habían desaparecido ( y, además, sin hacer declaraciones y sin dejar siquiera un comunicado). El Patriarca, sorprendido por lo insólito del hecho, mandó tomar nota de él y de su punto, fecha y hora y, también, mandó emisarios a Castilla. A la vuelta de éstos se conoció que el caballero Muño Sancho y sus mesnaderos habían muerto en batalla el día de la fecha.

“De la guerra santa, a la paz eterna. Antes muerto que manco. Don Muño dio el gran salto.” Así se pronunció el Patriarca ante esa nuevas.

Y muchos cristianos de fe firme, concluyeron que lo mismo que Albail, el moro desposado, mostró un alma agradecida y noble y devolvió tras la muerte el gran favor que don Muño le hizo en vida, no quiso ser menos el Señor Nuestro Señor, Dios de los Ejércitos Cristianos, procurando a don Muño y a sus fieles mesnaderos, que habían dedicado su vida a honrarle con las armas, la postrera visita prometida (aunque fuera por bilocación, dada la urgencia del caso). Y así, por más fugaz que fue la estancia, se vieron trasportados a los lugares a los que, de vivos, prometieron ir. Y viajaron de muertos con la ligereza y discreción que la liberación del cuerpo mortal suele producir en los humanos. Pues todos sabemos que el cuerpo sólo es un ancla que nos mantiene a la fuerza unidos a la tierra y que, cuántas veces, nos impide visitar esos ansiados lugares con encanto que todos, alguna vez, hemos tenido en mente.

Aún hoy, en nuestros días, pese a la violencia controlada que reina en el mundo, pese a la hostilidad contenida que se filtra hasta en las calles de la Jerusalén eterna, muchos de los visitantes se trasponen de gozo en ella y (como si también ellos estuviesen bilocados) exclaman desde lo más profundo de sus ser: ¡Dios mío, qué paz se respira en Tierra Santa!

Y es que todos creemos, sin pruebas fehacientes, que la paz ha de estar en algún lado. Y quizá cuando, como don Muño, logremos alcanzar la velocidad de la luz, demos con ella.

03 enero 2018

Empatiza


-Sr. V. P., ¿cuál es su nacionalidad?
-Rumana.
-¿Por qué vino a España?
-Porque el salario mínimo es tres veces mayor que en Rumanía.
-Pero, por esa misma razón, podía haber elegido Francia, donde es seis veces mayor que en su país. ¿Por qué eligió España?
-Pesaron en mí más las razones de afinidad, de hermanamiento. No sólo por el idioma, sino porque hasta en nuestro himno se menciona el nombre de Trajano. Trajano, nada menos, ¿se da cuenta?, ese ilustre español. Además los franceses son muy suyos, ya lo saben, a ustedes les vuelcan los camiones y les tiran el vino. A nosotros nos echan, vamos que ni nos dejan explicarnos, en cuanto nos ven, de patitas a la frontera, son abominables, qué rumanofobia tienen, mucha Revolución Francesa pero, sí, sí. Esto, sin embargo, es diferente. Siempre he sentido especial afinidad por los españoles, como si Rumania fuera una especie de república asociada a España, como si fuera casi una especie de Cataluña en la Europa del Este. Aunque yo, eso de que España nos roba, no podría decirlo nunca, sería un desagradecido.
-Bueno, bueno, pero Trajano, aunque nacido en España, era un romano de su tiempo y, además, en su himno también se menciona que por las venas de ustedes corre sangre de romano. ¿Por qué no fue a Italia?
-No, no. Mire, no me líe usted. Aquí encontré un trabajo en la construcción, vivía bien, pero durante la crisis lo perdí. No han vuelto a llamarme. Luego ya, vino una cosa tras de otra. Además en Italia ciertas labores están ya muy acaparadas y no se perdona el intrusismo. Italia, ante el mundo, da la imagen de ser un país dulce, pero no lo es, créame. Me imagino que usted estará al día. Hay que ser conformista, a veces, lo enemigo de lo bueno es lo mejor.
-Explíquese usted, Sr. V. P., por favor.
-De Italia, ni de ningún otro país, quiero decir más, porque yo, como sentirme, me siento español. Sí, soy rumano, pero me siento de aquí. No se puede luchar contra los sentimientos. Pero aquí, en España, tras quedar en el paro, pronto se me agotó el subsidio de desempleo y me vi en la calle. Pedí limosna en ella durante meses y viví en albergues de caridad e incluso dormí a la intemperie. Poco a poco las limosnas fueron menguando. Enseguida me vi, primeramente, ignorado, luego, mirado con desprecio y, finalmente, aporofobiado a tope, sin piedad, con esa aporofobia mala, pero mala, mala, ¿sabe cómo le digo? Me costó, juro que me costó mucho, pero fue entonces cuando renuncié a mis principios cristianos (“Es mejor pedir que robar”, por resumir) y, aprovechando mis conocimientos de F.P. en las ramas de cerrajería y electrónica, me asocié para delinquir, lo reconozco y, por todo ello, sufrí persecución por la justicia, talmente como los bienaventurados. Y todos estos hechos los acepto y no los niego, porque a ellos me abocó la miseria y porque de ellos estoy arrepentido mogollón. Afortunadamente, estoy en un país, de democracia contrastada y justicia garantista, que velará por mi derecho a la redención y, después de un castigo justo pero proporcionado, me reintegrará a esta sociedad a la que pertenezco y que ya identifico como mía. Aquí se aborrece el delito, sí señor, pero se compadece al delincuente. ¡Yo soy español, español, español! ¡Oé, oeoeoé…!
-Bueno, bueno, no se venga arriba, Sr. V. P. ... Comprendo su entusiasmo por nuestro país, cosa que le honra y que el país merece, pero guarde la compostura que debe ante este tribunal. ¿En cuántos robos ha participado?
-Hombre, robos, robos, dicho así… Muy pocos, casi no me acuerdo. Pero siempre sin violencia, mire usted. Somos cristianos en Rumanía y odiamos la violencia. Para que se haga una idea, ni siquiera amenazábamos si éramos sorprendidos. Por eso siempre, en nuestras actuaciones, hablábamos en rumano, para no asustar siquiera. Eso tranquilizaba mucho a las víctimas. Ya se daban cuenta de que no éramos ladrones malos de esos que dicen: “Quita de ahí, que te rajo” o “Como no te estés quieto, te corto los güevos” o “Como grites, te saco los ojos con el destornillador”. No, no, nosotros éramos ladrones no violentos, se nos notaba a la legua. Sólo robar y huir, ni tiros, ni puñaladas… qué va, qué va… bueno, ni siquiera una triste hostia, se lo aseguro. Ladrones pacíficos a tope. Lo mismo que le digo una cosa le digo la otra. Mire, en realidad, los de mi gremio somos una especie de okupas del dinero: al que no lo usa, se lo ocupamos. Lo mismo que hacen los perroflautas con los pisos, vamos. Una realidad social totalmente admitida y amparada por la jurisprudencia. Una especie de aplicación del derecho natural. Si lo miran así, seguro que lo comprenderán mejor. Perdonen por el ejemplo, pero es que a veces cuesta mucho que a uno lo comprendan.
-Y, ¿no le da vergüenza que, con sus actos, pueda destrozar la fama y el buen nombre de miles de compatriotas suyos que vienen aquí a trabajar honradamente?
-Pues sí. Eso lo he pensado alguna vez, es el punto más débil de mi argumentación, lo reconozco. Sin embargo, ponderando detenidamente sobre este hecho, yo me pregunto: ¿Hay algún colectivo que se libre de tener en su seno alguna oveja negra, algún descarriado? ¿O es que ustedes no tienen delincuentes autóctonos? ¿Deberíamos ser nosotros, los rumanos, una excepción? ¿Estaríamos entonces verdaderamente integrados? No quiera hacer de mí una excusa para la xenofobia, ustedes viven en una sociedad avanzada que está contra eso. Y, por otro lado, del mismo modo que mis compatriotas aquí, trabajando honradamente, contribuyen al aumento del PIB, ¿acaso no creamos los delincuentes puestos de trabajo? ¿No somos también generadores de empleo? ¿Qué me dice de los cerrajeros, los carpinteros, los fabricantes de alarmas, las fábricas de puertas blindadas, los guardias de seguridad, los psicólogos, los ansiolíticos, los tranquilizantes, la misma policía…? ¿Es que desde nuestra incorporación a la sociedad española no se han incrementado los puestos de trabajo en algunos sectores? Estaría usted ciego si diera la espalda a estos hechos. Y, como le digo, todo a cambio de una delincuencia de baja intensidad, que incentiva la ocupación laboral y que rehuye la violencia y los enfrentamientos: una delincuencia pacifista. Una cosa, en su género, casi aséptica.
-Pero, pese a lo que dice, ustedes se enfrentaron a la Guardia Civil.
-¡Cuidado, eh, cuidado! Que esos ya venían con muy malos modos, que esos sí que venían en plan agresivo, ¡menudos violentos!, que existe el derecho a la defensa propia, que, pese a lo que digan algunos catalanes, esto no es una dictadura… Pues claro que nos defendimos, hasta ahí podíamos llegar. ¡Vamos, hombre!
-Sr. Juez, no necesito más declaraciones de mi defendido, un hombre que demuestra ser más patriota que muchos españoles, un verdadero españófilo. Su detención, evidentemente, se debió a una desproporcionada violencia por parte de las fuerzas de orden público ante unos delincuentes pacíficos, socialmente desfavorecidos y aporizados por la coyuntura económica. Por ello pido la anulación de este juicio y la puesta en libertad de mi defendido, naturalmente, sin cargos. Y, además, reclamo un alegato final de este tribunal en contra de la aporofobia, pues ha quedado constancia de que mi defendido fue aporofobizado sin miramientos y, como consecuencia, se vio abocado irremediablemente a la delincuencia pacífica de baja intensidad. La elección menos mala, póngase en su lugar. Empaticemos todos, señoría. ¡He dicho!


01 enero 2018

Hola, 2018


El primer soplo del año sabe a pereza. También a recuperación. Cada año que pasa nos maltrata en silencio y el primero de enero suele ser un día en blanco. Un día de tregua, para evaluar daños y asegurarnos, totalmente convencidos, que no repetiremos otra vez los errores que venimos repitiendo desde siempre. Esta vez también estamos totalmente seguros de lograrlo. El tiempo, ponderamos filosóficamente, es ese amigo invisible que nos regala siempre lo mismo: optimismo y fuerza. Sin embargo, el tiempo, que siempre caza a la espera, a lo largo del año nos verá caer una vez tras otra en los mismos cepos. Sorry que os diga.

Voy a llevar una vida regular. Y uno se imagina metódico, con las ingestas de comida adecuadas y a su hora y basadas en el más estricto equilibrio dietético, con el necesario ejercicio físico diario adecuado a la edad, tomando con moderación alguna cerveza, para favorecer la diuresis, o algún vino, de altas cualidades enológica tanto en boca como en aromas retronasales, así en plan social, los fines de semana, sintiendo, en fin, que en todos los sentidos somos los dueños de nosotros mismos… Una relación idílica de nuestro cuerpo con el espacio, con el tiempo, con los nutrientes y, en general, con todas las substancias que nos rodean, por tentadoras, sedantes o eufóricas que estas sean. Una relación ordenada que timoneará con mano firme nuestra mente sensata. Da gusto sólo de pensarlo. ¡Huy, jujujuy, qué bien!

Pero la misma organización del tiempo es, en sí, una gran trampa. Para empezar las semanas tiene días laborables, muy favorables para el autocontrol, pero también tienen “findes” y “juernes”, muy propicios para el despendole ciego.
Pero la cosa no para ahí, el camino de espinas es muy largo. En la organización del tiempo hay fiestas: La Semana Santa, los carnavales, la Navidad (del sorteo del Gordo al del Niño), la Semana Grande, la Semana Blanca, las fiestas del pueblo, las que relucen más que el sol (Corpus Christi, Jueves Santo y el día de la Ascensión), el jalogüín, el día de los enamorados, el del padre, el de la madre, el día del trabajo, el blacfraidei, los puentes, las despedidas de soltero, las bodas, los bautizos, las primeras comuniones, las onomásticas, las comidas de empresa, las escapadas a lugares con encanto, los aniversarios, las juras de banderas, el día universal de la simpatía… y, sobre todo, esas bien merecidas vacaciones.
Vivimos un tiempo en el que las fiestas nos acechan a cada paso, como las minas antipersonal esperan, traidoramente ocultas, a la fiel infantería. Ambas cosas deberían estar prohibidas por conciertos internacionales de obligado cumplimiento, hasta para Trump, por el peligro que representan para vidas y bienes. Nuestros hombres públicos (y mujeres públicas) deberían desvelarse altamente resilientes en su implementación. El ahorro público generado debería destinarse a la aporofilia, pero así, por las buenas.

Pero, pese a todo, siempre hay personas íntegras y estoicas que luchan cada día con ese sinfín de efímeras tentaciones y, al igual que contra las olas del mar luchan los hombres viriles (y las mujeres femeninas), no se dejan arrastrar por tentadores espejismos a ninguno de esos oasis caleidoscópicos de desordenada fiesta con que el año les irá tentando.
¿Estarán a salvo estos espíritus abnegados y puros? No y mil veces no, porque incluso los seres de voluntad más férrea, niquelada, rocosa y diamantina, lejos de ser admirados por sus congéneres, se verán tentados por ellos. “Venga, hombre (mujer), que un día es un día”. Fíjense en la evidencia, aparentemente inofensiva: “Un día es un día”. Hasta Rajoy podría haberla inventado y, sin embargo, cuánto mal ha hecho a la Humanidad.
Si esta tentadora frase no hubiera hecho sino abrir una grieta en la resistencia del individuo atemperado, enseguida la acompañarán otras destinadas a generar el boquete definitivo en la coraza de su virtud: “Date un capricho. Pero si estás estupendamente. Cuántos (cuántas) quisieran estar como tú a tu edad.” Y se gozarán en su caída. Así son los familiares y amigos. ¡Qué perfidia!
Año nuevo, vida nueva… y otra vez que no, que no y que no. No hay manera.


31 diciembre 2017

39 años después (Adiós 2017)


Pese a la memoria que recuerda pero también retuerce y distorsiona, cayó en la cuenta.
¿Por qué le había costado tanto trabajo entender algunas cosas, tantas cosas, demasiadas cosas?
Fue su sobrino, el hijo de su hermana pequeña, el que, quién sabe por qué razón, (seguramente por conmiseración o por no saber de qué hablar) le hizo recordar.
-¿Tío, cómo era España hace 60 años?
-Ni creo que te interese, ni tampoco que sea fácil explicarlo. ¿Me preguntas por cortesía?
-Te juro que me interesa  y que no es cortesía, es curiosidad.
-Entonces vas a tener que tener fe en las cosas que te diga, porque seguramente tu razón va a rebelarse contra lo que oigas y, seguramente, vas a dudar de mí. Tú eres una persona instruida y sabrás que, hoy en día, no se valora la memoria como espejo de los recuerdos sino, más bien, como una distorsión interesada de ellos. Hacer memoria es como levantar costras de las heridas y muy pocos están dispuestos a hacerse daño al hacerlo. ¿Quieres que yo me lo haga o, lo que es peor, que sufra notando que piensas que te engaño?
-No, simplemente, cuéntame.
-Tú lo has querido. Voy a procurar darte datos concisos, decirte cosas breves, que no estén sujetas a interpretación, pero que, sin embargo, sean ciertas. Tú mismo, ya que preguntas, podrás hacerte una idea.
-Dime lo que quieras.
-Gracias por someterte voluntariamente a la incredulidad que voy a suscitarte. No te diré lo que quiera, sino lo que recuerde. Comenzaré de un modo anárquico, conciso y aleatorio:
En las casas no teníamos entonces mascotas, ni siquiera sabíamos esa palabra, sin embargo, en casi todas había ratas. No conocíamos las autopistas, pero casi todas las carreteras eran de tierra. No había frigoríficos, pero algunos, los más ricos, tenían neveras, que alimentaban metiéndoles dentro barras de hielo. Pero no importaba, porque la mayoría de las casas tampoco tenían electricidad, por lo que no eran necesarios los radiadores ni las calefacciones, sino que, en casi todas, había un fuego de leña o una estufa de tarugos o un brasero de erraj. Los servicios tampoco eran necesarios pues nos aliviábamos en las cuadras junto a las mulas, los burros y bajo los palos de las gallinas. Las cocinas funcionaban con leña o carbón de encina o con picón. Casi nadie tenía teléfono, algunos tenían radios y, por entonces, los más adinerados comenzaron a traerse los primeros aparatos de televisión de Alemania, los Grunding. Tampoco solía haber agua corriente en las casas pero, para compensar, había fuentes y lavaderos públicos. Nos abastecíamos con cubos o con cántaros.  La maquinaria agrícola eran las mulas, los bueyes, los machos, los caballos y los burros. Había muy pocos coches y…
-Pero, tío, me estás hablando de la Edad Media o de la España de tu infancia.
-De las dos cosas, porque ambas venían entonces a ser lo mismo.
No supo si a su sobrino le llamaron con urgencia por el móvil pero, en cualquier caso, allí acabaron sus ansias de conocer su infancia. Se largó con un breve pretexto. ¿Tanto interés tenía?

Pero, pese a la ausencia inaplazable y urgente del sobrino, él, ya puesto, siguió pensando:
¿Qué historia le enseñaron de niño? ¿Acaso le enseñaron Historia?
Íberos y celtas, fenicios, cartagineses y romanos, visigodos, judíos, árabes…
Esas listas de reyes, esos reinos medievales árabes y cristianos de monasterios, castillos y murallas por los que cabalgaba a golpe de Tizona el victorioso Cid Campeador, las figuras excelsas de los Reyes Católicos montando a pachas, tanto ella como él, el Imperio Español en auge con los Austrias y en declive con los Borbones… Todo tan general como inconexo.
Pero, si todo lo anterior se lo contaron como de pasada, buscando las anécdotas, centrándose en las historietas tontas que nada enseñaban, la Historia de España parecía desvanecerse definitivamente, esfumarse ineludible y lentamente, como el humo de una hoguera sofocada, a partir de la Guerra de la Independencia, pomposo nombre al que algunos, con esa chulería irrefrenable de los castizos, llamaron “La Francesada”.
Después, sólo alguna pavesa salía de aquel fuego apagado. Recordó como sus profesores parecían someterse a una censura tácita, como si, después de aquello con los franceses, hubieran venido años difíciles de explorar sin comprometerse, como si el XIX hubiera sido un siglo perdido del que sólo valía recordar, sin profundizar y a toda prisa, a la generación del 98 y mencionar de pasada las Guerras Carlistas.
Después ya, entrando el siglo XX, todos sus maestros de entonces parecían padecer amnesia, una súbita pérdida de memoria, una incapacitante demencia senil sobrevenida en plena juventud y, aparte de mencionar, los más osados, a la generación del 27, vetando con cuidado su lectura, libros y profesores despachaban a cada personaje con dos líneas. No podían entretenerse más, era preciso darle un repaso, tan estéril como el primer paso por ella, a la enciclopedia de Álvarez. Deprisa, deprisa, dejemos atrás el siglo XX, volvamos a la Prehistoria. ¡Qué bien estábamos en ella!

De la última Guerra Civil ninguna explicación, total silencio. De la postguerra menos y eso que en ella vivían los que nacieron por entonces. Para qué iban a explicar la postguerra, ya la tenían delante.
Y sí, cayó en la cuenta: lo que aprendió de la España actual tuvo que aprenderlo por sí mismo, a lo largo de muchos años y, también, muchos años después, cuando los viejos perdieron, parcialmente, el miedo a hablar y los escritores, paulatinamente, el miedo a escribir y los historiadores, por fin, tuvieron acceso a los archivos vedados. Él no lo sabía entonces, pero la paz de la postguerra estuvo vestida de silencio.
¿Qué iba a saber él, si era un crío? Aprender a destiempo, lo que no le enseñaron a tiempo, fue una aventura solitaria y larga. Un paseo lleno de incertidumbre y de desengaños.

Recordó que, por entonces, gran parte de la enseñanza estaba en manos de los religiosos. También lo estuvo la suya. En asuntos de religión eran tajantes: práctica de los sacramentos, misa diaria y oraciones al final del día.
Solían ser buenos también enseñando las ciencias pero, qué curioso, siéndolo también en la gramática, en la morfología, en la sintaxis y en los clásicos, parecían carecer de interés por todo lo publicado desde la Revolución Francesa. Hablaban, como mucho, de libros a los que el acceso estaba restringido, bien por no ser dignos del “Nihil osbtat” de la Iglesia, bien por no ser indicados excepto para gente debidamente formada. Así que, como con la Historia, pasó lo mismo con la Literatura: los de su edad, por lo general, no pudieron formarse por no ser personas debidamente formadas para poder formarse. Todo era un bucle que les hacía dar vueltas al palo de la ignorancia.
Así pasaron tantas horas enfrascados en la Guerra de las Galias o en los escritos de Virgilio, Tito Livio, Cicerón o Tácito, como ignorantes de su pasado más reciente. A pesar, se dijo con los años, de que los criterios de la enseñanza eran los que fijaron los que dirigían el país. ¿A qué venía esa elipsis? ¿Acaso todos sufrían un recato o una vergüenza irreprimible? ¿Sería el mismo bochorno que ochenta años después se empeñaría en silenciar la Ley de la Memoria Histórica? Podía ser algo parecido. Quien busca asesinados busca asesinos y, si lo que se pretende es el perdón o el olvido de los primeros, eso no es plan. ¡Menuda propaganda hacia algunos apellidos!

Donde no hay castigo no hay enmienda. Era la muletilla moral y ética con la que le criaron. El castigo físico estaba generalizado no en los cuarteles ni en las comisarías, sino en todas partes, desde el colegio y la calle a las familias. La violencia física era un atajo rápido y fácil para resolver la indisciplina o la simple impertinencia y, no digamos ya, cualquier expresión de desacato o conato de disidencia o rebelión.

Para algunos trabajos se necesitaba un “Certificado de Buena Conducta”. Podía obtenerse del párroco o de la Guardia Civil.
Tendría unos dieciocho años cuando un amigo y él precisaron de dicho certificado para un trabajo en la administración local. Eligieron el cuartel.
El guardia de puertas les dijo que les atenderían en el primer piso. El guardia de la oficina estaba mecanografiando y les mandó esperar en un pequeño cuarto anejo con un banco pegado a la pared.
Dos guardias entraron. Saludaron al que escribía. Uno de ellos reparó en los dos muchachos sentados en el cuarto. Rutinariamente se quitó el tricornio y el correaje con el arma, después la guerrera, luego se arremangó la camisa y, según caminaba decididamente hacia el cuarto, dijo:
-¡A ver, Martínez, qué han hecho estos!
El otro reaccionó rápidamente:
-¡Quieto, Gómez, que han venido a por un certificado de buena conducta!
-¡Ah, bueno!

El servicio militar, en la mentalidad más generalizada entonces, era otra fuente de instrucción en todos los sentidos. Muchos lo consideraban necesario para que los muchachos se hiciesen hombres. Algunos podían aprender en él un oficio. Otros, ejercer el suyo, si lo tenían, y el ejército lo precisaba. Eran dieciocho meses de vida cuartelera, disciplina y convivencia entre mozos que, como entonces se decía, procedían de los distintos pueblos y regiones de España.
El capitán de su compañía les advirtió en primer día sobre la vida castrense: “Habéis venido a servir a la Patria.  Pero aquí todos somos hermanos, y, dentro de la disciplina militar, todos recibiréis un trato digno, igualitario y justo. No temáis. Pero hay una sola cosa, sólo una, que no debéis olvidar nunca: aquí no caben rojos, ateos, separatistas, ni maricones. ¿Está claro?”

La vida política la protagonizaba un único partido. En la vida laboral, un solo sindicato. El sindicato vertical en el que se englobaban empresarios, técnicos y obreros. Manifestaciones y huelgas eran ilegales. La policía, por medio de la Brigada Político-Social, lo infiltraba todo. Las detenciones, interrogatorios y torturas y, tras ellas, los encarcelamientos eran frecuentes.

El movimiento independentista vasco se hizo patente en los últimos años del franquismo con la irrupción de una banda terrorista dedicada a la extorsión, al secuestro y al asesinato. Otros grupos revolucionarios o de extrema derecha trufaban de muertos los últimos años del régimen de Franco. También ensombrecerían muchos años de democracia.

Recordaba la etapa en blanco y negro de la dictadura. Recordaba también la transición que, como siempre, fue una lucha entre la lentitud desesperante de los reformistas, la reacción autoritaria, tan asentada durante tantos años, y la vehemencia de rápidos cambios propiciada por los más revolucionarios. Muchos decían que esa mezcla fatídica podía ser el embrión de otra guerra. Todos hubieron de ceder y no la hubo.

La guerra civil había terminado en 1939. Tras la muerte del dictador y 39 años después vino la Constitución de 1978 y, con ella, la democracia. También las autonomías, una especie de pacto para el desarrollo económico, cultural y social de cada uno de los pueblos de España que, por cada comunidad autónoma, asumía la contrapartida  de ser leal y solidaria con el resto de España. Ese fue el espíritu de aquella constitución.
La llegada de la democracia la recordaba como el momento de mayor ilusión global de su vida. El país pareció resurgir de sus cenizas y todo el mundo trabajaba con ilusión, con ganas de mejorar todas las cosas, con una fe en la democracia que nadie les daba por garantizada pero que ellos tenían por cierta y por inquebrantable.
Ese fue el momento en que se dijo: ¿Qué educación he recibido? Y comprendió que era el momento de comenzar a aprender todo lo que no le habían enseñado, de perder el miedo a cuanto había temido, de respirar el primer aire de la libertad.

Del año de la Constitución, 1978, al año actual, 2017, han pasado otros 39 años. Curiosa cifra, se dijo. Otros tantos.

Se dio cuenta de que ya era viejo. Había pasado este último año escuchando cosas que rechinaban con sus recuerdos. El movimiento secesionista catalán no dudaba en utilizar calificaciones vergonzosas hacia la Constitución vigente, hacia el Estado Español, hacia el Gobierno e, incluso, hacia los demás españoles, los otros españoles, esos indignos súbditos, esos “españolazos”. La Constitución, los Estatutos de Autonomía, la entrada en Europa, le pareció que no habían servido para nada. Pocos parecían tener en cuenta el progreso del país desde “la Edad Media” hasta la época actual. Algunos no entendían que este país era la casa de todos, construida por todos, propiedad de todos. Podía entender, por más que le doliesen, los anhelos de algunos. Sin embargo, las comparaciones de la España de hoy con la franquista le hacían tanto daño a su memoria como a su inteligencia.

24 diciembre 2017

Poco verde para tanto marrón


El largo puente había acabado. El lunes traía de nuevo la rutina. Esas ideas tuvo al despertar, acuciado también por las vulgares ganas de orinar. Su mujer dormía profundamente a su lado y el reloj de la mesilla marcaba las ocho. Salió de la habitación, atravesó el salón, recorrió el estrecho y largo pasillo hasta dar con la puerta del servicio.
Vio entonces que había luz en el portal donde el pasillo terminaba. Imaginó que su cuñado, único morador habitual de la casa, se la dejó encendida cuando, como cada día, habría salido al trabajo veinte minutos después de la siete. Perezosamente fue hasta el portal para apagarla.
Qué extraño, se dijo, la puerta que cerraba el tramo de escaleras a la planta superior estaba abierta y también había luz arriba. Escuchó entonces un murmullo de voces. Inmediatamente le vino a la cabeza la gran tormenta que hubo durante la noche. Recordó que acababan de arreglar el tejado. Se dijo que su cuñado habría vuelto con alguno de los albañiles para mostrarle la gotera o algún otro desperfecto.
Con voz fuerte le llamó por su nombre y le preguntó si había algún problema.
La respuesta fue un total silencio. Sólo entonces comprendió que estaban robando la casa.

Un hombre asomó lentamente la cabeza a la escalera. Lo que vio al pie de ella: un individuo adormilado de más de sesenta años, en calzoncillos y camiseta, no pareció impresionarle demasiado. Lentamente se dejó ver al completo, la cabeza tapada hasta los ojos con un tapabocas negro, el cuerpo enfundado en un anorak oscuro y amplio que le hacía parecer más voluminoso, el resto de la ropa también oscura.
El de oscuro empezó a bajar las escaleras lentamente. Tuvo que echarse hacia atrás y ladear la cabeza pues, por su altura, se habría dado con el techo de la escalera de la vieja casa.
El hombre en calzoncillos lo insultó a gritos e hizo amago de arrojarse sobre él. Pero le disuadió una patada lanzada por el que bajaba al tiempo que hablaba en una lengua extranjera a quien hubiese arriba. O, quién sabe, tal vez en su lengua devolvía los insultos al hombre que recién salido de su somnolencia le increpaba.
Mientras el hombre de oscuro bajaba la escalera, el de abajo se dio cuenta, más por instinto que por razonamiento, de que sólo tenía dos opciones. La una era defender la puerta de salida a la calle, pero la amplitud del portal le daba desventaja pues, entre dos hombres, había espacio para que ambos le atacaran a la vez y, como poco, le dieran una paliza o quién sabe qué otra cosa. La otra era recular a la entrada del pasillo por el que había llegado al portal y que, por su estrechez, sólo permitía la entrada de una persona tras otra y donde podía, sin perder de vista el portal, defenderse a patadas. Eligió la última.

Los dos hombres quedaron frente a frente en la estrecha puerta del pasillo. El de oscuro amagaba con golpes desde fuera, el otro hacía lo mismo desde dentro defendiéndose como un animal acorralado. El de oscuro, mientras, gritaba palabras que lo mismo podían ser insultos que instrucciones a su o sus compinches; el acorralado retrocedía ante los embates del de fuera para recuperar de inmediato el terreno y seguir dominando la puerta del pasillo y sin perder de vista el portal.
Entre los esfuerzos de estos ataques, amagos de ataques y retrocesos mutuos, lanzando o esquivando golpes y patadas, al de oscuro se le bajó completamente el tapabocas y el otro pudo ver su rostro. Le llamó la atención una cara ancha, de tez pálida, unas facciones regulares y armónicas de hombre joven, una fisonomía muy marcada de eslavo.
Tras un último ataque del de oscuro, vio al retroceder, como otro hombre con pasamontañas y el mismo atuendo que al que se enfrentaba, cruzaba velozmente el portal en dirección a la puerta de la calle. Al instante el otro dejó de hacerle frente y le siguió.
Tras de ellos salió el hombre en paños menores. Gritó pidiendo auxilio en una calle helada entre la oscuridad aún no disipada por el amanecer. Aún vio doblar a los dos hombres por el primer callejón a la izquierda bajando la cuestecilla de la calle. Una mujer, a unos setenta metros calle abajo, se había detenido al oír las voces pero enseguida se volvió y prosiguió su camino aceleradamente.
La helada le hizo darse cuenta de repente de que estaba en ropa interior y que calzaba unas sandalias de estar por casa. Casi no había vecino alguno que pudiera haber oído sus voces en aquel pueblo semidesierto, de casas en su mayoría vacías.

Rápidamente entró de nuevo al portal, subió las escaleras, vio de reojo dos habitaciones desvalijadas y con las luces encendidas, y tomando ansiosamente el teléfono llamó al 062.
Las palpitaciones se le agolpaban en el pecho y la garganta. El 062 no lo cogían. Pensó tras varias señales de llamada que los ladrones habían averiado el teléfono. Bajó a la planta baja, despertó a su mujer que lo miraba asustada sin comprender nada y buscó el móvil. En ese momento sonó el teléfono de arriba. Subió como una bala. Le dijeron que si había llamado a la Guardia Civil. Al instante un torrente de palabras brotó de su garganta en un conjunto de datos desordenados y con un tono de voz que no reconocía como propio. Desde el otro lado de la línea le aseguraron que una patrulla llegaría en breve.
Bajó de nuevo al dormitorio y según le daba atropelladas informaciones a su mujer llamó a su cuñado por el móvil: “Han robado la casa con nosotros dentro”. Apenas hubo más explicaciones. El móvil de su cuñado, como luego comprobaron, registró la llamada a la ocho y diez minutos, por lo que aquella pesadilla, cuya duración distorsionó el pánico, había concluido en diez minutos.

A las ocho y quince minutos un coche de la Guardia Civil llegó. Uno de los guardias entró a la casa por la puerta descerrajada y subió al lugar del robo, las dos habitaciones desvalijadas. El otro se encontró con el jubilado que, aún presa de la excitación, había salido a dar una vuelta a la manzana de casas junto a la iglesia en un intento de dar con algo.
-Si ha habido lesiones físicas debe ir al centro médico –le dijo uno de los guardias.
-Como no sea a que me hagan un electrocardiograma –contestó el jubilado.
-No toquen nada ni suban al piso de arriba hasta que no venga la policía científica.
El viejo les describió la escena que acababa de vivir.
-¿Eran rumanos? –dijo un guardia.
-No puedo decir que lo fuesen, pero no hablaron una palabra en español ni para amenazarme.
-¿Tenían armas?
-Si las tenían no lo sé, pero yo no las vi.

Al parecer la mujer que el viejo vio bajando calle abajo, se puso en contacto con los guardias, les dio la matrícula del coche, les dijo que en la huida los ladrones estaban asustados, que eran tres y que eran rumanos pues ella también lo era y había entendido lo que hablaron. Eso junto con el hecho de que el jubilado le había visto la cara a uno de ellos hizo que los guardias albergasen esperanzas de detenerlos en los controles que habían montado. Pidieron al viejo y a su cuñado que se bajasen al cuartel para hacer las denuncias y el papeleo cuanto antes.

Sentados frente a la mesa del guardia que manejaba el ordenador fueron realizando la denuncia y el relato de los hechos contestando a las preguntas del guardia.
El viejo se atrevió a preguntar:
-¿Y en estos casos qué pasaría si uno se defiende con un arma?
El guardia le dijo que nuestras leyes contemplan el derecho a la legítima defensa pero que ese derecho está basado en el principio de proporcionalidad y que en virtud de ese principio no se puede responder con un disparo a un puñetazo. Y añadió que, en esos casos, había que buscarse un abogado bueno, experto en estos temas, y que hiciese ver al juez que el autor del disparo había sido víctima de un miedo insuperable e incontrolado. También dijo que si se dispara o agrede a quien huye no se puede aplicar la legítima defensa sino que incluso podemos ser acusados de actuar por venganza. Nosotros, añadió el guardia echando una ojeada a la pistola que colgaba de su cintura, a veces no sabemos para qué cargamos con esto

Quedó perplejo el viejo por las palabras que escuchó. Y mientras, de cuando en cuando, respondía a las preguntas que el guardia le hacía, no hizo sino pensar. El miedo se le había pasado pero la impresión no. Sin embargo, sintió nacer en él un nuevo miedo, un miedo más refinado. Desde ese momento en adelante no supo dilucidar si debía tener más miedo a los delincuentes o a la justicia.
Debía ser muy interesante para jueces y abogados discernir, sentados tranquilamente tras una mesa de despacho, el alcance de la legítima defensa y el principio de proporcionalidad. Imaginó que si entraban tres ladrones a su casa, para enfrentarse a ellos, habría de llamar a un par de amigos, ni uno más, para poder aplicar la tal proporcionalidad. Que si los ladrones sacaban un cuchillo o un arma de fuego, había de pedírseles tiempo, como en los partidos de baloncesto, para ir uno mismo en busca de un arma similar. Que, en definitiva, la ley consideraba el derecho a la legítima defensa como un duelo entre caballeros en el que los guardias actuarían como padrinos y testigos, garantes de que nadie tuviera ventaja. Y hasta se pensó que había tenido suerte al haber salido de aquel trance sin que a los ladrones les hubieran caído cinco años por robo y a él más de diez por homicidio, aparte de indemnizar a los familiares o hijos del ladrón si los hubiere.
-¿Alguna lesión física? –dijo el guardia.
-No, sólo psíquicas –respondió el viejo.
-Sólo se pueden hacer constar las físicas.
Asintió el viejo. Y se atrevió a hacer otra pregunta.
-¿Cree usted que los cogerán?
-Es posible –dijo el guardia. Luego se miró el uniforme y añadió: Pero no puedo asegurárselo, por desgracia, hay muy poco verde para tanto marrón.