01 julio 2009

Verano


Hace unas semanas salió ya la primera, y supongo que única, edición del Castro Bonaval. Los que seguís el blog puede que lo leyerais en su día. Al publicarlo por medio de una editorial, no me pareció correcto mantenerlo en Internet. Por eso lo quité.
Al final ha quedado un libro con una portada sobria, entiendo yo, y una historia entretenida. Del mismo modo que no imaginé que tuviera esa portada, tampoco imaginé cuando empecé a escribirlo en qué terminaría aquella historia de Matías. A decir verdad, ni siguiera sabía por entonces que terminaría siendo una historia tan larga y, menos, que terminaría siendo un libro. El caso es que así resultó y deseo daros las gracias a cuantos lo fuisteis leyendo y a los que me acompañasteis con vuestros comentarios.
El verano se nos echa encima y es, para todos, un tiempo irregular que, a ratos, puede engullirnos y, a ratos, disiparnos. Así que perdonad si no contesto a su tiempo o si no escribo lo habitual.


Os deseo un buen verano. Gracias.


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30 junio 2009

Casa Valentín-Bar Jalón


Me senté en un mojón de la vieja nacional II. Miré la casa durante un buen rato. Nada me distrajo porque ya la nacional, hecha autovía, no pasaba por allí sino más arriba. Ahora pasaba por encima del nacimiento del Jalón, destrozando con una ancha y gruesa cicatriz aquella hermosa ladera que había conocido.
Me vino bien el silencio del lugar. Enseguida eché de menos los viejos letreros de la casa que decían: Casa Valentín–Bar Jalón. El letrero de la carretera estaba donde siempre, señalando Esteras de Medinaceli y Benamira.
Recordé a María Luisa en la cocina y a Valentín en la barra, ambos atendiendo solícitos a los clientes; aún quise sentír el olor de las chuletas que asaban en el porche; el bullicio de los clientes en el pequeño bar, con su barra en forma de ele; el comedorcito con media docena de mesas que solían ocuparse a sus horas; las seis habitaciones de la primera planta, con lavabo en todas pero con un servicio común; el doblado con el depósito del agua en el último piso; y, debajo de todo el edificio, la bodega con las conservas, los jamones, la matanza y las dos pipas de vino de Aragón, la del denso vino tinto, casi negro, y la del fresco clarete. Me pareció escuchar en la vieja cuadra aneja los ladridos de la Olga, la perra canela, que me barruntaba y los pasos ágiles y ansiosos de la Culebra, la galga, como si se dispusiera a saludarme con la portentosa elasticidad de su cuerpo. De cuando en cuando cantaban los machos de perdiz de Valentín, colocados en los alféizares de las ventanas, escuchando tal vez el reto de alguno de sus congéneres desde lo alto de las laderas.
- Chico, bájate a la bodega a por vino –solía decirme Valentín
Y yo bajaba y aspiraba con fuerza la goma que entraba en la pipa y, aunque algunas veces me ainaba con la brusca irrupción de un trago inesperado, se derramaba manso el vino en una garrafa de media arroba que, luego de llena, me subía al bar.
Por la noche el bar era el centro social de los pocos vecinos que en Esteras quedaban y también de alguno de Benamira que se bajaba a pasar el rato. Por allí desfilaban el tío Manzanero, y el Cucho, el Anchetas, el Josetas… y nunca faltaban los dos pastores de Esteras: el Goyo, alias Tomatoma, que llevaba sus propias ovejas y el Mariano, el Colorao, que llevaba las del amo.
- Goyo, ayer subí donde me dijiste que viste la liebre y lo que me topé fue con una víbora de dos palmos que a poco me jode la perra.
- Toma, toma… como no se ha echao aún el frío en condiciones.
El Colorao era ya viejo, no le faltaba mucho para jubilarse y tenía la piel permanentemente roja, casi escamosa, por el sol. Tenía pocas ganas de bromas y el cuerpo aterecido por los muchos fríos pasados y cansado por tanto andar y desandar laderas. Había veces que Valentín, a una señal, le preparaba un bocadillo porque el amo, aquella noche, se había quedado algo corto con la cena. A veces, el Valentín le sacaba historias de antes y, sólo entonces, el Colorao se animaba y hablaba un poco, con dos tenues chispillas en los ojos…

Un coche del servicio de mantenimiento de la línea del AVE me sacó de mi distraída concentración. Me levanté del mojón y girándome le seguí con la vista. Tiró en dirección a Benamira pero, a media vega, se metió a la izquierda por una pista nueva de tierra que debía subir a donde las vías del AVE.
Decidí pasear un poco y, yo también, seguí la carretera a Benamira.
Todavía estaba en pie el colmenar del tío Cabra. Sí, allí a la izquierda de la vega, en mitad de la ladera. ¡Cómo le gustó aquella ladera al Colás la primera vez que le traje!
Me acuerdo que dijo:
- ¡Sarvi, déjame que te desvirgue la escopeta, que esto esta lleno de muestra de conejo! ¡A ver qué coño te has comprao!
Iba yo tan contento con mi escopeta nueva, recién comprada aunque para pagar en plazos, y dispuesto a estrenarla ese día con mucha más voluntad de tirar que maestría. Y, el Colás, como siempre, me convenció de que esa era la costumbre, que la escopeta te la tenía que estrenar un compañero veterano, o sea, él. Claro, como yo iba con mi escopeta nueva, una LIG expulsora, paralela clásica, pues había comprado cartuchos Legia de 34 gramos… qué menos, oye, en fin, un lujo para la época. El Colás me pasó su vieja escopeta y me dijo que esa se lo cargaba todo por costumbre. Pero, para mi desgracia, no cambiamos también de cartuchos y el Colás, con sus cartuchos del Galgo Verde, llevaba a medio día cinco conejos, dos liebres y dos perdices y yo, por mi parte, un buen cabreo, pues los Legia, una vez disparados por el trabuco del Colás, ni me permitían abrir la escopeta o, cuando después de mucho esfuerzo la abría, no salían nada fácilmente las vainas de los cañones. Al llegar al coche al fin de la jornada, aparte del cabreo, yo no llevaba nada. En ese momento acerté a una paloma de casualidad y el Colás con mucho cachondeo dijo:
- ¡Mu güeno, Genri! ¡No tienes tú que sembrar todavía los restrojos de perdigones!

Miré al otro lado, a la ladera grande que estaba por encima de la general, puerto de Esteras arriba. Recordé que fue allí donde, un desvede, maté mi primer par de perdices. Y eso que la primera se me fue por llevar el seguro, que hay que joderse hasta que espabilé.

No estaba muy lejos de Benamira, así que ya subí hasta el pueblo. Busqué el callejón donde vivía el tío Cabra y claro que lo encontré, pero la casa estaba hundida y los cardos en la entrada me llegaban al pecho. Recordé el día que me perdí por la nevada en lo de Sayona y Villaseca y cómo, siguiendo desde muy lejos el débil rumor de la carretera, anochecido ya y casi extenuado, llegué a ver unas luces que, totalmente despistado por el temporal de blancura, no sabía de qué pueblo eran. Era Benamira, el tío Cabra me metió en su casa y me templó el cuerpo con unos chorizos y unos vinos junto a la chasca que en el hogar de su cocina ardía…

Dejé la caza hace muchos años. Ya lo dijo el Colás:
- Tan así como siempre. Ahora que ya les cascas de cojones vas y lo dejas. ¡Papo, Sarvi, con lo que te ha costao y lo bien que ya te las trompicas!
Le agradecí aquella vez que, en lugar de decir tan gilipollas como siempre, dijera tan así, pero le entendí igual. Sin embargo, para entonces, el Colás ya era viejo y lo que más le gustaba era buscar la liebre y yo, que no era viejo, me desengañé y comprendí que la caza menor camino llevaba de desaparecer, si no ha desaparecido ya en muchos lugares. Creo que hice bien dejándolo, ni me ha pesado, ni he querido volver. Llegó un momento que tan poca había que más que cazar me parecía estar acabando con los últimos preciados ejemplares de fauna salvaje en España. Eso no me parecía ya cazar y, de lo de la caza puesta, ya no hablemos, mejor dejarlo ahí…

Pero no era eso lo que me ocupaba ahora, sino los recuerdos de aquellos parajes en que me encontraba.
Pocos años después me encontré al Goyo, el Tomatoma, casualmente en Sigüenza. Acababa de vender, ese mismo día, su rebaño de ovejas y se iba a Barcelona. Nos dimos la mano, ambos con tristeza, y nos despedimos sin entretener mucho los adioses porque los dos sabíamos que no volveríamos a juntarnos nunca.
Al Mariano, el Colorao, llegué a verle, jubilado ya, con una hermana que tenía en Guadalajara pero, el hombre, muy cascado ya, murió pronto.
María Luisa falleció, de repente, para los carnavales de 1993 en su pueblo natal, Yunquera de Henares. Claro que ya pasaba de los setenta y pocos.
A Valentín le invité a comer en Almazán en el 2000, luego fui a verle a Saelices de la Sal, su pueblo, en otra ocasión. Durante estos últimos años le llamé por teléfono algún día pero, en estas pasadas navidades, todos los teléfonos que de él tenía habían sido anulados.

Regresé despacio hacia el cruce, hacia la vieja Casa Valentín-Bar Jalón, ya sin nombre. Con la fachada blanqueada, privada de sus rasgos, como si hasta la misma casa hubiera quedado amnésica y anónima. Experimentaba, según me iba acercando, una sensación muy diferente de las que otras veces había sentido desandando aquel mismo terreno. Cuando, por ejemplo, por los tupidos rastrojos bajaba con la Olga cazando codornices; o cuando oía al tuno del Colás: ¡Sarvi, qué la veo, qué la veo!, por la ladera o en algún ribazo; o cuando veía venir como una exhalación a la Culebra, la galga, que parecía que me iba a llevar por delante y sólo en el último segundo no me atropellaba. Juraría que la Culebra se reía de los sustos que me daba.
Me paré otra vez a mirar la casa cerrada.
Y me dije cómo, con el paso del tiempo, se me iba haciendo cada vez más fácil encontrar tantísima tristeza en los mismos lugares donde solía encontrar tanta felicidad.
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28 junio 2009

Babirusa


Al leer, el artículo de Isidro Martínez “El viejo y el impostor” he encontrado palabras que me han gustado por lo bien empleadas que están. Algunas las he buscado en el diccionario para cerciorarme de su sentido y, como las palabras son como las cerezas que al tomar una salen otras prendidas, me he entretenido un rato.
Quizás, cuando Isidro lea esto, se reirá de mí atrevimiento pues todo esto para él es cosa más que vista, sabida y estudiada, pero para otras personas, tan poco puestas como yo, puede que sea interesante y curioso conocer estas palabras.
Algunas de las palabras encontradas las conocía, pero otras no y, así me he enterado de que al rayón, que es la cría de jabalí con el pelaje rayado, se le llama cochastro mientras es jabalí de leche. También se le llama berrenchín al vaho que arroja el jabalí cuando está furioso. Que al colmillo del jabalí, además de llamársele navaja, se le llama también verroja y que, por tanto, el verrojazo es el golpe que pega el jabalí con los colmillos. Que cuando el jabalí ronca al percibir la proximidad de gente, se dice que rebudia y a ese ronquido se le llama rebudio. Sin embargo, cuando el jabalí gruñe, al verse perseguido, entonces arrúa, del verbo arruar. Que barrearse es la costumbre que tienen los jabalíes de revolcarse en los sitios con barro, en las bañas. Que se llama cota a la piel callosa que recubre la espalda del jabalí y se conoce por escudo a su espaldilla, o sea, lo que sería nuestro omoplato. Que el remolón es el colmillo de la mandíbula superior del jabalí y sus cerdas se llaman también sedas y setas. Que los aguzaderos son los sitios donde los jabalíes acuden a hozar y a aguzar los colmillos.
También parece que a los machos jóvenes se les llama bermejos, tal vez por la tendencia que estos animales tienen de jóvenes a ser jaros, o sea, rojizos, y que a los machos viejos se les llama macarenos, aunque de este nombre no he encontrado razón como no sea la de chulo o bravucón por el aspecto imponente de estos animales. Y que suelen estos viejos macarenos ir acompañados de un jabalí joven al que se le conoce por el nombre de escudero. Al parecer los escuderos hacen de aprendices pero, por su impericia, entran en zonas o sitios peligrosos antes que el macareno al que acompañan, pagando con su vida la imprudencia y librando al viejo macho frecuentemente del peligro. No sé si será así pues yo, de todo esto, hablo por oídas y por lo poco que he leído. Sin embargo, es todo muy curioso.
Las palabras de este párrafo anterior son, en su mayoría, palabras del argot cinegético, pues también se llama a los jabalíes viejos: navajero, verraco, solitario, catedrático, etc.
Es curioso los nombres que al jabalí se le dan en algunos países como, por ejemplo, babirusa al jabalí asiático y cariblanco en Costa Rica. ¿Llamaría usted con el delicado nombre de babirusa a un animal tan contundente?
Como diría el Colás:
- Papo, Sarvi, no me jodas... babirusa. ¡Huy babirusa!
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26 junio 2009

¡Tumeeeee...! ¡Tumeeeee...!


Pocas veces le regalan a uno cosas entrañables.
Mi paisano Isidro me ha regalado un relato. Más que el relato, que siempre será suyo, porque sólo a él pertenece lo vivido, me ha regalado la primicia de leerlo. Una deferencia por su parte y un placer para mí. Así que, primeramente, decirle que se lo agradezco mucho.
Isidro es una de las pocas personas que conozco a las que puedo llamar cazador sin mentir. Toda la orografía provincial y aún otras más alejadas están detalladas en su cabeza con más precisión que en el Google solo que grabadas, no por satélite, sino por medio del sudor y del cansancio de los músculos y de las articulaciones y del ojo, que en todo se fija y lo deja nítidamente en el cerebro. Por eso, he leído su artículo con el gusto que se tiene por las cosas que fueron pero que uno está seguro que, en puridad, desaparecerán tal y como las conocimos. Sé que lo que he leído es ya un testimonio.
Para quienes pasen de la caza o abominen de ella, decirles que no es éste un comentario sobre escopeteros, ni sobre hazañas de francotiradores abatiendo animales, ni sobre monterías de postín en las manchas más pobladas de los cotos de la jet, ni sobre ojeos de perdices al estilo de los Santos Inocentes… no es nada de eso, aunque podría serlo. Será, si lo consigo, un mero comentario sobre la veracidad de las cosas y otras virtudes poco practicadas y, sobre todo, sobre la honradez.
El relato de Isidro está lleno de palabras extrañas para los profanos. Palabras que los recién llegados al mundo de las monterías, utilizan ostentosamente para darse pisto de entendidos, pero que sólo los expertos esforzados conocen con la intensidad precisa que guarda cada una. Las ladras, las trochas, las cuerdas, los sopiés, las traviesas, las sucias, los ansias, los rastros, los navajazos, los agarres, los cortaderos, los cercones, los punteros, los tarascazos o las tarascadas, el deshacer el rastro… son palabras utilizadas por él en su relato de modo que vienen siempre al pelo. Pero también, cuanto cuenta, está poblado de sentimientos y en sus letras, cuando habla de los perros, se encuentra uno con los afectos simples, la amistad, la fidelidad, el mutuo reconocimiento, los cuidados, el respeto, la solidaridad, las curas, el compañerismo entre hombre y animal y, por encima de todo, algo que las personas estamos olvidando: la negación, obstinadamente tenaz, al abandono.
Decididamente, llega este hombre a personalizar a sus animales y a sentir la caza tal como ellos la sienten, y se atreve a decir que los hombres hemos de hacernos merecedores de ellos, de los perros, y, después de leer su artículo y su libro Cazadores de Blanco, creo que tiene razón. Da la sensación de que hasta consigue, y lo tiene a mucha honra, ser uno más de entre ellos. Porque, salvando excepciones, entre humanos y perros, se queda, sin ningún titubeo, con los últimos. Creo que únicamente le ha faltado decir, y puede que lo piense, que sólo los cazadores que se hagan como perros, gozarán del reino de los cotos celestiales. Suponiendo que en los cielos haya cotos, lo cual está por ver. Que libres, al menos esos pagos, los piensa Isidro, si es que en alguna parte existe la justicia y se encuentra la razón esa que nos define a todos como iguales.
Todos estos sentimientos se enfrentan dentro de él cuando compara el mundo de los perros y perreros, que para él es el mismo, con el de los monteros y, como si tuviera un gato metido en el estómago, le irritan tan profundamente algunos, que toman ese nombre, que le descomponen hasta dejarle mudo de la ira acumulada.
Habla Isidro, de algunos pocos monteros, maravillas, pero, en general, no tiene buen concepto de esa peña. Y es que en su larga experiencia ha tenido ocasión de ver de todo, en particular muchas variedades de ignorancia mezclada con desprecio.
Cuando confronta lo que siente, con lo que algunos monteros le provocan, sufre y calla. Porque él sabe muy bien que ningún perro devuelve desdén, indiferencia, crueldad, traición, desinterés, desprecio cuando alguien se le entrega como amigo. Todo lo contrario. Pero Isidro, a lo largo de sus vivencias cinegéticas, ha visto como algunos colegas de su especie son capaces de creer que el dinero puede suplir su desconocimiento, que puede pagar su estupidez, cubrir su insensatez, disimular su cobardía o enterrar bajo una capa de dignidad sus miserias como si fueran un perro más al que se entierra en el anonimato que, como poco, nunca mereció.
Lo cuenta Isidro:

¡Tumeee...! ¡Tumeee...! Gritaba el perrero, ronco ya. La montería había terminado muchas horas antes. Era noche cerrada, cuajada de estrellas, y helaba en la sierra. Seguía caminando el perrero, sembrando de pistas de olor el monte y, con sus voces, el aire de señales conocidas que, botando y rebotando en las peñas, eran llevadas lejos por el eco. Un perro no había sabido deshacer su rastro y volver al lugar de la suelta, pero un perrero de ley no abandonará a su perro perdido o herido. De tales abandonos sólo son capaces los que hacen que esta vida sea tan perra.
Un abrazo, paisano, aunque a ser amigos, estamos llegando casi sin conocernos.
Una caricia para el Ligero y otra para el Poll la próxima vez que los recuerdes o te los topes en tus sueños por alguna barranca de la sierra. Sí, no se te olvide.
Gracias.

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24 junio 2009

Leyenda de la Matahombres


Era la primera vez que Lázaro escuchaba hablar a un empleado del hotel de aquel modo tan reservado, como si en secreto lo hiciera. Fue en una de las tertulias que tras el ocaso y hasta bien entrada la noche solían celebrarse espontáneamente en el patio trasero del hotel. Los cansados camareros, caras ajadas de ojeras y cuerpos duros de piernas por el incesante ir y venir cotidiano, los sudorosos cocineros, anatomías atufadas por los calores de los hornos y los fuegos y apestando a esa mezcla de olores que los fritos meten en la piel y en la ropa, y hasta el mequetrefe del botones prestaban atención embelesados.
No había mujeres presentes. Se conoce que habían esperado a que éstas se recogieran o, con su actitud arisca y despectiva, las habían prácticamente echado como solían conseguir a poquito que lo intentaran.
El que hablaba era uno de los camareros más viejos, un veterano de la hostelería perito en gente, conocedor de engaños y falsedades y ducho en cualquier ocultación de las frecuentes que en los hoteles solían darse y que, a los viejos como él, nunca pasaban desapercibidas por mucho que se disimularan o se pretendieran inexistentes.
Lázaro, sentado en la penumbra que le procuraba la noche, iluminada por sólo un par de bombillas de poco voltaje, y que más se acentuaba por estar bajo una vieja higuera que le ocultaba de la débil luz, no perdía detalle de lo que el camarero maduro iba diciendo paciente, lentamente, como desgranándolo con pereza de sus recuerdos lejanos y, tal vez, nostálgicos.
… De aquella, de la que yo os hablo y ahora recuerdo, puedo deciros que no era alta pero tampoco menuda. Todo en ella era amablemente curvo. Su mismo cabello ondulaba suave como un remate dulcísimo a una cara ovalada, sin aristas, de contornos como difuminados, de labios perfectos, amplios, regulares, hechos aún más acogedores por un rosa intenso de pintura de labios… y todo en ella era suavemente dulce, casi empalagoso, sobreentendido de belleza, con cadencia sorda en los andares, como una armonía musical perfecta…
Nunca hubiese supuesto Lázaro que aquel camarero maduro supiese hablar así. Esto hizo que atendiese aún más a su interesante descripción.
…Hasta sus tenues imperfecciones eran atrayentes. Un defecto casi imperceptible en las palas, que ella disimulaba siempre al sonreír, le daba un aire real a aquel rostro tan inasequible, de esfinge, y solamente la finísima disparidad, imperceptible para cualquiera, en el mirar de sus ojos negros, la convertía en única. Pero, sin embargo, era en ellos donde tenía el veneno, en la mirada que salía por esas ascuas oscuras se escapaba toda la intensidad sensual que no sabía reprimir ni modo había de hacerlo, que se revolvía por brotar por algún lado desde el interior sofocante de aquella mujer de sensualidad tan animal. Mirarle los ojos desde cerca era aún más excitante, si cabe, que hubiera sido acariciar su vulva o sus hermosos pechos.
- ¿Qué es la vulva? –dijo un pinche de cocina.
- El coño, gilipollas –dijo a coro el grupo de devotos oyentes, molestos por la interrupción del muchacho.
…Porque, como os decía, era de tal potencia la sexualidad que su mirada trasmitía que aseguraban, quienes llegaron a gozarla, que a través de ella le brotaba el penetrante olor a sexo, que sólo las mujeres ardientes, orgullosas, inteligentes y dominadoras exhalan por ahí, y podía también leerse en sus pupilas el brutal deseo de atraer y entregarse, al mismo tiempo, al ser elegido en cada momento, más allá de cualquier limitación o, mejor aún, dispuesta a probar todo, lo nuevo y lo viejo y lo distinto y lo inesperado, en su ansia irreflexiva de gozar y ser gozada. Era de un erotismo tan salvaje, tan ilimitado, que, quien cayera en él, podría no volver a salir jamás, absorbido por un remolino tan potente que le impelería a morir dando placer a aquella suma sacerdotisa de la pasión que ardiendo, como la zarza de la biblia, no se quemaba pero devoraba la razón y el pensamiento de todos sus amantes que, en ella, se consumían como teas de resina…
Lázaro estaba admirado por la extraña locuacidad iluminada del veterano camarero.
…Decían que ya había matado a varios pero, quienes sentían en su pupila la mirada de su deseo, no eran capaces de evaluar el riesgo y, ciegos, corrían a ella sin ser dueños de sí. Contagiados, perdidos, sin posibilidad siquiera de imaginarse lo que ya eran, peleles muertos de antemano, leños anónimos en aquella pira inextinguible...
Entonces le interrumpieron. Pero las cosas que se oyeron ya no tuvieron nada que ver con el fino relato del viejo.
- Mira, un hermano mío, también se enchochó con una tía. Era una golfa de campeonato pero, ¿qué tendría la cabrona?, que aún a sabiendas de que se iba con quien le daba la gana, no podía ni quería de ningún modo dejarla el majagranzas de mi hermano. Y, para que lo viera, un día me fui con ella en sus narices, pero ni por esas. Se negaba a dejar de frecuentarla y quería, además, casarse con ella, el muy lila. Para él no existía el desengaño. No.
- Pues yo recuerdo que en mi pueblo…
Pero ya el viejo no prosiguió el relato, ni los otros, empeñados en contar sus anécdotas adocenadas, se lo pidieron. Apuró su cerveza escuchando los comentarios chabacanos que, a costa de su descripción inacabada, se habían levantado atropelladamente y, al rato, se marchó sin decir nada y, por el gesto, casi arrepentido de haber rescatado aquellas memorias del lecho viejo del recuerdo acolchado por los años.
Lázaro se quedó perplejo y casi al momento trasladó las frases sabiamente hilvanadas del experimentado viejo a la visión de la mujer del señor Maurici, de aquella inefable Lola que le parecía el colmo de lo visto. Lo más exacerbado de la atracción animal en cualquier mujer conocida. Ni la imagen de Lola ni la narración del camarero dejaron su mente en toda la noche. La pasó en blanco. Su juventud le hacía una victima propiciatoria a ser inmolada sin solución ni voluntad en semejante altar. Inerme.
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17 junio 2009

Diempures


La cabecera del río Sorbe comienza a formarse seriamente a la sombra, si sombra diera, del viejo, destartalado, olvidado y semiderruido castillo de Diempures, entre los términos de Cantalojas y Galve y perteneciendo su altozano al primero, que todo hay que decirlo.
Apenas queda nada. Esto es hoy un desierto, del cual, ni siquiera muchos conocen el nombre. Y lo más que puedes encontrarte es alguna vaca despistada y recelosa que tampoco esperaba compañía.
Primitivamente fue un castro cuyo precipicio, sobre el arroyo de la Virgen, hacía de muralla natural. Se salvaba este arroyo por un vetusto puente, también de pizarra, poco antes de que éste confluyera con el río, casi en la misma conjunción. Ahí se iniciaba el camino que, paralelo al Sorbe, la fortaleza custodiaba y que nos llevaba aguas abajo camino de la desparecida fortaleza de Peñahora donde el Sorbe se junta con el Henares y acaba su viaje. Porque el Sorbe es un río modesto, pero de aguas limpias, que, en cuanto deja las montañas no quiere saber de más trámites y, desapareciendo, le cede su caudal al Henares. De una fortaleza a otra viajaba. Hoy de las pocas ruinas de Diempures a las inexistentes de Peñahora, de la que la que sólo queda el nombre para los pocos que lo recuerdan. Es en lo que ha parado tanta fortaleza.
- ¿Un castillo dice, una fortaleza?, ¿dónde se ha visto?, hecho de pizarra. ¡Vaya ejemplo de arquitectura militar?
- Pues no se ponga usted a pedir mojigangas ni gollerías, que las murallas de Lugo, que son mucho más antiguas, más importantes, más voluminosas y más estratégicas son también de pizarra, tienen más de 2 kilómetros y ahí las tiene usted en su sitio desde hace más de 1700 años.
- Sí, pero las murallas de Lugo se conservan y de este castillo de Diempures sólo queda su puerta principal y un par de trozos de paredes anejos a ella y eso si no se desmoronan cualquier día o no se han desmoronado ya.
- Pero es que el Sorbe y el arroyo la Virgen, que en la falda de su cerro concurren, no concitaban, ni concitaron nunca, las mismas ambiciones que la plaza de Lugo. Así que bastante es lo que queda y, aún diría que es milagro que algo se conserve. Y no venga usted poniendo tantas pegas, que de otros lugares no quedó piedra sobre piedra. Portento parece que aquí, siendo todo esto más frágil, más humilde y montaraz, queden todavía estas pocas pizarras para darnos una idea de lo que aquello fue.

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16 junio 2009

Otra guerra del fin del mundo


No se me da nada bien escribir sobre las cosas que me indignan. Pierdo el sentido literario que siempre camina del brazo con el lenguaje indirecto y me desbarato, me indigno y me descompongo.
Los que hemos vivido unos cuantos años intuimos, y la intuición es un saber primario que raramente se equivoca, que la humanidad volverá a perder esta guerra apenas iniciada. Claro que eso equivale a decir que una mínima parte de ella, o sea los de siempre, la ganará. Serán las empresas del petróleo, de la madera, de la minería, serán las grandes empresas transnacionales de sectores diversos quienes la ganen. Cierto que también quienes las forman son parte, aunque insignificante, de la humanidad, pero son la parte rapaz y, como sostienen las normas del equilibrio ecológico, las rapaces son el vértice de la cadena trófica y no su base. Esa gentuza debería de dejar ya de ganar guerras.
A esa base, a la gente normal, a los que van a perder, a los de siempre, es a quien llamo humanidad y no a los cuatro desaprensivos codiciosos que, tradicionalmente, han esquilmado la tierra, robado sus derechos a sus pobladores y dejado tras de sí una estela horrible de planeta quemado que, a todos, más o menos directamente, nos perjudicará. Y digo cuatro porque proporcionalmente siempre han sido cuatro los que se han postulado y erigido en usufructuarios exclusivos de un mundo que a todos nos pertenece. Parece que, a estas alturas, estos tipos de guerras debieran dejar de ganarlas los de siempre, por eso de que, normalmente, estamos convencidos los humanos de que habitamos en el mundo más justo de cuantos han existido. Al mismo tiempo, las consecuencias de perder estas guerras son ya muy conocidas, han sido divulgadas y pormenorizadas y todos, al menos en teoría, abominan de ellas por injustas, pero además por inconvenientes y perjudiciales para todos.
Me estoy refiriendo a esa penúltima guerra desigual, vergonzosa y medio silenciada y casi camuflada del Perú. A esa penúltima guerra, en el fin del mundo, en la que el aparato oficial de Alan García, orondo presidente peruano cargado de infinitas razones legales y derechos avalados por la democracia, se enfrenta con unos trescientos mil indígenas y les acusa de no tener derecho de reyes para que sobre sus tierras de la Amazonia peruana no se ejecuten las directrices que las instituciones del país apruebe. Ya la forma de dirigirse a los indígenas da mucho que pensar. Y también pretende cargarse de razones por lo que intenta hacer, por lo que se propone.
Esos indígenas son el uno por ciento de la población del país y, por si su inferioridad numérica no fuera suficiente, se encuentran divididos en más de 60 etnias. Ellos han habitado esa Amazonia, sobre la que ahora legislan otros, desde tiempo inmemorial. Se trata de su casa. Se agarran a los derechos de las minorías, de los débiles, de la defensa de la tierra, de la naturaleza, de las culturas minoritarias. Pero Alán García aprueba decretos de expropiación de la parte peruana de la Amazonia y considera las tales expropiaciones como necesarias para el desarrollo nacional del Perú, como si hubiera descubierto con las tales medidas la cuadratura del círculo de la miseria venidera. Desarrollo nacional, qué gran expresión, como si el bien común se hubiera inventado para exterminar minorías. Una vez más son los débiles los que van a desaparecer bajo la maquinaria de la industria y nunca importará si llevaban razón, pues Dios no apoya a los buenos cuando son menos que los malos y son también más pobres y no comulgan con la cultura dominante y son además, lo último que ya se puede ser en nuestros días: indígenas, que, para algunos, es casi equiparable a la condición animal. Y no lo digo porque yo lo piense sino por cómo veo que les tratan y se dirigen a ellos.
Y estos indígenas se resisten bravamente a vender la selva, que es su madre y, si lo miramos bien, también la nuestra, a las todopoderosas multinacionales. Se resisten a ver las tierras de sus antepasados convertidas en concesiones, se oponen, en suma, a la privatización de la selva que siempre fue de todos. ¿Quién nos lo iba a decir? Privatizar la selva, como si no tuviéramos ya el planeta entero privatizado y no hubiésemos catado ya las amargas consecuencias de ello.
Y los indígenas dicen que ya han matado a más de cien de ellos, pero el gobierno del orondo Alán dice que son ellos los que matan a indefensos policías. No me cuadra lo de los indefensos policías masacrados por indígenas descalzos.
Y los indígenas dicen que “la ministra mandó a la policía meter bala” y “que jamás darán pie atrás” en la lucha por su tierra y su derecho. Que les van a matar pero que ellos prefieren el antes muertos que el ceder su tierra.
Y el gobierno dice que los indígenas, que entre sí todavía tienen el afecto de llamarse hermanos, forman parte, nada menos, de una conspiración internacional. ¿Conspiración internacional? Se me parte el corazón ante tanto cinismo.
Entre los pies descalzos y la lanza por un lado y la razón de estado, el egoísmo y el dominio de todos los poderes, por el otro, el desenlace final no es difícil de pronosticar.
Pienso en todas las personas sencillas que he conocido y reflexiono sobre cómo, poco a poco, el poder en todas sus facetas les ha ido echando de sus lugares y les ha convertido en siervos, denominados bajo distintos eufemismos, a su conveniencia. Algunos dicen que estas cosas son las servidumbres de nuestro siglo pero yo creo que esto es lo de siempre. Tanta codicia, tanta voracidad, tanta rapiña, les estamos consintiendo a unos pocos salvajes que no indígenas, que terminaremos siendo todos por sus consecuencias engullidos. Puede que la cosa empiece a verse en serio cuando el planeta, esquilmando, no tenga ni pueda ya producir recursos suficientes para todos. Entonces nos pasará la factura de todas las guerras que ganó el llamado progreso y que perdió la humanidad. Pagaremos el precio de todas las guerras silenciadas, libradas y perdidas en el fin del mundo. Siempre sabremos dónde estuvo la razón aunque muchos se empeñaron en que la legalidad vigente dijera otra cosa. Ésta no será una excepción porque las guerras del fin del mundo siempre las perdieron los que fueron sus héroes, aunque a éstos los arcángeles les subieran al cielo y todos, además, lo viéramos venir.
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15 junio 2009

El tratamiento


El tío Ureta el viejo, herrador y alcalde de Aldeanueva, no terminaba de confiar en el médico nuevo. No era que hubiera hecho, hasta el momento, nada mal ni nada malo, pero había ciertos comportamientos del galeno que, sin ser ilegales ni moralmente censurables, no le parecían de recibo ni siquiera normales. Por ejemplo, eso de verle sentado en el porche de su casa, junto a su mujer, y que en cuanto ésta, que solía estar moviendo una pierna en cuyo pie calzaba una chancla, lanzara la chancla de una patada a ocho o diez metros, él saliera corriendo, se la trajera y se la calzara en el pie desnudo y, así sin dejarlo y sin hablar, se pasaran media tarde. Pues no harían mal a nadie, pero al tío Ureta el viejo no le gustaba pero ni lo más mínimo.
Un día vinieron a avisar del cercano pueblo de Pardiepal, que no tenía médico pero que entraba en la jurisdicción médico-veterinaria de Aldeanueva, de que a la Libradita le había dado el ataque. Enseguida avisaron al médico y el tío Ureta el viejo, mosqueado como estaba con el doctor, decidió acompañarle por conocer a la Libradita y a su familia y por fingir una deferencia hacia el doctor que, en realidad, era curiosidad, intriga y también desconfianza por el tratamiento que a la Libradita pudiera administrale.
Tras hora y media de camino llegaron a Pardiepal y a los dos minutos a la casa de la Libradita. Ya desde la calle se oían los gritos de ésta y, en cuanto entraron a la alcoba donde estaba, observaron sus horrorosas convulsiones, tiriteras, temblores, castañeteo de dientes, espasmos y cómo sus ojos parecían girar dentro de sus cuencas como canicas locas… Y todo esto, se incrementó y se aceleró aún más en griterío y aspavientos con la entrada del doctor y del tío Ureta el viejo.
El médico observó a la Libradita como medio minuto, sin moverse y sin decir palabra. Luego dijo:
- Traigan un balde grande de agua y las dos toallas más esponjosas que tengan.
Al poco tenía ante sí lo pedido. El médico empapó ambas toallas en el agua y mientras lo hacía dijo que desnudasen por completo a la Libradita. Esto mosqueó un poco al tío Ureta el viejo, porque la Libradita andaba por los dieciocho, pero hizo seña de que lo hicieran, que un médico siempre es un médico y además estaban presentes la familia y él que, al fin y al cabo, era una autoridad.
La Libradita ni siquiera en cueros disminuyó la intensidad de sus gritos ni lo retorcido de sus convulsiones. El médico enroscó las toallas como si fuera a escurrirlas pero, cuando parecía que había terminado, comenzó a darle a la Libradita con ellas tales zurriagazos que sus gritos y espasmos cesaron de repente y cómo viera que aunque ella había cejado en su actitud el doctor no paraba de darle, se metió debajo de la cama buscando protección. El galeno la sacó a rastras, agarrándola de un tobillo, y continuó con el tratamiento sin compasión, aplicándoselo sobre el santo suelo hasta que se cansó. Los presentes estaban asombrados pero, al ver la eficacia de la terapia, no abrieron la boca.
El médico, en cuanto terminó, se ajustó las ropas y salió sin más palabras de la casa, excepto las indispensables para despedirse de la familia. El tío Ureta el viejo y él regresaron pausadamente a Villanueva disfrutando de la brisa que traía la tarde y sin forzar el tranco tranquilo de las mulas. A la Libradita no sólo se le pasó el ataque, sino que en los ocho años que aquel médico tan raro estuvo en Villanueva no le volvió a repetir.
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14 junio 2009

Amor maternal


Sí, tenía que reconocer que era una madre apasionada. Y no lo era sólo por el modo en que había criado a su hijo, sino por cómo se había involucrado en todo lo suyo, en sus estudios, en su formación, en su adolescencia, incluso en su vida, hasta un extremo en que quizás no debiera haberlo hecho. Pero es que deseaba a toda costa preservarle del dolor, de la decepción, del hecho de que un muchacho como él pudiera, con tantas buenas cualidades como le adornaban, verse condenado al fracaso o a la triste mediocridad por cuestiones aleatorias, secundarias, ajenas, pero cuya importancia a él, todavía muy joven, se le escapaba.
A su hijo, lo único que le faltaba era experiencia y desconocía que algunas equivocaciones, aparentemente sin importancia, podían cambiarle la vida y hacer que no llegase a ser el tipo brillante y triunfador para el que su madre le sabía plenamente dotado. Que su hijo no estaba destinado a ser ningún majagranzas.
Y esa niña caprichosa, esa mema carente de fundamento de la que el pobre se había enamorado como un tonto, como un pasmarote, como un meliloto, era la mayor, si no la única, de sus equivocaciones juveniles. Si por ella fuera, la ahogaría con sus propias manos, la asfixiaría con una almohada o la degollaría como a un pollo, en cualquier caso, la sacaría a bofetadas de la vida de su hijo… Pero esa putilla lo único que hizo de mérito fue llegar a tiempo y coincidir con las primeras calenturas sentimentales y físicas de su hijo, tres años atrás. Y, él, ¿qué iba a hacer?, pues lo que todos los hombres, enamorarse como un gilipollas, como un hebén, de lo primero que se le presentó, de la primera calentorra dispuesta a abrirse de piernas y decirle, con ojitos de carnero degollado, que él era el amor de su vida. ¡Qué poco seso tienen los hombres! Y, encima, el poco que tienen cómo lo pierden con el sexo. En cuanto cambian la segunda ese por la equis, están perdidos.
Ella había confiado en que, con el paso de un tiempo razonable, él solito llegase a la conclusión de que aquella muchacha no era para él, de que no estaba a su altura y que poco a poco aquella relación tan desigual, ¡dónde iba aquella ignorante, sin ninguna clase, con su hijo!, se hubiera disuelto como la mini atmósfera fétida de un pedo follón ante el ímpetu de los frescos, sanos y limpios vientos de la sierra. Que todo hubiera sido, como la adolescencia de su hijo, algo brusco y sorpresivo pero pasajero.
Pero, sin embargo, qué bien había sabido ella engatusarle, cómo le había robado aquella personalidad genuina que su hijo tenía antes de conocer a aquella lagarta en celo, a aquella cerda verrionda, cómo le había enseñado a tener ojos sólo para ella, cómo no le dejaba solo ni para mear, qué sentido del acaparamiento el de aquella descarada, qué dominante, y cómo, de su hijo, estaba sabiendo hacer un payaso inane a su servicio. Lo dominaba como a una marioneta de trapo ¿Dónde tendrán los ojos los hombres?, que cuando quieren percatarse de las cosas, los muy tontos, es ya demasiado tarde. Si a ella le valiera…
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13 junio 2009

Sin religión


Iba yo caminando por la calle con idea. O sea, con botas de senderismo, gafas de sol, gorra y un par de manos de protector solar Extrem, que no lo digo yo, que lo pone en el frasco, cuando vienen de frente dos mujeres bien guapas. Me digo, oye, qué bien esto de poder ocultar lo descomedido de mi chafardería bajo el anonimato que dan a la mirada los cristales oscuros. Qué gusto poder, por tanto, mirar tranquilamente tras estas gafas de piloto de Phantom sin que tengan motivo para torcer el gesto y hasta les pueda dar por llamarme baboso, pues mi mirada quedaba discretamente oculta.
- Perdone, no le haremos perder mucho tiempo. Es sólo una encuesta –va y me dice una.
- Ah, pues bueno –a punto estuve de añadir: ricuras, pero por una vez cerré a tiempo la bocaza.
- Pertenecemos a los Testigos de Jehová.
- Ah, pues me alegro, pero yo es que no soy de ninguna religión, se lo puedo jurar –dije con un poco de guasa, pensando que esto les motivaría a la polémica e intentarían redimirme de ese gravísimo sin dios.
Pero fue un error porque mis palabras les debieron parecer lo más horrible que habían oído en los últimos tiempos. Y está claro, luego lo pensé: que uno del Madrid puede discutir con otro del Barça, pero como den con otro que no le guste el fútbol pues entonces no hay bola que rascar. Sin decir adiós, ya que les dejé claro que no creía en él, y sin siquiera una mirada de conmiseración para mi hipotética desgracia, dieron una raboteá y se marcharon escopeteadas, casi como cuando a Drácula le rocían con agua bendita.
Cada día me llevo peor con la gente religiosa porque, claro, enseguida le discriminan a uno y le miran por encima del hombro, y es que eso de llamar a dios de tú diariamente les da unos fueros…
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12 junio 2009

Organización

¿Qué ocurriría si cincuenta acordeonistas, por ejemplo, se pusieran a tocar simultáneamente en la Plaza Mayor? ¿Y si, además, lo hicieran todos los días? Seguramente terminarían cansando, abrumando, agobiando y la gente protestaría por tanto músico pedigüeño junto y, probablemente, les echarían.
Eso no ocurrirá. Dos gitanos con suéter negro controlan el flujo de acordeonistas rumanos en la plaza. El viejo manda al joven que, a regañadientes, obedece o, mejor dicho, termina obedeciendo siempre. Le manda tantas veces y a tantas cosas como se le ocurre. El joven se insolenta y protesta, pero el viejo le mira con desprecio frío, sin perder el talante, y no hace caso de sus gestos y bravatas porque sabe que el joven terminará siempre obedeciendo. Son morenos, cetrinos, el viejo es barrigudo y el joven es cimbreño y tienen, permanentemente, cuando miran la plaza, un gesto amenazador, como anuncios mudos de un peligro latente. Comen los bocadillos, que el viejo le mandó buscar al joven en el último recado, y beben unos botes de cerveza mientras controlan el flujo de personal en la gran plaza. Ocupan butacas de una de las terrazas sin consumir nada, pero nadie les llama la atención ni les incomoda, bien por gentileza del dueño o bien porque éste desea tener la fiesta en paz. Nos descubren observándoles y nos miran desafiantes, con indisimulada chulería y con cara de estar dispuestos rompernos el bautismo a poquito que insistamos, pero mantienen las formas porque, hasta ahora, todo les va bien. Enseguida se desentienden de nosotros.
Llega un nuevo acordeonista, les presenta sus respetos y se sienta con ellos. Espera con calma a que el acordeonista que, en estos momentos, va tocando de terraza en terraza acabe su ronda. Él no empieza la suya hasta que los dos de negro le dan la venia. El que ha terminado, un acordeonista que ha tocado mientras su mujer pasaba el platillo por las mesas, vuelve al lado de los dos calorros. Se sienta a su lado mientras la mujer, algo apartada, permanece de pie. Fuma un cigarrillo junto a ellos y apenas cambia cuatro palabras. Luego arreglan cuentas y se va. Al poco rato llega otro, les saluda y se sienta a esperar su turno. El ciclo continúa. Organización europea.
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07 junio 2009

Truchas


El ingeniero agrónomo don Luis Maria de Saransón y Bofarull-Maqueda visitaba la reserva nacional del Alto Tamarón Ribagorda. Mandó parar a su chófer el Land-Rover en un extremo del puente de la hoz de la Tejonera Martirio, pues deseaba hablar con uno de los guardas. Éste, distraído, fumaba en el puente con la mirada perdida en la transparencia del agua que descendía rápida y en remolinos y produciendo un fragor que, a cierta distancia, aislaba de cualquier otro sonido.
Descendió don Luis María del vehículo y se dirigió hacia el viejo guarda forestal. Cipriano Talón, que había salido de su ensimismamiento por el frenazo del coche, vio acercarse al ingeniero con su traje de sportman inglés y su porte distinguido. Sabía quien era pero nunca había hablado con él. Cipriano se centró sobre el pecho su banda acreditativa de cuero que incluía chapa ovalada y dorada de forestal, se estiró para que su cenceño cuerpo cundiera en el traje de pana, tentó que su tercerola estuviera bien colgada del hombro y se ciño el sombrero de fieltro gris con banda verde, mientras veía acercarse a don Luis María. Se saludaron, el ingeniero confianzudo y el guarda envarado y atento.
- Dígame, Cipriano, ¿se ve mucha trucha en el río?
- Pues mire, don Luis María, no tanta como hace años pero aún se ven algunos buenos ejemplares.
- ¿Y son especimenes de trucha común o de trucha arcoiris?
- Antes todo lo que había era trucha común pero ahora es al revés, cada día se ven menos comunes y más arcoiris.
- O sea, Cipriano, que percibe usted un claro retroceso de la trucha autóctona.
- ¿La trucha autoqué?
- La trucha autóctona.
- No, esa que usted dice, no la hemos visto nunca por aquí. Esa, aquí, no se conoce. Se lo garantizo.
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06 junio 2009

Antes había otro respeto


Tuvieron que ir al antiguo palacio. Llevaba habilitado muchos años como casa cuartel. El guardia de puertas les dijo que subieran a la primera planta y preguntasen allí por el subteniente Malaespina o por el cabo Serantes. Tras subir por unas escaleras de madera que crujían a cada paso llegaron a la primera planta. Titubearon indecisos, caminando por el suelo de vieja tarima, hasta dar con una oficina abierta que tenía dentro un mostrador con un guardia escribiendo detrás y otra pequeña sala aneja con la puerta también abierta. Les atendió el cabo porque el subteniente se dedicaba ese día a la intervención de armas.
- Veníamos a por un certificado de buena conducta.
- Esperen en esa sala –dijo el guardia sin mirarles.
El guardia, en mangas de camisa, tecleaba un oficio en una vieja Remington. Los dos muchachos se sentaron en el único banco de madera que había dentro de la sala indicada. Estuvieron un buen rato escuchando el ritmo de la máquina romper el monótono e incómodo silencio de la espera.
Desde allí vieron entrar al sargento. Les miró de soslayo y torció el gesto. Se dirigió sin titubear al mostrador que había delante del cabo mecanógrafo y dejó el tricornio sobre la madera sin que el cabo dejara de teclear el documento en el que estaba concentrado. El sargento se quitó con gesto rutinario los correajes y la pistola reglamentaria y lo depositó todo junto al tricornio. Pausadamente se desabotonó la guerrera y luego se la quitó también. La colocó, cuidadosamente doblada, junto a lo demás y, soltándose los botones de los puños de la camisa verde, dobló pacientemente las mangas de ésta hasta quedar bien arremangado de ambos brazos. Los muchachos observaban, en silencio, sin perder detalle y pensaban que el sargento se estaba poniendo cómodo por salir de servicio o algo así, pues no tenían ellos mucha idea de la vida cuartelera. Fue entonces cuando, el suboficial se giró y les miró fijamente. Se frotó las manazas una contra otra, se quitó el reloj y se lo metió en un bolsillo del pantalón. Apenas hecho esto enfiló decidido hacia la sala desde la que los muchachos le habían visto prepararse de tal guisa. Súbitamente entendieron.
Según avanzaba, sin dejar de frotarse las manos, preguntó con voz firme:
- A ver, Serantes, éstos, ¿qué han hecho?
El guardia Serantes, hasta ese momento concentrado en su oficio, levantó la cabeza e inmediatamente comprendió la situación.
- ¡Quieto, quieto, mi sargento!, que no han hecho nada, que han venido a por un certificado.
- Ah, bueno. Eso es otra cosa. ¡Haberme avisado antes, hombre!
Los dos muchachos comprendieron desde aquel día el respeto que inspiraba en España la Guardia Civil. Puro respeto.
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04 junio 2009

¡Qué sabes tú lo que es una hija!


Don Arturo vivió los valores, por llamarlos de algún modo, de su tiempo. Ya de joven alternó a su novia de siempre, naturalmente sin que ella lo supiera, con unas y con otras. Se justificaba con esas frases, tan horteramente exaltadas en el patrimonio cutre nacional, de que pudiendo hacer felices a muchas por qué hacer feliz a una sola; o esa otra, tan delicada, de que la legítima no manda en el sobrante; o aquella, tan poco igualitaria como ajena a la sutileza, de que un hombre viene siempre limpio.
Quiso el buen Dios o la Providencia o quien quiera que estuviera de servicio, si es que lo estuvo, y que repartiera las suertes con que los hijos caen, que a don Arturo le correspondieran dos hijas en el lote.
Al cabo de los años, cuando las hijas se hicieron mocitas, las estructuras mentales de don Arturo, que tan ampliamente permisivas habían sido para su propia juventud, se estrecharon hasta lo impensable para con la de sus hijas. Adornó esa intransigencia, tan propia de los hombres de bien y de los criterios vaticanos, con todo tipo de refranes que al caso venían y que, por supuesto, daban la razón al estricto progenitor, el otrora libertino don Arturo, en sus castas precauciones bienintencionadas:
Que si la mujer cuanto más retirada más buscada.
Que si la que da el culo a besar nada tiene más que dar.
Que si el buen paño en el arca se vende.
Que si el hombre es fuego y la mujer estopa y siempre hay un diablillo cabroncete que va y sopla.
Que si la mujer y el vidrio siempre en peligro.
Que si la vergüenza en la mujer se conoce en el vestirse…
Total, que a las muchachas no les quebró la pierna y las encerró en la casa, como decía otro de sus refranes preferidos, porque junto con la madre eran tres y le convencieron, con bastante dificultad, de que ese trato hoy en día lo prohibía hasta la sociedad protectora de animales. Aún así, habían de estar las hijas en casa como mucho a las diez y mejor a las nueve, ir siempre acompañadas y escuchar cada día varias veces lo de siempre:
- ¡Isabel, Aurorita, hijas mías, el respeto! No os digo más: ¡el respeto ante todo! ¡No lo olvidéis ni un momento, hijas mías! ¡El respeto, siempre! ¡El respeto! –afirmaciones que hacía gesticulando mucho, con los ojos casi fuera de las órbitas como si fuera a darle algo, y gritando de menos a más hasta el último respeto, que ya era como el bramido de un miura.
- Sí, papá, no lo olvidaremos.
- ¡Prometedlo!
- Sí, papá. Lo prometemos.
- ¡Juradlo!
- Sí, papá. Lo juramos.
- Bueno, pues ya sabéis, en casa antes de las diez y que no me digan que os han visto separadas y menos con chicos y menos aún por los parques oscuros y...
- Sí, papá. También lo prometemos.
Y las niñas se marchaban los sábados y domingos, que eran cuando les dejaban salir, con su respeto entre las piernas. A la vuelta, el interrogatorio del dónde y el cómo y el con quién y el a qué hora… se hacía pesadísimo, hasta que don Arturo se serenaba y se cercioraba de que el respeto seguía como siempre, en su sitio, calentito pero intacto. Como debía ser.
De la hija mayor, Isabel, se enamoró pronto un muchacho que, advertido enseguida de cómo se las gastaba el padre, ideó la manera de poder salir con la muchacha. El asunto no fue fácil pero, con paciencia, logró encontrar un amigo de su familia que lo era a su vez de don Arturo. Le persuadió, con esa pesadez pastueña de los enamorados, de que la muchacha le gustaba de veras y le rogó que hablara con su padre pues temía que, de enterarse, éste se presentara donde fuera y, con hija o sin hija delante, le midiera las costillas con algún garrote o le montase alguna zapatiesta pública y vergonzante. El amigo no estaba por la labor, pero la insistencia, obtusa y becerril, del muchacho enamorado terminó venciendo la reticencia del pobre hombre a ser él quien pusiera el cascabel a don Arturo. También el amigo temía que éste se encolerizase y terminase la cosa degenerando en un pifostio tan poco previsto como deseado. El caso es que finalmente prometió hablar por él ante el estricto padre. Pero también le dijo que no garantizaba ningún buen resultado.
Cuando el profesor don Tirso Satrústegui de la Mierla, catedrático del instituto local, le insinuó por primera vez a don Arturo la posibilidad de que un buen chico, serio y de buena familia, se interesara, con las más castas y rectas intenciones, por su Isabelita, a poco le da un parrús a don Arturo.
- ¿Pero qué me insinúa usted, don Tirso? Pero si mi Isabelita es una niña.
- No le hubiera molestado si no se tratara de un buen muchacho.
- Pero, ¿qué buen muchacho ni qué ovejita lucera? Si mi Isabelita lo que tiene que hacer es estudiar.
- No está reñido lo uno con lo otro, don Arturo y, además, su hija mayor cumplirá dentro del año los dieciocho, así que no veo yo una relación tan prematura.
- ¿Pero cómo relación, pero qué relación? ¿Pero qué me está usted proponiendo?
- No le propongo nada. Sólo quiero que piense que todo esto que le digo no deja de ser lo natural.
Poco más habló don Tirso con don Arturo en aquella ocasión. Pero insistió otras veces y otras más y, a fuerza de insistir, hizo bueno el refrán que dice que tanto lame el perro que a veces saca sangre. Con esto consiguió al fin que, el paladín del respeto, accediera a que los muchachos se vieran y se trataran en lugares públicos y conforme a la decencia y las más morales de las costumbres. Pero añadió también, el paladín, que advirtiera al de las rectas intenciones de que, como le pillara besando a su hija o, no lo permitiese Dios, la niña perdiera el respeto, lo mataba donde lo encontrara por éstas que son cruces.
Don Tirso informó al muchacho y la relación comenzó a funcionar en los términos que aparentemente se fijaron y en los que a Isabelita y Ricardo, que así se llamaba el chico, les petaba permitirse cuando no había delante ojos ajenos.
Con el paso de las semanas don Arturo estaba cada vez más airado, más mosqueado, más suspicaz, más endemoniado por la sola sospecha de que su hija querida, su joya, su tesoro, estuviera por ahí, como hacen todas, zorreando a sus espaldas con ese gilipollas al que no quería ni ver y cuyas rectas intenciones, bien sabía él, iban guiadas por los efluvios del coño de su hija. A él con historias, ni rectas intenciones ni cojones, ¡ni que se hubiera caído de un nido el día de antes! Estos se creen que yo me he criado debajo de un tomillo, pero, ¡ah rediós, como los pille…! ¡Dios quiera que no los pille, porque entonces los mato a los dos en el sitio!
- ¿Qué murmuras, Arturo? –le interrumpió doña Aurora, su mujer, rompiendo sus amargas elucubraciones.
- Nada, que esta chica mayor me tiene negro con el novio.
- A todos los hombres os pasa lo mismo con las hijas. Os ponéis celosos cuando se las llevan. Las mujeres, para eso, somos más sensatas…
- ¿Sensata tú? ¿Pero es que no te das cuenta? ¿Qué pinta nuestra hija con ese tío por ahí? ¿Qué sensatez es la tuya? ¿Y tú, te llamas sensata? Si me valiera…
- Tranquilízate, hombre, que vas conduciendo y nos vamos a matar. Lo que quiero decir es que nosotras comprendemos mejor el ciclo de la vida…
- Pero, qué ciclo ni qué cabecitas de hostias salteadas… qué puede que ese… que se la esté… mira no quiero ni pensarlo.
Era ya de noche y buscaban donde aparcar en la calle. Fue al pasar lentamente delante del portal de su casa, buscando sitio, cuando vio a los novios abrazados, besándose con pasión, dentro, en la acogedora penumbra del portal. Don Arturo frenó bruscamente en el centro de la calle, echó el freno de mano, salió del coche imprecando al cielo, dejó la puerta abierta, las luces encendidas, el motor en marcha y se lanzó hacia la puerta del portal con el trapío de un vitorino citado de largo por José Tomás.
- Lo sabía, si es que lo sabía…
- Sujétate, Arturo, que es tu hija…
- Se van a enterar… los rajo…
- Mira a ver lo que haces, que cuando pierdes la cabeza no eres tú…
Pero ya era tarde don Arturo irrumpió en el portal a pecho muerto. Espumeando por la boca, se lanzó sobre la pareja que, sorprendida, no tuvo tiempo de reaccionar. Le agarró a él por el cuello y, mientras la aterrorizada chica comenzaba a chillar, parecía que lo iba a ahogar.
- Hijo de puta, te tengo que matar…
El muchacho sorprendido recibió a continuación un puñetazo en la mejilla que le hizo caer al suelo. La chica no paraba de gritar.
- Cállate, so puta, que en cuanto acabe con éste cabrón te va a tocar a ti…
Fue en ese momento cuando la sofocada doña Aurora acertó a entrar en el portal y, ganando a tientas el temporizador de la luz, lo pulsó y ésta se hizo. Y con la luz, don Arturo se puso rojo como la grana, de la barbilla hasta la cocorota de la calva. Era la vecina del tercero, con el novio, la que estaba de tierna y amorosa despedida. Las disculpas que salieron por su boca, las cortesías, las reverencias, el no saber qué hacerse, el limpiarle con un pañuelo la cara al agredido, el llamarle hijo mío pidiéndole perdón…hacían parecer a don Arturo lo que era, un tipo ridículo. Además, todo ello aderezado por los muchos bocinazos y pitidos que ya daban en la calle los varios coches detenidos y las risas histéricas, imposibles de sofocar de doña Aurora que, sentada en la escalera, se ahogaba entre sus propias carcajadas y las lágrimas que éstas le provocaban.
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03 junio 2009

Lola


Era un viernes por la tarde. Hacía bastante calor, un calor que pedía desidia, y era la hora de la siesta por lo que el hall estaba desierto. Fue entonces cuando entró aquella mujer con decisión. Lázaro jamás la había visto, pero ella, como si conociera el hotel, avanzaba desenvuelta desde la puerta, mirando al frente y sin extrañar nada. Por su apariencia no era la cliente tipo, todo lo contrario. Nada que ver con aquellas turistas rubicundas vestidas de cualquier manera o con bikinis chabacanos o con ropa chocante que los mirados y los cursis llaman, muchos aviesamente, desenfadada. Vestía una falda negra hasta justo debajo de la rodilla, con dos rajas discretas a los lados para facilitarle el caminar; y una blusa de raso, blanco marfil, con un inusual escote en pico, ni exagerado, ni pacato, sin esas horribles trasparencias que evidencian el sujetador o su ausencia. Erguida y elástica de movimientos, calzaba unos zapatos de tacón que realzaban sus piernas torneadas y le daban prestancia. Más que alta era esbelta y muy proporcionada, además, sabía moverse con una elegancia felina y discreta. Aparentaba no mucho más de treinta años. Tenía el pelo y los ojos muy negros, casi azabache, y la piel muy blanca, los labios carnosos y pintados de rojo. Por lo demás, no iba demasiado maquillada. El cabello lo tenía corto, espeso y muy rizado. Y, a Lázaro, ante su belleza inusual e inesperada se le subió un rubor tan inoportuno como intenso sólo de contemplarla. Era de las mujeres que no se olvidan. Aquellos ojos, oscuros y brillantes, y el rostro enmarcado por el rizado pelo negro parecían irradiar una luz que el muchacho no había visto nunca y que le mantenía impresionado. Temía que, si se dirigía a él, fuera incapaz de contestarle por el azoramiento que de arriba a abajo le tenía paralizado por fuera y convulso por dentro.
- Hola, Lola, ¿qué tal viaje has tenido?
El amable tono en el que Joan se dirigió a la desconocida le sacó de su ensimismamiento a la par que le libró de atender, nervioso aún más por su rubor, a la desconocida. Ésta pasó por delante de su mostrador secundario sin mirarle y entró tras el mostrador de recepción para saludar a Joan con dos besos.
- Bien, Joan, hoy no venía excesivamente lleno el coche de línea pues desde Barcelona han salido varios en esta dirección y me ha tocado el último, con pocos pasajeros.
- ¿Dónde está Mauri?
- Supongo que estará supervisando el comedor. Pasa, seguro que lo encuentras en sus dominios.
- Hasta luego, Joan.
- En la cena o a la noche nos veremos –dijo Joan amablemente.
Joan miró a Lázaro. Éste, embobado, no podía apartar la vista de la silueta de aquella mujer que se alejaba, en dirección al restaurante, dejando tras de sí un halo tenue de perfume caro.
- ¿Qué te parece la dona?
Lázaro, reportándose, primero cerró la boca, luego miró a Joan y con una voz extraña balbuceó con unción verdadera.
- Creo que no he visto una mujer más guapa en mi vida.
- ¿Y eh que sí? Pues ahí la tienes, a ver a Maurici. Suele venir a verle de vez en cuando y ya se pasa aquí el fin de semana.
- No me imaginaba que el señor Maurici tuviera una hija así.
- Cuidado, Lázaro, no es su hija. Es su mujer. No vayas a meter la pata.
- ¿Pero…?
- Sí ya sé que te sorprende, pero Maurici no es tan viejo como parece ni Lola tan joven como aparenta, aunque efectivamente se llevan unos años y se nota.
Lázaro quedó impresionado por la revelación. El señor Maurici era un hombre que aparentaba más de cincuenta años. Extremadamente serio, impecable siempre, sumamente educado y muy callado, se daba un aire a los artístas de Hollywood de los años veinte. Esos que salían de frac en las películas mudas. Siempre impoluto con su traje negro de solapas brillantes y su pajarita negra sobre la tersa camisa blanca. Era un hombre de interiores. Parecía el señor Maurici un ser que desde los principios de los tiempos hubiera habitado en el hotel, que no saliera jamás de él y al que incluso la luz del sol molestara. Pálido, casi verdoso, con grandes arrugas marcadas a los lados de los labios, era una hombre taciturno, triste, al que Lázaro no había visto nunca sonreir.
La familia de Joan tenía una especial relación con el señor Maurici y con su mujer Lola y, los fines de semana que ésta venía, era aceptada como si fuera una más de la familia. Lázaro se dio cuenta enseguida. Por otro lado, Lola, como su marido tenía trabajo siempre, solía levantarse tarde, acercarse a la playa y venir a tomar el vermú al hotel antes de comer con los jefes. Durante el día apenas podía estar con su marido, ocupado siempre en sus tareas, y, por lo tanto, solamente pasaba con él las horas de intimidad nocturna en la habitación. A Lázaro, con una visión tan provinciana de la vida, aquella pareja, más que llamarle la atención, le deslumbraba y le intrigaba. Y, eso sí, cada vez que se cruzaba con la Lola, como la llamaban los catalanes, a sus esquemas anteriores sobre lo bella que podía llegar a ser una mujer se les caían todas las guías.
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29 mayo 2009

Los santos inocentes


- ¿Y cómo sabías tú que en esta zona había setas?
- Papo, pues porque esto está en lo de Pinilla y yo trabajé, hace muchos años, en la finca. ¡Pues no he sudao yo por estas cuestas! ¿No te lo había dicho? ¡Anda que no las pasé putas entonces!
- Pero, ¿todo esto era una finca?
- En tiempos sí, una sola.
- Y, por estas laderas, ¿qué se hacía? ¿Andabas de pastor?
- ¡Huy de pastor, qué más hubiese querido! Esto ya no se labra desde hace años, pero entonces las labrábamos con bueyes y, cuando llegaba su tiempo, las segábamos a golpe de hoz sobre zoqueta. Luego había que acarrear hasta la finca en mulas, porque por este terreno no andan los carros, y preparar la trilla en la era que había en la parte de atrás de la casa grande.
- ¿Y todo lo hacíais con animales?
- Sí, con bueyes medio bravos, burros enteros y mulas medio falsas, más malatas que malatas, ¡me cago en diole!
-¿Cómo que con bueyes medio bravos?
- O sea, ¿cómo te diría yo?, era que los hacíamos malos nosotros.
-¿Pero cómo, Colás, qué me estás contando, hombre?
- Papo, pues pegándoles y pinchándoles, metiéndoles aliagas entre las patas de atrás o prendiéndoselas debajo. Para que se volvieran bravos y cogieran malos instintos y poder divertirnos con ellos toreándoles.
- Pero, ¿cómo erais tan salvajes? ¿Y, de veras, se volvían bravos?
- Bravos no sé, pero rencorosos del todo, que en cuánto podían iban a ver si te cazaban y había que estar con ellos con cien ojos.
- Y, luego, ¿con esos animales teníais que labrar?
- Pues sí, ya ves tú, ¡qué conocimiento!
- Y, el dueño, ¿sabía que les hacíais de todo a los animales?
- ¡Huy, el amo!, si nos llega a pillar haciéndoles a los bueyes esas herejías nos esbrea las costillas a trallazos. ¡Menudo era! ¡Antes quería que te jodieras tú que ver mohino o con cólico a algún animal de la finca!
- ¿Y quién era el amo?
- Un inglés.
- ¿Vivía en la finca?
- Quia. Pero venía tres o cuatro veces al año y había que tenerle todo más limpio que el copón y bajar corriendo a la casa de la finca tan pronto como llegara, sin excusa ninguna y estuvieras donde estuvieras.
- ¿Bajar a la casa en cuanto llegara?
- Sí, así nos lo tenían mandado.
- ¿A qué, a saludarle?
- No, a besarle la mano.
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28 mayo 2009

Gente buena


Cierta vez, estando yo recién casado y andando a la cuarta pregunta, el coche que tenía se negó a arrancar. Y, como es cierto el refrán que dice que a perro flaco todo se le vuelven pulgas, el hecho se produjo a finales de mes. No podía llamar a un mecánico y menos a una grúa, ni mi modesto seguro obligatorio cubría cosa tal. Así que llamé a un amigo que por entonces trabajaba en una conocida empresa montando carburadores. Lo hice casi a la desesperada, por si acaso se daba la casualidad remota de que la avería de mi gastado utilitario a tal ingenio se debiera. El hombre vino y, pacientemente, comprobó el carburador del coche. Enseguida me desengañó y me dijo que la cosa nada tenía que ver con el tal aparato. Disimulando como pude, mi total falta de blanca, le di las gracias y le dije, fingiendo indiferencia, que no se preocupara que, de momento, el coche estaba aparcado en frente de casa y que, como no iba a salir ese fin de semana, no estaba mal allí. Extrañado mi amigo, algo más mayor y mucho más baqueteado por la vida, de que no llamara a un mecánico, me dijo en directo:
- ¿Qué pasa?, lo mismo es que no tienes un duro.
- No, no es eso, –pretexté- es que como no vamos a ir a ningún lado este fin de semana, ya llamaré al mecánico la semana que viene.
- Claro, cuando cobres –dijo sin pestañear.
- Pues sí, para que te voy a engañar –me sinceré finalmente.
Así quedó la cosa. Lo dejamos y cada uno se marchó a su casa.
Al rato mi amigo llamaba a mi puerta. Había buscado un mecánico conocido suyo por su cuenta. En la misma mañana todo quedó arreglado a sus expensas. A la tarde, cuando estaba comentando con mi mujer el detalle, volvió a sonar el timbre de la puerta. Era mi amigo nuevamente, esta vez con una bandeja de pasteles en una mano y en la otra un billete de mil pesetas para que saliéramos por ahí el fin de semana.
Han pasado los años. Creo que nunca he podido hacerle un favor tan bonito. Pero también confío en que él sabe lo mucho que le aprecio y que puede contar conmigo.
Por vivir cada día con lo suyo encima a nadie le ponen una calle, ni le dedican una plaza, ni colocan una placa en la puerta de su casa que diga: Al insigne vecino menganito que vivió con dignidad, amó a los suyos y fue solidario con su prójimo. Sin embargo, por suerte como digo, he conocido a algunos, tal vez, con más valores de los que a tantos homenajeados se les suponen. Ninguno de éstos es, por cierto, político, ni periodista ilustre, ni artista, ni empresario, ni mecenas de actividad alguna, ni siquiera miembro de una ONG, ni van de nada por la vida. De gente normal hablo. De buena gente.
Por esos golpes que, pese a la dedicación y los esfuerzos, la vida nos tiene preparados al doblar de cualquier día, mi amigo pasa hoy por momentos amargos. Ojalá pudiera yo ayudarle. Ojalá su problema fuera material. Espero que el tiempo obre en su favor y también el cariño de esa familia que ha sabido mantener feliz y unida. Por mi parte, desde este modesto blog, solo puedo dedicarle mi sencillo homenaje por la trayectoria de su vida, solidarizarme con su actual sufrimiento y ofrecerle mi amistad y mi apoyo para lo que necesite. De gente normal hablo. De gente buena.
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20 mayo 2009

Machado el pordiosero


El señor Machado solía ponerse a pedir en la puerta de San Ginés. Lo hacía de rodillas e, incluso a veces, con los brazos en cruz y la mirada perdida. Su exagerada puesta en escena, más propia de épocas pretéritas y olvidadas de la actividad mendicante, contrastaba con las figuras de plástico de dinosaurios de varios tamaños que el mendigo colocaba delicadamente delante de sus rodillas, sobre un pañito. Y también contrastaba con un gesto de sonrisa perenne, casi como de éxtasis contemplativo, que mantenía cuando hablaba solo o cuando hacía que rezaba o, quién sabe, rezaba verdaderamente.
Los niños, invariablemente, se paraban ante él y, con ellos, los mayores que, a la amabilidad del pedigüeño con los pequeños, solían corresponder con el euro o el medio euro. Los niños, que ya se habían hecho a él, cuando llegaban a la Plaza de los Jardinillos corrían buscándole con un trotecillo alegre y una cierta familiaridad. Machado, arrodillado entre aquellas fieras prehistóricas, dejaba entonces de mirar al frente o a los cielos y salía de su tránsito para dirigirles su afable sonrisa y hacerles enseguida mil carantoñas.

- ¿Cuántos dinosaurios tienes, Machado?
- Pues ahora tengo cinco, pero voy a quitar dos porque es mucho gasto. Aparte del peligro, claro.
Cuando por las noches el señor Machado iba cayéndose, borracho, por las calles oscuras y estrechas menos transitadas, sus conocidos le decían:
- Pero, hombre, señor Machado, ¿no le daría a usted vergüenza que sus clientitos buenos, esos del euro, le viesen así, en este estado?
- Pues no. Porque ellos son ya mayores y, ellos mismos, aunque pudientes, debieran comprender bien lo triste que es mi vida -respondía Machado con la boca pastosa pero con mucha propiedad.
- Pero, ¿qué me dice de los niños?
- Ahí sí. Eso es verdad. Por ellos me daría vergüenza. Pero, como a estas horas, están acostados… Pero sí, lleva usted razón, ahora mismo me recojo.
Y, como podía, el señor Machado desaparecía con paso vacilante y apoyándose en las paredes, hasta que se perdía en la oscuridad del barrio viejo en busca de acomodo entre sus dinosaurios.
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19 mayo 2009

La alegre inauguración


Hace bastantes años, unos treinta, que para una persona ya son muchos, con los primeros ayuntamientos democráticos vinieron, por primera vez en lustros, las inauguraciones de los nuevos parques y jardines de mi ciudad. Eran los primeros que se hacían en muchos años. Se les hubo de arañar a las inmobiliarias de entonces los terrenos. Era una victoria del pueblo. Así nos lo presentaban. Eran aquéllas las mismas inmobiliarias que dejaron tantas zonas de la ciudad sembradas de torres de diez o doce pisos y calles raquíticas y estrechas. Mal ahora, pero entonces hubo tal salvajismo urbanístico que muchas ciudades quedaron sentenciadas a la fealdad para siempre.
Ha caído en mis manos, casualmente, algo que escribí por entonces tras la inauguración de uno de estos parques y el discurso del alcalde demócrata, el primero en muchos años. Lo reproduzco íntegramente para no traicionar mis propios recuerdos:

¡Ciudadanos de Guara! (¡Qué alegría!)
En este lugar… (¡Viva, viva!)
En que en otro tiempo… (¡Eso, eso!)
Especuló el poderoso… (¡A ver, a ver!)
Hoy el pueblo… (¡Nosotros, nosotros!)
Disfruta jardines, (¡Bien, bien!)
Inhala aire puro (¡De pino, de pino!)
Y se pasea orgulloso (¡Y cómo, y cómo!)
En desafiante reto (¿A qué, a qué?)
Hacia los tiempos pasados… (¡Ah, ah!)
De inmovilismo forzoso. (¡Bravo, bravo!)

Todos los presentes, menos algunos algo vergonzosos, iniciaron un clamoroso aplauso a las palabras tan acertadas del alcalde. Unos mano contra mano; otros, más prácticos y atentos al civismo recién estrenado, contra moflete infantil, pues algunas de las criaturitas presentes arrancaban las nuevas flores, o las matas verdosas del pelo del césped o, simplemente, cansados, pateaban las espinillas de sus cívicos progenitores aprovechando la expectación que, en los mayores, producía la incisiva oratoria del munícipe.
En ese momento, los músicos, intentado paliar de algún modo el jaleo y los berridos infantiles, iniciaron con brío los acordes del himno nacional.
Tras el tachín-tachán final, el alcalde hizo un gesto ampuloso antes los micrófonos. Éstos, abstraídos por el final del himno y la finta inesperada del edil, no obedecieron y, solamente, tras un imperioso capón al más desafiante, soltaron un silbido agudo de protesta.
El personal, haciéndose cargo de la deficiencia tecnológica del país, asumió el silbido con algarabía, dando por sentado que la inauguración había terminado y considerando el mudo gesto del alcalde como un discreto corte de mangas al citado inmovilismo forzoso.
La multitud se puso en movimiento y el alcalde, siempre observador, lanzó dos o tres vivas antes de que fuese demasiado tarde. Sólo unos cuantos niños, atentos esta vez, le respondieron animosamente, antes de que sus ancestros más directos les arrastraran hacia los puestos gratuitos de limonada municipal.
La fiesta acabó. Formó la banda municipal y se alejó en silencio pues los instrumentos de viento se habían erosionado terriblemente y las brillantes membranas de los tambores estaban flácidas y llenas de cardenales.

16 mayo 2009

Lenguaje


He recibido, de alguien con buena cabeza, este apunte sobre gramática que no me resisto a incluir en el blog por lo mucho que me ha gustado. En él se pone en evidencia a dónde nos llevan los políticos, los cursis y, también, esta especie de apoyo a la ignorancia que emana del poder y, por supuesto, de tanto snob como trabaja en los medios de comunicación y que, en lugar de utilizar su influencia y su medio para corregir errores, utilizan ambas cosas para divulgarlos. El artículo es el siguiente, espero que os guste y que, como a mí, os haga recapacitar sobre el seguidismo que a veces hacemos a la falta de fundamento y de substancia:

“¿PRESIDENTE o PRESIDENTA?
En español existen los participios activos como derivados de los tiempos verbales. El participio activo del verbo atacar, es atacante; el de salir, es saliente; el de cantar, es cantante; el de existir, existente.
¿Cuál es el participio activo del verbo ser? El participio activo del verbo ser, es 'el ente'. ¿Qué es el ente?
Quiere decir que tiene...entidad. Por ese motivo, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se le agrega al final '-nte'. Por lo tanto, a la persona que preside, se le dice presidente, no presidenta, independientemente del sexo que esa persona tenga.
Se dice capilla ardiente, no ardienta; se dice estudiante, no estudianta; se dice paciente, no pacienta; se dice dirigente y no dirigenta.
Se ha puesto de moda el mal uso del lenguaje no sólo por motivos ideológicos y estupidez de nuestros gobernantes, sino por ignorancia de la gramática de la lengua española. Pasemos el mensaje a todos nuestros conocidos con la esperanza de que el mismo llegue finalmente a todos y cuidemos un poco de nuestra gramática.
El que mandó esto frustró a un grupo de hombres que se había juntado en defensa del género; ya habían firmado:
el dentisto, el poeto, el sindicalisto, el pediatro, el pianisto, el turisto, el taxisto, el artisto, el periodisto, el violinisto, el telefonisto, el gasisto, el trompetisto, el techisto, el maquinisto, el electricisto, el astronauto, el atleto, el ciclisto, el guitarristo, el psiquiatro, el futbolisto, el alpinisto, el oculisto... y el policío del esquino... y, sobre todos... ¡el machisto!”

13 mayo 2009

Los melones


Apenas había comenzado el verano. Iba dando un paseo aprovechando el fresco de la mañana. Le vi de lejos. Era inconfundible, aunque ya se le notase algo encorvado y torcido hacia un lado. Necesitaba garrota, pero seguía andando con ganas, aunque le costaba el hacerlo y lo hacía a trompicones, como a impulsos.
Hay que ver, el que tuvo retuvo, pensé para mí. Noté, según se acercaba, que si no le llamaba la atención no me iba a distinguir. Pensé en cómo pasa el tiempo y cómo aquel zorro sobre dos patas, que localizaba la liebre encamada entre los terrones por el tenue vaho que soltaba en las heladas de enero, era posible que ahora pasara junto a mí sin conocerme. Me pareció también que la mente, que no envejece como el resto del cuerpo, nos engaña siempre con la ilusión de que seguimos siendo quienes fuimos. Y me di cuenta de que, ilusoriamente, estaba viendo lo que pasó hace más de treinta años como un recuerdo de hace unos pocos meses. Me asombré de la sarta de imágenes distorsionadas que me pasaron por la cabeza en unos segundos.
Decididamente la mente actúa siempre a nuestro favor, es partidaria nuestra, casi como un amigo, o mejor, como si fuera nuestra madre y siempre, e invariablemente, nos encontrara bien, sanos y fuertes. Son los demás los que nos ven y nos miden y se dan cuenta de cómo somos realmente, de cómo estamos. Nosotros, testigos a nuestra vez de los demás, no lo somos para el caso propio. Vernos cada día en el espejo nos impide ver nuestros cambios. Los demás y, sobre todo, los que no nos han visto en años son quienes nos ven como realmente estamos.
Ya lo tengo casi encima. Por un par de segundos estoy por no decirle nada y dejarle pasar. Hay veces que te da pena parar a las personas y preguntarles y, sin mala intención, si no te ven, las dejas pasar. Luego pensé en qué es lo que me dolería más, no saludarle o que él se diese cuenta de que no le quise saludar. Y ya lo tuve claro.
- ¡Me pegue usté si tie clase, mi sargento! –le imité, recordando algún episodio de su vida que él, con seguridad, no habría olvidado.
Se para en seco, se gira y se fija en mi bulto. No duda.
- Papo, Sarvi.
- ¿Cómo estás, Colás?
- Pues chico, mal, pero acostumbrao. Cada día veo menos. Si no me llegas a llamar la atención no te había conocido. Pero bueno, nunca peor. La que anda jodiamente es la andaluza. Ya sabes, con eso que tiene de que el corazón lo tiene grande y se lo oprime la caja del pecho… Sí, no anda bien.
- Ya.
- Por cierto, que el otro día me alcordé de ti. Sí.
- ¿Y eso?
- Pues na, que tengo en el pueblo una hermosura de melones que no veas. ¡Cómo han salido este año! Eso es miel pura. No sale calabacero ni uno, ¡coño, los ties que probar, y ya me dirás! No veas cosa mejor. Sí.
- Bueno, hombre. Pues que te aprovechen. No sabía yo que andabas ahora, a tus años, tan ocupado con la agricultura.
- Mia, si ya no valgo. Lo más que hago es poner cuatro patatas en el huerto, dos surcos de tomates y, luego ya este año que, como te digo, el resto lo puse de melones. Y, no veas cómo han salido. Increíble, de verdá te lo digo. Sí.
- Bueno, hombre, me alegro. ¿Y por qué te acordaste de mí?
- Papo, a poco se me olvida. Pues porque ya sabes como son mis chicas. Tanto la una como la otra. Les dije de subir con su coche, para bajarnos los melones en unos cuantos viajes, y no veas cómo se pusieron conmigo. Que si ellas no enguarran sus coches, que si sus coches no son pa esos trajines, que si no las voy a tener que subo y que bajo… ya sabes, Sarvi, como es la gente joven… Y sí, entonces fue cuando me alcordé de ti. Papo, pero si el Sarvi tiene una furgoneta. Porque, ¿la tienes aún, no? Y me dije que, si no te viniera mal, en un solo viaje nos bajábamos to la cosecha de melones… Pero, claro, como ya no nos vemos tanto como antes, me dije: ¿Y cuándo le pillo yo a éste? Hasta que zas, de manos a boca, me topo hoy contigo. ¿Qué me dices?
- Bueno, hombre, dame unos días para que quite los trastos de la furgoneta y que ponga cuatro trapos para que no se ensucie y, si quieres, el domingo de la semana que viene voy a buscarte a tu casa y nos subimos a por ellos.
- Muchas gracias, hombre, no te pesará. Lo único es que tendremos que subir bien temprano. En cuanto amanezca casi, porque ese día viene la hermana de la andaluza y tengo que estar a escape en casa.
- Como quieras. No será la primera vez que madruguemos juntos –dije, pensando que tal vez sí que pudiera ser la última.
- Ya lo creo, tú también te alcuerdas, ¿eh? Pero bueno, a lo que estamos. En eso quedamos.
- Vale, ya te llamo yo un par de días antes. Y, si acaso se me pasa, me llamas tú que todavía vengo en la guía.
- Muchas gracias, Sarvi. No sabes cuanto te lo agradezgo.
Me voy pensando que este hombre no para. Mira que tener aún energías para sembrar un huerto. Pienso también que si sus hijas, las dos ya casadas, le hicieran caso, con lo cencerro que es, las tendría liadas todos los días. Bueno, echaré una mañana ayudándole, seguro que me cuenta alguna historia. Pienso luego que ya es difícil que me cuente alguna nueva, porque sus andanzas me son del todo conocidas. En todo caso pasaremos un buen rato.
Una mañana al cabo de unos días, estando a punto de llamar al Colás, topé por casualidad con un amigo de su pueblo.
- ¡Hombre, Luis, qué es de tu vida!
- Pues como siempre, solo que ahora ando trabajando en Azuqueca. Como ya no subes por el pueblo, no nos vemos. Súbete algún domingo, todavía mantengo la bodega.
- Pues casualmente voy a subir este domingo, pero no voy a tener tiempo.
- ¿Y eso?
- Porque subo un momento solamente. Voy con el Colás, a recoger con la furgoneta los melones de su huerto para bajarlos a su casa, a Guadalajara.
- ¿Los melones del Colás? ¿Del Heradio dices, el primo del Quevedo y del Chindi?
- Claro, hombre, el Colás, el de toda la vida.
- ¡Pero si el Colás no tiene huerto!
- ¡No me jodas!
Hablé con Luis de cuatro cosas intrascendentes. En cuanto nos despedimos llegué a la conclusión de siempre: no cambia este cabrón. Igual que cuando se quedó con el hurón que le dejaron diciendo que lo había perdido, igual que con la perra, igual que cuando me metió a cazar en lo de la marquesa jurándome por sus hijas que estaba libre, igual que cuando decía que era mejor ir a lo libre atravesando cotos por caminos para, luego, tirar desde el coche a las perdices, igual que las tantas veces que habíamos tenido que salir por patas…
Y lo peor de todo es que luego se descojonaba:
- Pero, ¡cómo podéis ser tan gelipollas los que habéis estudiao! ¡Ay, madre mía, qué penita tan grande, no tenemos na en casa con este hijo!
No le llamé. Él tampoco. Seguro que se figuró que me había enterado. Jamás me ha vuelto a hablar de los melones. Seguro que, si un día le pregunto, me lo niega. Raza. Sí.

12 mayo 2009

Los recepcionistas


Cuando Lázaro llegó a la recepción aquella mañana ordenó todo y enseguida se puso a contestar a los clientes que llamaban a la centralita, apenas se despertaban, pidiendo el desayuno en la habitación. Lo hacía habitualmente. A los veinte minutos llegó Joan. Llegaba bien vestido y pulcro, como siempre, adormilado y lento, pero recién duchado como siempre, aturdido aún por la juerga y los excesos de la noche anterior y con los ojos irritados por el alcohol y con el paso cansino, titubeante y perezoso, como siempre en las mañanas de resaca, que eran casi todas. Se sentó en la silla giratoria de detrás del mostrador de recepción y dijo:
- Lázaro… -y añadió sin fuerzas, como desmadejado- Buenos días, hombre –y después largó un interminable bostezo sin pudor alguno.
- Buenos días, Joan.
Lázaro conocía ya la rutina de todas las mañanas. Se acercó al asiento de Joan, tomó el gotero de colirio que estaba bajo el mostrador de recepción y, como siempre, le puso un par de gotas de disolución en cada ojo después de que Joan, con el mismo gesto de todas las mañanas, echara maquinalmente la cabeza hacia atrás.
- ¡Uf!, qué descanso.
- ¿Mejor?
- Estoy muerto, apenas hace dos horas que me he acostado.
- Lo creo –contestó Lázaro dejando patente que, su aspecto, no dejaba lugar a dudas.
Joan tenía veinticinco años y era guapo, aunque estaba un poco, bueno, algo más que un poco, gordo. No había sido buen estudiante. El señor Agustí, desde que Joan valió, lo puso a trabajar en el hotel. A Joan el negocio le gustaba. Había recorrido todas las escalas del trabajo que se ofrecía en la casa, empezando por abajo. Fue primeramente pinche de cocina con el chef Reina, toda una prueba. Había trabajado en la limpieza ayudando a su madre y a su hermana. En el abastecimiento con el señor Agustí, su padre. Más tarde, de botones y, cuando ya se hubo curtido un poco en el trato con la gente, su padre, para ver si valía, le puso en la recepción. Durante los inviernos le había hecho viajar y estudiar idiomas, para lo que Joan, a pesar de su poca afición al estudio, mostró muy buena disposición. Al fin encontró en el hotel el trabajo adecuado, su puesto: recepcionista. Joan era una persona simpática, expansiva, muy amable y sociable y, con su dominio del alemán y del francés, no le faltaban ocasiones para lucirse ante los clientes y proporcionarles todo cuando desearan, aparte de darles conversación, cosa que, por intrascendente que parezca, era cualidad imprescindible y meritoria en un recepcionista que se preciara. Lógicamente, tampoco le faltaban recursos para salir con aquellas chicas alegres y desinhibidas que frecuentaban el hotel continuamente y como, por otro lado, la edad le acompañaba y el dinero no le faltaba, adquirió Joan esa costumbre tan asequible para él, por otra parte.
Esa era la causa principal de sus dolorosas llegadas matutinas al trabajo: las noches en blanco con sus amistades femeninas.
A Joan le caía Lázaro muy bien y, por su poca diferencia de edad, ambos enseguida congeniaron y se tuvieron ley. Si Lázaro se metía en algún apuro, allí estaba Joan para resolverlo con su simpatía y su don de lenguas. Si Joan se ausentaba de la recepción, por alguna indisposición transitoria derivada de sus devaneos nocturnos, ahí estaba Lázaro para hacer que su falta no se notara y para cubrirle las espaldas ante el señor Agustí o cualquiera de los otros jefes que indagaran por su falta.
- Tú siempre estás como nuevo, Lázaro.
- Es que yo no puedo estar por ahí todas las noches como tú. Así que, como hay que madrugar, me acuesto a las doce o poco más. Puede decirse que estoy así por imperativo laboral –bromeaba Lázaro.
- Venga, va. Vente esta noche. Pago yo. Que me hace duelo que lleves tanto tiempo sin salir. ¿Es que no piensas más que en trabajar?
- No, no puedes estar pagando cada día y yo no me puedo permitir llevar tu vida y, mucho menos, acostumbrarme. ¡Coño, Joan!, que soy el conserje y no el hijo del jefe.
- Qué estricto eres, hombre. Yo había pensado en llevarnos a cenar al Dorado a Anne y Katia y a la vuelta parar por ahí en alguna calita…
- Haz el favor de no tentarme, que yo he venido a lo que vine, Joan.
- Vale tío, pero, en el mientras tanto, te podías llevar algo por delante. Tú te lo pierdes, por gilipollas.

A eso de las diez de la mañana solía llegar Artur a la recepción. Entonces Joan, apenas su cuñado llegaba, se iba a desayunar al bar. Enseguida notó Lázaro que Joan y Artur mantenían alguna distancia, pese a su aparente familiaridad. Ambos guardaban las formas, pero Lázaro no podía entender que Joan tuviera más familiaridad y confianzas con él que con su cuñado. Julia, la hermana de Joan, era mayor que él y su marido, Artur, andaría por los treinta y pico. Cuando Artur ocupaba el puesto de Joan en recepción, Lázaro ya no se permitía ninguna broma ni confianza y, menos aún, el compadreo que, con Joan, solía tener. Estando Artur presente, aquello era otra cosa.
Un día, el señor Agustí, al que de vez en cuando le gustaba conversar con Lázaro, le dijo orgullosamente que su yerno era un gran fotógrafo y que gran parte de las postales que se vendían en Canut de Mar eran suyas y que con eso, aunque no lo pareciera, tenía un negocio saneado paralelo a su trabajo. Pero, por otro lado, Estanis, el veterano jefe de barra, le contó otro día, tomando una cerveza, que el Artur había engatusado a la Julia y que, de ser un mindundi que andaba por ahí haciendo fotos a los extranjeros y trapicheos varios, había pasado a ser uno de los copropietarios del hotel por eso que se conocía vulgarmente en la Península Ibérica como el derecho de bragueta, o sea, el braguetazo. Lázaro, al paso de las semanas y entre unas cosas y otras, se fue haciendo una idea del asunto.
Artur, rara vez se dirigía a él. Prácticamente sólo lo hacía algunas pocas veces para decirle:
- Lázaro, tengo que dejarte solo en recepción. Si hay algún problema o si mi mujer pregunta por mí, estoy en la habitación 205. Sólo tienes que meter la clavija en ese número y darle un par de vueltas a la manivela del teléfono. Estaré aquí enseguida, pero que quede entre nosotros.
- Sí, señor.
Al principio Lázaro pensaba que Artur se ausentaba por algunas obligaciones ligadas a su trabajo de recepcionista. Mas, por un lado, al ser sus ausencias siempre visitas a las habitaciones y, por otro, al ver la cara que se le ponía a la señora Julia cada vez que no localizaba a su marido, Lázaro empezó a tenerlo claro. Además, la inusitada celeridad con que Artur se presentaba después de sus avisos telefónicos, no hizo más que confirmarle que Artur, además de cuidar el huerto al que estaba ligado por el derecho catalán, ponía prestancia en el cuidado de cuantos otros se presentaban, fueran de quien fueran, con encomiable dedicación, entusiasmo y cuidado.
Y Lázaro, en lo referente a este asunto, se juró discreción. Sin embargo, se percató de tres cosas: que los suegros de Artur nada sospechaban y, por el contrario, tenían a su yerno en la más alta consideración y estima; que su mujer, la señora Julia, estaba muy mosca y recelosa con él siempre; y que Joan lo tenía todo tan claro como él, pero callaba porque no quería disgustar a su hermana con semejante rasgón en el alma, ni a sus padres con una decepción tan dolorosa como inesperada.
Enseguida llegó a la conclusión de que por eso Joan no tragaba al tal Artur de ninguna manera, ni por la cornamenta perenne que a su hermana le tenía puesta, ni por su afán en renovársela cada vez que la ocasión se lo permitía.
Sin embargo, era tal la naturaleza, el cinismo y la taimada forma de ser que Artur tenía que, simplemente por su condición de hombres, pesaba que Joan y Lázaro debían ser cómplices forzosos de sus devaneos. Y así no se sentía con ellos obligado a disimulo alguno, antes bien, les consideraba comprometidos a guardarle las espaldas en sus constantes traiciones a Julia. Y eso a Joan hacía que se le llevaran los demonios.
No era esto ningún secreto compartido entre Joan y Lázaro pero ambos sabían que lo sabía el otro y también que, en el hotel, nadie más estaba al tanto de tales asuntos. La única persona torturada y perseguida permanentemente por las sospechas era Julia, a la que daba pena el engañar tantas veces cuando, desasosegada, indagaba por los pasillos del hotel las desapariciones fortuitas e inesperadas de su marido. La verdad podía ser como una bomba que, al estallar, les alcanzase a todos y así, cada uno por sus motivos, la evitaba.

08 mayo 2009

¡Dices tú de setas!


Iba cogiendo setas. No había muchas. Pero el Colás me mosqueaba porque se agachaba tres o cuatro veces más que yo.
- Joder, qué vista tienes, Colás
- Qué hay que estar a lo que se está, qué vete tú a saber lo que irás tú pensando, qué estás en una edad muy mala.
- ¡Qué coño voy a pensar! En coger setas. Pero yo llevo cuatro de ellas y tú medio talego. A ver si me dices cómo te las arreglas.
Al cabo de un rato dice el Colás:
- ¿Echamos un pajandini?
- Todavía no sabes que me quité del tabaco.
- Anda, ¡no jodas!, pero hará poco.
- Igual más de diez años.
- Pero, ¿qué dices tú? ¿A ver si me la vas a zampar ahora, pero bien gorda?
- Que sí, hombre, que ya los ha hecho.
- Pero si la última vez que fuimos a cazar a lo de Yebes nos echábamos un pajandini cada tres por dos.
- Pero, Colás, ¿y cuántos años lleva ya Yebes acotado?
- Coño, pues es verdá.
Aproveché para echar una ojeada al interior del talego del Colás. Y setas llevar, llevaba, pero de cardo las menos.
- Pero, Colás, qué me ibas mosqueando y resulta que tú coges to lo que pillas, macho.
- Anda, ahí las vas a dejar.
- Pero, Colás, ¡qué te vas a envenenar, gilipollas!
- Buah, ¡dices tú de setas!, tú qué sabes, cuando la guerra nos comíamos to, las setas revueltas con huevos de burraca y de graja y frito to con sebo, y tú qué sabes lo rico que nos sabía todo.
- ¡Venga, Colás, no me cuentes bolas!
- Claro que, debía decir Dios, ¡déjales a esos pobrecillos que ya tienen bastante con lo que tienen! Oye, y nos sentaban de puta madre.
Viendo que la cosecha de setas no iba a dar mucho de sí le dije:
- Te convido a almorzar en lo de la vega o en la Fuensanta, Colás. Si te apetece, claro.
- ¡Ole tus cojones, Sarvi! ¡Pero papo, no me ha de apetecer! Pero no me jodas, que si me apetece… Vámonos, pero ya. No te tenías que morir nunca, Sarvi… to la vida enfermo…
Pero serás cabrón, pensé para mí.

07 mayo 2009

Canut de Mar


Una noche decidió ir a Canut de Mar. Puso unos billetes en su cartera y, a las once sin decirle nada a nadie, tomó la carretera adelante y caminando entre aquel tráfico de locos se fue andando a Canut.
Su caminata, a aquellas horas y por la cuneta, era un peligro por la intensidad del tráfico, por el estado en que la gente conducía y por la poca visibilidad.
La entrada de Canut de Mar estaba sembrada de discotecas con grandes aparcamientos. Desde fuera se oía la música atronadora y, como reclamo, se veían las siluetas insinuantes de las gogós bailando encerradas en jaulas elevadas sobre las varias pistas de muchos locales, como si hubieran de estar protegidas del salvajismo de las turbas que bramaban a sus pies, hambrientas de alcohol, sexo y drogas.
Las calles del pueblo estaban tomadas por multitudes de turistas enajenados, que parecían moverse en oleadas, con los atuendos más variados, predominando en todos un fondo de carne desnuda. Iban en grupos y generalmente bastante bebidos. A veces paraban a los coches que, a riesgo de atropellarles, se veían obligados a detenerse. Se subían por encima de ellos o, entre unos cuantos, los cogían en vilo, con el susto de sus ocupantes. Orinaban ostentosamente en plena calle y, a veces, sobre los mismos vehículos. Otros, incapaces de orientarse y volver a su hotel, dormían en la playa en el sitio donde la borrachera o la intoxicación les hacía caer como marionetas descordadas.
Buscó algún lugar donde comer algo decente, pero sólo encontró locales de comida basura: hamburguesas, perritos calientes y patatas fritas, todo con Ketchup y mostaza. Además a unos precios desproporcionados para aquella bazofia grasienta.
En las discotecas, a guisa de entrada y una vez que la gente había pagado, les ponían un sello en el antebrazo como si fueran reses a las que se marcara, menos mal que con tinta y no con fuego. Lo curioso es que todo eso a nadie parecía importarle y todo el mundo entraba en aquellos tugurios pagando precios astronómicos por una entrada que incluía una consumición, garrafón puro o cerveza, que dentro les servían como el que les da de beber a las ovejas. Era un comportamiento gregario, de auténticas manadas que, envueltas en aquel ambiente, se acercaban al éxtasis por el atontamiento causado por lo que tomaban y la pérdida de identidad así lograda. Luego estaba la música atronadora y las luces deslumbrantes dentro de la oscuridad de aquellas cavernas artificiales y todo ello era como el manto que lo envolvía todo
Observó Lázaro los usos de aquellas multitudes de extranjeros y cómo los varones se acercaban a las chicas, dentro de las discotecas, y simplemente decían:
- Dancing?
Ellas se iban con ellos a bailar a la pista y allí se dejaban abrazar y sobar como si, en lugar de ser extraños un minuto antes, fuesen amantes de toda la vida. Algunas parejas daban en la pista verdaderos espectáculos obscenos por los efectos del alcohol u otras drogas y otras, calientes pero conservando algo de pudor, se marchaban a la oscura playa para terminar discretamente y a sus anchas lo iniciado públicamente en la pista.
Lázaro decidió probar fortuna y abordó a varias extranjeras utilizando la mágica palabra:
- Dancing?
Pero, tras una rápida mirada por parte de ellas, fue rápidamente rechazado en todas las ocasiones. Lo que para todos parecía sencillo para él resultaba imposible. Parecía como si fuera de otra raza a los ojos de aquellas chicas rubicundas, de rosadas mejillas, que se comunicaban en lenguas que él no comprendía en absoluto. Como su desdén le pareció insoportable se alejó a un lugar discreto, escarmentado y humillado por tanto desprecio. Sentado en un taburete, que encontró de milagro, se dedicó a observar la pista mientras lentamente apuraba su cerveza. Pensaba que era normal que le rechazaran e, instintivamente, buscó con la mirada alguien de su pinta bailando en la pista. Casi todos, chicos y chicas, tenían idéntico pelaje nórdico y, además, su forma de vestir nada tenía que ver con la suya, ibéricamente discreta, de pantalón largo y camiseta de manga corta. Pero con gran esfuerzo distinguió un muchacho moreno, desconocido, pero que curiosamente tenía un cierto aire familiar. El chico, entre aquella masa, se movía frenéticamente emparejado con una joven rubia. Ella, embutida en un short del que se le salía casi media nalga por cada lado y con una especie de mini chaleco que a duras penas sujetaba el bamboleo de sus gruesas tetas, se movía junto al chico, arriba y abajo, con un ritmo acompasado al de él. Iba la chica, lo mismo que su compañero, tocada con un sombrero tejano que le sujetaba su media melena rubia e impedía que el pelo le tapara la cara. Una normanda más. Se centró después Lázaro en el chico. Llevaba unos pantalones ceñidos de cuero marrón con flecos de un dedo de largo a lo largo de las costuras laterales de las perneras. Ceñía su cintura un grueso cinturón de cuero con una hebilla enorme y ovalada sobre el ombligo. Bajo la chaqueta no llevaba nada y ésta era muy corta, a juego con el pantalón, y a lo largo de todos sus bordes le colgaban flecos similares si bien algo más largos. De su cuello pendía una cadena gruesa de plata y también un colgante de hilo de cuero del que un disco grande y plateado pendía y oscilaba al ritmo de su movimiento.
Lázaro no podía apartar los ojos de la pareja pues, siendo ella una nórdica del montón, el chico le sonaba cada vez más familiar. Fue entonces cuando cambiaron la música estridente por algo lento y la pareja se abrazó para empezar a comerse mutuamente. Para facilitar la labor dejaron caer sus sombreros a la espalda y Lázaro descubrió el pelo negro y largo del muchacho. Al cabo de un rato el chico tomó a la chica de la mano y salieron de la pista. Por la dirección que tomaron iban hacia la salida, con intenciones evidentes para cualquier observador, y debían pasar junto a Lázaro.
Fue entonces, al pasar a su lado, cuando se dio cuenta. Casi se tuvo que frotar los ojos para creer lo que veía. Era Blasco el camarero del hotel, su conocido de La Fambra, el que le había dado la dirección para buscar el trabajo en Canut de Mar. Blasco le localizó también y al pasar a su lado le hizo una mueca discreta y, echando una mirada significativa al culo de la rubia que llevaba delante, le guiñó un ojo. Lázaro jamás habría imaginado que Blasco fuera capaz de ponerse aquel disfraz, pero así era. Lo que no había duda es que andar por ahí con aquellas pintas le había funcionado bien aquella noche y, por lo que supo después, el look aquel de cow-boy despechugado le funcionaba de continuo.
Cuando Lázaro, al día siguiente, se tropezó con él en el hotel, le preguntó que cómo es que se disfrazaba de aquella guisa, Blasco le contestó sin pensarlo un segundo:
- Mira, Lázaro, me importa un güevo lo que pienses. Yo sólo sé que esto es bueno para las niñas estas. A las normandas tetudas que vienen a Canut de Mar les encanta eso. Vienen buscando exotismo y yo, además de cariño, se lo doy todo. No seré yo quien les defraude ¿Comprendes?
In-A-Gadda-Da-Vida de los Iron Butterfly, con aquella letra sin significado, sonaba en aquellos tugurios con el mismo misterio y violencia con que aquellos extranjeros se comportaban y todos hacían cosas, vestían de formas y actuaban de modos que no eran comprensibles ni tenían tampoco ningún significado pero que, por lo visto, subyugaban a los demás. Blasco lo había entendido a la primera. Lázaro tenía la cabeza algo más dura.

06 mayo 2009

El trabajo dignifica


El trabajo en el hotel le sorprendió por su simplicidad y su dureza. Cada día empezaba a las ocho, lo que implicaba levantarse a las siete para asearse y desayunar. Tenía una hora para comer a mediodía; a media tarde, treinta minutos para merendar y, a la caída del sol, otra hora para cenar. Todo ello bajo la coordinación de Joan o Artur para que no quedase la recepción desatendida. Enseguida notó que, si no consumía esos tiempos por entero, los jefes estaban más contentos y le miraban con creciente simpatía. Y así, bajo esa presión invisible que se trasmite con el gesto y la mirada, procuraba Lázaro tener contentos a los jefes, aunque la satisfacción ajena pesara sobre las costillas propias.
Solía terminar hacia las once pero jamás se marchaba antes de que doña Julia dijera que lo hiciera. Era una norma de cortesía que alguien le había sugerido respetar pues, en caso contrario, hubiera parecido a doña Julia una desatención desafiante su comportamiento.
Tantas horas pendiente de los clientes y de los jefes, solícito a todas sus peticiones, atento a cualquier detalle y moviendo bultos y maletas, se hacía agotador. Además, prácticamente todo el tiempo, debía estar de pie. Según los jefes, no trasmitía buena sensación ver a un conserje sentado y no digamos ya fumando, sobre todo, mientras atendía a los clientes.
Los sábados y domingos trabajaba con idéntico horario, pues en la temporada no se diferenciaban los días laborables de los festivos, y todo su tiempo semanal de libranza, más que un descanso, era sólo un pequeño paréntesis laboral: los jueves desde las 3 a las 7 de la tarde. Por tanto, sin exagerar, hacía dos turnos de trabajo por el precio de uno. Así fue comprendiendo de qué manera Cataluña era el paraíso prometido para los que querían trabajar y, en ese aspecto, colmadas se verían siempre las expectativas de cualquiera que al trabajo quisiera dedicar su vida. Aunque también fuera madurando en él la idea de que quizás no lo fuera para los que, además, quisieran vivir también a ratos. El único consuelo, que servía de compensación a tanto esfuerzo, eran las espléndidas propinas que los despreocupados clientes dejaban. Éstos, ignorantes del coste de la vida en España, daban propinas europeas. Éstas llegaron a ser, algunas veces, equivalentes a la décima parte de su salario mensual. La primera vez que eso ocurrió a Lázaro se le pusieron los ojos como platos.
No se dolía de la fatiga del trabajo. Al contario, pensaba que: por un lado estaba alojado y mantenido, por otro le pagaban un sueldo, eso sí, bajo, pero, por otra parte, estaba situado donde había, es decir, en medio de aquellos clientes procedentes de la ubérrima Europa. Clientes que solían sorprenderle al marchar con un billete de banco en lugar de con esa triste moneda que los nacionales dejaban, y eso, si se veían muy comprometidos. Afortunadamente en el hotel no había españoles de ordinario y, durante la temporada que Lázaro trabajó en él, sólo en dos ocasiones hubo habitaciones ocupadas por éstos.
La tarde de los jueves Lázaro salía disparado hacia la cala Mamilla, apenas a un cuarto de hora del hotel. Era un lugar donde no se podía ir más que andando y que, por tanto, solía estar vacía o muy poco concurrida. Allí se bañaba, nadaba un rato en las profundas aguas y después se fumaba un habano Balmoral tumbado al sol en su toalla y, medio adormecido, se veía triunfando, orgulloso de sí mismo, volviendo a su casa con una pequeña fortuna en el bolsillo. También recordaba a su abuelo, el de los cuentos del río y del mar. Y viéndose frente a aquel mar hermoso, que chocaba contra las rocas de los acantilados, le parecía que su vida iba desembocando en algo útil. Pensó también que estaba solo pero su soledad se veía atenuada, aunque él no lo sabía todavía, por las fuerzas que la juventud tiene y que además concibe como imperecederas. ¡Qué más daba estar solo, él podía con todo!
Lo de los Balmoral era un placer que se daba las tardes de los jueves gracias un cliente alemán que comenzó a regalárselos. Él adquirió la costumbre de fumarlos ya siempre, mientras duró su estancia en el hotel Casals, aunque para adquirirlos se valiera de distintas triquiñuelas y nunca del dinero. El señor Agustí, dicho sea de paso, fumaba también habanos Balmoral y de otras marcas y a Lázaro le vino bien la coincidencia para no tener que dejar aquel vicio, desproporcionado para sus posibles.
Algunas veces por el cansancio acumulado se quedaba dormido en la misma Mamilla y, al despertar, miraba sobresaltado al reloj y salía precipitadamente hacia el hotel pues había de cambiarse, ponerse el uniforme y estar a las siete en punto en su puesto. Entre ir y volver y estar alerta, para no dormirse, no le permitían las cuatro horas relajarse mucho y aquel efímero descanso, del que disfrutaba los jueves, se desvanecía tan rápido como el humo del puro en la brisa del mar.
Con el paso de las semanas, el cansancio acumulado, el calor y la humedad reinante, a la que Lázaro no estaba acostumbrado, perdió el apetito. Al llegar la hora de la comida prefería darse una ducha tumbado en la bañera, con las piernas levantadas, antes que ir al comedor. Así conseguía que el agua, cayendo con fuerza en las plantas de los pies, le calmara el cansancio acumulado y que las piernas se le descargaran. Luego se tumbaba en la cama y, por el descanso, perdonaba la comida. La cena, próxima ya la hora de plegar, como decían los catalanes, solía hacerla mejor o, al menos, hacerla. Después, cuando recibía licencia para retirarse, se pasaba por el bar, compraba dos cervezas y se marchaba a tomarlas a su habitación mientras escribía a su casa cartas tranquilizadoras. Le hubiera gustado tomar las cervezas en el bar, sentado y en sociedad, pero a los dueños del hotel no les gustaba que el servicio se codease con la clientela y, a cambio de que no lo hicieran, les cobraban a precio bajo las cervezas. Pero, ¡aire!, a tomarlas al bohío. Debía ser que el trabajo no dignificaba al hombre, como algunos sostienen, hasta el punto de hacerle merecedor siquiera de la compañía de sus semejantes. Aunque, bien mirado, aquellos extranjeros poca o ninguna semejanza tenían con la gente que servía en el hotel.
Cuando veían llegar a Lázaro, casi a las once y media, las chicas del servicio y el resto de camareros fuera de servicio le tomaban el pelo por la vida de trabajo y aislamiento que llevaba. Solían estos tomar el fresco en la parte de atrás del hotel en una especie de patio que había entre éste y el pabellón de las habitaciones del servicio. Lázaro callaba, soportaba las bromas y se subía, imperturbable, a escribir a su modesta habitación. Luego una ducha y caía rendido. Así día tras día.

05 mayo 2009

Tres perdices


- Dice la abuela que, un día que se te dé bien, quiere que le traigas tres perdices. Que hace mucho que no guisa caza y quiere que sus nietos de la capital caten su estofado de perdiz antes de que se muera.
Al cabo de un par de semanas, un día que tuve suerte, le llevé las perdices. Se puso muy contenta. Me convidó a café y copa. Habló mucho rato. Me estuvo contando que ella, de siempre, había tenido en su pueblo dos ollas de escabechado: la una con perdiz y la otra con liebre. Que el escabechado era la mejor forma de conservar la caza pero que, según ella había aprendido de su madre, no había que echarle los ajos en la olla porque, hijo, digan lo que digan ahora, el ajo corrompe. Que luego ya, al quedarse sola y venirse del pueblo a la ciudad a vivir con su hija, como además no salió nadie cazador en la familia, pues que dejó de hacerlo. Pero que, como mano, había tenido muy buena mano para guisar la caza y también, aunque eso era ya otra cosa, para preparar la matanza. Qué menudo avío les hacían, en tiempos, las dos cosas. Por eso, como me han dicho que a ti te gusta, le dije a la chica que te encargara las perdices, que como tú cazas en el pueblo me traerías perdices de las de toda la vida, que vete tú a saber lo que te venden hoy en día en el mercado. Éstas, como sólo son tres, no vale la pena escabecharlas por el mucho aceite que se gasta. Así que las voy a estofar, que también me salen muy buenas.
A la que me iba, cuando ya casi estábamos en la puerta, me retuvo suavemente del brazo. Sacó un monedero negro de esos que se cierran con dos bolitas que presionan entre sí y, con mucha ceremonia y seriedad, sacó tres pesetas, una tras de otra, y las puso sobre la mesita del recibidor.
Enseguida noté que la abuela se había trasladado, aquella tarde al menos, a vivir en otros tiempos, a aquéllos en que ella gobernaba su casa.
- ¿Te parece bien así, hijo mío?
- Pues claro, abuela. ¿No me ha de parecer?
- Pues eso es lo que yo quiero, que seamos todos conformes.
Cogí las tres rubias y, dando las gracias, me las eché al bolsillo. Con una sonrisa en los labios me marché satisfecho. Pero también, según me alejaba, se apoderó de mi una mezcla extraña de nostalgia, tristeza y un pellizco de pena.

04 mayo 2009

El botones Senén


Fue con Senén, el botones, con quien Lázaro tuvo su primera relación de tipo laboral y, con ella, los primeros roces desagradables. Era Senén un muchacho extremeño, procedente de un pueblo enclavado en la dehesa, cuya hermana mayor trabajaba también en el hotel, y ambos lo hacían, porque su madre llevaba muchos años viniendo a trabajar la temporada, como allí le llamaban a junio más el verano más setiembre, y era muy apreciada por la señora Montse.
Senén era físicamente poquita cosa pero sumamente crecido en picardías, triquiñuelas y malas artes. Era como si su vida en la dehesa, con grandes fincas, infinidad de vacas, numerosas piaras y contados dueños, le hubiera afinado todos los sentidos para la supervivencia.
En los momentos de mucha afluencia Joan o Artur, el que más cerca estuviera, le hacían señas inequívocas a Lázaro de que ayudase al botones, de apariencia débil y falsamente aniñada, con las maletas y los equipajes de los clientes o en cualquier otra labor en la que Senén se viera desbordado o, sus jefes, pensaran que lo estaba.
Al botones aquella intromisión de Lázaro, si bien pedida por los jefes, no le gustaba en absoluto y, aunque no la aceptaba de buen grado, también le era imposible rechazarla. Así que, en la ejecución de aquellas ayudas, Lázaro siempre fue recibido por un Senén mal encarado, cerril y un punto agresivo.
Lázaro pensó, obsesionado como estaba por ganar dinero, que el botones consideraba que su intrusión en sus terrenos, sus maletas y sus ascensores, era para escamotearle las propinas. Y más de una vez tuvo que soportar de aquel mico cabrón, con carita de niño, codazos y empellones, propinados a escondidas, por no ponerse en evidencia ante los jefes replicándole con un bofetón a aquel enfurecido y agresivo crío con cara de angelito que le mostraba una aversión tan desproporcionada.
Poco a poco iría descubriendo Lázaro que, lo que a Senén le molestaba, era la presencia en sus dominios de cualquier otro miembro del personal del hotel. El botones sabía mil y una maneras de comprometer a los clientes, argucias para sacarles el dinero por cualquier motivo, modos de hacerse el necesario para lo más nimio y mil bromas mediante las que, aprovechándose de su aspecto, tocarles las tetas y el culo, como el que no quiere la cosa, a aquellas lozanas muchachas germanas y francesas. Sabía también dejar entreabiertas, sabiamente, determinadas ventanas fácilmente accesibles y, con meritoria habilidad y el más audaz descaro, espiar por ellas a las clientas mientras se desnudaban o cuando practicaban el sexo con sus acompañantes. Disfrutaba, aquel cuco Senén de la faz infantil, haciéndose unas tremendas pajas en las que no necesitaba imaginar nada, pues había convertido a aquel plantel de jóvenes fogosos de ambos sexos, normandos, galos y teutones, en sus actores favoritos de porno en directo. Lázaro llegó a la conclusión de que Senén no era menudo, ni aniñado, ni débil por naturaleza. Senén era un grandísimo vicioso que lo que estaba era encanijado por completo de pasarse los días, y seguro que parte de las noches, dándole sin parar a la zambomba.
A lo largo de los primeros días hubo de subir Lázaro numerosas veces a las distintas plantas con encargos variados y Senén, tan concentrado en lo suyo, no se percató algunas veces de cómo Lázaro le vio llevando a cabo estas sutiles maniobras. Y Lázaro se dijo que, si por azar en ellas le había sorprendido, cuántas más haría que él no alcanzase a imaginarse.
Tenía, sin embargo, el versátil botones un especial olfato para detectar la presencia de la señora Montse o de doña Julia, así como la de los otros miembros de aquella empresa familiar, y, si alguno aparecía, encontraban a Senén invariablemente ocupado, educado hasta la reverencia, respetuoso con los clientes, amabilísimo con las señoras, mostrando en todo tal educación y cortesía que nadie hubiera dicho, ni siquiera pensado, que aquel chico, tan proclive a muestras tan donosas y casi serviles, se hubiera criado en la dehesa. Hasta la señora Montse, viéndole tan esmirriado, le solía decir:
- Senén, hijo, baja de vez en cuando a la cocina y que te haga tu madre un bocadillo –porque le daba grima verle tan atoñado y como quebradizo.
- Muchas gracias, doña Montse, ya bajaré –le contestaba con adobada cortesía y con esa media sonrisa sumisa del buen pícaro.
Un día iba riendo con dos jóvenes clientas que subían a la habitación en bikini y le dejó caer, como por descuido, la llave de la habitación entre los pechos a una de ellas, para lanzarse rápidamente a cogerlas como si de un error se hubiese tratado. Lázaro pensó que aquella rubia atlética, que a Senén le sacaba más de cabeza y media, le iba a romper la carita de golfo a aquel macaco pero, para su sorpresa, la rubia se moría de risa mientras Senén, crecido por el humor propicio de la moza, le sobaba las tetas a conciencia. Luego Senén, recuperadas las llaves y habiendo tomado confianza, repitió el descuido con la otra y el resultado fue el mismo: risas y más risas. Y así, uno tras otro fue descubriendo sus muchos ardides y cómo a aquellos extranjeros les daba por reír todas las ocurrencias de aquel golfillo rijoso y descarado. Por supuesto Lázaro se guardó esas historias para él pues, mientras no se formase un escándalo y aún así a fuerza de fuerza, no le parecía correcto meterse en terrenos que no le tocaba conocer y menos controlar.

30 abril 2009

El hotel


Eran 80 habitaciones. La señora Montse, esposa de Agustí, y su hija Julia gobernaban la limpieza de las mismas y la lavandería disponiendo de una docena de mujeres para estas faenas. Dirigían también las cocinas y decidían los menús para clientes y trabajadores del hotel. Era, sin embargo, el pulido Chef Reina, con sus cocineros y pinches, el que ejecutaba sin interferencias los menús de cada día y las comandas a la carta. Ambas, madre e hija, eran serias y laboriosas y sabían conseguir de los empleados una gran eficiencia. Tal vez fuera porque eran muy ordenadas y sabían mandar, aunque siempre discretas, amables y serias pero manteniendo un punto de distancia. Contrastaban mucho con las chicas que, bajo sus órdenes, hacían las tareas de limpieza. Éstas eran proclives al desorden, a las risas, a perder el tiempo y a golfear con el primero que se pusiera por delante, siempre que nadie las viera. Eran todas aquellas chicas alérgicas a cualquier disciplina. Sin embargo la aparición de madre e hija, juntas o por separado, hacía que aquella parva de chavalas ruidosas se convirtiera en un conjunto de eficientes limpiadoras. Venían, por lo general, las chicas del servicio de Extremadura y de Andalucía. A aquéllas más espabiladas y vistosas les enseñaban a servir como camareras en el comedor.
El encargado de hacer todas las compras y mantener al día despensas y cocinas era el propio señor Agustí. Era también el que, cuando era necesario, coordinaba las distintas partes de aquella empresa para que todo funcionara bien y el que informalmente presidía la reunión, de los seis de la familia, que todas las tardes de los sábados tenía lugar en la dirección. En ellas se corregían fallos y se enderezaba, sin que alguna vez faltaran las voces, todo aquello que tendía a torcerse.
En la planta baja Joan y Artur, hijo e hijo político de Agustí, el segundo casado con Julia, se encargaban de la recepción. Los dos se desenvolvían con soltura en francés y alemán aunque su inglés sólo les permitía salir de los apuros. Además, en la planta baja, había un gran hall, una sala común muy espaciosa (para lecturas, televisión, reuniones, etc.) y un comedor amplio y muy bien iluminado a cargo del señor Maurici, el serio y concienzudo maître, y los camareros y camareras bajo su supervisión. En la misma planta pero en la parte interior estaban las cocinas, las despensas y el comedor del servicio. A la derecha de la recepción había también un pequeño pabellón de habitaciones.
Senén, un pícaro extremeño de 16 años, menudo, de mirada astuta y manos ágiles, era el botones. Ayudaba a los clientes con las maletas y las bolsas y manejaba los ascensores con los que se accedía a las tres plantas donde estaban las habitaciones a las que, naturalmente, se podía acceder también por las escaleras.
La recepción era amplia y rectangular. Uno de los lados pequeños del rectángulo daba a la entrada principal, una gran cristalera con puerta central de bronce dorado y doble hoja. En el lado opuesto estaba el mostrador de la recepción con una entrada lateral, una centralita de teléfonos a la derecha, un par de sillas y los útiles de oficina necesarios. Detrás de la recepción había una puerta y una pared cubierta con un gran espejo. La puerta daba acceso al despacho del director que a la vez era la oficina desde la que se administraba el hotel y el lugar, como se ha dicho, de las reuniones. El gran espejo no era tal, sino que estaba simulado y, para los que mirasen desde la dirección, era una ventana que les permitía observar sin ser vistos el hall entero. Algo así como eso que se ve en las películas de policías. Naturalmente ese detalle no lo conocía nadie excepto los dueños y Lázaro que al cabo de unos días fue requerido para entrar en dirección y pudo comprobar la utilidad del tal espejo. En la dirección estaba también la caja fuerte del hotel donde los clientes podían depositar dinero o joyas que temieran perder.
A la derecha del mostrador de recepción había otro mostrador mucho más pequeño y perpendicular a él, separado por el pasillo que conducía al pabellón de habitaciones de la planta baja. Era el mostrador del conserje, tras el cual un gran casillero numerado contenía las llaves de cada una de las habitaciones, los documentos de los clientes en tanto no los retirasen, la correspondencia que mandaban o la que les llegaba y algún efecto personal que los huéspedes podían dejar allí transitoriamente. Ese era el puesto de Lázaro y, a partir de las 12 de la noche y hasta las 8 de la mañana, el del portero de noche.
Una pequeña avenida asfaltada llevaba desde la cercana carretera, la de Canut de Mar y Boadella, a la puerta principal del hotel Casals, de modo que se podía llegar a ella cómodamente en coche. Cuando un cliente dejaba el coche allí, uno de los recepcionistas, Joan o Artur, lo aparcaba en el aparcamiento del hotel o lo metía en el garaje que había en los sótanos del edificio. A ningún empleado le estaba permitido hacerlo. Al ser los coches de los clientes máquinas muy valiosas: Mercedes, Porshes, Ferraris, BMWs… en su mayoría, los atildados recepcionistas y miembros de la dirección de la empresa no se arriesgaban a que cualquier empleado inexperto abollara o rallara alguna de aquellas fortunas con ruedas.
Justo enfrente de la entrada principal estaba el gran bar. Era cuadrado, muy amplio, con numerosas mesas en el interior y con una barra recta paralela a la pared de uno de sus lados y los otros tres cerrados por cristaleras. A la izquierda del bar y comunicada con él, la gran piscina. La piscina, con trampolines a varias alturas, estaba rodeada de jardines con numerosos sauces frondosos repartidos aquí y allá. Había una gran cantidad de veladores, repartidos sobre el cuidado césped, para que los clientes pudieran disfrutar tomando sus consumiciones en traje de baño y servidos por camareros que, a su llamada, traían las comandas desde el bar acristalado. Uno de los camareros era Blasco, el muchacho de la residencia de La Fambra que dio las señas del hotel a Lázaro. El bar lo dirigía el jefe de barra, Estanis, otro andaluz veterano en el servicio del hotel al que, a pesar de ser serio y maduro, nadie le llamaba de usted ni le ponía delante el señor ni el don.
A continuación de las instalaciones de la piscina estaban las pistas de tenis cuyo uso se contrataba en recepción, en una especie de estadillo donde podían verse fácilmente las horas libres y las ocupadas de cada día.
Un tanto alejada de la piscina y del edificio principal del hotel había una boîte, una especie de discoteca pequeña que hacía que los clientes menos dinámicos no tuvieran necesidad de desplazarse al cercano Canut de Mar para disfrutar del ambiente discotequero. Cualquiera, sin tener que coger el coche y tener que buscar donde aparcar en el multitudinario Canut, podía tomarse una copa con la trepidante música de moda a todo volumen o bailar hasta el amanecer. La discoteca, debidamente insonorizada, estaba en los sótanos de un edificio cuyos pisos superiores eran las viviendas de los dueños del hotel y de sus hijos.
Lázaro tardó poco en percatarse de cómo funcionaban las cosas en aquel hotel. Tardaría algo más en comprender el funcionamiento de las relaciones interpersonales. Sin embargo, lo que le sorprendió más fue como los clientes, en su mayoría franceses y alemanes, se comportaban durante sus vacaciones. Era nuevo para él ver, a la mayoría de aquellas personas, en traje de baño la mayor parte del día, tanto fuera del hotel como dentro de él, y, a muchos de ellos, emborracharse a cualquier hora del modo más desinhibido.
Por otro lado notó cómo miraban a los españoles del servicio con un poco de conmiseración y condescendencia, adoptándoles en su afecto como si se tratara de simpáticos animalitos, casi de mascotas.
Comprendió también, poco a poco, cómo para aquellas gentes de la Europa civilizada y rica el sexo era sólo una faceta más de la vida, algo normal, y no, como para los españoles, una obsesión y un acontecimiento que incluso muchos elevarían casi a la categoría de milagro.

27 abril 2009

Apuntes desde un aula vacía


Había sido palacio, también convento, llegó a ser cuartel y hasta cárcel provisional. Últimamente, abandonado por todas las otras administraciones, el edificio se convirtió en escuela.
Doña Luz había visto terminar ese curso del mismo modo que vio acabarse tantos otros. Sintió también en aquél el nerviosismo de los estudiantes, el calor del verano que ya se echaba encima, la actividad de los exámenes, el azacanado afán de todo el mundo por dejar concluidas las tareas, junto con todos los papeles de la sempiterna burocracia, y el relax al cerrar el viejo recinto y comenzar las vacaciones. Pero aquel fin de curso fue distinto y doña Luz, cuando todos marcharon tras la celebración del día último, las felicitaciones y la despedida, regresó sola al vetusto edificio.
Le abrió Pedro, el conserje, un tanto sorprendido. Doña Luz se excusó diciendo que olvidó una cosa y vino a recogerla pero que perdiera cuidado que, en cuanto lo hiciera, le avisaría para que cerrara y le entregaría las llaves de su aula.
Recorrió el gran patio externo, el patio de tierra apisonada, el que un día fue jardín de la nobleza, después huerta de frailes, luego pista de instrucción de soldados y solarium de presos. Era el gran patio donde la muchachada, ajena a la historia, jugaba sobre los mismos lugares en que se galanteó, se rezó, se trabajó, se disparó y hasta empapó la tierra el sudor de los presos y la sangre de algunos fusilados. Y pensó doña Luz que algunos espacios son, pese a las apariencias, como el escenario de un teatro por el que se mostraron sucesivamente, pero sin ser fingidas, las pasiones de los seres humanos. Ahora el patio aparecía polvoriento y vacío, sin los gritos y las carreras de la muchachada que en él se acostumbraba a ver. Sólo algunos gorriones buscaban afanosos y desesperados las acostumbradas migas, inexistentes ya ese día, que se desprendían de los bocadillos y meriendas tomados aceleradamente mientras se corría, con la mirada pendiente de un balón o atenta a los compañeros de juegos.
Atravesó luego el patio interior. Tenía bellos soportales renacentistas donde se guarecía el alumnado en los días lluviosos y estaba circundado por paredes vestidas de mosaicos antiguos y brillantes con alguna esquirla lastimosamente saltada y alguna que otra falta mal sustituida. Sobre los soportales desiertos, la airosa galería acogía en silencio, caldeada por el aire de la tarde, los arrullos de las tórtolas turcas que, sin alma que les molestara, se posaban en los antepechos. Subió doña Luz por una amplia escalinata. Tenía balaustrada y escalones de una piedra tan pulida como desgastada en su centro por los variados inquilinos del palacio en los casi cinco últimos siglos.
El aula de doña Luz ocupaba un rincón de aquella galería. Los últimos años los pasó establecida en ella y, aunque tuvo que enseñar en otras, consideraba aquella como su lugar propio dentro del recinto. Se sentó por última vez a su mesa y miró las mesas ordenadas y vacías que apenas unos días atrás, casi unas horas, rebosaban de caras de muchachos y muchachas ansiosos, llenos de vida exultante, con los ojos brillantes de juventud y vigor, que trasmitían algo parecido a como si tuvieran prisa y urgencia por vivir.
Doña Luz hizo un repaso de su vida. Decidió no pensar en la cuadriculada inflexibilidad de la administración. Saltó también por encima de los recuerdos de aquellas estúpidas envidias entre docentes celosos de sus competencias. Se sacudió las malas percepciones de algunos padres a los que las trayectorias escolares de sus hijos les traían al pairo. Tampoco quiso recrearse en los muchos esfuerzos que entregó a la profesión y que habían volado a ningún sitio del mismo modo que los gritos en el patio de la chiquillería. De la propaganda, de los grandes planes ministeriales y de los cambios políticos hechos por conveniencia, sin ton ni son, no quiso molestarse ni en perder la cuenta.
Y allí, sola, sentada en su sillón y con un futuro en blanco por vivir, hizo un recuento de lo mucho que aquella profesión le había dado.
Recordó sus inicios. Cuando llegó con todos sus estudios tan recientes, con sus notas excelentes de chica aplicada, con aquella aureola de persona tan preparada y solvente. ¡Qué bonitos recuerdos! Y sonrió doña Luz mirándose a sí misma a través del tiempo, tan joven entonces y tan inconscientemente incompetente. Aunque de esto tardó un tiempo en percatarse. El mismo que tardó en poner los pies en el suelo y darse cuenta de que la mayor parte de sus elevados conocimientos no le servían sobre el terreno para nada.
Fue repasando su vida. Si alguna cosa le quedó clara en tantos años fue que el oficio de enseñar, que eligió, lo único que verdaderamente le proporcionó fue aprendizaje y aprendizaje de por vida. Aprendió a hacerse dúctil, a adaptarse a los medios, a las personas, a los lugares, a las mentalidades, a la administración, a los compañeros, a los padres, a los cambios, a los planes ministeriales y a otros males variados que se cansaba de enumerar… Se preguntaba si todo aquello, al final, no era semejante a un juego en el que todo tenía una importancia relativa. Se contempló a sí misma sabiendo cosas útiles y habiendo olvidado todo aquello, innecesario, que le hicieron aprender en beneficio de otros, para justificar lo necesarios que esos otros eran.
Al contrario que a algunos compañeros, con el paso del tiempo, se le fue la profesión haciendo leve. Se había vuelto muy diestra no sólo en la enseñanza, sino en el trato con todas las personas. Los años le pesaban, era cierto y no podía decir que no fuera el momento de dejarlo. Pero más le pesaba y le pesó siempre la monotonía, todo lo que la profesión tenía de reiterativo, de administrativo, de burocrático, de ajeno, en definitiva, a su verdadera tarea…
Pensó por un momento en su futuro. ¿Qué haría mañana? ¿No la habría devorado aquella maquinaria y, sin obligación alguna, terminaría sin saber qué hacer? Era una pregunta que le torturaba porque, de ser cierta, el sistema la habría asimilado tanto, por su facilidad de adaptación, que fuera de él no habría sitio para ella. En cierto modo, podría decirse que el sistema la habría matado y, ahora, enviaba sus despojos a ocuparse de su casa, a tomar el sol y a darse cuenta poco a poco de cómo las mermas físicas hacían de ella una inútil dependiente.
Luz se dio cuenta de que tal vez fuera no sabría vivir o que, al menos, tendría que aprender a hacerlo. Y sintió miedo. Llevaba demasiados años en aquel trabajo. Las continuidades duran mucho y sin embargo las rupturas, que nos avocan a cambios radicales, son cosa apenas de un momento.
Y, de repente, vio la luz. Se dio cuenta de lo que había ido a buscar. Lo encontró allí, donde lo había tenido tantos años. Y se marchó con su imaginación recuperada. Porque la imaginación es todopoderosa. Y la suya estaba sumamente enriquecida por el buen hacer, por el trato, por la inteligencia, por el haber conocido tanto y tanto, por el haber amado y sufrido entre aquellas paredes que fueron, hasta ese día, las paredes de su vida. Miró su aula por última vez y, al salir, se espantaron las palomas y volaron saliendo por lo alto del patio renacentista con la misma fuerza que su mente buscaba el otro mundo nuevo que tras aquellas paredes existía. Y doña Luz se hizo luz para escribir, desde ese punto, el libro nuevo de su vida.

25 abril 2009

Mi paisano


Parecía que no iba a llegar el momento. Esta mañana Isidro, como tantas otras, iba en su bici de carretera. Me vio a cincuenta metros mientras pedaleaba. Se orilló, frenó y, con una sonrisa de esas que, con algo de esfuerzo, les salen del alma a los hombres entecos, me tendió la mano afablemente. Encantado por saludarle, hice lo mismo. ¡Coño, Isidro!, pensé. Un hombre con alergia a la grasa y devoción al deporte. Su escueta figura lo demuestra. ¿Qué quieres? Sí, me dio la puta envidia.
- Pero, Isidro, si eres un mito, ¿Qué haces saludando tan atento a este pisaverde? (pensé para mí, aunque le tendí la mano en silencio sabiéndome descubierto)
Pero él, parando la bici a mi lado, me dijo:
- Soros, qué ganas tenía de saludarte. El otro día te vi pero no sé por qué no pude pararme. ¿Me notarías la cara rara que se me puso?
- Pero, hombre, si venías por el otro lado, con tráfico, qué más daba…
- No, qué yo te quería saludar, joder.
- Bueno, veo que, al final, me has localizado.
- Es que me gustan las historias que cuentas de nuestra tierra.
- Ya sabes, a medida que me hago viejo, me va dando por escribir.
- ¡Buah! – soltó Isidro, como diciendo: Ni puto caso.
Que alguien como él me dijera eso me dejó parado. Si alguien conoce estas tierras, de veras, es él. Isidro tiene un mapa vivo grabado en la memoria con las alcarrias, las vegas y la sierra. Es un mapa artesano y personal hecho más bien a pie que a mano, con paciencia infinita y tomándose todo el tiempo necesario en el terreno. Por las lindes y las trochas, por los cotos y aquellos terrenos libres de hace mil años, por las laderas y los baldíos y los rastrojos y los eriales y los barrancos y las solanas y las umbrías… y yo qué sé cuántas más palabras puede haber para describir los terrenos naturales y todos los que a peón puedan zurcirse y trasponerse.
- Nunca me imaginé que, alguna vez, estuviera deseando llegar a casa para ponerme a escribir frente al ordenador– me sorprendió diciendo.
- Yo tampoco imaginé nunca que un tipo como tú pudiera parar su bici sólo para saludarme. (Esto no se lo dije pero lo pensé, como casi todo en este diálogo)
Y cuando nos despedimos, en medio de mi estúpido mutismo y de su afectividad sincera y espontánea, cuando yo ya estaba a cierta distancia, Isidro dijo:
- Y que los dos nos conocemos de toda la vida.
- Y que los dos somos amigos del Vicente.
Y ahí paró la conversación. Digo yo que porque, tal vez, coincidimos en un amigo común y verdadero. Porque Isidro estuvo atento pero yo, por mi parte, más insulso no pude estar. Sin embargo, por sus merecimientos y la sinceridad de sus escritos, lo que me hubiera pedido el cuerpo hubiera sido darle un abrazo al paisano Isidro. Porque de los hombres honrados en sus memorias uno, sin duda, es él. Pero, qué quieren, uno es más tímido que listo y más cortado que sincero y así me quedé debiéndole un abrazo a quien, hablando de recuerdos cercanos, más lo mereciera. Los de por aquí, que es que somos así. Estadizos, parados y un poco ásperos, pero que de sentir, sentimos. Se lo juro.
- Un abrazo, Isidro.

23 abril 2009

Madrid, mediodía


Cumplida mi visita me dispongo a deshacer el camino andado en la mañana. Es mediodía. Busco el lado sombrío de las calles porque el sol a estas horas ya ofende. Los comercios están todos abiertos excepto los que cerraron para los restos. La actividad está en su apogeo.
Sin darme cuenta me pongo al paso de los ciudadanos, es decir, a andar como si todos me disputasen el terreno. Al llegar a la calle de la Montera reparo nuevamente en la estupidez de mi velocidad y, reportándome, vuelvo al paso normal, al paso del que pasa por los sitios mirando. Me llaman la atención, en esta calle, las jovencísimas prostitutas, casi adolescentes o sin casi, de los países del Este. También las muchas negras que a ello se dedican pero que, en general, parecen más mayores o, tal vez, de más talla o más entradas en carnes.
La Puerta del Sol está llena de gente. Muchos son extranjeros. Gran parte de ellos son turistas y, entre ellos, abundan los guiris sobre todo. Sentado en un cartón puesto en el suelo hay un hombre en calzoncillos que muestra los muñones de las dos piernas amputadas con la mirada triste, pero ensayadamente digna, de un nazareno urbano. Tirada a su lado tiene una silla de ruedas plegable y delante un platillo con monedas. No muy lejos hay una mujer que, sentada también en un cartón sobre el suelo, muestra una pierna y un brazo extraña y horriblemente deformados. Cruzo la calle y, bajo la placa que señala la altura sobre el nivel del mar en Alicante (650,75 m por si a alguien le interesa), hay otro mendigo de la amputación que muestra los dos muñones limpios de ambos brazos. Empiezo a darme cuenta de que también hay putas por doquier y ya de todos los tipos y pelajes. Esta mañana no vi ninguna. Se ve que en el oficio no se requiere madrugar. También hay abundante policía. Los agentes están colocados estratégicamente por parejas y aun por tríos en las esquinas y los cruces. Los hombres anuncio han surgido como setas. Los hay por todas partes. Sobre todo proliferan los que anuncian, entre otros pequeños locales comerciales, las oficinas en las que se compra y vende oro y se empeñan joyas. Por un momento me imagino que me he colado por una rendija del tiempo en la España de la novela picaresca. Escapo por Carretas hacia la plaza de Jacinto Benavente. Más meretrices orondas y colipoterras maduras, con la carrocería bien pintada, hacen ofertas tentadoras a los vejetes que pululan por la plaza y rebajas a los puteros habituales asediados, como todos, por la crisis. Hay más hombres anuncio y algunos transeúntes desaseados con mochilas sobadas y astrosas se mezclan con todo tipo de gentes que circulan por la plaza. Una mujer desgreñada con un saco de dormir azul celeste, orlado de brillante suciedad en cada uno de sus pliegues, camina despistada oscilando de un lado para otro, como una náufraga perdida entre la multitud. El saco es un reguño desordenado bajo uno de sus brazos y uno de los extremos casi arrastra por el suelo.
Gano al fin la calle Atocha. En un diminuto despacho de lotería metido en la entrada de un portal cegado compro lotería. Ya me encamino, relajado, calle abajo hacia la estación. A medida que me alejo del centro desaparecen los hombres anuncios, no hay lisiados ni amputados y el número de pilinguis por metro cuadrado baja muchísimo, aunque de vez en cuando alguna, apoyada en algún portal, me guiña el ojo al pasar o me mira devolviéndome el descaro con que la miro yo.
Entro en una tienda de ultramarinos regentada por un chino y me compro una cerveza. Me siento en un banco al final de la calle Atocha y me la tomo viendo pasar la gente y mirando el rotundo perfil de la estación. Tenía sed.
Tomo un tren que sale a las 13,20. Apenas arranca, un hombre demacrado con barba de no se sabe cuantos días y con un macuto mugriento a la espalda habla sin titubeos y con cierta elocuencia a los viajeros que llenamos el vagón:
“Disculpen que me dirija a ustedes de este modo. Seguramente son todos ustedes buena gente que viene o va a trabajar y que no se merecen el que yo les moleste con mis problemas. Sin embargo, me veo en la necesidad de hacerlo por la urgencia del hambre y el deseo de supervivencia que es inherente al ser humano. Tengo 41 años y tres hijos y ha sido la falta de trabajo, a la que nos ha llevado esta crisis, lo que de ellos me ha separado, impulsándome a buscar trabajo fuera de mi tierra donde las oportunidades, imagínense ustedes, son aún menores que aquí. Pero la adversidad del destino ha hecho que, no solamente no lo encontrase, sino que me vea en la situación en la que ustedes me contemplan. Apelo al nombre de Dios, si ustedes son creyentes, para que me ayuden con la voluntad y, si ustedes no lo fueran, apelo a la común solidaridad humana para que, de igual modo, me ayuden con una moneda que les sobre. Muchas gracias.” Terminadas estas palabras, humilde como un franciscano pero digno como un Quijote, recorrió el vagón recogiendo el fruto, si lo hubo, de las mismas y luego se pasó al siguiente coche. Apenas había salido entró un segundo, de idénticas trazas, que realizó una intervención similar. Luego un tercero…
Los viajeros como el que oye llover, hablan de sus cosas:
- Fidel es mazo buen chaval.
- A mí me lo vas a decir, tía, que es mi colega.
- Y es mazo de guapo, tía.
- Ya te digo. Pues la zorra de novia esa que tiene se mosqueó un día conmigo porque íbamos por la calle y nos pilló abrazaos. Y va la tía y me dice: ¿Qué haces tú abrazá al Fidel? Y yo, pues tía lo abrazo porque el Fidel es mi colega de siempre, ¿vale? A mi qué coño me importaba su novia. ¿Qué no, tía?
- Ya te digo. Y desde que se lo hace en el gimnasio, el Fidel mola tope mazo, tía.
Y el tren se aleja del centro repartiendo su contenido humano en los suburbios chelis de Madrid y en las ciudades cercanas. El tren, a la vuelta, parece más de cercanías que a la ida.

22 abril 2009

Madrid, primera hora


Subo, ya más tranquilo, la calle Atocha. A medida que lo hago reparo en las hermosas puertas de madera de algunos edificios antiguos. Muestran algunas los símbolos cuadrados de hermosos laberintos, otras los rombos protectores, otras el chevron, otras bellos ajedrezados, otras diseños serrados, otras esquemáticas flores de loto… Lástima que en alguno de los esconces que hacen las entradas de los comercios haya gente durmiendo o, más bien a estas horas, aguantando el relente en sacos de dormir ajados. No tienen a donde ir, no tienen prisa.
Las tiendas no han abierto o están abriendo y algunas, sobre todo de las más pequeñas, se ve que cerraron para siempre por la crisis. Hay colas esperando en las oficinas de información, en las de Hacienda y en las de asuntos para extranjeros, éstas especialmente nutridas, donde los inmigrantes se organizan para que la atención se reciba en el orden debido y sin conflictos.
Al llegar a la plaza de Jacinto Benavente hay gran ajetreo de coches de reparto que surten a los bares, restaurantes y mesones de la zona centro, muchos de los cuales están enclavados en zonas que hoy son peatonales.
Por la calle Carretas me pongo en la Puerta del Sol en un suspiro. La Puerta del Sol está en obras y la salvo como puedo para, enseguida, encaminarme por la calle de la Montera hacia la Gran Vía. Siguen los repartos y la mayoría de los comercios comienzan a abrir también por esta zona. El tráfico de la Gran Vía es tan denso como de costumbre. La cruzo y me meto por la calle Fuencarral. El comienzo de esta calle, estrecha y con árboles parece la de cualquier pueblo.
Enseguida me topo con algún recuerdo cuando, a la izquierda, echo una mirada a la calle de San Onofre. Parece como si viera salir a la puerta de su portal a la tía Petra secándose las manos en el delantal y diciéndome enseguida:
- El tío Rufino no puede andar muy lejos, date una vuelta que estará tomando café por aquí cerca, yo no voy porque no puedo dejar la portería. Dile que se venga contigo y ya quedamos para comer. Porque, ¿te quedarás a comer, no?
Pero no, ni la Petra ni el Rufino, aparecerán ya por allí ni por parte alguna y, súbitamente, cambio de opinión y, en lugar de meterme por San Onofre, continúo por Fuencarral para evitar que la punzada del recuerdo profundice más de lo debido.
Madrid es la ciudad de las obras, la calle Fuencarral tiene un gran tramo en ellas. Llego a Tribunal esperando toparme con la singular portada barroca del hospicio pero resulta que también está en obras. Lo tapa completamente un lienzo con la fachada dibujada. Curioso intento de evitar que tanta obra afee la ciudad. Así que, mientras me decepciono de nuevo, me viene a la memoria otro pariente que vivió en la cercana calle de Churruca. Quizás porque aún no he desayunado, recuerdo que teniendo unos doce años aquel pariente me invitó a hacerlo por allí cerca, en un bar de la calle Fuencarral. Se le ocurrió al buen hombre rematar el desayuno con una copa de anís dulce y, sin considerar mi edad, pidió que a mí me la sirvieran en forma de palomita. Apenas tomé la mitad de la blancuzca palomita me salió del estómago cuanto antes en él había entrado con el consiguiente susto y disgusto del pariente y mi primera experiencia desagradable con el alcohol. Recordé que era un bar estrecho y largo que al fondo, a la izquierda, tenía los servicios y también un comedor. Y como por ensalmo, siguiendo Fuencarral adelante, aparece. Es el bar Peñacruz. Entro en él y, con la excusa de ir a los servicios, localizo éstos y el comedor interior. Luego reparo en que dentro hay dos putas. La una es muy joven y guapa y está con un muchacho que pega más que sea su cliente que su chulo. Toman café con leche y el chico, con cierta delicadeza, pide tostadas con unte de tomate y aceite. La otra es más mayor y descarada y está con su maromo, mano a mano, tomándose unas copas de orujo de hierbas que en ese momento el camarero repone generosamente. Tomo un café con leche y una rosquita de hojaldre casera con cabello de ángel y luego estoy tentado de pedir un anís, pero decido tener algo más de seso que mi pariente y desecho la idea. Enseguida me voy pensando cómo, de milagro, algunos lugares se conservan mientras lo normal es que todo cambie sin cesar. De mi pariente, ni mentarlo, otro que no aparecerá.
Llego a la glorieta de Bilbao y, maldita sea, la zona donde estaba la cafetería La Campana también está en obras. Otro recuerdo cegado. Así que sigo y enseguida me planto en la glorieta de Quevedo. Sigo por Bravo Murillo y entro en la confitería Mallorca. Una de las dependientas me atiende solícita y me pone una docena de pasteles tan diminutos que he de decirle que complete con los que quepan en la bandeja so pena de hacer el ridículo allá donde los lleve. La muchacha se ríe. Luego le pregunto que si hacen pan al estilo de los pueblos y me señala lo que hay al otro extremo del largo mostrador de la pastelería. Me dice que son baguettes. Le contesto que ya lo había notado pero que no me había atrevido a decirlo por mi poco dominio del francés. Se ríe nuevamente y me dice que he de pagar en la caja a la salida. Le digo que primero voy a hacer una llamada y me paso a la barra de enfrente, que es de la cafetería del mismo local. Pido un café. Mi llamada es para ver si la persona a la que debo visitar se encuentra en casa. Lo está.
Mientras tomo el café observo como, en una esquina de la barra, un tipo que anda por los sesenta se deja hacer cucamonas y caricias por una joven que no pasa de los veinticinco. Desde luego el lugar es muy discreto y las horas las menos sospechosas para amores ilícitos pero, por mucho que babosee el madurito con su atractiva amiga, creo que tales relaciones son siempre ficticias. Recojo los pasteles, voy a pagar y la dependienta que me atendió, a la que paso, me hace un gesto simpático y ambiguo, como diciendo: así son las cosas.

21 abril 2009

Madrid


Subo por los pelos al tren que a las ocho y un suspiro sale hacia Madrid. Aún tengo asiento. Para en todas las estaciones. Por eso el trasiego de viajeros es constante. Vamos pasando Azuqueca, Meco, Alcalá, Torrejón, San Fernando, Vallecas, Pozo, Entrevías… Todo el mundo va en silencio. Nadie saluda ni da los buenos días aunque se te siente casi encima. Nadie mira a los demás, si no es de reojo, ni soporta que los demás lo miren sin torcer el gesto. Por si el aislamiento, que todos respetan como si fuera un compromiso firmado, no fuera suficiente hay quien lleva auriculares, hay quien gafas de sol, hay quien se enfrasca en la lectura, hay quien sin más se duerme recostándose sobre el de al lado que, pacientemente, lo aguanta… Los más concentrados, totalmente alienados, no paran de maniobrar con el teléfono móvil enviando y recibiendo mensajes, incapaces de retirar los ojos del dispositivo, como imantados por la luz de la pantallita, tal que insectos. Procuran el aislamiento personal de los demás viajeros, el del cuerpo a cuerpo, pero no pueden vivir incomunicados por el móvil, por más de unos minutos, porque de él son adictos fieles. En medio del silencio y de la incomunicación mutua, la megafonía del tren anuncia a los viajeros, con voz mixta entre comercial y metálica, la estación de Atocha. Allí bajamos la mayoría. Son las nueve.
Nada más abandonar el tren, además de la incomunicación que ya traíamos y que nadie abandona, comenzamos a andar todos a un ritmo vertiginoso. Busco a ese sargento invisible y enérgico que nos marca una marcha tan vivaz pero no lo encuentro. Imagino que la ciudad tiene un aire cargado de estrés por la respiración de generaciones y que éste, al respirarlo, nos ha inoculado a todos el espíritu de caballos de carreras. ¡Pero si es que vamos todos como si todos fuéramos con coche pero sin él!
Emerjo de las entrañas del suelo en el Paseo de la Infanta Isabel codo con codo, sin perder un tranco, con los que conmigo salieron. Miro al Ministerio de Agricultura de impresionante portada. Ya está bien. Me digo que ya vale de correr y, en cuanto camino de un modo indolente, me doy cuenta de que, aparte de entorpecer a veloces viandantes que me rebasan, es primavera. La cuesta Moyano está hoy, y a estas horas, desierta de libreros. El Paseo del Prado luce la exuberancia del Jardín Botánico, pero no voy hacia él. Cruzo el paseo e inicio la subida de la Calle Atocha. Los muchos restaurantes que en esta calle había se han transformado en chinos, turcos, tailandeses… y hasta uno de aquellos tan castizos, donde era típico comer bocadillos de calamares, ha cerrado. La Joya se llamaba y estaba en la misma esquina. Me paro a contemplarlo y a recordar los tiempos aquellos e inmediatamente me doy cuenta de que en esta ciudad no se ve bien que nadie esté parado (inmóvil digo) y que, enseguida, la gente te mira con algo de extrañeza porque aquí los ciudadanos ven normal el movimiento y la quietud les irrita y espanta o, como poco, les mosquea.

18 abril 2009

El expreso Costa Brava


Llegó el día de la partida. Lázaro marchaba a trabajar en la hostelería a Canut de Mar. Era la tarde noche de un día de primeros de junio. Su tío Manuel le bajó a la estación para despedirle. Por aquel entonces Manuel estaba sin trabajo. Vivía en casa de una hermana casada y no tenía un duro. Al ver que Lázaro se iba, éste tuvo la impresión de que a Manuel ganas le daban de marcharse con él. Al llegar el tren, le preguntó si llevaba el billete y si llevaba dinero. A la primera pregunta le dijo que sí y a la segunda que unas monedas.
- Pero, ¿cómo consienten que te vayas casi a Francia sin dinero?
El hombre, visiblemente conmovido, sacó su cartera y le dio todo cuanto en ella llevaba, sin dejar ni un solo billete. Lázaro sabía que era todo lo que tenía. Luego le dio un abrazo y se dio media vuelta porque no quería que el muchacho le viese llorar. Su imagen, con el traje arreglado y teñido de negro que había sido de su padre, el mismo que llevó a La Fambra pero ya más ajado, y su pinta de muchacho decidido sólo daban muestra evidente de un audaz desamparo. Desde sus tiempos boyantes de La Fambra hasta ahora era como si hubiese empequeñecido, encogido, como si hubiese perdido la apostura que aquella confianza ficticia, que llegó a tener, le daba. Cuando salió el tren, Manuel no se volvió pero agitó la mano porque sabía que Lázaro le estaba mirando. El tren dejó la estación de su ciudad y se metió en la noche que ya estaba cerrada.
El expreso Costa Brava era un tren que venía de Algeciras y que subía hasta Port Bou en la frontera con Francia. Durante el día hacía el recorrido de Algeciras a Madrid y por la noche el de Madrid a Port Bou. El tren iba lleno de magrebíes con chilabas y un montón de equipaje, de soldados que estaban haciendo la mili en África y volvían a la península con sus bolsas y petates y, en general, de gentecilla de medio pelo, como Lázaro. De todos los que viajaban en aquel tren ninguno tenía pinta de tener donde caerse muerto. Era difícil encontrar un sitio entre aquel marasmo de personal. Todo el mundo se había tumbado donde pudo para pasar la noche y los acomodados, que ya llevaban muchas horas de tren, ignoraban totalmente a los que no encontraban sitio. Los aposentados, dormidos o fingiendo que lo estaban, pasaban indolentemente de los demás, aunque algunos mostraran sus billetes con derecho a asiento. Había quien protestaba y amenazaba con llamar al revisor pero los acomodados ignoraban sus protestas, y hasta su mera existencia, con la misma indolencia del que toma el sol. A Lázaro eso no le preocupaba. Tenía un desasosiego que le hacía inmune a la incomodidad. Buscó un lugar libre junto a una ventanilla, en un pasillo, y allí, a ratos de pie y a ratos sentado sobre su pequeña maleta de cartón piedra, pasó la noche. No durmió nada. Llevaba la ventanilla abierta por la que le entraba el aire fresco de la noche y el olor a carbonilla y a humo de la máquina. Iba pasando por muchas y muchas estaciones, todas desconocidas. El Costa Brava paraba en casi todas. Ansioso y anhelante de la llegada del nuevo día, no se apartó de la ventanilla en toda la noche. Lázaro, con el alma atenazada por las sombrías profecías de su tío Prim, pensaba y repensaba: ¿Cómo me irá?, ¿ganaré dinero?, ¿podré volver orgulloso a mi casa dentro de unos meses con un montón de billetes? O, por el contrario, llevarán razón Prim y Mauri y volveré sin un duro, como un desgraciado. ¡Qué vergüenza, si me pasara esto!
Luego, siguiendo con las previsiones que se le habían anunciado, pensó: ¿será verdad que son tan putas las tías extranjeras y que como te descuides te dejan sin un duro?, tengo que tener mucho cuidado… Los pensamientos se sucedían veloces, atemorizantes, como el trac-trac, trac-trac monótono de aquel tren que cada vez le alejaba más de su ciudad. Así, en aquella laguna de incertidumbre, transcurrió la larga noche.
Amaneció en Tarragona. El tren estaba parado en la estación. Recordaba Lázaro, como en un sueño, una explanada gris ante sus ojos, totalmente quieta, frente a la estación. Al principio le pareció una inmensa llanura de cemento grisáceo con esa extraña luz irreal del amanecer calmo y brumoso. Era tan irreal que pensó que se había dormido y estaba viendo una extraña visión. Tuvo que convencerse a sí mismo de que, por fuerza, aquello había de ser el mar y no la explanada inconmensurable, gris, quieta y vacía que parecía. Aquella primera visión del mar le defraudó. ¿Y era allí donde los ríos cantarines y sonoros iban a parar? ¿A aquella triste quietud?
Tres horas después el Costa Brava se detuvo en su estación de destino: Canut de Mar. Desde allí tomó un autobús que le dejaría en el Hotel Casals.
El hotel estaba entre Canut de Mar y Boadella, a unos dos kilómetros del primero. No iba Lázaro muy tranquilo en el autobús porque todo el mundo le miraba fijamente, de un modo extraño, apenas daban en él. Claro que, como le habían dicho que aquello era Cataluña, pensó que quizás se le notara que no era catalán y puede que, a los de allí, su fisonomía les pareciera algo curiosa. Pero, en efecto, la gente no dejaba de mirarle, no era una aprehensión suya.
El chófer del autobús le indicó donde estaba el Hotel Casals y le dejó frente a él. A Lázaro le impresionó el edificio. Tenía un ancho acceso por la parte izquierda que permitía a los vehículos y a las personas acercarse a la entrada principal o acceder al hermoso bar con terraza y piscina que ésta tenía enfrente. Nada más iniciar su entrada por ese acceso oyó unas voces dirigidas a él pero, como sabía a qué iba, continuó su camino sin detenerse.
No habían pasado ni cinco segundos cuando vio venírsele encima dos enormes perros. Uno era un bóxer y el otro un pastor alemán. Casi se paralizó del susto. Antes de que se diera cuenta cada uno de los perros le tenía apretado, mordiéndole uno cada pie, contra el suelo. Al mismo tiempo los dos perros gruñían amenazadoramente como si avisaran de que no se moviera. Quedó inmóvil y aterrorizado. Le seguían voceando que se fuera, que aquello era propiedad privada. Estaba desconcertado y sorprendido. Mira que si ahora no me quieren aquí, pensó. Y se dio cuenta de que el dinero que tenía no le daba ni para volver.
De repente salió por la puerta principal un señor mayor y se vino hacia él.
- Perdone, buenos días... –dijo Lázaro, intentando congraciarse con quien se le aproximaba.
El hombre le miró y, como si acabara de darse cuenta, dijo:
- Usted debe ser el Lázaro.
- Sí, sí señor...
- ¡Fat, Dat! -ordenó inmediatamente con dos voces secas, y los perros soltaron a Lázaro y mansamente se retiraron a su espalda- Perdone, Lázaro, pero ya verá usted que por aquí hay mucho vagabundo que se mete por cualquier parte. A usted estos perros no volverán a confundirle.
El hombre tenía más de 60 años y le hablaba en castellano con un fuerte acento catalán que, claro, Lázaro era la primera vez que identificaba. Tenía aspecto de pallés, vestía con modestia pero iba muy limpio, era calvo y fuerte y tenía las manos grandes como el que ha trabajado con ellas toda su vida. No lo parecía pero, según Lázaro supo después, era el dueño de todo aquello. Era el señor Agustí. Educadísimo, siempre le trató de usted durante los cuatro meses de la temporada de verano en que el muchacho trabajó para él.
- No trabaje usted hoy, Lázaro, dedique el día a descansar que no habrá dormido bien.
- Mire usted, señor Agustí, yo he venido aquí a ganar dinero y empiezo a trabajar ahora mismo –dijo Lázaro, que tras la noche de incertidumbre y dudas, llegaba totalmente concienciado.
- Bueno, hombre, como usted quiera, pero, por favor, suba primero a la habitación que le asignarán y lávese un poco. Baje con camisa blanca y corbata y, en cuanto sea posible, le haremos un uniforme.
A pesar de su buen trato aquel hombre le miraba también con una cierta extrañeza. ¿Habrá por aquí tan pocos castellanos? Sus prejuicios no le dejaban imaginar otra cosa antes las persistentes miradas de todo el mundo. Al poco una señora le condujo a una habitación a la que se accedía por un patio que estaba en la parte posterior del edificio. Subiendo unas escaleras que daban a una galería había una sucesión de habitaciones con una ducha y un servicio común. Allí tenía su habitación, compartida con otro miembro del personal del hotel, y, anejo a ella, otro servicio con ducha.
Al ir al servicio para lavarse, encontró en el espejo la imagen de alguien que le costó reconocer. Era un chico con el pelo rizado, un trajecillo teñido de negro como si viniera de enterrar a alguien, la cara asustada y, eso sí, toda ella negra de carbonilla como si se hubiera disfrazado para hacer de rey negro en la cabalgata de su pueblo. Sólo alrededor de los ojos aquello blanqueaba un poco. El humo y la carbonilla del tren habían hecho su efecto a lo largo de la noche. Los catalanes no habían notado que fuese castellano. No había sido una cosa genética. Podía tenerlo claro.

17 abril 2009

Admonición


Enseguida comprendieron al verle, su madre y los demás, que las cosas no habían ido bien en La Fambra y que esa vuelta, inesperada y sin avisar, no significaba nada bueno. Sin embargo no hubo reproches y se conformaron con las explicaciones que Lázaro dio.
En su casa las cosas, económicamente, no iban bien. Su madre no se lo dijo pero no hacía falta. Buscó la dirección que Blasco, el pupilo de la residencia, le dio en La Fambra. Era la del Hotel Casals en Canut de Mar.
Lázaro escribió y le comunicaron, a vuelta de correo, que estaba aceptado, que se presentara cuanto antes.
Se lo dijo a su madre. Ella puso el grito en el cielo. ¡Irse a trabajar a la Costa Brava!, pero si aquello estaba casi en Francia, ¡a quién se le ocurría! ¡De ninguna manera!
No obstante, ella, que le conocía bien, sabía que no podría pararle. Asustada, por lo que le pudiera ocurrir, decidió pasarles el asunto a los hombres fuertes, a los duros de la familia, que eran como dos patriarcas gitanos sólo que en payo. Los dos por cierto se llamaban Ángel. Sí, como el custodio. Eran dos tíos políticos de Lázaro.
Lázaro, molesto porque su madre no se considerara suficientemente capaz para asumir por entero su decisión, pensó en no acudir a la llamada de ninguno de los dos patriarcas y hacer lo que tenía en mente. Sin embargo, tras serenarse, dudó de que aquella decisión fuese acertada y, aún en contra de su primer pensamiento, decidió entrevistarse con ambos y ver si, al menos, su madre se calmaba.
El primer Ángel, el tío Ángel Prim, le citó en su despacho, cosa que sonaba bastante seria, solemne y hasta amedrentadora. Pero a Ángel Prim le encantaban esas solemnidades novecentistas, algo trasnochadas, y a Lázaro no le extrañó el lugar elegido para la cita.
Estaba el despacho en un almacén de antigüedades que, junto con un socio al que todos llamaban Mauri a pesar de ser casi sesentón, tenían en una zona comercial de la ciudad. Todo fue entrar Lázaro en el despacho, cerrarse la puerta a sus espaldas y caerle encima una retahíla de reproches, admoniciones, advertencias e historias ejemplarizantes destinadas, sin duda, a disuadirle de sus propósitos. Sin embargo, éstas sólo contribuyeron a incrementar su corto conocimiento de la vida, de las personas en general y de su tío Ángel Prim y su socio Mauri en particular, aparte de llenarle de nuevos temores que a él no se le habían ocurrido. A lo largo de la entrevista se sucedieron frases similares a éstas:
- Pero, ¿es que tú nos vas a hacer creer que te vas a Canut de Mar a trabajar?
- Pero, ¿es que tú te crees que nosotros no hemos tenido dieciocho años?
- Pero, ¿es que tú te has creído que Mauri y yo somos gilipollas?
- Pero, ¿es que tú te has pensado que Mauri y yo nos hemos criado debajo de un tomillo?
- Tú no vas a hacer en Canut de Mar ni un puto duro y, además de con los bolsillos vacíos, vas a venir hecho un vicioso y, puede que también, un enfermo. Pero, ¿tú sabes dónde te vas a meter, muchacho?
- Pero, ¿no comprendes que ya tendrás tiempo de irte de mujeres y que lo que tú tienes que hacer es trabajar y ayudar a tu madre?
- Mira, ¡pregúntale a Mauri, que ha vivido mucho, lo que le pasó en Cádiz cuando era joven por encelarse con una chica!
Mauri, a desgana, narró sucintamente los hechos tirando del tono más paternal, cariñosos y convincente que encontró:
- Pues mira, hijo, que me pillé unas purgaciones que me duraron dos meses y el día que me iba, como despedida, sus tres hermanos me dieron una mano de hostias, según ellos, por haber abusado de la niña y, ya de paso, me quitaron la cartera y el reloj.
Lázaro se calló y miró al suelo porque aquello último le resultó familiar. Su tío Ángel Prim, interpretando su gesto como una primera señal de arrepentimiento, volvió a la carga.
- ¡Lo estás viendo, es que os creéis que lo sabéis todo y no tenéis ni puta idea de nada, que sois unos jodíos críos que vais por ahí a comeros el mundo!, ¡y es el mundo el que os come a vosotros!, ¿qué te crees, que no nos hemos enterado que te han echado de la residencia de La Fambra? ¡Qué vergüenza! ¿Es que no podías haber trabajado allí, si esas fueran tus verdaderas intenciones? Pero, claro, La Fambra se le ha quedado muy pequeña al señorito…
Ángel Prim siguió así durante una hora, poco más o menos, incrementando el número de los ejemplos aleccionadores que a Lázaro, por fuerza, le habían de disuadir de su actitud. Pero, eso sí, cada vez que tenía que poner un ejemplo de alguna golfería rastrera, vivida en propias carnes, no elegía las suyas, como sujeto del ejemplo, sino las del sufrido Mauri. Éste andaba ya un tanto quemado. De todas aquellas narraciones ejemplares y moralizantes el protagonista, cubierto de escarnio, era siempre e indefectiblemente el señor Mauri.
Así Lázaro se fue enterando de las juergas desmesuradas, las borracheras, las noches locas, los días seguidos de noches en blanco por el juego, las aventuras sexuales de pago y las surgidas con el voluntariado y todos los excesos conocidos, como si lo leyera pormenorizado en un manual titulado ABC de la golfería. Por otro lado le mostraron toda la gama de consecuencias orgánicas colaterales que estos hechos suelen traer consigo (enfermedades de la piel, horribles resacas, problemas de estómago, venéreas, peleas, trifulcas, robos, despilfarro de dinero…) pero, eso sí, siempre, inexorablemente, en la piel del rijoso de don Mauri.
Llegó un momento en que el pobre Mauri, ya mosqueado del todo, cuando su socio Ángel Prim le urgió por enésima vez para que contara al muchacho alguna otra desgracia, a la que, ¡cómo no!, una pérfida mujer le llevara seduciéndole con sus encantos y aprovechándose de su nívea candidez, se plantó. Y esta vez Mauri estalló y no se cortó en su furia pues, dando un puñetazo en la mesa, se revolvió como una pantera y encarándose con su socio le dijo:
- ¡Mira, Ángel, me tienes hasta los mismísimos cojones!, y luego, dirigiéndose al muchacho añadió:
- ¡Dile a tu tío que te cuente él su puta y aciaga vida, porque en todas esas ocasiones, que tanto insiste en que te cuente, estuvo también él y le pasó como a mí y aún peor algunas veces, ¡joder! ¡Qué ya está bien, coño!
Así se enteró Lázaro de que aquellos dos seres, hasta ese momento para él próceres ejemplares, habían sido dos crápulas de muchas campanillas. No se daban cuenta que él, a su edad, si no era ya un ser puro, porque no lo era, andaba todavía en los arrabales más cercanos a la virtud.
Sin embargo Lázaro, para ser tan joven, no perdió la calma. El muchacho, con sus mejores modos, les agradeció todas sus advertencias y consejos pero les dijo que o le buscaban un trabajo, además de bien aconsejarle, o se iba a Canut de Mar donde ya lo tenía apalabrado.
Ocurrió lo previsible. Como es mucho más fácil predicar que dar trigo, los ofrecimientos no fueron más allá de estos consejos y, aparte de quedar ambos a la altura del barro ante Lázaro que por personas ejemplares les había tenido hasta ese día, no alteraron el firme propósito de éste. Y así su decisión se mantuvo firme porque, de trabajo, no hubo ofrecimiento alguno.
Lázaro se despidió amablemente de Ángel Prim y de Mauri. Ellos quedaron cumplidos por haber intentado disuadirle de su idea y algo atufados entre ellos. Lázaro, fuertemente ejemplarizado por sus devaneos, marchó contento por no haber mudado de propósito y, sobre todo, por no haber regañado con ellos. Se alegró de que su experiencia con el director de la residencia le hubiera servido para algo.
Pero lo peor aún no había pasado. Le esperaba el segundo patriarca. Y éste no estaba tejido con los mismos mimbres que Mauri y su socio. El otro ángel, Ángel Olmo, había sido la representación de su terror personal en la infancia. Era un hombre hecho para tratar con adultos. No entendía en absoluto a los niños. Lázaro no lo era ya, pero la imagen de Ángel Olmo era para él la de un hombre gruñón, machacón, expeditivo, foco de regañinas sin fin, con un genio de mil demonios y un aspecto amenazador que aparecía ante él revestido del profundo temor que le inspiró en su infancia. El segundo ángel, le recibió en la cama. Su tía ya se había levantado mucho antes de que él llegara. Era una mañana de domingo y al tío le gustaba quedarse en la cama leyendo, cómo no, libros de guerra, los más, y también de historia pues ambos eran sus lecturas preferidas. Aunque este encuentro le pareció que discurriría como el anterior, o si acaso más dramáticamente por los antecedentes de Olmo, no lo fue en absoluto. Fue más parecido a esas escenas de las películas de la mafia donde un padrino tranquilo y experimentado escucha, con paciencia y fingiendo gravedad, los proyectos de un jovencito inexperto pero audaz que desea hacer algo al margen de la cobertura familiar.
La verdad es que aquel Ángel Olmo era un hombre mucho más correoso que Prim en todos los aspectos. Toda la vida había sido un mercader, un tratante, un comerciante vocacional, hasta con los gitanos había hecho tratos favorables, se había tirado la guerra entera en las trincheras, tenía un montón de condecoraciones...y físicamente imponía. A aquel hombre no se le podía engañar. En efecto, si se mantenía serio, su rostro de piedra no dejaba escapar un gesto que delatara su pensamiento. Un gánster de Chicago no hubiera impuesto más respeto. Unas cejas anchas y oscuras, como dos cepillos, ponían un acento circunflejo a la dureza de su rostro. Un pipiolo como Lázaro no tenía ninguna oportunidad ante aquel capo. El muchacho habló sin titubeos desde el principio. Eso le salvó, Olmo, experto en tratos, intuía los resquicios que ensombrecen la verdad en cualquier vacilación. El tío le dejó hablar tranquilamente, sin apremiarle, y, a los dos minutos, aquel tahúr que había desplumado a los veteranos italianos de su compañía jugando al mus bajo fuego de mortero, ya se había dado cuenta de que simplemente tenía delante a un chico que quería trabajar en el verano para darle el dinero a su madre y pasar el invierno estudiando. Como zorro viejo se percató al instante de que tenía delante a un infeliz adornado de buenas intenciones. Hizo que la conversación se prolongara. Lázaro, animado por la inesperada receptividad que encontró en el tío, habló y habló, sin percatarse de que justamente era eso lo que su tío quería. Cuando el muchacho le hablaba de los derechos, de la justicia, de la bondad...Olmo no le contradecía. A veces se limitaba a sonreír muy suavemente (como diciendo: hijo, hay que joderse lo tonto que eres, lo que te falta por aprender) y otras le hacía preguntas, abundando en el tema que trataban. Por sus respuestas se daba cuenta de que Lázaro era sólo era un muchacho sin apenas experiencia en nada, un inocente, un ignorante sin picardías. Curiosamente, Lázaro, desde aquel día apreció en aquella especie de gánster, que tantas veces le había hecho temblar de niño, un afecto que no esperaba. Cuando Lázaro se fue, Angel Olmo llamó por teléfono a su madre, la tranquilizó y le recomendó que le dejara hacer al muchacho sus planes. Y aquello fue el inicio de una amistad duradera.

15 abril 2009

De vuelta


A medida que el autobús se alejaba de La Fambra, Lázaro quiso rememorar su estancia en la ciudad pero no pudo. El agotamiento le venció y le hizo pasar la página de golpe. Se quedó dormido.
El aire tibio del viejo autocar, su suave traqueteo, el trajín inusual de las últimas horas, el cuerpo tullido por los golpes y el frío de la noche pasada al relente le pusieron a dormir casi en el acto. Apoyó la cabeza en la ventanilla y no le dio tiempo a más: fin de capítulo. Se le fue la luz y el relax se apoderó de él.
Habrían pasado tres horas cuando su cuerpo se sintió ir adelante por la inercia de un frenazo y su cabeza fue a dar con el respaldo del asiento que tenía delante. Se despertó aturdido sin saber muy bien donde estaba.
- Marachote, veinte minutos de parada – voceó el conductor, abriendo la puerta y bajando del autobús.
Los ocupantes, con las piernas agarrotadas por el tiempo de quietud, se apearon de él estirándose y entraron en la cantina de Marachote. En una esquina había una mesa cuidadosamente preparada con su mantel, servilletas, cubiertos, vasos y platos. Enseguida la ocuparon el conductor y su ayudante. Una chica joven con un delantal blanco, que se movía airosamente, les puso delante inmediatamente sendos platos con un par de huevos fritos, un chorizo y un lomo. Antes de que pudieran pedirlo trajo también una panera repleta de trozos de pan blanco y una botella de vino tinto a granel, espeso, casi negro, tapada con un corcho. Lázaro, al ver los dos platos humeantes, sintió más cruel que nunca el retortijón del hambre. Hacía más de veinticuatro horas que no probaba bocado. Tenía necesidad y le dolía la cabeza. Se echó mano al bolsillo pero al instante recordó que no tenía dinero. Se dio cuenta de que ni al hambre ni a la falta de dinero estaba acostumbrado. Sin embargo, había entrado en aquella cantina por inercia. No había sido buena idea. Ahora estaba allí, como un tonto, sin poder apartar los ojos de la comida, con las tripas sonándole y la boca aguada.
- ¿Qué va a ser? –le dijo un mozo con una chaquetilla blanca que atendía la barra.
- Nada, gracias. No me encuentro muy bien –dijo Lázaro improvisando una disculpa.
El mozo le miró de mala gana y continuó atendiendo a los que se acercaban a la barra. Lázaro se apoyó en ella de espaldas y vio como la gente se había sentado a las mesas y mientras unos pedían de beber otros sacaban tarteras con filetes empanados, tortilla de patatas, embutidos, pedazos de jamón curado, pimientos fritos, empanadillas, torreznos… y un olor variopinto a comida apetitosa le llegó de todos lados.
Un hombre mayor, frente a él, se apoyó una hogaza de pan en el pecho, poniéndola de canto, y le sacó una cuña hermosa con la navaja. Al terminar de hacerlo sus ojos se cruzaron con los de Lázaro. El hombre, curtido por los años, le dio el trozo de pan a una mujer que iba con él. Partió un segundo pedazo sin dejar de mirar al muchacho. Luego le dijo a la mujer que sacara el jamón y, mientras, él cortó un tercer trozo de pan. Lázaro miraba al suelo. El hombre troceó el jamón y tomando una buena loncha la puso sobre una de las cuñas de pan.
- Prueba, chaval, que es de mi pueblo. Seguro que en la capital no coméis cosas de éstas, ¡de qué parte!
- Muchas gracias –y lo cogió Lázaro con la cabeza gacha, con una vergüenza que le impidió añadir nada más, mientras sentía como la saliva se le agolpaba en la boca.
El hombre movió de lado la cabeza y sonrió, guardándose el pensamiento que tuvo en sus adentros. No dijo nada y dejó que Lázaro comiera sin molestarle. La mujer le miraba extrañada y por lo bajo dijo:
- ¿De qué le conoces?
- Para algunas cosas no hace falta conocer a la gente –dijo secamente el hombre, mientras hacía pequeños trozos de su loncha de jamón sobre el pan con la navaja cabritera.
Y la mujer, acostumbrada a no insistir y menos a destiempo, no dijo nada.
Cuando el chófer y su ayudante terminaron de almorzar se acercaron a la barra a tomar café. Era la señal para que todos pagaran lo consumido y regresasen al autobús.
El hombre que le había convidado hizo una seña a la mujer y ésta recogió todo y lo metió ordenadamente en un capacho grande de hule oscuro.
- ¡Qué vaya bien!
- Muchas gracias –dijo Lázaro casi más con la sonrisa y el brillo de los ojos que con la tímida palabra y siguió a la pareja hacia el coche.
Sus benefactores se bajaron en Alcolea, un pueblo a una hora de Marachote. El viejo y el chico se despidieron con una última mirada.
Dos horas después el coche paró donde siempre, frente al palacio. Habían llegado. Lázaro, con la mente aún habituada a La Fambra, lo abandonó como el que rompiera el cordón umbilical que definitivamente le apartara de ella.
Con la maleta y la bolsa subió andando por la Calle Mayor. En todos lados el río, el puente, el palacio, la Calle Mayor… La vida estaba revestida de monotonía. Estaba de nuevo en su ciudad y la vida, después de aquellos efímeros destellos de La Fambra, parecía de nuevo la misma película en blanco y negro de siempre.

12 abril 2009

Viajar también es mentira


Poquito a poco, y si tanta actividad como a la que estamos aparentemente avocados nos lo permite, nos podemos ir dando cuenta de lo que pasa.
Parece que hay que tener una casa y luego una segunda residencia (mar, montaña, pueblecito con encanto… / crucifixion, lapidation, flagelation…). No hay que tener dinero, hay que invertirlo, mostrando así nuestro lado más solidario, para que florezcan urbanizaciones por doquier y el mundo avance y las empresas ganen y generen generosas puestos de trabajo y así el hombre llegue a poseer la tierra. Que, por lo visto, equivale a ocuparla.
Hay que tener coche. Todos solíamos empezar, cuando entonces, por el denominado modesto utilitario, por lo del poco consumo y la facilidad para aparcar, que con el tiempo, y siempre por motivos de seguridad, cambiábamos por algún cochazo, dejándole el utilitario a la señora que, al parecer, le bastaba y aún sobraba con la seguridad que el cochecillo tenía. El sueño americano era tener aparcados, a ser posible en ostentosa batería a la entrada del chalé, el cochazo, el utilitario, el deportivo, el todo terreno, los de los chicos, la moto bicilíndrica, la de todo terreno y el vespino de la niña, el squad del travieso adolescente y la moto náutica subida en su carrito por si surgía un desplazamiento urgente a la costa atraídos por la llamada inapelable y atávica del aire iodado.
Y, luego ya, y tan importante o más que todos los anteriores mandamientos, está la obligación inexcusable de viajar. ¿Nos hemos preguntado alguna vez si nos gusta viajar?
Pero qué cosas, si viajar le gusta a todo el mundo. Ese sentido de libertad, esa sensación de autonomía, el llegar a sitios desconocidos, el descubrir lo inesperado, el disfrutar de parajes insospechados, el degustar los platos de sabor nuevo, el observar la rica variedad de tradiciones y culturas, el sentido del viaje que es como la vida, un transcurrir de aprendizajes y descubrimientos… ¡Cómo no nos va a gustar viajar!
Pues lo siento pero:
Ya no hay viajes, hay desplazamientos masivos.
Ya no hay viajeros, hay turistas.
Ya no hay itinerarios, hay destinos decididos por agencia.
Ya no hay alojamientos, hay reservas de hotel con tiempo de antelación.
Ya no hay contemplación tranquila, hay el constante chasquidito de la fotografía digital.
Ya no hay entornos naturales a observar, hay centros de interpretación de lo que vemos.
Ya no hay gastronomía local, hay comida convergente o rápida.
Ya no hay nada inesperado, hay rutas o visitas guiadas.
Ya no hay parajes insospechados, hay lugares atascados de coches todo terreno.
Ya no hay sitios tranquilos, hay sitios llenos de semejantes con su impedimenta.
Ya no hay viaje, existe, bien fundamentada, una industria basada en ese viajar que, supuestamente, nos encanta.
Bueno que nos han dicho que ha de encantarnos pero que, evidentemente, no es así. El verdadero viajar, como siempre, va a quedar en poder de unos cuantos afortunados que, bien por poseer recursos infrecuentes, puedan hacerlo cuando lo deseen o bien que, por ser pobres de pedir o meros vagabundos, se desplacen por la geografía por sus propios medios y en el tiempo en que les pete. Los demás creemos que viajamos pero hacemos el ridículo. Creo que esto de viajar voy a dejarlo. Viajar también es mentira.

03 abril 2009

El adiós


En casa de Camelia Lázaro se dio una ducha y, con su ayuda, se lavó y curó las heridas que tenía en cuerpo y cara. Había hematomas grandes en el cuerpo pero, seguramente siguiendo las instrucciones del macarra, no le habían pegado demasiado en la cara o, por lo menos, se encontraba reconocible y sólo con algún chichón, producto sin duda, de haber rodado por el suelo. Camelia limpió sus ropas y las dejó lo más decentes que pudo. Luego desayunaron juntos. Ella había ido a la vieja tahona del pueblo, que abría muy temprano, y comprado una hogaza grande, tostada y crujiente. Desayunaron huevos fritos mezclados con torreznos de esponjosa y crujiente corteza. La mezcla de aquel pringue sabroso y caliente estaba muy apetitosa. Además todo mojado y rebañado con el pan recién traído y aún tibio hizo que Lázaro se entonara definitivamente. Más que un desayuno fue un almuerzo. El café de una segunda cafetera puso buen fin a aquello.
- Perdona –dijo Lázaro –por las confidencias que te he hecho y que tenía apalabrado que de mí no saldrían.
- No tiene importancia –dijo Camelia.
- Es que son cosas cuyo conocimiento encierra peligro, informaciones que …
- Calla, Lázaro, si tú supieras las cosas que me cuentan.
- ¿Qué quieres decir? ¿Es que no te parece raro que yo…?
- Mira, Lázaro, las prostitutas somos como los vertederos de los sentimientos molestos, de los remordimientos. Todo lo que los hombres no se atreven a contar o lo que les avergüenza o lo que les tortura o lo que les preocupa, viene a parar a nosotras… si supieras cuanto yo sé dudarías, como me pasa a mí, de todo. Pero como la experiencia no se trasmite, de nada sirve que te diga. Contarte historias sería tontería. Ya irás aprendiendo, so pena que en alguna de éstas te dejes el pellejo. Dios no lo quiera.
Camelia, a media mañana y una vez que Lázaro estuvo más o menos aseado, le llevó de nuevo a La Fambra y aparcando su utilitario frente a la entrada principal de la residencia le dijo:
- Bueno, Lázaro, hasta aquí hemos llegado. Yo tengo que volverme y dormir lo que pueda hasta que abran el local. Qué te vaya bien. Supongo que no te volveré a ver.
- Nunca se sabe, pero creo que no.
- Pues, adiós entonces.
- ¿Puedo besarte?
Sorprendida, Camelia miró a Lázaro y dijo con una sonrisa y llena de buen ánimo:
- Pues claro, hombre, es lo menos.
Lázaro, por los nervios, le besó torpemente en los labios y apresuradamente bajó del coche y, desde la puerta del recinto de la residencia, le dijo adiós con la mano y ella pudo leer en su boca, y sobre una sonrisa, la palabra gracias. Camelia arrancó el coche y volvió despacio a su casa del pueblo. Durante el trayecto tomó un pañuelo de papel de la bolsita que llevaba en el salpicadero y se sonó la nariz.

Al entrar Lázaro en el recibidor de la residencia enseguida percibió algo extraño por la mirada intranquila del conserje. A todas luces parecía que el viejo le estaba esperando. Santiago, el conserje, era un hombre mayor, a punto de jubilarse que, tan pronto como vio a Lázaro, frunció el ceño y se acercó a él con su cara bondadosa de hombre tranquilo cruzada por una señal seria de preocupación.
- El señor director me ha encargado que le diga que ha de recoger sus cosas y marcharse –dijo Santiago, de sopetón, como el que cumple con una penosa obligación pero sabe que no puede eludirla.
- ¿Pero, cómo es eso? -se alarmó Lázaro.
- Me ha encargado que le diga que usted ha abandonado el servicio, que esa noche no ha dormido en la residencia y que además esta mañana no ha venido a trabajar…
- Pero es que he tenido mis razones. Me gustaría hablar con él.
- Pues no va a ser posible. Esta mañana le llamó el comisario Mansoz y, apenas habló con él, tomo esa decisión. Luego me dijo que iba a reunirse con el resto del equipo directivo fuera del centro y que estaría ocupado toda la mañana. Que le dijera lo que acabo de decirle y que su decisión era inamovible.
- Pero, Santiago, no puedo marcharme así. Hasta mañana no sale el coche en el que puedo irme y además… no tengo un céntimo.
- Pues ha de irse, Lázaro, el director no ha dejado ninguna duda. Hágame el favor de recoger sus cosas y en cuanto acabe debe entregarme sus llaves y dejar la residencia.
Lázaro abrumado se dejó caer en una de las sillas que había en el recibidor. Se inclinó y apoyó la cabeza entre las palmas de sus manos mientras los codos descansaban sobre sus rodillas. Estaba totalmente abatido. Ahora veía las consecuencias de haberse enfrentado con el director por un lado y de no haber aceptado las pretensiones de Mansoz. Todo ese idealismo, ese rechazo a la injusticia y todas esas consideraciones tan idealistas y cabales habían conseguido que le pusieran de patitas en la calle a la primera de cambio. Lo de no seguir los dictados de Mansoz como un cordero le había dejado radicalmente sin dinero, le había granjeado un palizón y el salir, casi de una patada, de su trabajo. Eso por listo, a ver si para otra vez espabilas, cilorrio, más o menos fue el mensaje que recibió en su despedida. Y Lázaro empezó a cavilar si no le hubiera convenido más ir a lo suyo y haber seguido haciendo el topo y viviendo bandera. Que la honradez mira a dónde le había traído desde los sitios suntuosos donde la picardía le tenía instalado. Aquellas últimas horas habían sido como un epitafio a su idealismo juvenil y al deseo de recuperar caballerosamente su honradez empañada. Y, para colmo, Mansoz y el director confabulados. Como el conserje dijo, era tontería el insistir. Le convenía irse y cuanto antes.
Recogió lo que tenía y volvió a meterlo en la vieja maleta aquella de cartón piedra. Tenía alguna ropa nueva que compró en sus meses de esplendor económico y también algún calzado. Se arregló con la vieja maleta y una bolsa grande. Tampoco pudo despedirse de nadie pues a aquellas horas todo el mundo andaba en sus quehaceres. Fue a entregar sus llaves a Santiago antes de marchar.
- No debió usted enfrentarse al director cuando el asunto de la Semana de la Juventud, usted no sabe cómo las gasta esta gente.
- Me temo que ya no tiene remedio. Muchas gracias por todo y que le vaya bien. Creo que el año que viene se jubila usted, Santiago –dijo Lázaro para cambiar de tema y fingir que ya se había sobrepuesto a su desgracia.
- Pues, sí.
- Que sea enhorabuena y que lo disfrute –dijo Lázaro al tiempo en que le tendía la mano al viejo.
Santiago se echó entonces mano a un bolsillo y, mirando precavidamente a los lados, le entregó un sobre marrón de los de la correspondencia oficial.
- Tome. He llamado a la estación y me he enterado de lo que vale el autobús. Más no puedo darle, pero para el billete siquiera…
Lázaro estuvo a punto de abrazar al viejo pero, mirándole a los ojos, le dio las gracias con un largo apretón de manos y con un nudo en la garganta se despidió.
- Adiós, señor Santiago. Muchas gracias.
- Adiós, muchacho.

Con la maleta y la bolsa estuvo deambulando por la ciudad. Pero procuró no dejarse ver por los lugares donde pudieran conocerle, le daba ya vergüenza su estado de necesidad recién estrenado y también el tener que dar explicaciones de su marcha. Menos mal que había desayunado hasta hartarse en casa de Camelia. Lo que le dio Santiago alcanzaba para el autobús pero no podía gastarlo. El autobús salía a las ocho del día siguiente. Con la maleta y la bolsa deambuló sin saber dónde meterse pues no tenía ni para tomarse un café. Le sorprendió el ocaso junto a la casa que hizo el abuelo marino de su amigo, en un pequeño parque municipal que había delante de ella y desde donde se veía La Fambra a la derecha y la vega del río, aunque no con la impresionante vista que todo ello tenía desde el puente de la casa-navío.
Pensó que allí podría pasar la noche durmiendo sobre uno de los bancos. El parquecillo era un sitio discreto y no era lugar de paso. Y así se quedó dormido pensando cómo cambia la suerte y cómo, de ser persona con dinero en el bolsillo y situación holgada, había pasado en apenas un día a quedarse sin nada, ni siquiera un lugar donde dormir la última noche y encima le habían apaleado como despedida. Y cómo, finalmente, sólo una puta y un viejo conserje se habían apiadado de él.
A las dos de la mañana un intenso frío que le estaba haciendo tiritar le despertó. Con eso no había contado. Se puso más ropa encima pero a pesar de ello el frío no cesaba. Se levantó y comenzó a caminar en círculo para entrar en calor abriendo y cerrando los brazos vigorosamente, fue entonces cuando vio el periódico metido en una de las papeleras. Enseguida lo desplegó y se metió varias hojas bajo la ropa pegando con el pecho y otras tantas con la espalda. Enseguida sintió un agradable calorcillo y pensó que eso le ayudaría a pasar aquella parte mas fría de la noche. Así fue.
En cuanto clareó recogió su maleta y su bolsa y comenzó a caminar con el frío relente de la mañana hacia la parada de autobuses. No sabía la hora exacta porque le habían dejado sin reloj. Cruzó por última vez el viaducto y el recuerdo del suicidio, de Valeria, de los paseos, del amor, del desengaño… todo vino a él en un momento y se paseó por su cuerpo helado. Pero, aunque dolorosas, eran ya sensaciones pasajeras que se deshacían en su interior igual que los girones de neblina que, procedentes de los huertos, se deshilachaban lentamente bajo el impresionante viaducto.
Llegó a la plaza y cruzó la explanada hacia la izquierda, bajó las escaleras amplias y pronunciadas que llevaban a la zona de la parada de autobuses. Los tres o cuatro bares de la explanada estaban concurridos y la clientela, que como él venía a coger su autobús, tomaba cafés o copas de aguardiente o de coñá o encargaban bocadillos o desayunaban a la espera de que su autobús llegase. Lázaro sacó el billete en la pequeña ventanilla. No se había engañado el conserje, le dio el importe exacto. Se acercó al pasamanos desde el que se dominaba la escalinata que bajaba a la estación del tren, el rio y el instituto donde su rival Hilario trabajó. Se quedó allí, al calorcillo del sol que empezaba a acariciar tibiamente el pasamanos y su vista se perdió por las frondosas choperas de los paseos felices con Valeria. La bocina del autobús le sacó de su ensimismamiento. Subió diligente, mostró su billete, acopló maleta y bolsa en unas redes que servían de portaequipajes y el coche salió sin más. Dejaron atrás ciudad y río y Lázaro se sintió arrastrado de nuevo por la corriente imprevisible de su vida.


02 abril 2009

Caballerosidad


Acabado su trabajo en la residencia, hecho el silencio y entrada ya la noche, Lázaro se encaminó al burdel para llevar a término lo que, según lo comunicado a Mansoz en su último informe, sería su última visita al local. Ese día sería el día del cierre definitivo de su colaboración informativa con la policía y el del final de los ingresos de Lázaro a cuenta, según todos los indicios, del erario público.
Según caminaba hacia el tugurio, que se ubicaba al otro lado de la ciudad, le dio tiempo a pensar. Iba Lázaro ponderando lo correcta y desapasionadamente que había razonado. Cómo se estaba apartando oportunamente de todo aquello y cómo, de un modo educado, tranquilo y agradecido, se las había arreglado para salir caballerosa y educadamente de la red que Mansoz le había preparado. Tal como las cosas se habían puesto no debía continuar en su labor de confidente. Iba pensando que, tal vez, Mansoz no fuera tan ruin como pensó en un principio pues le había dejado, pese a las tentaciones pecuniarias inherentes al trato, la posibilidad de un abandono discreto, digno y anónimo de sus actividades. Pero dejando a Mansoz, iba Lazaro úfano de sí mismo por cómo, después de casi un año engolosinado por ese bienestar económico tan muelle, había sido capaz de no perder el tino y seguir los dictados de su buen criterio. Y es que Lázaro aún tenía confianza en la palabra de los hombres, a la que sin probadas razones tenía por sagrada, y lo mismo le ocurría con la caballerosidad que hasta los más truhanes, pensaba el infeliz, reservaban para los que tenían por iguales.
Al entrar en el bar, apenas traspasado el umbral y en cuanto los camareros le vieron, notó como uno de ellos, tal vez un tanto precipitadamente, se fue escaleras arriba. Sin duda subió para avisar al encargado. No le extrañó, era lo normal cuando se presentaba en el local los días acordados, todos los fines de mes en el último año.
Tenía ganas de orinar por lo que pasó a los servicios que descubrió el primer día. Todo seguía en el mismo estado de asquerosa decrepitud y suciedad. Orinó y, apenas se había lavado las manos con mucha prevención en el lavabo menos roto, buscó algo limpio con lo que secárselas pero tuvo que echarse la mano al bolsillo y secarse con su pañuelo pues, no digamos toalla, sino ni siquiera papel encontró. Fue en ese momento cuando se abrió de un golpe la puerta de los servicios dejando entrar algo más de luz procedente del bar.
De los tres hombres que habían entrado dos le miraban y el encargado se volvió con parsimonia para atrancar la puerta. Tan pronto como la puerta estuvo cerrada y bien candada el encargado dijo:
- El comisario Mansoz nos ha contado lo bromista que es usted. También ha tenido la delicadeza de decirnos que hoy nos haría su última visita, así que les he pedido a estos amigos que acudieran para despedirle. Y así lo vamos a hacer, como usted se merece, de modo que nos conserve siempre en su memoria.
Los tres hombres se aproximaron a Lázaro y éste, sorprendido y asustado, al tiempo que recibía un tremendo puñetazo en el estómago, escuchó:
- No le marquéis mucho la cara.
Fue lo último que oyó. Después le vino una tanda de golpes, una hacienda de puñetazos y una catarata de patadas por todos lados hasta que, cayendo al suelo, perdió toda noción.

Alguien con no mucha fuerza le zarandeaba. Él tenía la mente perdida y una sensación un tanto dulce, estúpida y vaga pero de frío muy intenso.
- Vamos, chico. Levanta. Vamos que llevas tirado mucho tiempo. Arriba que te vas a helar.
Tras mucha voluntad por parte de quien le zarandeaba, Lázaro abrió los ojos. Tardó unos larguísimos segundos en reconocer a Camelia, la prostituta que le consoló aquel día del observatorio. Entonces hizo un intento por levantarse pero notó cómo le dolían las costillas y la espalda y después que le dolían también el estómago y las nalgas y el bajo vientre… y recordó que le habían dado una paliza en los chocrosos servicios del burdel. Se miró y vio que estaba sucio, maloliente con manchas en el pantalón y chaqueta cuyo origen era preferible no indagar exhaustivamente.
- ¿Dónde estamos? ¿Por qué estoy aquí?
- Estás tirado en un callejón, aquí cerca del bar donde trabajo, ¿recuerdas? En cuanto a por qué estás aquí eso tú lo sabrás.
Camelia tenía un coche pequeño aparcado a apenas cien metros de allí. Le ayudó a llegar a él. Lázaro quiso mirar su reloj pero no lo tenía.
- ¿Qué hora es?
- Está casi amaneciendo.
- Llévame al otro lado del viaducto, tengo que llegar a la residencia donde trabajo.
- Pero, ¿tú te has visto?, déjate de historias. Vivo cerca de aquí, en un pueblo pequeño. Te llevaré conmigo y en mi casa te aseas un poco y te lavas para que estés presentable. No creo que tenga importancia que, por un día, llegues tarde al trabajo.
Lázaro no replicó, se sentía agotado. Ella puso el coche en marcha y despacio atravesó las solitarias calles de la ciudad en la penumbra del amanecer. La calefacción del modesto coche entonó un poco a Lázaro, entumecido por el frío y por los golpes recibidos. Ansiosamente se palpó los bolsillos. Tenía la cartera pero, al sacarla, comprobó que sólo le habían dejado la documentación. En los bolsillos tampoco tenía una sola moneda. Le habían dejado sin un céntimo, pues todo cuanto tenía en efectivo acostumbraba a llevarlo encima. Pese a su preocupación, en los quince minutos del trayecto, no pudo evitar el quedarse dormido, con las mejillas repentinamente ardiendo por el cambio de temperatura y por la febrícula que en su cuerpo se iniciaba. Ella le espabiló y le ayudó a entrar en una casa baja, pequeña y fría de un pueblo cercano al que Lázaro, al quedarse dormido, no había podido identificar por los indicadores de la carretera. Le acomodó en un sofá, le echó una manta por encima y enseguida encendió una estufa de leña con unos papeles y unas astillas y ésta, al arder en ella dos grandes tacos de madera que Camelia echó, templó en pocos minutos la habitación.
- Bueno, me quieres decir qué es lo que te ha pasado.
Lázaro tenía aún la mente confusa. Tampoco sabía si debía contarle a aquella mujer aquel enredo pero, sin saber la razón, dijo:
- Haz café, por favor, ahora te lo cuento todo.
Camelia, sin dilación, encendió un hornillo de butano que estaba en una habitación adjunta que hacía de cocina, sacó de un armarito una cafetera de aluminio de esas que se dividen en dos partes y se enroscan y se puso a la tarea. Lázaro mientras tanto sopesaba el cumplir o no cumplir con lo que le había dicho, lo de explicarlo todo. Pero repentinamente, sintió vergüenza de sí mismo. Camelia le había recogido, una persona que le conocía de un día, bueno de una noche, le había recogido. Sin encomendarse a nadie le había llevado, en su coche, a su casa. Y todo esto sabiendo que él sabía que era una prostituta. Y le dio vergüenza el encontrarse dudando de quien tan desinteresadamente le ayudaba de aquel modo y así, cuando ella trajo la bandeja con la cafetera humeante y las dos tazas, él ya tenía decidido contarle la verdad. Y se vio contándole a Camelia todo lo que a Valeria le había ocultado y no supo decir por qué lo hacía.
Cuando terminó, ella sacó de un armarito de formica brillante, imitando madera exótica, una botella de coñá, sirvió dos copas y dijo:
- Lázaro, tienes mucha suerte.
- ¿Todavía te parece que tengo suerte? –dijo él –¿Es que no te has fijado como me han puesto?
- Sí, ya te veo. Pero lo tuyo en un par de semanas habrá desaparecido.
- Y qué te parece, entonces, ¿qué tendrían que haberme hecho?
- Tú habrías seguido la suerte de Hilario. Te ha salvado el hecho de que lo de Hilario es muy reciente y no se han arriesgado a repetir la suerte. Incluso en los días que vivimos dos muertes por suicidio, en tan poco tiempo y entre gentes afines, habrían dado mucho que sospechar. Eso te ha salvado –y cambiando de tema, dijo – Sabes, me alegro de que no seas policía. No me lo pareciste el día que te conocí.
- Por eso no me quisiste cobrar.
- No fue por eso. Fue porque fuiste cariñoso.

01 abril 2009

Despedida


Valeria, a raíz de tanta comidilla, había perdido la alegría propia de sus años y se había vuelto, abrumada por tanto comentario, menos callejera y más reservada. Aunque, como todo en la vida, el interés popular por su affaire iba paulatinamente decayendo en La Zambra, el rechazo sentido por Valeria tuvo en ella un efecto mucho más persistente y doloroso. Fue como una demolición interior. Apenas salía si previamente no había quedado con Lázaro o con alguna de las contadas amigas que le quedaron. Fue el primer escarmiento serio que le dio la vida, un aviso de que por más que se lo propusiera no se iba a librar, y menos en La Fambra, de su condición de mujer. Condición, ya para los restos, de mujer lanzada, por decirlo con buenas palabras, esas que en la ciudad usaban poco. Y todo ello no tenía desperdicio porque al que hubiera podido reprochársele su conducta era a Hilario, porque al fin y al cabo casado estaba, pero no a ella que era una mujer libre. Pero lo de mujer y libre no casaba bien en las mentalidades de La Fambra. Los viejos prejuicios habían aflorado a la primera oportunidad, como ocurría siempre, y se habían cebado con ella dejándole una marca para los restos. Sin embargo, bien por el hecho de su muerte o por el de ser hombre, más probablemente, a Hilario todo le quedaba cumplido. El tiempo pasaba y era lo único que contaba a favor de Valeria, porque la gente de todo terminaba cansándose y lo más reciente sepultaba inexorablemente lo antiguo. Y así como la cúspide de la primavera enterró definitivamente al crudo invierno de La Fambra así el paso de las semanas sepultó lentamente el recuerdo del suicidio de Hilario y cuanto le rodeó. El mes de mayo estaba terminando.

Salía de vez en cuando con Lázaro pero ya raramente caminaban por la ciudad o entraban en los bares o en las cafeterías que frecuentaban unas semanas antes. Casi todas las veces fueron sus paseos por la ya familiar vega del río. Sin embargo, la relación entre ambos había perdido la espontaneidad de las conversaciones, la sonrisa fácil y la alegría sensual y desenfrenada de antes. Era como si algo les hubiese convertido en pocos días en viejos conocidos.
Lázaro, en uno más de aquellos largos paseos, le dijo a Valeria que, con las vacaciones veraniegas de los muchachos de la residencia, su estancia en La Fambra se terminaría. Ella continuó caminando, mirando al suelo, como si no le hubiera oído. Caminaron en silencio casi media hora. Ella, sin mirarle y sin dejar de andar, le preguntó qué haría después. Lázaro dijo que, de momento, volvería a su casa pero que después ignoraba lo que sería de su vida. Habría de buscar algún empleo para vivir y seguir estudiando. Ella de improviso, sin dejar de caminar ni de mirar al suelo, le pidió que la llevara con él. Lázaro siguió caminando sin contestar, sorprendido y asustado por aquella salida. Sin romper el silencio, caminaron mucho más de lo habitual aquella tarde. También hablaron mucho menos. Por una vez no acabaron en el suelo de cualquier pradera junto al río.
Cuando se dieron cuenta de lo alejados que estaban de la ciudad estaba anocheciendo. Dieron la vuelta y comenzaron el regreso a La Fambra empujados por la premura del ocaso. En la ciudad se distinguían diminutas ya, desde tan lejos, las primeras luces encendidas a la caída de la tarde. Más adelante, ya oscuro definitivamente, la luz de un tren que venía en dirección contraria rasgó la noche a una velocidad uniforme y su traqueteo se acercó y se alejó de ellos con idéntica monotonía cadenciosa hasta devolverles de nuevo a su silencio. Llegaron cerca de la ciudad sin perder el mutismo. Era noche cerrada y sólo el tenue blanqueo del camino de tierra, al que sus ojos se habían acostumbrado, hacía que pudieran seguir por él. Entraron en la ciudad al cabo de media hora. Llegaban ya al callejón donde debían separarse. Ella en dirección a su casa y Lázaro en dirección, como siempre, al viaducto para llegar a la zona del ensanche donde la residencia estaba. Lázaro veía llegar el callejón a ellos como si tuviera movimiento propio, como si no estuviera sucediendo.
- ¿Ves aquella estrella? –dijo Valeria de improviso señalando uno de aquellos puntos luminosos –la que brilla tanto y está justo debajo de aquellas cinco que están tan juntas.
- Sí –dijo Lázaro.
- Yo la miro muchas noches. Si quieres, puede ser nuestra estrella. Cuando yo la mire me acordaré de ti y cuando la mires tú te acordarás de mí. Seguro que alguna noche coincidiremos.
- Seguro.
Lázaro no se creía que se hubieran separado así, sólo soltándose la mano. Le parecía estar soñando. Sin embargo, así fueron las cosas. Ninguno de los dos tuvo valor para volver la cabeza y mirar irse al otro. Una sensación de irrealidad le invadió todo el resto del camino hasta llegar a la residencia. Un sentimiento de abandono le acompañaba.

En la residencia las cosas no iban muy bien últimamente. Los muchachos estaban revueltos con el influjo solar de la primavera, excitados por el olor mezclado de los cientos de flores brotando y soltando enseguida sus pólenes, alterados por el nerviosismo de los exámenes finales y la, ya próxima y sentida, idea de liberación del fin de curso. Todo eso era normal y constituía el ambiente, bien conocido, de los finales de curso en todas las instituciones pobladas por jóvenes.
Éstos tenían además alguna queja interna referente a la residencia. Se quejaron a Lázaro de que, para una fiesta que pomposamente llamaban Semana de la Juventud, la dirección del centro les pedía un dinero que, según ellos, sólo se gastaba en agasajar a las autoridades con merendolas mientras ellos lo pasarían con un balón en los patios. Lázaro les dijo que eso no podía ser, que hablaría con el director y que le plantearía su postura porque, evidentemente ellos, la juventud, debían ser el eje de la fiesta.
No le gustó nada al director que Lázaro, que al fin y al cabo era uno de los educadores de su residencia, se erigiera en representante de los alumnos. Sin embargo, pensando taimadamente que, si le decía la verdad, los alumnos se negarían a pagar aquel plus que se les pedía, le aseguró a Lázaro que se harían actividades para los alumnos con ese dinero y que de los extras en comida se beneficiarían todos. Lázaro, incapaz a sus años de dudar de la palabra de ese prócer que a él le parecía ser el director, trasmitió satisfecho la contestación a los alumnos y éstos, un tanto renuentes pese a todo y menos crédulos que Lázaro, pagaron.
Fue grande la decepción de todos y más aún la de Lázaro cuando, llegada la semana indicada, sucedió lo que los alumnos pronosticaron y lo que Lázaro menos se esperaba: que el director faltase a su palabra.
Hay edades en las que uno se atreve a casi todo, por ridículos que terminen siendo esos atrevimientos. Así que Lázaro tuvo el valor, llevado por una más que justa indignación, de enfrentarse con el director y, sin amilanarse ante la presencia de quien le pagaba, decirle que no le parecía honrado ni justo lo que había hecho. El director, aunque era un viejo zorro que en su vida ya había oído de todo, encajó las palabras del muchacho de muy mala gana y, pese a sus espuelas, se le puso la cara de vinagre. Sin embargo se contuvo y, de momento, nada hizo contra aquel payasete que se había erigido en defensor de los humildes.
Lázaro, pensando haber amilanado al director por la gran fuerza que pensaba que daba a sus palabras la razón, salió de la entrevista orgulloso como un paladín, con la satisfacción inmensa de haberle recriminado su actitud a su jefe y, además, en su propio despacho. No era entonces capaz, ni lo fue en mucho tiempo, de darse cuenta de que el maduro director tenía mucha práctica en tragarse sapos y culebras de todos los tamaños y que sus quejas de muchacho, además de no tener trascendencia alguna y de no ir a ninguna parte, no llegaban ni a renacuajos y tanto le inquietaron al director como las protestas de los monaguillos afectan en el pulso a los obispos. Sin embargo, Lázaro creyó que le había dado un golpe mortal, o al menos duro como pocos, a aquel director manejante y mentiroso. Y así quedó contento por lo hecho e ignorante de que en cualquier momento podía verse cacareando y sin plumas. Pero, como su ingenuidad y su simpleza caminaban del brazo, quedó orgulloso y contento del éxito aparente de su queja pues, corrido como le había dejado al director, seguramente en el futuro tendría más cuidado con lo que prometía. Seguro que sí.
Los alumnos, por su parte, le dijeron que el director se había valido de él para conseguir sus fines y, Lázaro, tuvo que admitirlo. Su protesta sirvió para tanto como su charla inicial con el preboste, aquella en la que el director le mintió. El viejo fue práctico y él tonto pero digno, desde luego. Nuevo todo para Lázaro pero, sin embargo, lo de siempre.




29 marzo 2009

Reacciones


Cuando la noticia del suicidio se extendió por La Fambra, la gente de la calle se quedó sorprendida, pues nadie esperaba del ahora suicida Hilario una cosa tal. Había sido un profesional que pasó algunos años en la ciudad y nunca se le habían conocido irregularidades, excentricidades ni extravagancias, como no fueran las inherentes a ser filósofo que algunos tenían ya por tales. Nadie se lo explicaba. Sin embargo, los mayores sabían que siempre había habido suicidas, que éstos no eran fácilmente detectables y que, curiosamente, el viaducto, desde su misma construcción, les atraía como la luz a los insectos. Se ve que desde aquella altura, y una vez superado el difícil momento de la decisión, comprendían que ya no había marcha atrás y, según dicen los expertos, el suicida verdadero busca algo totalmente efectivo. El viaducto lo era.
El hecho en sí pasó rápidamente a un segundo plano pues, al no ser Hilario de allí, sus restos se llevaron a su ciudad natal, en Galicia, y su viuda, que tras todos los trámites del entierro pidió el traslado, se marchó enseguida y para siempre de La Fambra.
Sin embargo la sombra de la duda y, en algunos casos, también el recelo y el temor se extendieron entre la gente del entorno cultural del que Hilario había sido asiduo. Durante mucho tiempo las cosas no volverían a ser como solían. En las tertulias que el profesor frecuentaba el ambiente se enrareció y nadie parecía querer hablar con nadie ni fiarse de aquellos con los que hasta entonces habían departido alegremente de los temas más variados. Algunos no creían que Hilario se hubiese suicidado, pero no se atrevían a decirlo abiertamente. Así que afirmaban que Hilario no podía haber hecho aquello o, al menos, no podía haberlo hecho sin alguna razón poderosísima. Una razón importante que, a un hombre estable como él aún siendo filósofo, le hubiera desequilibrado por completo. Como el asunto de la política era tabú, nadie se atrevió a mencionar que la muerte de Hilario pudiera tener algo que ver con ella. Sin embargo, algunos tenían indicios del enredo del filósofo con Valeria y, ¿cómo no?, el morboso asunto comenzó a propagarse por La Fambra con esa velocidad que hace lenta la que la pólvora dicen que tiene.
Lo cierto es que los rumores de todo tipo tomaron cuerpo en los distintos mentideros de la ciudad. Si Valeria había pasado desapercibida para parte de la población hasta ese momento, su nombre fue desde ese día de boca en boca y su figura se puso en el punto de mira de todos los dedos índices que pululuban por la villa… Que si Valeria le había dicho que dejara a su mujer por ella, que si Valeria le había amenazado con que todo lo iba a saber su mujer de una vez y por su boca, que si Valeria le había hecho chantaje pidiéndole dinero por mantener oculta su relación, que si Valeria estaba embarazada e iba a montar un escándalo, que si Valeria le había hecho enloquecer dándole celos con un joven, un tal Lázaro, que llevaba unos meses en La Fambra, que si Valeria no sabía de cual de los dos era el hijo que llevaba en su vientre, que se lo había querido adjudicar al profesor porque era el mejor situado, que ahora sería ese tal Lázaro el que habría de cargar con la criatura fuese o no suya… Y, según pasaban los días, la inventiva popular ideaba nuevos matices y detalles que hacían la historia paulatinamente tan complicada como inverosímil aunque, hay que reconocerlo, cada vez más interesante.
La víctima propiciatoria, elegida por la sociedad de La Fambra, para darle una explicación razonable al suicidio de don Hilario Soares, catedrático de filosofía del Instituto de Enseñanza Media y todo un señor, fue Valeria, una muchacha con los dieciocho recién cumplidos y todo lo que ello llevaba consigo. Ella, que al principio quedó tremendamente impresionada por la muerte de su profesor y amigo, no se esperaba tal cosa. Se le hizo el vacío en las reuniones donde antes era bien recibida. De ser considerada una mujer sin prejuicios pasó a ser tenida poco menos que por una ramera. Y, la chica, tuvo que acostumbrarse a que la gente volviera la cabeza al cruzarse con ella para hacer que no la veían y no saludarla, a oír comentarios a sus espaldas una vez que dejaba atrás los corrillos de la Calle Mayor y a ver cómo quien antes estaba deseando invitarle a su mesa, se deslizaba fuera del bar cuando ella entraba. Sólo le quedó Lázaro. Y ella, considerándole su único asidero, no se atrevió a decirle la verdad sobre todos aquellos comentarios por temor a perderle también a él.

Lázaro sabía que tenía que tomar una decisión con respecto a la propuesta de Mansoz. Pensó en contarle a Valeria toda la historia del asunto que se le había presentado pero, finalmente, no lo hizo. Tal vez desanimado porque Valeria no tuvo la confianza que esperaba de ella en aquellas circunstancias, tal vez porque pensó que el contar ciertas cosas era poner en peligro, sin necesidad, a otras personas y también a sí mismo. Es caso es que Valeria, contra lo que Lázaro esperaba, tampoco se sinceró con él ni le confió su historia con Hilario.
Desanimado por el ambiente de la ciudad, por la reacción de ensimismamiento y tristeza de Valeria y sobre todo por su silencio sobre Hilario, Lázaro se dio cuenta de que todo aquello tenía todas las trazas de terminarse, es más, que convenía a todos que así fuera. Viendo el cariz que tomaban las cosas en La Fambra, tanto desde un punto de vista general como para él en particular, se decidió a escribir su informe a Mansoz y, convencido definitivamente, decidió además que fuera el último. Pronto entraría el mes de junio y el curso terminaría. Con el último dinero, que pensaba recoger en su postrera visita al burdel, acabaría su trabajo en La Zambra y volvería a casa. Después habría de buscarse la vida y seguir estudiando. Ya se vería cómo.

Sr. Inspector Mansoz:

Aprovechando su sensato consejo me he tomado unos cuantos días antes de enviarle esta meditada nota que, por lo que más abajo le explico, será nuestra despedida y el fin de una relación que creo que a los dos nos ha reportado beneficios.
Deseo agradecerle, en primer lugar, su ayuda económica durante estos meses por unas informaciones que, las más de las veces, fue para mí un agradable trabajo el reunir y supongo que un relativo fastidio para usted el leer.
Ante el fallecimiento de don Hilario Soares, debo decirle que el ambiente socio-cultural que hasta ahora había frecuentado en La Fambra, y al que usted me tenía vinculado para recibir las oportunas informaciones, está totalmente enrarecido y las personas que antes eran fácilmente accesibles han dejado de serlo para convertirse en sujetos retraídos a los que es difícil sacar palabra de asunto alguno. Parece como si todo el mundo estuviese prevenido y, para qué negarlo, asustado por la brusca desaparición del profesor Soares.
Ante esta tesitura, y desconociendo por completo el ambiente político clandestino al que debería vincularme según sus indicaciones, le comunico mi decisión de desligarme del proyecto que tan amablemente me ofreció en la última reunión que mantuvimos. Le ruego que no lo considere un desaire personal ni lo tome como una falta de agradecimiento, sino como una muestra de responsabilidad por estar convencido de que no podría desempeñar su encargo con la debida eficiencia y por lo tanto debo declinar, agradecido pero realista, su amable y siempre generoso ofrecimiento.
No dude que olvidaré todo cuanto sé de este asunto, tal como usted me pidió, y en mí quedarán y de mí no saldrán todas las confidencias que de su confianza y amabilidad recibí.
El próximo día treinta de mayo pasaré por el sitio acostumbrado para recibir mi última mensualidad y, cumpliendo con el acuerdo entre caballeros del que hablamos en la última reunión, será mi última visita con ese o con cualquier otro fin a dicho local.
Quedando a su disposición le saludo atentamente y le quedo agradecido.
Lázaro

Le pareció a Lázaro que la carta pondría un digno final a su relación con la policía de La Fambra y, calculando que enseguida se vería sin dinero, indagó entre los estudiantes mayores de la residencia sobre la posibilidad de encontrar algún trabajo en verano. Uno de ellos, un tal Blasco, le dijo que en un hotel de la Costa Brava catalana, en el que él había trabajado varios veranos durante lo que los hosteleros llamaban la temporada, andaban buscando personas de sus características. Le dio unas señas y le dijo que, si le interesaba, les escribiera mencionando su nombre que, seguramente, le darían trabajo para toda la temporada que finalizaba a primeros de octubre. Aunque, le advirtió también que tendría que incorporarse cuanto antes si quería que no le quitaran la plaza otros candidatos que anduvieran más listos.

28 marzo 2009

Conjeturas


Aquella noche no pudo dormir. El comisario le había confirmado que la relación de Hilario con Valeria era anterior incluso a su llegada a La Fambra. Maldita sea, por más que disimulara, cómo le dolía la doblez de Valeria. Sí, de acuerdo, estaba callando porque no quería aquella discusión que hubiera supuesto su ruptura con ella. Se decía a sí mismo que era el sexo lo que le mantenía unido a Valeria y que con ella iba a seguir gozándolo hasta que quisiera. Y sí, se había propuesto considerarla un objeto de placer que se usa para eso y nada más y, también se había dicho, que con el tiempo la desecharía, se iría de ella. Vamos, considerándolo de otro modo y sin rodeos, había planeado hacerla su puta particular, así por las buenas, sin que ella fuera consciente de ello. Le pagaría con su misma moneda. Ella, según tuvo ocasión de comprobar, había hecho de él un cornudo cuando le vino en gana. Porque eso era lo que ella había hecho con él aunque no con el desparecido Hilario al que, por lo menos, le había dejado decidir, a sabiendas de la que había, el seguir o no con ella. Él iba a aprovechar la situación, como se había planteado hacer, cuando se serenó tras descubrirlo todo. Sin embargo, no sería posible, tal vez, que no hubiera sido sincero con ella porque le asustaba la idea de perderla. No sería que, antes que romper con ella llevado por la ira, la prefería incluso compartida. No sería este deseo lo que había querido disfrazar de desdén porque su machismo le decía que esa era una salida aceptable para la mentalidad dominante en su entrono. A Lázaro le resultaba embarazoso responderse a estas preguntas, la educación que había recibido se lo hacía difícil. Así que llegado a un punto, su mente se negaba a pensar, se bloqueaba y se evadía voluntariamente hacia otros asuntos.

- Claro, muy bonito, como que a nadie le gusta ir descubriéndose así de rastrero. Después de tanta infancia y pubertad idealista, después de tanto río y tanto mar, después de tanta mandanga… resulta que la vida te demuestra que lo que eres es, primero, un soplón por dinero y, luego, un cornudo y un consentidor por el vicio de acostarte con una tía cojonuda… Me paso yo tanto idealismo por salva sea la parte… y, para acabar así, ¿tanto misterio?
- Vaya hombre, llevaba usted muchos capítulos sin interrumpir. Es que no se da cuenta de que Lázaro estaba descubriendo el mundo verdadero. Ese mundo que a todos nos mete en encrucijadas donde tenemos que elegir, donde nada es sencillo… Además las historias deben de tener alguna enjundia que motive al lector… que le haga pensar…
- No, si ya veo. Ya veo yo lo que le está costando hacerse al dinerito y al sexo. Cuánto sacrificio. ¡Menudo sinvergüenza!, si ya lo dice el refrán del agua mansa líbreme Dios que de la brava ya lo hago yo.
- Bueno, vale. Ahora, si ya se ha quedado tranquilo, ¿me dejará seguir con la historia?
- Siga, siga, que me parece que lo que con ella vamos a aprender va a ser goloso. Y yo que creía que la novela picaresca había pasado de moda… ¡Hay que joderse con tanto mistiquito mosquita muerta! ¡Y mira luego por dónde salen!

Bueno pues el hecho es que Lázaro extendió su circunloquio y, cuando se le hizo insoportable el que tenía sobre Valeria, pasó a otras consideraciones. También, por ejemplo, se percató de que la policía no vacilaba en utilizar la vida íntima de cualquiera para esclavizarle. A Hilario por echarse en los brazos de una menor que, por cierto, lo sería según la ley que por todo lo demás… Y si la policía iba de moral y le achacaba a Hilario semejante desmán, no era acaso él otro menor al que estaba pagando por soplón esa misma policía. Cómo para fiarse.
Por otro lado tenía sus dudas sobre si Hilario, abrumado por la amenaza que pendía sobre su situación familiar y, sobre todo, por la delación que de él había obtenido la policía, habría decidido suicidarse avergonzado de sus actos. Eso era lo que pretendía el comisario que dedujera. Pero y si, tal vez, la propia policía hubiera acabado con él por accidente o intencionadamente por razones que a Lázaro se le escapaban. El suicidio desde el viaducto podía haber sido un montaje capaz de enmascarar, para un forense transigente y afín a la policía, lesiones anteriores. Además, por lo que le conocía, no era Mansoz precisamente una persona a la se le pusiera cosa alguna por delante ni de la que uno pudiera fiarse. Recordó Lázaro cómo le recalcó varias veces que la puesta al descubierto de Hilario había sido cosa suya, como diciéndole que también él tenía su parte de responsabilidad en el asunto del profesor y que tampoco a él le interesaba que dicho asunto trascendiera. Y pensar que cuanto había escrito del filósofo lo había hecho al buen tuntún, como una ocurrencia más, sólo para hacer que la policía le fastidiase. Y claro que le fastidió, y hasta qué punto. Lázaro recapacitó sobre las veces que, sin poder llegar a comprobarlo, desconocemos el alcance de nuestros actos ni la trascendencia que para los demás pueden tener.

- O sea, que ahora, tras soplón, cornudo y consentidor, se le pedía también el ser encubridor y con un poquito de suerte, y a nadita que se lo pensase, un maldito topo traidor… No, si ya te digo. Menudo ejemplar el Lazarín este.
- Haga el favor de callar y no anticipe acontecimientos que, además de interrumpir y hacerme perder el hilo, está usted predisponiendo y confundiendo al lector. Que ya está bien, hombre, que no tiene usted ningún derecho. ¿Me hará el favor de callarse? Además, no ve que el muchacho tenía problemas serios de conciencia. ¿O es que no entiende usted nada?
- ¡Huy, sí señor! ¡No faltaría más! ¡Cómo no, claro que me callo! ¿Confundir y predisponer yo? ¡Huy, que no, que no! De ninguna de las maneras. Dios me libre. Ni por pienso.

Con respecto a la propuesta de Mansoz lo más prudente sería rechazarla. Él desconocía el mundo de la política y más aún el de los partidos clandestinos. Por otro lado ya había visto a dónde le había llevado la relación con ese mundo a Hilario. Afortunadamente aún faltaban unos cuantos días para elaborar el informe en el que tendría que escribir su última palabra. Recordó cómo Mansoz le dijo claramente que, en caso de negarse, ya podía olvidarse de los dineros que le entregaban cada fin de mes en el burdel y, consiguientemente, de la buena vida que había llevado hasta la fecha. Aquel policía conocía muy bien la naturaleza de las personas. Por eso le pidió que se tomara el tiempo necesario para que la impresión de la muerte de Hilario le dejara percatarse de la situación que más le convenía. Bueno, en el peor de los casos, le quedaba también una última visita al burdel para recoger la última paga.

24 marzo 2009

Infundios


A partir de entonces Hilario rehuía la presencia del muchacho y éste, consciente de que el filósofo le evitaba, se sentía más seguro y, en su afán de fastidiar a Hilario, dio en mencionarle como de pasada en los informes quincenales que enviaba a Mansoz. Que si el profesor Hilario Soares era una persona muy significada en el ambiente cultural más progre de la ciudad, que si era el líder indiscutible del círculo de personas izquierdosas que pululaban por la villa aunque él se lo hiciera de discreto e incluso en sus declaraciones como filósofo, y para disimular sus tendencias, tuviera el valor de declararse aristotélico-tomista, que si el profesor tenía mucha relación con gente que periódicamente visitaba La Fambra… Lázaro hizo en sus informes continuas insinuaciones sobre Hilario pero ninguna afirmación segura. Lázaro pensó que dar esas informaciones vagas no le causarían ningún mal grave pero que seguramente servirían para que la policía le incordiara con las subsiguientes desagradable molestias. Así pasaron un par de meses.
Estando en la residencia de estudiantes una mañana en la que éstos acababan de salir hacia sus respectivos destinos, Lázaro recibió una llamada telefónica de alguien que se identificó como López, uno de los policías que le paró en el viaducto la noche de su visita a comisaría, y le dijo que, urgentemente y del modo más discreto, debía pasarse por comisaría a instancias de Mansoz y que éste le esperaba lo antes posible sin excusa ni pretexto.
Estaría feo decir que Lázaro perdió el culo para acudir a la llamada de Mansoz, pero es que así fue. Cruzó el viaducto con tal prisa que no se detuvo a averiguar lo que algunos grupos de curiosos y desocupados observaban. Supuso que comentarían alguno de los frecuentes accidentes de circulación que, dado el intenso tráfico que atravesaba aquella obra en dirección a Levante, solían producirse. Enseguida llegó a la comisaría. Nadie que pudiera asociarle con la policía le vio llegar.
Esta vez Mansoz no le hizo esperar. De hecho le dio la impresión de que el comisario le aguardaba.
- He de agradecerle el gran servicio que nos ha prestado –dijo el comisario a modo de saludo.
- ¿Tan útiles les han sido mis informes? –dijo un Lázaro sorprendido pero que había aprendido las enseñanzas de Mansoz y, así, optó por seguir la corriente al comisario al no comprender a qué venía tanta efusividad.
- Sí, en efecto lo han sido. Nadie sospechaba de Hilario Soares. Yo fui el primer sorprendido cuando usted comenzó a citarle en los últimos tres o cuatro informes.
- Pues, ya ve usted –dijo Lázaro dando una larga, pues aún o sabía por donde iban los tiros.
- De hecho, habíamos llegado a un grado tal de confianza en él que, desde hace bastante tiempo, era nuestro mejor confidente.
- ¿Cómo? –y Lázaro ahora no es que se mostrara intrigado, es que de veras lo estaba.
- Lo que está oyendo.
- Pero, ¿quiere usted decir que igual que…? –continuó el muchacho.
- Sí, exacto. Igual que usted –le cortó el comisario- Sólo que, en su caso, es usted un colaborador más reciente. A don Hilario le fichamos casi un año antes que a usted. Por eso no desconfiábamos de él y solamente –y esto lo recalcó el comisario- gracias a sus sagaces informaciones seguimos estos últimos dos meses todos sus pasos.
- ¿Y sólo me ha llamado usted para felicitarme?
- Bien, sólo en parte. ¿Sabe usted cómo nos hicimos con la colaboración de don Hilario? –cambió de tercio el comisario.
- Pues, ni idea.
- Es algo confidencial pero, dado el punto al que las cosas han llegado, se lo contaré. El profesor se había liado con una de sus alumnas, con una menor. Este hecho, unido a que el profesor estaba casado, nos bastó para contar con su colaboración.
Lázaro comenzó a darse cuenta de que se encontraba en un punto en el que no sabía qué le contaba el comisario para su información y qué para que supiera lo enterado que estaba el propio comisario. Era una especie de juego en el que el policía tenía experiencia. Así que Lázaro, consciente de ello, lo siguió sin inmutarse.
- Lo comprendo, señor comisario.
- El caso es que cuando descubrimos, gracias a sus informes –volvió a recalcar Mansoz- su relación clandestina con algunos grupúsculos izquierdistas, vamos abiertamente rojos, el hombre se vino abajo y, ante su situación personal y nuestra capacidad de persuasión, terminó confesándolo todo y delatando a todos sus colaboradores y enlaces. Así pues llegamos a la conclusión, obviamente de acuerdo con él, de que no sería necesario encarcelarle ni hacer público el asunto, pues nos sería mucho más útil haciendo de topo para nosotros.
- Muy inteligente por su parte, señor comisario. Pero, ¿por qué me cuenta a mí todo esto?
- Porque ahora hemos pensado que usted podría ser la persona idónea para esta tarea. Por eso le estoy poniendo al tanto sin reservas.
- Pero yo no tengo contactos ni soy conocido en esos medios. Sería un error. Además ya tienen a don Hilario que no podrá negarse dada su situación. Él es la persona idónea, no yo –dijo Lázaro que, aparentando serenidad, estaba loco por escurrir el bulto y escapar de una situación sumamente comprometida en la que de ningún modo deseaba verse implicado.
- Pero, ¿cómo?, ¿es que aún no se ha enterado usted? –dijo con exagerada gravedad el comisario.
- ¿Enterarme?, ¿de qué?
- Al amanecer han encontrado el cadáver de don Hilario bajo el viaducto.
Esta vez Lázaro se quedó de veras sin habla. El comisario le observaba impertérrito, queriendo detectar cualquier gesto revelador en la cara del muchacho. Sin embargo, lo único que observó es que éste estaba aterrorizado. No se equivocaba, el policía estaba acostumbrado a ver a muchos hombres asustados.
Lázaro se dio cuenta por ver primera del peligroso juego en el que se encontraba metido. Tenía necesidad de pensar pero, para eso, primeramente necesitaba calmarse.
El comisario se percató a su vez de que Lázaro, quizás por su juventud, no era capaz de asimilar aún lo que acababa de oír. Así que, antes de que recuperase el uso de la razón y luego el de la palabra, le dijo:
- Piense usted la situación. Piense con calma. Vea los pros y los contras. Pondere todo el asunto. Tenga en cuenta todo lo que le he contado –volvió a recalcar – Usted nos ha servido muy bien y nosotros no olvidamos, pero de ningún modo queremos implicarle en algo que exceda su capacidad.
- Creo que no puedo meterme en algo así.
- No tome decisiones precipitadas. Deje pasar unos días. Piense que, si no acepta, habremos de darle por quemado y prescindir de sus servicios. Naturalmente usted, en tal caso, debería de olvidar todo lo concerniente a esta historia. Piénselo y comuníqueme su decisión en el próximo informe. En caso negativo dicho informe sería el último, del mismo modo que la de este mes sería su última visita al burdel. ¿Entendido?
Lázaro hizo un paréntesis en su asombrado y ensimismado mutismo para asentir con la cabeza y siguió sentado sin moverse. Parecía hipnotizado.
El comisario enarcó las cejas y, al mismo tiempo que movió la mano haciendo un gesto mixto de despedida y de que eso era todo, mostró los dientes ensayando una sonrisa que no pasó de ser una mueca extraña. Lázaro tardó aún unos segundos en reaccionar y, cuando lo hizo, se levantó y salió del despacho sin decir nada.
Al atravesar el viaducto de regreso se paró junto al grupo de jubilados que miraban, señalaban y comentaban entre sí. Por el fondo del barranco, entre las cuidadas huertecillas que había a ambos lados, pasaba una carretera secundaria. Casi en el centro del asfalto destacaba un gran chafarrinón central de sangre con algunos salpicones hacia fuera. Era la huella que había dejado el cuerpo de Hilario al final de su viaje gravitatorio de ochenta metros. Unos barrenderos comenzaban a echar baldes de agua, procedentes de las acequias de las huertas, y barrían la mancha rítmicamente con grandes cepillos de raíces.
- ¿Por qué lo habrá hecho? –decía uno de los mirones.
- Cualquiera sabe –dijo otro.
- ¿Se tiró él? –terció un recién llegado.
- Sí. Dicen que hubo algún testigo –puntualizó un enterado.
- Hay manos que pueden empujar sin que se vean –sentenció uno más trascendente.
Lázaro se alejó despacio del lugar, convencido de que debiera hacerlo para siempre.

23 marzo 2009

En el suelo


Titubeaba Lázaro. Había dejado de estar en las nubes. No sabía qué actitud debía tomar en cuanto se encontrase con Valeria o con Hilario. En un principio, y llevado por la intensidad de sus sentimientos y la vehemencia de su juventud, se imaginó despreciándola a ella cargado de razones, echándole en cara su actuación y, enajenándose por la rabia, llamándole golfa y zorra y todas esas expresiones contundentes al uso que parecían de manual en casos como el suyo… En cuanto a él, le podría sorprender cogiéndole por la pechera en un lugar en que estuvieran a solas y decirle: Ahora sé, maldito cabrón, por qué no haces más que joderme…
Fue, sin embargo, en ese momento de futura ira imaginaria, cuando recordó su entrevista con Mansoz. Vinieron a su mente las palabras que le dijo el policía cuando él, totalmente entregado y antes de que mediara pregunta alguna, le iba a contar lo ocurrido en su primera visita accidental al burdel. Así que decidió reprimir sus primeras intenciones y, en vez de dejarse llevar por la pasión, utilizar lo que sabía en beneficio propio. En honor a la verdad le iba a costar un gran esfuerzo reprimirse, pero se sintió orgulloso de haber desterrado de su mente esas manidas reacciones viscerales que, sobre desagradables para quienes las presenciaran, serían inútiles para él más allá del momentáneo desfogue. Le congració consigo mismo el propósito de comportarse de otro modo, que le pareció, mucho más taimado y por consiguiente mucho más adulto. Tal era la idea que de los adultos Lázaro se iba formando.
Imaginó que, aparte de otras explicaciones que pudiera encontrar, Valeria se comportaba así por algo evidente. Sencillamente le gustaba el sexo. Pensó Lázaro que no necesitaba devanarse la sesera para haber llegado a esa conclusión pero, a veces, obviamos lo más sencillo. Con él por ser una persona de su misma edad y también alguien libre y sin ataduras con quien podía dejarse ver en cualquier sitio y momento sin causar a las gentes de La Fambra extrañeza alguna. Verles juntos era lo suyo.
Por otra parte su relación con Hilario, sin descartar el sexo, bien podía ser para ella una relación llena de morbo, primero por ser él su profesor, segundo por ser una relación clandestina dado el estado civil de Hilario, tercero porque él podía ejercer sobre ella, con la experiencia de los treinta años, una atracción diferente y quizás más interesante de la que el joven Lázaro pudiera suscitarle.
Pensó también, sin certeza ninguna, en la probable vanidad de Valeria. Bien podía sentirse halagada, a sus dieciocho años recién cumplidos, por el hecho de que un hombre de la categoría social e intelectual de Hilario se hubiese fijado en ella hasta el punto de arriesgar su matrimonio por su compañía. Así Lázaro, que nunca había ponderado el peso que puede tener la vanidad en el comportamiento de las personas, se hizo por vez primera tal consideración en el caso de Valeria.
Con respecto a Hilario, Lázaro no sopesó demasiado las razones de su relación con Valeria o, en todo caso, bastaba con mirar a Valeria caminar por la calle para que cualquiera pudiera imaginar las razones que cualquier hombre tendría para estar con ella. Tal vez fue ella una tentación, tan a la mano para Hilario, que éste no fue capaz de rechazar.
Podía que todo hubiese contribuido y también que nada hubiese sido decisivo. Mas, por encima de todo, Lázaro decidió que, cualquiera que hubiesen sido las circunstancias de ambos, a él no le importaban un bledo y que, en lugar de declararse abiertamente conocedor de su relación, solamente utilizaría lo que sabía para su propio beneficio.
¿Iba a ser capaz de seguir acostándose con una mujer que lo hacía con otro a sus espaldas? Al principio esta consideración le repugnaba y se dijo que no, que finalmente no sería capaz, que no lo haría. Mas al cabo de darle vueltas se dio cuenta de que Valeria no había tenido escrúpulo alguno en hacerlo. Por qué habría de tenerlo él. Quizás el proceso mental consistía en convertir a las personas en objetos, en desposeerlas del afecto que las hace únicas para nosotros. Y sí, si Valeria podía ser un objeto de placer para él, ¿qué razón, a la vista de los acontecimientos, le impedía el utilizarla? Podía hacerlo con total frialdad y, en el caso de que ella buscase algún compromiso, ya sabía a qué atenerse. Se zafaría de ella. Valeria no era de fiar.
Se dijo también que, a Hilario, no le iba a permitir más esa suficiencia. Ahora le conocía una debilidad. Sus desprecios se habían terminado. Dicho de otro modo, Lázaro, se propuso vengarse sin amenaza ni escándalo alguno y, desde luego, sin dar en ningún caso el menor espectáculo.

Pasó una semana que Lázaro dejó trascurrir sin frecuentar los círculos habituales para que sus ánimos se enfriasen por entero y así, con los pulsos tranquilos, poder reafirmarse en la idea que se había propuesto.
Valeria le llamó aquella tarde preguntándole si le ocurría algo, que estaba preocupada por no haberle visto en los últimos días. Al oír a la muchacha hablarle tan tranquila, con total desenvoltura, sin pizca de titubeo en la voz, a punto estuvo el impulsivo Lázaro de no poder contenerse y echar sus buenos propósitos a rodar. Sin embargo, venciendo su inclinación, contestó por primera vez con falsedad y, en un tono cansado e intrascendente, le dijo que había tenido más trabajo del habitual y que se había volcado en los estudios algo más de lo que solía. Lázaro se sorprendió a sí mismo al oírse. Valeria repuso que le había buscado en los lugares habituales pero que, al no saber nadie nada de él en los últimos días, había temido que estuviera enfermo.
Al día siguiente quedaron, una vez más como solían, para dar uno de esos paseos que habitualmente acababan en alguna de las praderas recónditas de la ribera del río. Tan bien supo Lázaro llevar aquella cita que Valeria, intuitiva como era, sólo acertó a notar en él un poco más de seriedad y también un cierto desapego en el sentimiento de protección que Lázaro solía prodigarle. Pero curiosamente, esos pequeños cambios, que intuyó. le gustaron y le hicieron creer en un Lázaro más maduro cuyo comportamiento se parecía por momentos más al de un hombre que al del muchacho que hasta entonces había conocido.
Lázaro se sentía seguro de sí mismo y aprendió lo bueno que era para sus propios deseos tener la boca callada cuando convenía. Fue también consciente de cómo Valeria, en lugar de recelar de él, parecía sentirse más a gusto a su lado por esa especie de pose un algo dura que los sentimientos le habían provocado pero que tan hábilmente había adoptado, a propio intento, como un actor que cuidara todos los detalles.

El primer encuentro con Hilario lo tuvo en compañía de Valeria y de otros habituales de aquellas tertulias socio-culturales. Hilario entró en la cafetería y puso la inevitable cara de fastidio al ver a Lázaro, pero enseguida pasó del disgusto al desdén y saludó obligadamente:
- Hombre, ¿ya te has repuesto? –dando por sentado que había estado enfermo.
- Sí, estoy ya bien. Ya sabes, mi vida es tan lineal como mi pensamiento. Tú es el que pareces llevar una vida más compleja, ¿cómo te va? ¿Te las arreglas bien? –repuso Lázaro con el gesto serio y una seguridad a la que Hilario no estaba acostumbrado.
- ¿Cómo? ¿Qué quieres decir? –no le quedó otro remedio que contestar a Hilario, pues todos se sorprendieron por la salida de Lázaro.
- Pues lo que he dicho, que mi vida es simple y cualquier cosa que se me presente tiene solución fácil. Que me preocupa más tu vida, la laboral, la cultural, la afectiva, la familiar y todas esas esferas que cultivas y que la hacen tan atractivamente compleja.
Hilario, antes de contestar y casi mientras Lázaro terminaba sus observaciones, echó una mirada a Valeria tan breve como intensa. Sin respuesta en los ojos de ella, contestó intentado ser intrascendente:
- No creas, mi vida es tan común como la tuya.
- ¿Ah sí? ¿Es posible que tengamos los dos algo en común? Me cuesta creerlo, sería la primera vez que lo admitieras.
Hilario, algo desconcertado, miró a la barra y dijo:
- Perdonadme un momento, voy a saludar a Laborda que hace un siglo que no le veo.
Y se alejó hacia la barra en un acto de retirada que ninguno acertó a comprender pero que a pocos pasó desapercibido.

22 marzo 2009

Benedicto y el lince.

Benedicto, el bendito hechicero blanco de la cristiandad occidental, de viaje ahora por África provocando estampidas de carisma, dice que el uso del condón no es una medida adecuada para el sida, sino que por el contrario fomenta la promiscuidad de los nativos. Dice también que el aborto no es una opción para las mujeres, oprimidas por las servidumbres de su sexo, sino un atentado contra la vida desde el primer momento de su existencia. Y la iglesia católica de España dice que aquí se protege más al lince que al nasciturus.
Y, ponderando todas estas cosas, pienso yo que cuánta razón lleva el gran hechicero blanco, jefe del estado Vaticano, porque el cigoto está vivo y bien vivo. ¿Por qué no se protege al cigoto y sí al lince, al que ni siquiera podremos llegar a bautizar?
Es una buena pregunta la del gran hechicero blanco y ni siquiera pierde fuerza al ser formulada a través de los obispos ibéricos que, aunque ortodoxos, no le llegan a la altura de los zapatos al pontífice.
Sí señor, tiene su miga. Pero, siendo consecuentes con el papal razonamiento, también los gametos que originan el cigoto están vivos, y siendo los gametos origen del cigoto, se tolera sin embargo, sí lo digo bien alto y con vergüenza, se tolera repito, que los sacerdotes sacrifiquen sus espermatozoides en estériles e involuntarias poluciones nocturnas por desbordamiento, claro, porque es evidente que los clérigos españoles son responsables y no se la menean jamás, y que las monjas dejen que sus óvulos mueran mustios sin fecundación, como quien dice sin placer, pena ni gloria y, a veces, incluso con dolor. Y, esos gametos, viven. Sí, sí, sí viven, viven. Es tontería pretender ignorarlo.
Pues sí, se tolera. Y, digo yo, ¿no es esto un atentado a la vida y al mandato que, según dictó el Creador, decía creced y multiplicaos?
No sería hora de acabar con semejante desvergüenza. Que no queden los gametos de nadie, hombre o mujer, menos protegidos que el lince ibérico. Que las cofradías lo propalen a los cuatro vientos, que los hinchas de los equipos de fútbol lo manifiesten, que se comenten estos temas en el bingo, que todo se revele en el Internet para mayor gloria de Dios, que las homilías de los castos clérigos lo divulguen por doquier... Y que los Papas y obispos, siquiera para dar ejemplo, tengan al menos una docena de críos, reconocidos abiertamente como hijos del amor, fruto de un apropiado uso gametario de las energías de sus años mozos y/o maduros, antes de ascender al pontificado y/o al espiscopado y digo lo mismo, debidamente organizado, de las monjitas y del clero varonil. Eso les revestiría de autoridad y todos los cristianos del orbe sabrían que, cuando esos señores hablan, saben de qué hablan y no como ahora que, por la imposición del celibato, se ven obligados contranatura a pecar contra la vida en su mismísimo origen y, encima, a predicar lo contrario por el voto de obediencia.
Porque, ¿no atentan seriamente contra la vida quienes por medio del celibato se oponen a ella malrotando las potencias que el Señor puso en ellos? Pero, ¡por Dios santo!, ¿es que los gametos carecen de vida? ¿Es que nuestra santa madre, la Iglesia, protege más al cigoto que a los gametos? ¿Es que se puede dejar a los gametos por ahí, totalmente desprotegidos, como si fuéramos unos ignorantes de su función? ¿Es que es filosóficamente más consistente proteger más al acto que a la potencia? Seamos consecuentes y conscientes y, si al fondo queremos llegar, lleguemos. ¿Es que podemos permitir e incluso fomentar voluntariamente tal perdida de potencias vitales sin atentar contra las normas más elementales del código natural? No, y mil veces no. ¡Viva Benedicto!, por fin alguien dice las verdades. ¡Qué le den por saco al lince, protejamos la vida al completo de una puta vez, coño! ¡Venga, va!
Sólo una última reflexión. Si el Jefe del Estado Vaticano aplicase en su estado esas normas de respeto a la vida, veríamos, el resto del orbe, con satisfacción como el índice de natalidad del tal estado se convertiría en un ejempo de lo que es aplicar el respeto a la vida dentro de las propias fronteras. Pero, claro, tampoco tienen linces.

17 marzo 2009

El trago


Apenas pudo Lázaro disimular su evidente alteración. Miguel de la Villa atribuyó la repentina desazón de Lázaro a la impresión que le había producido el descubrimiento de aquel observatorio inusitado y a la concentración mantenida en el largísimo rato que paso mirando. Lázaro no lo negó pero, lejos de desengañarle, no le dijo que no fue el observatorio sino lo observado fortuitamente desde él lo que le había roto algo por dentro. Miguel, amablemente, le invitó a volver para disfrutar de aquellas vistas cuando quisiera pero Lázaro, dando las gracias con mucha cortesía y una seriedad que su amigo no esperaba, supo con seguridad que no volvería más a aquel observatorio, pues el sitio quedó asociado en su mente al primer desgarro serio que el muchacho sufrió en un lugar donde, hasta ese momento, sólo la felicidad le había acariciado. Aquellas vistas jamás le harían disfrutar, como pensó su amigo, sino todo lo contrario.
Tras balbucear unas excusas poco convincentes por precipitadas, le dijo a Miguel, que no supo a qué atribuir su repentina seriedad y prisa por marcharse, que volvía a la residencia de estudiantes porque sus deberes le requerían en ella. Salió de aquel observatorio y así lo hizo, pero no fue sino para asistir, desinteresado totalmente y ausente, al estudio de la tarde y a la cena y, tan pronto como los dormitorios se apagaron y se hizo el silencio, abandonó el edificio y salió caminando sin rumbo. Todo su ser estaba como acolchado interiormente por una angustia que le subía garganta arriba sin poder brotar por parte alguna y, por otro lado, su mente, repentinamente asustada por el imprevisto, estaba completamente aturdida y en desorden.
Atravesó el viaducto apresuradamente sintiendo el miedo a la oscuridad y al vacío que había bajo éste, cualidades ambas que ahora también él compartía en sus adentros. Y le dio miedo el viaducto por eso de que las cosas afines pudieran atraerse. Y fue ese un pensamiento que le asustó por nuevo, por no haberlo sentido antes ni en ningún otro lugar.
Era tarde y quedaban pocos sitios abiertos y, por las ventanas de los bares que aún tenían luz, podía verse a los camareros recogiendo y afanándose por cerrar cuanto antes para marcharse a casa. Así que Lázaro, para no incordiar a aquella gente cansada y deseosa de terminar su larga jornada, no entró en ninguno de aquellos bares del centro. Caminó hacia los arrabales sin ser muy consciente de que lo hacía. Sin pensarlo mucho se encontró empujando la puerta del bar que había en el bajo del burdel y donde su presencia fue acogida con la distante expectación de siempre, aunque con algo de extrañeza por no ser final de mes. Pidió una copa, lo que era inusual cuando visitaba aquel local y el encargado, sin duda avisado, bajó enseguida. Al ver cómo el camarero le iba a servir un cubalibre detuvo a éste con un gesto e invitó a Lázaro a subir al salón del primer piso donde se encontraría más confortablemente y en un ambiente más discreto. Lázaro se lo agradeció y le siguió escaleras arriba.
Una vez que Lázaro se sentó en uno de los sofás de la sala de la salamandra y los angelotes y los cortinones en tonos pastel, que aquello parecía la antesala del Olimpo, el encargado le sirvió un cubalibre con ginebra inglesa que tomó de la estantería del pequeño bar de la sala y le dejó allí, acosado por el flujo incesante de sus desordenados pensamientos. Bullía su mente en sentimientos alborotados e ideas fugaces. Por el momento, unos y otras continuaban sin sedimentarse, moviéndose sin orden dentro de aquel cerebro. Era como si la cabeza de Lázaro estuviera repleta de pájaros asustados que torpemente chocaran entre sí. Bandada chillona imposible de apaciguar, de hacer callar y poner en un orden que permitiera pensar y colocar una cosa detrás de otra.
Ahora todo comenzaba a tomar cuerpo y sentido en la mente de Lázaro. La admiración de su querida Valeria por el profesor era algo más y también algo distinto. Pero, en tal caso, por qué inició un romance con él. Acaso no se veía con Hilario antes de que comenzaran a frecuentarse y a iniciar lo que Lazaró pensó, hasta ese día, que había sido un compromiso. Y luego venía la actitud de Hilario, a la que ahora encontraba explicación pues el hecho de que se incomodara porque Lázaro se metiera por medio denotaba sin duda que, antes de que Lázaro entrara en escena, Hilario y Valeria se veían. Comenzaba a verlo claro, las cosas iban casando, tenían sus razones. Pero si era así, por qué Valeria se entregaba a él de un modo que siempre le pareció sincero y cómo podía hacer lo mismo con Hilario al día siguiente o vaya usted a saber si un rato después. El que Hilario no pusiera las cartas boca arriba tenía una razón clara: estaba casado. Y a todos estos hechos les daba Lázaro vueltas y más vueltas incapaz de verlos desapasionadamente y buscándoles las explicaciones más complicadas y, a veces, peregrinas. Daños, le parecían entonces, insufribles los que padecía. Y no se daba cuenta de que la mayoría de lo que aprendemos por la vía de los sentidos nos entra, con dolor o sin él. Aunque Lázaro, dolido como estaba, no estaba para asumir tales conclusiones ni ganas tenía.
Fue entonces cuando reparó en que una mujer, que aparentaba entre veinticinco y treinta años, le estaba sirviendo una segunda copa pues hacía un momento que había acabado la primera. La mujer le sirvió sin hacer ningún comentario y con una cara que no era ni alegre, ni seria, ni triste. Seguramente, advertida de quién se suponía que era, no deseaba pasarse en ningún sentido. Era guapa, de mediana estatura, morena y con el pelo sumamente liso y lustroso, cortado a media melena y con un flequillo sobre la frente que terminaba recto un dedo por encima de las cejas. El escote del vestido dejaba ver el inicio de los senos, pero sin exageraciones de mal gusto, y una raja lateral de la falda, más discreta que ostentosa, mostraba, según se moviera, hasta medio muslo de apariencia suave y un color muy blanco que contrastaba con el negro raso de su vestido. Si aquella mujer era una prostituta, y por el sitio donde estaba no había duda de que lo fuera, no le daba la impresión a Lázaro de que la agraciada morena diera el tipo de tal. En todo caso un maquillaje algo excesivo en los ojos y unos labios, a juego con las uñas, de un tono rojo intenso, como recién pintados, le daban un toque que se salía algo de lo habitual. Ante aquella mujer hecha y derecha, Lázaro se azoró un poco y ella, que lo notó al instante, le facilitó las cosas diciendo:
- Parece que estás algo preocupado.
- ¿Cómo lo sabes? –respondió Lázaro con una seguridad fingida.
- Llevo sentada ahí al lado casi media hora y he notado que ni me habías visto.
- ¿De veras? Tal vez hacía como que no te veía.
- No. Yo sé que no me has visto.
- Llevas razón, no me había dado cuenta de que estabas.
- ¿Qué te preocupa? ¿Alguna mujer, algún negocio?, aunque a tu edad seguro que se trata de una mujer –dijo la prostituta sin titubear pero sin darse ningún aire.
- Sí, y no sé a qué carta quedarme con ella.
- Es lo bueno que tenemos las putas. Con nosotras está siempre todo muy claro… Me llamo Camelia, ¿y tú?
- Lázaro.
Y ante las palabras de Camelia, pensó Lázaro, con el corazón rebosante de rencor, que habría que ver cuál de las dos al final resultaba más puta si Valeria o aquella tal Camelia, la morena aplomada y tranquila que, sin resultarle molesta, se había sentado a su lado en el sofá y se había declarado del gremio sin alterarse ni dar la nota.

Cuando Lázaro despertó se encontró con un brazo sobre la espalda desnuda de Camelia. Se sobresaltó y se incorporó rápidamente en la cama y, enseguida, saltó de ella. Tomó el reloj que había dejado en la mesilla. Eran las seis de la mañana. Había de volver lo antes posible a la residencia pues los estudiantes se levantaban a las siete.
- ¿Qué te ocurre? –dijo Camelia incorporándose somnolienta y encendiendo la luz de la habitación desde una perilla que colgaba sobre la cabecera de la cama.
- Me tengo que ir. Dime qué te debo.
- Por estrenarte con una del gremio, invito yo. No quiero que tengas mal recuerdo –dijo Camelia con tranquilidad – Si vuelves, ya será otra cosa.
- Mi recuerdo será bueno, pero tengo que pagarte –dijo Lázaro con decisión.
- Mi cuerpo es mío –dijo tranquilamente Camelia sentada en la cama al tiempo que se encendía un cigarrillo- Es de lo poco que tengo claro.
Lázaro la miró fijamente. Camila, aspirando una bocanada, con los hermosos pechos desnudos y la mirada serena le devolvió la mirada. ¿Cómo una mujer tan entera y tan bella tendría aquel oficio?, pensó Lázaro. Luego se dio la vuelta y, ya totalmente vestido, salió de la habitación. Sin duda le faltaba mucho por aprender de la vida pensó el muchacho mientras salía de aquel garito por una puerta lateral y el fresco de la madrugada helada de La Zambra le cortaba la cara. Todavía no había amanecido.

16 marzo 2009

El puente de mando


La aversión hacia Hilario fue creciendo sin pausa. Y ocurrió así por los propios méritos del filósofo y en correspondencia al desprecio que éste evidenciaba hacia Lázaro. Hoy, los sicólogos dirían que era, la tal aversión, algo así como un efecto rebote. Además los buenos ojos con que Valeria miraba al profesor no hicieron más que exacerbar, con celos ocultos y añadidos, la inquina sorda que Lázaro albergaba contra el filósofo y a la que, hasta ese momento, se había visto impotente para dar salida. Por otro lado el docente, lejos de deponer su actitud, perseveraba en ella. Y así el transcurso del tiempo fue asentando estos venenosos sentimientos en el muchacho, dejando siempre latente en su cabeza un sentimiento que guardaba para el día que pudiera resarcirse de tanto desdén y humillación sin motivo aparente.

Aquella tarde de primavera Valeria salió a pasear con Lázaro por un camino de tierra que se alejaba entre choperas río arriba. Ella vestía un traje chaqueta verde verbena con una falda ceñida, a él le pareció que el color del traje era muy llamativo pero Valeria estaba muy guapa con él y su belleza fresca y juvenil hacía que incluso la estridencia de aquel color le sentara bien a la muchacha. Charlaron y caminaron largo rato pero su mutua atracción pudo al cabo de una hora mucho más que el resto de las cosas y en un lugar apartado, río arriba, se entregaron ansiosamente al sexo en la ribera herbosa. Luego, saciados de él, tornaron cogidos de la mano deshaciendo el camino antes andado y regresando indolentemente a la ciudad mientras las sombras de los chopos se alargaban y, con el irse de la tarde, llegaba el frescor. Valeria no habló mucho y Lázaro, feliz con aquellas expansiones amorosas, se sentía tan agraciado como si se encontrara protegido y compensado de lo desagradable que pudiera rodearle por aquella especie de premio, tal como él lo veía, que era el amor espontáneo y acogedor de la muchacha. Él pensó que en el regreso a la ciudad habían conversado mucho, pero no fue así. Apenas se dirigieron la palabra absortos como iban, mecidos ambos en un sentimiento de agradable calidez que se trasmitía por las palmas de sus manos enlazadas. Así, Lázaro, pensó una vez más, irreflexivamente, que los sentimientos se comunicaban por telepatía y que lo que uno sentía era compartido y conocido forzosamente y a la par por el ser que caminaba a tu lado cogido de tu mano, porque eso era el amor y no otra cosa. Aquel tipo de ensoñaciones, capaces de confundir la comunicación con el recrearse en sus propios sentimientos, eran muy propios de él.

Pasaron un par de semanas con la lentitud que los días tenían en La Fambra. Uno de aquellos estudiantes, Miguel de la Villa, le tenía prometido invitarle a su casa para echar una ojeada a la biblioteca de su padre y charlar un rato sobre libros, aparte de enseñarle las portentosas vistas que desde aquel lugar, que ocupaba la casa familiar, podían contemplarse. A Lázaro le sobrecogía la impresionante mansión que el padre de Miguel tenía en una de las colinas que había en el ensanche, en el lado nuevo de la ciudad, pasado el viaducto, y desde la que se dominaba, a ojo de halcón, la vega allá abajo hasta perderse en el horizonte de choperas verdes y huertas cuidadas, la ciudad a la derecha con sus torres y todos los montes circundantes en un radio de muchos kilómetros. La construcción de aquel chalet grandioso y desproporcionado no era precisamente bella, original ni artística. Tenía, sin embargo, una peculiaridad que Lázaro no acertaba a captar y que hacía única, por inusual, a aquella construcción un tanto mastodóntica para ser una simple vivienda familiar. Miguel, notando su perplejidad, le contó que el edificio había sido edificado intencionadamente por su abuelo de aquel modo. El viejo, que había sido almirante de la armada, primero eligió aquel enclave y después construyó toda la casa a semejanza del puente de un gran barco y por eso tenía aquellas formas tan exageradas, tan geométricas y de tan poco uso tierra adentro y que, también por eso, las vistas eran las que se tendrían desde el puente de mando en un barco que navegara por aquella abrupta y accidentada orografía. Entonces comprendió Lázaro la extraña disposición de aquel edificio tan sorprendente y raro.
Luego, una vez en el mirador principal, en lo más alto de aquella mansión observatorio se sintió definitivamente impresionado. Las vistas eran aún más extraordinarias de lo que había imaginado y, por si fuera poco lo que desde allí pudiera verse, había media docena de prismáticos militares que permitían acertar a ver detalles de cuanto se observaba, que de por sí ya era mucho. Lázaro estaba tan entusiasmado por el descubrimiento de aquel lugar tan exclusivo e impensado que olvidó la fealdad geométrica que el edificio presentaba externamente, falto de cualquier detalle artístico o decorativo, e incluso quedó momentáneamente aparcado, en un segundo plano, el interés por la gran biblioteca que albergaba en una de sus salas y que Miguel acababa de enseñarle. Durante mucho rato quedó Lázaro absorto en las vistas, tan callado como si fuera mudo.
El sol de la tarde, que quedaba a espaldas de aquel punto de observación, iluminaba toda la vega y la ciudad sin posibilidad de deslumbrar en absoluto, al contrario, como si proyectara una luz intensa dedicada a iluminar portentosamente todo cuanto allá abajo existía y también el cogollo de la ciudad entera que se extendía en el gran cerro de la derecha pasado el diáfano viaducto del gran ojo central.
Tan absorto notó Miguel al asombrado Lázaro que, tomando un libro que estaba leyendo, se sentó a un lado y continuó tranquilamente con su lectura, dejando que Lázaro probase con calma la potencia de aquellos prismáticos, hechos todos, para observar en el mar a muchas millas de distancia. Lázaro agradeció el silencio de su amigo y aquella educada discreción que le permitió pasar un rato de excelente contemplación, observando desde allí los detalles de la ciudad y luego los de la estación, el barrio bajo y la vega como nunca antes había tenido la posibilidad de hacer.
Fue al enfocar las lejanas choperas de la vega, cuando aquella brizna de verde más brillante atrajo su atención. Tomó los prismáticos de más alcance. Al principio no podía creer lo que veía. La brizna verde que llamó su atención era el traje de Valeria que, como una señal destelleante en movimiento, destacaba de verde más vivo entre los tonos verdes. Estaba con alguien a quien Lázaro no podía identificar pero a ella sí, sin duda, no había quien llevara un traje de aquel color en toda La Fambra. El corazón de Lázaro latía con tal fuerza que lo notaba en el cuello y en las sienes. ¿Cómo podía ser aquello? ¿Quién era aquella persona? Ambos se acercaban, se abrazaban, sin duda se estaban besando, no había duda. Luego siguieron caminando y sus figuras se ocultaron tras un cañaveral. A los pocos minutos un coche salía de detrás de las cañas y aún en él y por un momento pudo Lázaro ver el destello verde como una diminuta chispa, bajo la luz aún intensa de la tarde, del vestido de Valeria. Se disipó su duda. Era el coche de Hilario. A Lázaro se le hizo un nudo en la garganta.

12 marzo 2009

Inesperada reticencia


Llevaba Lázaro unos cuantos meses viviendo de modo regalado. Cumpliendo con lo imprescindible de sus obligaciones en la residencia, posponía los estudios reglados a los que se hallaba ligado y sólo dedicaba sus esfuerzos a leer de modo anárquico, a acudir a las tertulias de sus admirados amigos, donde ya se atrevía a intervenir de vez en cuando, y a compartir cada vez más ratos con Valeria.
Los informes quincenales para Mansoz le robaban poco tiempo y eran para él una especie de entretenimiento cruel en el que se deleitaba contando cosas de las que hablaban en las tertulias, procurando abundar en ellas, a sabiendas de que maldito lo que le importarían al comisario. En cierto modo disfrutaba haciendo perder el tiempo a aquel hombre que lo tiranizaba, pero el hacerle leer sus aburridos informes llenos de comentarios pretenciosos y voluntariamente extensos sobre literatura, filosofía, cine, arte, etc. era su forma pobre de vengarse y demostrarle, eso creía Lázaro, lo muy por encima de él que, culturalmente, aquel ambiente, que el funcionario se obstinaba en espiar y controlar, se encontraba. Aunque Lázaro bien se había acostumbrado a esa tiranía por el dulce contrapeso del dinero. Dinero cuya posesión le estaba creando hábitos nuevos, antes desconocidos e impensables, que ahora le encantaba satisfacer y así no era Mansoz el que le tiranizaba sino que el dinero lo hacía en su lugar. Pero de esto Lázaro no se daba cuenta.
Como todas sus relaciones, profesores y estudiantes, tenían obligaciones y no solían verse hasta por las noches, como no fueran sábados y domingos, a Lázaro le sobraba tiempo para, a la menor excusa, intentar verse con Valeria. Veía en ella una chica decidida, con un arrojo que en La Fambra no era frecuente entre las chicas de su edad. Ella estaba también estudiando pero con frecuencia accedía a las peticiones de Lázaro y sus ratos en común fueron paulatinamente en aumento. A Lázaro le gustaba mucho aquella chica y ella enseguida se dejó querer por compartir con él edad, gustos, deseos y, últimamente, bastante tiempo. Tal vez también, aunque eso a Lázaro no se le ocurría, por ser el corazón amante de su edad que, suspirando por ella, tenía más a mano.
El primer día que tuvieron sexo descubrió él, admirado como siempre por la reacción de las mujeres, que Valeria lo estaba deseando y le dio a la experiencia un valor mucho más profundo y trascendente de lo que convenía, pues le pareció que ambos habían entrado en otra esfera más íntima y que el mundo de sus sentimientos había desembocado, por la vía del sexo, en una comunión y en una especie de unidad que en la muchacha, Lázaro, daba idénticamente por sentida sin intercambio de palabras ni prueba alguna de ello. Y precisamente, sin necesidad de palabras había de ser aquello, y así lo tenía por cierto y seguro, como cosa de cajón. No se le ocurrió consultar tal sentimiento con ella por parecerle cosa cierta e indudable que debiera ser el sexo la prueba más firme de la seguridad de los afectos. Y así quedó Lázaro atrapado en una especie de sincero sentimiento que trascendía lo sexual pero que con ello se retroalimentaba. Lázaro se había enamorado.
El grupo con el que ambos se relacionaban enseguida se percató de la relación que entre Valeria y Lázaro se había establecido y todo parecía ir bien si no hubiera sido por las reticencias hacia el sentimiento de Lázaro con que uno de los profesores, hasta ese momento indiferente, empezó a ejercitarse. Primero lo hizo con disimulo y después con inequívoco, creciente y ostensible desparpajo, hasta que a Lázaro se le hicieron evidentes y por ello dolorosas e hirientes las más de las veces sus palabras. Además de las reticencias, las cosas se fueron enconando pues, el tal profesor, que lo era de filosofía, era un hombre de unos treinta años y no perdía la ocasión, cada vez que Lázaro abría la boca, de dejarle en ridículo burlándose de sus pobres conocimientos de aprendiz en todo, de desmontar cualquier argumento que al muchacho le pareciera consistente, de mostrar un frío desprecio ante cualquiera de sus intervenciones y opiniones o de ningunearle tanto como le fuera posible a la menor ocasión y había que reconocer que, un hombre de su cuajo y formación, tenía posibilidades para hacerlo en todo momento y que si no lo hacía más veces al día era seguramente por pereza.
De todos los desprecios que Lázaro había empezado a probar en su sufrido amor propio era el peor la auto asumida superioridad de su interlocutor. Sin duda esa enorme solvencia, que el profesor de filosofía esgrimía y ante la que él nada podía hacer, le descomponía, pues siempre se quedaba carente de argumentos en las discusiones, falto de rapidez en las respuestas, corto de reflejos y yermo de imaginación al intentar devolver los golpes que las descaradas ocurrencias y el brillante ingenio de su interlocutor le propinaban. Así le fue tomando a Hilario una inquina cada vez más fuerte y enconada pues el filósofo, en las tertulias, no le tenía ni siquiera por persona a considerar y le desdeñaba tan pronto le veía aparecer, sólo con mirarle compasivamente y mostrarle su sonrisa tranquila de superioridad. Llegó un momento que la mera presencia de Hilario era una molestia insufrible para Lázaro, a tal punto de incompatibilidad llegaron.
A Lázaro, interiormente, le llevaban los demonios a la vista de aquella altanería de corte tan fino y sutil y, a veces, también más descarada. Sin embargo, fingía que no le incomodaba la actitud de Hilario y procuraba no perder los papeles e impedir que un arranque de temperamento le impeliera a suplir con violencia, aunque sólo verbal fuera, lo que le faltaba de madurez, temple, formación, ironía y conocimientos. Pero la tirantez entre los dos se hizo evidente y las sonrisas burlonas entre los habituales se hicieron frecuentes ante las brillantes intervenciones de Hilario para, siempre que podía, dejar en evidencia, cuando no en el ridículo más crudo, a Lázaro.
Para colmo de desdichas Valeria era alumna de Hilario y a ella, según decía, el profesor le caía bien y, al parecer, no sentía como propios los acerbos ataques verbales de éste al muchacho. Es más, Lázaro, alguna de las veces, observó de reojo cómo la chica miraba al profesor con esos ojos de admirada entrega que, como fue aprendiendo a lo largo de su vida, se les ponen de vez en cuando, o tal vez sólo cuando quieren ellas, a las mujeres.

27 febrero 2009

Conciencia


Y él, que había pensado que su vida era suya. Él, siempre tan celoso de su libertad y de su independencia, ¿cómo él había caído en semejante trampa? Él que, tan sólo dos días antes, se había acostado bendiciendo su fortuna de cara y ese don ignorado que tantos bienes prometía.
Indignado por la vergüenza hacia su persona, se encontraba con que alguien, un ser desconocido que reinaba en un despacho, simplemente con unos minutos de distraer su atención de unos informes le podía obligar a hacer algo oneroso y encima así, como quien dice, al chasquido displicente de sus dedos. A él, nada menos que a aquel ser idealista que desde tan joven había preservado intacta, tan perseverante como delicadamente, su independencia y su libre voluntad y que había soñado con ser sutilmente distinto a todos esos seres mezquinos, ordinarios, apegados a la tierra, que le rodeaban. Lázaro se negaba a admitir el hecho de tener que acatar una sumisión tan denigrante. Aquello le repugnaba.
Indignado no hacía más que dar vueltas en la cama sin poderse dormir, impresionado aún porque algo tan inesperado pudiera haberle ocurrido precisamente a él. Pero así era y, a menos que se le ocurriera algo brillante, no iba a poder librarse del cepo en que había caído ni de la tareíta con la que el comisario había pensado amenizarle su paso por La Fambra.
Poco a poco se calmó. Pensó, intentando ser ecuánime, que tampoco estuvo bien que se hubiera dejado meter aquel dinero en el bolsillo y que de aquel dejar hacer le venía ahora este no poder dejar de hacer, esta obligación ineludible. Reconoció también que, en el momento en que el rufián aquel le metió el sobrecito en la chaqueta, sintió una cierta repugnancia por aceptarlo tan taimadamente pero, recordó a la par, cómo se contentó enseguida al día siguiente cuando entró, como un señor, a desayunar al hotel Cervera, que era el más elegante de la ciudad, y cómo lo hizo, con ese aire distinguido que, como había comprobado, hasta la policía consideraba y sabía apreciar. Era un placer el sentirse un ser dominador con esa seguridad que daba el dinerito en la cartera.
Evidentemente, si se pensaba de dónde procedía éste, había de sentirse necesariamente un poco de vergüenza pero, una vez que uno se acostumbraba, y él se acostumbró enseguida, tampoco era el mal para tanto. Todo era capacidad de adaptación, se dijo. Al fin y al cabo gastaba en sus placeres ganancias que del placer ajeno procedían también y así, rodando el dinero de unos a otros, a todos complacía según sus gustos y, escrúpulos tontos aparte, no había hecho, ni remotamente, mal irreparable a nadie. Y, teniendo todo esto en cuenta, concluyó que era el dinero la mejor ramera por eso de saber dar placer a todos y a cada uno.
Considerado el hecho de otro modo, el encargo encomendado era una tarea vil que, como tantas que afectaban al honor, no existiría como tal mientras los demás no la conocieran y, aún conociéndola algunos, no lo sería mientras no fuera pública o notoriamente difundida. Eso en el supuesto de que esos, potenciales críticos, no hubieran actuado de igual modo de haberse visto en idéntico brete. Y así, Lázaro, fue dando a su conciencia cálidos y prolongados masajes de justificación, para flexibilizarla y hacerla tan elástica que todo le cupiera y, de este modo, le ayudara a llevar su existencia con comodidad en lugar de hacérsela difícil y penosa. Modestamente, Lázaro, llegó a reconocer por entonces que lo consiguió y que, con el paso del tiempo, cupieron en su conciencia cosas tales que nunca antes hubiera imaginado.
Enfocando el asunto del lado de sus futuros espiados: qué podían ocultar aquellos aplicados estudiantes y aquellos probos profesores. Se limitaban a ser gente cultivada, con ideas, con conocimientos plurales, variopintos y diversificados…qué interés podía eso tener para el comisario, qué más daba que él le contara lo que opinaban sobre tal o cual autor o filósofo, qué libros leían, como veían el futuro del arte escénico o de la música o de la pintura o qué mundos les desvelaban aquellas películas de arte y ensayo… Lázaro estaba convencido de que, sus revelaciones a Mansoz, le iban a proporcionar un buen nivel de vida sin que por ello sus admirados intelectuales sufrieran ninguna consecuencia ni perjuicio. Es decir, iba todo a ir rodado para él sin ningún detrimento para los demás. Un modo sencillo y cómodo de ganar dinero, vivir bien y poder comprar todos esos libros que tanto le deslumbraban y atraían.
Con el paso de las semanas llegó a pensar que hubiera sido cosa de un bobo el haberse negado en redondo a colaborar con el comisario. Qué gran ocasión de aprendizaje y de mejora personal hubiera despreciado, pues su vida se había hecho desde aquel encuentro, amedrentador en un principio ciertamente, una especie de etapa indefinida de recreo digna de ser paladeada con deleite. ¡Qué gran placer era el aprendizaje!, concluyó Lázaro una vez que hubo revocado sabiamente todas las grietas que en su conciencia surgieron al principio. Ciertamente un hombre había de construirse a sí mismo y aplicarse en esa tarea con más tiempo y ahínco que en ninguna otra.
El dinero que comenzó Lázaro a recibir puntualmente le era entregado con todo respeto y sobria ceremonia los finales de mes en cuanto asomaba la nariz por el burdel. Gracias a él su aspecto había mejorado, se había comprado alguna ropa, se aficionó al buen tabaco, a la buena mesa y al vino de Rioja. También sus relaciones personales habían mejorado, pues ya no era necesario que se excusase fútilmente cuando le pedían ir a cenar en compañía de algún o algunos de aquellos amigos recientes, por no tener dinero para pagarse cenas en restaurantes o en hoteles. De hecho era él el que ahora les pedía quedar para cenar de vez en cuando y escuchar sus interesantes charlas sobre filosofía, literatura, arte, cine, etc.
Enseguida conoció a una chica tan joven como él que también frecuentaba aquellos círculos, si bien no tanto como los varones, pues aquello por entonces, como ya se dijo, no estaba muy bien visto entre mujeres. Era una chica muy espabilada, rubia y con el pelo corto aunque no excesivamente y tenía una figura espléndida. La muchacha estaba muy bien, era muy atractiva y lo sobradamente despierta, suficiente y simpática que solían ser algunas chicas a la edad de Lázaro. Él, sin embargo, no estaba todavía muy curtido en lides femeninas y de este modo, Valeria, que así se llamaba la muchacha, le parecía a Lázaro lo más interesante, subyugador, atrayente y fresco que en La Fambra podía encontrarse.

26 febrero 2009

Ingenuidad


Sólo pasaron dos días. Al regresar aquella noche hubo de atravesar el viaducto, como todas, en dirección a la residencia. Había pasado la tarde en la cafetería Eslava con varios de aquellos profesores y estudiantes a los que tanto admiraba y a los que pudo invitar aquella noche a una ronda, sin contarles el origen de su inesperada pujanza económica. Iba pensando en los libros que aquella mañana había encargado en la librería de la cuesta de San Salvador. Le habían dicho que en una semana a lo sumo los tendría allí.
Al llegar al centro del viaducto un hombre de unos treinta años le pidió fuego. Al echarse la mano al bolsillo el hombre le mostró una identificación de policía que Lázaro, súbitamente nervioso, no llegó casi a ver pero de cuya autenticidad no dudó. En ese mismo momento, otro hombre, algo más joven, que debía venir detrás de él llegó a su altura y así Lázaro quedó entre ambos.
- Lleva usted poco por aquí, ¿verdad? –dijo el mayor de los hombres.
- Sí, apenas un mes –contestó Lázaro, tímidamente y en estado de alerta.
- ¿Sabe usted que en la parte del ensanche, al otro lado del viaducto, hubo un campo de prisioneros?
- No, no lo sabía –Lázaro casi había perdido la voz.
- Pues sí, lo hubo. Todas las mañanas atravesaban este viaducto para ir a reconstruir la ciudad, en ruinas por la guerra, ya sabe… Algunos, cansados de la dureza de su vida, saltaron por esta barandilla para no enfrentarse a un destino que veían sin salida. Claro que de eso hace ya muchos años y, sin duda, a un joven como usted estas cosas no le interesan.
Lázaro, entre los dos hombres, miró la barandilla de hierro fundido y, debajo, la negrura sin fondo que el barranco ofrecía por la noche con sus ochenta metros de profundidad. La compañía de los dos policías y la visión de la baranda del viaducto, tenuemente iluminada por el alumbrado público, no le daban ninguna tranquilidad. La voz del hombre le sacó de sus temerosas conjeturas.
- Acompáñenos. El comisario Mansoz desea conocerle.
Tan impresionado estaba Lázaro por el incidente que no se atrevió a hacer pregunta alguna y, sumiso, les acompañó en silencio. Dieron la vuelta y, con Lázaro entre ambos policías, tornaron hacia el centro histórico de La Fambra. En su camino no se cruzaron con nadie conocido y eso a Lázaro le tranquilizó, pues a nadie tendría que dar explicaciones. La comisaría estaba en un edificio nuevo, de esos reconstruidos en la época a la que hizo alusión el policía. A la puerta había un guardia de uniforme. En el recibidor había un mostrador donde otro guardia informaba de dónde estaban los despachos y las gestiones que en cada uno podían hacerse. A aquellas horas no había nadie. Pasaron al interior y entraron a la antesala de un despacho. Dejaron allí a Lázaro y le dijeron que esperase hasta que desde la puerta interior le avisaran para pasar al despacho del comisario. Lázaro estaba muy nervioso. Pensó que aún le quedaba la mayor parte de lo que le habían dado en el burdel y, muy alterado, contó los billetes que tenía en la cartera. Estaba dispuesto a contarle todo al comisario y pedir las disculpas que hicieran falta, lo que faltaba se lo devolvería en cuanto tuviera algún dinero, anularía el pedido de los libros…
- Pase usted –dijo desde la puerta del despacho un policía de uniforme cuando Lázaro, tras media hora de espera, pensaba que le iban a hacer pasar la noche allí.
Lázaro entró al despacho y vio cómo un hombre de unos cincuenta años y con gafas hojeaba papeles tras una gran mesa rectangular iluminada por una luz potente. Parecía muy concentrado. El despacho era amplio y tenía sobre las paredes un crucifijo y los retratos oficiales. Estaba iluminado por una araña sencilla y carecía de adornos excepto unas cortinas sobrias y media docena de sillas, dos frente a la mesa y las otras cuatro pegadas a las paredes. El comisario no era un hombre corpulento, estaba bastante calvo y el pelo que aún conservaba en los laterales del cráneo era rizado, tenía un bigote fino, patillas no muy largas y, cuando al fin levantó hacia él la mirada y se quitó las gafas, pudo Lázaro observar unos ojillos vivos, descarados e inquisidores que se clavaban en él y le recorrían de arriba abajo sin que el comisario moviera un solo músculo de la cara. Al momento el comisario le dijo al policía que les dejara solos. En cuanto éste salió fue Lázaro a hablar para aclarar lo del sobre pero el comisario le detuvo con un gesto y le hizo seña de que se sentara. Una vez que Lázaro se hubo sentado el inspector se presentó y después le dijo:
- Bajo ningún concepto es bueno que una persona hable mientras no se le pregunte. Recuerde usted esto de ahora en adelante.
- …
- Usted, por ejemplo, piensa que está aquí por ese episodio sin importancia del burdel. O que, al menos yo, no le doy importancia por el momento.
- …
- Pues no es así. Pero, si usted me lo hubiera dicho y yo no lo hubiera sabido, usted me habría dado una información gratuita que yo no tendría por qué conocer. Así que en el futuro tenga usted cuidado con lo que dice sin que nadie le pregunte.
- ¿Pero entonces? –se atrevió a decir Lázaro totalmente desconcertado.
- Para la gente del burdel usted seguirá siendo policía, no se inquiete por eso. No tendrá que devolverles el dinero. Es más, si sus visitas por allí no son demasiado frecuentes, hasta es posible que le inviten a pasar el rato con alguna de las pupilas y a tomar unas copas. No estoy interesado en ese asunto.
- Pues, entonces, no sé…
- Sí, no sabe usted por qué está aquí. Se lo explicaré. Usted lleva muy poco tiempo en la ciudad. Aquí nos conocemos todos enseguida. Mis hombres, por ejemplo, están perfectamente identificados. Así que usted va a colaborar con nosotros porque es un buen ciudadano y porque nosotros sabemos agradecer la colaboración.
- Pero yo…
- No hace falta que le explique lo bien que ha caído usted en el ambiente, digamos, intelectual de esta ciudad, en esos círculos de eruditos que a usted le gusta tanto frecuentar y a cuyos miembros admira. Hemos comprobado que, quizás por esa ingenuidad que usted no es consciente de tener, ha sido aceptado en ellos sin ningún recelo y digamos también que, para la policía, ésos son ambientes vedados pero que, sin embargo, tienen gran interés para nosotros. ¿Entiende usted por dónde voy?
- No querrá usted que sea un espía y un chivato, que pase por lo que no soy… -dijo Lázaro, empezando a perder su estúpida candidez e intentando parecer ofendido.
- Anteayer pasó usted muy bien por policía y no lo es… y ya ve usted que yo no se lo recrimino y bien podría hacerlo con más severidad y rigor del que imagina. Sin embargo he decidido aprovechar sus habilidades en beneficio de la sociedad, es decir, de todos. ¿Chivato, dice usted? Le estoy pidiendo colaboración ¿No le parece mejor así? Necesitamos una persona como usted. Sólo tendrá que llevar la vida que lleva ahora, relacionarse con la gente que se relaciona, puede usted seguir con su aspecto extravagante o adoptar el aspecto desaliñado de esos intelectuales, pero necesito que me pase toda la información que de ellos alcance a saber y… desde luego, sería de vital importancia si descubre usted la relación de alguno de ellos con algún partido clandestino. ¿Comprende? ¡Ah, y no se haga conmigo el ofendido que veo comedias similares cada día!
- Pero si yo vengo aquí pensarán…
- Usted no pisará esta comisaría bajo ningún concepto a no ser que mis hombres le detengan y, en ese caso, lo harán de tal modo que quedará usted libre toda sospecha.
- Entonces va a ser difícil comunicarme…
- No, cada quince días si todo discurre normalmente, escribirá usted una carta sin remite al apartado de correos número 30, dirigida a la Editorial Fidélitas. En esos informes me tendrá usted al tanto de cuando deseo saber. Si se entera de algo que le parezca de gran interés me lo hará saber lo antes posible, sin esperar a los quince días habituales entre informe e informe. ¿De acuerdo?
- Pero…
- No hay peros que valgan. No le estoy dando a usted alternativas. ¿No le gustó hacer de policía? Pues ahora lo va a hacer de verdad y, lo que es más, para servir al bien común, ¿comprende? A finales de cada mes pase por el burdel, ellos le darán un sobre con el doble de lo que le dieron la última vez. Si nos encontramos, usted no me conoce.
- Pero, entonces, ¿es que me van a pagar los del burdel?
- Eso no es asunto suyo. Ya puede marcharse. Espero no tener que hacerle traer aquí. No me gustan las estupideces ni tener que repetir las cosas –el comisario hizo un gesto con la mano para que Lázaro saliese y se sumergió de nuevo en sus papeles sin levantar la cabeza para verle salir.