05 noviembre 2009

El amanecer de la contradición


Amanecía lentamente, como amanece siempre, sólo que, con aquel frío intenso y seco, parecía que el día estuviera aquejado de una pereza en blanco y negro, de una grisura extraña y hueca, que sólo tienen algunas mañanas especiales de invierno en la meseta. El campo, blanco como si hubiese nevado, estaba tan silencioso que parecía huérfano de cualquier atisbo de vida. El aire helado no se movía, como si pesara más que de costumbre y toda aquella atmósfera parecía nueva e irreal, igual que un regalo envuelto y aún sin estrenar. Tal vez, pensó, apenas durante un segundo, que justo la hora del amanecer fuese la más fría del día. Seguro, se dijo.
La escarcha brillaba, espesa, dura y densa, con las primeras luces, recubriéndolo todo: el suelo, las hierbas, las matas, las cortezas de los árboles, los olivos, los rastrojos, las viñas, los cardos… hasta el hielo de los charcos con una capa polvorienta, escamosa y crujiente. Ésta crepitaba bajo sus botas haciendo que, en aquel silencio, le pareciese que el sonido podía oírse a mil metros y que producía un estrépito innecesario y escandaloso en aquel vacío que, más que roto, parecía profanado por sus pisadas intempestivas. Sin embargo, embobado por el espectáculo, se quedó absorto un largo rato observando aquel panorama que se le antojaba irreal, imaginario, casi fantasmal y, sobre todo, estático y suspendido en el tiempo. No se atrevía a moverse porque le parecía que, de hacerlo, se desbarataría aquel encantamiento, aquella visión casi sobrenatural.
Caviló en que, de no ser por su afición por la caza, se habría perdido aquel espectáculo y también tantos otros similares como en sus días de madrugador de la escopeta había visto. Y fue una de las veces en que padeció lo contradictorio de aquella pasión. Aquella mañana en el paraje de Cerro Pozo, lindando con Valdelhombre, se le quedó grabada para los restos. Y, aunque se sacudió la impresión de la cabeza, siempre le quedó en ella la cuestión de por qué un hombre, capaz de apreciar aquellos sublimes espectáculos y emocionarse ante ellos, tenía, luego, sangre fría para disparar. Contradicciones. Pero, entonces, sólo quería cazar y esquivaba todo pensamiento que le desviase de su ardiente deseo. Sin embargo, la duda, ahí quedaba, en estado latente. Aunque él quisiera ser entonces ciego y sordo y, además, se empeñara en ello hasta el extremo.
Aquella noche había dormido mal. Como siempre que tenía una jornada de caza al día siguiente se la pasó calculando, sobre el terreno ya conocido, dónde estarían las perdices al amanecer, donde volarían según el día y qué ocurriría si por las causas que fueren, ese día, habían trastocado sus querencias y no las hallaba donde suponía. La maquinaria de su cabeza tenía todo previsto aunque, sobre el terreno, tenía prestancia y rapidez para cambiar de rumbo en un momento dado, si la caza lo exigía. Pasó la noche imaginando. Y, como siempre, lo último que imaginó fue cuáles serían y dónde estarían, en ese momento, los animales que, por su causa, habrían de estar muertos al día siguiente, apenas unas horas después. También se preguntaba en base a qué los hombres nos habíamos adjudicado jurisdicción sobre todos los seres vivos de la tierra. Pero, nuevamente, como esos pensamientos estorbaban su loca pasión, los desechaba. Pero ellos se quedaban allí, como garrapatas, agarrados a su conciencia.
El día de antes había avisado a Luis, el encargado de La Dádiva. Tal como Gaudeano le había dicho, para que no se alarmase si oía tiros.
Había dejado el coche a tres kilómetros, mucho antes de que amaneciera, porque no quería que nadie estuviera esperándole cuando volviera a él.
Conociendo el terreno palmo a palmo, se había adentrado en el coto hasta la linde más lejana al caserío, desde donde los tiros apenas se sentirían.
Sólo llevó un macuto del ejército con dos litros de agua, la canana de treinta tiros y una reserva de otros cincuenta, porque nunca estaba de más que sobraran cartuchos. Había decidido despedirse de aquella finca en condiciones.

04 noviembre 2009

Morir de éxito


No era un experto en relaciones públicas pero, aún no siéndolo, cada vez le quedó más claro que, si no hubiera sido por Gaudeano, aquellos otros tres jamás le habrían invitado y, menos todavía, permitido que se codeara con ellos. Así que no era de Gaudeano de quien tenía que ganarse los favores sino de Laureano y los demás. Dicho de otro modo, tenía que halagar a quienes no le querían, en lugar de, como sería lógico, corresponder a su benefactor. Y, dándose cuenta de la contradicción, volvió a su cabeza aquel viejo refrán, casi tan viejo como la lengua castellana: “Manos besarás que quisieras ver cortadas”. Y se dio cuenta entonces de la verdad que contenía.
Viendo que, con tal de cazar en La Dádiva, tragaba con todo, le fueron convirtiendo gradualmente en el chico de los recados. Era cada vez más normal, para aquellos señores acostumbrados a dirigir empresas, que le dieran instrucciones tan específicas y directas como éstas:
- Ya sabes, como siempre, subes arriba del todo y llevas la mano alta un poco adelantada, pero despacio, metiendo ruido y dándote a ver. No olvides el ir despacio, dándoles tiempo a las perdices a que se vayan descolgando ladera abajo.
Ellos, esperaban, en diagonal, repartidos a lo largo de la cuesta y colocados siguiendo la querencia de los pájaros, a que, levantados por el de los mandados, éstos pasaran hacia abajo siguiendo la línea de sus escopetas.
- Métete tú por los terrones y mira a ver si las vuelas hacia los olivos, por entre los que iremos nosotros más tapados.
Los terrones solían estar, en otoño, semi encharcados y caminar por ellos era penoso por ir continuamente anclado al terreno, casi clavando un palmo de cada pierna en él, a cada paso que se daba. Sin embargo, las perdices, espantadas por su presencia y con poco escondite en los terrones, volaban con presteza fuera. Ellos, cubiertos entre los olivos, y sobre terreno firme, las veían metérseles encima sin tener que sudar como caballos atascándose por aquellos lodazales.
- Nosotros nos quedaremos aquí, abiertos en abanico, como de puesto. Tú entra al cerro, tomándole el giro de lejos y dale la vuelta despacio a ver si nos las metes encima. ¡Ah, y procura dar voces, no se te vuelvan hacia atrás!
Y así, sin disimulos, le mandaban ya de ojeador abiertamente y, encima, dando voces. Bien sabía las pocas oportunidades que tenía de disparar él.
- Tú coge la mano de la linde, por si acaso…
Aquellos “por si acaso” eran de lo más hirientes, pues significaban, ya de antemano, que no se esperaba que perdiz alguna volara hacia él.
De este modo lo tuvo siempre claro. Se había convertido en algo así como un esbirro a las órdenes de aquellos tres porque, Gaudeano, aunque era bueno, no era tonto y, en cualquier caso, allí estaban aquéllos para impedirle que lo fuera. El advenedizo era un auxiliar, un chico para todo. Sin embargo, tanto se divertía, con tanta fuerza le tiraba aquella pasión ciega por la caza, que nada le pesaban los ninguneos y los abusos, cada vez mayores, de aquellos hacendados.
Sin embargo, como además de la afición, en la vida cuenta mucho la práctica, a fuerza de tirar a perdices casi siempre largas, cogió práctica en ello y llegó a quedarse con perdices verdaderamente difíciles. A ello le ayudó un cambio de escopeta. No comentó el cambio, ni sus compañeros, tan pendientes como estaban de sí mismos, se percataron. Dejó su escopeta a un amigo y, ese amigo, le dejaba a él una escopeta paralela de Victor Sarasqueta padre, algo antigua y pesada, pero muy bien equilibrada, con unos cañones extra largos y el máximo de choque en ellos. Una escopeta que su amigo se compró, por el prestigio de la marca, pero que nunca le fue de utilidad por lo poco que abría en las distancias normales. A él, como enseguida tuvo ocasión de comprobar, le vino de maravilla para poder abatir alguna perdiz, en la misión que los señoritos le encomendaban cada domingo. Como lo normal era ver las perdices pero, casi siempre, fuera de tiro o al límite, aquella escopeta que plomeaba tan bien y se encaraba tan rápido le vino que ni pintada. Por añadidura comenzó a usar plomo de quinta, bastante más grueso que el habitual, de séptima, en su meta de matar perdices largas. Eso tampoco lo comentó con los señoritos pues, seguramente, les habría parecido poco deportivo. Así se evitó los comentarios.
A los demás, tan encima les metía los pájaros, que llegaron a tirar con cañones cilíndricos o del mínimo choque para abatirlos con más facilidad. Él lo supo porque les gustaba alardear de sus escopetas Purdey, como ya se dijo, con dos juegos de cañones y para cuyo pedido, contaban, había que esperar más de seis meses, por ser armas hechas por manos artesanas y ninguna igual a otra.
Ese fue, sin embargo, el comienzo de su caída en desgracia. A aquellos tres señores, aquellos tiros impensables, aunque inicialmente alabados como excepcionales, cuando empezaron a ser frecuentes y, no digamos, cuando se hicieron habituales, les llegaron a descomponer sin que pudieran disimularlo.
Así que, como a veces se dice, se puede morir de éxito. El advenedizo comenzó a hacerlo tan bien, tirando a las perdices largas, que el trío dirigente empezó a presionar, cada vez más fuertemente a Gaudeano, para que dejara de invitarle a la finca.
Fue aquel último domingo, antes de Navidades. Tomaron las cañas de después de la caza y Laureano, Licinio y Julián se marcharon. El advenedizo y Gaudeano se quedaron tomando la espuela.
Gaudeano, tras dos temporadas cazando e invitándole, le veía tan engolosinado que le daba pena no quedar ya con él para el siguiente desvede. Por otro lado, no podía resistir por más tiempo las presiones de los otros y, fundamentalmente, las de su hermano. Por eso, ese último domingo antes de aquellas Navidades, en las que ellos ya dejaban de cazar en La Dádiva, cuando se quedaron solos, le dijo:
- ¿Dónde vas a cazar estas fiestas?
- Pues en lo libre, como siempre.
- Es que la temporada que viene vamos a cazar muy poco en la finca, para que se repueble –pretextó- y seguramente no saldremos más que algún que otro domingo mi hermano Laureano y yo, –mintió- así que si te apetece venirte un par de días por la finca estas Navidades, tú solo, a pegar cuatro tiros…
El advenedizo comprendió que, al fin, las presiones de los otros tres sobre Gaudeano habían hecho mella en él. Lo comprendió. Milagro había sido que aquello hubiera durado dos temporadas. Además, el buen Gaudeano, quiso darle un par de días extra y en solitario para que se despidiera de la finca. Era más de lo que había esperado y mucho más de lo que había imaginado aquel día de pesca en que se lo presentaron dos veranos atrás. Pero, claro, no podía ser. Aunque hubiera ido los jueves a cazar a lo libre como siempre, para que no se le olvidase lo que era la caza normal, había cazado como un señorito los domingos de dos temporadas. Nunca lo hubiese soñado.
El advenedizo, fingiendo que no había acusado el golpe, le agradeció sinceramente a Gaudeano el par de días extra. Y Gaudeano, dando el mal trago por pasado, le dijo que avisase a Luis, el encargado de la finca los días que fuera, para que éste no se alarmase por los tiros.

01 noviembre 2009

El día de Todos los Santos


Al parecer tal día como hoy solía celebrarse la festividad de Todos los Santos. Y es que había santos conocidos pero también, se llegó a la conclusión, de que los había desconocidos. Y esto no es cosa mía, que lo dice la misma Santa Madre Iglesia. A mí esto me pareció siempre muy bien y, de verdad, tenía razones para ello.
Primeramente, porque, por una vez, la Iglesia se declaraba, con humildad ejemplar, ignorante y desconocedora de algo sacro, aunque sólo fuese un triste censo y, por tanto, se inhibía y no decía la última palabra sobre el tema, como tiene por costumbre. Y miren, seriamente, para mí estas cosas son de agradecer.
Además, de este modo, la Iglesia se consideraba, por una vez, imperfecta en algo. Pues, ni siquiera ella, tan sobrada de medios, podía hacer, como es debido, un arqueo, estadística, estadillo o inventario de todos los santos que en el mundo han sido. Y, pues claro, si es natural.
Por otro lado, qué gusto para esos santos ignorados que, quizás, fueron santos con menos medios y más merecimientos que otros, que se estableciera un día para ellos, siquiera uno: el día del santo desconocido. Que, para el caso, aunque no lo anuncien así, viene a ser lo mismo. ¿No les parece?
Claro que, al mismo tiempo, la Iglesia, con mucha vista, que todo hay que decirlo, puso este día también por otras razones. Me explico: porque si, pongamos por caso, a un buen cristiano se le olvidaba honrar a, es un decir, San Celedón, en el día de su cabal fecha, pues no pasaba nada. Lo único que tenía que hacer, el buen cristiano, era dedicarle sus honras el día de Todos los Santos y éste, Celedón, las recibíría con carácter retroactivo y no se quedaba sin ellas. ¿Ven qué fácil? Ahí estuvieron listos los padres de la Iglesia. Fue como poner un sustituto a todas las fechas. Así se evitó la caída de veneraciones por olvido. Y muy bien, porque eso fue dar facilidades al culto que falta hacía.
Otra cosa, que se quiso resolver con la instauración de este día, fue el overbooking de santos que se produjo en el año natural. Piénsese que al principio, la iglesia, era una empresa humilde, con altas miras, sí, pero modesta y, claro, no tenía más que unos pocos santos, que si los evangelistas, que si los apóstoles… bueno, poco más que la alineación de un equipo de fútbol y casi sin suplentes. Sin embargo, con el paso de los años y el incremento de la plantilla, por el triunfo de la fe, pues llegaba un día y ¡hala’, que han martirizado a doscientos; ¡ahí va!, que han echado trescientos a los leones; ¡toma ya! , que han crucificado a otros seiscientos…. Y así. Por un lado, todos los que participaban de la misma fe, estaban contentos de pertenecer a una iglesia tan seria y de tanto éxito pero, las cosas como son, se quedaron en cuatro días sin calendario con tanto mártir y tanto santo. Luego, ya, pusieron procesos de canonización para impedir el acceso al santoral en cuatro días, y los abusos de venga de santos y de mártires, porque aquello es que ya no parecía serio. Así que, en este aspecto, pues, qué quieren que les diga: otro acierto. Si es que no se puede decir otra cosa.
Eso sí, hay algo que no me convence. Y, lo digo como lo siento, lo veo como un fallo: que a los santos, sólo los nombran ellos, o sea, la jerarquía eclesiástica. ¿Pues no están viendo los fallos que cometen? ¿Pero es que no ven que ellos mismos han tenido que poner esta festividad porque la cosa se les iba de las manos? Pues, hombres de Dios, pidan colaboración. Yo creo que debían dejarnos nombrar santos también a los que no somos religiosos, porque, si algunos nos parecen santos a nosotros, que somos unos descreídos, imagínense lo que habrían de parecerles a la gente piadosa. Sería infalible.

31 octubre 2009

La Noche de las Ánimas


Hace tantos años de aquella noche que ya no vive ninguno, ni uno siquiera, de los que por aquel tiempo vivían y comían, como nosotros vivimos y comemos ahora.
Algunos estuvieron en cocinas, como ésta, antes de salir para sus viajes, tomaron la cena en mesas como ésta en la que nosotros cenamos ahora, también en cocinas amplias y caldeadas y en casas, muy parecidas a la nuestra, protegidas del frío hielo de la noche, y también de cualquier peligro, por gruesas puertas y ventanas, todas candadas, y con los cerrojos bien echados.
Fijaos si hará tiempo y tiempo que esto ocurrió que, a duras penas y preguntando de pueblo en pueblo a cada viejo, podríamos encontrar difícilmente alguno, hombre o mujer, que supiera de algún caso parecido. Pero seguro que tendría que ser alguien muy viejo y reviejo, por lo menos de cien años o más, quien, tal vez, recordase a alguno que se aventurase a salir a los caminos en tal noche como ésta. Yo, que también tengo muchos años, no conozco a ninguno. Esta historia me la contó mi abuelo y, a él, se la había contado también su abuelo. Así que fijaos si será la cosa antigua.
Pues, veréis, resulta que la feria grande de Halamazán se celebraba por entonces el 1 de noviembre. A ella acudían pastores con rebaños, porqueros con piaras, vaqueros con puntas de vacas, cabreros con sus chotas y arrieros con reatas de mulas, burros, machos, yeguas y caballos, además de muchos comerciantes y curiosos procedentes de todos los pueblos de esta comarca, de la Sierra del Gran Trascuende y del Muedo.
Entonces le llamaban, al día uno de noviembre, día de Todos los Santos y era un día gozoso, de fiesta en todas partes y también en Halamazán con su gran feria. Se pensaba que, en ese día, todos los que habían vivido y luego muerto, habían, tarde o temprano, alcanzado la gloria de los cielos y, así, eran ahora santos y vivían muy felices en otra vida y en otro lugar. Había, como hay siempre, gente que no se creía estas cosas, pero esos eran los menos.
Pero, claro, de lo que hubieran pasado y padecido, los que se convirtieron en santos, hasta ese momento, nadie quería cuentas ni cuentos. Porque, sobre todo los cuentos, hacían referencia al periodo en el que, las almas de los difuntos, habían vagado, penando y purgando sus culpas, en lo que se conocía como la Noche de las Ánimas. Y también se sabía que, aunque se le llamaba noche, no era sólo una. Que no se sabía cuántas podían ser. Porque la Noche de las Ánimas podía durar años para algunos y apenas instantes para otros. Y, también, porque nadie había vuelto para contarlo con pelos y señales. Y, ¿cuándo creéis vosotros que se conmemora esa Noche de las Ánimas?
- Tío Golgodos, ¿qué es conmemora?
- Que se recuerda.
- Tío Golgodos, ¿qué son ánimas?
- Las almas de los difuntos, o sea, de los muertos. Y, que lo sepáis, todo eso que os he dicho se conmemora esta misma noche: la Noche de las Ánimas.
- ¡Ahí va!
Pues veréis. Como siempre, por aquel entonces, todos querían ir a la feria de Halamazán, que era tal día como mañana, para hacer sus negocios, comprar o vender y llevar allí sus productos y sus cosas. Pero lo que no querían, de ninguna de las maneras, era viajar en una noche como ésta. Así que todos se iban el día de antes para, en llegando allí, cobijarse en posadas y pensiones y pasar esta noche protegidos y a salvo de cualquier peligro de los que, a decir de todos, estaba esta noche llena.
Sin embargo hubo un hombre que se creía muy listo, un tío con más vista que un galápago que…
- Tío Golgodos, ¿qué es un galápago?
- Pues… ¡Uhm… un animal que ve muy bien de lejos, y calla ya y escucha!
Pues ese hombre, que se llamaba Juan Herrón, pensó que, viajando por la noche con su hijo, que era un chico así como vosotros, se evitaría tener que pagar la posada de ambos más las cenas y que, además, al llegar muy temprano a la plaza de Halamazán, vendería sus mercancías y los animales que a tal fin llevaba, el primero de todos y al mejor precio, por madrugador. Porque él siempre había oído eso de: “A quien madruga Dios le ayuda” y él, aunque de Dios no sabía mucho, sí que sabía muy bien decir a tiempo los refranes, sobre todo, aquéllos que le daban la razón. Por eso pensó que, para madrugar, lo mejor era no acostarse y pasar aquella noche haciendo el viaje.
Los de su pueblo, cuando le vieron aparejar la yegua y preparar los tres burros de carga reatados con las mercancías, le preguntaron si pensaba salir a aquellas horas, echándose ya más la noche que cayendo la tarde. Y Juan Herrón les dijo que si acaso estaban ciegos y no veían que estaba a punto de marcharse. Ellos le dijeron que en esa noche, la Noche de las Ánimas, nadie viajaba, que no se sabía con lo que uno podía encontrarse, que todo el mundo se había ido a la feria aquella mañana, que no saliese, que era muy peligroso… Pero, Juan Herrón, que no clavaba clavos con la cabeza porque no quería molestarse, les dijo que él no temía más que a los animales de dos patas y que, estando todos esos recogidos esa noche con tanta precaución, según ellos le aseguraban, más tranquilo que nunca viajarían su chico y él. Y que los cuidados de las ánimas a ellos se los dejaba, ya que tan bien las conocían.
Por último, los de su pueblo, viendo imposible detener a Juan, le rogaron que no llevase al chico, que le dejase en el pueblo, que ellos le cuidarían. A lo que Juan Herrón les dijo que, a su hijo, le sería de provecho hacerse hombre a su lado y no gallina al lado de ellos y, sin más, partieron padre e hijo, ambos en la jaca, muy ufanos, seguidos por la reata de los tres pollinos.
El cielo estaba almohadillado de nubes espesas que, con la oscuridad progresiva de la noche, parecían ya negras. El aire se detuvo y, cuando se quedó todo calmo y en el campo no se sentía más que el frío y no se oía sino el rítmico caminar de las caballerías, comenzó mansamente a nevar.
Juan Herrón no contaba con eso y, molesto, lanzó un juramento. Deslió una manta que llevaba en la grupa y se la echó por los hombros a su hijo que, con diez años, iba sentado a horcajadas sobre la yegua delante de su padre.
Como la nieve arreciaba se desvió, apenas a una hora del pueblo, poco más de un hectómetro para refugiarse en la Venta Carrasco. Mucho tardó en abrirle, pues ya había cerrado a cal y canto, el tío Norbertazo, dueño de la venta, que no esperaba en tal día o, mejor dicho, en tal noche, a cliente alguno.
- Pero, Juan Herrón, ¡tú tenías que ser! ¡Viajar en una noche como ésta! Y, por lo que veo con el chico, ¡tú estás majareta!
- Se calle usted y me ponga un aguardiente y, al chico, le dé una galleta.
El tío Norbertazo, curandero, recolector de hierbas y sanador por el pelo, la lana y las plumas, les atendió y les dio conversación, dando por sentado que, por fortuna para ellos, pasarían aquella noche allí, que era lugar seguro. Sin embargo, Juan Herrón le desengañó cuando, a las dos horas y viendo que había amainado el temporal de nieve, espabiló al chico y le dijo al tío Norbertazo que le cobrara, que se iba.
- Loco estás si lo haces –dijo el tío Norbertazo- y más con esta criatura. Hay fuerzas que ninguno conocemos y, por eso, es mejor no tentarlas. Ten en cuenta que, el que esto te dice, sabe de lo que habla y ha vivido más que tú.
- Sí, sobre todo de otros, engañando a cuando bobo aparece por aquí pidiendo ayuda. La noche, con el blanco de la nieve, se ha hecho más luminosa, y, en cuanto se nos hagan los ojos, casi veremos como de día. Guarda tu ayuda para los temerosos o los tontos.
- Ojalá que no la eches en falta –dijo el tío Norberto, muy picado por la arrogancia de Juan Herrón, y cerró de sopetón la puerta.
Ya llevaban un buen trecho y el chico se había dormido entre los brazos de su padre que, al tiempo que lo sujetaban, agarraban las riendas de la yegua. Una niebla espesa se adueñó del paraje y Juan Herrón perdió la referencia del lugar donde podían encontrarse. Se imaginó que él también se había podido adormilar un rato y supuso que el buen sentido de su yegua, acostumbrada a aquel camino, les ayudaría a salir airosos de la situación. Era muy incómoda la sensación de no saber donde se encontraban. Entre la nieve, la niebla y la noche, todas palabras que empiezan por negación, se encontraba en una especie de nebulosa bastante inquietante.
De repente se sobresaltó. Unas campanas tañeron con fuerza inusitada a la altura de, lo que el calculaba que debiera estar, el pueblo de Morenglos. Sí, tenían que ser las de Morenglos. Mas, de repente, se sobresaltó todavía más: Morenglos llevaba abandonado muchos años. Él nunca había conocido aquel pueblo habitado, cómo podía estar escuchando aquellos tañidos, tan potentes, en mitad de la nada. No quiso despertar al chico pero, pasada media hora, los tañidos de campanas aún les acompañaban. Y, a medida que iban avanzando, oyó nuevas campanas que se acercaban o alejaban según caminaban con sus caballerías. Sin embargo, aquello era imposible. Sabía que eran todos pueblos de antaño, lugares despoblados, aquéllos por los que atravesaba. Así de Morenglos pasó a Osecilla, a San Vicente, luego a Torralbilla, a Castilpelayo, después a Ardachosa, a Matamala, a Viperinas… y no podía entender cómo de todos aquellos pueblos, que él jamás vio poblados y de los que, en algún caso, apenas quedaban ruinas, le llegaban nítidos tañidos de campana. Pensó en las ánimas pero, no podía ser, tenía que estar perdido y estar escuchando tañidos de las campanas de las iglesias de otros pueblos. Seguro que, en cuento clarease el alba, se desharía aquel malentendido.
Por fin, cesaron los tañidos. Dio gracias por el final de aquella pesadilla pero, al darlas, reparó en que la yegua estaba parada y la reata de burros como petrificada. Era raro, en los tres años que llevaba con aquella yegua, el que hubiera tenido que emplear la espuela con ella. La espoleó suavemente. El animal no se movió ni dejó de mirar al frente, con las orejas tiesas, como si pudiera taladrar con sus ojos la espesura de la niebla. La espoleó con fuerza un par de veces y tampoco hubo respuesta por parte de la jaca. La espoleó con saña, pero no movió una oreja. Sacó una fusta y ya tenía la mano levantada para estrellar la fusta contra el poderoso cuello de la yegua cuando los rebuznos de los burros, tirando hacia atrás le alertaron de que algo extraño sucedía. Descabalgó e intento calmar a los animales, que no hacían más que recular, presos de una inquietud inusitada. Fue entonces cuando, clara, nítidamente, llegó hasta él el cercano aullido del lobo. El escalofrío del miedo, cien veces más potente que el del frío, le atenazó hasta las entrañas.
Instintivamente fue a recoger a su hijo, al que, envuelto en la manta, había depositado en el suelo al apearse de la yegua. Los burros y la yegua, aprovechando su desatención, huyeron aterrados y desaparecieron en esa oscuridad, en blanco y negro, que le rodeaba. Se hizo el silencio totalmente cuando las pisadas de sus caballerías terminaron de perderse definitivamente en una dirección imposible de precisar.
Pensó Juan Herrón que, si había lobos, la habrían tomado con las bestias y eso les daría a ellos una oportunidad de escapar. Pensó también que vestían ropa de abrigo, que tenían una manta, que él conservaba su fusta y que, además, llevaba una faca, con un palmo de hoja, para defenderse si llegara el caso. Al amanecer sería cuestión de buscar a los animales y ver qué había pasado. También llevaba consigo todo el dinero que sacó de casa. Le tranquilizó el comprobarlo, mas reparó que de ninguna utilidad le era en aquellas circunstancias. Y dicen que el dinero todo lo puede, pensó para sí.
Calculó que tendría que encontrarse muy cerca del paso del Congosto y pensó en ir a refugiarse con su hijo a una de sus muchas cuevas y recovecos. El chico se había espabilado totalmente y se agarraba a su mano visiblemente asustado. Al menos no se oía ahora al lobo. Tras caminar una media hora se salieron un poco a la derecha y dieron con una pared de piedra. Tuvieron suerte, porque enseguida encontraron un hueco que, un poco más dentro, se ensanchaba. Encendió una cerilla Juan y vio que era una cueva. Enseguida se echaron al suelo para pasar la noche, allí resguardados, compartiendo su calor corporal bajo la manta.
El chico se empezaba a dormir al cobijo y calor de su padre. Éste, sin embargo, no conseguía adormilarse, al contrario, al poco rato comenzó a alertarse. Primeramente oyó como el ruido gutural de un ronquidillo apenas perceptible. Al poco lo volvió a oír, algo más fuerte, pero ahora desplazándose. Tenían compañía, era algo que había dentro de la cueva. Volvió a sonar, esta vez más fuerte. El chico lo oyó también y despertó e, incorporándose, se aferro al brazo de su padre. Repentinamente el sonido ronco aumentó paulatina pero rápidamente de frecuencia. En un momento se había convertido en un silbido enervante y aterrador. Juan Herrón supo enseguida que era la culebra, seguramente metida en la cueva para el letargo del invierno, y salieron de estampida el chico y él. Pasaron la salida de la cueva corriendo por el sobresalto y raspándose dolorosamente rostro y manos por la oscuridad. Luego, no pararon de correr, internándose en lo negro de la noche, hasta que, cogidos de la mano, tropezaron y se sintieron caer rodando una ladera abajo.
Se hizo el silencio dentro del silencio, la oscuridad dentro de la oscuridad.
Curiosamente, cuando apareció el chico, hablaba de perros aulladores, de serpientes que silbaban en la oscuridad, de corzos ladradores, de bramidos de ciervos, de hombres a caballo, de graznidos de cuervos, de iglesias con velas y lamparillas, de pueblos en ruinas… pero, de su padre, sólo recordaba que, antes de separarse, volaron un poquito, juntos en la oscuridad.
Lo encontraron a los dos días, contra todo pronóstico, a menos de un kilómetro de su pueblo, en un prado. Al padre no le encontraron nunca. Desde entonces, al prado donde apareció el chico, lo llaman el Prao Juanarrón porque los nombres con el tiempo, al igual que la realidad, van sufriendo deformaciones.

De invitado a advenedizo


Gaudeano era un hombre bueno. Pertenecía al tipo de hombre bueno del que sus allegados apostillan: “Es bueno, pero no tonto”. Y lo dicen para que le quede claro al que escucha que allí andan ellos, al acecho, para impedir al aludido precisamente eso: ser bueno.
El invitado nunca supo por qué le cayó bien a Gaudeano. El caso fue que le volvió a invitar a la finca La Dádiva en numerosas ocasiones. ¿Le sentiría más próximo, en asuntos de caza, que a su hermano Laureano y a sus socios? ¿Le gustaría verle satisfacer una afición tan alocada? ¿Le llevaría su acendrada religiosidad a poner un pobre en su coto?... El invitado no hubiera sabido explicarlo.
Aquello había traspasado los límites de un compromiso casual para convertirse en una costumbre. El invitado pasó a ser habitual en aquella cuadrilla que, con su presencia, se hizo un quinteto.
El programa siempre era similar. Sólo se cazaba las mañanas de los domingos. Una vez santificado el día del Señor con la misa de ocho, confortados los estómagos con el desayuno y templados los ánimos con la copita matinal, enfilaban hacia la finca. La caza comenzaba no antes de las diez y terminaba no después de las dos. Unas rondas de cañas, con los comentarios de las incidencias del día, clausuraban siempre la jornada. Todo trascurría con exactitud casi militar.
Había veces, no muchas, que no venían Laureano y sus socios y, esos domingos, le parecía al invitado que Gaudeano tenía con él más simpatía y un trato mucho más sencillo y cercano que cuando acudía el resto de la mano. También, algunas veces, Gaudeano se encontraba con algún conocido en el bar donde desayunaban. Era, de ordinario, algún hombre mayor de los que cazaban en lo libre. Gaudeano, sin más, invitaba ese día rumbosamente al viejo a cazar con ellos dos. Recordaba el invitado la cara que se les ponía a aquellos hombres que, por la edad, conocían de sobra la finca y el buen rato de caza que les esperaba. Lo dicho: Gaudeano era un hombre bueno. Por sus hechos los conoceréis. Se ha dicho siempre.
El invitado, ya un habitual, se seguía sintiendo invitado pese a todo porque, en el fondo, aquella gente no le consideraba de los suyos y él tenía la total seguridad de no llegar a serlo nunca y, curiosamente, la de no desearlo. Por un lado, era muy remota la posibilidad de que llegara a ser alguna vez lo suficientemente rico y, por otro, era más remota aún la de que, aún siéndolo, quisiera convertirse en lo que ellos a él le parecían. Incluso a la riqueza y a la posición, si alguna vez llegase, el invitado sería, siempre y visceralmente, un advenedizo. Improntas que se llevan con uno.
Acostumbrado a cazar en lo libre, aquella finca era un paraíso de la caza, un don divino. Y ya no le importaba tener que ir a misa, ni esperar a la conclusión del desayuno, ni sonreír tomando la copita con fingida parsimonia, ni seguirles sus conversaciones de altura a Laureano, Licinio y Julián, ni condescender con sumisa mansedumbre a lo que soltaran por sus bocas. Nada le importaba estarse doctorando en aquella adulación jabonosa y, lo que es más, habría hecho hasta un triduo, una novena o una peregrinación a Fátima, Lourdes, Roma o Tierra Santa, si al religioso de Gaudeano se le hubiera puesto por montera que le sirviera en ella de ayudante. Se prometió a sí mismo avenirse a todo, con tal de seguir cazando en aquel auténtico coto de ministros. A tal punto llegó, de perder la vergüenza, con tal de cazar en la bendita finca.
Su pasión ciega no les pasó desapercibida a Laureano y a sus socios y, como eran hombres experimentados en aprovechar las debilidades de los otros, obsequiaban al advenedizo con las manos más duras que, a la par, solían ser las que se prestaban más a ojear la caza que a cazarla, de modo que fueran ellos quienes abatieran las perdices que aquél levantara.
El advenedizo, invitado siempre por Gaudeano y consciente de su condición de tal ante los otros, se aprovechaba también de la condición que ellos tenían desde la misma cuna, de la de señoritos, de cazadores cómodos, de la de casi ser cazadores de caminos. Y consciente de sus intenciones, al darle las peores manos de continuo, procuraba desempeñar lo mejor posible su misión y, enseguida, desarrolló una gran habilidad en ello. De ese modo, a los otros miembros de la mano solían bajarles chorreadas gran cantidad de perdices a tiro de sus pulidas escopetas inglesas y así, bajo su criterio de dueños y señores, rentabilizaban la asistencia de aquel advenedizo, flor de terreno libre, a sus aristocráticas manos de perdiz en La Dádiva. Cosas de señoritos, acostumbrados a sacar de todo provecho.

22 octubre 2009

Recogiendo las migajas


A la tarde, apenas llegó a la finca de La Dádiva, León, el mastín, salió a su encuentro ladrando amenazador. Sólo cuando estuvo a cuatro o cinco metros le identificó, cesó de ladrarle y caminando hacia él, confiado ya, movió amistosamente la cola. Acarició al perro, igual que le había acariciado por la mañana, y éste se pegó a él y le siguió por entre las naves y la casa de la finca.
Al parecer no había nadie. Así que, sin más, se adentró en los terrenos del coto siguiendo los pasos que la mano de cazadores había dado por la mañana, hacía sólo unas horas. Naturalmente iba sin escopeta pero confiado en encontrar alguna de las piezas que los cazadores ni se habían molestado en buscar.
Sabía que, pasado el tiempo, iba a ser difícil, pero le dolía que aquella caza se quedase en el campo sólo por desidia. En cuanto se alejó trescientos o cuatrocientos metros de las naves comenzó a ver algún bando de perdices apeonar presuroso, trasponiendo a la vista, evitando así el arrancarse a volar.
La primera había sido una perdiz que entre la mano salió hacia atrás. Laureano, que iba por el alto de una ladera de esparceta, se giró y se encaró la escopeta. A él le pareció que tardaba demasiado en disparar. Cuando lo hizo, la perdiz hizo ese movimiento casi imperceptible, como un ligero encogimiento, que a él le era tan familiar. Laureano la miró dos segundos pero, viendo que volaba con fuerza, volvió la vista al frente. Sin embargo él siguió mirando. Como a quinientos metros hizo la torre. Le avisó a Laureano pero éste dijo que siguiera la mano, que por una perdiz no se paraba. Tomó dos referencias, como hacía siempre, y continuó.
Le extrañó también que fueran tan pendientes de las perdices que no vieran las cinco liebres que les salieron o que, si las habían visto, no les tirasen.
Las otras tres eran perdices que cayeron, dos de ellas desaladas y otra en un barranco profundo junto a una terrera con el fondo lleno de maleza. En su mapa mental llevaba anotado cada sitio. Sabía que iba a ser difícil, sobre todo con las dos de ala, pero tal vez la del barranco pudiera cobrarla si había caído muerta. No había contado con la ayuda inesperada del mastín que, aunque no les había acompañado en la caza, ahora sí le acompañaba a él en la búsqueda. Y, al fin y al cabo, aunque no fuera cazador era un perro.
Recordó cómo al llegar a los confines de la finca, donde ya lindaba con el término de Santa Colomba, pararon a echar un cigarro y a tomar un trago de la bota. Les dijo que se había quedado con los puntos de donde hizo la torre la perdiz y también de donde habían caído las otras dos de ala. Ellos se sonrieron y le dijeron que no se preocupase por tal cosa. También les preguntó que por qué no llevaban perro y ellos dijeron que un perro era un incordio, que había que atenderle y darle de comer, enseñarle, controlarle para que no se adelantara y que, en aquella finca, no era necesario un perro para matar en un rato media docena de perdices. Al preguntarles por las liebres, se rieron y le dijeron, sin ningún empacho, que no les habían tirado por no cargar con ellas.
Según estaban hablando, tras un gran espino al pie de una ladera, se oyeron dos tiros cercanos y tres perdices bajaron de pico y casi a plomo desde lo alto. Julián Belamonte le quitó el seguro a la escopeta y, con una habilidad impensada para el invitado, dejó dos de las tres perdices muertas en el aire las cuales, por la inercia, cayeron a más de ochenta metros de donde estaban. Licinio no disparó a la tercera de frente, la dejó pasar tranquilamente y la abatió cuando se alejaba. Gaudeano y su hermano ni siquiera hicieron intención de disparar y felicitaron a los otros dos según iban a cobrarlas. El invitado se quedó con la boca abierta pues hubiera apostado que se tragaban las perdices. Al ver la desenvoltura de Julián y Licinio con los pájaros de pico, se dio cuenta de que aquella gente eran cazadores acostumbrados a tirar en ojeo.
Hicieron recuento. Entre los cuatro llevaban veintinueve perdices y dos liebres que había matado, estas últimas, el invitado, claro.
Pensaba que aquel día iba a ser memorable pero se quedó de piedra cuando dijeron que volverían a la casa por derecho y que por ese día ya estaba bien. Luego cuando les vio buscar el camino de tierra y emprender la vuelta juntos, de conversación, con las escopetas al hombro, se quedó de una pieza. Apenas habían cazado tres horas. Ni siquiera iban a volver atravesando los barbechos donde las perdices, voladas de los altos, se habían echado y estaban amagadas entre los terrones.
No era la una y media y ya estaban tomando cañas en el mismo bar donde desayunaron.
Así que aquella tarde el invitado, que no había parado de recordar las piezas no cobradas, apenas comió, cogió el coche y se volvió a la finca de La Dádiva y se puso a buscar las cuatro perdices que se habían dejado.
Encontrar la que hizo la torre fue coser y cantar. Tomadas las referencias la encontró enseguida, si bien un poco más cerca de lo que él esperaba. Sabía que las perdices que hacen la torre se quedan donde cayeron pues, tras ascender verticalmente de modo sorprendente para el profano, se quedan muertas en el aire. Dejó que el perro la cogiera y luego le acarició y le sopló en la nariz para que la soltara en su mano.
Para bajar a por la que cayó en el barranco se lo pensó un rato porque le parecía que, si no la encontraba, iba a ser un gran esfuerzo el bajar y más el subir por aquella inclinación tan pronunciada. Finalmente bajó. El mastín esperó arriba pues, por su peso, le asustó la pendiente del abrupto barranco. Afortunadamente el fondo, aunque tapado por juncos y ramas, era un lecho de arena seca. Allí estaba tiesa la perdiz.
Andaba buscando una de las de ala cuando un tractor, atravesando por la finca, vino hacia él. Era Luis, el encargado, que antes de salir esa mañana les había saludado en la casa. Al reconocerle le preguntó sorprendido qué estaba haciendo. Se lo explicó. El encargado le dijo que no le extrañaba, que los dueños y sus amistades eran gente que no apreciaba lo que tenían porque lo habían tenido desde siempre y eso había sido así, en aquella familia, desde generaciones.
Notó que al encargado le había caído bien. No encontró las de ala pero al menos se repartió, a medias, las cuatro piezas con el campo.

20 octubre 2009

Genio, figura y el sol que se empeña en ponerse


“Mirad que estáis viejo y que ya no tiene el pecado
qué roer en vos: dejad la mujercilla que embarazáis
inútil, que cansáis enfermo; mirad que el mismo
diablo os desprecia ya por trasto embarazoso y la
misma culpa tiene asco de vos.”

(Los Sueños, Francisco de Quevedo)


Al día siguiente de encontrarme casualmente con el Colás y saber de su desgracia fui a su casa como le había dicho. Pasadas las ocho de la tarde llamaba al portero automático. Enseguida me identificó y me abrió.
Mientras subía al cuarto piso me pregunté cómo el Colás, según estaba de las piernas, se las arreglaría para subir y bajar cada día. Me imaginé las angustias de su mujer al sentirse enferma y empeñarse en subir a su casa, buscando refugio, remolcada de su correa, de la correa de un hombre, sin estabilidad ni fuerzas, de más de ochenta años.
En un segundo me llevó la memoria más de treinta años atrás. Entonces subimos al Colás por aquella misma escalera estrecha. No había manera de maniobrar con la camilla. Julio y yo vimos que la mejor solución era ponerle, paralizado de medio cuerpo como estaba, en una manta. Así, hecho un ovillo en ella, pudimos subirle hasta su casa y depositarle en la cama. Al terminar, nos miramos y pensamos lo mismo sin decirlo: aquel hombre no parecía el Colás, parecía un trapo, un pelele. No imaginábamos que saliera de aquella.
Fue por ayudar a su hermano Manolo, al que habían tenido que cortar las piernas. Iba muy a menudo al pueblo a ocuparse de las tierras de éste, y a cavarle la huerta en el buen tiempo. Después de su jornada de albañil subía en una moto pequeña a lo de Manolo, hasta que un anochecer alguien le dio un golpe y le dejó tirado inconsciente fuera de la cuneta. A la mañana siguiente lo encontraron. Tardó más de un mes en volver en sí. Luego tuvo rehabilitación durante mucho tiempo.
Sigo subiendo y recuerdo que, en cuanto pudo ponerse en pie, medio arrastrando la mitad torpe de su cuerpo, se puso de ejercicio el echarse la escopeta a la cara. Era una obsesión. También se compró un azadón y, medio arrastras, se salía a un descampado enfrente de su casa y cavaba, como podía, con la ilusión puesta en ganar fuerza en el lado dormido de su cuerpo. Subía y bajaba de su piso también a duras penas. Enseguida pudo andar, hasta que un buen día me dijo:
- ¿Sabes, Sarvi? He subido andando a mi pueblo. Sí.
- No me lo creo –dije, porque no me imaginaba el medio cuerpo útil del Colás tirando del otro medio.
- Pues bien alto lo puedes decir, me subí por la cuesta San Cristóbal, luego crucé el monte a salir a lo de Alcohete y de allí, por lo más llano, a mi pueblo. Sí.
Entonces su ilusión era otra vez la caza. Cojeaba, pero iba a mejor. Y desde entonces, siempre que me era posible, le llevé conmigo.
- Las perdices ya no están pa mis uñas, Sarvi –me dijo un día en el coto social.
- ¿Y eso? –dije haciéndome el nuevo.
- Papo, entre que con el ojo del lao malo veo mal, porque me sa quedao vago, y lo que tardo en encarar… tú me dirás. Chacho, dices tú de perdices. Según les cascaba yo antes. Ahora... alguna liebre, seguro que me trompico. Sí.
Y así fue. Siguió cazando conmigo algunas veces y en su pueblo siempre, como toda la vida.
Hace ya unos años vendió la escopeta y lo dejó definitivamente. Aunque con los cepos estoy seguro que unas cuantas veces se la habrá jugado a los de los cotos del contorno.

Al llegar al rellano me ha dejado la puerta abierta y por el ambiente y el trajín veo que ha terminado de cenar hace un momento. La mesa camilla tiene aún por encima algunas migas y en la casa se respira olor de pescado frito. Enseguida viene renqueando de la cocina y veo que le lleva lo suyo llegar a la mesa. Aunque se trata de un piso pequeño, de las primeras viviendas sociales que se dieron, parece que se le hacen largas las distancias.
Quiere sacarme vino, quiere darme tabaco. Tardo en desengañarle nuevamente, como siempre, de que no fumo y que tampoco quiero beber.
Hablamos primero de la andaluza y de los cincuenta años que hicieron de casados. De que cómo, después de tanta vida juntos, no la iba él a llevar en su corazón. De lo buena persona que era, sobre todo, en contraste con él: juerguista, cantarín, algo mentiroso y faldero… De que si no hubiera sido por ella él ya estaría muerto… Luego le pregunto por las hijas y los nietos. Trámite.
Sale la caza. ¡Cómo no! Y repasamos cien y una historias en las que siempre me deja claro que, aunque al final aprendiera a tirar a las perdices, no llegué nunca a mojarle la oreja ni a llegar a su altura en lo del pelo. Y le digo que lleva razón, entre otras cosas, porque es la pura verdad.
- ¿Y la Juani? ¿Te acuerdas de la Juani?
- Menuda perra, Colás, ¡cómo no me voy a acordar!
- ¡Qué sanguina que era! O los ahuecaba o los mataba en el zarzón. Sí.
- ¡Lástima que no los sacara y luego tuvieras que meterte tú a gatas!
- Era el único detecto que tenía la criaturita. Se ve que, al animalito, no le enseñamos como es debido y luego, pues la que pasa. Sí.
- ¿Qué fue de ella? ¿Murió de vieja?
- Quiá, me la mataron por las putas envidias… –y se queda un rato cavilando, con los ojos mustios- La envenenaron. Sí.
Tocamos luego el tema del cante, el de Bailén, el pueblo de la andaluza, el de los toros…
Y se calienta tanto que pierde el norte.
- ¿Tú no crees que aún me podrían educar a mí la voz?
- Hombre, Colás, a estas alturas…
- Si ya se lo dijeron a mi pobre madre. Pero la mujer, qué iba a hacer, éramos seis hijos y en cuanto valíamos estábamos en el campo… yo, a los ocho años. Así que, pa educarme a mí la voz estaban los tiempos.
Y se calla pero no se queda convencido y prueba con la caza a ver lo que le digo:
- No tenía que haber vendido la escopeta, Sarvi. Aunque no matara na, sólo por la ilusión de salir al campo a entretenerme…
- Yo creo que hiciste bien, bastante es que aún te pegas buenos paseos por la ciudad –digo para no desanimarle del todo.
Por último dice alguna picardía de mujeres y le sigo la broma porque parece que, a ratos, pese a la cojera, a la deformación de la columna, a la sordera que cada día se apodera más de él, a la poca vista que le queda y a haberse quedado solo, no renuncia a querer ser él mismo hasta el último momento. Llego a la conclusión de que por dentro nunca nos hacemos viejos y no queremos abandonar la ilusión de encontrar pajarillos en los nidos de antaño. Los primeros en querer engañarnos somos nosotros mismos.
Al cabo de la hora, que entre unas cosas y otras se ha pasado, le digo que me voy.
- ¿Papo, qué prisa tienes? Espera que abro ahora mismo una botella de vino.
- Que no, Colás, que ya te he dicho que no quiero.
- Pues fúmate un purillo de estos míos o de esos que me has traído, que no te he dao ni las gracias, hombre.
- Que no, Colás. Y tú pórtate bien y no te des a la mala vida ahora que no está la andaluza –le digo medio en broma medio en serio, porque le conozco.
- Mia, el caso es que ya no fumaba y hace cosa de un mes me he enganchao otra vez.
- ¿Lo estás viendo? Eso ya lo sabía yo.
- Lo que hace falta es que nos veamos. Como siempre.
- Hasta otra, Colás.
- Hasta que quieras, Sarvi.
Cuando bajo las escaleras tengo una mezcla de tristeza y de desvalimiento ante la vida. Puede que el Colás, más por la imagen que da que por su actitud, me haya contagiado. Le deseo, y me deseo, aquello que una vez le oí cantar, entonces por Farina:
“La luz de mis ojos la llevo en el alma
no tengo más pistas que en mi corazón.
En mi vida oscura camino con calma
siguiendo mi ruta con resignación…”

19 octubre 2009

Fantasía


A Elisa no le gustaba mucho la carretera pero sí, en la ciudad, había que reconocer que sabía desenvolverse muy bien con el coche. Era como una ardilla lista que aprovechaba cualquier hueco, cualquier rincón y se las arreglaba perfectamente en las calles y plazas. En todos los contratiempos que la vida le proporcionaba, y también en los pequeños roces cotidianos del tráfico, su aspecto innegablemente le ayudaba. Era una señora elegante, discreta, guapa que sabía lanzar el flash de una sonrisa en el momento oportuno, que era capaz de responder con una cara de póquer inmutable a las sugerencias, aunque fueran puramente gestuales, que no le parecían correctas o agradables o que eran descaradamente salaces. Más o menos venía a ser algo así como una mujer de bandera pero que sabía estar en su puesto y mantener a todo el mundo en el suyo. Tenía esa habilidad. Ese equilibrio.
El muchacho que le iba a atender en la gasolinera vendría a tener la edad de su hijo mayor, quizás dos o tres años más como mucho. Además se parecía a él. Por eso ella se fijó en el joven más de lo habitual y, bajo su insondable faz y sus gafas de sol, se preguntó, mientras le veía venir hacia el coche, si una señora como ella podría gustarle a aquel muchacho.
Al chico de la gasolinera jamás se le habría ocurrido que aquella señora de aspecto agradable y respetable estuviera pensando en tales cosas según le veía acercarse. Cuando llegó no pudo disimular la mirada de reojo que lanzó al escote de la clienta, imantado por éste, mientras ella le miraba a los ojos. Elisa era una experta en colocarse las tetas rebosantes y con la suficiente abertura de escote como para que ningún hombre pudiera resistirse a la ojeada. Ella lo sabía, es más lo hacía adrede y, aunque le encantaba, solía responder con una mirada de desdén muy a la altura de la señora bien, sofisticada, altiva y distante, que tan bien representaba.
Esta vez el gesto del muchacho tampoco le pasó desapercibido pero, contrariamente a sus principios, correspondió con una sonrisa algo pícara a la mirada ávida que sus pechos se llevaron. Le gustó haber captado la atención del mozo. Su vanidad se desperezó en su mente como una gata estirándose sobre un suave sofá.
- ¿Qué va a ser, señora?
- Diesel, llénalo, por favor.
- Parece que ha entrado ya el buen tiempo, ¿verdad?
- Afortunadamente, tengo que ir a diario a Fontelume y con mal tiempo no me gusta andar por esa carretera.
- Andá, a Fontelume. Yo soy de allí.
- Qué casualidad. Quizás coincidamos alguna vez.
- Puede ser. Bueno ya está. Son 38,50.
- Toma, quédate con la vuelta.
- Gracias, señora.
- Gracias a ti, guapo –se soltó Elisa, mirando al chico en un paréntesis instantáneo de descaro que su vanidad halagada le dio a su papel de distante señora.
Sin desmontar la sonrisa, subió a su coche y se marchó. El chico de la gasolinera quedó embobado por cómo le había sonreído aquella clienta, aquella hermosa mujer según se iba.
- Venga, Damián, a lo que estamos –oyó a sus espaldas vocear al encargado.

15 octubre 2009

Cantando por Antonio Molina


Hoy ha sido él el que me ha localizado. Iba rápido a mi trabajo. He debido de pasar a cuatro metros de él sin fijarme.
- ¡Sarvi!
Paro en seco y me vuelvo. Es la primera vez que le veo sentado en un banco. El hecho hace saltar en mí una pequeña alarma, como el muelle diminuto de un bolígrafo.
- Me he dicho, a ese que viene por ahí parece que le conozco.
- Colás, me alegro de verte. Perdona, iba rápido a trabajar. Y ni me he fijado ¿Cómo estás?
- Pues, malamente.
- ¡No fastidies, qué te pasa!
- Que se me ha muerto la andaluza. Sí.
Y al Colás se le hinchan los carrillos como a un niño a punto de hacer pucheros. Me siento a su lado, le pongo la mano en el hombro y le digo que lo siento mucho, que no sabía nada.
- Ya sabes que tenía el corazón más grande que la caja del pecho. Y eso ha sido. Se puso mala una tarde de julio, en el parque, conmigo, estando así sentada en un banco como nosotros ahora. Vamos a casa, Nicolás, que me encuentro mal, me dijo. En cuanto tuvo fuerzas para llegar a casa cogida de mi cintura, agarrada a mi correa por que no podía, cayó como un fardo en un sillón y allí perdió el habla y luego el conocimiento. Doce días nos tiramos en el hospital y el último boqueando hasta que se murió por la tarde. Pa mis chicas y pa mí ha sido. Sí.
- Ya me acuerdo de lo del corazón. Me lo tenías dicho. ¿Cuándo fue?
- El cinco de agosto, ¿fumas, Sarvi?
Y me percato de que está fumando un purillo pequeño y casi me dan ganas, por acompañarle, de decirle que sí y fumarme uno con él.
- No, Colás, ya sabes que lo dejé hace años.
- ¡Papo, Sarvi, es verdá! Como nos hemos fumao tantos juntos…
Me fijo en él y es la primera vez que le veo con los años que tiene. Pienso que también en la edad, como en casi todo, me ha engañado hasta hoy. Le veo tan caído que me pesa tener que trabajar esta tarde y no poder pasarla juntos. Se seca las dos lágrimas que tiene detenidas bajo los ojos. Luego da una calada al purillo, se reporta, y me dice que ahora come donde las chicas y duerme en casa, que por la mañana se va donde los viejos a jugar al billar porque en casa no aguanta y que, por las tardes, hasta la ocho no llega a su piso. Quedo en ir a verle para pasar un rato con él. Me despido. Pero por primera vez en mi vida, al darme la vuelta para mirar al Colás, sé que me he despedido de un hombre distinto, de un hombre que no había conocido triste hasta hoy y, menos aún, había visto definitivamente anciano.
Y mientras camino, aún conmovido por la reciente estampa del Colás, recuerdo cuando, en las bodegas de su pueblo, le cantaba a su mujer por Antonio Molina y ella, la andaluza como siempre la llamaba, se ruborizaba aunque, en el fondo, le encantaba y terminaba emocionándose.
“Como una barca sin dueño
abandonada en la playa
despertaré de mi sueño
el día que tú te vayas
te llevo dentro del alma
sin poderlo confesar
por fuera soy mar en calma
por fuera soy mar en calma
y por dentro el temporal…”

12 octubre 2009

12 de octubre de 1979


Cuando aquella mañana llegó a la finca de La Dádiva, la alambrada que rodea el caserío estaba abierta, y dentro la camioneta pick-up del encargado estaba aparcada frente a una de las dos naves, junto a un Land Rover en buen uso. Había tractores, piezas, maquinaria agrícola vieja y aperos esparcidos tras las naves. La casa antigua está ya en ruinas con el tejado parcialmente caído y con una de las paredes laterales caída del todo. De modo que parece una casa de muñecas infantil, pero a escala natural, porque dentro se ven los muebles y los viejos enseres en los distintos pisos aún milagrosamente suspendidos entre los armazones y las vigas.
Junto a la alambrada que rodea el caserío hay un cerrete pequeño y picudo. A él se subió para tener una visión mejor de la finca. Las grandes explanadas de labor se extendían onduladas hacia el norte. A lo lejos la tierra se elevaba de nuevo e impedía ver los confines de la finca, más allá de lo de Valdelhombre. A la izquierda estaban las terreras que la hacían limitar, brusca y abruptamente por el desnivel, con el río. Había también olivares a la derecha. Un barranco pequeño con un arroyo era sobrevolado, casi literalmente, por una autopista de peaje. Pensó, al ver esto último, que don Manuel, el notario, jamás habría consentido que aquella autopista hubiera cruzado su finca, si hubiera vivido para verlo. Pero quizás ni el mismo don Manuel hubiera podido impedir aquella obra, pues los tiempos habían cambiado el reparto de poderes y, algunos, habían ido a parar a quienes jamás los detentaron, por eso de la democracia. En cualquier caso, el que observaba la finca desde aquel oterillo no estaba muy seguro.
A don Manuel, sus propios hijos le llamaban don Manuel. Y, cuando les llamaba, más les valía acudir en el acto y dejar familia y trabajo por muy ingenieros que fueran y por estado de casados que tuvieran y por padres y señores que se sintieran y por muchos años que tuvieran cumplidos y por miles de canas que peinaran y por reverencias que les hicieran en sus empresas y en los bancos en cuanto detectaban su presencia. Don Manuel no admitía dilaciones y sus hijos habían sido educados en una obediencia militar a su persona.
Inmóvil en el pequeño otero, se fue treinta años atrás. Recordó la primera vez que vio la finca. Iba con Gaudeano, un hijo de don Manuel. Casualmente un amigo común se lo había presentado unos meses antes de aquel doce de octubre. Gaudeano estaba pescando y los otros dos le observaban.
- ¿Te gusta la pesca? –dijo Gaudeano.
- No, me aburre. En cambio la caza me encanta.
- ¿Conoces la finca de La Dádiva?
- Pues no.
- Entonces te invito al desvede –dijo Gaudeano de sopetón.
El que acababa de ser invitado ni conocía la finca ni había oído hablar de ella. Por otro lado esas invitaciones de caza no las tenía por fiables, pues la experiencia le decía que las más de ellas solían olvidarse. Sin embargo, antes de separarse, después de tomar unas cañas por la tarde, Gaudeano le dio una tarjeta y le dijo que un par de días antes le llamase por teléfono para concretar. Por la tarjeta supo que Gaudeano era ingeniero y que su empresa era muy conocida en la zona. Así quedaron las cosas.
Llamó a Gaudeano. Como si se conocieran de toda la vida, éste le dijo que el día doce a las ocho de la mañana para oír la misa dominical en la parroquia de San Gregorio. La cita a las ocho no le pareció oportuna pues a esa hora ya solía estar él en el campo todos los días de caza, cuánto más tratándose del día del desvede; pero ya, quedar en una iglesia, para oír misa, él que ni siquiera era practicante, le terminó de fastidiar del todo. Y pensó que sitios tenía donde ir de caza sin necesidad de tanto misterio, tanto retraso y tanta misa. Así que malhumorado, pero con toda la educación y prudencia que pudo reunir, no le puso pegas a Gaudeano y se dijo que, a una mala, con no volver a quedar valía. Pero, sin embargo, era un día de desvede y no se las prometía nada felices con aquellas perspectivas.
Iba a entrar a San Gregorio, cuando Gaudeano, que bajó de un elegante coche, le llamó la atención. Se saludaron y, mientras lo hacían, otro suntuoso Mercedes paró al lado.
- Mira, éstos son mi hermano Laureano, su amigo Julián Belamonte y su socio Licinio Gándara.
Tras los saludos de cortesía entraron en la iglesia, muy poco concurrida un domingo a aquellas horas, y escucharon misa. Tal vez ellos con verdadera devoción pero, el invitado, con un gran esfuerzo, pues se imaginaba ya por el campo con las perdices delante y quizás alguna ya colgada. En el transcurso de la ceremonia creyó oír, aunque seguro que eran imaginaciones suyas, tiros desde la misma iglesia, ubicada en el centro de la ciudad. Interiormente le metía prisa al cura pero le parecía que éste, adrede y fastidiado por su premura, dilataba la ceremonia todo lo que podía, enlentecía sus alocuciones a los fieles y, en cuanto más deprisa él contestaba, más tiempo se daba el sacerdote en replicar. Hoy no recuerda si llegó a comerse las uñas total o parcialmente.
Cuando salieron de la iglesia, Gaudeano le pidió que dejara su coche y fuera con él pues no conocía el camino a la finca. Tras un trayecto no muy largo en el que el invitado no hacía más que mirar el reloj y calibrar la claridad del día, que se le antojaba ya muy avanzado, y pensar en la cantidad de tiempo que llevaban de atraso o perdido, que para el caso era lo mismo, observó, totalmente consternado, que Gaudeano dejó la carretera y se metió al aparcamiento de un bar. El coche de su hermano, con sus amigos, estacionó junto al suyo.
- Bueno, pues ahora vamos a desayunar como está mandado –dijo jovialmente Gaudeano.
- ¿No se nos va a hacer un poco tarde? –dijo, llevado por los nervios y totalmente desasosegado.
- Hay mucho día por delante y la finca no se va a mover de su sitio.
- Hombre lo digo porque son ya las nueve y media…
Tomaron todos café pausadamente, charlaron de fincas, de cacerías, de ojeos… contaron unas cuantas anécdotas y se rieron porque el invitado sólo había cazado en lo libre como, ingenuamente, confesó. Pese a su impaciencia, se dio cuenta de que aquella gente carecía de su acuciante ansia por verse en el campo y que, al parecer, habían tenido la caza a su alcance durante toda su vida. Pese a su acelero, tuvo que esperar también, con la paciencia carcomida, a que se tomaran tranquilamente una copa a fuerza de conversación.
Eran más de las diez cuando salieron definitivamente hacia la finca. Tras un vericueto de caminos, Gaudeano dijo que la finca empezaba a partir de un olivar cercano. Enmudeció el invitado cuando, apenas iniciado el paso por entre los olivos, comenzó a moverse una marejadilla de perdices, con sus cabecitas altas y su elegante y rápido apeonar. Se le salían los ojos de las órbitas.
Gaudeano, que lo noto, dijo:
- Tranquilo, hombre, que ésta es la linde de la finca.
- ¿Quieres decir que son más abundantes en el centro?
- Pues claro hombre. Este olivar ni lo tocamos.
Al invitado le pareció que tardaron una enormidad en colocarse las cananas, en ponerse los chalecos, en preparar las mochilas, en armar las escopetas, en preparar los cartuchos… Se dio cuenta de que eran gente muy sibarita, que llevaban cajas de diez cartuchos de marcas que él desconocía, que usaban escopetas inglesas Purdey, que todos llevaban un par de juegos de cañones… pero ya no podía poner atención a nada porque, como un perro, estaba loco, desatalentado por salir…

06 octubre 2009

Educación en valores


Hay quien sostiene que nos estamos dedicando a acumular conocimientos mientras olvidamos la sabiduría. Dicen también que, socialmente, esa puede ser la característica más importante de nuestro tiempo.
Siempre me han dado miedo las frases rotundas y brillantes, como la primera de este artículo, porque permiten dejar en muy buen lugar a quien las dice o escribe pero, por su brevedad y contundencia, pasan por encima de los matices que son la sal de las cosas y que, en definitiva, son los que permiten diferenciar unas de otras.
Sin embargo, también las frases grandilocuentes nos hacen pensar y mirar los contrastes que encierran. Por ejemplo, el acceso a una cantidad de información cada vez mayor se ha hecho posible, la cantidad de conocimientos que tenemos hoy o, lo que viene a ser lo mismo, que sabemos están a nuestro alcance, serían impensables sólo hace veinte años y, sin embargo, tenemos una crisis en educación basada en un fracaso escolar acompañado por una convivencia difícil en las aulas. Hemos llegado, por otro lado, a un tipo de sociedades opulentas, del estado del bienestar, que atraen inmigrantes de todas partes del Tercer Mundo y, sin embargo, hemos entrado en una crisis económica de la que todo el mundo habla y que llena de parados las ciudades. ¿Cómo se ha llegado a esto?
Desengañados, algunos piensan que los estados a lo único que pueden aspirar, y ya sería bueno que lo consiguieran, sería a evitar los excesos del capital. Algo así como ser simplemente defensores de los ciudadanos, ante los abusos, del mercado. Recuerdan que el mercado ni debe ni tiene que prestar ciertos servicios, como la educación, la sanidad, las pensiones, el desempleo, las ayudas sociales…porque al mercado algunas de estas tareas no le interesarán jamás y otras de ellas, interesándoles mucho, las restringirán exclusivamente a quienes puedan pagarlas.
Parece que ante el desmedido afán de lucro que se ha producido, la razón, encarnada en estos estados moderadores, no ha dado la talla y, bastantes veces, en lugar de defender al ciudadano de los excesos del capital, han promovido los tales excesos como si fueran objetivos propios. Hacer coincidir la lógica del mercado con la lógica de la política se ha convertido en moneda común, muy apreciada por muchos políticos de todo signo pero especialmente conservadores.
Probablemente, no ha sido solamente la codicia y la ambición de los consorcios industriales, de las multinacionales de la construcción y de otros sectores, de la banca, de las mafias financieras, de las compañías de seguros y de fondos de inversión… las que han desatado la crisis económica que vivimos, sino también la falta de control de los estados, que se aliaron con una economía neoliberal considerada por muchos, que ahora se quejan, como motor de desarrollo.
También, ante la crisis, los ciudadanos comprueban y descubren para su desgracia como los estados están constituidos para defender a los ricos, a esos codiciosos escondidos en el entramado de la crisis, de la agresividad de los pobres. Evidentemente no se han encontrado responsables de nada. La crisis la pagaremos los de a pie como siempre, los unos con sus dineros, los otros con su paro...hay muchas formas. Los responsables no caen, no aparecen, ni siquiera parecen existir. O sea, lo de siempre. Así que queda claro, además, que nadie, sin el visto bueno de esa modélica estructura, va a tener posibilidades de hacer mucho en política. Grandes lecciones para sacar y nefastos ejemplos para seguir. Pero quizás, ni las lecciones ni los ejemplos, sean los más adecuados para promover una educación en valores que, al parecer, es de lo que adolece nuestra gente joven y de donde arrancan todos nuestros males. Afortunadamente a la gente joven, si no mejor educada sí más informada, es cada vez más difícil engañarles. O eso es lo que yo quiero creerme.
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03 octubre 2009

La tabernera de la taberna de la señá Dolores


Pero volviendo al hilo de la historia, aquella abuela, siendo una chiquilla, se vino del pueblo a la ciudad y comenzó de criada a los 12 años, y lo fue en una sola casa de la que salió para casarse. Eso decía mucho y bueno de la chica. Y es que, con los años, supo ganarse el aprecio del ama, y el de la familia entera, por aplicarse cada día más en ser hacendosa y no en las artimañas propias de algunas de su oficio, como solían ser las mentiras, las sisas y otros hurtos. De esta manera, por su buena condición, fue considerada en la respetable casa del coronel Maroto como una más de la familia. Del seno de aquel hogar salió para sus nupcias y, por todo lo dicho, se sintió bastante su marcha en el caserón del militar.
Pero la ilusión de Narcisa, la muchacha del pueblo donde todas las mujeres tenían nombre de flor, se amustió tan pronto como las florecillas silvestres con los calores del estío. Al casarse, se tornó de criada en tabernera con lo que su condición, lejos de mejorar, empeoró. Así, tras cuidarse de marido y casa, había de encargarse también de la taberna de su suegra y de su misma suegra que, vieja ya y postrada, apenas era dueña de su cuerpo. Por si lo ya dicho le dejara algo de tiempo y para evitar la holganza, perdición del ser humano en general y de la mujer en particular, había de cuidar de un cuñado soltero que con ellos vivía. El cuñado, aparte de ayudar a la suegra en el arte de dar compañía y trabajo a la nueva pareja, tenía, en la misma calle, una barbería cuyos paños había de lavar Narcisa en los ratos que le quedaban libres para sacudirse las orejas.
En la taberna tenía que servir, derrochando paciencia para con la gramática parda y las procacidades, a los sedientos crónicos, entonces y siempre abundantes en este país nuestro de sequías, a los gaznates con tendencia al reseco y a los aclara gargüeros matutinos, todos ellos empedernidos levantadores de codo de similar dedicación y notoria perseverancia. Además, cada pocos días, limpiaba conejos, liebres y perdices y luego de estofarlos, porque escabechando se iban las ganancias en aceite, los servía como almuerzo, comida, merienda o cena a los fieles parroquianos, siempre a precios módicos pues no estaban las economías para abusos.
Eran éstas, las piezas de caza, las viandas habituales entonces en las tabernas, junto con los pajaritos fritos, el escabeche, el bacalao, las sardinas arengues, la congria rancia, las ensaladas de tomate, cebolla y pepino y algunas galletas que a los clientes les gustaba mojar o tomar con el vino, especialmente si era mistela o moscatel o, incluso, con los vinos abocados y con todos los que fueran dulces, que algunos llamaban entonces vinos de la curia.
En ocasiones señaladas, o por encargo, se hacían flores de sartén, gachas, mostillo, papartas, picatostes, empanadillas, fritillos, buñuelos y natillas que salían de grandes sartenes negras y fondonas ancladas sobre trébedes; y también magdalenas, bizcochos de soletilla o perrunillas salidas del horno de la tahona más cercana, después de la cotidiana cochura y con el horno suave ya, para aprovechar de éste hasta la última vaharada de calor.
Fundamentalmente la carne que comía el común de los mortales venía de la caza, pues los capones, las gallinas, los cerdos, los pichones y los corderos eran viandas que sólo se comían en contadas ocasiones y que, en el caso de las matanzas, habían de panearse y hacerse durar tanto como el año.
Así que los cazadores, aparte de clientes habituales, eran proveedores ocasionales de las tabernas. Se consideraba cazadores a la gente que, entonces, aún vivía de la caza o, para vivir, se auxiliaba de ella y no precisamente como ahora, que también hay quien controla cotos desde un despacho. Eran entonces personas ajenas a la especulación y a los negocios que, cazando por libre y en terrenos libres, que eran entonces los que preponderaban, regresaban a casa tras una buena caminata con unas pocas piezas conseguidas con esfuerzo y astucia que, o bien conseguían vender a bares, tabernas o particulares, o bien pasaban a mejorar la dieta familiar. Dieta ésta que por entonces, y sin necesidad de endocrinos y dietistas, solía ser de por sí bastante magra aunque quizás, en su conjunto, más equilibrada que el desorden de comidas que hoy es fácil llevar.
Ciertamente, había también señoritos que se dedicaban a la caza como un pasatiempo, una afición o un entretenimiento que les permitiera alternar las pocas obligaciones que tenían con el tedio de las veladas del casino, el humo de las partidas en los cafés, el cansancio de las tertulias provincianas, el hastío postcoital de la querida y la monótona vida familiar. Todo este hatajo de pisaverdes, lechuguinos, aristócratas, crápulas y petimetres de vida frívola y desocupada fueron los primeros que comenzaron a dar mala fama a la caza pues, sin necesitar de esta actividad para comer y mucho menos para vivir, no dudaban en acotar términos y en organizar en ellos ojeos y batidas para su capricho. Y todo lo hacían usando como único argumento el peso de su dinero y su influencia. Así dieron muchos de ellos en pasar el rato matando lo que no iban a consumir y, a veces, ni a aprovechar y privando de esa comida a quienes la precisaban. Abundaban, entre ellos, la nobleza capitalina o provinciana, caciques con sus influencias y sus títulos de duques, condes, marqueses, barones, caballeros y demás fauna heráldica que, por otro lado, solían ser además propietarios de extensas fincas. No parecía sino que el tener un escudo de armas les obligaba al uso de las mismas por simple capricho y diversión, curiosa relación.
Bajaban por entonces gentes, de los términos cercanos, al mercado de los martes, y también de los cuarteles del monte: Villaflores, Alcohete, Mendieta, La Rueda, Piedras Menaras, de lo de Fluiters y demás, que era donde más caza había; los unos con algunas pocas piezas para vender y los otros, los de los cotos, con borriquillos cargados de conejos y liebres destripados pero sin espelletar y de perdices sin pelar. Eran otros muchos los negocios por los que a la capital acudían pero no desdeñaban tampoco el de vender la poca o mucha caza que trajeran.
Los pastos, en las lindes de muchos montes y términos, tenían que estar protegidos por alambreras por la gran afluencia, sobre todo, de conejos. Eran las épocas doradas de la caza menor. Los roedores no conocían enfermedad alguna y proliferaban casi como las plagas bíblicas. Y bien lo supo Narcisa, la tabernera de la taberna de la señá Dolores por los cientos de ellos que avió en su vida.

02 octubre 2009

La educación de los niños


Hace muchos años, de pequeños, los niños éramos como los perros. Y no sólo porque ocupábamos diariamente calles y plazas con nuestros gritos y juegos y porque andábamos sueltos y felices como ellos, sino porque cualquiera, de entre los adultos, te podía mandar a un recado, reprender, dar un cachete y hasta un puntapié si se terciaba y, lo que empeoraba aún más las cosas, irle con el cuento de tus fechorías a tu madre o a tu padre.
Sí, también, al igual que los canes, barruntábamos el humor de las personas mayores e intuíamos con instinto infalible lo que de cada cual podía esperarse. Sabíamos con certeza en qué seres anidaba el cariño acogedor, en qué otros el ríspido despego, quién nos tenía aversión o inquina sin motivo o, sin más, los que acumulaban una mala leche sin drenaje posible. Así que, como los perros, teníamos nuestro modo propio de conocer a las personas. Ahora, en esta época, en la que parece que todo se descubre y a las cosas sencillas se les bautiza con nombres rimbombantes y largos, diríamos que en las aldeas, pueblos y ciudades la educación de los niños era, por entonces, ubicua, multilateral, interactiva y coparticipada en partes responsablemente alícuotas por todos los sectores de la comunidad entera y globalmente considerada. Pero, por entonces, aún no se decían estas tonterías y se tenía la sencilla idea de que nos educaban entre todos.

01 octubre 2009

La historia pequeña


Hay actividades que se pueden practicar, tolerar o de las que se puede estar en contra abiertamente. Unos las defenderán a ultranza, otros las atacarán con implacable denuedo y algunos, intentando ser ecuánimes, buscarán sus pros y sus contras. Es decir, ocurrirá lo habitual en cualquiera de las actividades humanas y, en especial, en aquellas que son más controvertidas.
No va a ser éste un artículo que siga las pautas anteriores. Y no porque el que lo escribe no tenga su opinión al respecto, sino porque no se trata de dar una opinión sino de exponer otra cosa.
Cada uno de nosotros tiene una visión parcial y limitada de cuanto nos rodea o, al menos, yo lo creo así. ¿A quién no le gustaría tener una conversación con un magnate de la banca y que, confidencialmente y a lo largo de varias horas, le desentrañase los secretos de su funcionamiento? ¿A quién no le gustaría tener acceso de primera mano a los secretos de la política o del mundo del toreo o de la hípica o de los secretos que se guardan en tantas actividades jurídicas, policiales, religiosas…? Somos curiosos por naturaleza, antes de poder ser otra cosa.
Naturalmente esto no es fácil que nos ocurra pues quienes saben esas cosas las callan porque suelen tener motivos poderosos para ello y por lo tanto, la mayoría de la personas pasamos por la vida con una visión limitada, como poco, de los acontecimientos que juzgamos, a veces, con suma vehemencia pero que, en su total profundidad, nos son desconocidos. Seguramente alguien pensará, tal vez con razón, que de algunas cosas, con lo poco que conoce, ya le basta para rechazarlas. Pero, repito, no es ese el objeto de este artículo.
Hay veces que uno tiene suerte y da con alguien que ha entregado su vida entera a una de estas actividades pero no de un modo normal, ni como afición, ni como hobby, ni como ninguna de esas cosas que se dicen ahora para quedar bien, sino simple y llanamente por locura, embelesamiento y entrega total, por una vehemente e incontrolable vocación, una especie de llamada montaraz. En mi caso se trata de la caza. El experto en el asunto, por medio de su largísimo testimonio oral y por la cantidad de evidencias que me ha ido aportando, tiene, por mi parte, una credibilidad total. En conjunto, su vida ha sido monográfica, su vida ha sido la caza, la caza en España, en todas sus modalidades, en la luz y en la sombra, menor y mayor, en solitario, con amigos, en cacerías locales y en batidas de postín para gente de muchas campanillas, caza con escopeta, con rifle, a cuchillo, a manos limpias, con todo tipo de artimañas, con perros, en ojeos, al rececho, a la espera y, si alguien hay que haya inventado alguna modalidad nueva o quiera citar alguna que me falte, seguro que mi interlocutor hizo también el doctorado en ella…
¿Sus motivos? Unas veces lo hizo por su natural tendencia, desde niño, a la observación de la naturaleza, de los animales y de su comportamiento; otras por la atracción y el deslumbramiento por la vida salvaje; otras por la pasión que produce la estrategia de la caza; otras por la excitación de lo prohibido; otras por su pasión por los perros; otras por hacérselo a sí mismo cada vez más difícil… En ese sentido, ha tenido una trayectoria personal en la que cada vez ha dado un pasito más hacia adelante, rizando el rizo, hasta llegar a dominar, pasando por todos los pasos intermedios, la dificilísima ciencia de, en solitario, atrapar al jabalí vivo y, lo que requiere aún más conocimiento y valor, ser capaz de soltarlo y dejarlo de nuevo libre para observar sus querencias o dejarlo simplemente en libertad. Y todo eso, en solitario, sin ayuda de nadie, viniendo, a veces, medio paralizado y dolorido por los golpes recibidos en tantos lances. Porque este hombre, desde crío, aprendió así, a golpes, lo que terminó fraguando como su propia ciencia, su propia evolución personal en la idea y el ejercicio de la caza.
Sin embargo paralelamente a su evolución personal, que sólo algunos entenderán, ha tenido una participación social muy fuerte, dadas sus cualidades excepcionales para esta actividad, en todos los eventos sociales que la rodean, la forman y la perpetúan para bien o para mal. Desde la caza de salón, o sea, las tiradas de plato, de pichón, etc. en todas sus variantes y que forman parte de los juegos florales de la caza, a la dura caza en solitario por las pendientes más desequilibrantes, a la caza en mano, en cuadrillas, los ojeos, las batidas, las monterías locales o nacionales con gente de todos los estratos sociales. Eso, paralelamente a su experiencia y dominio personal de la caza, le ha dado un conocimiento parejo de la naturaleza humana y ha visto de todo y desde todos los prismas. Fundamentalmente sus observaciones más ricas se han hecho, no desde el cómodo puesto del que espera, más o menos inmóvil, a que las rehalas le metan la res en los hocicos, sino del que avanza entre la arisca maleza de los montes rodeado por perros inteligentes y valientes que suelen estar a mucha más altura que el potentado que ha pagado seis mil euros por disparar desde el puesto a todo, o a casi todo, lo que se le cruce.
A sus más de sesenta años este hombre enteco que ha conocido todas las pasiones de la caza, las buenas, las malas y todas las intermedias, está ya, voluntaria y parcialmente, retirado y sublima la necesidad de actividad que siempre tuvo con el deporte cotidiano e intenso pero es, sobre todo, un manual andante de la caza en España y de su evolución en el último medio siglo y también, y esto es para mí aún más meritorio, de todos los usos y costumbres sociales que rodearon ayer y rodean hoy esta actividad y, puedo atestiguar, que los conoce todos, desde la caza arrabalera y marginal hasta la más elitista. En su cabeza tiene material de primera mano para dejar un testimonio fiel de todo ello. Pequeña historia pero, al fin y al cabo, historia de España. Después estarán las opiniones y todas, claro, bienvenidas
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27 septiembre 2009

La capa


Me dio un mono azul mientras sopesaba mi envergadura.
- Aquí se necesita fuerza -dijo el viejo- mientras me miraba de modo inequívoco.
Ya lo creo, las marranas andaban por los veinte kilos. Eché mano a la primera y la agarré por las orejas con firmeza, sin ningún titubeo, para inmovilizarla y evitar las violentas tarascadas que el animal lanzó en cuanto se sintió trabado. Otro la sujetó en volandas por las patas traseras para, entre los dos, dejarla sin apoyo.
- Las hembras tienen uñas, a los machos los capa cualquiera –dijo el capador mientras sus rápidas y hábiles manos actuaban en precisa unión con su cuchillo.
Entre los chillidos agudísimos y penetrantes de los animales no perdía yo mi concentración por la cuenta que me traía. Los desesperados gruñidos, como de pesadilla, laceraban los oídos y erizaban los pelos. Eran sólo equiparables a los violentos empellones para morderme y liberarse de mi presa en sus orejas. No apartaba yo la mirada de la gorrina de turno e, increíblemente, entre toda aquella algarabía, solamente percibía con extraña nitidez el chop de la capadura al caer en la palangana sanguiñolenta donde el castrador arrojaba las vísceras. No duró mucho el trago aunque a mí, ciertamente, se me hizo más largo de lo deseado. Por eso, cuando el oficiante terminó con las nueve cochinas, estaba yo agotado por el esfuerzo y más aún por la tensión de haber contenido a pulso la vitalidad salvaje y doliente de aquellos animales.
- Cómo has esperado tanto –dijo el capador al viejo.
- Porque tenían que venir éstos –dijo el viejo moviendo la cabeza hacia nosotros.
- Pues, si las llegas a dejar un poco más, apuesto que la carne te hubiera salido con olor.
- Hala, no jodas, no exageres.
- Miá, toma no.
Ya en el comedor de la casa, el viejo sacó una botella de aguardiente para agasajar al capador y a la concurrencia. Lo hizo como en un rito viejo y antes de pagar al hombre.
- Hay que echar un buen trago porque la sangre enfría –sentenció el viejo.
- Eso se ha dicho siempre –asintió el capador antes de echarse al coleto la copa de un golpe.
A la semana pregunté al ama por los animales.
- Huy, hijo, están de primera. Les ha sabido a chocolate. Y, a vosotros, ya os esperamos para enero, ya sabéis, para la matanza.
Y, así, me marché pensando que, con seguridad, pese a la mala fama que le echaban a la caza, mientras la misma se hizo para comer las piezas, fue simplemente otro medio de sustento y siempre menos sanguinaria que la vida cotidiana en los pueblos de entonces y que, a algunos amantes de la naturaleza, quisiera yo haberles visto hace años sobreviviendo en un pueblo sin hipermercados ni yogures de fresa desnatados. Y, mientras caminaba, iba sonriendo como un tonto, pensando que la ignorancia de las cosas nos torna inmaculados a nuestros propios ojos. Como si se pudiera pasar por esta vida sin mancharnos de nada. Así sea.
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26 septiembre 2009

La cagá ligarto


-¿Dónde está padre?
-¡Huy, hijo, no hace que se fue!
-Pero, cómo tan temprano, ¿dónde ha ido?
-Toma, pues donde ha de ir, a buscar la cagá ligarto.
- ¿La cagá ligarto, abuela? ¿Y no le da asco?
- Qué sabes tú, hijo mío. Ya te irás enterando cuando crezcas y, si no te enteras, mejor...
Hace muchos años la abuela decía que había que madrugar para recoger la cagá ligarto y eso al niño le dejó pensativo. Y pensó la criatura que seguramente había que madrugar mucho, porque él nunca llegó a tiempo de recogerla ni de verla siquiera. Y supuso siempre que se le adelantaron porque, como todo el mundo sabe, donde hay bueno hay mejor y la necesitad afina los sentidos.
Naturalmente no entendió entonces lo que la abuela quería decir. Sólo sacó en conclusión cuando le llegó el uso de razón, con bastante menos puntualidad de la que anunciaba la Iglesia, que había que estar listo, ser diligente y, desde por la mañanita temprano, tener los ojos bien abiertos, aunque fueran ojos de niño, y estar a lo que se estaba. Dicho en una palabra, espabilar.
La abuela Narcisa, surgida del tiempo a finales del siglo XIX y, en el espacio, en un pueblo con nombre de paloma silvestre, nació en una familia humilde, y pobre también, claro, en un pueblo de lozanas vegas sucesivas, suaves y onduladas, agradables de contemplar, donde todas las mujeres tenían nombre de flor. Procedía de otra época tan diferente de la actual como distintos son un iPod y una castaña. Pero eso, bien mirado, era lo que se esperaba de todas las abuelas, que tuvieran una historia, un cierto ascendiente. Las abuelas, por ser viejas, no perdían interés entonces, sino que ganaban misterio a los ojos de los niños y, hasta a veces, podían convertirse en seres fascinantes que el tiempo, diseñado para pasar, podía devolverte años después revestidas de un manto de sabiduría y de poder mágico, como si, ya de mayor y aún de viejo, pudieran protegerte todavía con la aparente fragilidad de sus manos nudosas. Como si fueran las brujas buenas que poblaron tu infancia, las abuelas, eran seres poderosos, ricos en ciencias propias, hoy, en general, preteridas cuando no olvidadas.
Hasta los oficios, que no las profesiones, eran por entonces distintos de los actuales. La palabra profesión se reservaba para las ocupaciones de los señoritos y ésas cambiaban mucho menos que los oficios. Los oficios eran efímeros como el progreso se encargó de demostrar, no así las profesiones. Sólo hay que fijarse en que existían entonces, y perduran, los notarios, los registradores de la propiedad, los jueces, los médicos, los abogados, los procuradores, los magistrados, los arquitectos, los banqueros, los ingenieros, los empresarios, los diputados, los senadores, los especuladores… Porque las profesiones eran cosas serias y perennes, listas para persistir y, los oficios, eran ocupaciones eventuales, donde los hombres podían ser puestos, quitados o reciclados, como se dice ahora, tal y como peones que igual valían para planchar una corbata que para freír un huevo, perdonada sea la simpleza de la comparación.
Los oficios eran tenidos por cosa rastrera, zafia y manual que, siguiendo el aforismo medieval que regía para los juegos,“Juego de manos, juego de villanos”, no daban prestigio, por aseadamente que se desempeñaran, y sólo servían para sobrevivir con más o menos fatigas. ¡Una profesión, tener una profesión… dónde iba a parar!
Baste con decir que, entonces, todavía había cazadores. O, dicho de otro modo, que la caza era una actividad normal, prosaica y bien vista. Lógicamente, no eran cazadores profesionales pues, ya quedó dicho que la caza no era una profesión sino un oficio y, por tanto, cosa sujeta a la eventualidad, la ocasión y la provisionalidad de los trabajos.
A nadie molestaba por entonces esa actividad, hoy llamada cinegética y por muchos denostada o, como poco, mal mirada. No se conocía en la época ningún equilibrio ecológico a mantener, ni siquiera se usaban, por desconocidas, esas rimbombantes palabrejas. Y puede que hasta, el tal equilibrio, se descubriera años después, justo cuando ya fue tarde para restablecerlo y dejarlo como había estado desde siempre, o sea, en el anonimato.
Hay cosas de las que, verbigracia la salud, sólo se tiene consideración y aprecio verdadero cuando faltan. Entonces es cuando se descubre su importancia. Tarde, casi siempre. Sí. Todos los equilibrios han de perderse para ponerse uno en el camino de recobrarlos y tener conciencia cierta de que un día se tuvieron.
Pensó en los cazadores y no en otros oficios o tareas, como las de los arrieros, carreteros, buhoneros, componedores, quincalleros, pacotilleros, herradores, herreros, pregoneros, serenos, capadores, tejeros de teja y adobe, lavanderas, zapateros remendones, hojalateros, costureras, artesanos, tejedores, laneros, hortelanos, duleros, segadores, molineros, queseros, cordeleros, afiladores, tratantes… porque era de los cazadores de quien quería hablar. No quería hablar de estos otros que, siendo para él oficios tan honestos como en su mayoría desaparecidos de raíz o en total declive, nadie ponía en solfa en nuestros días, como sí se hace con el de cazador. Nombre, el de cazador, hoy cubierto de desprestigio sin, como él creía, razón alguna de fundamento y peso. Al menos en su origen respetable que, en las prácticas actuales de la caza, ni meterse quería, ni pensaba que la mayor parte de ellas tuvieran defensa. Pues, aunque siempre hay excepciones y existen algunos seres puros, es evidente que la caza como ejercicio de supervivencia, tal y como fueron sus orígenes primitivos, o como ejercicio de ayuda a la economía del hogar, como también lo fue hasta hace poco, ha dejado de existir por completo y seguramente para siempre. Y baste decir, como ejemplo, que hoy en día, y ya desde hace muchos años, todo el mundo sabe que cuesta más matar una perdiz de lo que vale una perdiz muerta. Un sinsentido.
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21 septiembre 2009

Terrazas de verano


Casi llena está la terraza. También la otra y la otra… Falta poco para comer y unos acuden a ellas al vermú, otros porque tienen la costumbre de leer en ellas el periódico, otros porque es la rutina al salir de misa los domingos estivales, otros porque están cansados, otros por curiosear y otros no saben por qué, tal vez porque les da la gana simplemente…
En la Terraza de Verano, que así se llama la terraza de verano que hay en un jardín del lugar, se sientan cinco hombres y tres mujeres a una mesa larga. Los hombres pugnan cada cual por hablar de los suyo. Parece que escuchan a los demás pero no es cierto, sólo esperan a que terminen para hablar ellos sin contestar a lo que antes se haya dicho. Uno habla de hospitales pues parece médico; otro cuenta anécdotas de su vida de policía local, otro de la enseñanza… A las mujeres no les va ese afán por disputarse el tema de conversación y dos, ajenas por completo a las exposiciones de los hombres y, además, aburridas, toman sus bebidas con indolencia y las miradas perdidas. Se nota que aguantan allí por compromiso. La otra mujer tiene dos hijas pequeñas que, a ratos, atiende ella, a ratos, el marido. Mientras, ella, que es muy guapa, y viste de un modo sutilmente provocativo, se abandona a ser el destino de las historias contadas por los protagonistas masculinos que rivalizan en llevar la voz cantante. Da la sensación de que se conocen todos del colegio, se han empeñado en verse y, ahora, algunos se aburren y, tal vez, se arrepienten.
En la terraza El Tilo toma el vermú una marujota. Sin pasar de los 25 ya se ha ganado el título por la pinta que tiene, por lo muy arreglada y por el modo en que va maquillada, por sus espléndidas carnes rebosantes por escotes y prietas por costuras restallantes, por los comentarios que hace, porque se dedica en exclusiva a llevar en los brazos a su niño de pecho… Ahora pide a la camarera que le caliente un poco de agua y, sacando un conjunto de cataticos de un bolso, se pone a preparar un biberón al bebé.
A la salida de la misa dominical un grupo familiar viene a tomar el aperitivo a la terraza del Tilo. La abuela, que pasa los 80, es algo ríspida.
- ¿Es que aquí no atiende nadie? –se queja de inmediato con la autoridad de quien está acostumbrada a gobernar su casa.
Luego repara en como la marujona del rorro permanente en los brazos le prepara el biberón. Algo se le ablanda a la mujer por dentro. Mira entonces la vieja a sus hijos, que peinan canas, y a sus nietos, ya tan mocetones, y recuerda en voz alta como los crió ella cuando eran pequeños: con leche condensada, puré de patatas asadas y con la única leche artificial que había entonces, que se vendía en botes en las farmacias y que se llamaba Pelargón.
Ya hace rato que se fueron todos. A la tarde, después de comer, ella, la marujota, sigue allí. El niño duerme apaciblemente en su regazo. Ahora está con su marido. Éste tiene pinta de mindundi, algo estrafalario, con tatuajes por todos lados y que, a su lado, parece enclenque, escueto de carnes y desarrapado, con su ajada ropa de faena cubierta de pellas de yeso, grumos de cemento seco y de pintura, manchas de origen diverso, polvo y otros restos de la colorida y sucia albañilería. Pese a la diferencia de cuerpos, que no de ánimos, se les ve felices. Son los únicos usuarios de la terraza, que en ella han quedado, a esta inhóspita hora de la siesta.
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16 septiembre 2009

El Toro de la Vega


Según dicen los torresilanos el alanceamiento de un toro, acontecimiento popular conocido como el Toro de la Vega, es una tradición que debe respetarse a ultranza. Ya no se atreven a llamar al acontecimiento cultural, aunque poco les falta y algunos puede que lo hagan, pero sí se refugian en la palabra tradición. Parece que la palabra tradición merece un respeto por sí misma. O sea que como la tradición es, más o menos, el conjunto de costumbres que se transmiten de unas generaciones a otras, pues que si algo es tradición, pues vaya, que merece la pena conservarlo.
Sin embargo, yo creo que el progreso de España y de otras muchas naciones se ha venido incrementando notablemente con el abandono, espero que para siempre, de ciertas tradiciones, como por ejemplo, la de los tradicionales y frecuentes pronunciamientos militares, la de las guerras civiles, la de las ejecuciones en las plazas públicas, la del derecho de pernada, la de que las mujeres no tuvieran voto, la de no tener agua corriente en las casas, la de desplazarnos en caballerías, la de no lavarse… y, otras aún más antiguas, que por fortuna también abandonamos, como por ejemplo asaltar la aldea de al lado, matar a los hombres y violar a las mujeres. Y tantas y tantas otras que, por la flaqueza de mi memoria no me vienen en este momento a la cabeza, pero que, por tradicionales y divertidas que fueran, se han perdido para descanso y respiro del común de la gente, aunque ya no estoy seguro de que alguno no las añore también.
Pues bien, éstas otras, principalmente la de matar toros de diversas formas y maltratar animales y mujeres nos está costando mucho más abandonarlas. Se ve que es que las tenemos muy arraigadas, las tradiciones éstas digo. Alguno dirá que cómo puedo comparar lo de los toros con lo de las mujeres. No lo comparo. Lo cito conjuntamente porque es otro asunto que en nuestra España, tan tradicional ella, coexiste con el primero de los hechos y, a lo que parece, es tan tradicional como él por trasmitirse de generación en generación. Es cierto que esto de maltratar a las mujeres nadie lo defiende de palabra ni se vanagloria de ello, como con lo del toro, pero es como si lo lleváramos tatuado en nuestra alma de tradicionales machistas y así esta costumbre de matar toros y mujeres se sigue trasmitiendo de generación en generación. Una tradición más, ¿a conservar también? Tal vez, sean casualidades. Pero, claro, siendo tradiciones, son cosas que merecen respeto según el respetable.
Así que el día 15 del presente mes de septiembre se celebró el alanceamiento del Toro de la Vega en Tordesillas. Una vez más se llevó a cabo esta tradición que los torresilanos tienen a bien conservar como bien cultural irrenunciable. A mí todo eso no me gusta. Tampoco me gustan los toros, ni los encierros pero, claro, se ve que soy un bárbaro aculturizado que no respeta ninguna raíz ni tradición y que no tiene ni fundamentos ni principios. Vamos una escoria. Un impresentable, lo siento.
El toro de este año se llamaba Moscatel, era de la ganadería de Victorino Martín y pesaba 540 kilos. Según calculan los periódicos al evento han acudido unas 25000 personas amantes de esta tradición. No hay constancia de cuantas decenas de caballistas y lanceros acosaban al toro. Lo hirió un caballista de 29 años antes de llegar a campo abierto y, por lo tanto, incumpliendo las normas. Luego ha terminado de matarlo y ha regresado al pueblo con el rabo de Moscatel colgado de la hoja de su lanza castellana. No le han dado el premio, una insignia y una lanza, por no haber matado al animal reglamentariamente. ¡Mecachis! ¡Pobre chico, mira que haberse quedado sin su lanza!
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15 septiembre 2009

Tratado de las Tres Vacas


Aunque tras la barra le cunde mucho el cuerpo, es un hombre menudo. Delgado, nervioso y avispado, nada se le escapa de lo que ocurre en el bar o en la terraza. Dice tener 58 años cumplidos pero bien pasaría por tener diez menos. En su cabeza inquieta, como de pájaro carpintero, el pelo, echado para atrás, es abundante y aún oscuro, y tiene la cara enmarcada por largas patillas que se juntan bajo la boca en una perilla corta y puntiaguda que parece prestarle a su cara el mismo carácter incisivo que todos reconocen a su lengua. Suele vestir de oscuro, prendas ajustadas y llevar un cinturón más bien ancho y algo llamativo. De andares felinos y mirada rápida y escrutadora, esconde sus ojillos tras las lentes de unas gafas de cristales transparentes y montura metálica fina. Es, tal vez, este último detalle el único que le quita algo de arisco al personaje, puede que por eso de que los años no perdonan.
Los ansotanos están orgullosos, al parecer, por un acuerdo conseguido en su villa allá por el siglo XIV. Este acuerdo, aún vigente, puso paz entre los roncaleses, de la vecina Navarra, y los bearneses, de la parte francesa. Ambos, según reza la historia, confiaron en sus vecinos de Ansó para que éstos mediaran en sus seculares litigios y pusieran fin a sus enfrentamientos por pastos, fuentes y viejas venganzas. La paz se gestó en Ansó mediante lo que se conoce como el Tratado de las Tres Vacas.
Leída esta información pregunto al hombre de la barra.
- Tengo entendido que los ansotanos se dedicaban a la ganadería.
- ¿Éstos, a la ganadería?
- ¿Eran también agricultores?
- ¡Huy, agricultores éstos, menos aún!
- Hombre, lo de ganaderos, lo digo por el Tratado de las Tres Vacas.
- Mira, éstos, lo que eran era mercenarios y tenían acojoná a to la comarca. Así que cuando los bearneses les quemaron algún pueblo a los del Roncal, éstos vinieron a pedir ayuda a los de Ansó. Los de Ansó citaron a los franceses en la Piedra de San Martín y, en cuanto se presentaron los franceses, les dijeron: Como volváis a bajar a lo del Roncal, nosotros vamos a bajar a vuestras aldeas y os vamos a pasar a todos a cuchillo, hombres, mujeres, niños, ganado y to el copón y, de los pueblos, no van a conocerse ni las piedras. Y oído esto por los franceses y conocida la fama de mercenarios y gente sanguinaria que tenían los de Ansó no se les volvió a ocurrir poner los pies en el Roncal.
- Pero, entonces, ¿lo del Tratado de las Tres Vacas?
- Eso son cosas de la diplomacia y de los libros de historia. Porque, claro, tampoco era cosa de dejar tan mal a los franceses, pero los hechos son como yo te digo, aunque luego se adornaron con eso que ha quedado en los libros. ¿Ganaderos los de Ansó? ¡Menuda tropa! Pero si todos los pueblos del contorno les pagaban tributo del pánico que les tenían. No te digo más.
Así llegué, una vez más, a la conclusión de que una cosa es la historia escrita y otra la tradición oral, considerada poco fiable, pero que casi siempre resulta mucho más entretenida.
- Por favor, otros riojas y dos boquerones más.
- Favor es la acción que se presta gratuitamente a otra persona y éste no es el caso. Pero sí te diré que, aunque no sea un favor, servirte es un placer.
- Hombre, no esperaba tanto, pero se agradece la gentileza.
Antes de marchar voy a pagar la cuenta de las tapas y vinos consumidos.
- Dígame que le debo.
- No me des tanto tratamiento pues si a mis 58 años me tratan de usted qué será de mí si llego a los setenta, tendrán que llamarme usía o vuecencia. Ya, cuando yo veía que de usted trataban a mi padre, me decía pero qué les habrá hecho el pobre hombre para que le quieran tan mal y le traten así, de usted, con ese despego…
- Comprendido, amigo, no volverá a suceder. Dime qué te debo.
- Eso espero, –y tras hacer la cuenta- 12 euros y spasiva.
- Gracias a ti y hasta mañana.
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14 septiembre 2009

Bar Zuriza


El bar Zuriza está lleno. Atiende la barra un hombre menudo, nervioso y parlanchín, pero de gesto serio, que habla mientras tira cañas y contesta a las intervenciones de los clientes de un modo inusual:
- Pónganos dos cañas, caballero.
- Caballero es dignidad otorgada por el rey mediante un golpe de espada sobre el hombro y, como yo soy republicano, dudo tanto de que el rey me lo diera como de que yo le permitiese el dármelo. Por otro lado, llámase también caballero al hombre armado que, en el medioevo, era izado a una montura, pues él sólo no podía subir, para participar en hechos de guerra u otros lances de armas. Así que, como ve, no me encuentro en el caso de poder ser llamado de tal modo.
- También lo es el que monta a caballo.
- No señor, que ese, por tal hecho, sólo es jinete.
- Entonces cómo tengo que llamarle.
- Pues compañero o camarada no estaría mal. Son términos que me gustan, palabras que me agradan…
Los parroquianos se agolpan en la barra mientras el nervioso hablador que la atiende no para de hablar a la vez que tira cañas y pone pinchos, vinos y raciones.
- Danos un vino bueno, de ese que pones en esas copas grandes.
- Pedirlo en copa grande es no decir nada, pues bien puedo ponerte en ellas un vino peleón, si es la copa grande lo que deseas. Otra cosa es que me pidas Somontano o Ribera del Duero o Chacolí o Rioja o Alvariño o Ribeiro o Ribeira Sacra o Contraviesa o Priorat o Toro o Jumilla o Bierzo o Requena o Ampurdán o Valdepeñas o La Mancha…
- ¡La madre que lo parió! –dice, ya mosqueado, aunque por lo bajo, uno de los clientes.
Y así, ese hombre menudo que no para, va de un lado a otro de la barra apostillando las peticiones que le hacen los clientes a la par que, con rapidez, les sirve.
- ¡Venga, hombre, pídele ya! –le dice un parroquiano al compañero que está junto a la barra.
- Espera, hombre, que aún no estoy preparado ni me encuentro lo suficientemente concentrado para hacer la correcta petición en el modo adecuado…
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13 septiembre 2009

Mesonera


Es su táctica. Siempre tiene a mano una excusa para acercarse a los clientes y entrar con delicadeza, pero familiarmente, en el cara a cara. Aunque es su forma de trabajo, nunca le faltará un pretexto: que ha olvidado poner en una nota los distintos platos del menú del día o que, éstos, presentaban alguna variación, o que, además de los que hay anotados, hay de esto y de lo otro, o para disculparse porque ese día no tiene servilletas de tela por un fallo en la lavandería o para sugerir que pidas el vino de la casa que sale muy bien de todo…El asunto es que, siempre, se las ingenia para explicar personalmente a los clientes lo que pueden comer, de qué se compone cada plato y cómo está cocinado. Jamás deja al cliente desvalido frente a la fría lista plastificada de los platos del día. Eso nunca. De hecho, es como si se hiciera con las mesas enteras de comensales, captara su atención y, sobre todo, supiera captar su confianza, y terminaran todos comiendo lo que ella dijera pero, eso sí, sin que ninguno se percate de ello. Es una encantadora de clientes. A ellos les gusta que les diga lo que pueden comer y ella, con toda calma, les dice lo que van a comer. Todos contentos.
Clara, la del Serbal, es una mujer madura, ni guapa ni fea, ni alta ni baja, ni gorda ni delgada, ni rubia ni morena pero que posee unos grandes ojos de mirada franca y directa con los que saber mirar sin embarazo a los clientes y, con suma amabilidad, trasmitirles la confianza y la familiaridad que desea que reine en su negocio. Educada, amable y sencilla es un ama recitadora de mesón antiguo, puesto al día, que sabe vender muy bien su mercancía. Conoce el valor que sigue teniendo el trato directo en esta época impersonal del Internet. Aún quedan ejemplares de esta fauna. A los dos días de ir por allí, si te ha gustado la cocina, te parecerá que vas a comer a casa de alguna tía. Es una fidelización a la antigua lo que Clara practica. Y sigue siendo una mesonera que coloca los platos del día a su conveniencia aunque, en nuestros días, éstos se vistan con nombres de exóticas delicadezas cuyos apelativos extraños y hasta extranjeros, por inútiles e innecesarios que parezcan, revalorizan el precio de los platos de un modo acorde a la pedantería.
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12 septiembre 2009

Cheli


Él es menudo, con una cara simpática, siempre alerta y risueña, y un rictus de golfo en ella, bajo un pelillo corto y rizado, teñido de negro azulado, que clarea por arriba y que es, en la nuca, un poco más largo, espeso y brillante y está abarrotado de rizados caracolillos. Viste unos pantalones gris claro, moda pirata, y una camiseta negra de tirantes con un escorpión en la espalda. Su anatomía se adorna de oros: gruesa cadena al cuello, al más fiel estilo Gipsy King, los dedos llenos de anillos y sortijas y un omega de oro macizo en la muñeca izquierda con la correa, que no es tal, también de oro, bien holgada, casi como si llevara, con desgana, una pulsera y, en la otra muñeca, una gruesa esclava también del mismo metal para no desentonar. Se le ven algunos tatuajes en cuello y brazos pero es, al quitarse la camiseta, cuando se aprecia una espalda totalmente tatuada con los motivos más diversos, desde el amor de madre, hasta una serpiente, una pantera, una mujer con un seno descubierto…
Ella tampoco es alta pero sí un poco más redondita que él. Lleva unos pantalones exageradamente cortos, como unas bragas, que se le ciñen a los muslos casi cortándole la circulación en las mismas ingles que, por cierto, hubieran merecido una depilación bikini brasileño que no se ha hecho. Viste también una camiseta naranja de tirantes, entallá, ajustá y un poquito agraciá, que deja ver perfectamente el sudán entero y las tres cuartas partes del tetuán. El pelo, teñido de pelirrojo, lo lleva sujeto en un par de coletitas infantiles a ambos lados de la cabeza, lo que le da un aire aniñado que parece que le gusta cultivar pues, para redondear, lleva también unas gafitas de pasta blanca con los cristales verdes. Completa el impacto de su estampa con unas uñas largas pintadas de color oro brillante.
Cuando terminan de comer ponen un CD y, por el volumen, deleitan al camping entero con lo más selecto de las rancheras mejicanas de ayer y de siempre.
Al ratito del concierto, que ameniza la hora de la siesta, se acerca un vecino francés que les pregunta si tienen unos cables de batería. Ellos no le entienden y, mosqueados, suponen que viene a protestar por la música y la quitan.
Me levanto, de la teórica siesta, y pienso que no me cuesta ningún trabajo prestarles mis cables a los franceses. Al verme salir con ellos, les digo a la pareja de vecinos lo que pasa.
- ¡Hay que joderse en to lo más arto, qué detalle más guapamente legal! –dice la pareja cheli a coro.
Él se viene conmigo a llevarle los cables al francés, con el que me entiendo en inglés, poniéndole ambos un poquito de buena voluntad. Le dejo los cables y le digo que me los devuelva al día siguiente. Paco, que así se llama mi vecino, queda admirado por mi don de lenguas y ya, como si fuéramos colegas de toda la vida, me cuenta que nació en un pueblo de Córdoba, pero que de niño le llevaron a Barcelona, que ha tenido más de treinta oficios, puede que cien coches y motos y que, de mujeres, ha perdido la cuenta, que está separado y que con la que va, que se llama Enriqueta, es viuda y catalana de Badalona y que los dos andan por los sesenta casi…
Le digo que me tiene admirado con sus tatuajes y me dice:
- Pues eso no es nada, tengo un ratón en el capullo, y en el prepucio, o sea, lo que viene a ser el pellejo, la cabeza de un gato, y bueno, las tías cuando me lo ven es que se descojonan…imagínate.
Y no para de hablar y de reír y de contar historias y, al final, tengo que dejarle, so pena de irme de copas por ahí con él y echar la tarde y la noche a perros…
Conocimientos de un día que se hacen por ahí.
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11 septiembre 2009

Raza


Hace años, en la Universidad Estatal de Los Ángeles, podía verse gente procedente de los cinco continentes. El curso que iba a hacer era uno específico para personas extrajeras que hubiesen llegado a los USA con intención de quedarse. No era mi caso. Sin embargo quedé deslumbrado por dos cosas: la calidad de la universidad y el variado gentío de tantos países y razas en que me encontraba inmerso. En la España de aquella época no había la diversidad de población que hay hoy y, claro, yo no hacía más que observar con mucha curiosidad a los cientos de personas que me rodeaban. Un día, estando con un amigo, descubrí a una chica entre aquella multitud. Era distinta entre mil y le dije a mi amigo. Te apuesto lo que quieras a que aquella chica es española. Mi amigo pensó que conocía a la chica de antemano y que le quería tomar el pelo, pero yo le aseguré que era la primera vez que la veía. Entonces, intrigado, me preguntó si yo podía distinguir a una española entre un conjunto de mujeres. Le dije que no, que habría una mayoría de españolas a las que sería incapaz de diferenciar a simple vista de una mujer de otra nacionalidad. Pero, sin embargo, le aseguré que aquella mujer, por sus rasgos, tenía por fuerza que ser española. Que tenía las características propias más comunes en las mujeres de España, su piel morena, su pelo negro y, si me apuras, todos los rasgos raciales inconfundibles de una Lola Flores y de las bailaoras de flamenco y de las morenas andaluzas de pelo negro, rizado y largo, los ojos grandes y oscuros, el porte elegante...todo cuadraba al cien por cien, era imposible, yo sabía que no podía equivocarme. Estaba totalmente seguro. Nos jugamos una comida.
Muy ufano me dirigí a la presunta española. Me fui directamente a ella con toda la decisión que emanaba de mi absoluta seguridad y le pregunté si era española. La mujer, antes de contestarme, me obsequió con una espléndida sonrisa y luego dijo: No, soy de Arabia Saudí. Y yo recordé entonces que los árabes estuvieron 800 años con nosotros y que lo que a mí me parecía lo más racial y definitivo de mi gente y de los españoles era eso, justamente nuestra sangre árabe.
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10 septiembre 2009

La fe, irresistible


Una persona muy allegada, agnóstica supongo hasta hace poco, se ha metido nuevamente en religión. Y no me importa, sólo me fastidia su afán por justificarse y por pedir respeto. Un afán que termina declarando que la fe es, para el que la siente, una realidad inevitable.
Bien, asumo que, en su caso, así será. Y lo respeto a condición de ser dejado en paz, a mi vez, al no haber sido yo tocado por fuerza tan irresistible y tan inevitable.
Ciertamente la persona de la que hablo es persona educada y discreta, aunque no ha podido evitar el regalarme una especie de libro del sabelotodo en el que un joven diablo instruye a un joven novato, a la sazón diablo también y sobrino suyo, en las cotidianas artes demoníacas.
Al leerlo pienso, ¿qué no se habrá inventado para hacer proselitismo? Y me digo, pero, si tan fuerte es la fe, ¿por qué, los que gozan de ella, no dejan en paz al prójimo, y se contentan con la gran dicha de sentirse elegidos y de vivirla discretamente a solas?
Las personas no necesitamos que se nos invite a pensar, pues nuestra tarea en la vida es justamente esa y, menos, que esa invitación proceda o nos lleve respectivamente a argumentos o conclusiones tan sabiamente preparados y retorcidos. No creo que necesitemos ejemplos como para que nos sintamos implicados, tocados, conscientes de que todo el comportamiento humano está estudiado ya desde la premisa religiosa y que, por tanto, no hay salida. El problema está en que yo no creo en tal premisa y la descripción del comportamiento humano me resulta más normal y natural en Cervantes, en Shakespeare o en Moliere, que no perseguían ningún fin, que en la pluma de sagaces y hábiles moralistas.
Me viene a la memoria cuando de niño te llamaba a su despacho el director del colegio religioso al que asistías. Allí, una vez creado el ambiente apropiado, te preguntaba si no habías sentido, por ventura, la vocación sacerdotal, la llamada del Señor a la que ¡Ay de aquel que permaneciese sordo! Tú, abrumado por aquel cerco afectivo e intimidado por una obligación espiritual que nunca habías sentido, intentabas escabullirte con las excusas más triviales.
- No estoy seguro, tal vez alguna vez –respondías poco convincente, ante lo impresionable que como niño eras y lo impresionado que ciertamente te sentías.
O, recurriendo una vez más al socorro protector de tus padres, decías:
- Mis padres me necesitan –esperando, en su caso, su complicidad.
Sin embargo, la conversación con aquel adulto, que te hablaba en la confidencialidad de su despacho, en la penumbra creada alrededor de la luz de un flexo, que habiéndote separado de tus compañeros te ofrecía dulces y chocolate, perito él en las artes sacramentales del confesionario y, como poco, quintuplicándote la edad, era tremendamente desigual y asquerosamente amañada.
- ¡Cuidado, Dios no llama dos veces a la misma puerta!
- Tú necesitas a tus padres, pero ellos no te necesitan a ti.
- Yo puedo hablar con ellos y seguro que se sentirán orgullosos de dedicar al servicio de Dios a uno de sus hijos.
Tú no sabías por dónde escaparte. Te querían obligar a decidir sin tener capacidad para ello. Tú sólo querías que te dejaran en paz. Y digo yo, que si tan fuerte e inequívoca era esa pretendida llamada divina ¿Cómo es que tenían que coaccionar a un niño de aquellas maneras? Pero, claro, eso lo digo ahora.
Hay quienes se empeñan en saberlo todo y en demostrarte que, hagas lo que hagas, tu comportamiento está previsto. Tal vez sea así en muchísimos casos pero no veo que dioses o diablos tengan nada que ver con ello y que el comportamiento de los humanos, por lo general repetitivo salvo raras excepciones, sirva para justificar la existencia o no existencia de estos seres de la mitología cristiana. Algunos, llevados por su fe, creen en todo ello, pero otros seguimos a las mismas. Todos juntos y sin molestarnos, tan amigos. Pero estoy de acuerdo, esto de la fe, en un sentido o en otro, es irresistible.
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09 septiembre 2009

El restaurante O Zé de Serpa


El restaurante O Zé está en la plaza del pueblo y en él se respira el ambiente del viejo Portugal. Como tantos otros tiene un bar anejo y dos entradas desde la plaza, la una al bar y la otra al restaurante. Dentro, bar y restaurante, se comunican entre sí.
Una familia de doce portugueses ocupa la mesa más grande del local. Hace rato que miran la carta pero no terminan de decidirse. Hay otra mesa, al entrar a la derecha, ocupada por dos ancianos y dos hombres jóvenes que se sientan frente a ellos y que parecen sus hijos. Hay una mesa de dos junto a ellos pero, por esas cosas de no interferir en la intimidad ajena, los recién llegados se sientan en otra más alejada, junto a la pared de enfrente, que tiene tres cubiertos.
El patrón, un tipo adusto de más de setenta años, sale, mira a los recién llegados y, sin mediar saludo, les dice que, si son dos, a la mesa de dos. Al parecer esas finuras de respetar intimidades no van con él, que allí se va a comer y no a confesarse. Obedecen al instante los interpelados y, resignados, se sientan en la mesa contigua a la de los cuatro comensales.
Ninguno de los cuatro comensales habla. Enseguida se nota que existe alguna tensión desconocida entre ellos. Dada la proverbial lentitud de estos restaurantes tradicionales, que hacen la comida reciente y la sirven en un orden rigurosamente sujeto al de entrada, todos los comensales se aprestan a la espera. La última pareja que ha llegado, conocedora de los usos del país, pide vino para amenizar la espera larga que, sin duda, esperan. A su lado, los cuatro comensales siguen en silencio pasada media hora. Los dos hombres aparentan entre treinta y cuarenta años, delgados y de buena presencia; los viejos andan por los ochenta. El viejo es un hombre menudo, humillado físicamente por los años, tembloroso, de cara coloradilla y ojos lacrimosos y su mujer parece una marionetilla con el pelito escaso, rizado y teñido. Ambos visten humildemente, a la antigua, y él lleva boina. El aspecto de los viejos contrasta con el de los dos hombres, ambos bien cuidados, atléticos, tranquilos, amables y que procuran ser tan solícitos como pueden y saben con los viejos. Éstos, sin embargo, mantienen la mirada baja o la desvían hacia otro lado, evitando mirar a los dos hombres que, incómodos también por la situación, mantienen el tipo pese a lo enrarecido del ambiente.
La comida portuguesa es muy buena y abundante. Los viejos no pueden con toda. A los postres, los dos jóvenes que, a lo largo de la comida, han hablado entre sí en un idioma que no es el portugués, piden un postre de la tierra: el molotov. La vieja pide el mismo postre pero al viejo, que parece más delicado de salud, no le dejan. Él va y les dice:
- Muchas gracias.
- ¿Por qué hablas en español si no lo eres? –le dice su hijo.
- Porque tú tampoco eres lo que pensé que eras y yo me lo tengo que callar –le espeta al hijo.
La situación homosexual que la pareja de hombres ha hecho conocer a los viejos, a todas luces, desborda a éstos. Los dos viejos, sin gestos y sin más palabras que las dichas lo ponen de manifiesto.
Cuando pagan y salen, el viejo, que ha identificado a la pareja de al lado como españoles, les despide y les pregunta por Ciudad Rodrigo y por Salamanca y, aunque con prisas, les dice que fue contrabandista en esa zona aunque duda que vivan ya quienes fueron sus amigos allí. Luego se calla, mira a los españoles un momento a guisa de despedida y parece que quiere decir algo, pero lo piensa mejor y no lo dice, baja la cabeza y se va con tristeza, rumiando nuevamente lo que no puede entender.
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08 septiembre 2009

El contratiempo del tiempo


Veo, por las obligadas o voluntarias semidesnudeces o desnudeces que el calor del verano propicia, mujeres de anatomía espectacular pese a superar las cuatro o cinco décadas. Pasean por playas, piscinas y locales de moda como si fueran éstos los puntos donde contrastar el esfuerzo de sus horas de gimnasio, sus pilates y sus siliconas, sus rayos UVA, sus deserciones de la pasta, del pan, de los helados, de las grasas, de las legumbres, del azúcar… como si todo su atractivo se basara en conseguir, pasados los cuarenta, la figura normal a los dieciocho.
Por otro lado, los dieciocho, sería la edad físicamente idónea para procrear aunque no esté de moda hoy aprovecharla. Aún menos que a los 18 conviene procrear después de los 40, por motivos de salud que pueden afectar a madre y descendencia, pero el llamar la atención al otro sexo se hace aún más necesario que de joven. Nadie se plantea que ha de hacerse viejo sino que está dejando de ser joven.
La publicidad, en ese tiempo que ha logrado convertir en indefinido, afina mucho, presentando todo cuando quiere vender como un derecho, casi inalienable, independientemente de si va o no contra natura, porque lo de la natura hace ya tiempo que no interesa y además la publicidad no adula a tan adusto amo, sino a la voluptuosa vanidad. Para algo ha de servir el dinero, porque, si no, seríamos como los animales que no lo necesitan, condenados los pobres a su rígido ciclo vital. Así que, parece que se ha puesto de moda que galanes de sesenta y tantos se empeñen en procrear con damas glamorosas de cuarenta y bastantes y que se haya convertido en un avance, una necesidad, y hasta en un privilegio el ir contra la dichosa natura, que no hace más que dar por saco. Se vende claro, porque, si nos colocan la ilusión de la vida eterna, como no nos van a colocar unos años de prolongada juventud y, por supuesto, la paternidad y maternidad a edades desusadas como una manifestación de que aún no se es mayor, terrible palabra que sepulta la juventud como una losa. Ser joven es una circunstancia pero no envejecer es un logro. Que no se te olvide, muchacho.
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07 septiembre 2009

El puerto de las pateras


Como en una colonización inocente y a la inversa los negros quieren vender collares de colores, amuletos, artilugios imprevistos y cosas impensables a todos cuantos se cruzan por el paseo marítimo. Y con tales cosas, y en la misma oferta, regalan elefantes de cristal, rinocerontes de piedra, jirafas de colores… que son como talismanes preciosos para añadir al tesoro de la compra. Y se extrañan de que los turistas se resistan a sus ofertas ventajosas, aunque lo prefieren a que les ignoren, y continúan exhibiendo, ante tantos ojos ciegos al portento, esas maravillas increíbles, y refuerzan su mensaje con machaconería de niños, como si no les hubieran entendido bien: barato, barato…
Incomprensiblemente rechazados, atónitos por el corto saber del hombre blanco, cruzan ahora a las terrazas y van de mesa en mesa y perseveran en mostrar sus sorprendentes mercancías en busca de alguna persona que tenga fundamento.
- Pero, hombre, no ves que estamos dando de comer –dice el maître, torciendo dignamente el bigote.
- Pero, ¿dónde vas?, qué dentro no puedes entrar –dice el patrón, de mirada inequívocamente aviesa.
- Anda, venga, no estorbes –dice conciliador el camarero, cargado con platos y bandeja.
- No, gracias, no. No me interesa –dice el comensal, algo indispuesto y envarado y hasta, a veces pillado, con la boca llena.
Pero el negro sigue impertérrito, sin desaliento, sin explicarse cómo no le quitan de las manos aquellas figuritas portentosas, con valor intasable, de ignotos amuletos africanos, y, dicho sea de paso, sin entender cómo en esta Europa hay tan poco interés por el arte. Y casi no se lo cree ¿Pero, tíos, es que no veis lo que llevo? Parece que piensa. Y con su media lengua para el castellano insiste:
- Mira, bonito. Mira, color. Y tú, fíjate, se mueve. ¿De verdad, no quieres? Y es barato, barato…
A la décima vez, o puede que algo antes o después, a alguno, quizás por el efecto interno de las potencias del alma, se le retuerce la misma de embarazo mirando al negro mostrar sus abalorios bajo el sol de agosto. El negro identifica en aquellos ojos, de inmediato, restos de alguna esperanza. Y se le acerca.
- ¡Es bonito, amigo, barato, barato!
- Ya lo creo, dame uno.
- Gracias, amigo. ¿Otro para mujera? Para buena suerte.
- Bueno, que sean dos.
- Tengo relojes buenos… barato, barato.
- No sólo los amuletos, ¿qué te debo?
- Dos euros. ¿No quieres alfombra?
- No, gracias –y le despide con una sonrisa, el nuevo poseedor de los dos amuletos, mientras el negro, mostrando su blanca dentadura, agradece la compra.
El negro sigue tras el anterior que pasó hace apenas dos minutos y luego viene otro que le sigue los pasos sin demora… ¡Barato, barato!
Y siempre son más los negros a pasar que las almas que se prestan a ser conmovidas.
Y parece que vivamos en un puerto perenne de pateras que llegan a esta Europa de los ciudadanos, sede de la estabilidad y la cultura, meta de los que buscan la justicia. No me queda la más mínima duda.
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06 septiembre 2009

La parábola


El restaurante está en el centro de la ciudad. La cocina es buena y muchos turistas extranjeros cenan en él. A la izquierda, sin ir más lejos, una pareja de jubilados italianos han acabado unos mariscos y un buen plato de pulpo a la gallega y ahora se enfrentan a una porción de tarta de crema. A la derecha hay tres franceses sesentones, dos mujeres y un hombre. Los tres están delgados y ellas lucen una media melena lisa de corte muy estiloso que les deja el pelito estratificado, una capa de pelo con apariencia canosa en el exterior y otra, más oscura, debajo. Hablan bajo y parecen educados, aunque distantes. Sin embargo, sus ojillos azules e inquietos les traicionan, pues éstos persiguen insistentemente, como si sus voluntades no pudieran dominarlos, los variados platos de comida que circulan sobre las bandejas de los camareros. Las melenitas de las dos francesas se voltean con una especie de insolencia, que ellas no perciben ni pretenden, hacia los platos que se posan en las distintas mesas. Se deciden por los espárragos sobre fondo de setas, el jamón ibérico, la sepia y el entrecot. Por más que algunas veces les traicione la curiosidad, y se agiten nuevamente esas cabecitas con un corte tan chic y juvenil, mantienen durante la cena un aire distinguido, casi con un leve toque de superioridad así como distraída.
En un comedor tan lleno, casi se puede curiosear descarada e impunemente sin que, de un modo evidente, se pierdan las formas.
Entre tanto contento y en ese ambiente relajado, repentinamente un hombre se encuentra mal. Le acompaña su mujer. Son también franceses. La mujer se azora y, en su nerviosismo, pide ayuda a los comensales de la mesa de al lado. Son un hombre y una mujer con dos hijos. La mujer es española pero el marido es marroquí y habla francés. Avisa al jefe de comedor y éste saca al hombre al fresco de la calle y le pone en una silla. El marroquí le da al jefe del comedor los datos precisos sobre el estado del francés. El comedor entero ha visto lo que pasa. Suponemos que los del restaurante han avisado al 112. Los franceses estilosos, a nuestra derecha, observan la escena sin inmutarse.
Cuando a la media hora terminamos de cenar y salimos a la calle, encontramos al francés que se indispuso sentado en una silla de la terraza con muy mal aspecto y, a su lado, sólo su mujer muy nerviosa y descompuesta. Les preguntamos y medio nos enteramos de que tiene un dolor difuso en el pecho y que no puede moverse y vemos que, además, está aterrado. Nos extraña que no haya llegado aún la ambulancia. Es entonces cuando sale el marroquí que en un principio le atendió y le hizo de intérprete, acompañado de su mujer y sus hijos. En cuanto intercambiamos cuatro palabras nos damos cuenta de que los del restaurante no han llamado a urgencias. Inmediatamente llamamos nosotros y la sospecha se confirma. Nos dicen que no sabían nada y que inmediatamente mandan una ambulancia. El marroquí no para de hablar a la mujer y al enfermo para tranquilizarles y decirles que la ambulancia viene en camino y que, si es necesario, irá con ellos al hospital para hacerles de intérprete.
El jefe de comedor del restaurante, al ver que nos hemos quedado con la pareja, trata de disculparse y dice que a veces la gente sufre cortes de digestión e incluso se atreve a insinuar, como hablando con el viento, que hay quien bebe demasiado. Cómo si su negocio no consistiera en servirles comida y bebida. Le decimos que no creemos que sea el caso pero que, aunque lo fuera, para eso están las urgencias y que no se puede dejar tirada a una persona de ninguna manera.
El maître, con su carita de ardilla servicial, al fin se destapa cuando arguye que al llamar al 112 se monta un show por la llegada de la policía y la ambulancia, las sirenas, etc. y que todo eso constituye un pequeño escándalo que actúa en detrimento del negocio y que luego, muchas veces, se trata de problemas sin importancia por lo que, lo mejor, es que el interesado coja un taxi y se vaya al hospital, al hotel o a su casa. De hecho, asegura conocer al cliente enfermo y dice que de vez en cuando viene por su restaurante.
Asombrados por su desvergüenza le decimos que el hombre tiene muy mal aspecto y que ya hemos llamado nosotros al 112. Dice que sí, que bien, que ellos, naturalmente, también lo habían hecho. Nadie le contradice pero le decimos que, entonces, no se entiende todo lo que nos está contando y menos aún tanta dilación. Enseguida hace mutis y se desentiende. Ha cumplido y se va, con su carita de de saludador, a fingir mil y una atenciones a los clientes.
Mientras estamos acompañando a la atribulada pareja, salen del restaurante los tres franceses distinguidos que han cenado a nuestra derecha. Ni una palabra. Pasan de largo. Cosas como estas no afectan a gente tan elegante.
Sentí un peso negro en el estómago tanto por la actitud del jefe del comedor para con un cliente habitual, como por la indiferencia de aquellos tres atildados franceses para con sus compatriotas.
Al poco llega la policía y la ambulancia. Explicamos al médico lo que hay. El francés sonríe aliviado y tanto él como su mujer se despiden de nosotros con emoción. Dan las gracias con las pocas palabras que saben de español.
- Bonne chance, madame! –dice amablemente el marroquí cuando se marcha la ambulancia.
Viendo el comportamiento del marroquí, su acción de intérprete, su negación a abandonar al enfermo, su disposición a acompañarle al hospital para hacer de intérprete, recordé la parábola del buen samaritano. También me sentí orgulloso de vivir en un país donde se atiende a cualquiera sin pedirle nada y me avergoncé de que tengan que ser los africanos los que vengan a enseñarnos no sólo solidaridad, sino también educación.
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05 septiembre 2009

Marbella, one more time.


Si alguien atraviesa, aunque sea por carretera, la zona de Málaga a Algeciras, y especialmente los municipios de Marbella y Estepona y, si como era mi caso, hace algunos años que no ha hecho tal recorrido, podrá hacerse una idea ejemplar de hasta donde ha llegado el abuso inmobiliario. Podrá contemplar montañas y laderas enteras con urbanizaciones y campos de golf incrustados. Urbanizaciones vacías y caras, de difícil conservación y mantenimiento y, con la que está cayendo, de futuro, como poco, incierto.
Como si mis pensamientos hubieran sido una premonición o, tal vez, por la simple casualidad con que suceden las cosas, oigo por la radio que a Cachuli, ex alcalde de Marbella, se le ha abierto, al pobrecillo, un nuevo frente judicial. Es el caso Minutas, un presunto fraude de dinero público, pues parece que el peculiar edil pagaba facturas al abogado José María del Nido, por sus servicios al Ayuntamiento de Marbella, que ascendieron a 6,5 millones de euros. Y es que, ya se sabe, lo barato, a la larga, sale caro. Y en algunas cosas no hay que escatimar.
Con la imagen reciente de mi travesía por el municipio de Marbella, no me extraña la cifra de la minuta del letrado y, acaso, se me haga hasta barata, pues legalizar todo lo que vi debió ser tarea ardua y fatigosa y puede que don José María hasta le hiciera un barato al inefable alcalde.
Pero no seamos malpensados, que vivimos en un estado de derecho que ofrece garantías. Cachuli, pese a sus numerosos asuntillos judiciales, sigue españoleando por ahí con desparpajo, como un romántico de nuestros días, sufrido y melancólico, que ahoga sus penas en silencio. Un silencio ofendido, revestido de dignidad aunque doliente, entre corazones heridos que se ahogan en la copla o en la copa y la prensa del corazón que se lo rifa como predilectísimo objeto de deseo, casi de culto, de ese culto postmoderno, mezcla de cutrerío y de dinero, que hoy parece el lema de la patria; y, don José María del Nido, serio y digno, que facturó presuntamente lo que correspondía, nada, de presidente del Sevilla. ¡Ay, olé mi España! ¡Olé, olé y olé!
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04 septiembre 2009

El desfile


A primera hora de la mañana, bajo la sombra y en el seno de una fresca brisa, suave y agradable, me entretengo en ver pasar a los campistas en este camping caro de la costa. Hay un lento, monótono, desperdigado, pero casi constante, desfile a los servicios. Dilato perezosamente el tiempo observando la espontánea procesión que, en forma de goteo variable, desemboca en la puerta de los pabellones para la higiene masculina y femenina. Mira, me digo, vamos y volvemos, también nosotros, como hormigas.
Algunos van con un aire cansado y despistado, como si siguieran a los demás sin saber muy bien a donde van; otros vacilan como desubicados o deslumbrados por un sol que a horas tan tempranas les ofende; pero, hay otros, que van firmes y seguros, con un paso constante y decidido, como si fueran a cumplir, casi militarmente, con la primera obligación de la agenda diaria. Algunos salen de las tiendas, se desperezan y se ponen a lavarse los dientes, sin más trámite, mirando al infinito y, a tenor de lo que tardan, perdiendo la noción del tiempo en la tarea.
Los guapos y las guapas desfilan luciendo agradables conjuntos veraniegos que, cuidadosamente desaliñados, resaltan las perfecciones de sus cuerpos. Hay quien, más que encaminarse al WC, parece que desfile por la mismísima pasarela Cibeles.
Es también, este desfile improvisado, ocasión más que idónea para mostrar esos tatuajes tan excéntricos que se han puesto de moda y también los piercings más inverosímiles. Y así pasan los cuerpos, como mapas andantes, de sensibilidades y mentalidades que se pretenden inefables y que, por eso, se llevan dibujadas en la piel o taladrando la misma, de continuo y para siempre, para no tener que dar explicaciones. Sin tatuajes ni piercings sólo se puede ser un ser vulgar, sin imaginación ni personalidad o, como poco, un paleto indiferenciado, casi un anormal.
Frente a la indolencia y lentitud de la mayoría, que prepondera en el camping, siempre hay unos pocos atareados que se mueven sin cesar, incansables, haciendo cosas sencillas pero de un modo constante y rápido, sin parar un momento, como si una acción llevada a cabo se encadenara a la siguiente. Atacan un poco.
Así pasan estas primeras horas de la mañana. Un gato blanco con un cascabel al cuello se tumba indolente sobre la hierba casi a mis pies. Los gorriones y las palomas pululan en los árboles sobre mi cabeza. Unos pían desaforados mientras hacen viajes incesantes al suelo en busca de migas, semillas o insectos y, las otras, arrullan de modo intermitente. Me voy despertando del todo con la mañana y llega mi momento de desfilar a mi vez, con poco garbo, hacia el lugar común de los servicios. Como hormigas.
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03 septiembre 2009

Tarifa


Desde Río de la Jara hasta Tarifa hay unos cinco kilómetros. El camino se puede recorrer por un sendero que, al principio, va junto a la carretera más cercana a la playa. Hay un punto en este trecho en el que, bajo la misma carretera, hay restos de comida. Es en un túnel para desagüe que hay bajo ella y donde se nota que alguien se ha refugiado o escondido durante un tiempo o, tal vez, pasado alguna noche recientemente.
Más tarde el camino se mete por la gran playa que llega hasta Tarifa y, entonces, se convierte en sendero hecho de tablas para que los caminantes no se atasquen en la arena. El camino pasa cerca de un viejo búnker al que le han tapado las troneras con piedras. Curiosos, nos acercamos a verlo y, cuando llegamos, vemos que hay comida cuidadosamente depositada en la puerta. Deducimos que alguien lo habita y que ha dejado la comida en la puerta para que se airee o, tal vez, alguien lo está utilizando como escondite provisional mientras llega la noche y puede seguir camino. Naturalmente, no entramos.
Según avanzamos por el camino de madera hecho sobre la marisma arenosa de la playa vemos como al sur, en este día claro, se recorta nítidamente el perfil montañoso de la costa de África.
Los coches de la Guardia Civil pasan por Tarifa de uno en uno o de dos en dos o formando patrullas de varios y frecuentan sin descanso la carretera de las playas. En cada coche no van dos guardias, sino cuatro. Por el pueblo nos cruzamos con una guardia civil en cuya guerrera una placa distintiva indica que es comadrona.
Por otro lado, Tarifa, si algo tiene, son turistas. En las charlas prepondera el inglés y, entre los tipos, la blancura rubia. Casi todos beben cerveza con tranquilidad en todos los bares, baretos, restaurantes, tabernas, chiringuitos y demás garitos del pueblo. También comen paellas, gazpachos y los distintos sucedáneos de comidas típicas que les dan. Sin embargo, hay muchos más negros, por ejemplo, en el centro de España que aquí. De hecho no hemos visto ninguno. Aquí son sospechosos, como poco. Por lo demás reina la calma y la felicidad. Nadie pide los papeles a estos rubios sonrosados, colorados por el sol y con los ojos tan friamente claros como esas ratitas blancas de laboratorio. No importa que sean de fuera de la Unión Europea, su aspecto les avala. Están libres de sospecha. Ríen y gastan, con solvencia, en los establecimientos de la zona. Muchos viene aquí desde muy lejos por el windsurf o el katesurf que, para sus adeptos, es una pasión. Tienen derecho a todo. No problem. El peligro está enfrente, en esa costa cercana que se recorta al sur. El peligro viene de África.
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02 septiembre 2009

Lo que no se lleva


En el bar del pueblo hay dos teles de plasma. Una en una pared y otra en la opuesta, de modo que puede verse muy bien qué parroquianos miran a cada una. En una se puede ver hoy el premio de Hungría de Formula I y, en la otra, la etapa decisiva del Tour de Francia. Mientras miro el Tour ensimismado me doy cuenta, repentinamente, que todo el resto de la gente, que son personas de toda edad y condición, está pendiente del automovilismo. De hecho, la tele donde se televisa el Tour es toda para mí. No me lo creo. Me quedo sorprendido y, hasta por un momento, temo que me la apaguen o cambien a algún programa del corazón. El pueblo donde estoy es, como casi todos, agricultor y ganadero, un pueblo de gente acostumbrada al trabajo corporal. Me pregunto, si, en un pueblo como éste, no se aprecia el tremendo esfuerzo físico, el sufrimiento y el espíritu de sacrificio que supone ganar un Tour de Francia cuando, además, es un español el líder, ¿qué futuro nos espera?
Mi mujer, que, sin demérito por mi parte, es mucho más lista que yo, dice que es que a mi me gustan cosas que se han quedado ya muy anticuadas. Seguro que lleva razón. Tendrá que ser así. Se ve que hay cosas que ya no se llevan y uno anda por ahí sin enterarse. Claro donde esté un coche...
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01 septiembre 2009

Un perro andaluz


La noche anterior estuvimos hablando en el camping de Jerez del Marquesado hasta las tantas a la luz de una vela. Tal vez por eso de que los momentos agradables, y al fresco de la noche, no deseas que se acaben y los prolongas hasta que te rinde el sueño.
Esta mañana hemos bajado a comer al pueblo que está a cuatro kilómetros. Luego nos hemos subido, pese a la calima, a echar la siesta. Aplastados por el bochorno, no tenemos ni ánimo para comentar el tremendo calor que hace. Al llegar encontramos totalmente derretida la vela que nos iluminó la pasada noche. La dejamos sobre la mesa, al sol. El termómetro de la furgoneta marca 45º C.
Paca se echa la siesta y no sé si se duerme o pierde directamente el conocimiento. Yo cambio de idea, busco una sombra y me pongo a escribir con una bebida fría a mi alcance.
En ello estoy cuando aparece un perro de pelo rojizo que viene de no se sabe donde por una de las sendas del camping en el que nosotros somos hoy los únicos acampados. Trae una cuerda al cuello de la que cuelga un cabo que ha roto a dentelladas. Tiene andares cansinos e indiferentes y también una oreja rota. Le llamo y se para, no huye pero tampoco se acerca. Le llamo de nuevo y viene despacio, expectante y mirándome sin ninguna agresividad. Jadea por el calor y, ya más cerca, aprecio que la cuerda está muy ceñida a su garganta pues se incrusta entre el pelo, le veo también una matadura profunda, y que parece reciente, en el ijar izquierdo. Me mira desde un par de metros pero no se acerca más ni se mueve. Recuerdo que tenemos en el frigorífico una barra de chorizo que compramos y que no nos gustó. Como eso el perro no lo sabe, voy por ella y decido probar si le gusta a él.
Hago gruesas rodajas de embutido pero no se las tiro. Le ofrezco una, el perro se adelanta despacio, sin quitarme ojo y lanza una dentellada a la raja de embutido con avidez, rozándome con los dientes la punta de los dedos pero apenas tocándolos pese a la velocidad con que la coge. A medida que le voy ofreciendo más rodajas, su brusquedad desaparece y termina tomándolas de entre mis dedos con la misma delicadeza que si fuera un embajador tomando una copa de cava en una recepción de la mismísima Preysler, la de Porcelanosa, ¿cuál va a ser?
Cuando termina con todo el embutido, voy con un recipiente a buscarle agua en uno de los grifos de los fregaderos y la bebe con avidez. Me deja tocarle. La primera vez que lo hago le acerco mi mano por debajo del hocico, no por encima, pues podría sentirse amenazado. Una vez que ha aceptado mi contacto acerco la mano al cuello y noto la cuerda tan hundida en él que pienso si el animal no se habrá salvado de un ahorcamiento. Busco una navaja de las que tengo, una que corta como una exhalación, y con mucho cuidado y tacto consigo que se deje cortar la cuerda que le tiene lastimada la garganta. Enseguida parece que se alivia. Ahora está a mis pies hecho un ovillo. Cuando Paca se levanta, le curamos entre los dos la matadura con un desinfectante. Al comer he visto que le faltan dientes y que otros los tiene rotos y que los colmillos los tiene desgastados. Se ve que el perro es viejo.
A la tarde bajamos de nuevo al pueblo, acompañados por el perro. No nos deja en toda la tarde. Nos perdemos por las calles estrechas y blancas, y hasta algunas, con acequias que bajan el agua ruidosa y veloz desde la sierra. Nos sorprenden algunos restos árabes, como la Torre de la Alcazaba, que algún integrista de los que aquí hay, porque también los hay, ha coronado, sin poderlo remediar, con una Inmaculada Concepción de tamaño natural. Menudo engendro.
Cae la tarde y nos hemos cansado de vagabundear, así que nos metemos a cenar al mesón de la Tizná. Luego, con toda la humildad que una buena digestión proporciona, nos subimos de nuevo al camping al tiempo que se va echando la noche y comienza a venir algo de frescor. Al llegar a él nosotros entramos y el perro, tras observarnos un momento a modo de despedida, decide seguir su camino y se pierde en lo oscuro en dirección a la sierra.
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31 agosto 2009

El negrito


Estamos en Juviles, en la terraza del restaurante Alonso, y un negrito se sienta a una mesa con su mamá, que no es negra. El niñito se aburre. Su madre le entretiene, le acaricia, le mima, le achucha, le hace carantoñas, le besa... El chiquillo quiere jugar pero la madre le vigila, le acompaña, le ayuda, le dice, le aconseja, le avasalla. El niño negro se aburre y todos los que le vemos intentamos hacerle caso sin darnos cuenta de que está solo y que, tal vez y pese a nuestras buenas intenciones, toda la vida lo esté.
Mientras estamos sentados, a la agradable sombra de la terraza del restaurante, pasan por la carretera, que tenemos enfrente, grupos de negros que, al parecer, trabajan en las jamoneras del pueblo.
No puedo evitar comparar a los trabajadores con el niño. Mientras todos estamos solícitos con el negrito, a los otros no les hacemos ni caso y pasan por la calle ajenos a todo comentario y casi sin que el personal haga intención alguna por mirarles y percatarse, al menos, de su mera existencia.
- ¿Qué será del negrito cuando se haga adulto?, se me ocurre en silencio, en una pregunta interior e inoportuna que no espera respuesta.
La madre del negrito, ¿será su madre o será más bien una mecenas que al muchacho le ha caído del cielo o, tal vez, del infierno?, sigue ostentosa y aparatosamente pendiente de él.
Aparece el camarero y sirve la comida a madre e hijo. La madre se dirige al pequeño:
- Da las gracias.
Y el niño, después de darlas, le replica:
- Tú también.
La madre queda confundida y también todos los asistentes. Entre sonrisas complacientes da también las gracias la madre española, pero quedamos todos algo confundidos. Parece que pedimos al negrito lo que ninguno hacemos, pero optamos todos por reírnos: jajajá, jijijí…
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30 agosto 2009

La felicitación


Subiendo a pie al camping desde Trevélez, hemos encontrado una felicitación de navidad de 1976. La habían dejado incrustada intencionadamente en una de las juntas de un quitamiedos de la carretera para que alguien, en este caso nosotros, la leyera.
La felicitación, según leemos al dorso, es una reproducción de la Virgen de la Faja de Alonso Miguel de Tobar que se conserva en el Museo Provincial de Bellas Artes de Cádiz. La imprimió Cobás y Cía. en Barcelona y el interior dice textualmente así:
“Barcelona A 14 de 12 1976
Holamamica anteto do le de seo unafeliznabida Em compañía deto dalafamilia y proprero Año 1977 ledesea su nieta i su familia nosotro quedamovien
A Dios.
Bueno mamica perdone por no avele Escrito ante pero sevasa losdias i no escrito
Bueno me digaco mo esta latita Encarna siesta mejo deloquetenia nosotro to dovien a la presente
fEliz Navída ý p1977
francico Gonzalez xoxox
Carnem Alvares xoxx
francica Gonzalez xo+x
M.Dolores Gonzalez xo++
A Dios (rúbrica ilegible)”
La letra es toda de la misma persona y las equis y los círculos la forma de firmar de quienes, conjuntamente con quien escribía, enviaban la felicitación.
Este testimonio de unos emigrantes de su tierra escrito hace más de treinta años me conmueve porque habla de lo que somos y de lo que fuimos con más elocuencia de la que nos presta la memoria, a veces débil y otras corrompida.
¿Por qué unas tierras como éstas, que son auténticos paraísos, se despoblaron para que otras se enriqueciesen?
¿Cómo es que la lógica que rige el destino de las personas es tan incongruente?
Hoy se intenta rescatar, salvar todos estos parajes paradisíacos, como si hubiera sido la casualidad y no el interés económico inmediato quien hubiera abandonado y dejado degradarse estos lugares tan especialmente idóneos para la vida.
Esta felicitación de Navidad es un aviso que nos dice de dónde venimos si es que a alguno le interesa recordarlo. Así éramos y… no hace tanto.
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14 agosto 2009

El instante


Creo que es la primera vez que aguanto tanto tiempo seguido en el mismo sitio. Pienso que he encontrado un lugar ideal, un clima agradable, un entorno amable y con poca población, incluso en estos veranos actuales del turismo inevitable, incesante, casi obligatorio. La brisa me refresca con la agradable sensación táctil de una sábana blanca, tersa y limpia de cama recién hecha. Oigo rebuznar un asno no muy lejos, un ruiseñor canta emboscado en el fondo en la umbría y muy cerca ladra un gozquecillo que corretea revoltoso y alocado entre las acequias, como si todo su cuerpo nervioso y vibrante fuera una expresión pura de alegría. Me pregunto cuánta gente joven habrá que haya oído rebuznar a un pollino en su vida.
Luego me digo que tal vez el sitio no sea más ideal que otros, aunque me lo parezca, y sea simplemente que con los años esté perdiendo la pasión por viajar, por moverme de continuo, por no parar quieto y la tierra me vaya atrapando más día a día como si ejerciera sobre mí cada vez más gravedad, de manera que, según el tiempo pasa, el día menos esperado termine por absorberme en cualquier sitio y hacerme coincidir con ella para siempre, como si volviera a ser su propiedad o simplemente parte de ella otra vez.
En Pitres, sentado bajo una frondosa y umbría arboleda me encuentro tan a gusto que desearía que este instante durara para siempre o, al menos, para todo lo siempre que pueden ser los siempres.
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13 agosto 2009

Portugal


Hace más de veinte años que fui por vez primera a Portugal. Aunque las horribles carreteras de entonces han desaparecido y una buena red de autopistas, eso sí, casi todas de pago, se ha creado desde entonces, no ha desaparecido de mi cabeza ni el recuerdo de aquellas carreterillas tortuosas y con el firme en mal estado, ni tampoco la forma suicida de conducir que entonces tenían los portugueses y que, por cierto, ellos achacaban al peligro que representábamos los titubeantes turistas en sus carreteras. Todavía hoy, cuando conduzco en Portugal, me digo cada diez minutos: no lo olvides estás en Portugal, no te relajes.
Recuerdo mi primer viaje unos veintidós años atrás. Íbamos varias personas. Casi todo fueron protestas desde el principio, que si cutre, que si pobre, que si atrasado, que si sucio, que si desorganizado, que si lento… Algunos llegaron a prometerse no volver más. Sin embargo yo me enamoré del país a los dos días con un cariño tan fuerte que aún no se ha desvanecido ni, a estas alturas, creo que se desvanezca. Fundamentalmente Portugal me enterneció por el sentido que todo tenía de pequeño, de recogido, de vuelto hacia sí mismo como una flor cerrada. Su gente me pareció tranquila (salvo en la carretera), humilde, educada o, cuanto menos, correcta y más bien afable y, ¿cómo decirlo?, con una especie de poso de tristeza casi imperceptible pero que me pareció inherente al carácter y al alma de los portugueses.
Luego se repitieron los viajes hasta el punto que sería prolijo relatar todos los lugares que visité, tanto las ciudades grandes y la capital como las aldeas y los pueblos medianos, la costa y el interior, sin dejar región alguna por conocer. Seguramente la mayoría de los portugueses no conocen tantas poblaciones de su país.
Lisboa me cautivó enseguida. Al segundo día de estar en ella por primera vez se me ocurrió decir que me gustaba más que Madrid, porque así era y así es, y recibí variados comentarios de desaprobación y de disgusto de mis amigos. ¿Cómo podía comparar Lisboa con Madrid?
Con el paso del tiempo creo que tenían razón. Me sigue gustando más Lisboa pero, ciertamente, es un error compararla con Madrid pues, independientemente de gustos, son ciudades que nada tienen que ver.
Lisboa es la capital de un país de navegantes, de un país que llegó a su cima por la navegación. Lisboa recibe la mayor parte de su luz por ese Tajo que de tan ancho es casi parte ya del océano cercano. Es la ciudad como un embudo que termina en la Plaza del Comercio. No es una gran urbe, sigue siendo una ciudad a la medida del hombre, del peatón. Sus barrios viejos son, los unos, abigarradas viviendas humildes de pescadores, los otros, formados por elegantes casas con un aire decadente que combina muy bien con esa especie de triste dejadez que en su conjunto la ciudad evoca. Luego hay otros barrios que se transforman y que de día son una cosa y de noche otra. El conjunto, con los barrios, el Castillo de los Moros, la Catedral, el río, los olores, la mezcla de razas, las terrazas, los ascensores, las tabernas, los recuerdos… se me hace el de una ciudad romántica plagada de evocaciones lentas, tranquilas, cadenciosas y siempre un poco tristes como lo es la melodía de casi cualquier fado.
He conocido también la picaresca del país pero, casi puedo asegurar que ésta se circunscribe a Lisboa y también a algunos puntos muy turísticos donde, como en España, tienden a cobrarle al turista lo que las cosas no valen. Tal vez pensando, equivocadamente, que éste es ave de paso como antaño, sin darse cuenta que hoy las comunicaciones hacen de la península un todo aunque sigamos siendo dos países.
No me siento extranjero en Portugal, aunque sé que lo soy porque somos dos países que en el siglo pasado y aún más en los anteriores hemos vivido dándonos la espalda. Sin embargo cuando hablo con algún portugués me siento tan cercano que no puedo sino lamentar la historia. Siempre, claro, que la historia pueda lamentarse con algún provecho que no sea simplemente el retórico.
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Anglofobia benigna transitoria


Me han hartado, en general, los ingleses que he visto en La Alpujarra. Y no es porque estén allí o porque vengan, tal vez evocando al hispanista Gerald Brenan que vivió en esta tierra y escribió sobre ella en los años 20 del siglo pasado, no, no es por eso. Bienvenidos cuántos lleguen, veraneen, vivan o trabajen en estas tierras, porque eso indica que las saben apreciar. Es por cómo se comportan. La acogedora sencillez con que la gente de aquí les ha recibido durante años parece que les ha llevado a considerarse los protagonistas de la vida en estos pueblos. Utilizan todos los usos y costumbres locales en su propio beneficio. Ignoran a toda persona o cosa que no les sea personalmente útil. Gustan de hacerse notar en todas partes mediante un uso chillón y ostentoso de su lengua, modo que, en su país, sólo utilizan las chusmas de los barrios más cutres las noches etílicas del fin de semana. Conociendo los modales de la gente normal y educada, en la comedida Inglaterra, me admiro de cómo los ejemplares adultos que llegan aquí de sus élites, porque los que vienen aquí no son patanes: eructan en los restaurantes como si eso aquí estuviera bien visto o hasta fuera gracioso, meten sus perros a los mismos y en las terrazas, se hacen servir en los lugares más inverosímiles como si esto les recordara su época colonial, ponen los pies más altos, si es posible, que las mismas mesas y se vuelven cicateros y contadores al pagar la comida, cuando en su país lo habitual, además de pagar los elevados precios, es dejar además un 10% de la factura en propina. Y todo lo anterior teniendo en cuenta que los precios de La Alpujarra comparados con los de la costa son baratos y, comparados con los del Reino Unido, irrisorios.
Tengo que reconocer que los españoles, como tantas veces incapaces de apreciar lo que tenemos, andamos por las playas como tarados pagando precios astronómicos, comiendo fritanga y pizza semicongelada y tomando cañas como posesos en los chiringuitos, pasando calor, aglomeraciones, picaduras de medusas… mientras a este paraíso de la Alpujarra alta no le da la gana venir a nadie. Pero, claro, aquí no hay playa.
Los ingleses han sido, sin embargo, los que han descubierto esta tierra, yo diría que casi más para vivir en ella que para hacer turismo. Ellos saben muy bien que su orografía y su especial clima hacen de estos lugares unos parajes únicos e ideales para vivir. Con respecto a su comportamiento me viene a la memoria lo que unos ingleses me dijeron cuando en su ciudad les sugerí que aparcasen el coche encima de una acera:
- But, where do you think you are? (¿Pero dónde te crees que estás?)
Pues eso mismo les digo yo. Por lo demás, tan amigos.
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12 agosto 2009

Mesura


En la tasca hay un hombre maduro, tirando a mayor, que bebe y habla, habla y bebe… De todo sabe. El tabernero es conciliador, como corresponde a su oficio y, con cada consumición, le pone una tapa y le anima amablemente a que la coma y le meta algodón a tanto vino. El otro parece tener sólo sed.
Hay toros en la tele. El hablador no está conforme con la ejecución de la suerte suprema por parte del maestro oficiante. Un recién llegado discrepa.
- Al toro bravo hay que matarle dándole salida natural, hacia los adentros, mientras el torero sale hacia las tablas. Al manso se le mata en la suerte contraria... Pero para eso, hay que sabé… -deja caer el taurino con un retintín muy evidente.
- También está la tradición –dice el discrepante, que no parece persona resignada.
- Claro, y los usos y costumbres –apostilla, con abierta chulería, el entendido- ¡No te jode!
El otro pega un trago a la cerveza, observa un instante al taurino y se calla, fingiendo indiferencia. El entendido, con andares solemnes aunque un tanto vacilantes, se va al servicio. Cuando vuelve se nota que se ha lavado y se ha refrescado la cabeza. Su antagonista termina de un trago la cerveza y se va sin mirar ni despedirse. El taurino, casi retador, le mira salir con un desprecio infinito en la mirada.
- ¡Dios, qué jartá de tontos y, como tienen boca, venga de largá gilipolleces, sin conocé, sin sabé y sin tené mesura! ¡Hay que joderse!

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11 agosto 2009

El autobús azul


Estamos en Órgiva, la Alpujarra. Son las cuatro de la tarde cuando llegamos al camping. Hemos subido andando, después de comer, desde el pueblo. Son unos cuatro kilómetros de cuesta empinada que el calor hace más largos de lo que son, como si la fogatina de la tarde dilatara a la vez tiempo y distancia. Nos refrescamos a la sombra que, entre la furgoneta donde vivimos y los grandes acebuches, nos hemos procurado. Bebemos agua y luego vino helado. Al rato ya nos hemos reportado y relajado. Ojalá corriera algo de aire pero, quia, no hay gota de brisa, el ambiente está recalentado, embalsado como agua tibia, en este valle. Las cigarras zumban en la tarde con su estridencia machacona, monótona y penetrante haciendo, si cabe, que la sensación de agobio sea aún mayor.
En el bancal de abajo, aquí todo son bancales, incluido el camping, hay un autobús azul con matrícula inglesa. Se ve que es un autobús que alguien transformó, modificando su estructura, para que sirviera de hogar viajero. Sus seis ventanas laterales están perfectamente cubiertas por cortinas, tipo persiana, hechas a medida. Tiene una gran baca con cuatro soportes grandes a cada lado que ocupa casi todo el techo. Sobre ella hay dos cubiertas nuevas, como si quienes en su día hubieran preparado el vehículo hubiesen pensado en resolver cualquier eventualidad que les ocurriera. Puede que considerasen que España es aún un país fuera de los circuitos normales europeos o, lo que es más probable, que pensasen en seguir viaje hacia el norte de África o más allá. Hay gente que se prepara concienzudamente para la aventura y lo imprevisto y aun para afrontar problemas con los que nunca toparan, pero que ellos maquinan en sus mentes soñadoras, temerosas y cautas.
Sin embargo, da la sensación de que quienes aquí llegaron, en este autobús, abandonaron el camping precipitadamente. Fuera del vehículo, pero en su parcela, hay dos bombonas de gas, una mesa, varias sillas y hasta dos bicicletas apoyadas en un árbol que, desde lejos, parece que acaban de ser dejadas en tal posición pero que vistas de cerca, por sus ruedas cubiertas de hojarasca y con algo de orín, denotan que hace meses que no se han movido. Hay también, sobre la mesa, un cenicero lleno de colillas que las aguas y la intemperie han momificado.
La única ventana que no tiene las cortinas echadas muestra un fregadero con algunos cacharros sucios, una jarra mediada de un contenido ya turbio y mohoso en la superficie, y el envase de una botica inglesa para curar las encías. Por lo demás el vehículo está bien cerrado y sólo las telarañas en la parte delantera del motor, en las cerraduras, en las ruedas y por doquier nos hablan de lo estático de sus últimos tiempos. Las bases de las ruedas, todas con aire, están también parcialmente cubierto por la hojarasca acumulada y los matojos.
Llevado por los usos de mis tiempos mozos, imagino que pueda tratarse de una comuna hippy móvil cuyos miembros hayan salido tarifando, cada uno por su lado, incapaces de soportar por mucho tiempo esa vida comunitaria, en teoría, tan idílica. Pero enseguida me doy cuenta de que eso, prácticamente, hoy ha desaparecido y que estoy pensando, como tantas veces, con una mentalidad de hace cuarenta años.
Luego se me ocurre que tal vez se trate de una familia viajera, en cuyo seno se desató algún problema inesperado y grave que les hizo marcharse inesperadamente. Pero pienso que, si eso fuera así, ya deberían de haber vuelto o mandado a alguien para que retirase el autobús.
Se me ocurre después que tal vez lo fletase una pareja de jubilados para recorrer con él el mundo sin verse acuciados por problemas de tiempo, ni económicos, ni de alojamiento. Siendo así, bien pudiera haber enfermado inesperadamente uno de ellos y haber tenido ambos que abandonarlo todo súbitamente para ir al hospital. Si eso hubiera sido así, y aún no hubieran regresado, mal asunto. Tal vez uno de ellos habría muerto y el otro, destrozado por la pérdida e incapaz de superar el vacío de su mitad perdida, no hubiera tenido fuerzas ni ánimo, mutilado salvajemente en su interior, para volver a recoger ese autobús en el que ambos se las habían prometido tan felices…
En esto estaba cuando localicé una pequeña inscripción, www.worldmuzik.co.uk, en uno de los laterales del autobús. Enseguida me di cuenta de que correspondía a una página web del Reino Unido. Así que, en cuanto la he consultado, el enigma ha desaparecido.
El autobús es un antiguo vehículo militar convertido en un estudio móvil para producción de materiales multimedia. Está dotado de una serie increíble de ordenadores y medios de grabación y reproducción. Su objetivo era hacer una serie de televisión sobre los orígenes y las relaciones de la música primitiva en los distintos países islámicos moderados. Su camino comenzaba por el sur de España y después pasarían al norte de África y cruzarían luego a Asia para grabar y producir una serie de programas documentales para la televisión. Estos programas versarían sobre música y en ellos se tocarían las raíces más profundas de la música popular en esas culturas, su relación entre ellas y con otros ritmos a lo largo y ancho del mundo así como la incidencia de dichas músicas en la vida diaria de sus gentes.
Naturalmente, esto es sólo un resumen muy breve de lo que se especifica en la web. Pero, si a alguien le interesa, ahí está la dirección para que pueda ver el contenido completo de la web. Ésta está sin acabar y no parece muy elaborada para tratarse de unos profesionales de los medios. Parece que no se actualiza desde hace mucho y que, como el autobús, ha quedado también varada en mitad del ciberespacio.
Sin embargo, y sabiendo ya de qué iba el autobús, la duda queda. ¿Cómo es que no pasaron de España en un viaje que se prometía tan largo?
Falta de presupuesto, desavenencia entre los componentes del equipo, falta de patrocinadores, problemas de financiación, fallo generalizado de los equipos o del propio autobús…
El autobús azul, abandonado en un bancal de un camping, es algo parecido al pecio de un naufragio y su web al libro de bitácora o, mejor aún, al alma olvidada de un proyecto levitando en los fondos oscuros de Internet.
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01 julio 2009

Verano


Hace unas semanas salió ya la primera, y supongo que única, edición del Castro Bonaval. Los que seguís el blog puede que lo leyerais en su día. Al publicarlo por medio de una editorial, no me pareció correcto mantenerlo en Internet. Por eso lo quité.
Al final ha quedado un libro con una portada sobria, entiendo yo, y una historia entretenida. Del mismo modo que no imaginé que tuviera esa portada, tampoco imaginé cuando empecé a escribirlo en qué terminaría aquella historia de Matías. A decir verdad, ni siguiera sabía por entonces que terminaría siendo una historia tan larga y, menos, que terminaría siendo un libro. El caso es que así resultó y deseo daros las gracias a cuantos lo fuisteis leyendo y a los que me acompañasteis con vuestros comentarios.
El verano se nos echa encima y es, para todos, un tiempo irregular que, a ratos, puede engullirnos y, a ratos, disiparnos. Así que perdonad si no contesto a su tiempo o si no escribo lo habitual.


Os deseo un buen verano. Gracias.


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30 junio 2009

Casa Valentín-Bar Jalón


Me senté en un mojón de la vieja nacional II. Miré la casa durante un buen rato. Nada me distrajo porque ya la nacional, hecha autovía, no pasaba por allí sino más arriba. Ahora pasaba por encima del nacimiento del Jalón, destrozando con una ancha y gruesa cicatriz aquella hermosa ladera que había conocido.
Me vino bien el silencio del lugar. Enseguida eché de menos los viejos letreros de la casa que decían: Casa Valentín–Bar Jalón. El letrero de la carretera estaba donde siempre, señalando Esteras de Medinaceli y Benamira.
Recordé a María Luisa en la cocina y a Valentín en la barra, ambos atendiendo solícitos a los clientes; aún quise sentír el olor de las chuletas que asaban en el porche; el bullicio de los clientes en el pequeño bar, con su barra en forma de ele; el comedorcito con media docena de mesas que solían ocuparse a sus horas; las seis habitaciones de la primera planta, con lavabo en todas pero con un servicio común; el doblado con el depósito del agua en el último piso; y, debajo de todo el edificio, la bodega con las conservas, los jamones, la matanza y las dos pipas de vino de Aragón, la del denso vino tinto, casi negro, y la del fresco clarete. Me pareció escuchar en la vieja cuadra aneja los ladridos de la Olga, la perra canela, que me barruntaba y los pasos ágiles y ansiosos de la Culebra, la galga, como si se dispusiera a saludarme con la portentosa elasticidad de su cuerpo. De cuando en cuando cantaban los machos de perdiz de Valentín, colocados en los alféizares de las ventanas, escuchando tal vez el reto de alguno de sus congéneres desde lo alto de las laderas.
- Chico, bájate a la bodega a por vino –solía decirme Valentín
Y yo bajaba y aspiraba con fuerza la goma que entraba en la pipa y, aunque algunas veces me ainaba con la brusca irrupción de un trago inesperado, se derramaba manso el vino en una garrafa de media arroba que, luego de llena, me subía al bar.
Por la noche el bar era el centro social de los pocos vecinos que en Esteras quedaban y también de alguno de Benamira que se bajaba a pasar el rato. Por allí desfilaban el tío Manzanero, y el Cucho, el Anchetas, el Josetas… y nunca faltaban los dos pastores de Esteras: el Goyo, alias Tomatoma, que llevaba sus propias ovejas y el Mariano, el Colorao, que llevaba las del amo.
- Goyo, ayer subí donde me dijiste que viste la liebre y lo que me topé fue con una víbora de dos palmos que a poco me jode la perra.
- Toma, toma… como no se ha echao aún el frío en condiciones.
El Colorao era ya viejo, no le faltaba mucho para jubilarse y tenía la piel permanentemente roja, casi escamosa, por el sol. Tenía pocas ganas de bromas y el cuerpo aterecido por los muchos fríos pasados y cansado por tanto andar y desandar laderas. Había veces que Valentín, a una señal, le preparaba un bocadillo porque el amo, aquella noche, se había quedado algo corto con la cena. A veces, el Valentín le sacaba historias de antes y, sólo entonces, el Colorao se animaba y hablaba un poco, con dos tenues chispillas en los ojos…

Un coche del servicio de mantenimiento de la línea del AVE me sacó de mi distraída concentración. Me levanté del mojón y girándome le seguí con la vista. Tiró en dirección a Benamira pero, a media vega, se metió a la izquierda por una pista nueva de tierra que debía subir a donde las vías del AVE.
Decidí pasear un poco y, yo también, seguí la carretera a Benamira.
Todavía estaba en pie el colmenar del tío Cabra. Sí, allí a la izquierda de la vega, en mitad de la ladera. ¡Cómo le gustó aquella ladera al Colás la primera vez que le traje!
Me acuerdo que dijo:
- ¡Sarvi, déjame que te desvirgue la escopeta, que esto esta lleno de muestra de conejo! ¡A ver qué coño te has comprao!
Iba yo tan contento con mi escopeta nueva, recién comprada aunque para pagar en plazos, y dispuesto a estrenarla ese día con mucha más voluntad de tirar que maestría. Y, el Colás, como siempre, me convenció de que esa era la costumbre, que la escopeta te la tenía que estrenar un compañero veterano, o sea, él. Claro, como yo iba con mi escopeta nueva, una LIG expulsora, paralela clásica, pues había comprado cartuchos Legia de 34 gramos… qué menos, oye, en fin, un lujo para la época. El Colás me pasó su vieja escopeta y me dijo que esa se lo cargaba todo por costumbre. Pero, para mi desgracia, no cambiamos también de cartuchos y el Colás, con sus cartuchos del Galgo Verde, llevaba a medio día cinco conejos, dos liebres y dos perdices y yo, por mi parte, un buen cabreo, pues los Legia, una vez disparados por el trabuco del Colás, ni me permitían abrir la escopeta o, cuando después de mucho esfuerzo la abría, no salían nada fácilmente las vainas de los cañones. Al llegar al coche al fin de la jornada, aparte del cabreo, yo no llevaba nada. En ese momento acerté a una paloma de casualidad y el Colás con mucho cachondeo dijo:
- ¡Mu güeno, Genri! ¡No tienes tú que sembrar todavía los restrojos de perdigones!

Miré al otro lado, a la ladera grande que estaba por encima de la general, puerto de Esteras arriba. Recordé que fue allí donde, un desvede, maté mi primer par de perdices. Y eso que la primera se me fue por llevar el seguro, que hay que joderse hasta que espabilé.

No estaba muy lejos de Benamira, así que ya subí hasta el pueblo. Busqué el callejón donde vivía el tío Cabra y claro que lo encontré, pero la casa estaba hundida y los cardos en la entrada me llegaban al pecho. Recordé el día que me perdí por la nevada en lo de Sayona y Villaseca y cómo, siguiendo desde muy lejos el débil rumor de la carretera, anochecido ya y casi extenuado, llegué a ver unas luces que, totalmente despistado por el temporal de blancura, no sabía de qué pueblo eran. Era Benamira, el tío Cabra me metió en su casa y me templó el cuerpo con unos chorizos y unos vinos junto a la chasca que en el hogar de su cocina ardía…

Dejé la caza hace muchos años. Ya lo dijo el Colás:
- Tan así como siempre. Ahora que ya les cascas de cojones vas y lo dejas. ¡Papo, Sarvi, con lo que te ha costao y lo bien que ya te las trompicas!
Le agradecí aquella vez que, en lugar de decir tan gilipollas como siempre, dijera tan así, pero le entendí igual. Sin embargo, para entonces, el Colás ya era viejo y lo que más le gustaba era buscar la liebre y yo, que no era viejo, me desengañé y comprendí que la caza menor camino llevaba de desaparecer, si no ha desaparecido ya en muchos lugares. Creo que hice bien dejándolo, ni me ha pesado, ni he querido volver. Llegó un momento que tan poca había que más que cazar me parecía estar acabando con los últimos preciados ejemplares de fauna salvaje en España. Eso no me parecía ya cazar y, de lo de la caza puesta, ya no hablemos, mejor dejarlo ahí…

Pero no era eso lo que me ocupaba ahora, sino los recuerdos de aquellos parajes en que me encontraba.
Pocos años después me encontré al Goyo, el Tomatoma, casualmente en Sigüenza. Acababa de vender, ese mismo día, su rebaño de ovejas y se iba a Barcelona. Nos dimos la mano, ambos con tristeza, y nos despedimos sin entretener mucho los adioses porque los dos sabíamos que no volveríamos a juntarnos nunca.
Al Mariano, el Colorao, llegué a verle, jubilado ya, con una hermana que tenía en Guadalajara pero, el hombre, muy cascado ya, murió pronto.
María Luisa falleció, de repente, para los carnavales de 1993 en su pueblo natal, Yunquera de Henares. Claro que ya pasaba de los setenta y pocos.
A Valentín le invité a comer en Almazán en el 2000, luego fui a verle a Saelices de la Sal, su pueblo, en otra ocasión. Durante estos últimos años le llamé por teléfono algún día pero, en estas pasadas navidades, todos los teléfonos que de él tenía habían sido anulados.

Regresé despacio hacia el cruce, hacia la vieja Casa Valentín-Bar Jalón, ya sin nombre. Con la fachada blanqueada, privada de sus rasgos, como si hasta la misma casa hubiera quedado amnésica y anónima. Experimentaba, según me iba acercando, una sensación muy diferente de las que otras veces había sentido desandando aquel mismo terreno. Cuando, por ejemplo, por los tupidos rastrojos bajaba con la Olga cazando codornices; o cuando oía al tuno del Colás: ¡Sarvi, qué la veo, qué la veo!, por la ladera o en algún ribazo; o cuando veía venir como una exhalación a la Culebra, la galga, que parecía que me iba a llevar por delante y sólo en el último segundo no me atropellaba. Juraría que la Culebra se reía de los sustos que me daba.
Me paré otra vez a mirar la casa cerrada.
Y me dije cómo, con el paso del tiempo, se me iba haciendo cada vez más fácil encontrar tantísima tristeza en los mismos lugares donde solía encontrar tanta felicidad.
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28 junio 2009

Babirusa


Al leer, el artículo de Isidro Martínez “El viejo y el impostor” he encontrado palabras que me han gustado por lo bien empleadas que están. Algunas las he buscado en el diccionario para cerciorarme de su sentido y, como las palabras son como las cerezas que al tomar una salen otras prendidas, me he entretenido un rato.
Quizás, cuando Isidro lea esto, se reirá de mí atrevimiento pues todo esto para él es cosa más que vista, sabida y estudiada, pero para otras personas, tan poco puestas como yo, puede que sea interesante y curioso conocer estas palabras.
Algunas de las palabras encontradas las conocía, pero otras no y, así me he enterado de que al rayón, que es la cría de jabalí con el pelaje rayado, se le llama cochastro mientras es jabalí de leche. También se le llama berrenchín al vaho que arroja el jabalí cuando está furioso. Que al colmillo del jabalí, además de llamársele navaja, se le llama también verroja y que, por tanto, el verrojazo es el golpe que pega el jabalí con los colmillos. Que cuando el jabalí ronca al percibir la proximidad de gente, se dice que rebudia y a ese ronquido se le llama rebudio. Sin embargo, cuando el jabalí gruñe, al verse perseguido, entonces arrúa, del verbo arruar. Que barrearse es la costumbre que tienen los jabalíes de revolcarse en los sitios con barro, en las bañas. Que se llama cota a la piel callosa que recubre la espalda del jabalí y se conoce por escudo a su espaldilla, o sea, lo que sería nuestro omoplato. Que el remolón es el colmillo de la mandíbula superior del jabalí y sus cerdas se llaman también sedas y setas. Que los aguzaderos son los sitios donde los jabalíes acuden a hozar y a aguzar los colmillos.
También parece que a los machos jóvenes se les llama bermejos, tal vez por la tendencia que estos animales tienen de jóvenes a ser jaros, o sea, rojizos, y que a los machos viejos se les llama macarenos, aunque de este nombre no he encontrado razón como no sea la de chulo o bravucón por el aspecto imponente de estos animales. Y que suelen estos viejos macarenos ir acompañados de un jabalí joven al que se le conoce por el nombre de escudero. Al parecer los escuderos hacen de aprendices pero, por su impericia, entran en zonas o sitios peligrosos antes que el macareno al que acompañan, pagando con su vida la imprudencia y librando al viejo macho frecuentemente del peligro. No sé si será así pues yo, de todo esto, hablo por oídas y por lo poco que he leído. Sin embargo, es todo muy curioso.
Las palabras de este párrafo anterior son, en su mayoría, palabras del argot cinegético, pues también se llama a los jabalíes viejos: navajero, verraco, solitario, catedrático, etc.
Es curioso los nombres que al jabalí se le dan en algunos países como, por ejemplo, babirusa al jabalí asiático y cariblanco en Costa Rica. ¿Llamaría usted con el delicado nombre de babirusa a un animal tan contundente?
Como diría el Colás:
- Papo, Sarvi, no me jodas... babirusa. ¡Huy babirusa!
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26 junio 2009

¡Tumeeeee...! ¡Tumeeeee...!


Pocas veces le regalan a uno cosas entrañables.
Mi paisano Isidro me ha regalado un relato. Más que el relato, que siempre será suyo, porque sólo a él pertenece lo vivido, me ha regalado la primicia de leerlo. Una deferencia por su parte y un placer para mí. Así que, primeramente, decirle que se lo agradezco mucho.
Isidro es una de las pocas personas que conozco a las que puedo llamar cazador sin mentir. Toda la orografía provincial y aún otras más alejadas están detalladas en su cabeza con más precisión que en el Google solo que grabadas, no por satélite, sino por medio del sudor y del cansancio de los músculos y de las articulaciones y del ojo, que en todo se fija y lo deja nítidamente en el cerebro. Por eso, he leído su artículo con el gusto que se tiene por las cosas que fueron pero que uno está seguro que, en puridad, desaparecerán tal y como las conocimos. Sé que lo que he leído es ya un testimonio.
Para quienes pasen de la caza o abominen de ella, decirles que no es éste un comentario sobre escopeteros, ni sobre hazañas de francotiradores abatiendo animales, ni sobre monterías de postín en las manchas más pobladas de los cotos de la jet, ni sobre ojeos de perdices al estilo de los Santos Inocentes… no es nada de eso, aunque podría serlo. Será, si lo consigo, un mero comentario sobre la veracidad de las cosas y otras virtudes poco practicadas y, sobre todo, sobre la honradez.
El relato de Isidro está lleno de palabras extrañas para los profanos. Palabras que los recién llegados al mundo de las monterías, utilizan ostentosamente para darse pisto de entendidos, pero que sólo los expertos esforzados conocen con la intensidad precisa que guarda cada una. Las ladras, las trochas, las cuerdas, los sopiés, las traviesas, las sucias, los ansias, los rastros, los navajazos, los agarres, los cortaderos, los cercones, los punteros, los tarascazos o las tarascadas, el deshacer el rastro… son palabras utilizadas por él en su relato de modo que vienen siempre al pelo. Pero también, cuanto cuenta, está poblado de sentimientos y en sus letras, cuando habla de los perros, se encuentra uno con los afectos simples, la amistad, la fidelidad, el mutuo reconocimiento, los cuidados, el respeto, la solidaridad, las curas, el compañerismo entre hombre y animal y, por encima de todo, algo que las personas estamos olvidando: la negación, obstinadamente tenaz, al abandono.
Decididamente, llega este hombre a personalizar a sus animales y a sentir la caza tal como ellos la sienten, y se atreve a decir que los hombres hemos de hacernos merecedores de ellos, de los perros, y, después de leer su artículo y su libro Cazadores de Blanco, creo que tiene razón. Da la sensación de que hasta consigue, y lo tiene a mucha honra, ser uno más de entre ellos. Porque, salvando excepciones, entre humanos y perros, se queda, sin ningún titubeo, con los últimos. Creo que únicamente le ha faltado decir, y puede que lo piense, que sólo los cazadores que se hagan como perros, gozarán del reino de los cotos celestiales. Suponiendo que en los cielos haya cotos, lo cual está por ver. Que libres, al menos esos pagos, los piensa Isidro, si es que en alguna parte existe la justicia y se encuentra la razón esa que nos define a todos como iguales.
Todos estos sentimientos se enfrentan dentro de él cuando compara el mundo de los perros y perreros, que para él es el mismo, con el de los monteros y, como si tuviera un gato metido en el estómago, le irritan tan profundamente algunos, que toman ese nombre, que le descomponen hasta dejarle mudo de la ira acumulada.
Habla Isidro, de algunos pocos monteros, maravillas, pero, en general, no tiene buen concepto de esa peña. Y es que en su larga experiencia ha tenido ocasión de ver de todo, en particular muchas variedades de ignorancia mezclada con desprecio.
Cuando confronta lo que siente, con lo que algunos monteros le provocan, sufre y calla. Porque él sabe muy bien que ningún perro devuelve desdén, indiferencia, crueldad, traición, desinterés, desprecio cuando alguien se le entrega como amigo. Todo lo contrario. Pero Isidro, a lo largo de sus vivencias cinegéticas, ha visto como algunos colegas de su especie son capaces de creer que el dinero puede suplir su desconocimiento, que puede pagar su estupidez, cubrir su insensatez, disimular su cobardía o enterrar bajo una capa de dignidad sus miserias como si fueran un perro más al que se entierra en el anonimato que, como poco, nunca mereció.
Lo cuenta Isidro:

¡Tumeee...! ¡Tumeee...! Gritaba el perrero, ronco ya. La montería había terminado muchas horas antes. Era noche cerrada, cuajada de estrellas, y helaba en la sierra. Seguía caminando el perrero, sembrando de pistas de olor el monte y, con sus voces, el aire de señales conocidas que, botando y rebotando en las peñas, eran llevadas lejos por el eco. Un perro no había sabido deshacer su rastro y volver al lugar de la suelta, pero un perrero de ley no abandonará a su perro perdido o herido. De tales abandonos sólo son capaces los que hacen que esta vida sea tan perra.
Un abrazo, paisano, aunque a ser amigos, estamos llegando casi sin conocernos.
Una caricia para el Ligero y otra para el Poll la próxima vez que los recuerdes o te los topes en tus sueños por alguna barranca de la sierra. Sí, no se te olvide.
Gracias.

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24 junio 2009

Leyenda de la Matahombres


Era la primera vez que Lázaro escuchaba hablar a un empleado del hotel de aquel modo tan reservado, como si en secreto lo hiciera. Fue en una de las tertulias que tras el ocaso y hasta bien entrada la noche solían celebrarse espontáneamente en el patio trasero del hotel. Los cansados camareros, caras ajadas de ojeras y cuerpos duros de piernas por el incesante ir y venir cotidiano, los sudorosos cocineros, anatomías atufadas por los calores de los hornos y los fuegos y apestando a esa mezcla de olores que los fritos meten en la piel y en la ropa, y hasta el mequetrefe del botones prestaban atención embelesados.
No había mujeres presentes. Se conoce que habían esperado a que éstas se recogieran o, con su actitud arisca y despectiva, las habían prácticamente echado como solían conseguir a poquito que lo intentaran.
El que hablaba era uno de los camareros más viejos, un veterano de la hostelería perito en gente, conocedor de engaños y falsedades y ducho en cualquier ocultación de las frecuentes que en los hoteles solían darse y que, a los viejos como él, nunca pasaban desapercibidas por mucho que se disimularan o se pretendieran inexistentes.
Lázaro, sentado en la penumbra que le procuraba la noche, iluminada por sólo un par de bombillas de poco voltaje, y que más se acentuaba por estar bajo una vieja higuera que le ocultaba de la débil luz, no perdía detalle de lo que el camarero maduro iba diciendo paciente, lentamente, como desgranándolo con pereza de sus recuerdos lejanos y, tal vez, nostálgicos.
… De aquella, de la que yo os hablo y ahora recuerdo, puedo deciros que no era alta pero tampoco menuda. Todo en ella era amablemente curvo. Su mismo cabello ondulaba suave como un remate dulcísimo a una cara ovalada, sin aristas, de contornos como difuminados, de labios perfectos, amplios, regulares, hechos aún más acogedores por un rosa intenso de pintura de labios… y todo en ella era suavemente dulce, casi empalagoso, sobreentendido de belleza, con cadencia sorda en los andares, como una armonía musical perfecta…
Nunca hubiese supuesto Lázaro que aquel camarero maduro supiese hablar así. Esto hizo que atendiese aún más a su interesante descripción.
…Hasta sus tenues imperfecciones eran atrayentes. Un defecto casi imperceptible en las palas, que ella disimulaba siempre al sonreír, le daba un aire real a aquel rostro tan inasequible, de esfinge, y solamente la finísima disparidad, imperceptible para cualquiera, en el mirar de sus ojos negros, la convertía en única. Pero, sin embargo, era en ellos donde tenía el veneno, en la mirada que salía por esas ascuas oscuras se escapaba toda la intensidad sensual que no sabía reprimir ni modo había de hacerlo, que se revolvía por brotar por algún lado desde el interior sofocante de aquella mujer de sensualidad tan animal. Mirarle los ojos desde cerca era aún más excitante, si cabe, que hubiera sido acariciar su vulva o sus hermosos pechos.
- ¿Qué es la vulva? –dijo un pinche de cocina.
- El coño, gilipollas –dijo a coro el grupo de devotos oyentes, molestos por la interrupción del muchacho.
…Porque, como os decía, era de tal potencia la sexualidad que su mirada trasmitía que aseguraban, quienes llegaron a gozarla, que a través de ella le brotaba el penetrante olor a sexo, que sólo las mujeres ardientes, orgullosas, inteligentes y dominadoras exhalan por ahí, y podía también leerse en sus pupilas el brutal deseo de atraer y entregarse, al mismo tiempo, al ser elegido en cada momento, más allá de cualquier limitación o, mejor aún, dispuesta a probar todo, lo nuevo y lo viejo y lo distinto y lo inesperado, en su ansia irreflexiva de gozar y ser gozada. Era de un erotismo tan salvaje, tan ilimitado, que, quien cayera en él, podría no volver a salir jamás, absorbido por un remolino tan potente que le impelería a morir dando placer a aquella suma sacerdotisa de la pasión que ardiendo, como la zarza de la biblia, no se quemaba pero devoraba la razón y el pensamiento de todos sus amantes que, en ella, se consumían como teas de resina…
Lázaro estaba admirado por la extraña locuacidad iluminada del veterano camarero.
…Decían que ya había matado a varios pero, quienes sentían en su pupila la mirada de su deseo, no eran capaces de evaluar el riesgo y, ciegos, corrían a ella sin ser dueños de sí. Contagiados, perdidos, sin posibilidad siquiera de imaginarse lo que ya eran, peleles muertos de antemano, leños anónimos en aquella pira inextinguible...
Entonces le interrumpieron. Pero las cosas que se oyeron ya no tuvieron nada que ver con el fino relato del viejo.
- Mira, un hermano mío, también se enchochó con una tía. Era una golfa de campeonato pero, ¿qué tendría la cabrona?, que aún a sabiendas de que se iba con quien le daba la gana, no podía ni quería de ningún modo dejarla el majagranzas de mi hermano. Y, para que lo viera, un día me fui con ella en sus narices, pero ni por esas. Se negaba a dejar de frecuentarla y quería, además, casarse con ella, el muy lila. Para él no existía el desengaño. No.
- Pues yo recuerdo que en mi pueblo…
Pero ya el viejo no prosiguió el relato, ni los otros, empeñados en contar sus anécdotas adocenadas, se lo pidieron. Apuró su cerveza escuchando los comentarios chabacanos que, a costa de su descripción inacabada, se habían levantado atropelladamente y, al rato, se marchó sin decir nada y, por el gesto, casi arrepentido de haber rescatado aquellas memorias del lecho viejo del recuerdo acolchado por los años.
Lázaro se quedó perplejo y casi al momento trasladó las frases sabiamente hilvanadas del experimentado viejo a la visión de la mujer del señor Maurici, de aquella inefable Lola que le parecía el colmo de lo visto. Lo más exacerbado de la atracción animal en cualquier mujer conocida. Ni la imagen de Lola ni la narración del camarero dejaron su mente en toda la noche. La pasó en blanco. Su juventud le hacía una victima propiciatoria a ser inmolada sin solución ni voluntad en semejante altar. Inerme.
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17 junio 2009

Diempures


La cabecera del río Sorbe comienza a formarse seriamente a la sombra, si sombra diera, del viejo, destartalado, olvidado y semiderruido castillo de Diempures, entre los términos de Cantalojas y Galve y perteneciendo su altozano al primero, que todo hay que decirlo.
Apenas queda nada. Esto es hoy un desierto, del cual, ni siquiera muchos conocen el nombre. Y lo más que puedes encontrarte es alguna vaca despistada y recelosa que tampoco esperaba compañía.
Primitivamente fue un castro cuyo precipicio, sobre el arroyo de la Virgen, hacía de muralla natural. Se salvaba este arroyo por un vetusto puente, también de pizarra, poco antes de que éste confluyera con el río, casi en la misma conjunción. Ahí se iniciaba el camino que, paralelo al Sorbe, la fortaleza custodiaba y que nos llevaba aguas abajo camino de la desparecida fortaleza de Peñahora donde el Sorbe se junta con el Henares y acaba su viaje. Porque el Sorbe es un río modesto, pero de aguas limpias, que, en cuanto deja las montañas no quiere saber de más trámites y, desapareciendo, le cede su caudal al Henares. De una fortaleza a otra viajaba. Hoy de las pocas ruinas de Diempures a las inexistentes de Peñahora, de la que la que sólo queda el nombre para los pocos que lo recuerdan. Es en lo que ha parado tanta fortaleza.
- ¿Un castillo dice, una fortaleza?, ¿dónde se ha visto?, hecho de pizarra. ¡Vaya ejemplo de arquitectura militar?
- Pues no se ponga usted a pedir mojigangas ni gollerías, que las murallas de Lugo, que son mucho más antiguas, más importantes, más voluminosas y más estratégicas son también de pizarra, tienen más de 2 kilómetros y ahí las tiene usted en su sitio desde hace más de 1700 años.
- Sí, pero las murallas de Lugo se conservan y de este castillo de Diempures sólo queda su puerta principal y un par de trozos de paredes anejos a ella y eso si no se desmoronan cualquier día o no se han desmoronado ya.
- Pero es que el Sorbe y el arroyo la Virgen, que en la falda de su cerro concurren, no concitaban, ni concitaron nunca, las mismas ambiciones que la plaza de Lugo. Así que bastante es lo que queda y, aún diría que es milagro que algo se conserve. Y no venga usted poniendo tantas pegas, que de otros lugares no quedó piedra sobre piedra. Portento parece que aquí, siendo todo esto más frágil, más humilde y montaraz, queden todavía estas pocas pizarras para darnos una idea de lo que aquello fue.

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16 junio 2009

Otra guerra del fin del mundo


No se me da nada bien escribir sobre las cosas que me indignan. Pierdo el sentido literario que siempre camina del brazo con el lenguaje indirecto y me desbarato, me indigno y me descompongo.
Los que hemos vivido unos cuantos años intuimos, y la intuición es un saber primario que raramente se equivoca, que la humanidad volverá a perder esta guerra apenas iniciada. Claro que eso equivale a decir que una mínima parte de ella, o sea los de siempre, la ganará. Serán las empresas del petróleo, de la madera, de la minería, serán las grandes empresas transnacionales de sectores diversos quienes la ganen. Cierto que también quienes las forman son parte, aunque insignificante, de la humanidad, pero son la parte rapaz y, como sostienen las normas del equilibrio ecológico, las rapaces son el vértice de la cadena trófica y no su base. Esa gentuza debería de dejar ya de ganar guerras.
A esa base, a la gente normal, a los que van a perder, a los de siempre, es a quien llamo humanidad y no a los cuatro desaprensivos codiciosos que, tradicionalmente, han esquilmado la tierra, robado sus derechos a sus pobladores y dejado tras de sí una estela horrible de planeta quemado que, a todos, más o menos directamente, nos perjudicará. Y digo cuatro porque proporcionalmente siempre han sido cuatro los que se han postulado y erigido en usufructuarios exclusivos de un mundo que a todos nos pertenece. Parece que, a estas alturas, estos tipos de guerras debieran dejar de ganarlas los de siempre, por eso de que, normalmente, estamos convencidos los humanos de que habitamos en el mundo más justo de cuantos han existido. Al mismo tiempo, las consecuencias de perder estas guerras son ya muy conocidas, han sido divulgadas y pormenorizadas y todos, al menos en teoría, abominan de ellas por injustas, pero además por inconvenientes y perjudiciales para todos.
Me estoy refiriendo a esa penúltima guerra desigual, vergonzosa y medio silenciada y casi camuflada del Perú. A esa penúltima guerra, en el fin del mundo, en la que el aparato oficial de Alan García, orondo presidente peruano cargado de infinitas razones legales y derechos avalados por la democracia, se enfrenta con unos trescientos mil indígenas y les acusa de no tener derecho de reyes para que sobre sus tierras de la Amazonia peruana no se ejecuten las directrices que las instituciones del país apruebe. Ya la forma de dirigirse a los indígenas da mucho que pensar. Y también pretende cargarse de razones por lo que intenta hacer, por lo que se propone.
Esos indígenas son el uno por ciento de la población del país y, por si su inferioridad numérica no fuera suficiente, se encuentran divididos en más de 60 etnias. Ellos han habitado esa Amazonia, sobre la que ahora legislan otros, desde tiempo inmemorial. Se trata de su casa. Se agarran a los derechos de las minorías, de los débiles, de la defensa de la tierra, de la naturaleza, de las culturas minoritarias. Pero Alán García aprueba decretos de expropiación de la parte peruana de la Amazonia y considera las tales expropiaciones como necesarias para el desarrollo nacional del Perú, como si hubiera descubierto con las tales medidas la cuadratura del círculo de la miseria venidera. Desarrollo nacional, qué gran expresión, como si el bien común se hubiera inventado para exterminar minorías. Una vez más son los débiles los que van a desaparecer bajo la maquinaria de la industria y nunca importará si llevaban razón, pues Dios no apoya a los buenos cuando son menos que los malos y son también más pobres y no comulgan con la cultura dominante y son además, lo último que ya se puede ser en nuestros días: indígenas, que, para algunos, es casi equiparable a la condición animal. Y no lo digo porque yo lo piense sino por cómo veo que les tratan y se dirigen a ellos.
Y estos indígenas se resisten bravamente a vender la selva, que es su madre y, si lo miramos bien, también la nuestra, a las todopoderosas multinacionales. Se resisten a ver las tierras de sus antepasados convertidas en concesiones, se oponen, en suma, a la privatización de la selva que siempre fue de todos. ¿Quién nos lo iba a decir? Privatizar la selva, como si no tuviéramos ya el planeta entero privatizado y no hubiésemos catado ya las amargas consecuencias de ello.
Y los indígenas dicen que ya han matado a más de cien de ellos, pero el gobierno del orondo Alán dice que son ellos los que matan a indefensos policías. No me cuadra lo de los indefensos policías masacrados por indígenas descalzos.
Y los indígenas dicen que “la ministra mandó a la policía meter bala” y “que jamás darán pie atrás” en la lucha por su tierra y su derecho. Que les van a matar pero que ellos prefieren el antes muertos que el ceder su tierra.
Y el gobierno dice que los indígenas, que entre sí todavía tienen el afecto de llamarse hermanos, forman parte, nada menos, de una conspiración internacional. ¿Conspiración internacional? Se me parte el corazón ante tanto cinismo.
Entre los pies descalzos y la lanza por un lado y la razón de estado, el egoísmo y el dominio de todos los poderes, por el otro, el desenlace final no es difícil de pronosticar.
Pienso en todas las personas sencillas que he conocido y reflexiono sobre cómo, poco a poco, el poder en todas sus facetas les ha ido echando de sus lugares y les ha convertido en siervos, denominados bajo distintos eufemismos, a su conveniencia. Algunos dicen que estas cosas son las servidumbres de nuestro siglo pero yo creo que esto es lo de siempre. Tanta codicia, tanta voracidad, tanta rapiña, les estamos consintiendo a unos pocos salvajes que no indígenas, que terminaremos siendo todos por sus consecuencias engullidos. Puede que la cosa empiece a verse en serio cuando el planeta, esquilmando, no tenga ni pueda ya producir recursos suficientes para todos. Entonces nos pasará la factura de todas las guerras que ganó el llamado progreso y que perdió la humanidad. Pagaremos el precio de todas las guerras silenciadas, libradas y perdidas en el fin del mundo. Siempre sabremos dónde estuvo la razón aunque muchos se empeñaron en que la legalidad vigente dijera otra cosa. Ésta no será una excepción porque las guerras del fin del mundo siempre las perdieron los que fueron sus héroes, aunque a éstos los arcángeles les subieran al cielo y todos, además, lo viéramos venir.
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15 junio 2009

El tratamiento


El tío Ureta el viejo, herrador y alcalde de Aldeanueva, no terminaba de confiar en el médico nuevo. No era que hubiera hecho, hasta el momento, nada mal ni nada malo, pero había ciertos comportamientos del galeno que, sin ser ilegales ni moralmente censurables, no le parecían de recibo ni siquiera normales. Por ejemplo, eso de verle sentado en el porche de su casa, junto a su mujer, y que en cuanto ésta, que solía estar moviendo una pierna en cuyo pie calzaba una chancla, lanzara la chancla de una patada a ocho o diez metros, él saliera corriendo, se la trajera y se la calzara en el pie desnudo y, así sin dejarlo y sin hablar, se pasaran media tarde. Pues no harían mal a nadie, pero al tío Ureta el viejo no le gustaba pero ni lo más mínimo.
Un día vinieron a avisar del cercano pueblo de Pardiepal, que no tenía médico pero que entraba en la jurisdicción médico-veterinaria de Aldeanueva, de que a la Libradita le había dado el ataque. Enseguida avisaron al médico y el tío Ureta el viejo, mosqueado como estaba con el doctor, decidió acompañarle por conocer a la Libradita y a su familia y por fingir una deferencia hacia el doctor que, en realidad, era curiosidad, intriga y también desconfianza por el tratamiento que a la Libradita pudiera administrale.
Tras hora y media de camino llegaron a Pardiepal y a los dos minutos a la casa de la Libradita. Ya desde la calle se oían los gritos de ésta y, en cuanto entraron a la alcoba donde estaba, observaron sus horrorosas convulsiones, tiriteras, temblores, castañeteo de dientes, espasmos y cómo sus ojos parecían girar dentro de sus cuencas como canicas locas… Y todo esto, se incrementó y se aceleró aún más en griterío y aspavientos con la entrada del doctor y del tío Ureta el viejo.
El médico observó a la Libradita como medio minuto, sin moverse y sin decir palabra. Luego dijo:
- Traigan un balde grande de agua y las dos toallas más esponjosas que tengan.
Al poco tenía ante sí lo pedido. El médico empapó ambas toallas en el agua y mientras lo hacía dijo que desnudasen por completo a la Libradita. Esto mosqueó un poco al tío Ureta el viejo, porque la Libradita andaba por los dieciocho, pero hizo seña de que lo hicieran, que un médico siempre es un médico y además estaban presentes la familia y él que, al fin y al cabo, era una autoridad.
La Libradita ni siquiera en cueros disminuyó la intensidad de sus gritos ni lo retorcido de sus convulsiones. El médico enroscó las toallas como si fuera a escurrirlas pero, cuando parecía que había terminado, comenzó a darle a la Libradita con ellas tales zurriagazos que sus gritos y espasmos cesaron de repente y cómo viera que aunque ella había cejado en su actitud el doctor no paraba de darle, se metió debajo de la cama buscando protección. El galeno la sacó a rastras, agarrándola de un tobillo, y continuó con el tratamiento sin compasión, aplicándoselo sobre el santo suelo hasta que se cansó. Los presentes estaban asombrados pero, al ver la eficacia de la terapia, no abrieron la boca.
El médico, en cuanto terminó, se ajustó las ropas y salió sin más palabras de la casa, excepto las indispensables para despedirse de la familia. El tío Ureta el viejo y él regresaron pausadamente a Villanueva disfrutando de la brisa que traía la tarde y sin forzar el tranco tranquilo de las mulas. A la Libradita no sólo se le pasó el ataque, sino que en los ocho años que aquel médico tan raro estuvo en Villanueva no le volvió a repetir.
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14 junio 2009

Amor maternal


Sí, tenía que reconocer que era una madre apasionada. Y no lo era sólo por el modo en que había criado a su hijo, sino por cómo se había involucrado en todo lo suyo, en sus estudios, en su formación, en su adolescencia, incluso en su vida, hasta un extremo en que quizás no debiera haberlo hecho. Pero es que deseaba a toda costa preservarle del dolor, de la decepción, del hecho de que un muchacho como él pudiera, con tantas buenas cualidades como le adornaban, verse condenado al fracaso o a la triste mediocridad por cuestiones aleatorias, secundarias, ajenas, pero cuya importancia a él, todavía muy joven, se le escapaba.
A su hijo, lo único que le faltaba era experiencia y desconocía que algunas equivocaciones, aparentemente sin importancia, podían cambiarle la vida y hacer que no llegase a ser el tipo brillante y triunfador para el que su madre le sabía plenamente dotado. Que su hijo no estaba destinado a ser ningún majagranzas.
Y esa niña caprichosa, esa mema carente de fundamento de la que el pobre se había enamorado como un tonto, como un pasmarote, como un meliloto, era la mayor, si no la única, de sus equivocaciones juveniles. Si por ella fuera, la ahogaría con sus propias manos, la asfixiaría con una almohada o la degollaría como a un pollo, en cualquier caso, la sacaría a bofetadas de la vida de su hijo… Pero esa putilla lo único que hizo de mérito fue llegar a tiempo y coincidir con las primeras calenturas sentimentales y físicas de su hijo, tres años atrás. Y, él, ¿qué iba a hacer?, pues lo que todos los hombres, enamorarse como un gilipollas, como un hebén, de lo primero que se le presentó, de la primera calentorra dispuesta a abrirse de piernas y decirle, con ojitos de carnero degollado, que él era el amor de su vida. ¡Qué poco seso tienen los hombres! Y, encima, el poco que tienen cómo lo pierden con el sexo. En cuanto cambian la segunda ese por la equis, están perdidos.
Ella había confiado en que, con el paso de un tiempo razonable, él solito llegase a la conclusión de que aquella muchacha no era para él, de que no estaba a su altura y que poco a poco aquella relación tan desigual, ¡dónde iba aquella ignorante, sin ninguna clase, con su hijo!, se hubiera disuelto como la mini atmósfera fétida de un pedo follón ante el ímpetu de los frescos, sanos y limpios vientos de la sierra. Que todo hubiera sido, como la adolescencia de su hijo, algo brusco y sorpresivo pero pasajero.
Pero, sin embargo, qué bien había sabido ella engatusarle, cómo le había robado aquella personalidad genuina que su hijo tenía antes de conocer a aquella lagarta en celo, a aquella cerda verrionda, cómo le había enseñado a tener ojos sólo para ella, cómo no le dejaba solo ni para mear, qué sentido del acaparamiento el de aquella descarada, qué dominante, y cómo, de su hijo, estaba sabiendo hacer un payaso inane a su servicio. Lo dominaba como a una marioneta de trapo ¿Dónde tendrán los ojos los hombres?, que cuando quieren percatarse de las cosas, los muy tontos, es ya demasiado tarde. Si a ella le valiera…
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13 junio 2009

Sin religión


Iba yo caminando por la calle con idea. O sea, con botas de senderismo, gafas de sol, gorra y un par de manos de protector solar Extrem, que no lo digo yo, que lo pone en el frasco, cuando vienen de frente dos mujeres bien guapas. Me digo, oye, qué bien esto de poder ocultar lo descomedido de mi chafardería bajo el anonimato que dan a la mirada los cristales oscuros. Qué gusto poder, por tanto, mirar tranquilamente tras estas gafas de piloto de Phantom sin que tengan motivo para torcer el gesto y hasta les pueda dar por llamarme baboso, pues mi mirada quedaba discretamente oculta.
- Perdone, no le haremos perder mucho tiempo. Es sólo una encuesta –va y me dice una.
- Ah, pues bueno –a punto estuve de añadir: ricuras, pero por una vez cerré a tiempo la bocaza.
- Pertenecemos a los Testigos de Jehová.
- Ah, pues me alegro, pero yo es que no soy de ninguna religión, se lo puedo jurar –dije con un poco de guasa, pensando que esto les motivaría a la polémica e intentarían redimirme de ese gravísimo sin dios.
Pero fue un error porque mis palabras les debieron parecer lo más horrible que habían oído en los últimos tiempos. Y está claro, luego lo pensé: que uno del Madrid puede discutir con otro del Barça, pero como den con otro que no le guste el fútbol pues entonces no hay bola que rascar. Sin decir adiós, ya que les dejé claro que no creía en él, y sin siquiera una mirada de conmiseración para mi hipotética desgracia, dieron una raboteá y se marcharon escopeteadas, casi como cuando a Drácula le rocían con agua bendita.
Cada día me llevo peor con la gente religiosa porque, claro, enseguida le discriminan a uno y le miran por encima del hombro, y es que eso de llamar a dios de tú diariamente les da unos fueros…
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