29 noviembre 2017

Cobijo, cariño, comida.


Cobijo, cariño, comida. Dicen que son las cosas que una persona necesita para vivir.

Carmen disfrutaba lúdicamente cuando iba variando de situación espacial, al suave y lento ritmo de sus extremidades inferiores, mientras los segundos discurrían como si sus pies los fueran marcando. O sea: paseaba.

¿Cuál es mi cobijo? ¿Será, acaso, en sentido amplio, este país mío al que tanto amo?
¿Cuál es mi cariño? ¿Será, acaso, el que recibo de mis conciudadanos (y conciudadanas), zambullidos todos (y todas) en esa solidaridad que a todos (y a todas) nos hermana?
¿Cuál es mi comida? ¿Será, acaso, la que todos (y todas) producimos en las diferentes ocupaciones que nos amalgaman en la cosa del bien común y que a todos (y a todas) proporciona sustento?
Y, si estas cosas son así, ¿por qué no soy feliz? ¿Por qué no me siento libre? ¿Por qué vivo en este desasosiego? ¿Quién o quienes se conjuran contra mí?

Puede que se trate del cobijo. Nuestro país es la casa nuestra aunque, por las noticias que a diario emanan de los juzgados, para algunos (y algunas) parece más la “Cosa Nostra”. ¿Será veleidoso creer en un nuevo país limpio de corrupción?
¡Qué terca es la Historia! Oye, que ni uno, ni de los viejos, ni de los existentes. ¿Será presuntuoso que mis conciudadanos (y mis conciudadanas) y yo intentemos encontrar, o mejor, crear y creer esa utopía? La idea es tentadora y hermosa y merecería la pena dar la vida por ella. Pero, para esto, necesitamos la independencia. Miraos todos (y todas) en los países independientes.
Claro que hay países independientes donde la gente no es libre. No sé yo si la independencia, al final, sirve con seguridad para algo y si, ese algo, será mejor o peor. Ninguna garantía.
La Historia, os juro que no he visto nada más desmoralizador. Me entra un pesimismo y así como un coraje. La Historia es un coñazo. La madre (y quien quiera que colaborase con ella) que parió a la Historia.

Vale. Pero, ¿y el cariño? Ese sentirnos todos (y todas) un único cuerpo, una única mente, una sola voluntad en pos de la idea sublime, casi mística, iluminados (e iluminadas) por una naciente estrella nueva y rutilante que alumbre un futuro glorioso. Os juro que la idea es una pasada, un auténtico alucine polícromo, me ahogo de emoción, por el Niño Jesús os lo digo. Qué hermandad, qué conjunción, qué comunión, qué fe en un futuro nuevo y deslumbrante. No ya las penínsulas ni los continentes, sino el orbe entero abrazará, el día que la entienda, la grandeza de nuestra original idea de una patria nueva.
Y, lo que es más, nuestro discurrir hasta ella con esta deportividad (mismamente fair play) tan nuestra (nuestro), de ese modo tan pacífico, lúdico, festivo y simbólico, con nuestros generosos corazones puestos en la gran bandeja común, ofreciendo nuestro amor a todo el mundo conocido con el que compartiremos nuestra dicha y al que regalaremos la excelsa calidad de nuestra idea inédita.
Pero maldita Historia, parece que hay precedentes, que lees y repasas datos y ves que: a la más mínima, lo lúdico se convierte en fúnebre, lo festivo en trágico, que lo pacífico deviene, en un segundo, en belicoso. Pero, por favor, qué necesidad tenemos de la Historia, es un manual secular de pésimos ejemplos. Toda plagada de hostialidades (sorry, hostilidades). Debería dejar de enseñarse en las escuelas, de estar al alcance de los niños (y de las niñas), nosotros queremos otra cosa, hombre (y mujer). Un poquito de alegría, por favor. Una cosa tan triste debería de estar oculta y censurada, es un freno para el libre albedrío de las personas puras, honestas y bondadosas. Un compendio de ejemplos tenebrosos. Un antídoto contra la felicidad. Vamos, un asquito.

La comida al menos no nos la quitará nadie. Porque la comida sale de la tierra y a la tierra nadie puede moverla de su sitio. Al menos, por ahora.
Industria, servicios… zarandajas. A veces pienso que esto es una conjura contra nosotros todos (y nosotras todas). Una persona con poquito se apaña. Si me tiras de la lengua, lo que nos sobra son tantos bienes de consumo, tanto afán por viajar, tanto con la modernidad, tanto con el progreso, tanto con la cultura, tanto con la economía… y todo con vocación universal y globalizadora, olvidando a las minorías a las que tanto respeto se les debe. Devoción, verdadera devoción es lo que deberíamos sentir por las minorías.
Vamos que, con todos estos precedentes, es un milagro que España sea un país independiente, ¿cómo?, casi un atraso. Ya está dicho. Y, encima, que por ahí no nos comprendan y nos miren por encima del hombro.

¿Qué queremos? ¿Ser algún día como España? Bonito panorama. Para ese viaje no necesitábamos alforjas. No te digo.

20 noviembre 2017

Intríngulis de la liebre


Pues sí, lo que sé sobre las liebres me lo enseñó el Colás. Ya sabes, fue pastor desde niño y, con el tiempo, se hizo cazador. Cazaba de ordinario en lo libre pero, con más frecuencia, en los cotos, siempre de furtivo. Por eso era un cazador solitario. El veneno del furtivismo, una verdadera vocación, le acompañó siempre. Y lo practicó de todas las maneras, ejerciéndolo ya fuera en terrenos prohibidos, ya en épocas de veda, ya coincidiendo ambas circunstancias. O sea, sin respeto a espacios ni tiempos, pero con absoluta devoción a su libre albedrío. Era un furtivo muy completo, un precursor de la libertad y del derecho a decidir, una auténtica escopeta negra. Vamos, una alhaja.
Un día, el sargento de la Guardia Civil de su pueblo, le pilló con la escopeta en mayo.
-¡Tú tenías que ser, Colás, qué haces con la escopeta en este tiempo!
-¡Mi sargento, la llevo pa mi defensa!

No sé por qué lo hizo, porque ya te he dicho que era un solitario. Pero, andaría yo por los dieciocho años y él por los cuarenta y alguno, cuando aceptó que le acompañara a cazar. Iba a decir que me dejó cazar con él, pero eso sería mucho presumir, pues yo, por entonces, no tenía ni idea, ni sabía de los animales ni de sus querencias y, además, cuando me vio tirar, el Colás dijo:
-Papo, galán, no tienes tú que sembrar los restrojos de perdigones. No le pegas a una sotana en un montón de cal.

Hoy, si no te importa, vamos a caminar por los lugares donde sé que les gusta a las liebres ampararse estos días que sopla el norte, este zarzagán que tanto molesta, que quema las mejillas, hiela las manos y hace rielar el agua de los charcos y llorar los ojos.
La gente dice que la liebre puede estar en cualquier sitio y eso es verdad, mas no en días como hoy.
Pero hay que distinguir dos casos.
El primero es que, incluso en estos días fríos y ventosos, si una liebre ha huido de su encame levantada por un cazador, por un perro o una zorra, puede estar refugiada ocasionalmente en cualquier sitio. Así que, en ese caso, no valen reglas.
El segundo, consiste en buscar la liebre en su querencia con este viento frío. Buscar con intención de encontrar. Y para eso hay que ir con conocimiento.
-Sarvi, ¿a que no sabes por qué los cazadores buscan las liebres?
-Porque quieren cazarlas, ¿no?
-No, porque no saben dónde están, gelipollas –se cachondeaba de él, como siempre, el Colás.

La liebre, como sabes, no tiene madrigueras ni se mete en agujeros. También come durante la noche, a partir de la caída de la tarde. El día lo pasa encamada sesteando. Y, como la buscamos durante el día, hay que mirar las solanas a resguardo del viento.
-¿Y todo eso te lo explicó el Colás?
-No. El Colás sólo me dijo que me acordara siempre de que la liebre es mu friolenta.
-¿Y por qué la liebre no busca refugio en agujeros como los conejos?
-Es por la sangre. La liebre tiene un sistema circulatorio muy potente, tiene mucha sangre en comparación con otros animales de su tamaño (por eso tiene la carne tan oscura) y un corazón grande capaz de bombear esa sangre cargada de oxígeno a gran presión. Por eso es capaz de regular su temperatura durmiendo al raso y por eso, junto con la ligereza de sus huesos, es capaz de correr a  una velocidad que ronda los 70 Km/h. Digamos que, lanzada, puede rozar los 20 metros por segundo. Un verdadero torpedo a ras de tierra.
-¿Eso también te lo explicó el Colás?
-No. El Colás sólo me dijo que la liebre era un animalito mu sanguino.

Ahora comprenderás por qué estamos buscando los mejores abrigos naturales. Hemos de ir despacio, zigzagueando, mirando matas, macizos de aliagas, apretones de biércoles e incluso entre las lascas de piedras verticales, que también suelen servir de parapeto a sus encames.
-¿Y por qué se levantan cerca o, a veces, casi de los pies?
-Ya te digo que están sesteando y su mejor defensa es el mimetismo con el que se confunden con su encame. También su instinto, desde que son farnacas y carecen de olor, es el de estarse quietas, convertidas en piedras. Sólo si el perro las detecta o te metes encima se levantarán. Por eso hay que ir despacio y como a la deriva y nunca en línea recta en su búsqueda. Hay, incluso, quien desarrolla una gran habilidad para verlas en la cama.
-¡Sarvi, que la veo, que la veo!
-No me vaciles, Colás. Que aquí no hay nada.
-Pero, mírala, qué ojos te echa, galán. Que la tienes a tres metros, que te va a comer. Que está diciendo: “Sarvi, no me mates”.
-Déjate ya de cachondeo, Colás.
-Papo, Sarvi. Ves menos que una picha escayolá.

Cuando la liebre salta, hay veces que sale rebrincada, con la orejas tiesas y quebrando las matas o regateando al perro. En esos casos hay que reportarse, esperar a que se eche las orejas al lomo y enderece. Otras veces sale rectilínea directamente de la cama. Si le tiras mientras quiebra es fácil que falles; si le coges los puntos cuando haya enderezado, tienes más probabilidades de hacerte con ella. Pero también depende de la visibilidad que tengas al tirar. Así que en dos o tres segundos, a lo sumo, tendrás que decidir. Luego, ya se te habrá puesto a más de cincuenta metros o puede que ni la veas entre la fusca.
-Sarvi, las cortao las orejas. Pero, papo, búscalas pa una sopa. ¡Coponario, qué malo eres, galán! ¡No tenemos na en casa con este hijo! ¡Es que no sabes que estos animalitos se comen! ¡Qué poquita hambre has pasao tu de pequeño!

Además, otro punto que hay que tener en consideración, es que la liebre está en celo, a diferencia de otras especies, la mayor parte del año. Especialmente en esos periodos del anticiclón de invierno en los que, pese a los hielos nocturnos, los días son soleados. No es raro que las liebres se apareen en días benignos como ésos. Te conviene saber que el mismo Aristóteles cita a las liebres como símbolo del deseo sexual y del amor carnal y algunos santos doctores de La Iglesia como símbolo de la lujuria. Y es que los sabios y los santos, viendo en el fondo las cosas del mismo modo, las suelen denominar, sin embargo, con palabras distintas.
-¿Y eso qué trascendencia tiene para la caza?
- Supongo que te refieres a la avidez amorosa de las liebres. Pues que, si en uno de esos días soleados te salta una liebre, busca en los alrededores, porque en un radio de cien metros es posible que haya alguna más.
-¿Y fue el Colás el que te contó todo eso?
-De ninguna manera. Si me hubiera empeñado en hablarle al Colás de Aristóteles o, menos aún, de los doctores de La Iglesia, me habría tomado por un majara y, lamentablemente, su confianza conmigo se habría deteriorado para los restos tras, indefectiblemente, haberme mandado a tomar por culo. Pero sí que me dijo que las liebres eran unas criaturitas a las que les duraba el tempero todo el año y que, en los días buenos, aunque fuesen de invierno, solían ponerse una miajita climatélicas.

Aunque creas que has fallado a una liebre, siempre debes poner al perro en su rastro.
-¿Aunque la veas largarse como un rayo?
-Generalmente, sólo las verás trasponer a una distancia variable, pues los terrenos suelen ser accidentados y no dan para verlas correr a distancia.
-Pero si la ves marcharse con más salud que tú, para qué vas a seguirla.
-Porque las liebres en su formidable sistema circulatorio, esa especie de circuito sanguíneo a presión, tienen su mayor fortaleza y, a la vez, su talón de Aquiles. Basta que un solo perdigón les haya alcanzado para que, al cabo de cien o doscientos metros de veloz carrera, sufran un gran derrame interno. Si ha sido así, el perro la cobrará amagada en algún zarzón a dos o trescientos metros o aún más cerca.
-¿Y eso te lo explicó también el Colás?
-No, el Colás sólo me dijo que, al ser unos animalitos tan sanguinos, eran lo más blandito ca había pal plomo, porque con tal que las tocara una triste mostacilla se quedaban sin fuelle y se arranaban en cualquier mata. Y que la liebre tenía esos intríngulis.
-Entonces, ¿qué coño te enseñó el Colás?
-Amigo, ¿te parece poco? Sembró en mí la semilla del conocimiento.
-Pues sembraría lo que tú quieras, pero llevamos seis horas buscando y nada.
-Pues eso: que no sabemos dónde están.

14 noviembre 2017

La pantera ibérica


Ya, desde el comienzo, todo el mundo barruntaba que la temporada de caza no iba a ser buena.

Los agricultores, que no acostumbran a quejarse del tiempo ni bajo tortura, simplemente dijeron que aquel año había sido malo. Y, aunque debatieron en profundidad sobre el asunto en la Cámara Agraria con asesores muy bien informados, la conclusión fue concisa, parca y, en palabras llanas, vino a ser lo que viene a resumir esta sentencia:”La cosecha de este año ha sido la antítesis de lo que venía a ser un cosechón de la hostia. Esta cosecha no la podemos poner en valor, la tenemos que poner en temor.”

La sequía era evidente. La mayor parte de los manantiales, las acequias, los nacederos, los pilares y las fuentes se habían secado. Las salinas abandonadas mostraban sus cuarterones secos. La Laguna de Paredes, que aún en las más pertinaces sequías mostraba siempre un charcón en su centro, sólo barro reseco y cuarteado mostraba en él.

Todos los hermanos, que se aglutinaban en esa etérea comunión cinegética constituida por sociedades deportivas, peñas, cuadrillas, hermandades y otros grupos camperos, ponderaban la impotencia del hombre (y de la mujer) contra los caprichos del clima.

Algunos hacían serios y pesimistas vaticinios sobre la imparable e irreversible velocidad con la que el cambio climático nos amenazaba en silencio. Elucubraban, apesadumbrados, con la “muerte dulce”, esa que se derivaría de una primavera seca e interminable que nos llevaría a fenecer cualquier día después de decir por última vez: “¡Qué buen día hace!”.

Los ganaderos estaban también desolados. Antes, decían, de vez en cuando teníamos que llevar forraje o pienso a los animales pero, ahora, es que además de comida tenemos que llevarles el agua. Se rumoreaba que incluso algunos ganaderos habían comenzado a almacenar en sus naves barriles de cerveza antes de que los precios de la nutritiva e hidratante bebida se disparen ante el desplome de los acuíferos.

Incluso los pacientes buscadores de hongos y setas que, pese a la sequía, salían al campo con la ilusión de encontrar lo que en él no podía nacer sin el líquido elemento, perseveraban en su costumbre de registrar cada palmo de las antaño frescas praderas, hogaño convertidas en eriales polvorientos, como si su ilusión pudiera hacer que las esporas germinasen por amor.

No sé si ha quedado claro. Reinaba el pesimismo.

Pero fue entonces cuando saltó la noticia: Se había visto una pantera en la zona. Unos la ubicaban cerca de Sigüenza, otros, emboscada entre los enormes macizos de espadañas de la Laguna de Paredes, no faltaban quienes decían haberla visto en los páramos altos de Barcones y Alpanseque y quienes proclamaban que el felino asentaba sus dominios en las Peñas de La Bodera, en el corazón del espeso marojal que domina la comarca.

Todos aquellos rumores comenzaron a concretarse con fotos e incluso con filmaciones que circularon a gran velocidad por las redes sociales, por los teléfonos móviles, esos corazones paralelos por los que sienten cada nueva realidad los ciudadanos (y las ciudadanas) de este mundo global globalizado.

Enseguida comenzaron las discrepancias sobre aquel animal filmado entre junqueras o en rastrojos o sesteando bajo las retamas o luciendo su insólita silueta sobre peladas peñas. Unos sostenían que era un gato montés, otros que un lince, otros que se trataba de un guepardo, que un ocelote, que una hembra de tigre o de león, que una pantera, pero pantera a más no poder…

Pero, cuál era el origen del animal. Los grandes felinos estaban en la zona descatalogados desde tiempo inmemorial. ¿Residuo de algún circo obligado a desprenderse de sus animales para no incurrir en su explotación e indiciario maltrato? ¿Habría sido introducido por el Servicio de Protección de la Naturaleza para, paulatinamente, ir introduciendo otros y hacer de aquellas sierras despobladas un Serengueti de la Península Ibérica? ¿Habría escapado aquella fiera de la propiedad de alguna secta misteriosa que poblaba alguno de los castillos restaurados de la zona o que hacían tal vez asentamientos secretos en los pueblos abandonados? ¿Sería una creación de los servicios secretos rusos para desestabilizar económicamente la zona y crear un sentimiento independentista cerril e irreductible que hiciera saltar la unidad nacional en pedazos desde el punto más inopinado?

Lo cierto es que la sequía, la caza, la ganadería, la agricultura, el movimiento micológico de fin de semana, el cambio climático y hasta el mismísimo secesionismo catalán pasaron a un segundo plano. Teníamos un grave problema: la pantera. Y los hombres (y también las mujeres) estaban encantados con su hecho diferencial, un verdadero hecho diferencial que no se lo saltaba un gitano: la vuelta de los grandes felinos al Sistema Central. Nada menos. Eso no se conocía ni en Bélgica, ni en la Padania, ni en Córcega, ni en los landers alemanes más prósperos, ni siquiera, que ya es decir, en la gran Euskalherría con su cupo.

Eso sí, al sargento jefe de puesto de la zona le llegaban las ojeras a la boca. Que si la pantera me ha hecho polvo un gallinero en Riofrío, que si la pantera ha devorado un novillo en Cincovillas, que si la pantera ha entrado en una taina de Tordelrábano y ha hecho una sarracina… Todos los males de la zona se le adjudicaban a la pantera.

El sargento con sus pocos guardias no se daba abasto. Inspecciones, esperas, vigilancia nocturna, llamadas a la colaboración ciudadana, a los agentes de medio ambiente, al servicio de vigilancia y extinción de incendios, hasta a los pastores se les pidió que echasen una mano. Todo fue infructuoso y, por tanto, el sargento dijo que no podía descartar ninguna hipótesis. Pero lo que más le dolió fue que el alcalde de uno de los pueblos, que por prudencia no citaré, le dijo, con mucha guasa, que pidiese ayuda a los Mossos de Escuadra que eran unos especialistas en despachar fieras. Ahí el sargento se tuvo que sujetar.

Las televisiones se hicieron cargo del fenómeno informativo que el felino representaba e intentaron filmarlo y someter a debate las imágenes con expertos en información de todo tipo, que son los que más abundan en las teles, por suerte para España.
Tampoco las televisiones consiguieron localizar al animal pero, los comentaristas más veteranos y avezados, no descartan que el animal proceda de la selva venezolana. Y la cosa se ha animado con esa revelación. La fiera podía ser indiciariamente chavista y bolivariana lo cual multiplica su potencial peligrosidad.

Es indudable que con la fiera estamos haciendo país. La gente se está uniendo. Tenemos un ideal común. Todos nos sentimos identificados con él. Ya sabemos que la Guardia Civil no puede acabar con esta pesadilla intangible. Pero en el país se multiplican las esperanzas. El sábado pasado, sin ir más lejos, una caravana de cinco coches dotados de tracción cuatro por cuatro y ocupados por reputados monteros, armados y con visores Swarosvky de visión nocturna, salieron en la noche en busca del, casi ya, mitológico animal. Desgraciadamente, tras horas de recorrer pistas y caminos intransitables, no dieron con él. Sólo avistaron asustados cánidos, vulgo raposas o zorras, a los que no osaron disparar, pues su safari era lúdico y festivo y, además, en apoyo a la autoridad establecida y en coordinación con la misma.
Cansados los veteranos cazadores y, tal vez llevados por un extraño sentimiento reflejo, terminaron a la tres de la mañana en “El Tren del Amor”, reputado local de carretera, haciendo libaciones de bebidas espirituosas en compañía de unas amables señoritas.

El problema sigue, pero nada nos había unido tanto hasta la fecha. El símbolo de la zona ya es la pantera solitaria. ¿Por qué no una bandera panterada? ¿O queda más fino pantherina?

07 noviembre 2017

La Historia Milenaria


Se percató del teclado polvoriento. Sopló sobre él y, al instante, flotó la pelusilla a la luz oblicua de la tarde con un brillo minúsculo y fugaz. Le pareció el leve fulgor de la desidia, del desánimo, del monótono correr del tiempo. Vamos, algo así como el sedimento donde germina la vagancia con una constancia imperceptible.
A la par, le recordó los días de la última semana, cuando desde el alba se empeñó en hoyar, distraído y perezoso, los también polvorientos caminos y senderos de algunos de sus desiertos más entrañables. Como el que se empeña en tener una misión, de la que es a la vez único jefe y soldado leal.

El primer día subió por el camino más alto del monte del Marojal. Es el camino que cruza las Peñas y desde el que se contempla, desde la uve de su paso más elevado, a lo lejos, gran parte de la provincia, debajo, el minúsculo pueblo de La Bodera.
El camino cruza una estribación del Sistema Central. El caminante deja el coche en la Cerrada del Abogado porque quiere ahorrarse los dos primeros kilómetros llanos, de yermos, barbechos, yecos, labores y rastrojos. Pueden ser buenos, pese a su monotonía, para desencamar a la rabona o levantar un bando de perdices pero, para el paseo, prefiere más la variedad.
Desde la cerrada comienza a ascender lentamente entre pastizales y praderas y el campo se vuelve paulatinamente más silvestre. El camino genuino está casi perdido, las caballerías y las personas hace muchos años que dejaron de usarlo. Hay alguna pista nueva para los ganaderos que ya se mueven, no iban a ser ellos la excepción, sobre ruedas, como Dios manda.

Sorteando los grupos de estepas que invaden el camino tortuoso y semicegado por la broza llega al monte. Es como llegar a una muralla. Es un monte de rebollos y robles, con pocas encinas, y con un sotobosque de biércoles, aliagas y estepas. En muchos lugares se erige una maraña de fusca impenetrable, hogar de jabalíes, corzos, tejones y becadas.
Allí la rampa del camino viejo se acentúa. El suelo está, a trozos, levantado por las torrenteras y con hileras de cantos rodados al albur. El silencio del monte es, a ratos, total. Y, cuando se para a escucharlo, el caminante casi se asusta con un temor irracional y le dan ganas de acelerar el paso.
Apoyado en el pequeño compás oscilante de sus piernas llega arriba. Otea un rato el vasto horizonte desde aquella soledad. Piensa si no será demasiado bajar por la otra vertiente y, sorteando la linde del monte bajo con las tierras de labor, alcanzar tras unos kilómetros el camino principal.
Sabe que serán tres horas más de caminata. Lo sopesa y, con indiferencia, se dice: “¿Y para qué las quiero?”.

Al camino principal llega tras hora y media. Es el camino que cruza el monte por su parte baja. Es uno de los tramos que aún perdura del Camino Real que cruzaba en dirección a Soria. Pérez Galdós lo cita en uno de los Episodios Nacionales (Narváez, cree recordar). También fue cuerda de merinas durante la Mesta, así como testigo de las correrías del Empecinado en sus escaramuzas por estas sierras cuando la Francesada. Sostienen algunos que el Cid (Ruderico, como firmaba), en su destierro, lo atravesó de noche en su primera incursión en el Reino de Toledo, en manos entonces del moro infiel. Ahora dicen que también formaba parte de la Ruta de la Lana (enésimo camino de Santiago) y que, por ella, subían los entonces preciados vellones de La Mancha en dirección a Burgos. Y no sería raro que pronto se descubra que lo transitó el propio don Quijote o, al menos, Cristóbal Colón…Pero, que las flechitas amarillas ya las tiene. Y de vez en cuando pasan peregrinos, dicen.
Así que el caminante, a medida que lo recorre paso a paso, y aunque no ve un alma, se siente muy acompañado por la intimidad de la Historia y las historias de España, tan variadas y difíciles de encajar como el propio país. Y se dice que esto es lo que tiene el tener alguna lectura, que se alivian las soledades del alma nostálgica, aunque a los pies, sacrificados porteadores del cuerpo, les dé igual todo.

Pero ocurre un milagro. Sí, un ruido. Es un traqueteo lejano que crece lentamente. El caminante, aunque no tiene nada que temer, se sobresalta. Ya se había acostumbrado al silencio y a la perenne soledad. Son dos motoristas que vienen en dirección contraria. Van despacio y, cuando le dan vista, enfilan un poco más deprisa hacia él. Enseguida los identifica, sus uniformes verdes cantan, son de la Benemérita, seguramente del SEPRONA (Servicio de Protección de la Naturaleza).
El caminante se palpa. Sí, lleva la cartera y el DNI. También se alegra de no estar de caza, pues tendría que haberles enseñado un sinfín de papeles: licencia de armas, permiso de caza, guía de la escopeta, seguro de cazador, control de munición, control de piezas, permiso del coto, tarjeta canina, certificado de vacuna antirrábica (del perro, claro), precintos…
Afortunadamente, la caza está mucho más controlada que las cuentas en paraísos fiscales, dónde va a parar. El caminante es consciente de poblar un país civilizado que cuida su medio ambiente. Y no lo dice simplemente por alabar a las autoridades.
Los guardias paran a su altura y él hace lo propio. Saludan y preguntan qué hace por allí. Les dice que de paseo. A los guardias les extraña un paseo tan largo, pero él les dice que le gusta el paraje. Los guardias le indican que aquel monte es un coto, pero él les replica que no está molestando a los animales, que no lleva perro y que por el Camino Real hay derecho de paso.
Ya se sabe que a algunos guardias les joden los listillos pero éstos no son de ésos y no le quitan la razón. Le desean un buen paseo y justo cuando están montando en sus motos aparecen en la misma dirección del caminante dos ciclistas.
“Coño, dos bicigrinos de la Ruta de la Lana, y yo que me creía que por aquí no pasaba nadie”, piensa el caminante.
Llegan a la altura de los guardias y del caminante. ¡Ahí va!, si son catalanes, con su banderita estelada ondeando en las bolsas traseras de las bicis.
Parece que los guardias tienen ganas de cachondeo. Les paran. Uno de ellos tras saludar militarmente a los ciclistas y darles los buenos días, dice socarronamente:
-¿Qué? ¿De visita por el extranjero?
-¿Por qué dice usted eso? ¿Es que no se puede circular por este camino? –dice uno de los ciclistas mosqueado y sin saber muy bien qué replicar.
-No, hombre. Es que como decís que “Catalonia es not Spain”, que también tiene cojones que lo digáis en inglés teniendo vuestra lengua…
-Pues claro que Cataluña no es España, parece mentira que no lo entiendan ustedes. Somos un pueblo muy distinto con una historia milenaria.
-Anda éste, como si los Toros de Guisando fuesen de anteayer…- y el guardia se dirige al caminante, esperando su apoyo- ¿Qué le parece a usted eso!
El paseante se lo piensa un poco y al cabo dice:
-Pues, mire, que estos catalanes llevan razón. Cataluña no es España…
-También usted se pone de su parte, lo que me faltaba por oír –corta el guardia.
Pero el caminante continúa:
-Efectivamente, Cataluña no es España. Pero es que tampoco Castilla es España, ni Andalucía es España, ni Aragón es España, ni Galicia es España… ni ninguna otra región, considerada aisladamente, es España. Somos España todos juntos. Si no, seríamos otra cosa, pero ya no seríamos España.
Y el caminante se queda satisfecho de haber dado una opinión con tanta mesura y mano izquierda.
El guardia tarda unos segundos en responder, pero al final resuelve:
-Pues no sé si lo ha arreglado usted o lo ha terminado de fastidiar. Pero bueno, circulen y tengamos la fiesta en paz, que vamos de servicio y no viene a cuento iniciar un coloquio justo aquí, donde Cristo dio las tres voces.
-Buen servicio –dice el caminante.
-Adeu noi! –reivindican su lengua los de la estelada, ignorando a los guardias.

El caminante se va y, cuando ve alejarse a los ciclistas y se pierde el ruido de las motos, recapacita sobre sus lecturas y cae en la cuenta de que España, a diferencia de casi todos los demás países, siempre ha sido el principal problema para sus ciudadanos.

01 mayo 2017

"Patria", novela de Fernando Aramburu


Tanta información nos avasalla. Quizá confundimos enseñar con informar. Quizá confundimos saber con estar informados.
Reconozco que a lo largo de mi vida he recibido por los medios de comunicación mucha información, aunque seguro que no toda, sobre el terrorismo de ETA. Seguro también que hay historiadores que han desmenuzado las actividades terroristas de esta organización y las realizadas por la policía y la Guardia Civil en su lucha contra ella. Además, por si nos falla la memoria, tenemos las hemerotecas a nuestra disposición. También las sucesivas declaraciones de los políticos de distinto signo a lo largo del tiempo.
Sin embargo, más allá de los hechos, de los atentados, de las detenciones, de las infiltraciones, de las facciones, de las declaraciones y, en general, de todas las actividades terroristas de ETA y sus réplicas, siempre sentí otro tipo de curiosidad.
Me preguntaba cómo se encastra en una comunidad una organización terrorista. Qué es lo que pueden sentir sus ciudadanos cuando viven esta situación individualmente pero, al tiempo, en sus familias, en sus lugares de reunión, en la sociedad  de sus pueblos, de sus ciudades.
Algunas veces, a lo largo de estos años, he tropezado con vascos e he intentado que me explicaran la cuestión. No sé si desconfiados o incrédulos, me contestaban con ironía que ya la sabía, que los periódicos no hablaban de otra cosa, que qué me iban a contar ellos. Pero ni yo podía saber lo que sabían ellos, ni ellos dar por sentado que en resto del país se vivía internamente su misma situación.
Apenas hace un par de meses, picado por esa curiosidad que seguía insatisfecha, me hice con la novela “Patria” de Fernando Aramburu.
Tuvo que ser una novela, un relato ficticio, una creación literaria, la que me diera una solución creíble y coherente a mis incógnitas. Tras leerla alcancé a entender ese ambiente que tan ajeno me era. Fue como una contestación global a mis preguntas. Quedé satisfecho porque una narración me desveló lo que muchos artículos e informaciones concretas no consiguieron aclararme durante tantos años.
Luego, he pensado que las personas que han vivido en el País Vasco durante todos esos años, quizá tuvieran muchas más cosas que añadir, porque las vivencias personales nunca se ajustan a un libro por bueno que éste pueda parecer. Pero, en cualquier caso, ahí tienen el ejemplo de Fernando Aramburu. La literatura no es de nadie y cada cual puede exponer sus vivencias con igual o mayor talento que este autor.
A veces la literatura puede dar soluciones a cuestiones que los hechos reales, con toda su crudeza, no revelan.

28 abril 2017

Visita a San Salvador de Cantamuda


Los dos niños, de siete y nueve años, preguntan a la mujer y al hombre si se saben la historia.
No se la saben.
-Casi nadie se la sabe –dice el pequeño.
-Si queréis, os la contamos –dice el mayor.
-Y os enseñamos un oso y la cara del que hizo la iglesia –dice el pequeño.
Siguen a la pareja que, ansiosos, quieren dar la vuelta al edificio y tomar fotografías. Ella les hace caso, pero él no para de fisgar las piedras, ajeno a los niños, como si le faltase tiempo para verlas o como si pudieran escaparse, en un descuido, del ojo de la cámara.
-¿Has visto la cara del que hizo la iglesia? –dicen los dos niños a coro.
-No.
-Pues está ahí, en esa ventana –dice el mayor.
-Pero hay otra por detrás –apostilla el menor- y la puso para que todos supieran quién había hecho la iglesia. Aunque, ya veréis, era un poco feo.
Giran por delante de la espadaña y comienzan a observar el otro lateral. Hay una escalera de piedra que da acceso a una torre cilíndrica con una puerta cerrada. Los niños les siguen.
-¿A que no ves al oso?
-Sí, está ahí.
-¡Qué va, hombre, eso es un jabalí! Tienes que mirar a la esquina de arriba del todo.
El hombre obedece y, por fin, localiza al oso.
-Lo ves, si no te lo decimos te lo habías perdido.
El hombre y la mujer siguen dando la vuelta a la iglesia y, tras el ábside, dan con un cementerio. Los chicos detrás, sin quitarles ojo.
La mujer les pregunta entonces por la historia.
-Es que vais muy deprisa y así no se puede contar ninguna historia –dice el niño mayor.
-Bueno, pues nos paramos y nos la contáis –le contesta la mujer sonriendo y haciendo un gesto amable al hombre.
Se recuestan los dos adultos en el pasamanos que rodea la iglesia, en la esquina donde se junta con el muro del camposanto. Los niños se empeñan en subirse de pie a la barbacana y el mayor, más ágil, lo consigue. El hombre ayuda a subirse al pequeño. Repara, de repente, en que los niños son una aparición y que las piedras no van a evaporarse.
-Bueno, a ver esa historia –dice la mujer.
El mayor de los chicos comienza la narración.
-Esto era un conde que se llamaba Munio.
-Yo creo que se llamaba Nuño –puntualiza el pequeño- pero, bueno.
-El caso es que el conde, que era muy viejo, lo menos de sesenta años o así, se enamoró de una chica muy guapa pero que tenía veinte. Pero, como le gustaba tanto, se casó con ella.
-No, el conde era muy viejo –vuelve a puntualizar el pequeño- pero sólo tenía cuarenta o casi cincuenta.
-No, no, de eso nada, tenía por lo menos sesenta –impone el mayor su autoridad en la materia- Y, claro, pues no tenían hijos porque él era muy viejo y, y…bueno, que no podía ser. Y entonces el conde le echó la culpa a ella y empezó a mirarla mal y a regañar con ella muchas veces y a darle voces y todo eso.
-Y, además, le entraron celos también –añade el pequeño- porque ella era muy guapa y él muy viejo, aunque cazara muchos osos y otros animales carnívoros.
-Bueno, el caso es que un día se enfadó mucho el conde porque no tenían hijos y eso. Y la noche de ese día se enfadó aún más, porque había bebido mucho vino, y la echó de su castillo que estaba por ahí muy arriba en el pico de una montaña. Y sólo dejó que una sirvienta la acompañase en la bajada de la montaña con un caballo.
El pequeño no está de acuerdo, así que añade:
-Sí, pero la sirvienta, además, era muda y no le dejó un caballo, le dejó una burra vieja que, encima, estaba muy coja.
-Bueno, es verdad –dice el mayor- Se conoce que el conde quería que en aquella noche tan oscura, al bajar del castillo, cruzando por los precipicios, se despeñaran las dos con la burra y se mataran.
-Sí, pero además aquella noche –dice el pequeño como si lo hubiera visto- había mucha tormenta, con rayos blancos y mucha lluvia. Y el conde lo hizo aposta, del enfado que tenía, para que se escurrieran y se cayeran a un barranco muy hondo y se las comieran los lobos.
-Sí, es verdad, también lo de la tormenta –vuelve el mayor al relato, algo chinchado por el pequeño- Pero, por suerte o por lo que fuera, no les pasó nada y llegaron al pueblo sanas y salvas con la burra.
-Sí, pero es que, además, al llegar al pueblo la muda comenzó a cantar muchas canciones y todos dijeron que era un milagro verdadero –añade el pequeño.
-Claro, ya lo iba a decir yo, pero es que no me dejas terminar. Y por eso a la iglesia le pusieron el nombre ese tan raro de San Salvador de Cantamuda.
Parece que el pequeño ya no tiene nada que añadir. El mayor le mira un poco retador, como diciendo: A ver ahora qué se te ocurre, chinche.
Y el pequeño cavila un poco y dice:
-Sí, pero la burra se quedó coja, la pobre.

26 abril 2017

3.- Leyenda de las Liliths


María Vanesa de las Mercedes recapituló.
-O sea, que crearon a la mujer independiente e independientemente. Crearon a esa tal Lilith, que dices que se llamaba, y, luego, totalmente arrepentidos, otra que se suponía desalojada del costillar del hombre, la tal Eva. Vamos, una dependiente fraguada desde su origen, un apéndice la pobre, una subordinada nata, un pegote del hombre, un pispajo torácico, una arrimada, una sosa apegada, como una tonta, al pecho que la vio nacer. Vamos, los corruptos haciendo leyes de transparencia. Talmente lo mismo. Y luego decimos de la mujer musulmana, si es que sois todos iguales.
Y su amigo Paco se lo volvió a explicar, tratando de que la Vane no se pusiera de manos:
-No señor, lo que pasa es que la Lilith, la mujer original, les salió mal. O sea, que físicamente les salió muy bien, entiéndeme, que era una real hembra,  pero, mentalmente, era independiente la jodía. En consecuencia: fracaso total.
La Lilith parece ser que iba a su aire, cosa que hacía también Adán  sin que nadie le llamara al orden. Pero como tanta libertad no convenía porque, a saber, ¿para qué sirve la libertad? Pues para discrepar, para ser distintos, para romper la uniformidad, para evitar la ortodoxia, para no seguir el mismo camino, para mear fuera del tiesto y para muchas otras cosas que, en términos religiosos, eran pecado y, en términos sociales, eran delito, pues la creación de la Lilith fue un fracaso. Ni más ni menos.
Si para pecar y delinquir ya estaba el hombre, sólo faltaba que le animara una mujer tan independiente como él que, encima, pecara y delinquiera a su aire o, en el mejor de los casos, le diera ideas. Pues no. Se ve que la libertad no convenía y bueno, puestos a darla, se la dieron al hombre, pero así, a dedo, como a los contratistas. Hala, majo, que, aunque seas un incontrolado, va en tu naturaleza. Y los tíos tan pichis, todos campando por ahí como primos de Dios.
Las Evas a cuidarlos y a mantenerlos en el redil de la creación ordenada, de lo moralmente viable, de lo éticamente sostenible, de atraerlos al redil del arrepentimiento y del perdón. Vamos un equilibrio, una obra de arte de la ingeniería social.
En consecuencia, de la Lilith nunca más se supo, que para eso era una tía independiente y que no se prestaba a componendas. Hala, castigada al anonimato bíblico. Pero a la Eva, pobrecilla, todas las desgracias se las endilgaron. Que si, encima, fue la que engañó a Adán, con lo de la manzana digo, que la pobre no tenía más alcances ni mucho donde elegir. Pero, vamos, que si miramos, a partir de ahí, a las descendientes de la Eva les cargaron con todo. Principalmente con la cosa de la misma descendencia y la vida hogareña. Qué coñazo. Y, fíjate, que con esta última expresión de tedio, tristemente sexista, ya se referían a Eva. Cuidado que lo tenían claro.
En cambio de la Lilith nunca más se supo. Esa no interesaba, era un mal ejemplo. Y todo por qué, porque hacía, por lo visto, lo que le daba la gana. Ni madre, ni mujer hogareña, ni paridora de hatajos de hijos, ni compañera, ni administradora, ni cómplice, ni acogedora, ni laboriosa, ni leches. Una tía independiente que iba por ahí desafiando a los hombres y tocándoles los mismísimos códigos éticos y sociales. Una holgazana, una burladora, una vividora y una tirada que, sin apego a los hombres -salvo algún ratillo entretenido- se lo montaba de puta madre (teniendo siempre fama de lo primero sin ser casi nunca lo segundo). Qué vidorra. Se lo montaba de cojones. Esta última expresión de gozo también es alegremente sexista como todo el mundo sabe. Y, sobre todo, vivía al margen del hombre, monopolizador de la libertad, y eso sí que no podía ser.
Dicen, en confianza, las malas lenguas de los enteradillos bíblicos que la Lilith fue la primera mujer de Adán y, aún en voz más baja, la primera señora que hizo uso del divorcio, de la separación o del más natural, por entonces, “¡ahí te quedas, pichón!”. Pero que, como Adán no podía con ella de ninguna manera, o sea, de ninguna, pues que hubo de creársele otra de su propio cuerpo, como de encargo, por ver si así dominaba a su pareja y seguía siendo el rey de la creación. Vamos, que le hicieron otra casi a la medida, como un primer intento mixto de cirugía plástica y clonación, o sea, como el que le corta un traje pero de la propia carne.
Porque lo que es la Lilith, ¡cómo les salió!, ¡cómo les salió la Lilith! Menuda loba, solitaria o acompañada.
Hasta algunos, con muy mala leche, dicen que Lilith es el nombre de una diablesa, que ya es el colmo del descrédito, vamos como si la hubiesen publicado en sálveme Dios decir las radios, las teles o en los mismísimos sermones de algunos obispos positivamente negativistas de cualquier evolución. Las gentes de orden, que por lo visto son tan antiguas como el mundo, si no más, pues hay quienes dicen que incluso lo fundaron, no la podían ver ni en pintura, ni en el resto de las artes plásticas.
A las Evas más conocidas de la Historia, para acreditarlas, pues cogieron y les llamaron mujeres fuertes de la Biblia pero no por su independencia, que de eso nada, sino porque, además de cumplir con su papel tradicional, todas tuvieron tiempo para hacer alguna barbaridad. Eso sí, heroica.
Así que casi todo el género humano somos descendientes de las Evas, que eran las más predispuesta a criar. Algunos hay que lo son de las Liliths pero, de estos, casi ninguno conoció a su madre, como no le diera por buscarla cuando se hizo grande. Y si la encontró fue a fuerza de fuerza, que las Liliths siempre han sido de estarse poco quietas. Y no lo digo sólo por el triquitraque promiscuo y divertido que tanto les gustaba, sino porque eran de naturaleza errante. Esa misma promiscuidad de las Liliths se veía en los hombres como cosa propia de su naturaleza. En la Biblia no se cortan, todos tenían esclavas, concubinas y una mata de esposas por si se aburrían, pero consideraban vicio nefando esta actitud cuando se trataba de sus santas costillas. A las Evas las querían para casa, las Liliths eran otra cosa.
¿Qué? ¿No te crees esto? Pues peor para ti. A ver, ¿qué quieres? ¿Ejemplos?, ¿pero ejemplos concretos y prácticos? Pues me sobran. Ahí va uno:
Entre otras, por ejemplo, las tías que anuncian las colonias y los perfumes son Liliths. Por eso hay tan pocas y casi todas hablan otras lenguas o la nuestra con un acento super extranjero.
Si las mujeres que vendieran aromas fueran Evas, veríamos orondas o, al menos, redondeadas madres rodeadas de niños, amamantando rorros, acompañadas de hombres de mirada ausente con sobrepeso o, al menos, con barriguita cervecera. Ellas haciendo papillas en la cocina y ellos arreñalados en sofás frente a la tele, con un bote de cerveza en la mano y tres o cuatro vacíos sobre la mesita que, a modo de altar de las ofrendas intelectuales del hogar, hay delante de la aplanadora pantalla plana. Naturalmente, viendo el fútbol con camisetas roturadas con los nombres de sus eminencias los talentos del balompié mundial.
Sí, Eva, bonita, échate, échate ese seductor aroma de Parbouche de Fior y habla con acento extranjero y con voz ronca que, con el olor de las vomitonas, las cacas de los niños y las efusiones gaseosas del marido (que la cerveza abre víscera), ibas a vender tú cabecitas de hostias aromatizadas. Menuda exótica evocación la del pestín hogareño. Ninguna mujer, de las de los perfumes, es una Eva. Eso que te quede claro. Vamos que ningún hombre identifica a “su mujer” como a una anunciadora de perfumes. Ni por pienso. Sólo faltaba eso.
Desengáñate son las Liliths las que venden la colonia. Las han rehabilitado los publicistas, que son unos linces en Historia Sagrada, para la modernidad.
Una Lilith puede ser una mujer aparentemente comedida, metódica, minuciosa, siempre serena, sobria, educada pero distante, una mujer que sabe estar y en ningún momento olvida quien es. Vamos, casi una dama victoriana por encima del vulgo vulgar. Una Lilith emana distancia y misterio. Es algo tan exótico, inalcanzable y fascinante como la verdad en boca de un político. ¿Estamos?
Bien.
Sin embargo, en un momentín dado, le sale la fiera esencia que lleva dentro. Desvela una libertad que pone al homo contra las cuerdas. Claro que no soy “tu mujer”, imbécil, ni la de nadie, yo soy la homa, el femenino del homo pero no su propiedad. Y va la Lilith y se desliza displicentemente entre torsos desnudos de hombres atarzanados, les mira con aires de conocedora, les rechaza displicente o les sonríe prometedora y sibilina. A la altiva Lilith le encanta soñarse tiradaza entre cojines, bañada en aromas, ansiada por los Adanes que, como tales, beben los vientos de su estela, mientras ella enseña garramen entre las gasas sutiles de vestimentas volátiles y no disimula, en su lúbrico reboce por el santo suelo, los insinuantes encantos de todos los golfos del Sudán, el apretado canal del Tetuán y todas las protuberancias y depresiones venusianas.
A ninguna Eva se le permitiría tal desparrame. ¡Sacre Bleu! Como mucho, tacones, traje llamativo y pamela en las bodas y para de contar.
¿Te vale? Pues si no lo entiendes es que estás tonta. Con perdón, María Vanesa de las Mercedes.
-¡Jodá masho tú! Ahora me explico por qué pasa lo que pasa, si es que nos la urdieron desde el Génesis, anda que no ni na. Y las Liliths de publicistas, no, si ya decía yo que las modelos no eran de este mundo. Calla ya, Paco, no me cuentes más que me estás descomponiendo –dijo la Vane.
-¿Cómo que no te cuente más?
-Pero qué machista y qué cabrón. Y te lo digo desde la tolerancia y el respeto. Pero es que, quis, quis, quis, quis, te abofitiaba pero ya, en tiempo real–dijo la Vane.
-Calla, mujer, que ya sé yo que, por mantener la paz, tengo, a veces, incluso que ceder de mis derechos. Pero la verdad, lo que es la verdad, no tiene más que un camino.
-Que te calles ya, Paco, que te la estás buscando sin conocimiento.
-¿Callarme yo? Y si quiero canto otra.

FIN

16 abril 2017

2.- Más sobre Eva y Lilith


-Huy, huy, hoy, hoy, hoy, pero qué mal me huele todo eso. Pero, ¿qué me estás contando, pisha? –dijo la Vane, o sea, María Vanesa de las Mercedes.
-Ya te digo –dijo Paco, positivamente sobrio y lacónico.
-Tú lo que eres es un catacaldos, un enteradillo, un correveidile, un zascandil, un mindundi, un gaznápiro que va por ahí oliendo y cogiendo ideas de cualquier sitio para dártelas de listo. Apuesto a que te has inventado todo eso. Cuentista, amigo de lo inútil, abrazafarolas, jarrón boca abajo, tonto los co… ¡Tontilán!
-¡Qué poquito me conoces, Vane! Lo que te he contado es la más positivamente cierta de las verdades conocidas, te lo juro por mis niños. Y ya sabes que no me gusta exagerar. Y lo que acabas de decirme no te lo tendré en cuenta, porque dudo de que te conste con positiva certeza y porque sé que lo dices desde el cariño, la tolerancia y el respeto.
-O sea, que hasta en la Biblia se venden embrollos y posverdades. Que van los eruditos esos en el asunto, o sea, en el temita ese del Génesis y primero dicen que se creó al hombre y a la mujer, a la vez pero a cada uno por su lado, como si cada uno fuera un ser humano diferente y con su propia idiosincrasia. Esto lo tiene que saber mi Pepe, pero ya.
-Ya te digo.
-Pero luego los del Génesis, sin causa justificada, van y se arrepienten. Resulta que a la mujer, en adelante mencionada como Eva, la sacan de una costilla del hombre, al que ya, por las razones que fuera o por sus tendencias, le motejan de Adán (detalle a considerar) ya desde la noche de los tiempos. Vamos, que hasta en la Biblia se produce un parcheo paleorreligioso para enmendar la plana a la idea original. ¡Huy que manejantes los biblieros, pero qué malos y qué perros! ¡Anda que no ni na!
-Pues eso dice el Génesis. Te pongas como te pongas. Vamos, no lo dice así, lo dice en otros términos, pero lo dice. Ya te digo. Como me llamo Paco.
-¿Oye, y cómo se llamaba la primera mujer, tío listo, esa que era independiente del hombre? –dijo la Vane, irguiendo el busto y poniéndose en jarras.
-Dicen que se llamó Lilith, acabado en th fricativa dental sorda.
-¿Lo qué?
-Vamos, como una z final que no se oye más que casi una mijita. Y cuidado con no morderte la lengua en el intento.
-¡Ondiá! ¿Y el primer hombre, ese que crearon con Lilith, cómo se llamaba ese maromo? –preguntó la Vane, tras fricarse con los dientes un par de veces la dental sorda.
-Aliquindoi, Vane, a lo que sigue. No hay noticias seguras de su nombre. Está todo muy confuso. La historia, a veces, es un conundrum impenetrable y, a la vez, sin salida. Sin embargo, muchos sostienen que Lilith, cuando vio las pretensiones de aquel primer hombre, tomó las de Villadiego y le dejó plantado por déspota y por abusón. Fíjate que hasta en las relaciones sexuales se empeñaba en estar él siempre encima y que la Lilith dijo que ni hablar, que no estaba dispuesta desde el principio de los tiempos a llevar ella encimaza el peso de todo. Vamos, que se lo vio venir. Que la Lilith, dicen, era una mujer positivamente muy intuitiva.
-¡Papo, con el quenandrem ese! ¿Y qué hizo el primer hombre cuando la Lilith se largó?
-Pues, qué iba a hacer, como la Lilith no atendía a razones, se quejó a Dios amargamente. Le dijo que estaba solo y que se sentía muy desgraciado y que, además, no tenía suerte con las mujeres.
-¡Chivato, asqueroso, pelota, agonías, lameculos, bocachancla! ¿Y Dios qué le dijo?
-Como Dios le quería mucho, le dijo: ¡Ay, ay, ay, hijo mío! No te preocupes, Hombre, te haré otra que te obedezca un poco y que no te dé estos disgustos tan morrocotudos.
-¡Anda, muy bonito! ¿Y a la Lilith qué? ¿No le hizo otro hombre menos mandón? ¿Un yogurín amoroso, conciliador y aseado, o algo así?
-Pues no, porque la Lilith no se quejó. Que no era ella de las que iban por ahí lloriqueándole a nadie y menos al Supremo Hacedor, por muy Dios que fuera. Que era ella muy independiente, muy impulsiva, mu arrechante y mu suya.
-O sea, que el segundo hombre creado era en realidad el primero.
-Eso parece, aunque no se descarta ninguna hipótesis. Aquí hay que andarse con mucho tiento, ya sabes, por el asunto del conundrum. Pero la cosa es que Dios, que siempre ha sido muy bueno, viendo sufrir tanto al hombre, viéndole tan desamparado, tan solo, tan inútil y tan poquita cosa, decidió hacer una ñapa por amor a su criatura recién creada. ¿Con quién iba a procrear Adán si la Lilith se le había marchado hecha una fiera? Así que tuvo que hacer un pequeño embrollo para sacar adelante la Creación como Dios manda, o sea, como mandaba Él. Vamos, una chapuza que sólo se les escapa a los ojos miopes o distraídos, históricamente hablando. Como la Lilith no se prestó a ello, pues le hicieron al hombre una mujer de una de sus costillas para ver si con esa sí que se hacía.
-¿Y le salió a Dios bien la segunda?
-Ya lo creo, shosho. A los pocos meses Yavé Dios le preguntó a Adán: “Dime, Adán, Adancito, hijo mío, rey de la creación, así en confianza, entre nosotros: ¿Cómo te va con la nueva compañera que te saqué del costillar, machote?” Y Adán, destilando hemorragias de felicidad en la mirada, le contestó pletórico de gozo al Creador: “¡Oh, mi señor Yavé! Me  va muy bien, no puedo pedir más, soy el puto amo del Paraíso y, además, ¡oh, mi Creador!: ya la tengo preñadita del to. Eres el primero en saberlo, ¡oh, mi Dios mío! Ah, y además, otra cosita te digo, ¡oh, Creador mío de mis entretelas!: La Eva, mu relimpia y ni una voz. Señor: eres el más grande.”
Y el Creador se quedó tan contento y se sintió una mijita orgulloso de su obra y, viendo a Adán tan campante, dijo, con condescendencia, eso de: “¡Hala, hala, a procrear y a llenar la tierra, que das más guerra que un hijo negativamente listo!”

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08 abril 2017

1.- Eva y Lilith


En el primer capítulo del Génesis se dice: “Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creo, macho y hembra los creó.”
He aquí una creación simultánea de la mujer y del hombre, ambos a imagen de Dios pero dos seres distintos de la creación. Algo así como los dos platillos diferenciados de una misma balanza en equilibrio, símbolos cada uno de la igualdad. Dos seres independientes y diferenciados, cada uno con su propio peso y personalidad. Y la creación del hombre y la mujer me pareció muy bien. No en vano la hizo el Supremo Hacedor, insistiendo dos veces en que los creó a su imagen. Vamos que la cosa le quedó niquelá.

Sin embargo, algo que ignoramos debió de ocurrir poco tiempo después pues, sin que se den explicaciones, en el segundo capítulo del mismo libro, Dios, por lo que quiera que fuera, se vio obligado a crearlos de nuevo. Pero, esta vez, lo hizo de otro modo.
Primero creó al hombre:
”Entonces Yavé Dios formó al hombre del polvo de la tierra, le insufló en sus narices un hálito de vida y así llegó a ser el hombre un ser viviente.”
A partir de esta nueva declaración divina  comenzaron mis dudas.
¿En qué quedamos? Si ya había creado al hombre y a la mujer, ¿por qué crea de nuevo al hombre? ¿Es que se le estropeó el primero? ¿Acaso se arrepintió de haberlo hecho a su imagen y, más realista, hizo después otro de polvo para que fuera un poco más frágil y menos orgulloso?
Seguramente nunca lo sabremos por esa costumbre que Dios tiene de ser tan hermético y de no dar explicaciones. Un comportamiento que no sé yo de qué me suena.

El caso es que luego le puso en el jardín del Edén junto con todos los otros maravillosos seres animales y vegetales. Pero hete aquí que Yavé Dios dijo: “No es bueno que el Hombre esté sólo, le haré una ayuda semejante a él.”
Es a partir de esta reflexión divina, cuando empiezan a asaltarme las sospechas. Primeramente porque es la primera vez que Dios se refiere al Hombre con mayúscula, detalle que, como a cualquier buen lector, no me pasa desapercibido; y, en segundo lugar, porque el Creador califica de “ayuda” lo que piensa hacerle para que no esté solo, o sea, para que lo acompañe.
Y de nuevo me asaltan, con éxito, las dudas. ¿Es que no había suficientes seres vivos en el Edén para que acompañasen al Hombre?

Y mis temores se confirman cuando poco después, y en el mismo capítulo se dice lo siguiente:
“Entonces Yavé Dios hizo caer sobre el Hombre un sueño letárgico, y mientras dormía tomó una de sus costillas, reponiendo carne en su lugar: seguidamente de la costilla tomada al hombre formó Yavé Dios a la mujer y se la presentó al Hombre, quien exclamó: Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne, ésta será llamada varona, porque del varón ha sido tomada.”
Ya, decididamente, Dios menciona dos veces al Hombre con mayúscula y hace a la mujer de una de sus costillas, tras un sueño letárgico como el de una operación quirúrgica.
¿Qué fue de la primera hembra que Dios hizo, creada también a su semejanza?
Algo raro y desconocido tenía que haber pasado.
Y esta creación segunda de la mujer, por los términos empleados, o sea, hacérsela de una costilla y todo eso, me suena a dependencia de la mujer hacia el Hombre y más cuando el Hombre dice que será llamada “varona” porque del varón ha sido tomada. Que es casi como decir: Ésta es mía.
Todo esto, la verdad, empezó a sonarme raro, bueno más que raro, a sonarme mal, bueno, muy mal.
Y además, luego, cuando se la presenta al Hombre, aparecen en boca de éste estas palabras que le traicionan (el lenguaje, a veces, es muy traicionero y, sin pretenderlo, damos mediante su uso las claves de nuestro comportamiento): “Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne, ésta será llamada varona, porque del varón ha sido tomada.”
Cómo que ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne… ¿Cómo que ésta sí? ¿Es que había habido antes alguna otra que no cumplió con sus expectativas?
Parece que sí. Y tuvo que ser la primera, cuál si no.
Todo muy sospechoso. Vamos, yo creo, que un misterio y de los gordos.

A lo largo de la historia, y aún hoy, hay algunos varones malintencionados que, a la vista de todo lo anterior, sostienen, con un punto de superioridad, que la mujer fue el único ser vivo que necesitó ser creado dos veces hasta que, a la segunda, a Dios le salió bien. Olvidan, sin duda tendenciosamente, que el hombre (con mayúscula o sin ella) también fue creado dos veces, si hacemos caso a estos escritos.
¿Qué necesidad tenía Dios de crear al hombre y a la mujer dos veces? Sobre todo teniendo en cuenta que Dios siempre se ha caracterizado, como la industria alemana, por hacer las cosas bien a la primera.
Muchos consideran esto el primer descrédito para  la marca “Dios”.

Pero estos obstinados manipuladores sostienen que si bien al principio Dios creó al hombre y a la mujer simultáneamente y como dos seres independientes, vio después que la cosa no había resultado. Inmediatamente, se puso a enmendar su error creando de nuevo sólo al Hombre para después sacarle a la mujer de una de sus costillas. De este modo consideran a la mujer un ser, ya desde su origen, dependiente del hombre.
Lamentablemente, como Dios no les ha sacado de su error, ellos no lo tienen por tal y, por increíble que parezca, hasta hoy en día, sin ir más cerca, tienen a la mujer por su propiedad.
Estos individuos, sin ningún rubor, sostienen que la mujer es el único ser vivo que hubo de ser creado dos veces. Hasta a Dios, la primera que hizo, le salió mal, apostillan con mucho cachondeo. Y, como ni siquiera Dios puede cambiar lo que ya ha sucedido, pues cogió y no tuvo más remedio que hacer otra nueva. No hubo otra solución.

Todo esto le dijo Paco a su amiga María Vanesa de las Mercedes. Así le habló en tiempo real, o sea, ahora, en nuestros días. Vamos que se lo soltó a la cara hace un momento.