06 agosto 2016

Correo de verano

Querido Paco:

Siento decírtelo, pero es que tú no haces caso a nadie. Mira, el secreto es escuchar. Y también observar, que es escuchar con los ojos. Y tú no haces ni lo uno ni lo otro. Tú crees, naturalmente sin ninguna base, que tu criterio coincide con el de la media de tus coetáneos, pero no es así. Ya te lo digo yo, que lo sepas. Estás en un hiper error, salvo, naturalmente, si se habla de las contingencias meteorológicas. Puede que, por lo general, aquellas personas con las que charles casualmente te den la razón en las conversaciones triviales pero, cuando eso sucede, suele ser por educación o reserva mental o, simplemente, por mantener la compostura, que no todo el mundo es tan rígido como tú con sus criterios. Así que optan por darte la razón.

Si tú, por ejemplo, hablas de esa  atracción tuya por los lugares solitarios, mogollón evocadores, pero que, por esos caprichos de la desinteresada publicidad turística, nadie visita ni conoce, la mayoría de la gente dirá coincidir contigo y, quien más quien menos, te asegurará que tu afición por esos parajes, pueblos y paisajes queda muy corta si se compara con la devoción mística que ellos sienten por tales lares parasidiacos. Sin embargo, seguirás visitando en solitario los lugares a los que aludías. Y, si por casualidad te encuentras con alguien, al habitual “Buenos días”, que tú como un paleto les largarás, te contestarán con una pregunta, formulada con ansiedad, pero vital: ¿Hay aquí Wifi?
Pero no lo estás viendo: te siguen la corriente, Paco. Yo ya, si no entiendes esto…
Supongo que comprenderás que todas estas cosas te las digo por tu bien.

Si le comentas a alguien lo que disfrutas con esos largos y tediosos paseos a pie por senderos sin nombre, por riberas ignoradas o por pueblos desiertos y hundidos, la mayoría de tus interlocutores te dirá, no sólo que coinciden contigo, sino que ellos, sin esos paseos, es que sencillamente no podrían vivir. Y es que la gente, en educación, cada día es más super perfecta. Pero mañana volverás a no encontrar a nadie en esas veredas y lo mismo dentro de un mes, dentro de un año… Bueno, como no sea algún grupo de individuos que practique deporte de alto riesgo o carreras extremas y que, motivados por el amor desinteresado al esfuerzo físico y al fitness, se obliguen a cruzar en el mes de enero, en calzoncillos y camiseta, Los Pirineos, La Sierra Nevada o, como poco, El Curavacas y La Montaña Palentina.
No sé si te das cuenta de que vives engañado.

Ve, como hace todo el mundo, a las playas, a los conciertos multitudinarios, a Cancún, a Punta Cana o, si te va la aventura y lo exótico, vete a un safari fotográfico a Kenia. Y, si te atrae la desolación y la pobreza, hay mil agencias de viajes que, por cuatro perras, te llevan a países miserables y llenos de calamidades, aunque plenty of de encanto y cultura. Hijo, Paco, tienes mil soluciones.
Así que, por favor, no creas a todo el mundo, no te obceques en pensar que te comprenden.

Si dices que no utilizas teléfono móvil porque no deseas estar al alcance permanentemente de cualquier desaprensivo, eso puede ser el no va más. Ahí ya es que te estás descubriendo a ti mismo, estás tirando piedras contra tu propio tejado, te estás desenmascarando al completo, pedazo de zoquete. Algunos puede que digan que les gustaría imitarte pero, en realidad, te desprecian profundamente. Mira, Paco, hay cosas que las circunstancias de la vida hacen imprescindibles. Piensa, por ejemplo en la familia en general, las relaciones en particular, el trabajo, los negocios e incluso la propia seguridad, oye. Hoy, estar incomunicado, no dice nada bueno de ti. No compartir tu vida no está bien visto. No hacer saber al mundo, en tiempo real, tus momentos mágicos como, sin ir más lejos, esa foto a esa fuente de torreznos o a esa paella del señoret o a esa ración de langostinos tigre a la plancha, no dice nada bueno de ti. No sé, no es normal. Una persona que no comparte esos felices avatares de su vida, esos momentos irrepetibles, no es de fiar, sorry que te diga. Bueno, hablemos sin tapujos y digámoslo a la claras, lo que tú eres es un egoísta, un egoísta nato. Y punto.
Te lo digo desde la confianza que tenemos y el cariño que nos une. No te ofendas, es como cuando mi primo me decía: “Aurorita, no seas pija, que te lo van a llamar”. ¿Comprendes?

Y luego ese interés tuyo por los perros. Cállatelo, por favor. No ves que vas contracorriente. Sí, estoy de acuerdo en que, al principio, le caes bien a la gente. La gente tiene sus mascotas, las cuida, comen con ellas en las terrazas, les piden el menú de alérgenos, se bañan con ellas en el mar, las acarician, las besan, les proporcionan sastre y peluquero y las tratan como se merecen: de igual a mejor. Vamos que, a veces, ni con los hijos se tiene tiempo para tanta dedicación y deferencias. Y, a ti, al principio te confunden, y está bien que se queden con esa imagen. Pero tú, como no vives en el mundo, te lías a largar. Parece que te estoy viendo, se te calienta la boca y: que si has tenido no sé cuantos perros, que si ahora tienes dos, que viven a su aire en un amplio corral, que muerden a los extraños, que no los atas nunca, que no los capas, que les dejas aparearse, que les quitas las garrapatas con la mano, que, a veces, sin saber porqué se comen a sus propias crías, que los sacas sueltos por el campo y ya, lo último, lo más denigrante para un perro, es proclamar que, encima, te dedicas a cazar con ellos otras criaturas indefensas a tiro limpio. Pero tú de dónde sales, Paco, qué clase de salvaje puede pretender que se acepte ese comportamiento con los animales. Lo tuyo es abuso animal, lo tengo hiper clarísimo. Tú eres un cavernícola, un auténtico cromañón. Mira, Paco, córtate con lo que dices de los perritos y mantén lo tuyo en secreto, que debería darte vergüenza, que tratas a tus perros como a animales. Y nada, que ni te das cuenta. No ves que la gente les mima como a hijos. No ves que sienten verdadera devoción por ellos. Perdona, Paco, pero he visto pocos hombres más insensibles que tú. Hasta de Atapuerca te habrían echado. Siento ser yo quien te lo diga.

Por último, Paco, decirte que estoy muy mega dolida contigo. No sabes la de fotos que te has perdido por no usar el guasap y, lo peor, es que me obligas a escribirte estos correos electrónicos, que ya son cosa del pasado, para no perder mi relación contigo. Mira, al medio día he comido con Maricusi del Tránsito en Aranda de Duérido. No veas que cuarto de lechazo nos hemos comido entre ambas dos. Y es que no hay, para el corderito de oveja churra, como Casa Florencio. Cómo crepitaba la piel, tan tostadita, y cómo se deshacía en la boca. ¡Te has perdido la foto, por borde!
Te recuerda y te quiere como siempre,

Aurorita de la Berdakeoui

25 julio 2016

El compromiso

Aquella mañana, como tantas otras, salió de su piso apenas despuntaba el alba. El sofocante estío daba un respiro, una única tregua, en aquellas dos o tres horas posteriores al amanecer. Las calles compartían entonces luz y sombra. Los parques conservaban aún la leve frescura que procuró la noche. El tráfico se iniciaba y casi ningún transeúnte había, como no fuese alguien que, apresuradamente, se dirigiera a su trabajo o alguna otra persona que, como él, quisiera apurar con ansia el aire refrescante que regalaba la aurora. La ciudad parecía un reducto acogedor y amigable.
Mientras caminaba, ni apresurada ni lentamente, recreaba su vista en el horizonte de laderas lejanas, aún umbrías, que contrastaban con el primer toque del sol en las planicies que había bajo ellas. El lento avance de la aurora, deshaciéndose, le distraía con su encanto.
Mientras eso sentía, en el parque de Coquín saltaron automáticamente, a su paso, los aspersores que regaban el césped y añadieron el tintineo del agua a la sombra que procuraban los pinos, las arizónicas, las acacias y los cinamomos. Paseaba impregnándose de aquella humedad, casi sintiendo escalofríos pero gozándose en ellos, pues sabía que aquel día, como los anteriores, sería engañoso y, dentro de unas horas, los termómetros rondarían los cuarenta grados. El amigable sol del amanecer, que casi acariciaba, en breve se tornaría en tirano que, con puño de fuego, calentaría asfalto, aire, cemento, tierra y piedras y haría de la ciudad un horno.
Siempre hacía el mismo recorrido. A los tres cuartos de hora llegó, como solía, a la cafetería del Dani. Sólo tuvo que dar los buenos días y al instante tuvo delante el café con churros.
Volvió al paseo. Tomo la avenida que, en diagonal, le llevaba a la parte norte del casco viejo. Fue otra hora de deambular, con el sol a la espalda, por los desiertos bulevares que, tras atravesar el puente del Alamín, le dejaron frente al palacio. Los poderosos Mendoza levantaron aquella obra portentosa hacía más de quinientos años, en la época del descubrimiento. En la sombra tenía una belleza impresionante y tenebrosa que hacía de su ornamentación renacentista un precioso misterio.
Allí comenzaba a ascender la Calle Mayor. Era una larga cuesta, a esas horas totalmente en sombra, que llevaba al caminante a la parte alta, y nueva, de la vieja ciudad.
Fue subiendo la calle cuando sintió el primer aviso. Un rumor de las tripas lo anunció. Pero bueno, aquellos gorgoteos matinales tras el desayuno eran normales. Aunque, sin poderlo evitar, le recordaron los sonidos de cloacas y atarjeas. Por otro lado, cuando llegó al final de la Calle Mayor, pensó que apenas le quedaban diez minutos para llegar a casa.
Pese a algún gasecillo sordo que soltó con prudencia y discrección y que le liberó momentáneamente de esa tensa incomodidad, que provoca la inestabilidad intestinal, siguió pensando que llegaría a casa, le sobraría tiempo. En todo caso, se dijo, siempre le quedaría el bar El Trébol que solía estar abierto a aquellas horas y que le daría lugar donde aliviarse si las tripas anunciaban lo inminente. Todo estaba controlado, él era un tipo prevenido.
Ahora sí que caminaba ligero, buscando la línea más directa, sin entretenerse en observaciones, casi con la premura del que huye de un fuego. El hervor interior soltaba ya más gases de los previstos y decidió entrar en El Trébol y acabar con aquellas emanaciones inquietantes, pues comenzó a temer la inminencia de una feroz erupción en zona sin refugio.
Dobló el chaflán que daba vista al bar. El Trébol tenía el cierre bajado y un cartel que anunciaba día de descanso.
En momentos como ésos, de solitaria desesperación, había que hacer de tripas corazón. Quizás la frase se inventó para momentos tan apurados como aquéllos, se dijo procurando mantener la calma. Aceleró el paso locamente, perdida toda capacidad de observación y recreo. Entre pitidos incívicos, y con un arrojo rayano en lo insensato, se saltó en rojo un semáforo que le dejaba a cinco minutos de su casa. Sudaba ya copiosamente por la aceleración al caminar y por la otra, interna, de las independientes tripas que, en su autonomía natural, no le daban tregua.
Al final de la calle se veía la torre de pisos donde vivía. Era la recta final, la llegada a meta, el ansiado relax, el descanso del terremoto, la evacuación del dique, el suspiro del vencedor tras la batalla.
No supo la razón pero, para vencer aquel tramo, dio en pensar en algo que distrajera su mente, que le hiciera olvidar su obsesión perentoria, pensó en los números de Tesla, el tres, el seis, el nueve. La reducción de todas las sumas de los ángulos de los polígonos regulares inscritos en un círculo al mágico número nueve. Aquel portento misterioso, alejó la atención de su mente de los movimientos musculares de los indisciplinados músculos de fibra lisa de sus tripas. Iba a vencer, la mente mandaba, se imponía al descoordinado instinto, a la loca tendencia natural, a los movimientos peristálticos, al fogoso abdomen dictador, amén de la lujuria, de otras cosas nefandas. Aquello era un triunfo de la razón, un monumento al autocontrol.
Se alegró de no cruzarse con ningún vecino ni conocido pues hasta el hecho de dar los buenos días de pasada se le antojaba una dilación, un retraso inadmisible. Sólo una anciana cruzaba, apoyada en dos muletas, un paso de cebra. Afortunadamente ni siquiera la conocía.
Como velero con el viento de popa sólo miraba la bocana del puerto, la entrada a su cobijo de salvación.
A unos veinte metros de la anciana, que salvaba el bordillo, la señora tropezó con el resalte de la acera. Cayó de bruces. Sin un quejido quedó tendida. De la cabeza le manaba sangre. No se movía.
Él siempre se tuvo por un caballero. Pero, al instante, supo que si se detenía, y más si se agachaba a socorrerla, se iría, paradójicamente, con total seguridad.
Pero, si seguía, si se hacía el loco, si pasaba de todo, aquel oprobio, aunque quedara secreto e impune, le acompañaría de por vida.
¿Qué debe hacer el hombre? ¿Aceptar su destino y asumirlo con todas sus consecuencias, poner cara a los hechos aunque estos le ensucien ante el mundo, dar la cara a la vergüenza y a la denigración más humillante o guardar las apariencias, eludir responsabilidades, salir limpio e indemne y, luego, luchar con su conciencia de por vida?
Eligió lo primero, él era un caballero, un señor. En cuanto se agachó para auxiliarla, sintió la cálida invasión, ayudada de gases, liberarse sin traba e inundar tan pastosa como asquerosamente sus bajos, calar ropa interior y pantalón, deslizarse por las perneras y los muslos hacia abajo. Definitivamente se había ido de vareta.
No llevaba teléfono móvil. Sólo pudo, sudando copiosamente, dar la vuelta a la señora, levantarle la cabeza por la nuca y, viéndola inconsciente, buscar con la mirada una ayuda en la calle desierta.
Cuando un coche paró a su lado al medio minuto, respiró. El conductor dejó el automóvil en mitad de la calle y acudió presuroso junto a ambos.
-¿Qué ha pasado?
-Sólo la he visto caerse –dijo con mucho apuro, con la voz trabada y procurando no moverse.
-Llamaré al 112 –dijo el conductor, mirando al sudoroso viandante que estaba en cuclillas junto a la vieja. Le miraba de un modo muy extraño, miraba al principio sin disimulo, miraba después con descaro. Y la cara del paseante estaba cada vez más cárdena y sudada, sus ojos más perdidos y vidriosos y sus labios más titubeantes.
El paseante, al fin, se levantó, se apoyó vacilante en el tronco de un árbol, sacó un pañuelo y se lo pasó por el rostro. Parecía a punto de desplomarse y el rubor le llegaba a las orejas. La vaharada de tufo se extendió inmediatamente como una mancha de aceite en papel de estraza. Y rompió a sudar aún más cuando oyó al del móvil decir:
-Sí, por favor, vengan cuanto antes. Estoy con una señora herida e inconsciente que he encontrado caída en la calle. Está en compañía de un borracho que se ha hecho encima sus necesidades y que no sé la relación que tiene con la señora o con el accidente.
-Pero, qué dice usted. Yo no… -balbuceó el paseante recién envilecido y denigrado.
-Usted cállese y no se mueva de aquí hasta que llegue la policía. Y, ¿no le da vergüenza? A estas horas y en esas condiciones… ¡Que ya es usted mayorcito para pasarse la noche de marcha!

20 julio 2016

Hacer el odio

Hacer el odio es, con diferencia, mucho más sencillo que hacer el amor. Además, hace muchos años, nadie decía hacer el amor y hoy, aún, nadie dice hacer el odio. Pero, del mismo modo que la expresión “hacer el amor” triunfó sobre otras más explicitas como joder, follar, o con más sentido pecaminoso como fornicar, o con un tufillo animal como copular o con otras más o menos asépticas como intercambio sexual o relación sexual o sobre la muy pacata “conocer” en el sentido bíblico, la expresión “hacer el odio” seguramente triunfará sobre otras expresiones sumamente truculentas que describen los muchos modos de herir o matar a nuestros semejantes en esta sociedad nuestra a la que le gusta guardar los buenos modos, sobre todo, con las palabras. Fíjense que a algunos salvajes asesinos les llaman ahora “lobos solitarios”. No me digan que no es poético, vamos, casi de fábula.
De entrada, para hacer el amor es necesaria compañía, excepto para el amor platónico o el místico. Aunque creo que estas dos últimas formas de amor no están incluidas en lo que popularmente se entiende como hacer el amor, es decir: echar un polvo. Son formas de amor contemplativas que huyen de la acción y que, por tanto, no hacen el amor sino que sienten el amor. Así que mantienen la misma distancia que existe entre la acción y el pensamiento. Y por último, el onanismo, aunque sobrepase al pensamiento y tenga algo de acción, e incluso reconociéndole su utilidad, no es sino hacerse trampas en el solitario, puro vicio, con perdón. Así que nunca ha estado muy bien visto ni se ha considerado cosa de fair play en las acciones amorosas propiamente dichas.
Para hacer el odio no es imprescindible la compañía. Debo reconocer, sin embargo, que a algunos les gusta odiar en grupo pero esa es una solución demasiado fácil, basta con hacerse socio de algún club de fútbol, o nacionalista a nivel de usuario, o de algún partido o confesión, tanto a nivel inicial como avanzado. Esto nos demuestra que el hacer el odio está muy institucionalizado y puede valer cualquiera a poquito interés que ponga. Son muy pocos los que no caen en ello bien por inercia o bien porque, si no, se aburren.
Además para hacer el amor hay una edad. Y lo sorprendente es que en esa edad, algunos, que fueron considerados unos virtuosos en la ejecución de tal práctica, van ahora y nos desvelan que tras copular incontables veces con innumerables parejas, tríos, dobles parejas o inmersos en toda la variedad de la baraja, jamás hicieron el amor. Me dejan mortal. Resulta que los mejores atletas del sexo eran unos románticos que perseguían la fusión de los espíritus a nivel emocional y que esos orgasmos de repetición tan llamativos, en el fondo, no les decían nada y sólo les dejaban un vacío tremendo. Pues que sepáis que nos pusisteis los dientes muy largos, como para que nos vengáis ahora con éstas.
Y entonces resulta que todos los que con fervor intentamos en su día, eso de hacer el amor abundantemente, con múltiples parejas y con esos efectos físicos devastadores que buscaban el ansiado nirvana liberador, estuvimos siguiendo un modelo equivocado. No sólo erramos el camino sino que, tras fracasar en nuestro idílico afán de promiscuidad y en la ejecución misma del acto que, reconozcámoslo, fueron unos polvos sin pena ni gloria, hicimos también el ridículo. No era eso lo que nuestros admirados modelos de la promiscuidad perseguían, sino el amor verdadero. ¡Vaya por Dios! Pues podían haberlo dicho antes. Que nos han salido más espirituales que la Conferencia Episcopal. De haberlo sabido nos habríamos casado con el novio o la novia de toda la vida y santas pascuas. ¡Fantasmas!, ¡escandalosos! Que eso es lo que sois. Tanto cachondeo y tanto chichiveo para no encontrar el amor. Eso sí, después de haberse hartado de no hacerlo con la debida propiedad. Vaya cuajo.
Ahora todos los que no tuvimos éxito tanto en alcanzar una cantidad de parejas respetable como en lograr el virtuosismo en la ejecución pues, aún llegando al suficiente a veces, siempre necesitábamos mejorar, nos hemos quedado perplejos: hemos perseguido una quimera. Estamos desnortados, sin guías, prácticamente sin modelos. Fracasados, en una palabra.  Vamos, casi tentados de volver al seno de la Santa Madre Iglesia aunque nos degraden a neo catecúmenos rasos.
En cambio para hacer el odio no hay una edad idónea, es más, cuanto más viejo seas mejor te puede salir. Y no tienes que contar con nadie. Eso sí, tienes que idolatrar la muerte. Tienes que pensar que la muerte te llevará a otra vida donde el odio que hayas ejercido en ésta te será debidamente recompensado. En el fondo es lo que dicen casi todas las religiones aunque algunas la recompensa la vinculan al amor. Pero cualquiera sabe quién lleva razón porque cada religión patrocina sus productos. Ver el resplandor de la verdad entre tanta publicidad es muy difícil.
Y, eso de sacralizar la muerte, a todos en algún momento de la vida puede atraernos. Sin ir más lejos, en mi juventud, estuve a punto de hacerme “novio de la muerte” porque esas definiciones, tan románticas, concuerdan mucho con el idealismo juvenil que es, más o menos, creer saberlo todo cuando todo lo ignoras. Afortunadamente me desanimé porque había que desfilar muy deprisa con una cabra delante, escoltar crucificados a pecho descamisado y luego ir por ahí a misiones humanitarias y a zonas agropecuarias de otros países en misiones de paz. Y aunque te prometían que “la muerte no es el final”, eso no era hacer el odio y esa novia, la muerte, a ese paso, tardaría, si es que lo hacía, en dar el sí quiero y casarse contigo. Pero también, como no puede ser de otra manera, ha de respetarse el pacifismo de cada cual. Porque el pacifismo ha de alabarse venga de donde venga. Y lo mismo que los civiles pueden hoy en día derivar en belicistas, a nadie debe extrañarle que los militares deriven en pacifistas y abominen de la violencia. La dimensión poliédrica de la sociedad globalizada lo último que debe hacer es sorprendernos o espantarnos, sino, antes bien, admirarnos, como todos los fenómenos multiformes y trasversales.
Pero, con la globalización, hacer el odio se ha customizado (cuán bella palabra) y si, por hacer el odio, matas a tus semejantes del modo que sea, con lo que tengas más a mano, te haces famoso por tu alarde de inteligencia y adaptación y siempre hay alguna asociación pro muerte que te reivindica como uno de los suyos a título póstumo. El que haga el odio, como los seguidores del Liverpool, nunca caminará solo. Y así al hacer el odio, que lo teníamos por ahí perdido y sin ponerlo en valor, ha habido quien lo ha rescatado del olvido y la vida vuelve a ser más interesante y cualquiera puede odiarte sin conocerte y matarte al buen tuntún. Además de la lotería de las enfermedades nos encontramos ahora con la lotería de los que hacen el odio.
-Ha muerto Pepe.
-Ya. Me imagino. Un cáncer fulminante o un ataque al corazón. A nuestros años…
-Quiá, que se topó con uno que iba haciendo el odio por ahí y le dio con una plancha en la cabeza sin mediar palabra.
-¡Ah! Entonces es cosa normal: un lobo solitario. Nos puede pasar a cualquiera. Ya les pasó a Caperucita Roja y a su abuelita…

04 julio 2016

La complicada resaca electoral

La situación se está poniendo muy complicada. Acaban de detener al pollero de mi barrio. Y no ha sido el único. Las detenciones indiscriminadas comenzaron al día siguiente de las últimas elecciones. Varios camareros fueron los primeros en caer. Pero no se le dio al asunto mucha importancia porque los camareros, ya se sabe, suelen ser unos bocazas que se pasan el día haciendo juicios de valor y aún cosas peores.
El asunto se trivializó indebidamente porque no se calibró en positivo la envergadura del tema, o sea, se miniminizó irresponsablemente una cosa de trascendencia extrema. Creíamos que el tema se basaba, básicamente, en exageraciones interesadas, rumores torticeros o comentarios malintencionados y sacados de contexto voluntariamente adrede para polarizar a la gente. Un grandísimo error, un error gordísimo, en definitiva, lo que viene a ser un graso error. Enseguida nos apercibimos: el tema era muy complicado y hubiera convenido maximalizarlo a tope.
Cuando se llevaron a la señora Mari, la de la mercería, los comentarios ya eran, básicamente, más fundados. El barrio se llenó de temores y suspicacias y la gente en los bares ya no se expresaba con la espontaneidad habitual que forma parte de su natural idiosincrasia. La inquietud en mi barrio, como dice el peluquero, se ha disparado. Está llegando a cotas antes jamás pensadas, inimaginables. Algo sumamente inaudito. El tema, o sea, es muy fuerte.
Lo de Pepe, el pollero, ha sido el último mazazo. Detener a un tipo como él, a todo un emprendedor, ha dejado al barrio mentalmente colapsado.
Dicen, los que presenciaron su detención, que el sano emprendedor, al salir esposado de la pollería, porfiaba con la policía que aquello era un error de discernimiento y metodológico, que él no había votado a “los malos”, que había votado a “los  buenos”, que ahora que su ratio de ventas estaba disparándose positivamente no podían detenerle y poner a su PYME en riesgo de caer en el impago y a su familia en el del desahucio y la exclusión social. Que aquello era una humillación muy denigrante.
Pero buenos son los guardias civiles de la UCO con todo lo que huela a esa lacra nefasta de la corrupción negativa. Y, claro, ante el espectáculo que se preparó, porque la Guardia Civil es la Guardia Civil por muy UCO que se le llame, el prestigio del pollero se ha puesto en entredicho, vamos que ha descendido en picado su nivel de popularidad, bueno que, por muy emprendedor que fuera, su credibilidad se ha desplomado negativamente. Que va a ser ya muy difícil poner en valor el buen nombre de Pepe el pollero. Su figura va a ser muy difícil rehabilitarla socialmente. Básicamente, ése es el tema. Muy complicado.
Varios vecinos, que iban a marcharse a pasar el verano al pueblo por eso del éxodo estival en busca de las propias raíces, se han visto absolutamente superados por la sucesión de estos luctuosos acontecimientos y han pospuesto, sine die, la marcha al medio rural por ver en qué para todo esto, o sea, el tema este.
Y es que el Venancio, el del bar de al lado de la pollería, dijo que le oyó decir al cabo de la Benemérita que esto no era más que el principio y que lo peor estaba por llegar. Y lo que el Venancio dice, en mi barrio, va a misa. Yo creo que el Venancio, en aras del derecho a la información, ha disparado la alarma social en el barrio. Aunque, en el fondo, valoro positivamente la actitud de total transparencia que ha mostrado el Venancio. Que el Venancio al pan, pan, y no hidratos de carbono sometidos a elevadas temperaturas. Anda que no tiene el Venancio claro el tema. Ya te digo.
Los jubilados, que hasta ahora por evidentes razones de edad y achaques estaban libres de sospecha y eran bien mirados, tienen también motivos de inquietud, sus detenciones se han disparado alarmantemente. A un tal Agapito se lo llevaron del campo de petanca, codo con codo, y le confiscaron hasta las bolas y el imán. Y hasta se mosquearon los agentes con el aparatito que llevaba, y, menos mal, que se dieron cuenta de que era un marcapasos. Pero esa misma tarde, en la taberna del Baco Zido, fueron detenidos otros dos jubilados mientras jugaban de pareja al dominó y estaban a punto de cerrar a pitos.
Dicen que muchos otros vejetes, también ciudadanos de la tercera edad, que pretendían, so pretexto del calor, esconderse en sus pueblos, han sido detenidos por los rurales de la Guardia Civil que, sin tanto toque de anticorrupción ni de policía fiscal, imponen mucho más que los de la UCO. Como conejos dicen que han caído, en manos de la Benemérita, los “panteras grises” mientras sesteaban en sus pueblos sintiéndose en total impunidad.
En fin que en mi barrio ya se ha perdido la cuenta de los detenidos. Algunos dicen que son casi las dos quintas partes del censo. Yo no les creo, me parecen cifras interesadamente hinchadas por los agoreros de siempre. Un tema, el de la veracidad de estas informaciones, muy complicado.
Dice el Venancio que las tasas de detenciones se están incrementando positivamente y que, aunque él prefiere no pronunciarse sobre el tema porque le faltan elementos ponderados de juicio, valora como exponencialmente positiva la actitud de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, o sea, de los guardias, aunque él no descarta ninguna hipótesis alternativa o alguna otra detención sorprendente.
Y es que el incremento aumentativo de jubilados, en los últimos años, no parece producirle al Venancio ninguna confianza positiva y, aunque dice que a él no le consta, supone, por todos los indicios, que han iniciado una revolución secreta los jubilatas para cambiar los destinos de España. Que sólo les importan sus pensiones, que no piensan en el futuro del país y que, con su voto, están propiciando que el sistema se colapse y venga, sin dilación, la “dictadura del capitaliado”. Y que muchos, sostiene el Venancio para concluir con el tema, dicen con cinismo que pa lo que les queda en el convento… Y que eso, a su juicio, es de una antisocialidad insensible y totalmente negativa y antisolidaria a todas luces, y, añade, que a los viejos bastante se hace con pagarles la pensión, que el derecho al voto para los que trabajen, que son los que saben de qué va el tema. Joder, vaya tema, qué problemática tan conflictiva, amén de complicada, y cómo se explica el Venancio, con qué sentimiento, con qué corazón, cómo se le ponen las venas del cuello. Si por él fuera, echaba a los viejos de Europa. Vamos que los corría a chorrazos hasta los Urales. Qué fuerte. Ya te digo.
Al fin se ha sabido de qué acusan a los detenidos: Colaboración con banda de delincuentes comunes, amparo a delincuentes, connivencia clandestina con corruptos.
Dicen que van a prohibir la tolerancia pasiva a la choricería y, aún más, su exaltación, y que han tenido que tomar cartas en el asunto hasta los de Bruselas pues el tema lo asocian propiamente con la mismísima Mafia. Un tema muy complicado. Ya te digo.
Quién lo iba a decir de Pepe, de la señora Mari, de los camareros y de los y las jubilatas. Que andaban protegiendo a delincuentes nada menos que con una cosa tan positivamente sagrada como el voto cívico que tanto costó conseguir a las pasadas generaciones de luchadores por la democracia y la libertad. Bueno, yo, ni por asomo, me pensaba rodeado de tanto encubridor. Vamos que ni se me había pasado por el pensamiento. Ni por pensaba que pudiera ser ese el tema. Joder, tío, qué fuerte.
Bueno, un servidor se larga mañana al pueblo y salga el sol por Antequera.
-Coño, quién será a estas horas.
-Que salgas, Mariano, que están aquí los de la UCO preguntando por ti.
-¡Dita sea, cómo s’habrán enterao! ¡Ni que estuviéramos en Venezuela! ¡Qué digo, esto es peor que la Cuba de Castro!

30 junio 2016

Sobremorir

Aunque algunos tenían la sospecha de que estas cosas habían pasado en todo tiempo y lugar, el gobierno estaba alarmado.
Siempre se había dicho que las personas que, teniendo todo en su contra, lograban salvarse eran unos supervivientes natos. Esto se aplicaba tanto en los asuntos de salud como en aquellos sucesos catastróficos que ponían a los humanos cara a cara con la muerte y, contra toda probabilidad, sobrevivían.
Al mencionar estos asuntos todos pensaban en accidentes o acontecimientos de lo más aparatoso: terremotos, incendios, hundimientos, naufragios, hambrunas, guerras y cuantas calamidades o hechos casuales pudiera imaginar el ser humano. Había personas que, sin que nadie pudiera por lógica pensar que se salvarían, sin embargo y contra todo pronóstico, sobrevivían. Esto todo el mundo lo tenía asumido e incluso había empresas especializadas en Técnicas de Supervivencia, pues no faltaban quienes pensaban que se podía controlar hasta el azar con ese brazo tan útil de la Ciencia al que llaman Técnica. Hasta ahí todo era normal y, con más o menos fe en la técnica, todos le daban cierto crédito. Y a nadie extrañaba lo milagroso de estas salvaciones. Se aceptaba.
Pero no era éste el problema que amenazaba al país.
¿Qué ocurría? ¿Por qué estaba comenzando a suceder justo lo contrario? Era un hecho insólito que comenzaba a ser sumamente frecuente.
Se trataba de personas de distintas edades que, teniendo un excelente estado de salud y bienestar, morían plácidamente sin causa. Gente que se acostaba sana y feliz y no despertaba de su sueño. Las autopsias así lo demostraban. Ninguna enfermedad traidora, ninguna violencia, ningún tóxico había acabado con sus vidas. Se diría que habían muerto espontáneamente, sin ninguna causa conocida. Esto, siendo tan extraño y milagroso como lo anterior, tenía a todo el mundo perplejo. No se aceptaba.
Al principio la Ciencia, dando por sentado que el final natural de la vida es la muerte y que en las autopsias no se encontraba causa alguna, calificaron estas muertes en los partes de defunción con este inespecífico dictamen: Muerte natural. Pues encontraban en el hecho de haber vivido la necesidad de morir y les parecía la culminación de un hecho natural cuya causa eran incapaces de encontrar. No les pareció determinante la causa de un hecho que, tarde o temprano, se daba por ineludible.
Sólo cuando estos fallecimientos crecieron de manera alarmante, empezaron a preocuparse por este tipo de muertes que, aparentemente, se daban sin que los cuerpos de los fallecidos presentaran incompatibilidad alguna con la vida. El no poder determinar la razón de la muerte, cosa tomada por nimia en un principio, se convirtió en motivo de alarma social.
El primer sector económico en alarmarse, a secas, fue el de las compañías de seguros. ¿Cómo podía ser que personas que se habían sometido a un exhaustivo reconocimiento médico muriesen a los pocos días sin causa? De acuerdo, esas muertes súbitas siempre habían sucedido, pero eran casos raros. Y, sin embargo, ahora la estadística mostraba que en el último año los casos se acercaban al cinco por ciento y continuaban subiendo inexplicablemente. Las indemnizaciones a pagar estaban comenzando a arruinarles sin que encontraran modo razonable alguno de negarse a satisfacerlas ante los tribunales y eso que tenían departamentos sumamente imaginativos para ello. Ninguna compañía podía aducir que el fallecido hubiera muerto sólo para fastidiarles. Y el hecho de que los seguros empezaran a hacer frente a aquello para lo que habían sido creados era un desastre, podía significar el fin del negocio. Era, en una palabra: Intolerable.
La Banca, alertada por las compañías de seguros, que eran hijas, ahijadas o hermanas o, en cualquier caso, parentela siempre, no daban crédito a lo que sucedía. Bueno, en realidad, no daban crédito a casi nadie pero, incluso entre los concedidos a personal de aparente solvencia, empezaron a topar con morosidades propiciadas por los buenos clientes que morían inexplicablemente.
La diferentes confesiones y las asociaciones pro vida dieron en pensar que un complot contra ellas se estaba fraguando pues la gente, al ver la muerte serena, dulce y siempre en el sueño, de los que morían sin causa, pareció que le estaba perdiendo el miedo a la Parca e incluso hasta que se estaba poniendo de moda morir así. ¿Qué iba a ser de ellos si la gente le perdía el miedo a la muerte? ¿Qué pasaría si la muerte se convertía en una manera cómoda, indolora e involuntaria de dejar de vivir? ¿Cuánta gente se entregaría plácidamente a ella, habida cuenta del tipo de vida que en general llevaban?
Las audiencias y videncias de todos los medios de comunicación, incluido Internet, llamaron al fenómeno “Tremending Topic”, ya que, como se había demostrado, no tenía sentido llamarlo “fenómeno viral” porque nada biológico causaba aquellas muertes.
Si a aquellos, que teniendo todo en su contra para vivir, se les llamaba supervivientes o sobrevivientes, cuando lograban salvarse, ¿cómo habría de llamarse a los que fallecían, cuando tenían todo a su favor para vivir, y, sin remisión, sucumbían? Eran supermurientes o sobremurientes y así, el fenómeno del supermorir o sobremorir se convirtió en tendencia. Extraño proceso por el que organismos humanos, con una salud perfecta, fracasaban repentinamente y, podía decirse, que morían de éxito.
El Laboratorio de Inteligencia Artificial y Ciencias de la Computación del Instituto Tecnológico de Massachussets fue el encargado de estudiar este inédito comportamiento. Tras meses de investigaciones, dejaron éstas en suspenso. Y, como conclusión temporal de sus trabajos, enviaron al gobierno esta escueta frase que atribuían a Mr Marvin Minsky, fundador de dicho laboratorio: "Hasta la fecha, no se ha diseñado un ordenador que sea consciente de lo que está haciendo; pero, la mayor parte del tiempo, nosotros tampoco lo somos".
¿Daba a entender el afamado laboratorio que los humanos, inconscientes como máquinas perfectas, consideraban trivial la muerte?
El ejecutivo se reunió de urgencia. Había que atajar aquella creciente tendencia a sobremorir. Pensaron que si la mente humana captaba que podía morir por voluntad propia, seguramente dejaría de sobremorir la gente como hasta ahora.
Autorizaron la eutanasia tanto pasiva como activa y también el suicidio, activo, claro. Incluso legalizaron el homicidio, hasta entonces lícito sólo en las guerras, siempre que tuviera alguna justificación pasional o económica, nunca al buen tuntún, por ver si las ganas de matar abrían en los asesinos las de vivir. Todo se permitiría con tal de que la gente muriera por alguna causa conocida y a todos se les abriera el apetito por vivir. Aquella pasividad, elogiosa en algunos políticos, no podía convertirse en patrimonio del vulgo.
Pero si en el mundo habían triunfado cosas tan molestas como el fascismo, el comunismo, el capitalismo, los tatuajes, el piercing y los zapatos de tacón cómo no iba a triunfar esta liberadora tendencia a la sobremuerte.
El “don’t worry be happy y muérete”, se convirtió en la última tendencia. Y nadie consiguió desarraigarla. Aunque, están en ello.

24 junio 2016

A un hijo muerto

En su alegato final el abogado del automovilista dijo:
“Señoras y señores del Jurado:
¿En qué clase de familia se estaba criando ese niño? ¿Qué clase de educación estaba recibiendo? En definitiva, qué tipo de persona hubiese llegado a ser.
Un niño de diez años que juega en la calle, sin la debida atención parental, sin ser en todo momento monitorizado por sus padres, es un vivo ejemplo de lo que en nuestros días puede denominarse con absoluta propiedad un caso evidente de abuso infantil pasivo. O, dicho de otro modo, de la despreocupación generalizada y la inhibición de responsabilidades que reina, por desgracia, en tantos y tantos hogares actualmente. ¿O es que no somos todos conscientes del peligro que hoy en día conlleva el tráfico rodado en nuestras urbes? ¿Qué tipo de familia permitiría que uno de sus vástagos deambulase a su libre albedrío, y nada menos que con un balón, por las calles de la insegura ciudad?
Estoy convencido de que a muchos de ustedes, padres y madres responsables, les obsesionan y martirizan, a la par que a mí mismo, estas cuestiones. Y yo les pregunto: ¿Ustedes, como progenitores conscientes de esos mil peligros, lo hubiesen permitido? ¿Relajarían ustedes su responsabilidad hasta tal punto? ¿Aman ustedes a sus hijos o, por el contrario, coexisten pasivamente con ellos, insensibles y ajenos a la problemática de sus vidas? ¿Cuál es su concepto de paternidad proactiva y responsable?
No seré yo quien responda a estas preguntas, dejo que cada uno de ustedes, respetables miembros de este Jurado, se den en conciencia las respuestas. No es a mí a quien corresponde aleccionarles. Jamás lo intentaría ni se me pasaría tal cosa por el pensamiento.
Y, si el entorno familiar de este chico le permitía vivir en tal permisividad suicida, ¿no cabe responsabilizar a sus indolentes padres por el desgraciado accidente que sufrió? ¿Acaso la inhibición de las obligaciones familiares ha de ser premiada no ya por este tribunal, sino por la sociedad a la que todos aquí representamos? ¿Podemos permanecer como impávidos cómplices de este soterrado maltrato? Piénsenlo ustedes.
Sí, desgraciadamente, el muchacho murió en el accidente. Y no cabe sino sentir conmiseración por él. Y nuestros ánimos se ven urgidos a castigar al culpable de inmediato. Tal es, no sólo nuestra inclinación natural, sino la naturaleza de nuestras leyes, tan garantistas como céleres en el castigo.
Y ahora queremos ver en el conductor a ese culpable. La triste pérdida de una vida bajo las ruedas de un coche, aún sin haber sido testigos del luctuoso hecho, hace que nuestra compasión se incline por el accidentado. Es natural, ese desdichado era un inocente cuya vida segó un conductor al que, los más indulgentes, tildarán de despistado y, los más severos, de infractor de alguna de las innumerables normas del Código de la Circulación. Ésas de las que tantas veces nos olvidamos al volante pero que tan presentes tenemos cuando somos peatones. Que cada uno de ustedes reflexione sobre mis palabras y las pondere en conciencia. ¿Acaso no pudo esto ocurrirnos a cualquiera de nosotros?
Lejos de querer influir en este Jurado, infiero lo siguiente:
Este muchacho pereció por un error que cualquiera podemos cometer. Eso está fuera de toda discusión. Porque intencionadamente ni mi defendido ni nadie en su sano juicio atropellaría deliberadamente a un niño.
Pero yo no quiero dejar impune este accidente, sino hacerles ver con afilada claridad hasta dónde llega la responsabilidad de cada cual. Es mi obligación ir más allá. Llegar a la última causa. De otro modo, no podría decir que actúo buscando la justicia, ni de acuerdo con mi ética profesional, ni tampoco con respecto a mis convicciones personales que, seguramente, coincidirán inevitablemente con las suyas.
Pongamos un ejemplo:
¿Se extrañarían ustedes de que un potro suelto, dejado escapar y sin control, fuese atropellado?
Estoy seguro de que no. Es más, pedirían responsabilidades al dueño no sólo por tal acto, sino también por los daños que el accidente hubiese causado tanto a los ocupantes como al propio vehículo, ambos sujetos pasivos del atestado. Lo considerarían lógico. No titubearían. Tal es la claridad de la razón cuando se enfrenta a la evidencia.
Pues, en nuestro caso, piensen que si un potro genera una responsabilidad tal en su dueño, qué no generará la patria potestad que tienen los padres sobre sus hijos. Señoras y señores, estamos hablando aquí de un ser humano, ¿o es que acaso es menor la responsabilidad sobre un hijo que la que nos genera una mascota?
Por otro lado, con el tipo de educación que ese muchacho estaba recibiendo y que, por lo que yo deduzco y temo, más se parecía a la total ausencia de ella, a ninguno nos pueden extrañar los hechos.
¿Qué hubiera sido de ese muchacho en la vida? Seguramente habría sido un perro sin amo, una bala perdida, un ser no sujeto a normas ni principios, un individuo asocial. El legado educativo, que nunca recibió de sus padres, le habría llevado a la marginalidad sin duda y, probablemente, a la delincuencia. Si supieran ustedes cuántos casos parecidos, de muchachos procedentes de hogares disfuncionales, sin principios, pasan desgraciadamente por mis manos en innumerables delitos menores y aun mayores, comprenderían muy bien mis palabras. De modo que, sin apenas riesgo de equivocarme, pues la estadística está de mi parte, podría muy bien suponer que, en este caso, una vida abocada al delito, que no a otra cosa, se ha visto truncada. Doloroso, pero así es. Así me lo dicta la experiencia, así lo confirman los datos, por duro que resulte aceptarlo.
Propongo por tanto que se declare inocente a mi defendido y que, ya que nadie va a indemnizarle por los daños en su vehículo, que se le compense con un juicio libre de costas.
¡Muchas gracias, señoras y señores del Jurado!”


En su alegato final el abogado del accidentado dijo:
“Señoras y señores del jurado:
Henos aquí ante un caso en el que, aunque la evidencia salta a la vista, el cinismo, amén de anegarnos el ánimo, parece querer arrancarnos los ojos.
Por el hecho de que un niño de diez años juegue a la pelota en la calle, se pone en duda la integridad de su familia, lo esmerado de su educación e incluso lo que, de vivir, hubiese sido su futuro, un futuro que, como ha quedado demostrado por todos los indicios, se vislumbraba no sólo prometedor, sino brillante.
Sepan ustedes, señoras y señores miembros de Jurado, que los padres del niño atropellado le dieron la mejor educación posible. Ésa que dicta la inteligencia y no el temor, ésa que da alas a las personas en lugar de cercenárselas. Le educaron para adaptarse a su medio, para saber decidir en cada momento, para que tuviera sus propios criterios al enfrentarse a la cotidianeidad, para que fuera crítico y supiera desenvolverse y adaptarse a las vicisitudes de la vida. Le educaron, en suma y nada más y nada menos, que en la libertad, pasando por todos los objetivos trasversales que la adquisición global de ésta conlleva.
¡Gran delito por lo que se ve!, siendo la libertad, como bien se sabe, lo único que anima a afrontar los riesgos de la vida y aun a poner la misma vida en juego por lograrla o mantenerla. Que de esto nos sobra bibliografía acreditada, tanto de nuestros clásicos como de otros autores, no menos fidedignos, de allende nuestras fronteras.
Sin embargo, parece ser que es un gran pecado, una falta imperdonable, el dotar progresivamente de libertad a un niño en su curricular progreso hacia la edad adulta. Parece que es mejor tenerlo atado, encerrado entre las cuatro seguras paredes de un piso, atontolinado permanentemente frente a un ordenador o jugando con un teléfono móvil, dependiendo permanentemente de sus padres y evitándole cualquier pernicioso o peligroso contacto con el mundo real.
Pero, introspectando en mi conciencia, yo me digo: ¿Es evitando los problemas como se enseña a nuestra juventud a enfrentarse a ellos? ¿Es tapándoles y tapándonos los ojos como queremos enseñarles a descubrir el mundo? ¿Es evitándoles todos los riesgos como queremos que se habitúen a lidiar con la vida?
Y me cuestiono, señoras y señores del Jurado, qué ideales educativos tiene nuestra sociedad: ¿Hacer de nuestros hijos unos seres estabulados, en aras de una seguridad a ultranza, o darles la progresiva libertad que necesitan para aprender y llegar a ser personas independientes y con criterio? ¿Cuál de estos sentimientos debe ocupar la mente y el corazón de unos dignos progenitores?
No sé lo que pensarán ustedes al respecto pero, lo que sí sé, es que los padres de este niño supieron arrinconar todos sus miedos pacatos y educarle dotándole de libertad, asumiendo que la ejerciera e inculcándole estos sagrados principios desde la edad más tierna. Padres que educan así a sus hijos son para mí dignos de la mayor admiración y el más grande respeto. Y diría más: Son ejemplos a emular. Porque dan a sus hijos lo que más les cuesta confiarles: La libertad. Porque son conscientes de que, aunque la seguridad a ultranza a ellos, como padres, les mantendría más tranquilos, no es eso lo que precisan sus hijos para remontarse en la vida. Los padres pueden sentirse confortados por la seguridad, pero los hijos necesitan libertad para aprender, tanto como las aves precisan del aire para volar.
¿Qué padres son más generosos, los que se tragan sus temores y ofrecen libertad a sus hijos o los que se la niegan por el egoísmo de vivir ellos tranquilos? ¿Qué somos, padres egoístas o padres generosos? Porque no es a los hijos a quien debe juzgarse, en este aspecto, sino a los padres.
Pues bien, los padres de mi defendido, eran unos padres tan generosos como responsables. Su desdichado hijo, aparte de unas habilidades balompédicas reconocidas por el barrio entero, era un buen estudiante, sus profesores así lo atestiguan.
Todo lo anterior me permite concluir que el muchacho atropellado tenía todas las mejores bazas en su mano para enfrentarse al futuro. ¿Quién sabe? Con las premisas educativas que he descrito, ¿llegaría a matemático, a filósofo, a médico, a profesor universitario, a fisioterapeuta…? ¿Abrazaría tal vez la literatura, la física, la ingeniería, tal vez la ortodoncia? ¿Hubieran querido los hados que llegara a Premio Nóbel? O, incluso, y en el mejor de los casos, ¿quién asegura que no hubiera podido llegar al súmmum del talento y haber acabado bien como astro del fútbol, o bien como líder político de un partido emergente?
Desgraciadamente para el muchacho y para su familia, ya nunca lo sabremos.
Al parecer alguien lo ha matado. Alguien que, al parecer, es tan distraído y confiado al volante como cualquiera de nosotros. Alguien que, como cualquiera de los presentes, no deseaba hacer lo que hizo.
Pero, como al fallecido esta intencionalidad o falta de ella le trae ya sin cuidado, solicito de todos ustedes que tengan la misma comprensión con sus padres que la que parecen sentir por el conductor. En consecuencia, pido que se les indemnice con la cantidad que el Sr. Juez estipule y que, además, tenga la consideración de pagar el acusado los costes de este juicio.
No pido pena de cárcel para él porque, por lo que se ve, tendría que pedirla también para todos ustedes ya que, tan comprensivamente, se ponen en su lugar.
¡Muchas gracias, señoras y señores del Jurado!”

19 junio 2016

El Camino de la Ruina

Dicen que en un pueblo serrano, hoy desaparecido, había un camino que no llevaba a lugar alguno sino que tenía al tiempo por desembocadura. Le llamaban el Camino de la Ruina. Salía de una aldea, hoy abandonada, que tuvo por nombre Portarrecia y cuyos restos aún se reconocen entre la vegetación arrolladora y salvaje de un valle perdido del Sistema Ibérico.
Y cuentan, los que conocieron a alguna de las personas que transitaron por aquel camino u oyeron relatos de terceros sobre ellas, que los caminantes, que por esa trocha se internaban, a veces no volvían y, los que volvieron, nunca supieron con total certeza qué tiempo visitaron.
Algunos sostienen que los que por ese sendero se perdieron iban buscando el pasado. Y que, cuando lo encontraban, comprendían que el mundo era antaño mucho más injusto, con trabajos más duros, con más enfermedades, con menos alimentos y más hambre. Y que, por eso, generalizando, lo llamaban el Camino de la Ruina.
Otros, por el contrario, decían que los que anduvieron por tal camino buscaban el futuro. Y que, cuando daban con él, entendían que el mundo tendía a desnivelarse, que unos vivirían sin límite y otros morirían apenas alumbrados, que los más altos adelantos convivirán con el exterminio y que el género humano sustituirá los sentimientos por las utilidades. Y que es ésta la razón por la que llamaban al tal camino el de la Ruina.
Tras indagar mucho, me informaron de que en una residencia vivía un anciano de aquéllos que se sabía con certeza que habían recorrido tal camino. Pero, me dijeron, que no sabían si querría hablar conmigo ni si, en el caso de que accediera a ello, le encontraría en sus cabales.
Me sorprendió dar con un hombre que rondaba los cien años. Tenía tan ágil la mente como torpe el esqueleto. Pero no pareció extrañarle mi curiosidad, ni tuvo reparo alguno en conversar conmigo.
El señor Telesforo había sido cartero. Fue el último que hubo en Portarrecia. Todos los lunes bajaba a por la correspondencia a la cabeza de partido de aquella zona serrana. El resto de la semana la repartía en el pueblo, las aldeas aledañas y en los caseríos dispersos por las cercanías. Todos los trayectos los hacía en caballería pues los caminos de la zona no eran aptos para vehículos a motor y, además, había muy pocos por entonces.
Tras conversar con él y hacerme cargo de las características de su trabajo y de la zona y del pueblo que habitó, entré en el asunto que tan curioso me tenía:
-¿Qué me puede decir usted, Telesforo, del Camino de la Ruina?
El viejo cartero pareció sorprendido de que le mentase el tal camino. Pensó un poco antes de hablar. Al fin, sonrió y me contó lo siguiente:
-No sé lo que le habrán contado. Pero lo que yo voy a contarle, sin despreciar otras historias, es la mía y la de los míos en ese camino.
-Seguramente –le interrumpí- tuvo usted que recorrerlo alguna vez o pasar por él para cumplir con su trabajo.
-No. Mi paso por ese camino fue anterior. Lo recorrí en mi infancia, a pie, con mi hermana y mi madre y una perrilla conejera, pequeña y peluda, a la que llamábamos la Pulga. Mi padre había muerto un mes antes. Mi hermana y yo éramos muy chicos y mi madre era una mujeruca endeble y enfermiza. Lo poco que dejó mi padre lo consumimos en ese mes. Y, desesperados y acuciados por el hambre, un día decidimos los tres tomar ese camino y ver dónde llevaba, pues lo incierto nos tentó entonces como una esperanza, porque de lo cierto sólo la limosna nos cabía esperar y eso duraría poco. Porque los buenos sentimientos duran menos que el dinero. Y, por llamarse el Camino de la Ruina, nos pareció que, estando nosotros arruinados, bien podríamos transitarlo con todo merecimiento, por ver a qué sitio llevaba o si era cierto que no llevaba a sitio alguno, sino a otro tiempo diferente. Pues eso decía la leyenda que todos sabíamos en Portarrecia.
-Y, ¿dónde conducía? ¿Llegaron a otro tiempo?
-Pues no sabría decirle con exactitud, porque la sierra en la que nos internamos es, como todos los paisajes desiertos, ajena al tiempo. Pero puedo asegurarle que, tras varios días de caminar sin descanso y dormir en oquedades, terminamos también nosotros por perder toda relación con el espacio y con el tiempo. Y, acabadas las provisiones y desengañados de encontrar solución a nuestra ruina, una mañana, cuando al despertar nos encontramos de nuevo perdidos en la nada, decidimos abrazarnos los tres y despeñarnos.
Ya nos habíamos despedido y besado y pensábamos, con lágrimas en los ojos, que en breve nos reuniríamos con mi padre.
Cuando, abrazados los tres cuerpo con cuerpo, estábamos a un pie de dejarnos caer al precipicio, apareció la Pulga con un conejo en la boca. La sensación de que un animal era más valiente que nosotros me encorajinó, miré al vació y me dio tal vergüenza de nosotros mismos que vomité, aunque tan poco habíamos comido que sólo fueron bilis. Les dije a mi hermana y a mi madre que no nos tiraríamos y que nosotros éramos, al menos, tan capaces como un perro y que, entre los tres, nos las arreglaríamos para sobrevivir. El milagro obró y ellas se contagiaron también de mi valor recién nacido. Y, de aquel tiempo extraño que habíamos vivido en el camino, regresamos al nuestro y supimos dar con el de vuelta a Portarrecia. La gente del pueblo, al ver que habíamos regresado del Camino de la Ruina, nos miraban con respeto y nunca nos preguntaron a qué punto llegamos. Unos con una cosa, otros con otra, todos nos ayudaron y, con un poco de cada uno y un mucho de nuestra parte, salimos adelante. Yo he ocultado siempre con vergüenza lo que estuvimos a punto de hacer.
-Y, ¿por qué me lo ha contado a mí?
-Porque, por lo que veo, leo y escucho cada día, hay muchos lugares de los que hoy parten esos Caminos de la Ruina y son muchos miles de personas los que por ellos transitan y van en busca de algo que tenemos miedo a darles: ayuda y esperanza. Y pienso que, si a nosotros tres nos ayudó un perrillo a recobrar la fe, cuánto más podría hacer esta Europa opulenta para paliar tanta tragedia, salvarles a ellos y salvarse a sí misma del oprobio que a todos traen estas desgracias. Y porque creo que el Camino de la Ruina existe pero no lleva a ningún tiempo ni tampoco a un lugar, sino que nos pone delante de nosotros mismos. Porque sólo los ruines toleran la ruina.

13 junio 2016

Carta a Miguel de Cervantes


Querido y admirado Miguel de Cervantes:

A mi pesar, en la escuela, me obligaron a leer el Quijote. Y tanto empeño y tan poco tacto pusieron en ello mis maestros que primero el libro me aburrió por hacérseme ininteligible. Pero insistieron de modo tan inicuo que, al poco y por tanta obligación y tan poca ayuda, llegué después a aborrecerlo. Y de este triste modo me inicié en la literatura, odiando la principal obra maestra de mi lengua.
Por lo que he sabido después, no fue a mí sólo, sino también a algunos otros lo que esto mismo sucedió. Y, lo que es más grave, que muchos jamás llegaron a remediar esta desgracia y, aún hoy, mencionan este libro con indiferencia, casi con rencor, sin haberlo leído con provecho. Y porfían, en su grandísima desconfianza, que son muchos otros compatriotas los que hablan de él sin haberlo leído.

En este aspecto, que hoy lamento mucho, poco tengo que agradecer a mis estólidos maestros por la parquedad de palabras que usaron, por lo general, para instruirme en el Quijote. Y sus pocas palabras, por ser siempre tan escasas como mi experiencia, me parecían graves y discretas y, además, de ley y de valor pues, todo lo que ralea, suele apreciarse más que aquello que abunda. Y cuanto más y cuando más necesitaba yo saber, menos explicaciones me dieron ellos. Pero, para compensar, era tanta su severidad que abortó ésta muchas de mis preguntas antes de formularlas. Y, de las pocas que se atrevió a parir mi boca, las más no fueron contestadas, quizá porque contra el vicio de pedir al buen tuntún está la virtud de no dar sino menos de lo preciso, costumbre tan cristiana, castiza y española como cruel tantas veces, especialmente para un niño ignorante pero curioso.
Y toda aquella situación la atribuía yo entonces a que mis educadores, en su gran ciencia, no querían acortar mi camino hacia ella, por ser en él donde más suele aprenderse, aunque despacio, todo lo más necesario y principal, pese a los deseos de la propia voluntad, casi siempre vehemente, caprichosa y amiga de lo banal y lo accesorio.
Y, cuanto menos me instruían mis maestros, más me parecía a mí que ellos sabían pues, por ser niño, no conocía aún ese refrán que dice que de donde no hay no se puede sacar. Pero, sea por lo que fuere, ellos se guardaban de hablar más de lo necesario, seguramente porque el que mucho habla, mucho yerra y, por su corta preparación y larga astucia, ambas cosas temían y evitaban.
Todo esto, lejos de favorecer mi aprendizaje, agudizó mi imaginación, que dio en buscar siempre explicaciones, con más o menos fundamento, a lo que ni me enseñaban ni entendía. De este modo mi gran desconocimiento sobre casi todo quedó compensado por una fantasía algo más viva que era, sin duda, tan grande o mayor que mi ignorancia y, por añadidura, mucho más divertida y aunque impertinente a veces, incierta y veleidosa siempre.

Así supe, con el tiempo, que vivía en un país, España, en el que muchos enseñaban sin ninguna gana y aún con menos ciencia y, de todos ellos, pocos sabían algo de provecho. En mi patria, el temer y el recelar eran cosas más importantes que el saber pues, siendo país de viñas, todos sabían bien que el miedo era el mejor guarda. Así, me inculcaron que el humilde temer ayuda a comer con más certeza que el soberbio saber, y que no era nada seguro que se pudiera vivir de este último sin complicaciones, ¿qué vanas pretensiones eran esas?
Nadie me explicó que había nacido en el país de Cervantes, tierra de bien nacidos. Un país de orden y gente de bien. De personas en su sano juicio y de hombres de provecho, todos predicadores de la prudencia, como cada día, de entonces a ahora, se puede colegir por nuestra historia que, de no haber sido así los españoles, aún hubiera sido más generosa en guerras civiles.

Pero, para no extenderme mucho, sólo diré que algún tiempo hubo de pasar para que, al fin, topara con usted, buen Cervantes. Luego supe de su vida. En ella hubo pasajes oscuros, pocos datos fiables, suposiciones y abundancia de bulos. Pero se sabe con certeza que viajó, que conoció el ejército y la guerra, el cautiverio y la cárcel, el poder y la justicia, con sus firmes rigores y sus raras arbitrariedades, que suplicó el favor de los poderosos y que de ellos recibió más olvidos que ayudas, y que fue usted presa de tantos dimes y diretes y amargos contratiempos que dijo de sí mismo ser más versado en desgracias que en versos.  Y como no faltó tecla sin tocar referente a su sangre y a su origen, a su honor, su familia, su honestidad y sus trabajos, así terminó el concierto de su vida por no quedar muy afinado y su fama, como sus huesos, algo desparramada.
Por lo anterior, y salvando su obra, enseguida entendí que fue un hombre vulgar, como cualquiera. Con una vida llena de vaivenes. Que, por añadidura, escribió lo mejor siendo ya viejo. Y así, el miedo y el respeto que, de niño, le tomé al Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, se tornó en un afecto grande lentamente. Hube de leerlo de mayor, y varias veces, para darme cuenta del apego y cariño creciente que hoy le tributo como amigo, que no por otra cosa a usted le tengo, señor Cervantes, por ser padre tranquilo de unos personajes, que tanto pueden enseñar al lector si es discreto y paciente.
Entendí que usted sólo fue un español más. Y que la patria de su protagonista, La Mancha, no por vulgar lo era menos que otras ni más que ninguna y que todas las patrias son igualmente singulares, aunque difieran en historia, geografía y lengua. Que su Quijote y su Sancho trascendían a España, que sus temores e ilusiones eran los de todos, que sus cuitas eran también las mías y que, en lo sencillo de su trabajo de escritor, estaban reunidas las mejores esencias del oficio. Y comprendí que podían tenerse por amigos a ciertos desconocidos, porque la lectura de sus obras les hacía más familiares que a los propios y, su llaneza, más firmes y fiables que a los más sinceros. Comprendí que usted, señor Cervantes, que en un principio me inspiró el respeto de la desconfianza, luego me regaló el secreto de la amistad más seria, calmosa y sosegada. Ésa que cualquiera aspira a tener para que le ayude a vivir y a comprender, cosas ambas que a ser lo mismo vienen.
Y soñé, seguramente con otros muchos de mis semejantes, que todos nosotros, en cualquier parte del mundo, éramos partícipes de un legado de tristeza, de honestidad, de impavidez ante el fracaso que, a todos los empeñados en ciertos ideales, nos daba la talla de personas dignas, aunque honradas, porque el fracaso es el puerto más seguro que le cabe alcanzar al que es honesto. Y que, bien mirado, nuestro paso por la vida no es sino una locura del destino, que no nos dice si nos trae o nos lleva, sino que nos pone a prueba en este corto pataleo que media entre nuestro nacimiento y nuestra muerte. Que la vida es la quimera de muchos desvalidos que vagamos implorando tan largamente, que imaginamos eterno el corto tiempo que pasamos en ella. Y que enseguida, apenas apercibidos de la misma, la muerte pone fin a esta aventura.
Y bien quisiera, antes de que ésta última me lleve, leer de nuevo, y una vez más, durante mi viaje, el que por gracia de su pluma hicieron por esta vida, bella y sin embargo aciaga, don Quijote y su escudero, esencias ambos del amor a las ideas y al pan, que todos tenemos, y al ansia de justicia y cariño, que todos necesitamos.

Vale, Cervantes, querido amigo. No le digo más.

31 mayo 2016

Defensa del cante

“Ya yo no soy quien era
ni quien debía yo de ser
soy un mueble de tristeza
arrumbao por la pared.”
(Agujetas, martinete)

Por la hora que era, fui directamente a la Plaza Mayor. Como si formara parte de ella, le encontré bajo los soportales. El viejo, como un tronco añoso y encorvado, estaba sentado en un banco de madera y, ligeramente ladeado, se dejaba acariciar, semidormido, por la luz tibia del sol de mayo. Las volutas azules del humo de un cigarro ascendían rozándole los ojos y se desvanecían en el relente.
-¿Qué, te sabe bien el pajandini?
Tenía los ojos más nublos que otras veces. Tardó un segundo, pero me identificó por la voz y lo del pajandini. Me escudriñó trabajosamente guiñando unos ojos, como dos puñalás en un tomate, que parecían distinguir bien poco.
-¡Papo, Sarvi! –dijo al fin.
-¡Cómo disfrutas, Colás!
-Sí, pero ni te se ocurra decirle a mi Roci que mas pillao fumando.
-Ni por pienso, Colás.
-¿A que no sabes dónde estuve la otra tarde?
-Ni idea. No me digas que te fuiste de caza.
-¡No jodas, Sarvi! Que no tengo ya los huesos pa esos taconeos. ¡Qué cabrón, de caza dice!
-¿Dónde estuviste entonces?
-En la cueva que fue de mi prima la Candelas. Que hubo cante. Que lo que menos me falla es el oído. Y, como con la voluntá no se pue cantar, pues con escucharlo me conformo.
-Y, ¿cómo es que no pierdes la afición, si ya no vales? ¿Por qué te gusta tanto?
-Papo, Sarvi. Porque eso es como un gato que se lleva en las tripas.
Decidí tirarle de la lengua.
-Pues hay a mucha gente que le aburre.
-¿Qué dices, Sarvi? ¿Aburrir el cante güeno, el cante verdadero? Tú no sabes de qué hablas, chaval, el cante que yo digo ta arrebata, te descompone por dentro y te machaca las entretelas con más fuerza que un martillo pilón, te estruja entero. Sí. Y, luego, te saca to el jugo por los ojos.
-Y, ¿se puede saber por qué sientes todo eso? Yo lo escucho y me quedo tan campante- mentí por oírle.
-Mira, Sarvi. No me descompongas, por favor y por lo que más quieras te lo pido. No me ofendas. ¿Es que has venido a tocarme los cojones? Porque te hablo del cante de los pobres, de los desgraciaos, de los gitanos, de los mineros, de los peones, de to la escoria del género humano… de to la morralla que despide el mundo como si fuéramos agua de fregar.
-Pero si luego ibais a cantar a las fiestas de los señoritos. ¡Menuda dignidad!
-Tú qué sabes, pisaverde, a lo que el hambre obliga. Que aunque hayas estudiao hay cosas que no comprendes, que, pa ciertas cosas, es como si hubieses estudiao pa gilipollas.
-Pues golosos eran los oficios que teníais y gloriosas las vidas que llevabais –dije para tocarle la moral.
Sin quererlo del todo, había tirado de la cuerda justa.
-Pero cómo vais a comprender vosotros, manga de pinchauvas, de dónde viene el cante verdadero. Cómo vais a saber ca arranca de lo más profundo, de lo más hondo, del jodío sufrimiento de las piedras pisás, de la injusticia más amarga, del dolor sin consuelo y de tos los males de los pobres, dende generación en generación. De gente despreciada, de carne de presidio, de hombres acosados como si fueran fieras, de llagas en las manos y en los pies y en el alma, de cornás en el corazón, del desprecio más grande, del hambre más punzante, de sudores sin ningún beneficio ni fin ni fundamento, de la más grande de las impotencias que viene de no tener nunca justicia, de los eternamente perseguidos con o sin motivo, de los acorralaos… Tú qué sabes de tos esos. Y cuando achicharrao por la amargura ya, cuando no podías más, te arrancabas a cantar, te subías al árbol de la gloria, y no por gusto, sino porque el alcohol te sacaba to el coraje. Muchas veces, sobraba la guitarra, porque no era alegría lo que hacía vibrar a tu garganta, sino el malaje más negro el que te la reventaba. Era la pena la que te se salía como una marea bilis que no podías controlar, que te llevaba por delante el alma y te dabas cuenta de que, cuando una persona se halla en ese estado, es invencible, porque clama al cielo con las tripas y una razón que se le sale de los huesos y ya no teme a nada, porque al que está ya muerto no se le puede matar otra vez… y hasta las balas de los guripas no harían nada sino atravesarlo.
-No será para tanto, Colás.
-Pero, qué dices tú. Pregunta a los gitanos, a los mercheros, a los mineros, a todos los ambulantes que por el mundo han ido, a los peones, a los segadores, pregunta a tos los desgraciaos de dónde sale la fuerza pa ese cante. Es cosa que dimana de la desesperación, de la puta miseria, de no tener clavo al que agarrarse manque sea ardiente. Que dicen que el dinero no da la felicidad, ¡me cagüen diole!, pero ya te aseguro yo que de la miseria lo que no sale es la alegría, ni la satisfacción, ni el pan bendito.
-Sí, pero también erais todos unos prendas: ladrones, navajeros, mentirosos, engañadores, pendencieros, borrachos, mujeriegos… Que no había vicio que os quedara lejos.
-Y, ¿cómo quieres que fuéramos? ¿Cómo es el perro al que diariamente corren a cantazos? ¿Dónde encuentra refugio el acosao? ¿En qué cueva se ampara uno del hambre? ¿Dónde está el juez que protege a los pobres? ¿Qué guardias defienden del abuso al desgraciao? Que los pobres, con razón o sin ella, hemos sido tildaos muchas veces de delincuentes, de sospechosos siempre. Porque había ocasiones en que, para comer, el delinquir era obligao. Ya me hubiera gustao verte a ti, en esas circunstancias, cortando sopa y cumpliendo con los diez mandamientos.
-¡Coño, Colás, que hasta sabes que hay diez mandamientos!
-Pues qué creías, que soy un hereje.
-Vale, te creo. Y, ¿qué cantaron en la cueva la Candelas?
-Muchas. Pero, en una, me se vino a la cabeza el recuerdo de mi primo el Gongorín.
-¿Al que mataron los civiles cuando salió de presidio?
-Sí señor, ése mismo.
-Pero, el angelito, había robado una joyería y no hizo caso al alto de la Benemérita.
-Sí señor. Y le dieron un tiro que quedó en el acto. Y todo por cincuenta billetes. Dime tú si hay derecho.
-Hombre…
-Pues mira, que hay por ahí muchos señores que se llevan millones y los guripas no los cosen a tiros. Vamos, que yo sepa.
-Eran cosas de antes.
-¿De antes? Tú estás gilipollas.
-Bueno, vamos a dejarlo. ¿Qué fue lo que cantaron?
-Muchas y güenas. Pero cuando uno se arrancó con “Cuando cumplí mi condena”, no sé qué me pasó. Me se puso asín como una nube en los ojos. Me se anudó la garganta y, de verdá te lo digo, Sarvi: no había pa mí consuelo.