16 febrero 2012

El Jardín de Sigüenza


La maleza se ha comido El Jardín. Las bardas airosas yacen, a trechos desmoronadas. El estanque, con una costra de dos dedos de hielo, quiere ya reventarse por una esquina. Sólo queda en pie una de las dos casas. La coqueta y diminuta piscina en forma de riñón está rellena de lodo helado. Al mirador se le han movido las piedras. Han reventado las terrazas. El camino, comido por tierras de labor, es una sendilla poblada por cardos borriqueros y un hilillo de agua. La puerta principal está atascada. Los gruesos llavones de tubo han olvidado su misión y, oxidados, hace ya muchos años que no copulan con unas cerraduras hoy amortajadas por el hielo y con las tripas, antes suavemente aceitosas, atascadas de orín. El venero del agua se ha secado, o seguramente cegado, y da pie a que el agua que almacena salga al albur por ojillos que ella misma orada donde puede. Hay trochas entre la broza hechas por animales, tal vez corzos, jabalíes, cabras u ovejas. Entre los árboles salvajes, que hieren con sus ramas más bajas, aparecen tocones de árboles tronchados por el viento, tumbados por él y, sus cadáveres podridos, descansan en los terreros llenos de maleza. Y todos los frutales han muerto.
Aún se ve un viejo velador, junto a un nogal hermoso, con sus bancos de piedra alrededor y uno de ellos, partido, le sirve de almohada a un tronco enorme. Los balates de los bancales y de las terracillas que escalan la ladera se han reventado o yacen aquí y allá, tripudos, a punto de parir, el día menos pensado, la tierra que llevan sujetando en sus entrañas tantos años. El invernadero ha perdido todos sus cristales y quedan sólo las estanterías de los tiestos y el casco de alguno con un geranio muerto. El tinao de los conejos, de las ocas, las gallinas y los pavos reales está destartalado, agrietado y con las vigas del techo carcomidas, y varias, ya partidas, han dejado caer las tejas y dejan ver el cielo.
Rezuman agua, en la parte alta, los mechinales del muro de contención. De la casa ya hundida, nada hay que decir, porque hay palabras que son definitivas. De la que hay aún en pie, sólo la parte baja induce a engaño. Cuelgan aún algunos candiles de las paredes llenas de telarañas. En la cocina queda una trébede torcida y herrumbrosa en el lar con restos de los últimos tizones. Las vigas que sujetan la planta de arriba se han combado y otras, descarnadas al caerse el yeso, están podridas y apuntaladas torpemente por cuatro gatos de albañil y un tablón blanquecino. Las alcobas de la planta de arriba son yacimientos de polvo, de manchas de goteras, de hundimientos en el suelo y en el techo, de ventanas partidas, de excrementos de palomas, de nidos viejos y hasta el cadáver podrido de un gato, en una posición extraña y convulsa, remueve el cuerpo al que lo ve. Por una escalera que se sostiene de milagro se puede ver la cámara, el armazón que sujeta el tejado con las tejas partidas, movidas por el viento, medio desordenadas, y una claraboya sin ventana que bosteza al viento solano desde arriba.
Delante de la casa, la mesa de piedra que presidió tantas jornadas de verano se ha desprendido de una de sus esquinas.
Dicen que esta finca novencentista era de una empresa del textil y que, en los años cuarenta del pasado siglo, hubo de pagar con ella a unos prósperos comerciantes del ramo. Conoció entonces años de pujanza. Cuentan que todos sus parterres estaban cultivados y que la hiedra hacía túneles de sombra guiada en los caminos por arcos de metal con hileras ensartadas de alambre entre unos y otros. Dicen que en la explanadilla, delante de la casa que aún se mantiene en pie, se celebraban fiestas y cenas estivales en torno a la mesa de piedra que hoy está mutilada de una de sus esquinas. Dicen que en el mirador cuadrado  se sentaban los dueños a ver ponerse en sol en las inacabables tardes de verano mientras iban apurando apaciblemente un vaso de vino espeso, dulce y abocado.
Hablan de risas, de gritos excitados de niños jugando al escondite ente los setos, entre las enredaderas, entre las matas esbeltas de las judías verdes de la huerta, divertidos por los saltos de nivel de las terrazas, ausentes de miedos y llenos del jolgorio salvaje de la infancia. Hablan del ruido de chapoteos en la alberca de piedra, de gritos de madres asustadas por la profundidad del agua fría, recién salida del venero, que llenaba de risa los chapuzones infantiles y de ahogos el alma siempre atenta de las madres. Hablan de jardineros y hortelanos, asiduos del cuidado de la espléndida huerta a la solana. Hablan de criadas presurosas, de bajadas y subidas al pueblo a por las compras.
Los niños se hicieron hombres y mujeres. Los padres, viejos. El dueño, raro. Porque no hay como el tiempo para hacer que a la gente le salga una piel dura y amarga. Al cabo de los años sólo quedó un hortelano que criaba conejos como asiduo usuario del jardín. Ese fue el último que dio el aviso al dueño.
-        Don Bruno, que una de las casas, si no repara usted el tejado, pronto amenazará ruina y puede hundirse.
El viejo, desde Barcelona, al otro lado del teléfono, quién sabe por qué miserias afectado, por qué rencores vencido y armado, por qué iras ocultas hacia lo que era suyo, por qué malas bilis o por qué sinrazones tan inhumanas o por qué desesperanzas tan humanas, tras unos segundos contestó lacónico.
-        Que se hunda.
Y la secuela de tonos del teléfono colgado dejó en suspenso la existencia de aquella finca: El Jardín. Y todos los recuerdos de sus moradores volaron espantados en todas direcciones como un bando denso de jilgueros ante un escopetazo.

12 febrero 2012

Medicina privada: los mejores en lo suyo


Acosado por los dolores, no sabía qué hacer. Buscó, tras dudar de la eficiencia y la atención del equipo del hospital de la Seguridad Social, un especialista de renombre, una clínica avanzada, lo último en cirugía láser y en otras técnicas de las que, como de esta última, no sabía nada en puridad, excepto lo rimbombante del nombre.
Le pidieron, sólo por una consulta, un dineral, pero le dijeron que iba a verle el número uno en España. Vamos, uno de esos médicos a cuyos pacientes se les llena la boca con palabras  como: eminencia, genio, talento, mago.
Viajó a Madrid. La moderna clínica estaba montada en el barrio de Salamanca y ocupaba los bajos de un gran edificio. En el luminoso y espacioso recibidor, y tras un mostrador ondulado, dos recepcionistas guapas, con una cuidada simpatía que nunca llegaba al interés, le tomaron amable, pero concienzudamente, sus datos.
Le indicaron después que pasara a una elegante sala de espera alfombrada y llena de sillones grandes y mullidos. Tras poco más de una hora, una de las doctoras, de la media docena de discretos y eficientes profesionales que, callada y diligentemente, auxiliaban al Doctor, se presentó en la sala y pronunció su nombre mirando amablemente a todos los pacientes. Se levantó, con la sumisión que genera la esperanza, y la siguió.
En una pequeña sala de consulta, llena de aparatos, la callada doctora le fue haciendo pasar de unos a otros y, tras las comprobaciones, los tintados, las dilataciones de pupila, etc. iba tomando notas metódicamente en unas detalladas fichas dedicadas a parámetros médicos. La cara de la doctora al escribir los datos no indicaba nada, ninguna emoción, ni un gesto. Sólo de vez en cuando, como si lo tuviera pautado, sonreía al paciente y le decía: “no se apure, ha venido al lugar adecuado, el Doctor es el número uno en lo suyo”. En lo suyo seguro que sí, a la vista está –ironizó para sus adentros el paciente-, pero, ¿y en lo mío?
Y, las palabras de la doctora, no hacían sino acrecentar la incertidumbre sobre la importancia y el pronóstico de su dolencia. Casi le daba apuro, ante aquel rito silencioso, preguntar a la doctora lo que ella opinaba. Al fin, no pudo contenerse y le preguntó. Ella se detuvo un momento en sus anotaciones, miró fijamente los papeles, se bajó un dedo las gafas sobre el caballete de la nariz, le miró y, luego de un par de segundos, optó por decir mecánicamente: “Es mejor que espere a que el Doctor evalúe su caso pero, no se preocupe, está usted en las mejores manos.” Y, ante la respuesta, se arrepintió de haber preguntado.
De nuevo en la sala de espera, se deshacía en conjeturas sobre su mal. Así estuvo otro rato, cociéndose en su propio jugo de pensamientos, molestias, sensaciones y miedos. Al cabo de una hora, otra impoluta enfermera pronunció su nombre y le pidió que le acompañara a la consulta del Doctor. Siguió mansamente los pasos de aquella mujer con bata blanca y ésta le introdujo a la ansiada consulta: el corazón de la clínica, La Meca de su viaje.
Estaba vacía. Era un gran espacio rectangular, algo apabullante por las dimensiones, sin la aglomeración de aparatos que tenía la anterior. Pegada a una de las paredes había una silla grande de las que se usan para los reconocimientos oftalmológicos, subida en alto, sobre una gran tarima iluminada frente a una pantalla sin iluminar. En ella le pidió que se sentara y le dijo que el Doctor vendría enseguida. Dejó el informe sobre la amplia mesa del Doctor, que estaba enfrente, pero a un lado, con un ordenador sobre ella, y salió.
Desde su asiento elevado pudo observar la pared de su derecha llena de diplomas y titulaciones cuidadosamente enmarcadas, avales mudos de la competencia del hombre que, de un momento a otro, iba a hacerse cargo de su dolor, que iba a aplicar a su caso la ciencia con que aquel muro lleno de reconocimientos le avalaba y, seguramente, todo lo haría con la eficiencia que correspondía a la seriedad y reputación de aquella clínica. El Doctor iba a trasformar sus cuitas en un asunto propio. Ese era el trato.
Tras cinco minutos, una enfermera abrió la puerta y cedió el paso al Doctor. Sintió, desde lo alto de su sillón, que el juez de su causa había llegado. El oftalmólogo despidió con un gesto a la enfermera, saludó de soslayo al paciente y se sentó de inmediato a su mesa sin mirarle. Leyó el informe pausadamente sin levantar de él la cabeza durante diez minutos. Luego estuvo mirando otros cinco en la pantalla del ordenador. Era una mente concentrada.
Desde que el doctor entró tuvo tiempo de sobra para observarle. Era un hombre alto, que rebasaba los cuarenta, de tez blanca, pelo rubio, escaso y ondulado, peinado hacia atrás, ojos azules, atlético tirando a corpulento y con gafas de montura de oro. Llevaba la bata blanca descuidadamente desabrochada de modo que permitía ver un traje oscuro, elegante, cruzado, con botones dorados algo ostentosos, camisa de seda y corbata gris perla de grueso nudo Wilson. Su sólido empaque era la imagen misma de la solvencia, de la seguridad. Y, pese a sus molestias, el paciente esbozó una sonrisa ante la cuidada apariencia y puesta en escena del galeno: era, verdaderamente, la imagen de un redentor. Elegante, sí, pero un redentor.
Observó, interesado, la concentración que puso en la lectura de su informe y en los datos y figuras que sobre su caso aparecían en el ordenador. Y la imagen primera se afianzó en el enfermo. Todo parecía preparado para influirle confianza ante la aplastante  omnipotencia del Doctor que había llegado, tras hacerse esperar, precedido por todo aquel protocolo.
Finalmente, el Doctor levantó la cabeza hacia aquella especie de trono iluminado donde el paciente se encontraba. Sus deliberaciones habían terminado. Se quitó las gafas y se lamió ligeramente el labio inferior. Por fin, el Doctor, iba a hablar:
-        Creo tiene usted una lesión irreversible.
Dejó que sus palabras fueran asimiladas por el del trono. Tras unos segundos, el paciente dijo:
-        ¿Está usted seguro?
-        En mi opinión, sí.
El galeno esperó a que su confirmación produjera su efecto. Y como viera que el otro no contestaba, tal vez amilanado por su diagnóstico, añadió con un tono rotundo y triunfalmente esperanzador:
-        Sin embargo, escúcheme bien: yo tengo la solución.
Como el otro siguiera sin contestar,  para rendir su mutismo, dijo:
-        Todo depende de usted, claro.
-        ¿De mí?
-        Sí, como le digo –enfatizó-, yo tengo la solución, pero –bajó el tono- la decisión ha de ser suya. Se trataría de una punción láser que, al producir una micro hemorragia, facilitaría la fijación que su córnea necesita. Pero eso lo tiene que decidir usted.
-        ¿Tiene usted total seguridad en que no se fijará de modo natural?
-        En mi opinión, y sepa usted que mi mayor especialización es en córneas, no.
-        Y, ¿qué pasará si decido esperar y darle una oportunidad a la naturaleza?
El oftalmólogo hizo un gesto ampuloso con las manos –seguramente no esperaba encontrar esa resistencia en el paciente- y añadió en tono indiferente:
-        Su lesión se abrirá una y otra vez, usted ya conoce los dolores, y estoy seguro de que antes de dos meses nos veremos y será usted quien venga a mí y me pida la operación.
-        ¿Lo dice usted con un cien por cien de seguridad?
-        No, con esa seguridad no puedo decirlo desde un punto de vista médico pero, la opinión que usted me pide, acorde con mi experiencia, es que usted volverá en el caso de que no decida operarse inmediatamente – y concluyó vaticinando-.  Los dolores le traerán de nuevo.
El paciente, para su desgracia y las de otros, había visitado muchas consultas de médicos. Por eso toda aquella puesta en escena, lejos de impresionarle, le había hecho desconfiar. Había aprendido que aquellos despliegues tenían algo de teatral y que, la medicina privada, además de ser un servicio, al igual que la pública, no dejaba de ser un modo de ganar dinero. Además aquellas exageraciones nunca le habían gustado, le parecían un modo de amilanar a los pacientes, de quebrar las disminuidas defensas del que sufre. Sí, eso fue lo que le quitó la fe en el Doctor. Así que, venciendo el miedo, dijo:
-        Muchas gracias, doctor, pero ya veremos.
Al salir dijo a las recepcionistas que, mientras le preparaban la factura, iba a la máquina a tomarse un café.
-        No es necesario. Ya se la tenemos preparada.

08 febrero 2012

Fin de temporada


-        ¡Coño, cuánto echo de menos al Colás!
Sí, es cierto. Pero, sin embargo, me resisto a ir a verle. No quiero contarle que me he hecho cazador de nuevo. Y, menos aún, contarle mis cuitas.
El Colás, al contrario que yo, no ha dejado nunca de ser cazador en su cabeza.
-        ¡Papo, Sarvi!, si yo encontrara un compañero, aún me hacía con una escopeta y seguro que no quedaba mal. No como antes, o sea, pero mi papel lo cumpliría. Porque yo, antes muerto que rajarme. ¡Me cago en diole!
Y miro al Colás y veo a un anciano. Está entre los ochenta y los noventa. Tiene la espalda torcida. El pelo hirsuto, blanco. Camina de lado. Cojea, y se desplaza a golpe de meneo de cadera. Otea, más que ve, por un punto pequeño del centro de sus gafas.
-        Sí, es verdad –me digo- , pero, ¿y su cabeza?, ¿qué tendrá en su cabeza?
Hace poco me dijo que todavía creía que podía educarse la voz, o sea, por la cosa del cante. A punto estuve de decirle que él no necesitaba educación alguna, que, lo que había sido, bueno o malo, no tenía remedo ni cambio, pero que no pretendiera resucitar ni en el cante ni en la caza. Que lo escrito, escrito estaba. Me callé, ¿quién era yo para desengañarle? A los hombres, los demás, debieran dejarnos vivir. ¿Qué más les da nuestra quimera?
-        A las perdices no te digo, Sarvi, pero, ¿a la liebre? Me cago en diole, a pocos ibas a encontrar más finos que yo. Sí.
Y me daban ganas de decirle: “Pero Colás, adónde vas”, pero él, antes de que pudiera abrir el pico me decía:
-        A las liebres, talmente igual que antes, Sarvi, que las veo a cincuenta metros. ¡Papo, si las veo! Sí
Y yo miraba a mi entrañable Colás, con su cabeza blanca, con sus gafotas, con su obstinado porte de tornillo torcido y roto empeñado en erguirse ante de mí. Y, la verdad, es que me daban ganas de abrazarle. Como si fuera una criatura. Como a un niño.
-        Colás, Colás. Si mi afecto te devolviera la pujanza, aquella pujanza salvaje que un día tuviste, no dudes que te la devolvería. Es más, para mí la quisiera, pues no he conocido a nadie con tu fuerza salvaje, con tu conocimiento instintivo del campo abierto, del terreno agreste y puro. Colás, Colás, ¡cómo te echo de menos! Pero, ni mi afecto tremendo, ni nada, puede parar el tiempo. ¡Cómo podría convencerte! –pero esto, naturalmente, eran sólo mis pensamientos callados. De decirle a él, ni por pienso.
Y yo sabía que no era cuestión de palabras, que la caza es una cuestión de pensamientos, que el Colás se sentía por dentro tan joven como entonces, como si los años no hubieran pasado, como si la escoliosis no existiera, como si la artrosis no fuera con él, como si la vista no la tuviera taponada por unos culos concéntricos de vaso, como si las fuerzas vinieran sólo de dentro, del espíritu, y no las trasmitiera la máquina del cuerpo, cómo si los pulmones hincharan las velas de unas piernas que nos permitieran navegar al infinito, como entonces, sin acordarnos de toses, asfixias ni bronquios atascados. Como si olvidáramos que podemos caernos en lo más limpio y pretendiéramos, con el pensamiento, navegar surcando oblicuamente las laderas más accidentadas. Amigo Colás, cómo decirte que entonces era entonces. Cómo decirte algo tan sencillo.
-        Aunque, no te creas –me dijo, haciendo una generosa concesión a sus mermas-, ya no soy el de antes que, antes de que se muriera la andaluza, un día que se fue a su pueblo, yo me dije que, sin control como estaba, iba a cenar lo que más me gustaba: y me compré medio de castañas pilongas y un bote de kilo de callos. Me lo comí de una sentá, Sarvi, a fuerza de pan y vino, claro. Tú qué sabes cómo disfruté. Papo, Sarvi, las castañas pilongas y los callos, lo que más me gusta en el mundo. Pero, si no llega a venir un vecino y avisa, me muero esa misma noche. Me subieron a la residencia y me hicieron un lavao de estómago. Si no llega a ser por eso, casco. Sí.

El último día de caza de esta temporada salí de amanecida, como de costumbre. En el resguardo de la casa del pueblo hacía tres grados bajo cero. Pero venía un zarzagán que helaba la cabeza. El viento multiplica el frío. La jodida sensación térmica, que dicen por la tele.
Dimos, a la luz del amanecer, la mano de La Solana.  Unos dos kilómetros de ladera pelada, con altibajos en su falda, con matas hirsutas y peñascos calvos y erosionados. El viento soplaba con violencia y, sólo en los bajos, parecía posible que alguna vida se ocultara. Los animales son como las personas que, del viento helado, se resguardan como del fuego ardiente. Que, en puridad, al cabo de un rato, tanto quema el uno como el otro.
Llevé una mano llena de zarzales y aliagas. Al cabo de una hora tropecé y me di cuenta de que me había metido un pie en la pernera de la pierna contraria, desgarrada por la matas. Buen trompazo me dí. Pese a mis cuidados, con aquellos pantalones desastrados, ya no podía andar por las laderas irregulares y empinadas. Al terminar la mano se lo dije a mis compañeros.
Volvimos al pueblo. A la vista del tiempo, ellos se fueron a tomar café al Pelos y después a almorzar al Pesebre. Eran las diez y media.
Por mi parte, me cambié de pantalones y, tras cavilar, me largué de nuevo al paraje que me pareció más protegido de los vientos. Entré por bajo a los barranquetes de debajo de La Muela. La fui bordeando, despacio, por la falda que limita con baldíos y rastrojos. Llegué a una zona amparada del viento por la mole del cerro. Me detuve. Parecía un milagro encontrar un lugar calmado en medio de la cellisca que comenzaba a caer. Aquello era un abrigo natural. Casi estuve a punto de sentarme a descansar del vendaval, del frío y de los anisillos helados que caían y que zaherían cara, manos y ojos como puntas de alfileres. Pero no lo hice porque me pareció oír el canto ronquillo y quedo de la perdiz, reclamando a sus congéneres. Así era. Acosadas por los rigores del día, se habían refugiado al pie de aquella ladera orientada a contraviento: cazador y caza hermanados, me dije. Sesgué a la derecha en dirección al canto. Enseguida volaron. No eran más de media docena.
-        Si tiro cerro arriba tras ellas, volarán y no las vuelvo a ver. A favor del viento igual llegan a Cuenca –pensé.
Entonces me acordé del Isidro: “Si topas, yendo solo, con un bando, no las sigas de frente. Tírate más abajo de donde creas que se hayan echado y luego tuerce y ve subiendo en zig-zag. Irás tirando a las que se rezaguen y no las desperdigarás”- y, como en este oficio se aprende si tienes la humildad de aprender y la voluntad de andar, hice caso al maestro y empecé zurcir, en largas diagonales ascendentes, la falda tremenda de La Muela.
Al segundo zig-zag, me saltó una desperdigada, como mandan los cánones de Isidro. Salió larga y fallé el primer tiro y el segundo se lo tiré moviendo la mano a la desesperada. Para mi sorpresa cayó, a yo qué sé la distancia, en la cerrada de una chopera, que hay en los bajos del cerro, recién talada. En estos casos, siempre me quedo paralizado un momento al constatar lo que puede alargar una escopeta. ¡Vaya tiro! –me felicité.
Bajé a la carrera. Que si quieres. Media hora de búsqueda. Alocada al principio pero, luego, metódica. Ni rastro. La Tiqui se picaba siempre en el mismo sitio pero yo, como es nueva, no tenía fe en ella.
-        Lástima – me dije- no haberme traído a la Fary aunque, por otro lado – reconocí –, si me traigo a la fiera de la Fary igual me la habría levantado en las Chimbambas. Y, con esta idea, quise consolarme.
Cuando volví a la diagonal abandonada, me dije que las perdices ya debían de andar en lo alto. Así que tomé el sesgo más ventajoso para subir al empinado cerro con el menor esfuerzo. Al llegar arriba el viento me levantaba el macuto de la espalda y me daba con él en la cabeza. Con el viento a mi espalda intuía que esa era la dirección correcta, a salvo de él, en el que se resguardarían las perdices, cubiertas en la ladera que estaba a cobijo del aire.
Hasta la joven Tiqui se picó. Al avistar la ladera, en cuanto me asomé, saltó un perdigacho a veinte metros con la fuerza del viento en su cola. Tanto le quise ver caer, pues lo consideré muerto, que no lo cubrí: ¡Pun, pun! –y se escapó y se perdió en la distancia como un diminuto reactor. No me lo quería creer, pero era evidente. Por mi precipitación, me dejé los tiros bajos. No te reportas, me dije, pero en esta temporada, la primera después de tantos años, ha sido tu tónica tirando a la perdiz.
-        ¡Cojones, parezco nuevo! Y no me quiero dar cuenta de que al fin y al cabo, en estas emociones, nuevo soy, aunque me cueste creerlo.
Cabreado por una impericia que creía tener superada, sigo avanzando con cautela. Queda ladera a cubierta del viento. Alguna más tiene que haber. Y, efectivamente, quedan las otras que saltan, fuera de tiro, a más de setenta metros ladera abajo. Desanimado, ni hago intención.
Bajo de La Muela y recorro baldíos, regueras, rastrojos, pequeños surcos, y asciendo a los medianos tesos circundantes, pero mi imaginación no adivina dónde pueden estar las fugitivas. No doy con ellas.
Picado, subo de nuevo a La Muela. Ni en su cima ni en las laderas peinadas por el viento, que silba con fiereza, salta ninguna. Vuelvo a bajar y, cabreado, me dirijo al coche, pero no para marcharme, sino para ir al pueblo, dejar a la Tiqui, y traerme a la Fary y ver si, la fogosa braca, es capaz de cobrarme la perdiz perdida. Sé que es harto improbable que lo logre porque hace dos horas de ello pero, aún así, voy al pueblo a por ella.
Todo es inútil, la braca no da con rastro alguno. Así que decido dar una vuelta por la mano contraria y me voy a los bajos del Altillo Redondo. Nuevas subidas y bajadas animado por la fogosidad de la braca incansable. Me es difícil sujetarla. El día va venciendo y el viento viene cada vez más cargado de nieve. Reparo en que voy con la nieve adherida a cada centímetro de mi ropa, parezco un espantapájaros blanco. Y, al tiempo que lo pienso, me digo que no he podido dar con una expresión más acertada: me he pasado el día espantando pájaros.
La Fary, pese a sus excepcionales vientos y al terreno que mueve, no levanta una perdiz. Bajamos a lo más bajo del valle y, en cuanto se acerca a los surcones por donde evacuan el agua los cerros, comienza a picarse. Se tira en picado a un surcón de unos quince metros de profundidad. Está ciega y su rabo se mueve como un molinillo. Es indudable, la perdiz está cerca. De sobra conozco a la perra. Una vez más las perdices, como haría cualquiera, se refugian de las temibles condiciones atmosféricas en el fondo de los resguardos. Temo que saque larga a la o las perdices y corro tras ella siguiendo el hilo de la quebrada. Se para de repente, se vuelve, y marca en mi dirección. Deduzco que la perra ha rebasado a la perdiz y que la debo de tener casi a mi altura. Pero la fogueada patirroja no me da ni un segundo para pensar. La veo tomar carrera cuesta arriba a no más de quince metros. En mi ansiedad, a punto estoy de tirarle según toma carrera. Pero no, la dejo levantar: ¡pun, pun!, nuevamente me precipito y no la cubro. Es tal la fuerza del viento que se ve obligada a girar, rodeándome. Me doy cuenta de que la podría haber disparado a placer, en su giro, pero mi precipitación había vaciado nuevamente mi escopeta.
La tarde cae y la nieve arrecia. No por ir hacia el coche olvido que alguna más puede saltar pero, desanimado, casi prefiero que no sea así. Derribé una en el tiro más insospechado y las dos, cantadas, se me fueron como a un nuevo.
Definitivamente, no le diré al Colás que he vuelto a la caza.

25 enero 2012

El oficio más viejo

Aunque le costaba reconocerlo, tenía dolores fuertes en el espinazo. Pero le enorgullecía ser todavía capaz de cazar de sol a sol.
Especialmente en esos días, los dolores de espalda le recordaban a aquel otro viejo, de entonces, que vendría a ser, más o menos, lo que él era ahora. Y le parecía que, en los atardeceres mortecinos, escuchaba su queja sobre la cortedad de los días y su deseo de que, oscureciendo, el sol se detuviera y el ocaso prolongara el día de un modo indefinido. Recordaba la avaricia insaciable de aquel viejo por las horas de luz que, inevitablemente, se escapaban y hacían que la jornada no se acabara, sino que tuviera que suspenderse por causas ajenas a su voluntad. “Lo mismo pasa con la vida”, solía decir con una especie de disgusto resignado.
El viejo de su recuerdo no era precisamente un hombre diligente. Era, más bien, una persona tranquila, pausada en sus actividades diarias, buen conversador, socarrón y bromista, graciosamente dilatador de los trabajos y que tenía por costumbre posponer las tareas, por apremiantes que fueran, como si sus días no fueran otra cosa que una inevitable espera, abrumadoramente tediosa, de las jornadas de caza. Era lo único que tenía sentido para él, la única de las actividades de la vida en la que se volcaba. Era como si todo lo demás fueran enojosas fatigas, a evitar en lo posible, que no valieran la pena.
“Pero de algo hay que vivir, muchacho –le decía-, y pocos son los que viven de algo que les guste. Este es un mundo de resignados y fingidores. Nadie es libre.”
El viejo le enseñó muchas cosas. Lástima que él, por entonces, no las comprendiera del todo. Por ejemplo, le contó que, aunque toparía con grandes tiradores, la caza no era eso. Él sabía que los buenos tiradores se encontraban a cientos, pero no era la reputación ganada en concursos de tiro la que hacía al cazador, ni tampoco el número de piezas. Y menos lo eran las grandes cacerías, ni la vanidad, ni la fama, ni los cotos de muchas campanillas.
“El oficio de cazar es el más viejo, contra lo que se dice por ahí. Que la lujuria –hijo- viene siempre después de satisfacer el hambre, que es la primera dictadora.”
“Mira –añadía-, el cazador ha de fundirse con el campo, volver a ser un elemento más de él, como lo era el hombre libre en los principios del mundo, cuando la caza era su primera y única religión. Una religión que, en puridad, ha sido la única que, a lo largo de la historia, le ha dado al hombre de comer sin meterle en problemas.”
De él aprendió que, en la caza, cualquier tiempo pasado fue también mejor. Pero en esto no estaba del todo conforme porque, a decir verdad, muchas otras personas dicen eso mismo de la vida, siendo que lo que echan de menos es, casi exclusivamente, su juventud y otras cosillas agradables que ésta traía aparejadas.
Pero sí, la caza para aquel viejo era una actividad minuciosa, a la que se dedicaba concienzudamente y con un interés tan exacerbado como incomprensible. Volcaba en ella toda su capacidad de observación y, a la gran experiencia de sus años, sumaba, sin excepción, la peripecia del día anterior. Y, según él, todas esas cosas juntas no le permitían asegurar que no sería testigo, al día siguiente, de algo nunca visto ni, por asomo, imaginado.
“Tenemos, los cazadores, fama de mentirosos. Pero, amigo, no lo creas –acostumbraba a decirle-. Lo que ocurre es que contamos cosas que, a los profanos, les parecen inverosímiles porque desconocen que, en el campo, lo que no ha sucedido en diez años, puede suceder en un segundo. Pero, por desgracia, como ellos no han de poderlo comprobar jamás, por su indolencia, antes de pasar por crédulos prefieren hacernos pasar por mentirosos a nosotros, gente seria y honrada que, cándidamente, contamos cuanto nos sucede en lugar de callarlo y dejarlo egoístamente para nuestro magín. Y, así, en lugar de creer nuestras mentiras desinteresadas, que aunque lo fueran no harían mal a nadie, prefieren creer las patrañas egoístas de otros, más taimados que nosotros, que simplemente dicen a los auditorios lo que éstos quieren oír. Y no te digo más, hijo mío, porque no me gusta señalar a nadie.”
Al pasar por el cementerio de bardas de adobe carcomidas por el tiempo y gastadas por los aguaceros, se acercó a la tumba del recordado compañero. Las letras del nombre y los números de las fechas le parecieron mucho más antiguos, desvaídos y gastados que su recuerdo. Sólo el breve epitafio le recordó al viejo: “Finalmente libre”


12 enero 2012

Alcarrias

-    ¿Cuántas veces has visto amanecer?
-    Muchas.
-    Yo creo que nunca se termina de ver amanecer.
-    ¿Por muchas veces que lo veas?
-    Nadie ha visto amanecer, por muchas veces que lo vea.
-    ¿No te parece que exageras?
-    No. Creo que digo la verdad. Estoy convencido.
Amanecía. Hacía cinco grados bajo cero, si hay que hacer caso a ese instrumental con el que nos empeñamos en medirlo todo. La luna llena estaba anaranjada y exultante y, en la llanura de pedazos labrados y rastrojos viejos salpicados de encinas entre arcabucales, parecía más grande que de costumbre. Estaba al Oeste y el sol, que llevaba minutos atarantado anunciando su salida, le daba un color inusitado. El resplandor del Este iba creciendo pero, todavía, no proyectaba sombras.
-    ¿Te das cuenta de que nadie ha visto jamás amanecer?
-    Empiezo a entenderte. Le pones tanto empeño a lo que dices.
-    Lo dudo.
-    Procuro entenderte. Eres un cabezón cuando te empeñas.
-    Eso sí lo creo.
Caminaron, junto a los rispiones, por el borde de una hilera de chaparros tan juntos y rellenos de matas y maleza, que parecían cultivados. Terrones a un lado, rastrojo a otro, mohedales por doquier. A la derecha un paraje similar, a la izquierda otro, atrás el mismo, delante igual.
-    ¿Quién no se perdería en estos llanos?
-    Todo aquel a quien no le interesen.
-    Pero a mí me interesan, y me he perdido varias veces.
-    Yo también pero, con el tiempo, creo que he aprendido a conocerlos.
-    Eso creo yo de las personas pero, como con estos llanos, me engaño de continuo.
-    Llevas razón, nos pasa a todos.
El sol salió pegado al horizonte como una linterna roja con las pilas casi gastadas. Los dos se giraron a buscar la luna, pero ya no estaba. Había amanecido. Agradecieron el calor que, más que notar, imaginaban y ansiaban y por eso, tal vez, se empeñaban en sentirlo. Como el filamento incandescente, de una antigua estufa eléctrica, se suponía que el sol empezaba a caldear toda la llanada. Sin embargo, era más una impresión que una realidad. Las manos, aterecidas, les dolían del frío. Las palomas montesinas saltaban allá lejos, de las copas, y se unían a otras y zurcían el cielo del día nuevo como si gozaran de su vuelo atlético, anárquico y veloz. Las urracas y los rendrajos comenzaban sus salmodias agudas saltando de encina a encina, los mirlos jugaban al escondite en los espinos, algún mochuelo saltó de un majano y los petirrojos, por aquí y por allá, asomaban curiosos a su paso. La escarcha brillaba sobre las matas, hojas, fusca y rastrojos, y el suelo helado empezaba a respirar, por algunos sitios, soltando un vaho ligero al ser acariciado por las primeras luces.
Mirado desde allí el llano parecía infinito y daba la impresión de que igual daba caminar en una dirección u otra. Pese a las ligeras ondulaciones, el terreno parecía siempre el mismo, con muy poco desnivel entre los planos que se sucedían. Pese a la apariencia, ambos sabían que lo quebraban barrancos inesperados y que ese día, a la derecha, tenían la cuenca profunda del Tajuña.
Una bandada de quincinetas les sobrevoló. 
- Parece que el frío viene ya en serio.
Caminaban reconfortados por el sol que llevaba una hora ascendiendo y ambos pensaron que pronto la ropa comenzaría a sobrarles. Pero, en unos minutos, el sol, sin nubes aparentes, se hizo translúcido primero y, luego, casi opaco. Las nieblas ascendían del Tajuña a los llanos y las alcarrias, paulatinamente, quedaron en penumbra. El horizonte, en unos minutos, se redujo a cien metros.
-    ¿Es o no fácil perderse?
El mundo está, como el campo, lleno de referencias pero, ¿y cuándo éstas desaparecen?
-    Pues imagínate de noche.
-    No me refería sólo a eso.
-    ¡Joder, eres de ideas fijas!
-    ¿Qué más da la oscuridad negra o la blanca?
-    Pues, en ambos casos, tenemos que recurrir a lo que llevamos dentro: al instinto.
-    Y al conocimiento.
-    Llámalo como quieras.
-    A todo esto, ¿qué pintamos aquí?
-    ¡Coño, somos cazadores!
-    Y eso, ¿qué significa?
-    Para algunos que estamos obsesionados con matar.
-    Pues yo que creo que estamos obsesionados con vivir.
-    Pues la gente no nos ve de esa manera.
-    Si la gente supiera cómo les veo a ellos.
-    A mí no tienes que convencerme.
-    Ni a ti, ni a nadie.
-    ¡Joder, qué mañana tienes!

25 diciembre 2011

24 de diciembre


Por la mañana me metí en el marojal con el Choti. Su perro, el Yumbo, tiene un cazar agradable, lento y alegre y, el Choti, veterano conocedor del monte, me lleva a los mejores humedales y me va diciendo que el camino que hemos dejado más abajo se llama La Senda y que la peña que tenemos encima es la Peña Marota.
Caminamos entre la espesura de los marojos, salpicados de brezos y jaras, y, a duras penas, conseguimos vernos de vez en cuando. Sin decirnos nada silbamos y, de ese modo, no perdemos el contacto y no terminamos cada uno por nuestro lado.
En uno de esos intervalos el Choti me cuenta de su viejo perro, el que se le murió, y me dice que era un artista parando becadas. Pero, tras el recuerdo perdido en su memoria de aquel perro casi infalible, me dice que este año han venido menos sordas porque el invierno está viniendo suave y que las chochas se están quedando más al norte.
Me cuenta también que hace veinte años, en este monte había conejos y perdices, pero que, ahora, sólo se puede esperar matar alguna chocha o toparte con algún jabalí porque, en él, el resto de la caza menor se ha vuelto un recuerdo.
Se encrespa la Tiqui en unas rocas grandes en la cabecera de una umbría. Oigo volar a la becada pero no la veo. Más abajo el Choti le suelta los dos tiros cuando le sorprende volando a diez metros sobre su cabeza, sin que él lo esperara, a la velocidad de un relámpago sesgado.
-        ¡Me cago en diez, si llego a ir preparado, no se salva!
Pero, quién va preparado para tirar en esta jungla a una becada que inesperadamente te viene volada de cien metros arriba.
A la media hora, la Fari, que como un fantasma aparece y desaparece entre las matas, anda fuertemente picada. Salvamos una espesura de brezos entre los marojos. La veo, no la veo, la verdad es que casi nunca la veo. La braca es inquieta y testaruda y, cuando se pica, no hay quien la sujete, va como un tren. Al cabo de cinco minutos, entre la cortina de marojos, me parece verla parada. Avanzo apresurado y los raigones de las estepas me hacen perder el equilibrio y voy al suelo. Me incorporo veloz y nervioso, sigue quieta. Ahora la veo bien, está marcando más abajo en la línea del Choti.
-        ¡Choti, la Fari de muestra!
-        ¡Joder, no veo gota con el sol!
-        ¡Tira adelante que la tiene!
Podría haberme avalanzado pero me parece grosero meterme en la mano del Choti, así que me quedo quieto, cincuenta metros más arriba, observando a la perra. Sigue de muestra, se le mueve, apenas da diez pasos y se clava de nuevo.
-        ¡Choti, que la tiene!
-        ¡No veo ni hostias!
La Fari se tira y la chocha sale regateando marojos pero el Choti no la ve y no tira y yo, casi por despecho, le suelto el izquierdo desde una distancia desde la que un insulto hubiera sido más efectivo.
-        ¿Cómo no te has bajado?
-        Porque me parecía hasta una falta de educación invadirte la mano como un ansioso.
-        Pero, ¿estás tonto? Eso no se hace, con las pocas que hay, hay que venirse a las muestras y si no le podemos tirar los dos, al menos, que la tire uno. Ya lo sabes para otra vez. ¡No me jodas, hombre!
-        ¡Vale, vale!, no volverá a ocurrir –dije, un poco corrido por mi inexperiencia.
Al cabo de cinco horas volvimos al coche dando la vuelta por los humedales de debajo de La Senda, pero no vimos más. Encontré un cartucho de los bilbaínos.
-        Mira con lo que tiran estos.
-        ¡Joder, dispersante de 40 gramos y con plomo fino!
-        Pues ellos son los profesionales.
-        ¡Hombre, pero tampoco es para tanto!
Después de comer en familia me quedé titubeando un par de minutos. Aún me podía ir a dar otra vuelta al monte. Serían sólo un par de horas, las que quedaban hasta la puesta de sol, pero prefería ocuparlas dando un paseo, porque a otra cosa no podía aspirar. Pasar toda la tarde en el pueblo, donde los compromisos y las copas podían hacer estragos a pocas horas de la Nochebuena, era demasiado arriesgado y, además, no tenía color teniendo el monte a un paso.
Desde lo más limpio, la praderilla que hay donde empiezan las tablillas y junto al pilar del monte, me metí en las primeras umbrías y me dirigí a la vaguada donde el jueves había perdido una chocha. A la media hora encontré el desplumadero, la zorra había andado más lista que yo. Como no tenía cosa mejor que hacer, atravesé el barranco y subí hacia una nueva umbría. Tal vez pillara a alguna despistada antes de que se ocultara el sol.
Iba distraído, atravesando un pequeño claro donde los marojos dejaban a los brezos un respiro. Titubeaba al elegir un buen lugar por dónde meterme en la espesura que tenía enfrente cuando, a un par de metros de mis pies, se desperezó en un guiño de ojos el torpedo rasero de una liebre.
Parece mentira que en una fracción de segundo me diera tiempo a pensar en tantas cosas: qué hacía una liebre medio kilómetro adentro de aquella espesura, cuántas patadas le había dado a lo más querencioso del término para que una liebre me saltara precisamente allí, despabila del sueño que no tienes más de quince metros antes de que no la veas, menos mal que llevas un cartucho de 27 gramos, tírala de una puta vez que se te escapa, mira que, como se te vaya esto, el Colás no te vuelve a mirar a la cara, afina que es la segunda que ves en la temporada…
Quedó en el aire, a dos palmos del suelo, una tenue farfarilla de pelo y, al metro y medio, la liebre pataleaba sin mucha energía pegando ya al borde de la espesura. A los dos segundos la Tiqui meneaba el rabo a su lado y la olisqueaba precavida porque la liebre era casi más grande que ella. Mientras la escurría por los riñones para sacarle la orina recordé aquello: “Donde menos se piensa, salta la liebre”.

29 noviembre 2011

Me retiro



Amigo José:
A veces pienso en tu afición por el toreo. Y me imagino que, tras él, debes ver algo que muchos otros no vemos. Pero supongo que, aunque para verlo no haga falta, para narrarlo se ha de tener, como mínimo, una asimilación al rango de poeta. Pues, a mi juicio, sólo ellos ven lo que los demás buscamos a tientas. Y se ha de ser poeta para tener la osadía de atacar la labor de decir lo inefable.
En mi poca experiencia como espectador de toros, pues en una plaza no creo que haya visto más de cien corridas, no logré aficionarme. O, tal vez, mi afición se vio superada machaconamente por el aburrimiento. Me pareció un espectáculo tedioso en el que, a veces, teniendo al lado a un buen aficionado, éste aún me afianzaba más en mi impresión al describirme, sin errar, lo que los protagonistas iban a hacer en cada momento.
Reconozco, sin embargo, que en rarísimos instantes llegué a percibir un arte efímero y sobrecogedor que quedaba dibujado en el aire, en segundos, antes de desvanecerse para siempre, pero cuya impresión estética y ética ha durado en mí hasta hoy. Supongo que fueron esos pocos instantes, que mi memoria atesora, instantes de verdad. De esa verdad que los aficionados buscan y que es tan difícil de encontrar que, a los que no lo somos, nos parece quimera. Pero sí, yo también, pese a mi descreimiento, tuve algunos momentos de transporte sin estar, precisamente, predispuesto a ello. Las raras veces que esto ocurrió, inmediatamente después, no me creía que había visto lo que había visto, pero la impresión era tan fuerte que no me abandonaba en varios días. Así que me dije que, a lo mejor, el toreo era como la investigación y que había que dedicarle horas y horas, sin garantía ninguna, para descubrir atisbos sobrenaturales que apenas duraban menos que un instante. Sin embargo, veía a mi suegro absorto en las faenas y me pregunta si aquel viejo herrador y yo podíamos estar sintiendo lo mismo. Imposible me fue romper la inmutabilidad de su silencio fijo. Para él aquello era más sagrado que la misa mayor de su pueblo y yo llegué a pensar que, si uno estuviera tan atento a todo cuanto mira, podríamos llegar a vislumbrar fenómenos en otros aspectos de la vida que, de ordinario, a la fuerza nos deben pasan desapercibidos. Tal era la fijación de aquel anciano que se obcecaba en buscar un milagro o el aliento de lo inexplicable donde yo, por lo general, sólo veía arena, charangas y rutina.
Otras veces se me ha ocurrido que el toreo debe parecérsele al cante porque ése sí que llega a emocionarme y, alguna vez, el cante puro, un martinete, por ejemplo, me ha llevado, por así decirlo, por encima del tiempo. Y, reconozco, que el cante, cuando se viste sólo de folclore, puede ser muy tedioso. Pero, amigo, los quiebros y los tonos de ciertas gargantas parece que sacan una fuerza oculta que anduviera en la tierra y que, de repente, te sube por las piernas, te remueve las tripas y, quieras o no, te ahoga y te sale por los ojos, quién sabe si para no causar daños mayores. Es algo con una potencia que no se sabe de dónde viene pero que ahí, inexplicablemente, aparece y su ser no se puede negar.
Hasta me ha dado por pensar, en algunas ocasiones, que los hombres de hoy hemos perdido el contacto con la verdad primaria. La verdad de la vida, la que nos ha hecho a los hombres distintos de los animales. Una verdad que es a la vez de la vida y de la muerte, la que nos impulsó por encima de los otros animales a sabiendas de que nuestro destino también era la muerte pero que, originariamente, nos creó resortes que hoy tenemos olvidados, fuentes de energía interna hoy desconocidas, contactos con fuerzas ignoradas, recursos todos que hoy se desconocen y a los que, en cierto modo, y casi inconscientemente, sólo nos aproxima el arte y, dentro de sus gamas, el más primitivo de los artes, el que se dibuja en el tiempo y en el aire jugando con la vida y la muerte. Ese arte que, cuando es puro, sólo puede encerrar verdad. Y tal vez el hombre sea hombre porque es capaz de asumir ese reto voluntariamente, de entregar al arte su mayor propiedad y, a decir verdad, la única que verdaderamente tiene: la vida.
Otros ratos me digo que todo esto es ponerle demasiada fantasía a algo que ha devenido en un oficio: el de trastear al toro para ganar dinero. El de un arte que se ve deteriorado y degradado al rango de oficio y, ni a eso siquiera, al de un trabajo rutinario más. Y así resulta que los toreros, si es que merecen ese nombre, se convierten en sus propios enemigos. Y llegamos a un extremo en que los sacerdotes destruyen su propia religión. Y lo que habría de ser descubierto con el ánimo sobrecogido, casi como si el espectador fuera un visionario en busca de una trasmutación casi imposible, se convirtiera en despachar ferias y no fieras y, sobre todo, en ganar dinero a costa de los pocos creyentes antiguos que al toreo le quedan y de desengañar definitivamente a los neófitos, que a tal arte se acerquen, buscando algo más que comerse el bocadillo en un tendido con la peña.
Algunas veces me digo: A ver si a mí lo que me pasa es que me gustan los toros de verdad y no esto que hay, y por eso voy diciendo que no me gustan los toros.
Te echo de menos por aquí porque eres de las pocas personas con las que se puede hablar de algo, así, sin más, sin poner un intento. Porque para hablar, cuando hay intento, ya estamos en algo demasiado voluntarioso y, entonces, hablamos de las cosas de siempre, con las muletillas de siempre, con las frases heredadas y con todos esos fiambres del lenguaje y del pensamiento que siempre tenemos tan a mano para resolver cualquier situación sin salirnos de tono.
Me voy el día 16 de diciembre de la profesión. Y me parece que estas cosas tienen algo de funeral de esos antiguos, de los de cuerpo presente digo, pero con el cuerpo vivo. Así que me he empeñado en evitar esas ceremonias y me iré como llegué. Porque, al fin y al cabo, es lo natural.
También te mando este mensaje un algo conmovido por el gesto que tuviste de invitarnos a Brasil. Te lo agradezco mucho pero cada día me vuelvo más provinciano de lo que siempre he sido, y lo soy mucho, y no tengo ya ganas de ver más cosas nuevas que, con digerir las viejas, tengo ya bastante.
Un cordial saludo allá donde te encuentres.

17 noviembre 2011

La fascinación

 A Isidro Martínez Sanz por sus recuerdos, narraciones de caza en solitario.

La caza puede ser también una fascinación. Hay casos que lo corroboran. El tuyo, Isidro, es uno de ellos.
Seguramente empezaste en la caza como tantos otros, pero llegó un momento en que tus esquemas se alejaron de los convencionales.
Del mismo modo que, hace muchos años, te topaste con aquellas huellas extrañas, por entonces, y empezaste a seguirlas sin saber adonde te llevaban, en los últimos años, con tus relatos, te has metido en el seguimiento de otros rastros nuevos: los de tus recuerdos.
Y estos rastros te están haciendo aprender, igual que lo hicieron las huellas de aquellos solitarios, cosas a las que tú nunca pensaste en acercarte. Puede que la principal de ellas sea, tal vez, el arte de narrar.
En una narración están los hechos. Y, tras los hechos, hay, en tu caso, una pasión fuerte y oculta que, con la mucha práctica, desembocó en ciencia eficaz. Fue a fuerza de observar, de andar y desandar, de imaginar, de probar, de fallar hasta acertar, y de, en conjunto, depurar tus conocimientos prácticos sobre unos animales míticos que, hace ya varias décadas, comenzaron a poblar La Alcarria. Así ocurrió.
Al seguir las pistas de aquellos grandes solitarios tú te convertiste en otro de ellos, en otro gran solitario de la caza. Y, en aquel momento, se produjo la metamorfosis, el gran cambio. Dejaste entonces para siempre de ser un cazador al uso. Pasaste a ser un individuo distinto y, según corroboran los hechos, único en tu género.
Tuviste que saltarte muchas reglas porque, de otro modo, aquella vocación habría quedado encarcelada.
No existía coto para tu pasión, y tu conocimiento de terrenos y lindes te sirvió para, como otro fantasma de los que describes, pasar invisible por unos y otras, aunque sin el sentido de impunidad del animal salvaje, libre e irracional porque, si hay algo que siempre acompaña al hombre, es el temor. Tal vez seamos por eso inteligentes.
Fuiste, en definitiva, un depredador más, pero no impune, sino con enemigos de tu talla. Y, si los codiciados solitarios acumularon prudencia e instinto de supervivencia en cien acosos, tú no les fuiste a la zaga en el arte de localizarlos evitando, a la vez, ser tú el atrapado por vigilantes celosos, por propietarios con muchos fueros y poca ley o por competidores varios que, casi siempre, jugaban con ventaja.
Puede decirse que tu aventura era doble: cazar y no ser tú la presa, llevando encima, aparte de tu entrañable Vieja, una mochila repleta de temeridad, de pasión y también de miedo soterrado. Un equilibrio difícil de mantener cuando no es flor de un momento, sino experiencia de días, noches, tardes y mañanas durante años, con los sentidos bien despiertos y un peso que, sin que el cuerpo lo aguantara, pesaba en tu alma.
Otros muchos factores colaterales te hicieron, ya de paso, perito en vientos, en heladas, en asperuras y blanduras, en noches de luna llena, en tormentas y en todas esas cosas que el campo tiene escritas por el aire y el agua en sus entrañas, en sus recovecos, en sus criaturas y en la misma palma de la tierra vieja.
Así que, amigo, te deseo lo mejor con tus relatos. Puedes mejorarlos, dejarlos tal como los tienes, publicarlos o no pero, para mí, serán un testimonio siempre grato del último cazador asilvestrado y libre del que tengo memoria.

01 noviembre 2011

Rocatiesa (continuación del cuento de las Ánimas)

Cuando los niños contaron que un hombre sin edad, que se llamaba Rocatiesa, vino a por el Oscar para llevarle de esta vida, al tío Golgodos se le complicaron las cosas.
Los padres de aquellos niños, a los que contaba historias, prohibieron a sus hijos volver a escucharle. Los padres del Oscar le denunciaron por conocer al que, según ellos, había sido el causante de la muerte de su hijo. Los guardias le llevaron al cuartel donde, tras escuchar su historia, le tomaron por un viejo excéntrico y, tal vez, demente, y le dejaron en paz con la advertencia de que no volviera a contar historias truculentas a los niños. En el pueblo la gente comentó que aquello se veía venir, que el tío Golgodos toda la vida había sido un tipo extraño y solitario y que, a la fuerza, las gentes como él sólo terminaban trayendo desgracias.
¿Cómo era que el tal Rocatiesa no hubiera aparecido por el pueblo excepto para cuando se mató el Oscar? ¿Es que no había muerto gente en el pueblo desde su desaparición? ¿Por qué no había vuelto aquel vinculeiro excepto en aquella ocasión? ¿De dónde se había sacado el tío Golgodos la palabra aquella o la misma idea de los vinculeiros?
El tío Golgodos también se hacía aquellas preguntas. Y, como ya nadie hablaba con él, a nadie pudo contar sus conclusiones.
Al poco tiempo todo el mundo pareció haber olvidado el asunto. Sin embargo, si Golgodos era antes un hombre solitario, a partir de aquel hecho lo fue casi del todo porque ya nadie quería hablar con él.
Así que, por pura incomunicación, aquel hombre comenzó a subir al cementerio y se sentaba en la tumba de su mujer, porque el tío Golgodos estuvo casado, y le contaba a ella todo lo que por su cabeza pasaba. Esto, en el pueblo, les terminó de confirmar a todos su locura pero, como no volvió a hablar a los niños ni se metía con nadie, como por otro lado había sido la norma de su vida, terminaron por considerarle un loco, sí, pero inofensivo. Y la gente le dio de lado como a un trasto inservible.
El tío Golgodos tomó la costumbre de dar grandes paseos por el campo. Había días que iba hasta el nacedero del monte; otros, hasta las Tres Doncellas; otros, hasta la Castellana, o hasta las Quitinas, o hasta la Fuente de las Palomas, o hasta la Quinta Mora, o hasta el Barranco del Tesoro, o hasta el Castro Quimera o a los Prados de Juan Herrón…
En todos aquellos paseos terminaba el viejo sentado en alguna peña, mirando el campo de su juventud y fumándose un cigarro mientras se recreaba en las vistas. Lo cierto era que el tío Golgodos era el único viejo que quedaba de su generación que había permanecido siempre en el pueblo. Era, por tanto, un testigo de la evolución de la vida en los últimos años y de la del mismo pueblo también. Ahora, además, era un testigo mudo pues nadie quería hablar con él y los niños, que antes escuchaban sus historias, le rehuían por encargo de sus padres. Así que el viejo, en sus paseos, se daba cuenta de que su soledad se había multiplicado.
Un día subió al alto que hay sobre el Barranco de Agualobos. Ni siquiera él supo de dónde sacó las fuerzas para trepar hasta el alto por aquellas escarpaduras. El cerro era impresionante y de acceso difícil y, quitando ese punto de subida, una senda de cabras, estaba cortado casi a pico sobre los barrancos de los dos arroyos que dominaba, el uno seco normalmente y el otro siempre con agua, pero ambos igualmente profundos. Desde allí arriba no se veía ningún rebaño, nadie en las tierras, ni un alma en las vegas y, ni siquiera, se veía el pueblo. Caminó por el borde sintiendo el vértigo en la boca del estómago. Esa sensación profunda le asustó y le oprimió la garganta. Sabía que bajo las peñas cortadas a pico estaban antaño las zorreras y aguzó la vista por ver si la silueta fugaz de alguna zorra le hacía compañía, pero no vio ninguna. Sólo un buitre, desconfiado y asustado por su proximidad, se lanzó al vacío desde una peña aislada y calva de vegetación. El viejo le vio pasar por debajo de él, buscando sin duda alguna corriente de aire más caliente que le hiciera remontar y, haciendo círculos excéntricos, perderse en lo vasto del cielo.
Se sentó en una piedra, allá en lo alto, y se dijo si aquella piedra habría servido de asiento a alguien tan triste como él o, simplemente, a alguien siquiera en otro tiempo cercano o lejano. Luego se echó mano al bolso y sacando el tabaco se encendió un cigarro. Mientras fumaba no dejaba de mirar los mosaicos que los pedazos hacían en la vega, unos sembrados ya, otros conservando el rastrojo y otros de rojizos terrones; miró también los cachos perdidos a cuyos dueños él era aún capaz de identificar, aunque todos hubieran muerto ya. Y se dijo que el destino del hombre era la soledad, por más que se empeñara en otro. Y la soledad, con el paso de los años, era una soledad concéntrica, una soledad dentro de otra y de otra y de otra. Y se dijo que para qué servía todo el camino de la vida si desembocaba en aquellos desiertos. Imaginó también la caprichosa selección de la muerte llevándose a unos y dejando a otros, sin criterio ninguno, sin lógica.
Fue entonces cuando oyó las campanas. Recordó que era del día de todos los santos.
¿Santos? Él no había conocido ninguno. En las ánimas sí que creía porque, al igual que él se preguntaba las razones de las cosas de la vida, seguro que muchos otros como él acabaron las suyas con las mismas dudas. Y, ¿no serían las ánimas las que volvieran por este mundo, bajo unas formas u otras, a intentar descubrir lo que ignoraron o a arreglar las cuentas que no dejaron claras por un motivo u otro?
Sin embargo, era curioso, los santos tenían día y las ánimas, noche. Como si lo de los santos, siendo dudoso que los hubiera, estuviera claro; y lo de las ánimas, siendo innegable su existencia, fuera algo que no terminaba de estar iluminado, que se acompasaba más con las tinieblas e incertidumbres de la noche.
La tarde se había hecho y el sol se estaba yendo por allá, por la sinuosa cumbre del Mojoncillo y el badén que, en la distancia, perfilaba el misterioso barranco del Tesoro. El viejo, con aquella luz, descubrió una peña erosionada, aislada y solitaria que se erguía en las sombras nacientes. A medida que se fijaba en ella con más insistencia descubrió en la piedra las facciones de Rocatiesa. Y le pareció que la roca le miraba y, lo que en principio, era una mueca, luego se le antojo al viejo una sonrisa, un gesto afable, una bienvenida. Y caminó hacia ella repentinamente tranquilo, con el alma liviana, olvidando grietas, vacíos, precipicios y sombras.
Del tío Golgodos nunca se volvió a saber ni para bien ni para mal.
-        Pues para lo que hacía, mejor está donde quiera que esté.
-        Creo que se marchó con una hija que tenía en Badalona.
-        Quiá, si no sabía de ella.
-        Me han dicho que los guardias lo llevaron a un geriátrico, porque estaba ya perdidito de la cabeza.
-        Debió llevarle una ambulancia al hospital, a morir, creo.
-        A un manicomio, si es que no lo han hecho, es donde debían de haberle llevado.
-        Pues yo creo que nadie sabe su paradero y que, aunque lo han buscado, nadie ha dado con él.
Sólo un niño, el Isma, creo recordar, dijo por lo bajo a los otros:
-        Pues yo creo que se ha marchado con su amigo la Patasma porque se aburría ya de estar aquí.