11 junio 2018

Preparación de un viaje a ciegas



Quería saber. Le advirtieron de los riesgos, pero se afianzó en su idea. Creía que las personas debían saber, aunque padecieran, antes que resignarse a vivir en el feliz sopor de la ignorancia o, lo que es peor, instalarse  cándidamente hipnotizadas en esas medias verdades gloriosas oídas en la infancia. Por eso indagó en la mayor gesta que en los tiempos conocidos alumbró su país y llegó a la conclusión de que tal epopeya fue y será, a no ser que el destino nos depare nuevas aventuras nacionales, el descubrimiento y la conquista de América. (Si algunos estaban pensando en el mundial de fútbol del 2010, lamento decepcionarles.)

Reconoció, empero, que todos los que han abierto heridas, o las abran, forzosamente habrán de ser tratados como agresores por la Historia y ninguno se librará de su juicio, eso sí, tan tardío como ineficaz. Sin embargo, cuántas gestas menos dignas de ser contadas se han difundido y qué poco las expediciones a lo desconocido de aquella vilipendiada España. Y así, con esa secular humildad española (de la que excluyó a Aznar, por perdonavidas) se dispuso a estudiar en los archivos más reconocidos e imparciales. Esos que aclaran u ocultan, según se consulten o no, los arcanos de la Historia.

Lo primero que le extrañó es que hubiese sido precisamente un genovés el que capitaneó la gesta. (Ya anticipo: nada que ver con los ocupantes de la actual sede política de la calle Génova. Que hay quien a todo le saca punta.)

Lo segundo, fue la fecha: 1492, por qué precisamente en ese año.

Lo tercero, fue que se propalara que la reina de Castilla hubo de vender sus joyas para financiar aquel viaje. (Una reina santa en el “Compro oro”, qué vergüenza.)

Lo cuarto, la magnitud de la expedición, referida a los barcos y sus características y al número y clases de hombres que la formaron. (Lo siento, pero no viajaron mujeres. Es un dato confirmado que no hubo paridad, aunque el machismo no se hubiese inventado todavía formalmente. Por la misma razón no constan datos del colectivo LGTBI, si es que lo hubo.)

Con respecto al primer punto, siempre había pensado que el genovés Cristóbal Colón apareció en España como un iluminado que, por designio del Altísimo, supo convencer a los Reyes Católicos de sus acertadas (en mínima parte) premoniciones geográficas. Algo así como un ser milagroso y providencial procedente de la culta Italia del Renacimiento con su Petrarca adorado.

Pero no era así, los genoveses no eran precisamente los faros culturales del mundo. Simplemente, por entonces, los mercaderes de Génova dominaban el comercio en el Mediterráneo. Y, por ejemplo, la familia genovesa de los Centurione era la más importante de las que se dedicaban a los negocios en Málaga. Pero eran muchas las familias genovesas que operaban tanto en Portugal como en España, las dos potencias navieras de la época (Los Doria, los Pinelli, los Ripparolo, Los Grimaldi, los Castiglione, los Vivaldi, los Fornari, los Malocello, los Usodimare… entre otras, y algunas de ellas siguen hoy en los negocios del mar).

Se dice que unas cincuenta poderosas familias genovesas tenían sus negocios ubicados en la península Ibérica. ¿A qué se dedicaban estos marinos? Al comercio de seda, de azúcar, de aceite de oliva, de tintes, de jabón, de trigo, de oro, de plata, de sal, de resina… pero, sobre todo, estaban especializados en la trata de esclavos. (La legislación laboral era aún más laxa que la actual y se admitía esta palabra sin ambages, remilgos ni eufemismos porque, por entonces, nadie osaba hablar de precariedad laboral y llamaban a las cosas por su nombre).

Pero, además de genoveses, también había florentinos, milaneses, venecianos… dedicados a idénticos menesteres (tal era ya la movilidad laboral), aunque, naturalmente, en colaboración con españoles y portugueses. Sin embargo, todo hay que decirlo, los ibéricos se preocupaban de la cristianización de los esclavos, mientras que a los itálicos, más prácticos, les traía al pairo el afán evangelizador hacia aquella masa laboral tan desfavorecida. Fue aquella vis comercial la que hizo de aquellos italianos expertos marinos, que, sorprendentemente, desde el punto de vista cultural, preferían estar al lado de las belicosas armas españolas que de las brillantes plumas italianas del Renacimiento, pero, a la par, sin rechazar los adelantos técnicos que dicho movimiento cultural trajo consigo, especialmente los más útiles y delicados: la brújula, el astrolabio y el arcabuz.

Por abreviar, diremos que Colón fue uno más de aquellos experimentados marinos al servicio del mejor postor y que, también, adquirió su experiencia con los negocios descritos. Cosa que no le quita al descubridor ningún misterio ni mérito, pero que decepciona mucho a las mentes más idealizadoras, tal como era la mía, de la cautivadora gesta colombina.

Con respecto al segundo punto, no cabe duda de que Colón les insistió varias veces a los Reyes Católicos sobre su proyecto, pero éstos no se decidieron hasta 1492. La razón primera fue que entonces acabó la guerra de Granada, los reyes se vieron dueños de la ciudad (último baluarte del Islam en España) pero cayeron en la cuenta de que se quedaban también sin los tributos del Reino Nazarí y de que sus asuntos en el sur de Italia necesitaban de nuevos fondos. Los frailes de La Rábida les insistieron en que la expedición que Colón proponía era una pequeña inversión, nada arriesgada, si se tenían en cuenta los ingentes beneficios que se podrían obtener.

Pero, además, los Reyes Católicos, especialmente Fernando, rey modélico hasta para el astuto Maquiavelo, vio que la empresa que unió a los españoles, la conquista de Granada, al tocar a su fin, pondría de nuevo a maquinar en su contra a toda la nobleza de los levantiscos reinos españoles, recientemente unidos por aquella santa empresa ya acabada. Haría falta darles, siempre que se terciara, un proyecto nuevo, ocuparles en otra causa cristiana, noble y ambiciosa. Y no eran sólo los ejércitos castellano-aragoneses (catalanes incluidos, como todos los demás, sin derecho a decidir) los que estaban bajo su autoridad real, sino también otros más. No en vano el italiano Pedro Mártir de Anglería (que ya nos vio el plumero en esto de las irredentas plurinacionalidades ibéricas) escribió en aquellos tiempos: 
“¿Quién jamás creería que los astures, gallegos, vizcaínos, guipuzcoanos y los habitantes de los montes cántabros, en el interior de los Pirineos, más veloces que el viento, revoltosos, indómitos, porfiados, que siempre andan buscando discordias entre sí por la más leve causa y como rabiosas fieras se meten entre sí en su propia tierra, pudieran mansamente ayuntarse en una misma formación? ¿Quién pensaría que pudieran jamás unirse los oretanos del reino de Toledo con los astutos y envidiosos andaluces? Sin embargo, unánimes, todos encerrados en un solo campamento, practican la milicia y obedecen las órdenes de los jefes y oficiales de tal manera, que creerías que fueran todos educados en la misma lengua y disciplina.”

Aquello fue como un milagro. O sea, que el descubrimiento de América (Las Indias) sirvió de nueva cohesión a las variadas sensibilidades e identidades culturales de las fraternales, pero siempre rivales, gentes de España. Puede que, sin el descubrimiento de Las Indias, tampoco existiera la España unida (todavía) que hoy conocemos. (Y, pensándolo, no sé si valió la pena, dada la estabilidad nacional de que hoy gozamos, alterar el curso de la vida en todo un continente.)

Lo tercero. Lo de las joyas de la reina Ysabel (entonces se escribía así, Y de yugo; F de flechas; Ysabel y Fernando, el yugo y las flechas) puede que se dijera para mayor gloria de la reina santa, pero los administradores de Castilla, y algún banquero, aseguraron a los monarcas que eso no iba a ser necesario. De hecho la expedición de Colón no llegó a costar ni dos millones de maravedís y, por ejemplo, solamente en la boda de la infanta Catalina, en Inglaterra, gastaron sus Católicas Majestades sesenta millones de maravedís. Vamos, que lo de la expedición primera de Colón salió casi como lo que hoy vendría a ser, sobre poco más o menos, una despedida de soltera. Perdonada sea la manera de comparar.

Lo cuarto: la expedición. ¿Cómo se imagina? Posiblemente, como algo grandioso. ¿Cómo eran las naves? ¿Cuántos hombres fueron?

Ante estas preguntas la imaginación vuela impetuosa. Pero la realidad es como una piedra que, atada a nuestros pies, nos devuelve al santo suelo. Dos carabelas fueron requisadas y hubieron de ser equipadas por los marinos de Palos (Huelva) por ineludible requerimiento real. Fueron la Pinta y la Niña, de entre 55 y 60 toneladas. Para hacernos una idea eran naves de tres palos de unos 21 metros de eslora, 8,5 metros de manga y 3,3 de profundidad.  Casi da miedo recapacitar sobre sus pequeñas dimensiones, si consideramos las distancias a recorrer en la Mar Océana. La tercera carabela, la Santa María, conocida también por María Galante o por la Gallega era un poco mayor y Colón hubo de alquilársela a Juan de la Cosa, marinero cántabro, residente en el Puerto de Santa María.

Uno se asombra al pensar que en la aventura sólo participaron 90 hombres. Fueron 45 a bordo de la Santa María, 26 a bordo de la Pinta y 24 de la Niña. Los navegantes procedían de Andalucía en su mayoría: de Río Tinto, Moguer, Huelva, Palos, Sevilla… Había algunos judíos conversos (la sociedad española estaba entreverada de cristianos viejos y nuevos, que no siempre se amaban), también varios vascos, algunos cántabros, un Mendoza de Guadalajara, dos portugueses… y, de ellos, cuatro o cinco navegantes eran delincuentes que escapaban de la justicia al enrolarse, varios eran funcionarios reales y no viajó en la expedición, por raro que parezca o tal vez por sabia prudencia, ningún cura ni fraile.

Los marinos experimentados cobrarían mil maravedís al mes y seiscientos los novatos. Aunque ha de mencionarse que ninguno, de los que sobrevivieron, cobró hasta 1513 (21 años después), por mor de esas complejas diligencias que originan pequeños retrasos (sobre todo en los pagos) y que la burocracia, por difícil que sea hoy creerlo, tenía ya en aquella época.

He aquí algunos apellidos de los navegantes, seguro que con ellos podríamos hoy formar gobierno en cualquier país de habla española: Talavera, Baraona, Vergara, Foronda, Patiño, Godoy, Mendoza, Vélez, Yáñez, Alonso, Pinzón, García, Sarmiento, Ruiz, Niño, Gama, Peñalosa, Gutiérrez, Arana, Torres, Pérez, Camacho, Vallejo, Rodríguez, Bermejo, Xerez…

¿Sabían cuál era su destino? Evidentemente, no. Pero esto ya queda para otro capítulo glorioso.

06 junio 2018

Sánchez



Me ha hecho mucha ilusión tener de presidente del gobierno a un señor que se llame Pedro Sánchez. Y no es porque yo sea socialista progresista avanzado de toda la vida, ni porque sea de extremo centro izquierda, ni porque sea un peligroso podemita posibilista equidistante, ni un enemigo de los rancios patriotas ciudadanos y peperos más recalcitrantes. No señor, es sólo por el apellido.

Sánchez, ¿han visto los siglos tanta sencilla belleza? Alguien que se apellida Sánchez (hijo de Sancho) evoca la llaneza del personaje más popular y pegado a la tierra de “El Quijote” (esa novela que todos los españoles hemos leído varias veces) y, ese nombre, sólo puede augurar acercamiento, confianza y preocupación por las primeras necesidades a las que la vida en el planeta Tierra se vincula. Un Sánchez parece siempre una persona de tu barrio, con los pies en el suelo y que se preocupará más por tu salario, tu pensión, tus hijos y viejos y, sobre todo, por tu cesta de la compra y que dejará para otros nombres más ilustres el lucimiento. De modo que personas con apellidos más rimbombantes disfruten hablando, por ejemplo, de la evolución de los mercados internacionales, del desequilibrio fiscal y financiero, del mercado internacional de divisas y de otros temas igualmente apasionantes, pero de los que todos estamos al día por la inveterada costumbre popular española de consultar “The Economist” tan pronto como sale. Un Sánchez parece más proclive a tocar esos temas inéditos que suelen escapárseles a las mentes más privilegiadas.

Y no es que yo esté rencoroso con el presidente anterior, el Sr. Rajoy, pero es que donde esté  un Sánchez, por favor, parece que hay más confianza, uno se siente menos cohibido. Aparte de que Rajoy, cuando contestaba a las preguntas (que era pocas veces), lo hacía como para alejarte de su paso, para que te quitaras de en medio. Por ejemplo, cuando se dignaba contestar, casi siempre comenzaba con un “Mire usté”, y, claro, ya te había dado un empujón, se te quitaba toda la confianza, se perdía el cariño. Y es que a la gente no nos gusta que nos miren por encima del hombro, mire usté.

Pero no quiero hablar de Rajoy, porque de pequeño me enseñaron que no hay que hacer leña del árbol caído y, aunque en el caso de Rajoy sea uno cortado, tampoco  es bueno, ni de cristianos, ni siquiera de meras personas de bien, ensañarse con ese resentimiento malo, pero malo, malo y pernicioso. Y desde aquí juro que le perdono todo, desde los hilillos de plastilina ascendientes en modo vertical que salían del Prestige y otros asuntos del pasado, hasta lo de nuestros días.

Pero además hay otra cosa. Aparte de los merecimientos que se esperan de cualquier Sánchez que se precie en el gobierno de la nación, aparte de sus posibles logros en el futuro, aparte de los aciertos que todos y todas (las personas de bien) le deseamos, aparte de esa cercanía que esperamos que nos ofrezca, hay un factor que pocos han valorado. Sánchez tiene un fondo electoral que pocos han considerado: la familia. Sólo contando con que en las próximas elecciones le voten sus familiares, tiene un remanente electoral asegurado por encima del millón y medio de votos. En España, hay casi 1.700.000 personas que se apellidan Sánchez. Una familia numerosa. Si los Sánchez se aferran al poder será muy difícil descabalgarles. Miren, miren las encuestas. Pocas personas llegan al poder con esa cama genética, con ese colchón electoral. Y los politólogos en Babia.

26 mayo 2018

Procesos legales



Con esos asuntos que a uno le dejan sus antepasados más recientes llevo un par de años ocupado.

Todavía no he comprendido la razón por la que, por ejemplo, si tú tienes hecho el protocolo legal bajo notario de la partición de una herencia y esa misma partición has de presentarla ante un juez, te piden cosas que para ti son incomprensibles.

Necesitas tres certificados de defunción, otros tantos certificados de últimas voluntades y también el testamento del finado. Pero si tengo la partición de la herencia ante notario hecha hace casi 60 años, ¿es que el notario no se cercioró de que el deudo había muerto, es que no constató que hizo testamento?

Pues no vale, hay que iniciar el procedimiento desde el principio. Ahora me explico por qué la justicia española es tan eficiente y cómo es capaz de descubrir las tramas más inextricables de delincuencia siempre que se le dé su tiempo, claro está.

Podemos los españoles (y las españolas, claro) estar orgullosos de nuestro sistema judicial: la corrupción de nuestros políticos nunca queda impune. Aparentemente deberíamos sentir una gran vergüenza por los hechos delictivos que la justicia está evidenciando. Pero, no seamos ingenuos, es igual en todos los países de nuestro entorno. Lo que ocurre es que en ellos no existe una justicia tan eficaz como la nuestra y, por desgracia, sus corruptos suelen quedar en la impunidad, qué vergüenza esta Europa, oye. Claro que, cuando hago estos razonamientos, no faltan compatriotas descreídos que me llaman cínico y que me reprochan el no haberme dedicado a la política. Y, por su tono, comprendo que no lo dicen por alabarme e incluso alguno ha llegado a decirme en tono airado que, si en España hubiera verdadera democracia, él mismo me daría un par de hostias por sostener tales argumentos. Eso sí, siempre desde la tolerancia y el respeto.

Pero, tras esta digresión tan fuera de lugar, vuelvo a mi peregrinación por registros, juzgados y notarías.

El día que fui a los juzgados me encontré estos rodeados por unas doscientas personas que gritaban: ¡Justicia y libertad! Y, en un principio, pensé que habían ido al lugar adecuado. Sin embargo los juzgados estaban rodeados de vallas colocadas para impedir el acceso a ellos y también por cinturones de antidisturbios (de ambos sexos) con cara de pocos amigos. El primer cinturón estaba frente a los manifestantes; el segundo en la puerta de los juzgados; el tercero dentro, rodeando el arco detector de metales y las puertas de acceso y salida.

Ante el primer agente con el que me topé expuse mi intención: “Oiga que sólo vengo a por unos certificados”. Galantemente me hicieron un hueco y pasé al edificio. Pero dentro había una gran cantidad de gente formando una cola sinuosa tan grande que decidí intentar la entrada por la puerta de salida (el típico ingenio español ante las dificultades). O bien los agentes no repararon en mí, o les parecí un ser insignificante y carente de peligro, o es que estaban tan ocupados con los periodista, manifestantes y otras hierbas. El caso es que nadie me impidió el paso. Pregunté que dónde daban los certificados de defunción y me dijeron que en el primer piso. Tras visitar varias dependencias en ese piso en una de ellas me dijeron que allí era, pero que tenía que pedir número. Como el número había que cogerlo en la puerta, pues vuelta a empezar. Bajé, me salté todas las filas y tomé el número y volví a entrar, con la soltura ya adquirida, por la desierta puerta de salida. De nuevo nadie reparó en mí. Había tal confusión de gente en la entrada, en el recibidor y en todos los pisos que para lograr un poco de silencio en aquella algarabía estuve a punto de liarme a carpetazos y gritar: “Al·lahu-àkbar” (Alá es grande, para los que no dominéis el árabe). Pero me abstuve por prudencia, porque en esos casos la gendarmería francesa, los propios mossos de escuadra y las policías más cívicas de Europa suelen administrar justicia en un par de segundos tirando a matar. Pero reconozco que me sonreí con la idea. Se me acababa de ocurrir un nuevo tipo de suicidio. Tal vez quien esté por la eutanasia podría recurrir a él en lugar de a esos interminables pleitos judiciales que desean que el derecho ampare esta práctica. Lo tenemos al alcance de la mano y sin más trámites.

Al fin me vi frente a la secretaria del registro. Era una señora seria pero amable que le tenía cogido el punto a la actitud que debe mostrar una buena funcionaria (o funcionario): una equidistancia entre la corrección y la cortesía, pero exenta de simpatía y menos ya de compadreo. Sí señor, me gustó la funcionaria.

-Quería cinco certificados de defunción.

-Solemos dar un máximo de tres.

-Era por no volver más veces, pero sean los tres.

-Fecha de la defunción.

-27 de junio de 1969.

Ella dijo el nombre del difunto y yo asentí. Imprimió los certificados y me dijo que tenían validez para tres meses.

-¿Cómo tres meses? Es que temen que tras esos meses el difunto pueda resucitar. Oiga que no le estoy pidiendo en certificado de defunción de Jesús de Nazaret.

-Así es la ley, lo siento.

-Entonces, si este proceso dura,  ¿tendré que volver?

-Tantas veces como usted lo precise.

-Pero, ¿ve usted esto lógico?

Ella repuso que así eran las normas, me entregó los papeles y con una sonrisa, entre el rictus y la mueca, me despidió y llamó al siguiente. Le devolví  mi sonrisa más cómica y, sólo entonces, reparé que en un tablero, tras ella, había un letrero que decía: “Nosotros, antes de trabajar aquí, también éramos normales”.

06 marzo 2018

La esquina de la angustia





Entre las sombras que separan la noche del día llegó lo inesperado. Sin avisos ni premoniciones. Súbitamente, entre las brumas del sueño. Tu candidez se obcecó en rechazar la pesadilla y, como el niño que se tapa los ojos con las manos para no ser visto, te quisiste engañar: Estoy soñando. Sin embargo, era real. Estabas encerrado en una jaula invisible. No sabías cómo podrás salir, ni si saldrías. Te resistías a estar allí, pero no había alternativa. Ver venir el primer golpe te cercioró de ello. 

Desconoces lo que va a suceder. Todo es incierto menos tu pánico. Tu percepción se distorsiona. Lo ves todo más grande, tu cerebro acaba de cambiar la escala del espacio. Una parálisis te agarrota. Sales de ella de ella bruscamente, de un salto, y pasas a una movilidad que te sorprende. Son impulsos de un muelle incontrolado. Te reconoces viajando en tu cuerpo, llevado por un autómata que se mueve sin tu supervisión. Tú eres sólo el asustado pasajero que va dentro. Tu vista, amplitud sin precisión, capta el conjunto de la escena con tanta avidez que le es imposible centrarse en los detalles. ¿Tendrás las pupilas dilatadas, las tendrás contraídas? No lo sabes. Tus ojos siguen un protocolo propio, autónomo. No sientes el frío ni el calor, no recuerdas si estás vestido o desnudo, no acertarías a decir si es de noche o de día, se detiene el transcurrir del tiempo. Tu cuerpo sin gobierno se mueve violentamente, por instinto. Tienes la sensibilidad dormida. Si recibes un golpe no percibes dolor, sólo un impacto vago; si lo lanzas tú, no sabes con qué fuerza y sólo un tacto torpe y acolchado te dice si dio contra otro cuerpo. Saltas siempre, desordenadamente, alertado por amagos ajenos, guiado por la intuición de la amenaza, prevenido por la mímica corporal del agresor. Te sientes etéreo, flotante, un ser que vuela sin saber volar y que, desconcertado, no sabe cómo no choca contra las paredes, ni adónde va, ni si será capaz de regresar al suelo. La sensación de ingravidez es angustiosa. También la tensión que la mantiene. Inesperadamente, el sedimento de los recuerdos se remueve, tu memoria recrea otra ingravidez inesperada. El exógeno plástico explosionó a destiempo y demasiado cerca. Un punto blanco, diminuto en su origen, se expandió brutalmente en un instante en forma de esfera roja incandescente. La onda expansiva te levantó en el aire. Fue entonces, suspendido, cuando el estampido te atronó y llegó la oscuridad. Al caer contra el suelo estabas lleno de silencio. Cuando abriste los ojos te creíste sordo y también mudo porque no podías escuchar las palabras que pronunciabas. Te sentiste impotente queriendo desgarrar a gritos aquella bolsa blindada de silencio. Fue inútil. El desvalimiento de tu voluntad, perdida en un mar de vacío, te ahogaba. Te anonadó la misma soledad que ahora sientes.

Súbitamente, la situación termina. Se desvanece como una cortina que cae desmadejada. Como el aire que al salir deja plegado un globo, desaparece la amenaza. Enseguida vuelve el tiempo, el espacio recupera su dimensión. Notas que tu cuerpo regresa también, el dolor te lo anuncia. Protestan las articulaciones, pinchan los músculos, hormiguean las manos. Comienzas a sentir el corazón. Éste crece de un modo desmedido, oprimiéndote el cuello, los hombros y los brazos como un balón que no deja de hincharse. Entonces quieres dar fe de ti mismo y gritas, pero no oyes tu voz, sino una voz gutural y extraña de alguien que no sabías que llevabas dentro. Crees que aún no estás allí. Te buscas. No paras de moverte. Estás hiperactivo, poseído por una vehemencia loca. No sabes cómo liberar la tensión. Algo se fue de ti, algo te falta. Crees que estás buscándolo. Una sensación de pérdida se instala obsesivamente en tu cabeza. Sale de tu memoria el susurro de un viejo estribillo en una lengua extraña: “Men in a war when they’ve lost a limb still feel that limb as they did before.” Suena la alarma de la supervivencia. Desde la paranoia te alertas nuevamente y, con temor, te palpas ansiosa y obsesivamente el cuerpo. No hay sangre, estás entero. Te preguntas cómo es que estás vivo y te contestas con unas palabras en las que siempre dijiste no creer: De milagro.

El futuro, desde ahora, se llama “Después” y dura siempre. Después, cuando menos lo esperes, durante el sueño o en las vigilias, tu impredecible mente, ese ente emancipado que creíste regir y que te rige, sin pedir permiso, a su entero capricho, te llevará a su esquina oscura, ésa donde guarda el arcón del terror y te hará ver el reportaje de la angustia. Y no podrás escaparte. La vida, como algunas enfermedades, también deja secuelas.


01 marzo 2018

La bestia tonta



Hace algunos años, seguramente más de los que creo, los medios de comunicación prevenían a la, entonces, incauta población contra el sensacionalismo con que ellos mismos comenzaban a informar. El sensacionalismo es propagar noticias de modo que provoquen emociones en el público. En el fondo era y es una técnica de ventas agresiva. Pero de nada sirvieron las advertencias. Hoy la forma de comunicación normal y generalizada es el sensacionalismo y en él compiten gran parte de periodistas y de medios. Y en él vivimos inmersos, cada día más inmunizados contra la realidad, porque noticias que deberían alarmarnos ya ni siquiera nos inquietan. Los lobos nos visitan todos los días varias veces y, a no ser que termine alguno de ellos mordiéndonos en las propias gónadas, pasamos de ellos. El roce incesante de tanta noticia sorprendente y terrible nos ha encallado el ánimo. El periodismo es liebre, la justicia tortuga. Esto también ayuda.

Hasta lo más trivial, que suban o bajen las temperaturas, se anuncia de modo agresivo: se disparan o se desploman. Así, el lenguaje se ha modificado también, se ha vuelto más competitivo (algunos opinan que más creativo) y ayer oí que a un temporal le llamaban “La Bestia del Este”. El nombre me hizo sonreír cada vez que lo pronunciaban, me pareció que, a fuerza de exagerar, hablábamos ya como los niños. Qué barbaridad de borrasca.

Las palabras y las frases normales hoy están en desuso. Desde hace años la terminología periodística vuelca en nosotros toda su fecunda creatividad. Hay personas a las que, por sus bajos ingresos, se les llama “excluidos sociales”; si dos personas se niegan a saludar al rey se habla de “boicot al rey”; si dos políticos discuten en público se habla de “un choque de trenes”; la policía, desbordada por la delincuencia, cuando no sabe de qué va un crimen, declara que “no descarta ninguna hipótesis”; si el Madrid gana al Valencia por 3 a 1 la noticia es que “Madrid arrasa Valencia”; si un futbolista del Sevilla se lesiona en un partido contra el Barcelona, la noticia es que “el Barça manda al Sevilla a la UVI”; y no hablemos ya de las originales expresiones como: “Presentaba lesiones incompatibles con la vida”, “Pongamos en valor la lengua española”, “Las precipitaciones en forma de benéfico oro blanco extienden su manto sobre las pistas de las estaciones de esquí”, “El infierno meteorológico arrasa la A6”, “Las concentraciones cívico-festivas que a día de hoy se han producido han sido ejemplares, manifestantes de todas las edades, en un modo lúdico, desde la tolerancia y el respeto, han recorrido pacíficamente la ciudad gritando: ¡Muera el rey!” … Todo así. Incluso sin haber escuchado a Jiménez Los Santos, muchos días casi da miedo salir a la calle.

Antes a los niños nos decían, cuando respondíamos ante nuestros profesores, que no cantáramos. Nos enseñaban a hablar en un tono normal. Esta es otra de las cosas que ha pasado a la historia. Si por algo se caracterizan las locutoras (qué término más antiguo), las presentadoras,  las conductoras de programas, las tertulianas, las comunicadoras, las moderadoras, las creadoras de opinión, las portavoces, las entrevistadoras, las encuestadoras, las corresponsales, las comentaristas, etc. (noten qué variada terminología) y los varones de idénticos oficios, es por emitir un conjunto de saludos, despedidas y enunciados totalmente originales, no sólo en su literalidad, sino en el tono en el que los pronuncian, sin renunciar a la musicalidad, a las entonaciones más difíciles y a cuantos artificios ofrece  la versátil garganta humana para emitir sonidos que se salgan de lo habitual, dando a cada cual una originalidad gutural propia. Una maravilla de registros armónicos.

Pero es que tantas originalidades, hipérboles, metáforas, eufemismos y demás delicadezas del lenguaje usadas sin conocimiento, como diría una madre de las de antes, terminan por cansar. Entre tantas rutilantes estrellas del periodismo, termina por no brillar ya nadie. Porque no se puede hacer de todo un espectáculo a diario. Cansan mucho y son muy contumaces. Y, de veras, no lo digo por alabarles.

26 febrero 2018

Hermanos en litigio



Hay historias que dan vergüenza a algunos. Incluso hay episodios de la Historia, esa que no paramos los humanos de escribir cada día, que también abochornan casi de continuo. Y de las pequeñas historias, locales o familiares, a la Historia de la Humanidad no hay tanta distancia, pues en realidad todas ellas las protagonizamos las personas.

Esta es la historia de dos hermanos.

Los dos habían nacido en el pueblo. El mayor se llamaba Pascual y el menor Urbano. Se llevaban casi diez años de diferencia. Eso había hecho que sus vidas fuesen muy distintas.

Pascual, en cuanto acabó los estudios primarios, dejó los libros y ayudó a su padre en las tareas agrícolas y, con los años, fue relevándole paulatinamente de los quehaceres a medida que éste envejecía. En los últimos años el viejo estaba enfermo y se convirtió también en una carga para Pascual y para su anciana madre. Pascual, afincado y casado en el pueblo, fue durante años el sostén de sus padres. Cuando ambos murieron, Pascual, que andaba ya por los cincuenta años, se sentía el dueño de todo, especialmente de la gran finca que fue de su padre y que él había cuidado y mejorado con esmero a lo largo de tantos lustros.

Urbano, el pequeño, tuvo otra suerte. Terminada la escuela, los padres, viendo ya con ocupación al hermano mayor, le enviaron a un internado donde continuó sus estudios y, después, a la universidad donde los concluyó. Luego consiguió una plaza por oposición en la administración, se casó y se desvinculó cada vez más del pueblo.

La diferencia de edad en un principio y, posteriormente, las distintas ocupaciones e intereses les hicieron descubrir a los hermanos, justo tras la muerte de sus padres, un piélago de frialdad y lejanía entre ellos. Sin embargo, esa indiferencia, a la que contribuyó también la distancia y el trato cada vez menos frecuente, derivó en un enconamiento entre ambos que se produjo al tener que compartir la herencia de sus padres. Entonces un abismo de rencores se abrió entre ellos.

Poco valía la casa y menos valor aún tenían los enseres de los padres. Pero el campo era una hermosa finca casi rectangular, lindante con la carretera y con un nacedero de aguas, de unas cien hectáreas de por junto. La propiedad de esa riqueza, lejos de avenir a los hermanos, hizo aflorar en ellos la semilla del resentimiento. Pero en la herencia quedaba claro que la mitad era de cada uno.

Pascual, en su fuero interno, pensaba que aquella finca la había levantado él con su trabajo. Consideraba que había sido con los dineros procedentes de su esfuerzo con lo que su hermano había podido estudiar y vivir toda la vida como un señorito. Pensaba que era él, y sólo él, el que había cuidado siempre de sus padres mientras su hermano se dedicaba a vivir como un pisaverde pasando de todo. Y ahora tenía que compartir la finca con él, con él, que tenía una carrera pagada con su sudor y un buen puesto en el que, hiciera bueno o malo, le caía todos los meses un buen sueldo. Parecía mentira que ahora reclamara la mitad de una finca en la que jamás había dado un palo al agua. Urbano, se decía, ya tenía una carrera, lo suyo es que renunciara a su parte de la finca. Era lo menos que se podía esperar de él

Urbano, por su parte, se consideró un perjudicado a lo largo de su vida. Qué fácil lo había tenido Pascual, sólo había tenido que quedarse en el pueblo, aprovechándose de la hacienda de sus padres, dejándose llevar, acoplándose simplemente a lo que ya estaba hecho, sin tener que haber buscado nunca un trabajo, sin tener que estudiar, ni opositar. Toda la vida disfrutando él solo de una hacienda que se imaginaba que era toda suya. ¿Que cuidaba de sus padres? ¿No sería al revés? ¿No fue él el que vivió con ellos toda la vida y a costa de ellos? Él sí que había tenido que despabilarse, salir del pueblo, estudiar años y años y vivir míseramente con cuatro cuartos para sus gastos. En cambio su hermano, sin abrir un libro, con dinero en el bolsillo desde siempre, y todo gracias a un futuro que su padre le dio hecho sin ningún esfuerzo por parte de Pascual, excepto el de seguir la huella ya marcada. Su hermano había nacido de pie y él, en cambio, había tenido que buscarse la vida. Qué menos que ahora, al fin, le correspondiera por justicia la mitad de la finca. Y es más, se decía, ya que nunca había percibido un duro de lo que rindió la finca en aquellos años, bien podría Pascual partir con él el capital que hubiese.

Con estos sentimientos no fue difícil que discutieran. Pero la ley era la ley y, como no podía discutirse que la mitad de la finca fuese de cada uno, la reyerta entre ellos se centró en el modo de repartirla. El odio busca siempre resquicios por donde hacer palanca.

Al agricultor todo se le volvían pegas porque, como él decía, no eran todas las tierras iguales: unas eran casi pedregales, otras ricas en agua, otras arenosas, otras eriales, otras eran espléndidas hazas…

Al funcionario todo le daba igual y sostenía que a él tenían que darle sus cincuenta hectáreas y, preferentemente junto a la carretera por si llegado el momento se podía construir.

Como no hubo manera de que se entendieran se vieron finalmente ante una juez. Ambos expusieron ante ella sus sentimientos y su manera de pensar. La magistrada les escuchó tranquila. Cuando acabaron, la señora juez dictaminó:

-         Siendo ustedes hermanos y conociendo ambos sus tierras, sería un atrevimiento por mi parte hacerles a ustedes una partición de ellas. Además estoy segura de que no estarían de acuerdo con mi partición y, seguramente, con razón. Por lo tanto lo que dictamino es que se haga lo siguiente: Primeramente, que, cualquiera de ustedes dos, divida la finca en dos partes, teniendo en cuenta todos los extremos que aquí han citado. En segundo lugar, y una vez que las dos partes de la finca estén fijadas por uno de ustedes, será el otro el que elija en primer lugar la parte que desea, quedando la restante para el que hizo la partición. Así tendrán un reparto justo, equitativo y hecho, con conocimiento de causa, por ustedes. Ninguno de los dos podrá quejarse Y les ruego que no ocupen el tiempo de los tribunales con inquinas personales que los jueces no podemos resolver. Compartirán ustedes las costas del juicio a partes iguales, como la finca.

18 enero 2018

Tristeza generalizada



Entre las desdichas, que forman parte del colchón de la vida, hay algunas muy concretas y personales y otras imprecisas y generales. Entre las segundas, está la tristeza generalizada.
Algunas veces el silencio se me antoja un desierto. Pero, al tiempo, una parte interior propia de los seres humanos, una tierra adecuada para ciertas semillas que solamente pueden germinar en él.
La idea primaria de silencio es la ausencia de ruido, algo fácil de evitar: el ruido físico (suele bastar con la doble ventana).
Sin embargo, hay otro bullicio que todos llevamos dentro y que nos ensordece del mismo modo que la ilimitada luminosidad nos ciega. Bajo esas circunstancias es muy difícil pensar. El ruido interno de nuestras pasiones, orgullos, ambiciones y vanidades es muy difícil de sofocar.
Quizá la edad (menguadora de algunas pasiones), por un lado, y la práctica de la soledad voluntaria, por otro, ayuden a algunas personas a conseguir un poco de silencio en su interior. Pero, ni así es fácil. Casi no tenemos costumbre.
En la fértil tierra de ese silencio puede crecer el pensamiento. Pero no es tarea a la que sea habitual el ponerse.
Si pensamos en el tipo de vida que llevamos, basada en la inmediatez de todo (placer, dinero, ambición…) tal vez nos sintamos náufragos en un inmenso océano de ruido que nos zarandea sin descanso y en el que se nos hace difícil pensar en otra cosa que no sea el sobrevivir a cualquier precio.
¿Es nuestro mundo enemigo del pensamiento?
Dicen que las grandes revoluciones se han fraguado en el pensamiento que procura la soledad. Así que, que cada uno se conteste.
Si vivimos adormecidos en nuestro mundo febril de actividad, de competencia, de ambición, sin tiempo de pararnos a pensar, ¿no será el capitalismo (además del fútbol, claro) nuestro verdadero opio? ¿No se equivocaría Marx?
Perseguir la falsa ilusión de tener todo cuanto ansiamos no nos acerca al pensamiento, sino que a la fuerza nos vuelve hiperactivos, prestos siempre a la acción pero incapacitados casi de continuo para la reflexión. Seres más agresivos que racionales, a los que pensar les crea malestar. Y, por cierto, en nuestra sociedad quien renuncia a esa obligada ambición, como sublime meta, se convierte, además de en fracasado, en sospechoso. Y, encima, se lo llamarán en inglés: Loser! (Con lo castizo que era eso de: ¡Desgraciao, cara pobre!)
En un cuento indio un abuelo le contaba a su nieto que todas las personas llevamos dentro un lobo y un cordero en pugna constante. ¿Y cuál de los dos gana?, preguntó el nieto. Aquel al que alimentamos, dijo el viejo.
No sé con qué frecuencia se da esa soledad buscada que, acallados los ruidos de toda clase, es la fuente más rica de creatividad.
Pero sí sé que, en nuestro mundo, abunda la desconfianza, el individualismo, el miedo, la inmediatez, que todos estamos tan telemáticamente conectados que siempre estamos solos, casi como evadidos, también sé lo muy propensos que somos a la revolución y lo muy reacios a la evolución, lo poco dispuestos que estamos todos a cambiar el mundo empezando por nosotros mismos…
O sea, que no sé cuántos alimentan al lobo y cuántos al cordero.
De ahí esa cosa tan tonta del principio: lo de la tristeza generalizada.

16 enero 2018

Leyenda de Muño Sancho



Han sido muchos los hombres ilustres, e incluso historiadores de muchas campanillas, los que han narrado esta leyenda a lo largo del tiempo. Pues, por no ser ideada por nadie sino responder a unos hechos, a todos y a nadie pertenece y cada cual puede dar su versión. Eso sí, sin desvirtuar el rigor de los acontecimientos porque, aunque las leyendas carezcan de derechos de autor, son una herencia común que no debe alterarse al buen tuntún.

En estas tierras cristianas de Castilla, reinando Alfonso el sexto (otros sostienen que el séptimo), vivió don Muño Sancho de Finojosa que, pese a las obligaciones debidas a sus muchas propiedades y riquezas, era también grande del reino.

Reunía don Muño bajo su liderazgo, y previa soldada, una mesnada de setenta caballeros y otros muchos peones y otros más hombres de servicio y algunos cuantos criados y zagales. Y de todos ellos sabía ser el estricto capitán en la guerra y el padre bondadoso en la paz. Pero esta paternidad, espiritual casi siempre, le ocupaba poco tiempo pues el más de él lo dedicaba a la batalla y, cuando descansaba, cazaba.

Y, como la guerra era y es un buen justificante de la violencia, atravesó muchas veces la frontera con el infiel agareno y volvió siempre victorioso, cargado ora de botín, ora de cautivos, ora de bienes muebles y ganados… mas, siempre, tiznado de despojos y sangre sarracena. La guerra, entonces, requería dedicación exclusiva y, aún así y pese al esfuerzo de tantos caballeros, duró aquélla ochocientos años, sobre poco más o menos.

Y no por vivir en la Edad Media carecía don Muño de esos anhelos por viajar y conocer mundo que obnubilan a nuestros conciudadanos del siglo XXI. Mas, por aquel entonces, los viajes eran, cuando no Cruzadas (no confundir con cruceros), peregrinaciones o romerías o visitas a los Santos Lugares para volver de Jerusalén con la palma de palmero (no confundir con los flamencos). Lugar, éste último, al que don Muño, solemnemente, tenía prometida visita. Pero no adelantemos los acontecimientos.

El hecho fue que aquel día, de guerra como todos, tras indagar por dónde andaba la frontera (difícilmente podría hacerse hoy, pero entonces cambiaban de sitio las fronteras casi todos los días), se internó con sus huestes en el hostil y proceloso territorio de la Media Luna.

Fue feliz don Muño cuando avistó una comitiva enemiga cuyo séquito deslumbraba por el lujo de sus atuendos y la calidad y alcurnia que sus miembros mostraban. Sin hacer uso de las armas, pues no encontró respuesta armada que justificase ninguna escabechina, los detuvo a todos, gozoso de que no ofrecieran resistencia a su brazo justiciero e implacable.

Pero hete aquí que, de entre los moros principales, uno se dirigió a él con el tono doliente del que, aunque sin miedo, sufre profundamente. Por sus nobles palabras supo que se llamaba Albail y que, junto a su amada Alifra, viajaban en cortejo nupcial para contraer bodas en un cercano alcázar.

Pronto el cristiano corazón de don Muño comprendió que no era gloria, para un caballero de honor como era él, hacer botín de gente principal que sólo le ofreció el blando brillo de la telas de sus vestimentas, sin mostrar siquiera el mínimo destello del acero de sus agudos alfanjes. (Comprendió, la verdad, que les había pillado por sorpresa y de bonito.)

Así ascendió de grado a sus cautivos y, además de no matarles, encarcelarles o, como poco, deshonrarles (costumbres habituales de la época), les atendió como a amigos e iguales y, con gran liberalidad, les llevó a su castillo y les ofreció fiestas para celebrar los esponsales durante quince días y así vivieron mezclados como hermanos árabes y cristianos, esas dos estirpes enemigas más allá de la muerte. (Fueron tan grandes las celebraciones, que hasta se alancearon toros como en Tordesillas, sin incidentes, no les digo más.)

Pasados los quince días, tras buscar la frontera, que ya estaba en otra parte, les devolvió a su reino (casados por la Iglesia, se supone). La generosidad, la hidalguía, el afecto y el agradecimiento sazonaron la grata despedida y en ella se oyeron mil cumplidos. Pero cada cual tenía que volver a su fe, a su patria y a sus esencias puras. Esto era ineludible. Y los dos bandos, con los pendones ondeando enhiestos y las retadoras armas brillando en la distancia, partieron en contrarias direcciones, o sea, en la misma dirección pero en distintos sentidos. Mañana ya, podrían matarse con saña, que para eso eran enemigos irreconciliables hasta el vómito. Que ya valía de tanto pasteleo. Había que volver a la normalidad, que no otra cosa sino ésa, la más elemental, constituye la historia de los pueblos. La violencia, digo. Que marcaba tendencia en las guerras de entonces.

Fue poco tiempo después, tras pasar la frontera por donde estaba ese día, cuando don Muño Sancho dio con el ejército de un moro poderoso. Pero, con inquebrantable fe en su Dios, le presentó batalla. La dicha fe abdujo al cristiano caballero y, convencido de que aquella ocasión sería la excepción del viejo dicho: “Dios protege a los buenos cuando son más que los malos”, se lanzó con los suyos ferozmente contra los agarenos, despreciando la inferioridad numérica.

Pero enseguida se vieron rodeados de enemigos y a don Muño un hachazo le segó un brazo de cuajo. Los suyos le animaron a salir de la batalla, pues no era deshonor retirarse con semejante herida (considerada en la época parcialmente incapacitante por conservar el otro brazo para seguir la lucha armada).

¡Antes morir como Muño Sancho, que vivir como Muño Manco! Contestó el bravo caballero.

Y animó a los suyos, por la fe en el Dios que les guiaba, a meterse en el cogollo de la lucha y allí, rodeados, murieron todos por su fe, con el orgullo intacto, pero, eso sí: cosidos a puñaladas y lanzazos. Tanto fue así que en toda la Cristiandad, para mayor gloria de Dios, más se consideró el hecho martirio que batalla.

Sucedieron ese día dos cosas. La una fue material y muy humana, la otra, anímica y portentosa. Dejaremos la trascendente para el final, pues sin duda se trata de una deleitadora ambrosía espiritual.

Tras la desigual batalla, se vio a un notable, entre los sarracenos, buscar por entre los montones de cadáveres. Topó primeramente con el brazo (eso le dio una pista) y, a no mucha distancia, con el resto de don Muño. No era otro que el moro Albail, el que, con los ojos bañados en agua de tristeza, recogió los restos de su benefactor (y seguramente padrino de boda). Dicen las crónicas que lo envolvió en un xemet bermejo y lo depositó en un féretro de abenut forrado de guadalmecí con abrazaderas y cierres de plata. (Ya, ya, yo tampoco sé lo que es el xemet, ni el abenut, ni el guadalmecí…Pero no me digan que no les suenan estas bellas palabras a lujazo total.)

Y, bajo bandera blanca, lo llevó a San Sebastián de Silos, donde don Muño descansa para siempre.

Pero  viajemos ahora con el alma, a esa velocidad que dicen que es, al menos, la misma que la luz posee. A la fuerza hay que hacerlo, pues en esta historia se relata que Muño Sancho y sus caballeros, fenecidos todos en batalla, fueron vistos en Jerusalén en la fecha y hora de su postrer combate. (Un caso portentoso, sin medios telemáticos)

Un conocido de don Muño lo reconoció en las proximidades de los Santos Lugares y raudo anunció al Patriarca la presencia de tan distinguido caballero y de su séquito. Avisado el Patriarca los recibió en procesión solemne. Los caballeros oyeron misa con recogimiento y cuando, terminada ésta, todos se dieron la vuelta para hablar con ellos, repararon en que los caballeros habían desaparecido ( y, además, sin hacer declaraciones y sin dejar siquiera un comunicado). El Patriarca, sorprendido por lo insólito del hecho, mandó tomar nota de él y de su punto, fecha y hora y, también, mandó emisarios a Castilla. A la vuelta de éstos se conoció que el caballero Muño Sancho y sus mesnaderos habían muerto en batalla el día de la fecha.

“De la guerra santa, a la paz eterna. Antes muerto que manco. Don Muño dio el gran salto.” Así se pronunció el Patriarca ante esa nuevas.

Y muchos cristianos de fe firme, concluyeron que lo mismo que Albail, el moro desposado, mostró un alma agradecida y noble y devolvió tras la muerte el gran favor que don Muño le hizo en vida, no quiso ser menos el Señor Nuestro Señor, Dios de los Ejércitos Cristianos, procurando a don Muño y a sus fieles mesnaderos, que habían dedicado su vida a honrarle con las armas, la postrera visita prometida (aunque fuera por bilocación, dada la urgencia del caso). Y así, por más fugaz que fue la estancia, se vieron trasportados a los lugares a los que, de vivos, prometieron ir. Y viajaron de muertos con la ligereza y discreción que la liberación del cuerpo mortal suele producir en los humanos. Pues todos sabemos que el cuerpo sólo es un ancla que nos mantiene a la fuerza unidos a la tierra y que, cuántas veces, nos impide visitar esos ansiados lugares con encanto que todos, alguna vez, hemos tenido en mente.

Aún hoy, en nuestros días, pese a la violencia controlada que reina en el mundo, pese a la hostilidad contenida que se filtra hasta en las calles de la Jerusalén eterna, muchos de los visitantes se trasponen de gozo en ella y (como si también ellos estuviesen bilocados) exclaman desde lo más profundo de sus ser: ¡Dios mío, qué paz se respira en Tierra Santa!

Y es que todos creemos, sin pruebas fehacientes, que la paz ha de estar en algún lado. Y quizá cuando, como don Muño, logremos alcanzar la velocidad de la luz, demos con ella.

03 enero 2018

Empatiza


-Sr. V. P., ¿cuál es su nacionalidad?
-Rumana.
-¿Por qué vino a España?
-Porque el salario mínimo es tres veces mayor que en Rumanía.
-Pero, por esa misma razón, podía haber elegido Francia, donde es seis veces mayor que en su país. ¿Por qué eligió España?
-Pesaron en mí más las razones de afinidad, de hermanamiento. No sólo por el idioma, sino porque hasta en nuestro himno se menciona el nombre de Trajano. Trajano, nada menos, ¿se da cuenta?, ese ilustre español. Además los franceses son muy suyos, ya lo saben, a ustedes les vuelcan los camiones y les tiran el vino. A nosotros nos echan, vamos que ni nos dejan explicarnos, en cuanto nos ven, de patitas a la frontera, son abominables, qué rumanofobia tienen, mucha Revolución Francesa pero, sí, sí. Esto, sin embargo, es diferente. Siempre he sentido especial afinidad por los españoles, como si Rumania fuera una especie de república asociada a España, como si fuera casi una especie de Cataluña en la Europa del Este. Aunque yo, eso de que España nos roba, no podría decirlo nunca, sería un desagradecido.
-Bueno, bueno, pero Trajano, aunque nacido en España, era un romano de su tiempo y, además, en su himno también se menciona que por las venas de ustedes corre sangre de romano. ¿Por qué no fue a Italia?
-No, no. Mire, no me líe usted. Aquí encontré un trabajo en la construcción, vivía bien, pero durante la crisis lo perdí. No han vuelto a llamarme. Luego ya, vino una cosa tras de otra. Además en Italia ciertas labores están ya muy acaparadas y no se perdona el intrusismo. Italia, ante el mundo, da la imagen de ser un país dulce, pero no lo es, créame. Me imagino que usted estará al día. Hay que ser conformista, a veces, lo enemigo de lo bueno es lo mejor.
-Explíquese usted, Sr. V. P., por favor.
-De Italia, ni de ningún otro país, quiero decir más, porque yo, como sentirme, me siento español. Sí, soy rumano, pero me siento de aquí. No se puede luchar contra los sentimientos. Pero aquí, en España, tras quedar en el paro, pronto se me agotó el subsidio de desempleo y me vi en la calle. Pedí limosna en ella durante meses y viví en albergues de caridad e incluso dormí a la intemperie. Poco a poco las limosnas fueron menguando. Enseguida me vi, primeramente, ignorado, luego, mirado con desprecio y, finalmente, aporofobiado a tope, sin piedad, con esa aporofobia mala, pero mala, mala, ¿sabe cómo le digo? Me costó, juro que me costó mucho, pero fue entonces cuando renuncié a mis principios cristianos (“Es mejor pedir que robar”, por resumir) y, aprovechando mis conocimientos de F.P. en las ramas de cerrajería y electrónica, me asocié para delinquir, lo reconozco y, por todo ello, sufrí persecución por la justicia, talmente como los bienaventurados. Y todos estos hechos los acepto y no los niego, porque a ellos me abocó la miseria y porque de ellos estoy arrepentido mogollón. Afortunadamente, estoy en un país, de democracia contrastada y justicia garantista, que velará por mi derecho a la redención y, después de un castigo justo pero proporcionado, me reintegrará a esta sociedad a la que pertenezco y que ya identifico como mía. Aquí se aborrece el delito, sí señor, pero se compadece al delincuente. ¡Yo soy español, español, español! ¡Oé, oeoeoé…!
-Bueno, bueno, no se venga arriba, Sr. V. P. ... Comprendo su entusiasmo por nuestro país, cosa que le honra y que el país merece, pero guarde la compostura que debe ante este tribunal. ¿En cuántos robos ha participado?
-Hombre, robos, robos, dicho así… Muy pocos, casi no me acuerdo. Pero siempre sin violencia, mire usted. Somos cristianos en Rumanía y odiamos la violencia. Para que se haga una idea, ni siquiera amenazábamos si éramos sorprendidos. Por eso siempre, en nuestras actuaciones, hablábamos en rumano, para no asustar siquiera. Eso tranquilizaba mucho a las víctimas. Ya se daban cuenta de que no éramos ladrones malos de esos que dicen: “Quita de ahí, que te rajo” o “Como no te estés quieto, te corto los güevos” o “Como grites, te saco los ojos con el destornillador”. No, no, nosotros éramos ladrones no violentos, se nos notaba a la legua. Sólo robar y huir, ni tiros, ni puñaladas… qué va, qué va… bueno, ni siquiera una triste hostia, se lo aseguro. Ladrones pacíficos a tope. Lo mismo que le digo una cosa le digo la otra. Mire, en realidad, los de mi gremio somos una especie de okupas del dinero: al que no lo usa, se lo ocupamos. Lo mismo que hacen los perroflautas con los pisos, vamos. Una realidad social totalmente admitida y amparada por la jurisprudencia. Una especie de aplicación del derecho natural. Si lo miran así, seguro que lo comprenderán mejor. Perdonen por el ejemplo, pero es que a veces cuesta mucho que a uno lo comprendan.
-Y, ¿no le da vergüenza que, con sus actos, pueda destrozar la fama y el buen nombre de miles de compatriotas suyos que vienen aquí a trabajar honradamente?
-Pues sí. Eso lo he pensado alguna vez, es el punto más débil de mi argumentación, lo reconozco. Sin embargo, ponderando detenidamente sobre este hecho, yo me pregunto: ¿Hay algún colectivo que se libre de tener en su seno alguna oveja negra, algún descarriado? ¿O es que ustedes no tienen delincuentes autóctonos? ¿Deberíamos ser nosotros, los rumanos, una excepción? ¿Estaríamos entonces verdaderamente integrados? No quiera hacer de mí una excusa para la xenofobia, ustedes viven en una sociedad avanzada que está contra eso. Y, por otro lado, del mismo modo que mis compatriotas aquí, trabajando honradamente, contribuyen al aumento del PIB, ¿acaso no creamos los delincuentes puestos de trabajo? ¿No somos también generadores de empleo? ¿Qué me dice de los cerrajeros, los carpinteros, los fabricantes de alarmas, las fábricas de puertas blindadas, los guardias de seguridad, los psicólogos, los ansiolíticos, los tranquilizantes, la misma policía…? ¿Es que desde nuestra incorporación a la sociedad española no se han incrementado los puestos de trabajo en algunos sectores? Estaría usted ciego si diera la espalda a estos hechos. Y, como le digo, todo a cambio de una delincuencia de baja intensidad, que incentiva la ocupación laboral y que rehuye la violencia y los enfrentamientos: una delincuencia pacifista. Una cosa, en su género, casi aséptica.
-Pero, pese a lo que dice, ustedes se enfrentaron a la Guardia Civil.
-¡Cuidado, eh, cuidado! Que esos ya venían con muy malos modos, que esos sí que venían en plan agresivo, ¡menudos violentos!, que existe el derecho a la defensa propia, que, pese a lo que digan algunos catalanes, esto no es una dictadura… Pues claro que nos defendimos, hasta ahí podíamos llegar. ¡Vamos, hombre!
-Sr. Juez, no necesito más declaraciones de mi defendido, un hombre que demuestra ser más patriota que muchos españoles, un verdadero españófilo. Su detención, evidentemente, se debió a una desproporcionada violencia por parte de las fuerzas de orden público ante unos delincuentes pacíficos, socialmente desfavorecidos y aporizados por la coyuntura económica. Por ello pido la anulación de este juicio y la puesta en libertad de mi defendido, naturalmente, sin cargos. Y, además, reclamo un alegato final de este tribunal en contra de la aporofobia, pues ha quedado constancia de que mi defendido fue aporofobizado sin miramientos y, como consecuencia, se vio abocado irremediablemente a la delincuencia pacífica de baja intensidad. La elección menos mala, póngase en su lugar. Empaticemos todos, señoría. ¡He dicho!