14 julio 2007

La taberna


En el único bar-taberna-tienda de la pequeña localidad han comido hoy más de veinte personas. Es ya la hora de la siesta y sólo quedan en la tasca algunos del pueblo, que están de permiso, unos viejos que juegan a las cartas y un grupo de cuatro excursionistas mayores que se desplazan a pie. Todos están refugiados en la sombra y disfrutan del frescor que el viejo local, de gruesas paredes, proporciona. Fuera el sol te abrasa los ojos como la chispa de una autógena. Allá, en el rincón más apartado del bar hay otro forastero que escribe y escribe sin levantar la cabeza. El escribano es como un niño aplicado que hace sus deberes con toda dedicación. El olor a café inunda el local sofocando con su personalidad morena, cálida e intensa los olores de las especias y de los otros productos que allí se venden. El humo del tabaco se esparce por doquier.
Los cuatro caminantes mayores toman café y copas de coñá. Uno de ellos habla a voces y hace imitaciones. Los otros, a veces, se ríen con él. Él de las imitaciones parece incansable y una de las veces se hace el borracho, con tan buen tino y contundencia que el escribano, sorprendido, levanta la cabeza de sus papeles y le mira asombrado sin creerse del todo que no lo esté.
- Voy a echarme la siesta-, dice el más viejo de ellos, un hombre delgado y menudo con el pelo blanco y que viste de un modo casi impecable para ser un excursionista.
- Ya me la echaría yo, ya... pero con alguna de esas extranjeras que andan por aquí en este tiempo...-, contestó el más gordo de los cuatro, animado sin duda por la bravura del coñá.
- ¿Qué tienen de malo las nacionales?-, dijo el de las imitaciones.
- No me digáis que con la jupa que llevamos tenéis ganas de cachondeo. Lo que es yo, creo que me dormiría en cuanto cayera en una cama.-, aseguró el cuarto hombre, que llevaba una boina grande, de esas como las que usan algunos vascos.
- Pues, chico, yo, como dicen en mi pueblo: "Borrico cansao, borrico empalmao". ¿Verdá, abuelo?-, dijo el de las imitaciones dirigiéndose a un viejo de más de ochenta años que, más que ver la partida, dormitaba en una silla medio observando a los jugadores.
- ¿Cómo dice usté?
- ¡Que digo yo, abuelo, que dicen en mi pueblo que "borrico cansao, borrico empalmao"!-, repitió a voces el imitador.
- Ya lo creo, hombre, ¡qué conocimiento tienen en su pueblo de usté! ¡No hay verdá más grande bajo el manto del universo!
- Lo veis, como el abuelo me da la razón. A que usté todavía funciona, abuelo. ¡Seguro que sí!
- ¿Cómo dice?
- ¿Qué si aún se le empina a usté?
- Sí señor, ya lo creo, como que, sin ánimo de presumir, me la meneo todas las noches.
- No joda usté, abuelo, y ¿qué?, ¿le viene?
- ¡Qué hostias me va a venir… pero me canso y me duermo!
Los de la partida, que hasta ese momento parecían en otro mundo, soltaron una carcajada. Como parecía que la cosa se animaba, el imitador, aunque algo chamuscado por el desparpajo burlón del abuelo, invitó a los presentes a una ronda.
- De todos modos -, terció uno de la partida. - Hemos nacido algo tarde, porque en nuestros tiempos para tentar un poco a una tía había que echar instancia.
- Y eso yendo por lo derecho, en plan formal, con un par de años de noviazgo y no hacías na...
- Hoy en día se vive de otro modo, tú mismo, tú has sido pastor, ¿qué hacías tu de joven?
- Pues poca cosa... - Dijo el aludido, un hombre tan nervudo y viejo que parecía de madera.
- No me digan que ustedes de jóvenes no lo han pasado bien ahí en el río, más de una habrá caído en la chopera esa -, intervino el imitador.
- En esa chopera lo que me llevé yo una vez fue una hostia de campeonato por intentar pasarme un poco con la que hoy es mi mujer y, como yo, casi todos estos aunque no lo digan.
- Pero, hombre, no me puedo creer que ustedes no disfrutaran en su juventud... -, insistía el imitador.
- Dígaselo usté al pastor, que ese ha sío fino pa las mujeres...
- Mia, dijo el pastor, no se hacía na…, mas que de vez en cuando s'acercaba alguna un poco valiente por donde andabas y le arreabas cuatro pichurretazos en to el papazo, pero sin malicia, hombre, no como ahora, que es que no hay vergüenza ¡Dónde vais a comparar…!
- Eso que yo ahora vengo muchos días de dar una vuelta y me tengo que esgolver. Vas por donde el río y te encuentras de cada pareja, de cada cuadro... Yo no lo aguanto, me inrito de una manera que me tengo que esgover pal pueblo, os lo juro.
- Y toa la culpa la tienen ellas, que es lo que yo digo. Pero como están desiando, pues eso...
- Si es que las tías son de lo más malo que hay, os lo digo de verdá - dijo el pastor- Ahora, eso sí, como se encaprichen de ti, son tontuzas, pero tontuzas perdías. Ya os acordaréis cuando me pilló a mí la guardia civil con la Patri, que andaban los guardias viendo lo del robo de los corderos por las tainas y se llegaron a lo mío. Estaba yo con la Patri dentro y tan a tiempo va el cabo y da una voz desde fuera. Salgo yo disimulando y pensando que la otra se quedaría dentro calladita. Pues nada, que va la tía y, según estoy hablando con el cabo, sale, vestía eso sí, pero con las bragas en la mano como quien lleva el periódico... Hubo cachondeo hasta que los nietos de la Patri fueron a la mili...
La tarde fue pasando y se descubrió que en el pequeño pueblo había materia para hablar y no fueron precisamente los turistas los que más contaron.

1 comentario:

Patricia dijo...

Hola Soros, me gusta mucho tu forma de escribir, te invito a mi blog, estoy apoyando a Santiago a candidato, si puedes votar te lo agradezco.
Un abrazo.