18 octubre 2007

Jarro boca abajo


Hacía cuatro años que no le había visto. Apenas identificaba al hombre de aspecto estrafalario que se acercaba a mi encuentro sonriendo desde unos cuarenta metros. A pesar de su aspecto cuidadosamente desaliñado, su barba de una semana, sus anticuadas gafas de concha de lentes redondas y el remate de una gorra de visera como esas que llevan los hijos de Julio Iglesias y otros modernos, a pesar de su camisa hawaiana y sus pantalones amplios con la bragueta a medio muslo, casi al estilo de los cholos, a pesar de todo el disfraz, finalmente le identifiqué, era Pepe.
Nos saludamos y, desde el principio, noté en él una especie de ostentosa dificultad para hablar en castellano, como si tuviese que traducir a su lengua madre las palabras desde el otro idioma en que su pensamiento funcionaba. Hacía abundantes paradas que rellenaba con sonidos guturales hasta que fingía encontrar la palabra castellana que quería emplear. No me extrañó, era la actuación de siempre y, aunque ya la conocía, permanecí impasible. Esta vez su público era yo, ¿es que no recordaba lo bien que le conozco? Obviamente le conozco bien y sabía que hacía eso cada vez que venía a España después de pasar una larga temporada en los USA. Recordé que lo hacía adrede, por un cierto afán de hacerse notar, como si fuera un personaje de leyenda al que tuviera que hacerle su contribución personal para que no pasara desapercibido. Sus esfuerzos por fingir, a sus más de sesenta años, el olvido de su propio idioma eran tan notorios como forzados. Hacer esas cosas siempre le había gustado. Le daban un aire muy cosmopolita, como de turista perdido en un aeropuerto internacional. Notaba, habitualmente, en los demás, una mezcla de admiración y de atención a su desvalimiento de sabio despistado. Eso le encantaba. Era demasiado, al cabo de la conversación supe que llevaba ya año y medio aquí.
Poco a poco, entre sus abundantes e innecesarias citas en inglés, con un acento más recalcado y gutural que el de los propios nativos, y mientras su cabeza rebobinó y cayó en la cuenta de que yo conocía su vida aquí y allá y toda su presentación habitual, me contó que técnicamente se había jubilado en el Departamento de Educación de California y que ahora volvía aquí a consolidar sus derechos laborales en el trabajo que había tenido durante sus estancias alternativas en España. Encajé el eufemismo grandilocuente que empleó para hablar de su jubilación y le devolví el alarde diciéndole que me alegraba de que el Departamento de Educación de California hubiera podido prescindir de sus servicios en una high school de un barrio marginal de L.A. Poco a poco fue abandonando su actitud despistada, su acento extranjero, sus pausas forzadas y, yo creo que en atención a mi indiferencia ante su despliegue histriónico, terminó hablándome, en el castellano que todos usamos para andar por casa, de la mujer que había dejado en los USA y que ya no le necesitaba, de sus hijos todos ya colocados en puestos con futuro y a los que tampoco les era ya necesario, de su madre en el pueblo, que sí le necesitaba, pero que estaba allá, casi en Portugal, al cuidado de una hermana y, cómo no, de sí mismo. En este último aspecto, su actitud intelectual más profunda y novedosa era que últimamente se estaba reinventando. Modestamente creo que eso es lo que ha estado haciendo toda la vida, además de estar permanentemente perdido su interés para todo trabajo y para toda persona que no fuera la suya.
Estando en su pueblo hace muchos años, cuando apenas le conocía y su puesta en escena me impresionaba, llegué a decir un día, a solas en presencia de su padre, que Pepe era un hombre dedicado al estudio y a la investigación y que, aunque a las cosas prácticas no les tuviera apenas apego y tampoco se interesara por ellas, en el fondo era un hombre muy inteligente y preparado. El viejo me observó con atención y me dijo secamente: No te engañes, mi hijo es un jarro boca abajo.

5 comentarios:

Piel de letras dijo...

Hiciste que recordara aquello de: "hijo, ¿no oyes ladrar los perros?"

Haya gente así, para la cual, nuestro nivel de límite de tolerancia está por desbordarse.

Saludos, Soros... se bueno con tu amigo.

Soros dijo...

Supongo que te refieres al pasaje de Juan Rulfo.
Hice lo que pude por seguirle la corriente y, desde hace mucho, con ese amigo he sido bueno.
La tolerancia no está reñida con un poco de ironía y mi amigo debe, de vez en cuando, encajar algún golpecito, casi como toques de atención ;-)
Gracias por tus comentarios.

Piel de letras dijo...

Si, precisamente a ese pasaje de Rulfo hacía referencia; por la opinión del padre de tu amigo, el llamarle "jarro boca abajo" y pedirte que no te engañes.
Es curioso, al leer tu descripción, pude perfectamente imaginar la escena (vivo en la frontera norte de México) conozco mucha gente que se va un par de meses a USA y regresa sufriendo del mismo mal que Pepe.
En fin, pareciera que el contagio traspasa de mi continente al tuyo ;o)

Zeltia dijo...

Eso pasaba en la aldea de la galicia interior donde yo nací. Allí todo el mundo hablaba gallego -todavía todo el mundo lo habla- y nadie sabí hablar castellano. Lo entendían, pero nadie sabía hablarlo correctamente. cuando yo era niña me relataban viejos cuentos de la gente que había vuelto de la emigración: Cuba, Venezuela, Uruguay, Argentina... personas que cuya última frontera había sido siempre la colina del horizonte de su terruño, volvían de ciudades grandes y cosmopolitas, así que en algo debería notarse: hablaban un castellano, "como por descuido". Algunos de ellos, se fueron solo por cortas temporadas y no aguantaban la morriña ni el trabajar duramente tantas horas durmiendo hacinados en cuartos, y tan pronto ahorraban para el billete de vuelta regresaban. De uno de estos comentaban esta anécdota:
Élla, pizpireta, vuelve de Argentina, arrastrando las "eses" y el acentito, como hacen ellos. Mirando un rastrillo (angazo en galego, en mi zona) que había manejado durante años, pregunta
-y esto que es?
y mientras preguntaba apoyó el pié en los dientes del rastrillo que estaba boca arriba,con lo cual el mango del rastrillo se levantó rápido y le dió en la cara. La exclamación salió sola:

-mecago no angazo, en el anguiso y en la madre que lo hiso!!!

(bueno, ya sé que asi no tiene gracia, pero yo de niña me partía el culo)

Soros dijo...

Al contrario, así es como tiene gracia. Por la respuesta sin palabras del rastrillo y por la propia respuesta instintiva del personaje: reconociendo el instrumento y recordándolo en su lengua materna.
Gracias por la anécdota.