17 octubre 2007

Cadenas invisibles


A veces he tenido la sensación de que cada vez que sale un adelanto nuevo sirve para esclavizarme un poco más. La idea me surgió por primera vez cuando me acostumbré a llevar un reloj de pulsera. El llevarlo me hizo, casi inconscientemente, comenzar a ser puntual o, muy conscientemente, avergonzarme de no serlo. Creo que fue la primera argolla con que me cargó el mundo moderno. Con el reloj ya no había excusa. Pero era como si alguien se hubiera hecho dueño de mi tiempo. Me di cuenta de sus ventajas, pero también de sus servidumbres.
Vino después el poner teléfono en casa. Me resistí cuanto pude, pero vino Internet para el trabajo y las enfermedades de mis mayores, te podían necesitar en cualquier momento. En el 1999 tuve que ponerlo, hasta entonces había resistido el asedio, fue mi particular rendición a la llegada del nuevo milenio. Ya desde entonces, también, estabas al alcance, en cualquier momento, de cualquier desaprensivo. Resulta que, bajo la excusa de la comodidad que presuntamente ofrece el teléfono, te llaman a cualquier hora para ofrecerte mil y un productos no deseados, mil y una ofertas no solicitadas, pedirte datos que no deseas dar, solicitarte que respondas a encuestas que no sabes quien paga y qué sé yo cuantas cosas más… A veces me pregunto, ¿si pago este teléfono para mi supuesta comodidad por qué alguien se siente con derecho a incomodarme a través de él continuamente? Y ya no son los amigos o los familiares, a los que se les podría perdonar, son las empresas con telefonistas infrapagadas expertas además en crearte el remordimiento de que vas a hundirles su precario trabajo con tus rotundos noes a todo. Estas actividades deberían de estar prohibidas. Me imagino a personas que trabajen a turnos y que después de un turno de noche, tras llegar a su casa rendidas a las 9 de la mañana, hayan cogido el sueño a las 11 y les levanten de la cama para ofrecerles una tarjeta de crédito…
Ya, lo del móvil, excede las cotas anteriores. Ni fuera de casa se puede estar tranquilo, estás localizable en todas partes y a cualquier hora y, lo peor, es que terminan creándote la conciencia de que debes de estarlo. Pero esto no acaba, el GPS acecha y dentro de cuatro días seremos obligatoriamente ubicables sea cual sea el punto del globo terráqueo que pisemos. Y lo más triste es que no nos pagan por llevar estas cadenas, nos lo han hecho tan bien, que somos nosotros los que nos peleamos por pagar por ellas y tener lo último en tecnología. Tendrá que ser así, pero algunas veces añoro la época en la que el artefacto más tecnológico que había en casa de mi abuela era un quinqué de petróleo.

2 comentarios:

Piel de letras dijo...

Cadenas... grilletes y todo.
Si te contara mi resistencia a comprar el teléfono celular y mi negativa a llevar reloj.

Pero bueno, son gajes del oficio de ser humana ;o)

koborron dijo...

Me has recordado aquellas soberbias "instrucciones para dar cuerda a un reloj" de Cortázar. Es desolador ver como nos idiotizan diariamente con nuevos ingenios inutiles como el ipod o el blutú, y como la grey los compra por llenar el vacio absoluto en que se vive. Cualquier cosa con tal de no pensar.
Salud.