31 octubre 2007

El olfato

Era la clase de religión, católica, por supuesto. Los chicos sabíamos que era una maría, o sea, que había que estudiarla pero que la aprobaba todo el mundo. Lo más tedioso era el catecismo pues, según don Tomás el cura que nos daba la materia, debía de aprenderse al pie de la letra sin que a las respuestas se les mermara en una sola palabra ni se les cambiara de lugar una sola coma. Un tostón que a los doce años soportábamos con estoicismo porque no nos planteábamos la posibilidad siquiera de no hacerlo, la obediencia era algo innato en nosotros, nos la habían trabajado bien desde casi la cuna.

Don Tomás era un castigo de cura. Nos ponía en círculo a todos y nos iba preguntando. Sus preguntas, a la menor duda o inexactitud, eran preguntas falladas y los que erraban iban quedándose al final del círculo para su vergüenza. Era una gran tensión a la que este hombre nos sometía. Era, además de exigente, un poco violento y, a la mínima sombra de risas o bromas, el o los interesados podían recibir un buen bofetón. Los bofetones de don Tomás no tenían escape pues, mientras con la mano izquierda te sujetaba la mejilla derecha, con la derecha te pegaba tal tortazo que tu cara quedaba roja y marcada para el resto del día. Eran tan contundentes sus tortazos que dolían aún más que la humillación. Un día se rompió la pierna y, como no podía venir a clase, nos pusimos tan contentos, ¡qué relax! Poco duró, sin embargo, nuestra alegría pues nos hizo ir a dar la clase a su habitación durante el tiempo que tuvo la pierna escayolada. Allí, aparte de la tensa clase, tuvimos que soportar su pésimo humor por estar inmovilizado. Un tormento y una tensión acrecentados.


Pasados unos meses don Tomás se curó y volvió a venir a la clase. Aquel día tocaba el pecado y lo que era pecar. Uno de los chicos, el Chema, era el típico despistado que siempre metía la pata cuando las cosas se ponían mal y que nunca estaba en lo que estaba, así que le solían caer castigos a diario y también bofetadas, pues entonces la letra, como ya se ha dicho, todavía entraba con sangre y, lo que es más, no se había inventado el “child abuse” ni siquiera había nociones de su existencia como futurible.
Pues bien, volviendo al tema, el alumno interrogado acababa de decir que se pecaba con los sentidos. Todos estábamos concentrados en la mirada de don Tomás y en cuál iba a ser su próxima pregunta y a quién, cuando el Chema, como si se hubiera caído de un guindo, soltó la pregunta, lo juro, con toda la inocencia y candidez pánfila de sus 12 años:
- Don Tomás, ¿cómo se puede pecar con el olfato?
Todos quedamos sorprendidos, ¡leñe, a ninguno se nos había ocurrido! ¡Anda con el Chema que parecía que estaba en la inopia! ¡Vaya pregunta más interesante! A ver que contestaba don Tomás. Por una vez la clase de religión había despertado nuestra curiosidad.
Don Tomás por su parte, ajeno totalmente a nuestro interés, enrojeció como si acabara de meterse al cuerpo una botella de anís, se levantó con gesto iracundo y ojos desorbitados, las venas del cuello se le habían engrosado, pareció titubear un instante, pero inmediatamente se lanzó sobre el Chema que lo vio venir como cuando a uno se le echa encima un morlaco. Don Tomás, estaba como enloquecido, molió al Chema a bofetadas, patadas y puñetazos sin reparar donde daba ni con la fuerza que lo hacía, el chico cayó al suelo echando sangre por la nariz, pero ni eso frenó al cura que, llevado por el salvajismo que se le había desatado por dentro, arrastró al chico fuera de la clase y lo expulsó a su casa sin fecha de vuelta, en medio de grandes gritos y más tortas y patadas. Vimos por las ventanas cruzar el patio al Chema como un perro apaleado, se iba limpiando la sangre y las lágrimas camino de la puerta del colegio.
El silencio en el aula se hizo masticable. El cura, sumamente congestionado y alterado, se sentó en su mesa durante un buen cuarto de hora sin decir palabra. Nosotros, sin atrevernos a levantar cabeza, aterrorizados como estábamos, mirábamos el catecismo como si se nos pudiera caer al suelo algún dogma de fe o cosa tal que nos pudiera hacer objeto de la ira salvaje de don Tomás. Al cabo del cuarto de hora el cura se levantó desafiante y dijo:
- Espero que os hayáis enterado de cómo se peca con el olfato. Ya lo habéis visto: Metiendo las narices donde a uno no le importa. La clase ha terminado.

2 comentarios:

Piel de letras dijo...

No había tenido oportunidad de leer esto... que me hizo recordar la razón por la cual desde muy pequeña comencé a dudar de dogmas impuestos y de la religión católica particularmente. Eso no me salvó de asistir al catecismo, pero afortunadamente mi catequista era muy buena. Sin embargo, curas como el que mencionas me revuelven el estómago.
¡qué tipo detestable!

Soros dijo...

He conocido algunas personas que estaban tan reprimidas por sus creencias que tendían a tiranizar a los demás con su comportamiento salvaje. Volcaban hacia fuera sus frustraciones. Creo que mentalmente no estaban bien.