26 octubre 2007

Josito

Josito a los siete años le robó a su tío Manolo 300 pesetas, un buen pellizco en los años 50, y con todo el aplomo y la tranquilidad que da la falta de conocimiento se fue a la juguetería de San Bernardino. Allí, tras probarse unos cuantos modelos, se equipó con un traje de cawboy enterito y un cinturón de pistolero con un par de revólveres tipo colt 45. Después, como vio que aún le sobraba dinero, le compró también una muñeca, la mejor que había, a su novia porque, ya puestos, era cuestión de quedar bien.
- ¿Cómo iba a tener novia a los 7 años?
- Pues la tenía.
Ni que decir tiene que, una vez descubierto por las muchas pistas que dejó, y sin que le valiera la negación reiterada de su fechoría, hubo de devolver todo aquel armamento adquirido irregularmente, a excepción de la muñeca que ya le había regalado a su novia, y pedirle perdón a su tío Manolo tras devolverle la parte de la 300 pesetas que fue capaz de recuperar, después de los pescozones que le dio su padre. Éste aceptó sus disculpas sin mucha fe ni en ellas ni en el arrepentimiento del sobrino y consideró que la muñeca, ya regalada a la damita, quedaba a fondo perdido. No era propio de un caballero el pedirle a una dama que le devolviera un regalo, así que al menos este buen principio pensó Manolo que sería una enseñanza que su sobrino recordaría como la parte buena de la historia. Le evitó así el trago de pedirle a la niña que le devolviese la muñeca producto de su precoz delincuencia familiar. También y después de aclaradas todas estas cosas le sobrevino a Josito un buen castigo con la esperanza de que le sirviera de escarmiento.
Por aquel entonces, un año después de estos hechos, la abuela de Josito que prácticamente se había quedado ciega por las cataratas hubo de ser operada en Barcelona, en una conocida clínica de oftalmólogos muy famosos por la época. Cuando la abuela regresó a su casa fue informada de que todos sus nietos, que eran más de veinte, habían rezado mucho por ella. La abuela, cariñosa como todas pero además mujer de posibles, le dio a cada nieto un duro, una tarde que todos se reunieron en la casa familiar, una casa muy grande que tenía hasta capilla. Todos los nietos y nietas se pusieron muy contentos pues el regalo era muy bueno y, los pequeños se fueron a la escalera de la cochera, lugar poco concurrido por los adultos, para pensar lo que harían cada uno con su duro. Josito era como el mayor de los pequeños, una especie de mal ejemplo a la vez temido y admirado. Josito estuvo escuchando y cuando le pareció conveniente, y como el que no alberga ninguna intención buena ni mala, comenzó a contar a sus primos lo siguiente:
- ¿Vosotros sabéis donde está la plazoleta de San Gil?
Algunos habían ido a la plazoleta alguna vez con sus padres, pero jamás solos, y sabían que había media docena de puestos de chucherías, pequeños juguetes, tebeos y novelas, así que pronto se ubicaron mentalmente la mayoría de los niños en el sitio de la plazoleta.
- ¿A ti te dejan ir solo a San Gil?
- No, pero yo me escapo cuando quiero- dijo Josito con total seguridad.
- Bueno, ¿y qué?
- Pues que si vierais las cosas que allí venden no os lo creeríais.
- ¿Qué venden? A ver.
- Pues para empezar unas chocolatinas así de gordas…
- Sí pero la abuela ya nos da aquí, en su casa.
- Pero también hay unos petardos con mecha que meten un ruido del demonio y que pueden hasta reventar un bote de conserva.
- Ya pero no nos dejan jugar con eso… si nos pescan se nos lía.
- Bueno, pues ya lo que no os podéis ni imaginar es otra cosa que venden…
- ¿El qué?
- Son unas caretas, pero no unas caretas cualquiera. Son unas caretas de monstruos que en la oscuridad se ven verdes o rojas o amarillas… y mientras no se te ve el cuerpo se ven sólo las caretas y además, por los ojos, les sale una luz azul o verde o roja…
- Eso sí que nos gustaría, pero no nos dejan ir… así que…
- Bah, tontos, eso no es problema, yo puedo ir y traer todas las que me encarguéis.
- ¿De verdad, Josito?
- Pues claro, hombre. Yo mañana me escapo y os traigo una careta a cada uno. Lo único es que me tenéis que dar el dinero.
- Y, ¿cuánto vale cada careta?
- Pues, justamente, vale un duro cada una.
Todos sus primos y primas pequeños le dieron a Josito el duro apenas recibido media hora antes. Hoy es el día en que se encuentran esperando aún la llegada de sus caretas luminosas. Todos soñaron esa noche con ellas, pero a Josito tardarían bastantes días en verle.
- ¿Dónde están las caretas, Josito?
- Chicos, salí corriendo y tanto corrí para llegar cuanto antes a San Gil que se debieron salir todas las monedas de los bolsillos y perdí el dinero. ¡Qué mala suerte! Y además las caretas ya se han acabado – dijo Josito como para consolarles.

El tiempo fue pasando. Josito tenía un hermano dos años mayor que él y, por esas compensaciones que a veces la vida da a los padres, era su hermano el anverso de la medalla. Estudioso, formal, obediente… nada que ver con Josito. El padre de Josito un buen día apareció con un espléndido reloj de pulsera para él, para su hermano mayor. Josito esperaba que hubiera un segundo reloj destinado a su muñeca y cuando su padre se dio la vuelta y se marchó sin siquiera dirigirle la mirada tuvo por dentro un chispazo de odio sordo, como si algo se le hubiera roto. Quizás el desprecio de su padre fue demasiado para Josito que, en realidad, seguía siendo un niño de 12 años. En cuanto su hermano se despistó y dejó su reloj en la mesilla de noche, Josito lo tomó con habilidad y rapidez y salió a la calle antes que su hermano se percatara. Como en la calle había obras se sentó en un bordillo y machacó concienzudamente con la ayuda de un adoquín el reloj de su hermano. Luego se lo dejó tal como quedó en la mesilla de noche de donde se lo había cogido. Le supuso la hazaña una semana encerrado en una leñera a pan y agua. Sólo una vieja criada que se apiadaba de él le metía por debajo de la puerta algún filete empanado envuelto en papel de estraza sin que su padre se enterara.

Empezada su adolescencia Josito se convirtió en un torbellino. No había quien le dominara. Dejó de estudiar, se puso a trabajar en un taller mecánico, se aficionó a las motos y a la cerveza y a las putas y… casi no dejó cosa, más o menos rayana en el delito, sin tocar.
- En casa “La Chata” me quieren como a un hijo, igual que a un hijo. No salgo de allí. Hay semanas que no falto un día, ni los domingos y eso que son para descansar.
- Ponme un metro de cañas que no tengo prisa.
- Esta moto no pasa de los 90… en segunda, claro.
Expresiones de este tipo formaban parte de su vocabulario fanfarrón y zafio. Finalmente se echó novia y, erróneamente claro, todos pensaron: Bueno, por fin, sentará la cabeza. Las esperanzas de ello se acrecentaron cuando al final y tras unos cuantos años se casó con ella. Sin embargo, al acabar el banquete nupcial y mientras la novia esperaba que la sacara a bailar ese vals que ponían cuando entonces, él esquivó a la chica y acercándose a la barra del local, al mismo tiempo que se quitaba el clavel blanco de la solapa y lo tiraba con desdén al suelo, le dijo al camarero:
- ¡Chaval, ponme un gin-tonic!
La última vez que le vi iba por la cuarta mujer, eso sí, teniendo un hijo o hija con cada una excepto con una que tuvo dos y que lógicamente criaban ellas, pues, como le enseñó su tío Manolo, a las mujeres cuando se les regalaba algo no era de caballeros reclamárselo.

4 comentarios:

Piel de letras dijo...

Ese Josito se las traía, ¿eh?

koborron dijo...

De vez en cuando los vapuleados no somos los lectores sino los protagonistas de las historias verídicas como la vida misma, que nos cuentas. Qué arma tan poderosa la risa, que me ha hecho olvidar lo del artículo de "la isla"

palomamzs dijo...


Menuda pieza el Josito.

El relato, no sé si autobiográfico o no pero eso es lo de menos, me ha encantado.

La verdad es que eres muy bueno escribiendo.

Soros dijo...

Gracias, Palomamzs.
Aquella gran casa fue el teatro de nuestros juegos sin "cuidados parentales. Claro que como entonces no se había inventado el "child abuse" de vez en cuando nos llevábamos unos buenos pescozones.