16 junio 2009

Otra guerra del fin del mundo


No se me da nada bien escribir sobre las cosas que me indignan. Pierdo el sentido literario que siempre camina del brazo con el lenguaje indirecto y me desbarato, me indigno y me descompongo.
Los que hemos vivido unos cuantos años intuimos, y la intuición es un saber primario que raramente se equivoca, que la humanidad volverá a perder esta guerra apenas iniciada. Claro que eso equivale a decir que una mínima parte de ella, o sea los de siempre, la ganará. Serán las empresas del petróleo, de la madera, de la minería, serán las grandes empresas transnacionales de sectores diversos quienes la ganen. Cierto que también quienes las forman son parte, aunque insignificante, de la humanidad, pero son la parte rapaz y, como sostienen las normas del equilibrio ecológico, las rapaces son el vértice de la cadena trófica y no su base. Esa gentuza debería de dejar ya de ganar guerras.
A esa base, a la gente normal, a los que van a perder, a los de siempre, es a quien llamo humanidad y no a los cuatro desaprensivos codiciosos que, tradicionalmente, han esquilmado la tierra, robado sus derechos a sus pobladores y dejado tras de sí una estela horrible de planeta quemado que, a todos, más o menos directamente, nos perjudicará. Y digo cuatro porque proporcionalmente siempre han sido cuatro los que se han postulado y erigido en usufructuarios exclusivos de un mundo que a todos nos pertenece. Parece que, a estas alturas, estos tipos de guerras debieran dejar de ganarlas los de siempre, por eso de que, normalmente, estamos convencidos los humanos de que habitamos en el mundo más justo de cuantos han existido. Al mismo tiempo, las consecuencias de perder estas guerras son ya muy conocidas, han sido divulgadas y pormenorizadas y todos, al menos en teoría, abominan de ellas por injustas, pero además por inconvenientes y perjudiciales para todos.
Me estoy refiriendo a esa penúltima guerra desigual, vergonzosa y medio silenciada y casi camuflada del Perú. A esa penúltima guerra, en el fin del mundo, en la que el aparato oficial de Alan García, orondo presidente peruano cargado de infinitas razones legales y derechos avalados por la democracia, se enfrenta con unos trescientos mil indígenas y les acusa de no tener derecho de reyes para que sobre sus tierras de la Amazonia peruana no se ejecuten las directrices que las instituciones del país apruebe. Ya la forma de dirigirse a los indígenas da mucho que pensar. Y también pretende cargarse de razones por lo que intenta hacer, por lo que se propone.
Esos indígenas son el uno por ciento de la población del país y, por si su inferioridad numérica no fuera suficiente, se encuentran divididos en más de 60 etnias. Ellos han habitado esa Amazonia, sobre la que ahora legislan otros, desde tiempo inmemorial. Se trata de su casa. Se agarran a los derechos de las minorías, de los débiles, de la defensa de la tierra, de la naturaleza, de las culturas minoritarias. Pero Alán García aprueba decretos de expropiación de la parte peruana de la Amazonia y considera las tales expropiaciones como necesarias para el desarrollo nacional del Perú, como si hubiera descubierto con las tales medidas la cuadratura del círculo de la miseria venidera. Desarrollo nacional, qué gran expresión, como si el bien común se hubiera inventado para exterminar minorías. Una vez más son los débiles los que van a desaparecer bajo la maquinaria de la industria y nunca importará si llevaban razón, pues Dios no apoya a los buenos cuando son menos que los malos y son también más pobres y no comulgan con la cultura dominante y son además, lo último que ya se puede ser en nuestros días: indígenas, que, para algunos, es casi equiparable a la condición animal. Y no lo digo porque yo lo piense sino por cómo veo que les tratan y se dirigen a ellos.
Y estos indígenas se resisten bravamente a vender la selva, que es su madre y, si lo miramos bien, también la nuestra, a las todopoderosas multinacionales. Se resisten a ver las tierras de sus antepasados convertidas en concesiones, se oponen, en suma, a la privatización de la selva que siempre fue de todos. ¿Quién nos lo iba a decir? Privatizar la selva, como si no tuviéramos ya el planeta entero privatizado y no hubiésemos catado ya las amargas consecuencias de ello.
Y los indígenas dicen que ya han matado a más de cien de ellos, pero el gobierno del orondo Alán dice que son ellos los que matan a indefensos policías. No me cuadra lo de los indefensos policías masacrados por indígenas descalzos.
Y los indígenas dicen que “la ministra mandó a la policía meter bala” y “que jamás darán pie atrás” en la lucha por su tierra y su derecho. Que les van a matar pero que ellos prefieren el antes muertos que el ceder su tierra.
Y el gobierno dice que los indígenas, que entre sí todavía tienen el afecto de llamarse hermanos, forman parte, nada menos, de una conspiración internacional. ¿Conspiración internacional? Se me parte el corazón ante tanto cinismo.
Entre los pies descalzos y la lanza por un lado y la razón de estado, el egoísmo y el dominio de todos los poderes, por el otro, el desenlace final no es difícil de pronosticar.
Pienso en todas las personas sencillas que he conocido y reflexiono sobre cómo, poco a poco, el poder en todas sus facetas les ha ido echando de sus lugares y les ha convertido en siervos, denominados bajo distintos eufemismos, a su conveniencia. Algunos dicen que estas cosas son las servidumbres de nuestro siglo pero yo creo que esto es lo de siempre. Tanta codicia, tanta voracidad, tanta rapiña, les estamos consintiendo a unos pocos salvajes que no indígenas, que terminaremos siendo todos por sus consecuencias engullidos. Puede que la cosa empiece a verse en serio cuando el planeta, esquilmando, no tenga ni pueda ya producir recursos suficientes para todos. Entonces nos pasará la factura de todas las guerras que ganó el llamado progreso y que perdió la humanidad. Pagaremos el precio de todas las guerras silenciadas, libradas y perdidas en el fin del mundo. Siempre sabremos dónde estuvo la razón aunque muchos se empeñaron en que la legalidad vigente dijera otra cosa. Ésta no será una excepción porque las guerras del fin del mundo siempre las perdieron los que fueron sus héroes, aunque a éstos los arcángeles les subieran al cielo y todos, además, lo viéramos venir.
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15 junio 2009

El tratamiento


El tío Ureta el viejo, herrador y alcalde de Aldeanueva, no terminaba de confiar en el médico nuevo. No era que hubiera hecho, hasta el momento, nada mal ni nada malo, pero había ciertos comportamientos del galeno que, sin ser ilegales ni moralmente censurables, no le parecían de recibo ni siquiera normales. Por ejemplo, eso de verle sentado en el porche de su casa, junto a su mujer, y que en cuanto ésta, que solía estar moviendo una pierna en cuyo pie calzaba una chancla, lanzara la chancla de una patada a ocho o diez metros, él saliera corriendo, se la trajera y se la calzara en el pie desnudo y, así sin dejarlo y sin hablar, se pasaran media tarde. Pues no harían mal a nadie, pero al tío Ureta el viejo no le gustaba pero ni lo más mínimo.
Un día vinieron a avisar del cercano pueblo de Pardiepal, que no tenía médico pero que entraba en la jurisdicción médico-veterinaria de Aldeanueva, de que a la Libradita le había dado el ataque. Enseguida avisaron al médico y el tío Ureta el viejo, mosqueado como estaba con el doctor, decidió acompañarle por conocer a la Libradita y a su familia y por fingir una deferencia hacia el doctor que, en realidad, era curiosidad, intriga y también desconfianza por el tratamiento que a la Libradita pudiera administrale.
Tras hora y media de camino llegaron a Pardiepal y a los dos minutos a la casa de la Libradita. Ya desde la calle se oían los gritos de ésta y, en cuanto entraron a la alcoba donde estaba, observaron sus horrorosas convulsiones, tiriteras, temblores, castañeteo de dientes, espasmos y cómo sus ojos parecían girar dentro de sus cuencas como canicas locas… Y todo esto, se incrementó y se aceleró aún más en griterío y aspavientos con la entrada del doctor y del tío Ureta el viejo.
El médico observó a la Libradita como medio minuto, sin moverse y sin decir palabra. Luego dijo:
- Traigan un balde grande de agua y las dos toallas más esponjosas que tengan.
Al poco tenía ante sí lo pedido. El médico empapó ambas toallas en el agua y mientras lo hacía dijo que desnudasen por completo a la Libradita. Esto mosqueó un poco al tío Ureta el viejo, porque la Libradita andaba por los dieciocho, pero hizo seña de que lo hicieran, que un médico siempre es un médico y además estaban presentes la familia y él que, al fin y al cabo, era una autoridad.
La Libradita ni siquiera en cueros disminuyó la intensidad de sus gritos ni lo retorcido de sus convulsiones. El médico enroscó las toallas como si fuera a escurrirlas pero, cuando parecía que había terminado, comenzó a darle a la Libradita con ellas tales zurriagazos que sus gritos y espasmos cesaron de repente y cómo viera que aunque ella había cejado en su actitud el doctor no paraba de darle, se metió debajo de la cama buscando protección. El galeno la sacó a rastras, agarrándola de un tobillo, y continuó con el tratamiento sin compasión, aplicándoselo sobre el santo suelo hasta que se cansó. Los presentes estaban asombrados pero, al ver la eficacia de la terapia, no abrieron la boca.
El médico, en cuanto terminó, se ajustó las ropas y salió sin más palabras de la casa, excepto las indispensables para despedirse de la familia. El tío Ureta el viejo y él regresaron pausadamente a Villanueva disfrutando de la brisa que traía la tarde y sin forzar el tranco tranquilo de las mulas. A la Libradita no sólo se le pasó el ataque, sino que en los ocho años que aquel médico tan raro estuvo en Villanueva no le volvió a repetir.
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14 junio 2009

Amor maternal


Sí, tenía que reconocer que era una madre apasionada. Y no lo era sólo por el modo en que había criado a su hijo, sino por cómo se había involucrado en todo lo suyo, en sus estudios, en su formación, en su adolescencia, incluso en su vida, hasta un extremo en que quizás no debiera haberlo hecho. Pero es que deseaba a toda costa preservarle del dolor, de la decepción, del hecho de que un muchacho como él pudiera, con tantas buenas cualidades como le adornaban, verse condenado al fracaso o a la triste mediocridad por cuestiones aleatorias, secundarias, ajenas, pero cuya importancia a él, todavía muy joven, se le escapaba.
A su hijo, lo único que le faltaba era experiencia y desconocía que algunas equivocaciones, aparentemente sin importancia, podían cambiarle la vida y hacer que no llegase a ser el tipo brillante y triunfador para el que su madre le sabía plenamente dotado. Que su hijo no estaba destinado a ser ningún majagranzas.
Y esa niña caprichosa, esa mema carente de fundamento de la que el pobre se había enamorado como un tonto, como un pasmarote, como un meliloto, era la mayor, si no la única, de sus equivocaciones juveniles. Si por ella fuera, la ahogaría con sus propias manos, la asfixiaría con una almohada o la degollaría como a un pollo, en cualquier caso, la sacaría a bofetadas de la vida de su hijo… Pero esa putilla lo único que hizo de mérito fue llegar a tiempo y coincidir con las primeras calenturas sentimentales y físicas de su hijo, tres años atrás. Y, él, ¿qué iba a hacer?, pues lo que todos los hombres, enamorarse como un gilipollas, como un hebén, de lo primero que se le presentó, de la primera calentorra dispuesta a abrirse de piernas y decirle, con ojitos de carnero degollado, que él era el amor de su vida. ¡Qué poco seso tienen los hombres! Y, encima, el poco que tienen cómo lo pierden con el sexo. En cuanto cambian la segunda ese por la equis, están perdidos.
Ella había confiado en que, con el paso de un tiempo razonable, él solito llegase a la conclusión de que aquella muchacha no era para él, de que no estaba a su altura y que poco a poco aquella relación tan desigual, ¡dónde iba aquella ignorante, sin ninguna clase, con su hijo!, se hubiera disuelto como la mini atmósfera fétida de un pedo follón ante el ímpetu de los frescos, sanos y limpios vientos de la sierra. Que todo hubiera sido, como la adolescencia de su hijo, algo brusco y sorpresivo pero pasajero.
Pero, sin embargo, qué bien había sabido ella engatusarle, cómo le había robado aquella personalidad genuina que su hijo tenía antes de conocer a aquella lagarta en celo, a aquella cerda verrionda, cómo le había enseñado a tener ojos sólo para ella, cómo no le dejaba solo ni para mear, qué sentido del acaparamiento el de aquella descarada, qué dominante, y cómo, de su hijo, estaba sabiendo hacer un payaso inane a su servicio. Lo dominaba como a una marioneta de trapo ¿Dónde tendrán los ojos los hombres?, que cuando quieren percatarse de las cosas, los muy tontos, es ya demasiado tarde. Si a ella le valiera…
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13 junio 2009

Sin religión


Iba yo caminando por la calle con idea. O sea, con botas de senderismo, gafas de sol, gorra y un par de manos de protector solar Extrem, que no lo digo yo, que lo pone en el frasco, cuando vienen de frente dos mujeres bien guapas. Me digo, oye, qué bien esto de poder ocultar lo descomedido de mi chafardería bajo el anonimato que dan a la mirada los cristales oscuros. Qué gusto poder, por tanto, mirar tranquilamente tras estas gafas de piloto de Phantom sin que tengan motivo para torcer el gesto y hasta les pueda dar por llamarme baboso, pues mi mirada quedaba discretamente oculta.
- Perdone, no le haremos perder mucho tiempo. Es sólo una encuesta –va y me dice una.
- Ah, pues bueno –a punto estuve de añadir: ricuras, pero por una vez cerré a tiempo la bocaza.
- Pertenecemos a los Testigos de Jehová.
- Ah, pues me alegro, pero yo es que no soy de ninguna religión, se lo puedo jurar –dije con un poco de guasa, pensando que esto les motivaría a la polémica e intentarían redimirme de ese gravísimo sin dios.
Pero fue un error porque mis palabras les debieron parecer lo más horrible que habían oído en los últimos tiempos. Y está claro, luego lo pensé: que uno del Madrid puede discutir con otro del Barça, pero como den con otro que no le guste el fútbol pues entonces no hay bola que rascar. Sin decir adiós, ya que les dejé claro que no creía en él, y sin siquiera una mirada de conmiseración para mi hipotética desgracia, dieron una raboteá y se marcharon escopeteadas, casi como cuando a Drácula le rocían con agua bendita.
Cada día me llevo peor con la gente religiosa porque, claro, enseguida le discriminan a uno y le miran por encima del hombro, y es que eso de llamar a dios de tú diariamente les da unos fueros…
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12 junio 2009

Organización

¿Qué ocurriría si cincuenta acordeonistas, por ejemplo, se pusieran a tocar simultáneamente en la Plaza Mayor? ¿Y si, además, lo hicieran todos los días? Seguramente terminarían cansando, abrumando, agobiando y la gente protestaría por tanto músico pedigüeño junto y, probablemente, les echarían.
Eso no ocurrirá. Dos gitanos con suéter negro controlan el flujo de acordeonistas rumanos en la plaza. El viejo manda al joven que, a regañadientes, obedece o, mejor dicho, termina obedeciendo siempre. Le manda tantas veces y a tantas cosas como se le ocurre. El joven se insolenta y protesta, pero el viejo le mira con desprecio frío, sin perder el talante, y no hace caso de sus gestos y bravatas porque sabe que el joven terminará siempre obedeciendo. Son morenos, cetrinos, el viejo es barrigudo y el joven es cimbreño y tienen, permanentemente, cuando miran la plaza, un gesto amenazador, como anuncios mudos de un peligro latente. Comen los bocadillos, que el viejo le mandó buscar al joven en el último recado, y beben unos botes de cerveza mientras controlan el flujo de personal en la gran plaza. Ocupan butacas de una de las terrazas sin consumir nada, pero nadie les llama la atención ni les incomoda, bien por gentileza del dueño o bien porque éste desea tener la fiesta en paz. Nos descubren observándoles y nos miran desafiantes, con indisimulada chulería y con cara de estar dispuestos rompernos el bautismo a poquito que insistamos, pero mantienen las formas porque, hasta ahora, todo les va bien. Enseguida se desentienden de nosotros.
Llega un nuevo acordeonista, les presenta sus respetos y se sienta con ellos. Espera con calma a que el acordeonista que, en estos momentos, va tocando de terraza en terraza acabe su ronda. Él no empieza la suya hasta que los dos de negro le dan la venia. El que ha terminado, un acordeonista que ha tocado mientras su mujer pasaba el platillo por las mesas, vuelve al lado de los dos calorros. Se sienta a su lado mientras la mujer, algo apartada, permanece de pie. Fuma un cigarrillo junto a ellos y apenas cambia cuatro palabras. Luego arreglan cuentas y se va. Al poco rato llega otro, les saluda y se sienta a esperar su turno. El ciclo continúa. Organización europea.
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07 junio 2009

Truchas


El ingeniero agrónomo don Luis Maria de Saransón y Bofarull-Maqueda visitaba la reserva nacional del Alto Tamarón Ribagorda. Mandó parar a su chófer el Land-Rover en un extremo del puente de la hoz de la Tejonera Martirio, pues deseaba hablar con uno de los guardas. Éste, distraído, fumaba en el puente con la mirada perdida en la transparencia del agua que descendía rápida y en remolinos y produciendo un fragor que, a cierta distancia, aislaba de cualquier otro sonido.
Descendió don Luis María del vehículo y se dirigió hacia el viejo guarda forestal. Cipriano Talón, que había salido de su ensimismamiento por el frenazo del coche, vio acercarse al ingeniero con su traje de sportman inglés y su porte distinguido. Sabía quien era pero nunca había hablado con él. Cipriano se centró sobre el pecho su banda acreditativa de cuero que incluía chapa ovalada y dorada de forestal, se estiró para que su cenceño cuerpo cundiera en el traje de pana, tentó que su tercerola estuviera bien colgada del hombro y se ciño el sombrero de fieltro gris con banda verde, mientras veía acercarse a don Luis María. Se saludaron, el ingeniero confianzudo y el guarda envarado y atento.
- Dígame, Cipriano, ¿se ve mucha trucha en el río?
- Pues mire, don Luis María, no tanta como hace años pero aún se ven algunos buenos ejemplares.
- ¿Y son especimenes de trucha común o de trucha arcoiris?
- Antes todo lo que había era trucha común pero ahora es al revés, cada día se ven menos comunes y más arcoiris.
- O sea, Cipriano, que percibe usted un claro retroceso de la trucha autóctona.
- ¿La trucha autoqué?
- La trucha autóctona.
- No, esa que usted dice, no la hemos visto nunca por aquí. Esa, aquí, no se conoce. Se lo garantizo.
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06 junio 2009

Antes había otro respeto


Tuvieron que ir al antiguo palacio. Llevaba habilitado muchos años como casa cuartel. El guardia de puertas les dijo que subieran a la primera planta y preguntasen allí por el subteniente Malaespina o por el cabo Serantes. Tras subir por unas escaleras de madera que crujían a cada paso llegaron a la primera planta. Titubearon indecisos, caminando por el suelo de vieja tarima, hasta dar con una oficina abierta que tenía dentro un mostrador con un guardia escribiendo detrás y otra pequeña sala aneja con la puerta también abierta. Les atendió el cabo porque el subteniente se dedicaba ese día a la intervención de armas.
- Veníamos a por un certificado de buena conducta.
- Esperen en esa sala –dijo el guardia sin mirarles.
El guardia, en mangas de camisa, tecleaba un oficio en una vieja Remington. Los dos muchachos se sentaron en el único banco de madera que había dentro de la sala indicada. Estuvieron un buen rato escuchando el ritmo de la máquina romper el monótono e incómodo silencio de la espera.
Desde allí vieron entrar al sargento. Les miró de soslayo y torció el gesto. Se dirigió sin titubear al mostrador que había delante del cabo mecanógrafo y dejó el tricornio sobre la madera sin que el cabo dejara de teclear el documento en el que estaba concentrado. El sargento se quitó con gesto rutinario los correajes y la pistola reglamentaria y lo depositó todo junto al tricornio. Pausadamente se desabotonó la guerrera y luego se la quitó también. La colocó, cuidadosamente doblada, junto a lo demás y, soltándose los botones de los puños de la camisa verde, dobló pacientemente las mangas de ésta hasta quedar bien arremangado de ambos brazos. Los muchachos observaban, en silencio, sin perder detalle y pensaban que el sargento se estaba poniendo cómodo por salir de servicio o algo así, pues no tenían ellos mucha idea de la vida cuartelera. Fue entonces cuando, el suboficial se giró y les miró fijamente. Se frotó las manazas una contra otra, se quitó el reloj y se lo metió en un bolsillo del pantalón. Apenas hecho esto enfiló decidido hacia la sala desde la que los muchachos le habían visto prepararse de tal guisa. Súbitamente entendieron.
Según avanzaba, sin dejar de frotarse las manos, preguntó con voz firme:
- A ver, Serantes, éstos, ¿qué han hecho?
El guardia Serantes, hasta ese momento concentrado en su oficio, levantó la cabeza e inmediatamente comprendió la situación.
- ¡Quieto, quieto, mi sargento!, que no han hecho nada, que han venido a por un certificado.
- Ah, bueno. Eso es otra cosa. ¡Haberme avisado antes, hombre!
Los dos muchachos comprendieron desde aquel día el respeto que inspiraba en España la Guardia Civil. Puro respeto.
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04 junio 2009

¡Qué sabes tú lo que es una hija!


Don Arturo vivió los valores, por llamarlos de algún modo, de su tiempo. Ya de joven alternó a su novia de siempre, naturalmente sin que ella lo supiera, con unas y con otras. Se justificaba con esas frases, tan horteramente exaltadas en el patrimonio cutre nacional, de que pudiendo hacer felices a muchas por qué hacer feliz a una sola; o esa otra, tan delicada, de que la legítima no manda en el sobrante; o aquella, tan poco igualitaria como ajena a la sutileza, de que un hombre viene siempre limpio.
Quiso el buen Dios o la Providencia o quien quiera que estuviera de servicio, si es que lo estuvo, y que repartiera las suertes con que los hijos caen, que a don Arturo le correspondieran dos hijas en el lote.
Al cabo de los años, cuando las hijas se hicieron mocitas, las estructuras mentales de don Arturo, que tan ampliamente permisivas habían sido para su propia juventud, se estrecharon hasta lo impensable para con la de sus hijas. Adornó esa intransigencia, tan propia de los hombres de bien y de los criterios vaticanos, con todo tipo de refranes que al caso venían y que, por supuesto, daban la razón al estricto progenitor, el otrora libertino don Arturo, en sus castas precauciones bienintencionadas:
Que si la mujer cuanto más retirada más buscada.
Que si la que da el culo a besar nada tiene más que dar.
Que si el buen paño en el arca se vende.
Que si el hombre es fuego y la mujer estopa y siempre hay un diablillo cabroncete que va y sopla.
Que si la mujer y el vidrio siempre en peligro.
Que si la vergüenza en la mujer se conoce en el vestirse…
Total, que a las muchachas no les quebró la pierna y las encerró en la casa, como decía otro de sus refranes preferidos, porque junto con la madre eran tres y le convencieron, con bastante dificultad, de que ese trato hoy en día lo prohibía hasta la sociedad protectora de animales. Aún así, habían de estar las hijas en casa como mucho a las diez y mejor a las nueve, ir siempre acompañadas y escuchar cada día varias veces lo de siempre:
- ¡Isabel, Aurorita, hijas mías, el respeto! No os digo más: ¡el respeto ante todo! ¡No lo olvidéis ni un momento, hijas mías! ¡El respeto, siempre! ¡El respeto! –afirmaciones que hacía gesticulando mucho, con los ojos casi fuera de las órbitas como si fuera a darle algo, y gritando de menos a más hasta el último respeto, que ya era como el bramido de un miura.
- Sí, papá, no lo olvidaremos.
- ¡Prometedlo!
- Sí, papá. Lo prometemos.
- ¡Juradlo!
- Sí, papá. Lo juramos.
- Bueno, pues ya sabéis, en casa antes de las diez y que no me digan que os han visto separadas y menos con chicos y menos aún por los parques oscuros y...
- Sí, papá. También lo prometemos.
Y las niñas se marchaban los sábados y domingos, que eran cuando les dejaban salir, con su respeto entre las piernas. A la vuelta, el interrogatorio del dónde y el cómo y el con quién y el a qué hora… se hacía pesadísimo, hasta que don Arturo se serenaba y se cercioraba de que el respeto seguía como siempre, en su sitio, calentito pero intacto. Como debía ser.
De la hija mayor, Isabel, se enamoró pronto un muchacho que, advertido enseguida de cómo se las gastaba el padre, ideó la manera de poder salir con la muchacha. El asunto no fue fácil pero, con paciencia, logró encontrar un amigo de su familia que lo era a su vez de don Arturo. Le persuadió, con esa pesadez pastueña de los enamorados, de que la muchacha le gustaba de veras y le rogó que hablara con su padre pues temía que, de enterarse, éste se presentara donde fuera y, con hija o sin hija delante, le midiera las costillas con algún garrote o le montase alguna zapatiesta pública y vergonzante. El amigo no estaba por la labor, pero la insistencia, obtusa y becerril, del muchacho enamorado terminó venciendo la reticencia del pobre hombre a ser él quien pusiera el cascabel a don Arturo. También el amigo temía que éste se encolerizase y terminase la cosa degenerando en un pifostio tan poco previsto como deseado. El caso es que finalmente prometió hablar por él ante el estricto padre. Pero también le dijo que no garantizaba ningún buen resultado.
Cuando el profesor don Tirso Satrústegui de la Mierla, catedrático del instituto local, le insinuó por primera vez a don Arturo la posibilidad de que un buen chico, serio y de buena familia, se interesara, con las más castas y rectas intenciones, por su Isabelita, a poco le da un parrús a don Arturo.
- ¿Pero qué me insinúa usted, don Tirso? Pero si mi Isabelita es una niña.
- No le hubiera molestado si no se tratara de un buen muchacho.
- Pero, ¿qué buen muchacho ni qué ovejita lucera? Si mi Isabelita lo que tiene que hacer es estudiar.
- No está reñido lo uno con lo otro, don Arturo y, además, su hija mayor cumplirá dentro del año los dieciocho, así que no veo yo una relación tan prematura.
- ¿Pero cómo relación, pero qué relación? ¿Pero qué me está usted proponiendo?
- No le propongo nada. Sólo quiero que piense que todo esto que le digo no deja de ser lo natural.
Poco más habló don Tirso con don Arturo en aquella ocasión. Pero insistió otras veces y otras más y, a fuerza de insistir, hizo bueno el refrán que dice que tanto lame el perro que a veces saca sangre. Con esto consiguió al fin que, el paladín del respeto, accediera a que los muchachos se vieran y se trataran en lugares públicos y conforme a la decencia y las más morales de las costumbres. Pero añadió también, el paladín, que advirtiera al de las rectas intenciones de que, como le pillara besando a su hija o, no lo permitiese Dios, la niña perdiera el respeto, lo mataba donde lo encontrara por éstas que son cruces.
Don Tirso informó al muchacho y la relación comenzó a funcionar en los términos que aparentemente se fijaron y en los que a Isabelita y Ricardo, que así se llamaba el chico, les petaba permitirse cuando no había delante ojos ajenos.
Con el paso de las semanas don Arturo estaba cada vez más airado, más mosqueado, más suspicaz, más endemoniado por la sola sospecha de que su hija querida, su joya, su tesoro, estuviera por ahí, como hacen todas, zorreando a sus espaldas con ese gilipollas al que no quería ni ver y cuyas rectas intenciones, bien sabía él, iban guiadas por los efluvios del coño de su hija. A él con historias, ni rectas intenciones ni cojones, ¡ni que se hubiera caído de un nido el día de antes! Estos se creen que yo me he criado debajo de un tomillo, pero, ¡ah rediós, como los pille…! ¡Dios quiera que no los pille, porque entonces los mato a los dos en el sitio!
- ¿Qué murmuras, Arturo? –le interrumpió doña Aurora, su mujer, rompiendo sus amargas elucubraciones.
- Nada, que esta chica mayor me tiene negro con el novio.
- A todos los hombres os pasa lo mismo con las hijas. Os ponéis celosos cuando se las llevan. Las mujeres, para eso, somos más sensatas…
- ¿Sensata tú? ¿Pero es que no te das cuenta? ¿Qué pinta nuestra hija con ese tío por ahí? ¿Qué sensatez es la tuya? ¿Y tú, te llamas sensata? Si me valiera…
- Tranquilízate, hombre, que vas conduciendo y nos vamos a matar. Lo que quiero decir es que nosotras comprendemos mejor el ciclo de la vida…
- Pero, qué ciclo ni qué cabecitas de hostias salteadas… qué puede que ese… que se la esté… mira no quiero ni pensarlo.
Era ya de noche y buscaban donde aparcar en la calle. Fue al pasar lentamente delante del portal de su casa, buscando sitio, cuando vio a los novios abrazados, besándose con pasión, dentro, en la acogedora penumbra del portal. Don Arturo frenó bruscamente en el centro de la calle, echó el freno de mano, salió del coche imprecando al cielo, dejó la puerta abierta, las luces encendidas, el motor en marcha y se lanzó hacia la puerta del portal con el trapío de un vitorino citado de largo por José Tomás.
- Lo sabía, si es que lo sabía…
- Sujétate, Arturo, que es tu hija…
- Se van a enterar… los rajo…
- Mira a ver lo que haces, que cuando pierdes la cabeza no eres tú…
Pero ya era tarde don Arturo irrumpió en el portal a pecho muerto. Espumeando por la boca, se lanzó sobre la pareja que, sorprendida, no tuvo tiempo de reaccionar. Le agarró a él por el cuello y, mientras la aterrorizada chica comenzaba a chillar, parecía que lo iba a ahogar.
- Hijo de puta, te tengo que matar…
El muchacho sorprendido recibió a continuación un puñetazo en la mejilla que le hizo caer al suelo. La chica no paraba de gritar.
- Cállate, so puta, que en cuanto acabe con éste cabrón te va a tocar a ti…
Fue en ese momento cuando la sofocada doña Aurora acertó a entrar en el portal y, ganando a tientas el temporizador de la luz, lo pulsó y ésta se hizo. Y con la luz, don Arturo se puso rojo como la grana, de la barbilla hasta la cocorota de la calva. Era la vecina del tercero, con el novio, la que estaba de tierna y amorosa despedida. Las disculpas que salieron por su boca, las cortesías, las reverencias, el no saber qué hacerse, el limpiarle con un pañuelo la cara al agredido, el llamarle hijo mío pidiéndole perdón…hacían parecer a don Arturo lo que era, un tipo ridículo. Además, todo ello aderezado por los muchos bocinazos y pitidos que ya daban en la calle los varios coches detenidos y las risas histéricas, imposibles de sofocar de doña Aurora que, sentada en la escalera, se ahogaba entre sus propias carcajadas y las lágrimas que éstas le provocaban.
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03 junio 2009

Lola


Era un viernes por la tarde. Hacía bastante calor, un calor que pedía desidia, y era la hora de la siesta por lo que el hall estaba desierto. Fue entonces cuando entró aquella mujer con decisión. Lázaro jamás la había visto, pero ella, como si conociera el hotel, avanzaba desenvuelta desde la puerta, mirando al frente y sin extrañar nada. Por su apariencia no era la cliente tipo, todo lo contrario. Nada que ver con aquellas turistas rubicundas vestidas de cualquier manera o con bikinis chabacanos o con ropa chocante que los mirados y los cursis llaman, muchos aviesamente, desenfadada. Vestía una falda negra hasta justo debajo de la rodilla, con dos rajas discretas a los lados para facilitarle el caminar; y una blusa de raso, blanco marfil, con un inusual escote en pico, ni exagerado, ni pacato, sin esas horribles trasparencias que evidencian el sujetador o su ausencia. Erguida y elástica de movimientos, calzaba unos zapatos de tacón que realzaban sus piernas torneadas y le daban prestancia. Más que alta era esbelta y muy proporcionada, además, sabía moverse con una elegancia felina y discreta. Aparentaba no mucho más de treinta años. Tenía el pelo y los ojos muy negros, casi azabache, y la piel muy blanca, los labios carnosos y pintados de rojo. Por lo demás, no iba demasiado maquillada. El cabello lo tenía corto, espeso y muy rizado. Y, a Lázaro, ante su belleza inusual e inesperada se le subió un rubor tan inoportuno como intenso sólo de contemplarla. Era de las mujeres que no se olvidan. Aquellos ojos, oscuros y brillantes, y el rostro enmarcado por el rizado pelo negro parecían irradiar una luz que el muchacho no había visto nunca y que le mantenía impresionado. Temía que, si se dirigía a él, fuera incapaz de contestarle por el azoramiento que de arriba a abajo le tenía paralizado por fuera y convulso por dentro.
- Hola, Lola, ¿qué tal viaje has tenido?
El amable tono en el que Joan se dirigió a la desconocida le sacó de su ensimismamiento a la par que le libró de atender, nervioso aún más por su rubor, a la desconocida. Ésta pasó por delante de su mostrador secundario sin mirarle y entró tras el mostrador de recepción para saludar a Joan con dos besos.
- Bien, Joan, hoy no venía excesivamente lleno el coche de línea pues desde Barcelona han salido varios en esta dirección y me ha tocado el último, con pocos pasajeros.
- ¿Dónde está Mauri?
- Supongo que estará supervisando el comedor. Pasa, seguro que lo encuentras en sus dominios.
- Hasta luego, Joan.
- En la cena o a la noche nos veremos –dijo Joan amablemente.
Joan miró a Lázaro. Éste, embobado, no podía apartar la vista de la silueta de aquella mujer que se alejaba, en dirección al restaurante, dejando tras de sí un halo tenue de perfume caro.
- ¿Qué te parece la dona?
Lázaro, reportándose, primero cerró la boca, luego miró a Joan y con una voz extraña balbuceó con unción verdadera.
- Creo que no he visto una mujer más guapa en mi vida.
- ¿Y eh que sí? Pues ahí la tienes, a ver a Maurici. Suele venir a verle de vez en cuando y ya se pasa aquí el fin de semana.
- No me imaginaba que el señor Maurici tuviera una hija así.
- Cuidado, Lázaro, no es su hija. Es su mujer. No vayas a meter la pata.
- ¿Pero…?
- Sí ya sé que te sorprende, pero Maurici no es tan viejo como parece ni Lola tan joven como aparenta, aunque efectivamente se llevan unos años y se nota.
Lázaro quedó impresionado por la revelación. El señor Maurici era un hombre que aparentaba más de cincuenta años. Extremadamente serio, impecable siempre, sumamente educado y muy callado, se daba un aire a los artístas de Hollywood de los años veinte. Esos que salían de frac en las películas mudas. Siempre impoluto con su traje negro de solapas brillantes y su pajarita negra sobre la tersa camisa blanca. Era un hombre de interiores. Parecía el señor Maurici un ser que desde los principios de los tiempos hubiera habitado en el hotel, que no saliera jamás de él y al que incluso la luz del sol molestara. Pálido, casi verdoso, con grandes arrugas marcadas a los lados de los labios, era una hombre taciturno, triste, al que Lázaro no había visto nunca sonreir.
La familia de Joan tenía una especial relación con el señor Maurici y con su mujer Lola y, los fines de semana que ésta venía, era aceptada como si fuera una más de la familia. Lázaro se dio cuenta enseguida. Por otro lado, Lola, como su marido tenía trabajo siempre, solía levantarse tarde, acercarse a la playa y venir a tomar el vermú al hotel antes de comer con los jefes. Durante el día apenas podía estar con su marido, ocupado siempre en sus tareas, y, por lo tanto, solamente pasaba con él las horas de intimidad nocturna en la habitación. A Lázaro, con una visión tan provinciana de la vida, aquella pareja, más que llamarle la atención, le deslumbraba y le intrigaba. Y, eso sí, cada vez que se cruzaba con la Lola, como la llamaban los catalanes, a sus esquemas anteriores sobre lo bella que podía llegar a ser una mujer se les caían todas las guías.
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29 mayo 2009

Los santos inocentes


- ¿Y cómo sabías tú que en esta zona había setas?
- Papo, pues porque esto está en lo de Pinilla y yo trabajé, hace muchos años, en la finca. ¡Pues no he sudao yo por estas cuestas! ¿No te lo había dicho? ¡Anda que no las pasé putas entonces!
- Pero, ¿todo esto era una finca?
- En tiempos sí, una sola.
- Y, por estas laderas, ¿qué se hacía? ¿Andabas de pastor?
- ¡Huy de pastor, qué más hubiese querido! Esto ya no se labra desde hace años, pero entonces las labrábamos con bueyes y, cuando llegaba su tiempo, las segábamos a golpe de hoz sobre zoqueta. Luego había que acarrear hasta la finca en mulas, porque por este terreno no andan los carros, y preparar la trilla en la era que había en la parte de atrás de la casa grande.
- ¿Y todo lo hacíais con animales?
- Sí, con bueyes medio bravos, burros enteros y mulas medio falsas, más malatas que malatas, ¡me cago en diole!
-¿Cómo que con bueyes medio bravos?
- O sea, ¿cómo te diría yo?, era que los hacíamos malos nosotros.
-¿Pero cómo, Colás, qué me estás contando, hombre?
- Papo, pues pegándoles y pinchándoles, metiéndoles aliagas entre las patas de atrás o prendiéndoselas debajo. Para que se volvieran bravos y cogieran malos instintos y poder divertirnos con ellos toreándoles.
- Pero, ¿cómo erais tan salvajes? ¿Y, de veras, se volvían bravos?
- Bravos no sé, pero rencorosos del todo, que en cuánto podían iban a ver si te cazaban y había que estar con ellos con cien ojos.
- Y, luego, ¿con esos animales teníais que labrar?
- Pues sí, ya ves tú, ¡qué conocimiento!
- Y, el dueño, ¿sabía que les hacíais de todo a los animales?
- ¡Huy, el amo!, si nos llega a pillar haciéndoles a los bueyes esas herejías nos esbrea las costillas a trallazos. ¡Menudo era! ¡Antes quería que te jodieras tú que ver mohino o con cólico a algún animal de la finca!
- ¿Y quién era el amo?
- Un inglés.
- ¿Vivía en la finca?
- Quia. Pero venía tres o cuatro veces al año y había que tenerle todo más limpio que el copón y bajar corriendo a la casa de la finca tan pronto como llegara, sin excusa ninguna y estuvieras donde estuvieras.
- ¿Bajar a la casa en cuanto llegara?
- Sí, así nos lo tenían mandado.
- ¿A qué, a saludarle?
- No, a besarle la mano.
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28 mayo 2009

Gente buena


Cierta vez, estando yo recién casado y andando a la cuarta pregunta, el coche que tenía se negó a arrancar. Y, como es cierto el refrán que dice que a perro flaco todo se le vuelven pulgas, el hecho se produjo a finales de mes. No podía llamar a un mecánico y menos a una grúa, ni mi modesto seguro obligatorio cubría cosa tal. Así que llamé a un amigo que por entonces trabajaba en una conocida empresa montando carburadores. Lo hice casi a la desesperada, por si acaso se daba la casualidad remota de que la avería de mi gastado utilitario a tal ingenio se debiera. El hombre vino y, pacientemente, comprobó el carburador del coche. Enseguida me desengañó y me dijo que la cosa nada tenía que ver con el tal aparato. Disimulando como pude, mi total falta de blanca, le di las gracias y le dije, fingiendo indiferencia, que no se preocupara que, de momento, el coche estaba aparcado en frente de casa y que, como no iba a salir ese fin de semana, no estaba mal allí. Extrañado mi amigo, algo más mayor y mucho más baqueteado por la vida, de que no llamara a un mecánico, me dijo en directo:
- ¿Qué pasa?, lo mismo es que no tienes un duro.
- No, no es eso, –pretexté- es que como no vamos a ir a ningún lado este fin de semana, ya llamaré al mecánico la semana que viene.
- Claro, cuando cobres –dijo sin pestañear.
- Pues sí, para que te voy a engañar –me sinceré finalmente.
Así quedó la cosa. Lo dejamos y cada uno se marchó a su casa.
Al rato mi amigo llamaba a mi puerta. Había buscado un mecánico conocido suyo por su cuenta. En la misma mañana todo quedó arreglado a sus expensas. A la tarde, cuando estaba comentando con mi mujer el detalle, volvió a sonar el timbre de la puerta. Era mi amigo nuevamente, esta vez con una bandeja de pasteles en una mano y en la otra un billete de mil pesetas para que saliéramos por ahí el fin de semana.
Han pasado los años. Creo que nunca he podido hacerle un favor tan bonito. Pero también confío en que él sabe lo mucho que le aprecio y que puede contar conmigo.
Por vivir cada día con lo suyo encima a nadie le ponen una calle, ni le dedican una plaza, ni colocan una placa en la puerta de su casa que diga: Al insigne vecino menganito que vivió con dignidad, amó a los suyos y fue solidario con su prójimo. Sin embargo, por suerte como digo, he conocido a algunos, tal vez, con más valores de los que a tantos homenajeados se les suponen. Ninguno de éstos es, por cierto, político, ni periodista ilustre, ni artista, ni empresario, ni mecenas de actividad alguna, ni siquiera miembro de una ONG, ni van de nada por la vida. De gente normal hablo. De buena gente.
Por esos golpes que, pese a la dedicación y los esfuerzos, la vida nos tiene preparados al doblar de cualquier día, mi amigo pasa hoy por momentos amargos. Ojalá pudiera yo ayudarle. Ojalá su problema fuera material. Espero que el tiempo obre en su favor y también el cariño de esa familia que ha sabido mantener feliz y unida. Por mi parte, desde este modesto blog, solo puedo dedicarle mi sencillo homenaje por la trayectoria de su vida, solidarizarme con su actual sufrimiento y ofrecerle mi amistad y mi apoyo para lo que necesite. De gente normal hablo. De gente buena.
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20 mayo 2009

Machado el pordiosero


El señor Machado solía ponerse a pedir en la puerta de San Ginés. Lo hacía de rodillas e, incluso a veces, con los brazos en cruz y la mirada perdida. Su exagerada puesta en escena, más propia de épocas pretéritas y olvidadas de la actividad mendicante, contrastaba con las figuras de plástico de dinosaurios de varios tamaños que el mendigo colocaba delicadamente delante de sus rodillas, sobre un pañito. Y también contrastaba con un gesto de sonrisa perenne, casi como de éxtasis contemplativo, que mantenía cuando hablaba solo o cuando hacía que rezaba o, quién sabe, rezaba verdaderamente.
Los niños, invariablemente, se paraban ante él y, con ellos, los mayores que, a la amabilidad del pedigüeño con los pequeños, solían corresponder con el euro o el medio euro. Los niños, que ya se habían hecho a él, cuando llegaban a la Plaza de los Jardinillos corrían buscándole con un trotecillo alegre y una cierta familiaridad. Machado, arrodillado entre aquellas fieras prehistóricas, dejaba entonces de mirar al frente o a los cielos y salía de su tránsito para dirigirles su afable sonrisa y hacerles enseguida mil carantoñas.

- ¿Cuántos dinosaurios tienes, Machado?
- Pues ahora tengo cinco, pero voy a quitar dos porque es mucho gasto. Aparte del peligro, claro.
Cuando por las noches el señor Machado iba cayéndose, borracho, por las calles oscuras y estrechas menos transitadas, sus conocidos le decían:
- Pero, hombre, señor Machado, ¿no le daría a usted vergüenza que sus clientitos buenos, esos del euro, le viesen así, en este estado?
- Pues no. Porque ellos son ya mayores y, ellos mismos, aunque pudientes, debieran comprender bien lo triste que es mi vida -respondía Machado con la boca pastosa pero con mucha propiedad.
- Pero, ¿qué me dice de los niños?
- Ahí sí. Eso es verdad. Por ellos me daría vergüenza. Pero, como a estas horas, están acostados… Pero sí, lleva usted razón, ahora mismo me recojo.
Y, como podía, el señor Machado desaparecía con paso vacilante y apoyándose en las paredes, hasta que se perdía en la oscuridad del barrio viejo en busca de acomodo entre sus dinosaurios.
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19 mayo 2009

La alegre inauguración


Hace bastantes años, unos treinta, que para una persona ya son muchos, con los primeros ayuntamientos democráticos vinieron, por primera vez en lustros, las inauguraciones de los nuevos parques y jardines de mi ciudad. Eran los primeros que se hacían en muchos años. Se les hubo de arañar a las inmobiliarias de entonces los terrenos. Era una victoria del pueblo. Así nos lo presentaban. Eran aquéllas las mismas inmobiliarias que dejaron tantas zonas de la ciudad sembradas de torres de diez o doce pisos y calles raquíticas y estrechas. Mal ahora, pero entonces hubo tal salvajismo urbanístico que muchas ciudades quedaron sentenciadas a la fealdad para siempre.
Ha caído en mis manos, casualmente, algo que escribí por entonces tras la inauguración de uno de estos parques y el discurso del alcalde demócrata, el primero en muchos años. Lo reproduzco íntegramente para no traicionar mis propios recuerdos:

¡Ciudadanos de Guara! (¡Qué alegría!)
En este lugar… (¡Viva, viva!)
En que en otro tiempo… (¡Eso, eso!)
Especuló el poderoso… (¡A ver, a ver!)
Hoy el pueblo… (¡Nosotros, nosotros!)
Disfruta jardines, (¡Bien, bien!)
Inhala aire puro (¡De pino, de pino!)
Y se pasea orgulloso (¡Y cómo, y cómo!)
En desafiante reto (¿A qué, a qué?)
Hacia los tiempos pasados… (¡Ah, ah!)
De inmovilismo forzoso. (¡Bravo, bravo!)

Todos los presentes, menos algunos algo vergonzosos, iniciaron un clamoroso aplauso a las palabras tan acertadas del alcalde. Unos mano contra mano; otros, más prácticos y atentos al civismo recién estrenado, contra moflete infantil, pues algunas de las criaturitas presentes arrancaban las nuevas flores, o las matas verdosas del pelo del césped o, simplemente, cansados, pateaban las espinillas de sus cívicos progenitores aprovechando la expectación que, en los mayores, producía la incisiva oratoria del munícipe.
En ese momento, los músicos, intentado paliar de algún modo el jaleo y los berridos infantiles, iniciaron con brío los acordes del himno nacional.
Tras el tachín-tachán final, el alcalde hizo un gesto ampuloso antes los micrófonos. Éstos, abstraídos por el final del himno y la finta inesperada del edil, no obedecieron y, solamente, tras un imperioso capón al más desafiante, soltaron un silbido agudo de protesta.
El personal, haciéndose cargo de la deficiencia tecnológica del país, asumió el silbido con algarabía, dando por sentado que la inauguración había terminado y considerando el mudo gesto del alcalde como un discreto corte de mangas al citado inmovilismo forzoso.
La multitud se puso en movimiento y el alcalde, siempre observador, lanzó dos o tres vivas antes de que fuese demasiado tarde. Sólo unos cuantos niños, atentos esta vez, le respondieron animosamente, antes de que sus ancestros más directos les arrastraran hacia los puestos gratuitos de limonada municipal.
La fiesta acabó. Formó la banda municipal y se alejó en silencio pues los instrumentos de viento se habían erosionado terriblemente y las brillantes membranas de los tambores estaban flácidas y llenas de cardenales.

16 mayo 2009

Lenguaje


He recibido, de alguien con buena cabeza, este apunte sobre gramática que no me resisto a incluir en el blog por lo mucho que me ha gustado. En él se pone en evidencia a dónde nos llevan los políticos, los cursis y, también, esta especie de apoyo a la ignorancia que emana del poder y, por supuesto, de tanto snob como trabaja en los medios de comunicación y que, en lugar de utilizar su influencia y su medio para corregir errores, utilizan ambas cosas para divulgarlos. El artículo es el siguiente, espero que os guste y que, como a mí, os haga recapacitar sobre el seguidismo que a veces hacemos a la falta de fundamento y de substancia:

“¿PRESIDENTE o PRESIDENTA?
En español existen los participios activos como derivados de los tiempos verbales. El participio activo del verbo atacar, es atacante; el de salir, es saliente; el de cantar, es cantante; el de existir, existente.
¿Cuál es el participio activo del verbo ser? El participio activo del verbo ser, es 'el ente'. ¿Qué es el ente?
Quiere decir que tiene...entidad. Por ese motivo, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se le agrega al final '-nte'. Por lo tanto, a la persona que preside, se le dice presidente, no presidenta, independientemente del sexo que esa persona tenga.
Se dice capilla ardiente, no ardienta; se dice estudiante, no estudianta; se dice paciente, no pacienta; se dice dirigente y no dirigenta.
Se ha puesto de moda el mal uso del lenguaje no sólo por motivos ideológicos y estupidez de nuestros gobernantes, sino por ignorancia de la gramática de la lengua española. Pasemos el mensaje a todos nuestros conocidos con la esperanza de que el mismo llegue finalmente a todos y cuidemos un poco de nuestra gramática.
El que mandó esto frustró a un grupo de hombres que se había juntado en defensa del género; ya habían firmado:
el dentisto, el poeto, el sindicalisto, el pediatro, el pianisto, el turisto, el taxisto, el artisto, el periodisto, el violinisto, el telefonisto, el gasisto, el trompetisto, el techisto, el maquinisto, el electricisto, el astronauto, el atleto, el ciclisto, el guitarristo, el psiquiatro, el futbolisto, el alpinisto, el oculisto... y el policío del esquino... y, sobre todos... ¡el machisto!”

13 mayo 2009

Los melones


Apenas había comenzado el verano. Iba dando un paseo aprovechando el fresco de la mañana. Le vi de lejos. Era inconfundible, aunque ya se le notase algo encorvado y torcido hacia un lado. Necesitaba garrota, pero seguía andando con ganas, aunque le costaba el hacerlo y lo hacía a trompicones, como a impulsos.
Hay que ver, el que tuvo retuvo, pensé para mí. Noté, según se acercaba, que si no le llamaba la atención no me iba a distinguir. Pensé en cómo pasa el tiempo y cómo aquel zorro sobre dos patas, que localizaba la liebre encamada entre los terrones por el tenue vaho que soltaba en las heladas de enero, era posible que ahora pasara junto a mí sin conocerme. Me pareció también que la mente, que no envejece como el resto del cuerpo, nos engaña siempre con la ilusión de que seguimos siendo quienes fuimos. Y me di cuenta de que, ilusoriamente, estaba viendo lo que pasó hace más de treinta años como un recuerdo de hace unos pocos meses. Me asombré de la sarta de imágenes distorsionadas que me pasaron por la cabeza en unos segundos.
Decididamente la mente actúa siempre a nuestro favor, es partidaria nuestra, casi como un amigo, o mejor, como si fuera nuestra madre y siempre, e invariablemente, nos encontrara bien, sanos y fuertes. Son los demás los que nos ven y nos miden y se dan cuenta de cómo somos realmente, de cómo estamos. Nosotros, testigos a nuestra vez de los demás, no lo somos para el caso propio. Vernos cada día en el espejo nos impide ver nuestros cambios. Los demás y, sobre todo, los que no nos han visto en años son quienes nos ven como realmente estamos.
Ya lo tengo casi encima. Por un par de segundos estoy por no decirle nada y dejarle pasar. Hay veces que te da pena parar a las personas y preguntarles y, sin mala intención, si no te ven, las dejas pasar. Luego pensé en qué es lo que me dolería más, no saludarle o que él se diese cuenta de que no le quise saludar. Y ya lo tuve claro.
- ¡Me pegue usté si tie clase, mi sargento! –le imité, recordando algún episodio de su vida que él, con seguridad, no habría olvidado.
Se para en seco, se gira y se fija en mi bulto. No duda.
- Papo, Sarvi.
- ¿Cómo estás, Colás?
- Pues chico, mal, pero acostumbrao. Cada día veo menos. Si no me llegas a llamar la atención no te había conocido. Pero bueno, nunca peor. La que anda jodiamente es la andaluza. Ya sabes, con eso que tiene de que el corazón lo tiene grande y se lo oprime la caja del pecho… Sí, no anda bien.
- Ya.
- Por cierto, que el otro día me alcordé de ti. Sí.
- ¿Y eso?
- Pues na, que tengo en el pueblo una hermosura de melones que no veas. ¡Cómo han salido este año! Eso es miel pura. No sale calabacero ni uno, ¡coño, los ties que probar, y ya me dirás! No veas cosa mejor. Sí.
- Bueno, hombre. Pues que te aprovechen. No sabía yo que andabas ahora, a tus años, tan ocupado con la agricultura.
- Mia, si ya no valgo. Lo más que hago es poner cuatro patatas en el huerto, dos surcos de tomates y, luego ya este año que, como te digo, el resto lo puse de melones. Y, no veas cómo han salido. Increíble, de verdá te lo digo. Sí.
- Bueno, hombre, me alegro. ¿Y por qué te acordaste de mí?
- Papo, a poco se me olvida. Pues porque ya sabes como son mis chicas. Tanto la una como la otra. Les dije de subir con su coche, para bajarnos los melones en unos cuantos viajes, y no veas cómo se pusieron conmigo. Que si ellas no enguarran sus coches, que si sus coches no son pa esos trajines, que si no las voy a tener que subo y que bajo… ya sabes, Sarvi, como es la gente joven… Y sí, entonces fue cuando me alcordé de ti. Papo, pero si el Sarvi tiene una furgoneta. Porque, ¿la tienes aún, no? Y me dije que, si no te viniera mal, en un solo viaje nos bajábamos to la cosecha de melones… Pero, claro, como ya no nos vemos tanto como antes, me dije: ¿Y cuándo le pillo yo a éste? Hasta que zas, de manos a boca, me topo hoy contigo. ¿Qué me dices?
- Bueno, hombre, dame unos días para que quite los trastos de la furgoneta y que ponga cuatro trapos para que no se ensucie y, si quieres, el domingo de la semana que viene voy a buscarte a tu casa y nos subimos a por ellos.
- Muchas gracias, hombre, no te pesará. Lo único es que tendremos que subir bien temprano. En cuanto amanezca casi, porque ese día viene la hermana de la andaluza y tengo que estar a escape en casa.
- Como quieras. No será la primera vez que madruguemos juntos –dije, pensando que tal vez sí que pudiera ser la última.
- Ya lo creo, tú también te alcuerdas, ¿eh? Pero bueno, a lo que estamos. En eso quedamos.
- Vale, ya te llamo yo un par de días antes. Y, si acaso se me pasa, me llamas tú que todavía vengo en la guía.
- Muchas gracias, Sarvi. No sabes cuanto te lo agradezgo.
Me voy pensando que este hombre no para. Mira que tener aún energías para sembrar un huerto. Pienso también que si sus hijas, las dos ya casadas, le hicieran caso, con lo cencerro que es, las tendría liadas todos los días. Bueno, echaré una mañana ayudándole, seguro que me cuenta alguna historia. Pienso luego que ya es difícil que me cuente alguna nueva, porque sus andanzas me son del todo conocidas. En todo caso pasaremos un buen rato.
Una mañana al cabo de unos días, estando a punto de llamar al Colás, topé por casualidad con un amigo de su pueblo.
- ¡Hombre, Luis, qué es de tu vida!
- Pues como siempre, solo que ahora ando trabajando en Azuqueca. Como ya no subes por el pueblo, no nos vemos. Súbete algún domingo, todavía mantengo la bodega.
- Pues casualmente voy a subir este domingo, pero no voy a tener tiempo.
- ¿Y eso?
- Porque subo un momento solamente. Voy con el Colás, a recoger con la furgoneta los melones de su huerto para bajarlos a su casa, a Guadalajara.
- ¿Los melones del Colás? ¿Del Heradio dices, el primo del Quevedo y del Chindi?
- Claro, hombre, el Colás, el de toda la vida.
- ¡Pero si el Colás no tiene huerto!
- ¡No me jodas!
Hablé con Luis de cuatro cosas intrascendentes. En cuanto nos despedimos llegué a la conclusión de siempre: no cambia este cabrón. Igual que cuando se quedó con el hurón que le dejaron diciendo que lo había perdido, igual que con la perra, igual que cuando me metió a cazar en lo de la marquesa jurándome por sus hijas que estaba libre, igual que cuando decía que era mejor ir a lo libre atravesando cotos por caminos para, luego, tirar desde el coche a las perdices, igual que las tantas veces que habíamos tenido que salir por patas…
Y lo peor de todo es que luego se descojonaba:
- Pero, ¡cómo podéis ser tan gelipollas los que habéis estudiao! ¡Ay, madre mía, qué penita tan grande, no tenemos na en casa con este hijo!
No le llamé. Él tampoco. Seguro que se figuró que me había enterado. Jamás me ha vuelto a hablar de los melones. Seguro que, si un día le pregunto, me lo niega. Raza. Sí.

12 mayo 2009

Los recepcionistas


Cuando Lázaro llegó a la recepción aquella mañana ordenó todo y enseguida se puso a contestar a los clientes que llamaban a la centralita, apenas se despertaban, pidiendo el desayuno en la habitación. Lo hacía habitualmente. A los veinte minutos llegó Joan. Llegaba bien vestido y pulcro, como siempre, adormilado y lento, pero recién duchado como siempre, aturdido aún por la juerga y los excesos de la noche anterior y con los ojos irritados por el alcohol y con el paso cansino, titubeante y perezoso, como siempre en las mañanas de resaca, que eran casi todas. Se sentó en la silla giratoria de detrás del mostrador de recepción y dijo:
- Lázaro… -y añadió sin fuerzas, como desmadejado- Buenos días, hombre –y después largó un interminable bostezo sin pudor alguno.
- Buenos días, Joan.
Lázaro conocía ya la rutina de todas las mañanas. Se acercó al asiento de Joan, tomó el gotero de colirio que estaba bajo el mostrador de recepción y, como siempre, le puso un par de gotas de disolución en cada ojo después de que Joan, con el mismo gesto de todas las mañanas, echara maquinalmente la cabeza hacia atrás.
- ¡Uf!, qué descanso.
- ¿Mejor?
- Estoy muerto, apenas hace dos horas que me he acostado.
- Lo creo –contestó Lázaro dejando patente que, su aspecto, no dejaba lugar a dudas.
Joan tenía veinticinco años y era guapo, aunque estaba un poco, bueno, algo más que un poco, gordo. No había sido buen estudiante. El señor Agustí, desde que Joan valió, lo puso a trabajar en el hotel. A Joan el negocio le gustaba. Había recorrido todas las escalas del trabajo que se ofrecía en la casa, empezando por abajo. Fue primeramente pinche de cocina con el chef Reina, toda una prueba. Había trabajado en la limpieza ayudando a su madre y a su hermana. En el abastecimiento con el señor Agustí, su padre. Más tarde, de botones y, cuando ya se hubo curtido un poco en el trato con la gente, su padre, para ver si valía, le puso en la recepción. Durante los inviernos le había hecho viajar y estudiar idiomas, para lo que Joan, a pesar de su poca afición al estudio, mostró muy buena disposición. Al fin encontró en el hotel el trabajo adecuado, su puesto: recepcionista. Joan era una persona simpática, expansiva, muy amable y sociable y, con su dominio del alemán y del francés, no le faltaban ocasiones para lucirse ante los clientes y proporcionarles todo cuando desearan, aparte de darles conversación, cosa que, por intrascendente que parezca, era cualidad imprescindible y meritoria en un recepcionista que se preciara. Lógicamente, tampoco le faltaban recursos para salir con aquellas chicas alegres y desinhibidas que frecuentaban el hotel continuamente y como, por otro lado, la edad le acompañaba y el dinero no le faltaba, adquirió Joan esa costumbre tan asequible para él, por otra parte.
Esa era la causa principal de sus dolorosas llegadas matutinas al trabajo: las noches en blanco con sus amistades femeninas.
A Joan le caía Lázaro muy bien y, por su poca diferencia de edad, ambos enseguida congeniaron y se tuvieron ley. Si Lázaro se metía en algún apuro, allí estaba Joan para resolverlo con su simpatía y su don de lenguas. Si Joan se ausentaba de la recepción, por alguna indisposición transitoria derivada de sus devaneos nocturnos, ahí estaba Lázaro para hacer que su falta no se notara y para cubrirle las espaldas ante el señor Agustí o cualquiera de los otros jefes que indagaran por su falta.
- Tú siempre estás como nuevo, Lázaro.
- Es que yo no puedo estar por ahí todas las noches como tú. Así que, como hay que madrugar, me acuesto a las doce o poco más. Puede decirse que estoy así por imperativo laboral –bromeaba Lázaro.
- Venga, va. Vente esta noche. Pago yo. Que me hace duelo que lleves tanto tiempo sin salir. ¿Es que no piensas más que en trabajar?
- No, no puedes estar pagando cada día y yo no me puedo permitir llevar tu vida y, mucho menos, acostumbrarme. ¡Coño, Joan!, que soy el conserje y no el hijo del jefe.
- Qué estricto eres, hombre. Yo había pensado en llevarnos a cenar al Dorado a Anne y Katia y a la vuelta parar por ahí en alguna calita…
- Haz el favor de no tentarme, que yo he venido a lo que vine, Joan.
- Vale tío, pero, en el mientras tanto, te podías llevar algo por delante. Tú te lo pierdes, por gilipollas.

A eso de las diez de la mañana solía llegar Artur a la recepción. Entonces Joan, apenas su cuñado llegaba, se iba a desayunar al bar. Enseguida notó Lázaro que Joan y Artur mantenían alguna distancia, pese a su aparente familiaridad. Ambos guardaban las formas, pero Lázaro no podía entender que Joan tuviera más familiaridad y confianzas con él que con su cuñado. Julia, la hermana de Joan, era mayor que él y su marido, Artur, andaría por los treinta y pico. Cuando Artur ocupaba el puesto de Joan en recepción, Lázaro ya no se permitía ninguna broma ni confianza y, menos aún, el compadreo que, con Joan, solía tener. Estando Artur presente, aquello era otra cosa.
Un día, el señor Agustí, al que de vez en cuando le gustaba conversar con Lázaro, le dijo orgullosamente que su yerno era un gran fotógrafo y que gran parte de las postales que se vendían en Canut de Mar eran suyas y que con eso, aunque no lo pareciera, tenía un negocio saneado paralelo a su trabajo. Pero, por otro lado, Estanis, el veterano jefe de barra, le contó otro día, tomando una cerveza, que el Artur había engatusado a la Julia y que, de ser un mindundi que andaba por ahí haciendo fotos a los extranjeros y trapicheos varios, había pasado a ser uno de los copropietarios del hotel por eso que se conocía vulgarmente en la Península Ibérica como el derecho de bragueta, o sea, el braguetazo. Lázaro, al paso de las semanas y entre unas cosas y otras, se fue haciendo una idea del asunto.
Artur, rara vez se dirigía a él. Prácticamente sólo lo hacía algunas pocas veces para decirle:
- Lázaro, tengo que dejarte solo en recepción. Si hay algún problema o si mi mujer pregunta por mí, estoy en la habitación 205. Sólo tienes que meter la clavija en ese número y darle un par de vueltas a la manivela del teléfono. Estaré aquí enseguida, pero que quede entre nosotros.
- Sí, señor.
Al principio Lázaro pensaba que Artur se ausentaba por algunas obligaciones ligadas a su trabajo de recepcionista. Mas, por un lado, al ser sus ausencias siempre visitas a las habitaciones y, por otro, al ver la cara que se le ponía a la señora Julia cada vez que no localizaba a su marido, Lázaro empezó a tenerlo claro. Además, la inusitada celeridad con que Artur se presentaba después de sus avisos telefónicos, no hizo más que confirmarle que Artur, además de cuidar el huerto al que estaba ligado por el derecho catalán, ponía prestancia en el cuidado de cuantos otros se presentaban, fueran de quien fueran, con encomiable dedicación, entusiasmo y cuidado.
Y Lázaro, en lo referente a este asunto, se juró discreción. Sin embargo, se percató de tres cosas: que los suegros de Artur nada sospechaban y, por el contrario, tenían a su yerno en la más alta consideración y estima; que su mujer, la señora Julia, estaba muy mosca y recelosa con él siempre; y que Joan lo tenía todo tan claro como él, pero callaba porque no quería disgustar a su hermana con semejante rasgón en el alma, ni a sus padres con una decepción tan dolorosa como inesperada.
Enseguida llegó a la conclusión de que por eso Joan no tragaba al tal Artur de ninguna manera, ni por la cornamenta perenne que a su hermana le tenía puesta, ni por su afán en renovársela cada vez que la ocasión se lo permitía.
Sin embargo, era tal la naturaleza, el cinismo y la taimada forma de ser que Artur tenía que, simplemente por su condición de hombres, pesaba que Joan y Lázaro debían ser cómplices forzosos de sus devaneos. Y así no se sentía con ellos obligado a disimulo alguno, antes bien, les consideraba comprometidos a guardarle las espaldas en sus constantes traiciones a Julia. Y eso a Joan hacía que se le llevaran los demonios.
No era esto ningún secreto compartido entre Joan y Lázaro pero ambos sabían que lo sabía el otro y también que, en el hotel, nadie más estaba al tanto de tales asuntos. La única persona torturada y perseguida permanentemente por las sospechas era Julia, a la que daba pena el engañar tantas veces cuando, desasosegada, indagaba por los pasillos del hotel las desapariciones fortuitas e inesperadas de su marido. La verdad podía ser como una bomba que, al estallar, les alcanzase a todos y así, cada uno por sus motivos, la evitaba.

08 mayo 2009

¡Dices tú de setas!


Iba cogiendo setas. No había muchas. Pero el Colás me mosqueaba porque se agachaba tres o cuatro veces más que yo.
- Joder, qué vista tienes, Colás
- Qué hay que estar a lo que se está, qué vete tú a saber lo que irás tú pensando, qué estás en una edad muy mala.
- ¡Qué coño voy a pensar! En coger setas. Pero yo llevo cuatro de ellas y tú medio talego. A ver si me dices cómo te las arreglas.
Al cabo de un rato dice el Colás:
- ¿Echamos un pajandini?
- Todavía no sabes que me quité del tabaco.
- Anda, ¡no jodas!, pero hará poco.
- Igual más de diez años.
- Pero, ¿qué dices tú? ¿A ver si me la vas a zampar ahora, pero bien gorda?
- Que sí, hombre, que ya los ha hecho.
- Pero si la última vez que fuimos a cazar a lo de Yebes nos echábamos un pajandini cada tres por dos.
- Pero, Colás, ¿y cuántos años lleva ya Yebes acotado?
- Coño, pues es verdá.
Aproveché para echar una ojeada al interior del talego del Colás. Y setas llevar, llevaba, pero de cardo las menos.
- Pero, Colás, qué me ibas mosqueando y resulta que tú coges to lo que pillas, macho.
- Anda, ahí las vas a dejar.
- Pero, Colás, ¡qué te vas a envenenar, gilipollas!
- Buah, ¡dices tú de setas!, tú qué sabes, cuando la guerra nos comíamos to, las setas revueltas con huevos de burraca y de graja y frito to con sebo, y tú qué sabes lo rico que nos sabía todo.
- ¡Venga, Colás, no me cuentes bolas!
- Claro que, debía decir Dios, ¡déjales a esos pobrecillos que ya tienen bastante con lo que tienen! Oye, y nos sentaban de puta madre.
Viendo que la cosecha de setas no iba a dar mucho de sí le dije:
- Te convido a almorzar en lo de la vega o en la Fuensanta, Colás. Si te apetece, claro.
- ¡Ole tus cojones, Sarvi! ¡Pero papo, no me ha de apetecer! Pero no me jodas, que si me apetece… Vámonos, pero ya. No te tenías que morir nunca, Sarvi… to la vida enfermo…
Pero serás cabrón, pensé para mí.

07 mayo 2009

Canut de Mar


Una noche decidió ir a Canut de Mar. Puso unos billetes en su cartera y, a las once sin decirle nada a nadie, tomó la carretera adelante y caminando entre aquel tráfico de locos se fue andando a Canut.
Su caminata, a aquellas horas y por la cuneta, era un peligro por la intensidad del tráfico, por el estado en que la gente conducía y por la poca visibilidad.
La entrada de Canut de Mar estaba sembrada de discotecas con grandes aparcamientos. Desde fuera se oía la música atronadora y, como reclamo, se veían las siluetas insinuantes de las gogós bailando encerradas en jaulas elevadas sobre las varias pistas de muchos locales, como si hubieran de estar protegidas del salvajismo de las turbas que bramaban a sus pies, hambrientas de alcohol, sexo y drogas.
Las calles del pueblo estaban tomadas por multitudes de turistas enajenados, que parecían moverse en oleadas, con los atuendos más variados, predominando en todos un fondo de carne desnuda. Iban en grupos y generalmente bastante bebidos. A veces paraban a los coches que, a riesgo de atropellarles, se veían obligados a detenerse. Se subían por encima de ellos o, entre unos cuantos, los cogían en vilo, con el susto de sus ocupantes. Orinaban ostentosamente en plena calle y, a veces, sobre los mismos vehículos. Otros, incapaces de orientarse y volver a su hotel, dormían en la playa en el sitio donde la borrachera o la intoxicación les hacía caer como marionetas descordadas.
Buscó algún lugar donde comer algo decente, pero sólo encontró locales de comida basura: hamburguesas, perritos calientes y patatas fritas, todo con Ketchup y mostaza. Además a unos precios desproporcionados para aquella bazofia grasienta.
En las discotecas, a guisa de entrada y una vez que la gente había pagado, les ponían un sello en el antebrazo como si fueran reses a las que se marcara, menos mal que con tinta y no con fuego. Lo curioso es que todo eso a nadie parecía importarle y todo el mundo entraba en aquellos tugurios pagando precios astronómicos por una entrada que incluía una consumición, garrafón puro o cerveza, que dentro les servían como el que les da de beber a las ovejas. Era un comportamiento gregario, de auténticas manadas que, envueltas en aquel ambiente, se acercaban al éxtasis por el atontamiento causado por lo que tomaban y la pérdida de identidad así lograda. Luego estaba la música atronadora y las luces deslumbrantes dentro de la oscuridad de aquellas cavernas artificiales y todo ello era como el manto que lo envolvía todo
Observó Lázaro los usos de aquellas multitudes de extranjeros y cómo los varones se acercaban a las chicas, dentro de las discotecas, y simplemente decían:
- Dancing?
Ellas se iban con ellos a bailar a la pista y allí se dejaban abrazar y sobar como si, en lugar de ser extraños un minuto antes, fuesen amantes de toda la vida. Algunas parejas daban en la pista verdaderos espectáculos obscenos por los efectos del alcohol u otras drogas y otras, calientes pero conservando algo de pudor, se marchaban a la oscura playa para terminar discretamente y a sus anchas lo iniciado públicamente en la pista.
Lázaro decidió probar fortuna y abordó a varias extranjeras utilizando la mágica palabra:
- Dancing?
Pero, tras una rápida mirada por parte de ellas, fue rápidamente rechazado en todas las ocasiones. Lo que para todos parecía sencillo para él resultaba imposible. Parecía como si fuera de otra raza a los ojos de aquellas chicas rubicundas, de rosadas mejillas, que se comunicaban en lenguas que él no comprendía en absoluto. Como su desdén le pareció insoportable se alejó a un lugar discreto, escarmentado y humillado por tanto desprecio. Sentado en un taburete, que encontró de milagro, se dedicó a observar la pista mientras lentamente apuraba su cerveza. Pensaba que era normal que le rechazaran e, instintivamente, buscó con la mirada alguien de su pinta bailando en la pista. Casi todos, chicos y chicas, tenían idéntico pelaje nórdico y, además, su forma de vestir nada tenía que ver con la suya, ibéricamente discreta, de pantalón largo y camiseta de manga corta. Pero con gran esfuerzo distinguió un muchacho moreno, desconocido, pero que curiosamente tenía un cierto aire familiar. El chico, entre aquella masa, se movía frenéticamente emparejado con una joven rubia. Ella, embutida en un short del que se le salía casi media nalga por cada lado y con una especie de mini chaleco que a duras penas sujetaba el bamboleo de sus gruesas tetas, se movía junto al chico, arriba y abajo, con un ritmo acompasado al de él. Iba la chica, lo mismo que su compañero, tocada con un sombrero tejano que le sujetaba su media melena rubia e impedía que el pelo le tapara la cara. Una normanda más. Se centró después Lázaro en el chico. Llevaba unos pantalones ceñidos de cuero marrón con flecos de un dedo de largo a lo largo de las costuras laterales de las perneras. Ceñía su cintura un grueso cinturón de cuero con una hebilla enorme y ovalada sobre el ombligo. Bajo la chaqueta no llevaba nada y ésta era muy corta, a juego con el pantalón, y a lo largo de todos sus bordes le colgaban flecos similares si bien algo más largos. De su cuello pendía una cadena gruesa de plata y también un colgante de hilo de cuero del que un disco grande y plateado pendía y oscilaba al ritmo de su movimiento.
Lázaro no podía apartar los ojos de la pareja pues, siendo ella una nórdica del montón, el chico le sonaba cada vez más familiar. Fue entonces cuando cambiaron la música estridente por algo lento y la pareja se abrazó para empezar a comerse mutuamente. Para facilitar la labor dejaron caer sus sombreros a la espalda y Lázaro descubrió el pelo negro y largo del muchacho. Al cabo de un rato el chico tomó a la chica de la mano y salieron de la pista. Por la dirección que tomaron iban hacia la salida, con intenciones evidentes para cualquier observador, y debían pasar junto a Lázaro.
Fue entonces, al pasar a su lado, cuando se dio cuenta. Casi se tuvo que frotar los ojos para creer lo que veía. Era Blasco el camarero del hotel, su conocido de La Fambra, el que le había dado la dirección para buscar el trabajo en Canut de Mar. Blasco le localizó también y al pasar a su lado le hizo una mueca discreta y, echando una mirada significativa al culo de la rubia que llevaba delante, le guiñó un ojo. Lázaro jamás habría imaginado que Blasco fuera capaz de ponerse aquel disfraz, pero así era. Lo que no había duda es que andar por ahí con aquellas pintas le había funcionado bien aquella noche y, por lo que supo después, el look aquel de cow-boy despechugado le funcionaba de continuo.
Cuando Lázaro, al día siguiente, se tropezó con él en el hotel, le preguntó que cómo es que se disfrazaba de aquella guisa, Blasco le contestó sin pensarlo un segundo:
- Mira, Lázaro, me importa un güevo lo que pienses. Yo sólo sé que esto es bueno para las niñas estas. A las normandas tetudas que vienen a Canut de Mar les encanta eso. Vienen buscando exotismo y yo, además de cariño, se lo doy todo. No seré yo quien les defraude ¿Comprendes?
In-A-Gadda-Da-Vida de los Iron Butterfly, con aquella letra sin significado, sonaba en aquellos tugurios con el mismo misterio y violencia con que aquellos extranjeros se comportaban y todos hacían cosas, vestían de formas y actuaban de modos que no eran comprensibles ni tenían tampoco ningún significado pero que, por lo visto, subyugaban a los demás. Blasco lo había entendido a la primera. Lázaro tenía la cabeza algo más dura.

06 mayo 2009

El trabajo dignifica


El trabajo en el hotel le sorprendió por su simplicidad y su dureza. Cada día empezaba a las ocho, lo que implicaba levantarse a las siete para asearse y desayunar. Tenía una hora para comer a mediodía; a media tarde, treinta minutos para merendar y, a la caída del sol, otra hora para cenar. Todo ello bajo la coordinación de Joan o Artur para que no quedase la recepción desatendida. Enseguida notó que, si no consumía esos tiempos por entero, los jefes estaban más contentos y le miraban con creciente simpatía. Y así, bajo esa presión invisible que se trasmite con el gesto y la mirada, procuraba Lázaro tener contentos a los jefes, aunque la satisfacción ajena pesara sobre las costillas propias.
Solía terminar hacia las once pero jamás se marchaba antes de que doña Julia dijera que lo hiciera. Era una norma de cortesía que alguien le había sugerido respetar pues, en caso contrario, hubiera parecido a doña Julia una desatención desafiante su comportamiento.
Tantas horas pendiente de los clientes y de los jefes, solícito a todas sus peticiones, atento a cualquier detalle y moviendo bultos y maletas, se hacía agotador. Además, prácticamente todo el tiempo, debía estar de pie. Según los jefes, no trasmitía buena sensación ver a un conserje sentado y no digamos ya fumando, sobre todo, mientras atendía a los clientes.
Los sábados y domingos trabajaba con idéntico horario, pues en la temporada no se diferenciaban los días laborables de los festivos, y todo su tiempo semanal de libranza, más que un descanso, era sólo un pequeño paréntesis laboral: los jueves desde las 3 a las 7 de la tarde. Por tanto, sin exagerar, hacía dos turnos de trabajo por el precio de uno. Así fue comprendiendo de qué manera Cataluña era el paraíso prometido para los que querían trabajar y, en ese aspecto, colmadas se verían siempre las expectativas de cualquiera que al trabajo quisiera dedicar su vida. Aunque también fuera madurando en él la idea de que quizás no lo fuera para los que, además, quisieran vivir también a ratos. El único consuelo, que servía de compensación a tanto esfuerzo, eran las espléndidas propinas que los despreocupados clientes dejaban. Éstos, ignorantes del coste de la vida en España, daban propinas europeas. Éstas llegaron a ser, algunas veces, equivalentes a la décima parte de su salario mensual. La primera vez que eso ocurrió a Lázaro se le pusieron los ojos como platos.
No se dolía de la fatiga del trabajo. Al contario, pensaba que: por un lado estaba alojado y mantenido, por otro le pagaban un sueldo, eso sí, bajo, pero, por otra parte, estaba situado donde había, es decir, en medio de aquellos clientes procedentes de la ubérrima Europa. Clientes que solían sorprenderle al marchar con un billete de banco en lugar de con esa triste moneda que los nacionales dejaban, y eso, si se veían muy comprometidos. Afortunadamente en el hotel no había españoles de ordinario y, durante la temporada que Lázaro trabajó en él, sólo en dos ocasiones hubo habitaciones ocupadas por éstos.
La tarde de los jueves Lázaro salía disparado hacia la cala Mamilla, apenas a un cuarto de hora del hotel. Era un lugar donde no se podía ir más que andando y que, por tanto, solía estar vacía o muy poco concurrida. Allí se bañaba, nadaba un rato en las profundas aguas y después se fumaba un habano Balmoral tumbado al sol en su toalla y, medio adormecido, se veía triunfando, orgulloso de sí mismo, volviendo a su casa con una pequeña fortuna en el bolsillo. También recordaba a su abuelo, el de los cuentos del río y del mar. Y viéndose frente a aquel mar hermoso, que chocaba contra las rocas de los acantilados, le parecía que su vida iba desembocando en algo útil. Pensó también que estaba solo pero su soledad se veía atenuada, aunque él no lo sabía todavía, por las fuerzas que la juventud tiene y que además concibe como imperecederas. ¡Qué más daba estar solo, él podía con todo!
Lo de los Balmoral era un placer que se daba las tardes de los jueves gracias un cliente alemán que comenzó a regalárselos. Él adquirió la costumbre de fumarlos ya siempre, mientras duró su estancia en el hotel Casals, aunque para adquirirlos se valiera de distintas triquiñuelas y nunca del dinero. El señor Agustí, dicho sea de paso, fumaba también habanos Balmoral y de otras marcas y a Lázaro le vino bien la coincidencia para no tener que dejar aquel vicio, desproporcionado para sus posibles.
Algunas veces por el cansancio acumulado se quedaba dormido en la misma Mamilla y, al despertar, miraba sobresaltado al reloj y salía precipitadamente hacia el hotel pues había de cambiarse, ponerse el uniforme y estar a las siete en punto en su puesto. Entre ir y volver y estar alerta, para no dormirse, no le permitían las cuatro horas relajarse mucho y aquel efímero descanso, del que disfrutaba los jueves, se desvanecía tan rápido como el humo del puro en la brisa del mar.
Con el paso de las semanas, el cansancio acumulado, el calor y la humedad reinante, a la que Lázaro no estaba acostumbrado, perdió el apetito. Al llegar la hora de la comida prefería darse una ducha tumbado en la bañera, con las piernas levantadas, antes que ir al comedor. Así conseguía que el agua, cayendo con fuerza en las plantas de los pies, le calmara el cansancio acumulado y que las piernas se le descargaran. Luego se tumbaba en la cama y, por el descanso, perdonaba la comida. La cena, próxima ya la hora de plegar, como decían los catalanes, solía hacerla mejor o, al menos, hacerla. Después, cuando recibía licencia para retirarse, se pasaba por el bar, compraba dos cervezas y se marchaba a tomarlas a su habitación mientras escribía a su casa cartas tranquilizadoras. Le hubiera gustado tomar las cervezas en el bar, sentado y en sociedad, pero a los dueños del hotel no les gustaba que el servicio se codease con la clientela y, a cambio de que no lo hicieran, les cobraban a precio bajo las cervezas. Pero, ¡aire!, a tomarlas al bohío. Debía ser que el trabajo no dignificaba al hombre, como algunos sostienen, hasta el punto de hacerle merecedor siquiera de la compañía de sus semejantes. Aunque, bien mirado, aquellos extranjeros poca o ninguna semejanza tenían con la gente que servía en el hotel.
Cuando veían llegar a Lázaro, casi a las once y media, las chicas del servicio y el resto de camareros fuera de servicio le tomaban el pelo por la vida de trabajo y aislamiento que llevaba. Solían estos tomar el fresco en la parte de atrás del hotel en una especie de patio que había entre éste y el pabellón de las habitaciones del servicio. Lázaro callaba, soportaba las bromas y se subía, imperturbable, a escribir a su modesta habitación. Luego una ducha y caía rendido. Así día tras día.

05 mayo 2009

Tres perdices


- Dice la abuela que, un día que se te dé bien, quiere que le traigas tres perdices. Que hace mucho que no guisa caza y quiere que sus nietos de la capital caten su estofado de perdiz antes de que se muera.
Al cabo de un par de semanas, un día que tuve suerte, le llevé las perdices. Se puso muy contenta. Me convidó a café y copa. Habló mucho rato. Me estuvo contando que ella, de siempre, había tenido en su pueblo dos ollas de escabechado: la una con perdiz y la otra con liebre. Que el escabechado era la mejor forma de conservar la caza pero que, según ella había aprendido de su madre, no había que echarle los ajos en la olla porque, hijo, digan lo que digan ahora, el ajo corrompe. Que luego ya, al quedarse sola y venirse del pueblo a la ciudad a vivir con su hija, como además no salió nadie cazador en la familia, pues que dejó de hacerlo. Pero que, como mano, había tenido muy buena mano para guisar la caza y también, aunque eso era ya otra cosa, para preparar la matanza. Qué menudo avío les hacían, en tiempos, las dos cosas. Por eso, como me han dicho que a ti te gusta, le dije a la chica que te encargara las perdices, que como tú cazas en el pueblo me traerías perdices de las de toda la vida, que vete tú a saber lo que te venden hoy en día en el mercado. Éstas, como sólo son tres, no vale la pena escabecharlas por el mucho aceite que se gasta. Así que las voy a estofar, que también me salen muy buenas.
A la que me iba, cuando ya casi estábamos en la puerta, me retuvo suavemente del brazo. Sacó un monedero negro de esos que se cierran con dos bolitas que presionan entre sí y, con mucha ceremonia y seriedad, sacó tres pesetas, una tras de otra, y las puso sobre la mesita del recibidor.
Enseguida noté que la abuela se había trasladado, aquella tarde al menos, a vivir en otros tiempos, a aquéllos en que ella gobernaba su casa.
- ¿Te parece bien así, hijo mío?
- Pues claro, abuela. ¿No me ha de parecer?
- Pues eso es lo que yo quiero, que seamos todos conformes.
Cogí las tres rubias y, dando las gracias, me las eché al bolsillo. Con una sonrisa en los labios me marché satisfecho. Pero también, según me alejaba, se apoderó de mi una mezcla extraña de nostalgia, tristeza y un pellizco de pena.

04 mayo 2009

El botones Senén


Fue con Senén, el botones, con quien Lázaro tuvo su primera relación de tipo laboral y, con ella, los primeros roces desagradables. Era Senén un muchacho extremeño, procedente de un pueblo enclavado en la dehesa, cuya hermana mayor trabajaba también en el hotel, y ambos lo hacían, porque su madre llevaba muchos años viniendo a trabajar la temporada, como allí le llamaban a junio más el verano más setiembre, y era muy apreciada por la señora Montse.
Senén era físicamente poquita cosa pero sumamente crecido en picardías, triquiñuelas y malas artes. Era como si su vida en la dehesa, con grandes fincas, infinidad de vacas, numerosas piaras y contados dueños, le hubiera afinado todos los sentidos para la supervivencia.
En los momentos de mucha afluencia Joan o Artur, el que más cerca estuviera, le hacían señas inequívocas a Lázaro de que ayudase al botones, de apariencia débil y falsamente aniñada, con las maletas y los equipajes de los clientes o en cualquier otra labor en la que Senén se viera desbordado o, sus jefes, pensaran que lo estaba.
Al botones aquella intromisión de Lázaro, si bien pedida por los jefes, no le gustaba en absoluto y, aunque no la aceptaba de buen grado, también le era imposible rechazarla. Así que, en la ejecución de aquellas ayudas, Lázaro siempre fue recibido por un Senén mal encarado, cerril y un punto agresivo.
Lázaro pensó, obsesionado como estaba por ganar dinero, que el botones consideraba que su intrusión en sus terrenos, sus maletas y sus ascensores, era para escamotearle las propinas. Y más de una vez tuvo que soportar de aquel mico cabrón, con carita de niño, codazos y empellones, propinados a escondidas, por no ponerse en evidencia ante los jefes replicándole con un bofetón a aquel enfurecido y agresivo crío con cara de angelito que le mostraba una aversión tan desproporcionada.
Poco a poco iría descubriendo Lázaro que, lo que a Senén le molestaba, era la presencia en sus dominios de cualquier otro miembro del personal del hotel. El botones sabía mil y una maneras de comprometer a los clientes, argucias para sacarles el dinero por cualquier motivo, modos de hacerse el necesario para lo más nimio y mil bromas mediante las que, aprovechándose de su aspecto, tocarles las tetas y el culo, como el que no quiere la cosa, a aquellas lozanas muchachas germanas y francesas. Sabía también dejar entreabiertas, sabiamente, determinadas ventanas fácilmente accesibles y, con meritoria habilidad y el más audaz descaro, espiar por ellas a las clientas mientras se desnudaban o cuando practicaban el sexo con sus acompañantes. Disfrutaba, aquel cuco Senén de la faz infantil, haciéndose unas tremendas pajas en las que no necesitaba imaginar nada, pues había convertido a aquel plantel de jóvenes fogosos de ambos sexos, normandos, galos y teutones, en sus actores favoritos de porno en directo. Lázaro llegó a la conclusión de que Senén no era menudo, ni aniñado, ni débil por naturaleza. Senén era un grandísimo vicioso que lo que estaba era encanijado por completo de pasarse los días, y seguro que parte de las noches, dándole sin parar a la zambomba.
A lo largo de los primeros días hubo de subir Lázaro numerosas veces a las distintas plantas con encargos variados y Senén, tan concentrado en lo suyo, no se percató algunas veces de cómo Lázaro le vio llevando a cabo estas sutiles maniobras. Y Lázaro se dijo que, si por azar en ellas le había sorprendido, cuántas más haría que él no alcanzase a imaginarse.
Tenía, sin embargo, el versátil botones un especial olfato para detectar la presencia de la señora Montse o de doña Julia, así como la de los otros miembros de aquella empresa familiar, y, si alguno aparecía, encontraban a Senén invariablemente ocupado, educado hasta la reverencia, respetuoso con los clientes, amabilísimo con las señoras, mostrando en todo tal educación y cortesía que nadie hubiera dicho, ni siquiera pensado, que aquel chico, tan proclive a muestras tan donosas y casi serviles, se hubiera criado en la dehesa. Hasta la señora Montse, viéndole tan esmirriado, le solía decir:
- Senén, hijo, baja de vez en cuando a la cocina y que te haga tu madre un bocadillo –porque le daba grima verle tan atoñado y como quebradizo.
- Muchas gracias, doña Montse, ya bajaré –le contestaba con adobada cortesía y con esa media sonrisa sumisa del buen pícaro.
Un día iba riendo con dos jóvenes clientas que subían a la habitación en bikini y le dejó caer, como por descuido, la llave de la habitación entre los pechos a una de ellas, para lanzarse rápidamente a cogerlas como si de un error se hubiese tratado. Lázaro pensó que aquella rubia atlética, que a Senén le sacaba más de cabeza y media, le iba a romper la carita de golfo a aquel macaco pero, para su sorpresa, la rubia se moría de risa mientras Senén, crecido por el humor propicio de la moza, le sobaba las tetas a conciencia. Luego Senén, recuperadas las llaves y habiendo tomado confianza, repitió el descuido con la otra y el resultado fue el mismo: risas y más risas. Y así, uno tras otro fue descubriendo sus muchos ardides y cómo a aquellos extranjeros les daba por reír todas las ocurrencias de aquel golfillo rijoso y descarado. Por supuesto Lázaro se guardó esas historias para él pues, mientras no se formase un escándalo y aún así a fuerza de fuerza, no le parecía correcto meterse en terrenos que no le tocaba conocer y menos controlar.