04 mayo 2009

El botones Senén


Fue con Senén, el botones, con quien Lázaro tuvo su primera relación de tipo laboral y, con ella, los primeros roces desagradables. Era Senén un muchacho extremeño, procedente de un pueblo enclavado en la dehesa, cuya hermana mayor trabajaba también en el hotel, y ambos lo hacían, porque su madre llevaba muchos años viniendo a trabajar la temporada, como allí le llamaban a junio más el verano más setiembre, y era muy apreciada por la señora Montse.
Senén era físicamente poquita cosa pero sumamente crecido en picardías, triquiñuelas y malas artes. Era como si su vida en la dehesa, con grandes fincas, infinidad de vacas, numerosas piaras y contados dueños, le hubiera afinado todos los sentidos para la supervivencia.
En los momentos de mucha afluencia Joan o Artur, el que más cerca estuviera, le hacían señas inequívocas a Lázaro de que ayudase al botones, de apariencia débil y falsamente aniñada, con las maletas y los equipajes de los clientes o en cualquier otra labor en la que Senén se viera desbordado o, sus jefes, pensaran que lo estaba.
Al botones aquella intromisión de Lázaro, si bien pedida por los jefes, no le gustaba en absoluto y, aunque no la aceptaba de buen grado, también le era imposible rechazarla. Así que, en la ejecución de aquellas ayudas, Lázaro siempre fue recibido por un Senén mal encarado, cerril y un punto agresivo.
Lázaro pensó, obsesionado como estaba por ganar dinero, que el botones consideraba que su intrusión en sus terrenos, sus maletas y sus ascensores, era para escamotearle las propinas. Y más de una vez tuvo que soportar de aquel mico cabrón, con carita de niño, codazos y empellones, propinados a escondidas, por no ponerse en evidencia ante los jefes replicándole con un bofetón a aquel enfurecido y agresivo crío con cara de angelito que le mostraba una aversión tan desproporcionada.
Poco a poco iría descubriendo Lázaro que, lo que a Senén le molestaba, era la presencia en sus dominios de cualquier otro miembro del personal del hotel. El botones sabía mil y una maneras de comprometer a los clientes, argucias para sacarles el dinero por cualquier motivo, modos de hacerse el necesario para lo más nimio y mil bromas mediante las que, aprovechándose de su aspecto, tocarles las tetas y el culo, como el que no quiere la cosa, a aquellas lozanas muchachas germanas y francesas. Sabía también dejar entreabiertas, sabiamente, determinadas ventanas fácilmente accesibles y, con meritoria habilidad y el más audaz descaro, espiar por ellas a las clientas mientras se desnudaban o cuando practicaban el sexo con sus acompañantes. Disfrutaba, aquel cuco Senén de la faz infantil, haciéndose unas tremendas pajas en las que no necesitaba imaginar nada, pues había convertido a aquel plantel de jóvenes fogosos de ambos sexos, normandos, galos y teutones, en sus actores favoritos de porno en directo. Lázaro llegó a la conclusión de que Senén no era menudo, ni aniñado, ni débil por naturaleza. Senén era un grandísimo vicioso que lo que estaba era encanijado por completo de pasarse los días, y seguro que parte de las noches, dándole sin parar a la zambomba.
A lo largo de los primeros días hubo de subir Lázaro numerosas veces a las distintas plantas con encargos variados y Senén, tan concentrado en lo suyo, no se percató algunas veces de cómo Lázaro le vio llevando a cabo estas sutiles maniobras. Y Lázaro se dijo que, si por azar en ellas le había sorprendido, cuántas más haría que él no alcanzase a imaginarse.
Tenía, sin embargo, el versátil botones un especial olfato para detectar la presencia de la señora Montse o de doña Julia, así como la de los otros miembros de aquella empresa familiar, y, si alguno aparecía, encontraban a Senén invariablemente ocupado, educado hasta la reverencia, respetuoso con los clientes, amabilísimo con las señoras, mostrando en todo tal educación y cortesía que nadie hubiera dicho, ni siquiera pensado, que aquel chico, tan proclive a muestras tan donosas y casi serviles, se hubiera criado en la dehesa. Hasta la señora Montse, viéndole tan esmirriado, le solía decir:
- Senén, hijo, baja de vez en cuando a la cocina y que te haga tu madre un bocadillo –porque le daba grima verle tan atoñado y como quebradizo.
- Muchas gracias, doña Montse, ya bajaré –le contestaba con adobada cortesía y con esa media sonrisa sumisa del buen pícaro.
Un día iba riendo con dos jóvenes clientas que subían a la habitación en bikini y le dejó caer, como por descuido, la llave de la habitación entre los pechos a una de ellas, para lanzarse rápidamente a cogerlas como si de un error se hubiese tratado. Lázaro pensó que aquella rubia atlética, que a Senén le sacaba más de cabeza y media, le iba a romper la carita de golfo a aquel macaco pero, para su sorpresa, la rubia se moría de risa mientras Senén, crecido por el humor propicio de la moza, le sobaba las tetas a conciencia. Luego Senén, recuperadas las llaves y habiendo tomado confianza, repitió el descuido con la otra y el resultado fue el mismo: risas y más risas. Y así, uno tras otro fue descubriendo sus muchos ardides y cómo a aquellos extranjeros les daba por reír todas las ocurrencias de aquel golfillo rijoso y descarado. Por supuesto Lázaro se guardó esas historias para él pues, mientras no se formase un escándalo y aún así a fuerza de fuerza, no le parecía correcto meterse en terrenos que no le tocaba conocer y menos controlar.

2 comentarios:

Piel de letras dijo...

"Dándole sin parar a la zambomba", ¿significa lo que creo que significa?
Jajajaja

Vaya fichita del mico ese.

Soros dijo...

Pues sí. A ese modo artesanal, por hacerse a mano, recurría el salido del botones para bajarse la calentura. Método, por otro lado, más viejo que mear.
Dicho todo con perdón.