13 mayo 2009

Los melones


Apenas había comenzado el verano. Iba dando un paseo aprovechando el fresco de la mañana. Le vi de lejos. Era inconfundible, aunque ya se le notase algo encorvado y torcido hacia un lado. Necesitaba garrota, pero seguía andando con ganas, aunque le costaba el hacerlo y lo hacía a trompicones, como a impulsos.
Hay que ver, el que tuvo retuvo, pensé para mí. Noté, según se acercaba, que si no le llamaba la atención no me iba a distinguir. Pensé en cómo pasa el tiempo y cómo aquel zorro sobre dos patas, que localizaba la liebre encamada entre los terrones por el tenue vaho que soltaba en las heladas de enero, era posible que ahora pasara junto a mí sin conocerme. Me pareció también que la mente, que no envejece como el resto del cuerpo, nos engaña siempre con la ilusión de que seguimos siendo quienes fuimos. Y me di cuenta de que, ilusoriamente, estaba viendo lo que pasó hace más de treinta años como un recuerdo de hace unos pocos meses. Me asombré de la sarta de imágenes distorsionadas que me pasaron por la cabeza en unos segundos.
Decididamente la mente actúa siempre a nuestro favor, es partidaria nuestra, casi como un amigo, o mejor, como si fuera nuestra madre y siempre, e invariablemente, nos encontrara bien, sanos y fuertes. Son los demás los que nos ven y nos miden y se dan cuenta de cómo somos realmente, de cómo estamos. Nosotros, testigos a nuestra vez de los demás, no lo somos para el caso propio. Vernos cada día en el espejo nos impide ver nuestros cambios. Los demás y, sobre todo, los que no nos han visto en años son quienes nos ven como realmente estamos.
Ya lo tengo casi encima. Por un par de segundos estoy por no decirle nada y dejarle pasar. Hay veces que te da pena parar a las personas y preguntarles y, sin mala intención, si no te ven, las dejas pasar. Luego pensé en qué es lo que me dolería más, no saludarle o que él se diese cuenta de que no le quise saludar. Y ya lo tuve claro.
- ¡Me pegue usté si tie clase, mi sargento! –le imité, recordando algún episodio de su vida que él, con seguridad, no habría olvidado.
Se para en seco, se gira y se fija en mi bulto. No duda.
- Papo, Sarvi.
- ¿Cómo estás, Colás?
- Pues chico, mal, pero acostumbrao. Cada día veo menos. Si no me llegas a llamar la atención no te había conocido. Pero bueno, nunca peor. La que anda jodiamente es la andaluza. Ya sabes, con eso que tiene de que el corazón lo tiene grande y se lo oprime la caja del pecho… Sí, no anda bien.
- Ya.
- Por cierto, que el otro día me alcordé de ti. Sí.
- ¿Y eso?
- Pues na, que tengo en el pueblo una hermosura de melones que no veas. ¡Cómo han salido este año! Eso es miel pura. No sale calabacero ni uno, ¡coño, los ties que probar, y ya me dirás! No veas cosa mejor. Sí.
- Bueno, hombre. Pues que te aprovechen. No sabía yo que andabas ahora, a tus años, tan ocupado con la agricultura.
- Mia, si ya no valgo. Lo más que hago es poner cuatro patatas en el huerto, dos surcos de tomates y, luego ya este año que, como te digo, el resto lo puse de melones. Y, no veas cómo han salido. Increíble, de verdá te lo digo. Sí.
- Bueno, hombre, me alegro. ¿Y por qué te acordaste de mí?
- Papo, a poco se me olvida. Pues porque ya sabes como son mis chicas. Tanto la una como la otra. Les dije de subir con su coche, para bajarnos los melones en unos cuantos viajes, y no veas cómo se pusieron conmigo. Que si ellas no enguarran sus coches, que si sus coches no son pa esos trajines, que si no las voy a tener que subo y que bajo… ya sabes, Sarvi, como es la gente joven… Y sí, entonces fue cuando me alcordé de ti. Papo, pero si el Sarvi tiene una furgoneta. Porque, ¿la tienes aún, no? Y me dije que, si no te viniera mal, en un solo viaje nos bajábamos to la cosecha de melones… Pero, claro, como ya no nos vemos tanto como antes, me dije: ¿Y cuándo le pillo yo a éste? Hasta que zas, de manos a boca, me topo hoy contigo. ¿Qué me dices?
- Bueno, hombre, dame unos días para que quite los trastos de la furgoneta y que ponga cuatro trapos para que no se ensucie y, si quieres, el domingo de la semana que viene voy a buscarte a tu casa y nos subimos a por ellos.
- Muchas gracias, hombre, no te pesará. Lo único es que tendremos que subir bien temprano. En cuanto amanezca casi, porque ese día viene la hermana de la andaluza y tengo que estar a escape en casa.
- Como quieras. No será la primera vez que madruguemos juntos –dije, pensando que tal vez sí que pudiera ser la última.
- Ya lo creo, tú también te alcuerdas, ¿eh? Pero bueno, a lo que estamos. En eso quedamos.
- Vale, ya te llamo yo un par de días antes. Y, si acaso se me pasa, me llamas tú que todavía vengo en la guía.
- Muchas gracias, Sarvi. No sabes cuanto te lo agradezgo.
Me voy pensando que este hombre no para. Mira que tener aún energías para sembrar un huerto. Pienso también que si sus hijas, las dos ya casadas, le hicieran caso, con lo cencerro que es, las tendría liadas todos los días. Bueno, echaré una mañana ayudándole, seguro que me cuenta alguna historia. Pienso luego que ya es difícil que me cuente alguna nueva, porque sus andanzas me son del todo conocidas. En todo caso pasaremos un buen rato.
Una mañana al cabo de unos días, estando a punto de llamar al Colás, topé por casualidad con un amigo de su pueblo.
- ¡Hombre, Luis, qué es de tu vida!
- Pues como siempre, solo que ahora ando trabajando en Azuqueca. Como ya no subes por el pueblo, no nos vemos. Súbete algún domingo, todavía mantengo la bodega.
- Pues casualmente voy a subir este domingo, pero no voy a tener tiempo.
- ¿Y eso?
- Porque subo un momento solamente. Voy con el Colás, a recoger con la furgoneta los melones de su huerto para bajarlos a su casa, a Guadalajara.
- ¿Los melones del Colás? ¿Del Heradio dices, el primo del Quevedo y del Chindi?
- Claro, hombre, el Colás, el de toda la vida.
- ¡Pero si el Colás no tiene huerto!
- ¡No me jodas!
Hablé con Luis de cuatro cosas intrascendentes. En cuanto nos despedimos llegué a la conclusión de siempre: no cambia este cabrón. Igual que cuando se quedó con el hurón que le dejaron diciendo que lo había perdido, igual que con la perra, igual que cuando me metió a cazar en lo de la marquesa jurándome por sus hijas que estaba libre, igual que cuando decía que era mejor ir a lo libre atravesando cotos por caminos para, luego, tirar desde el coche a las perdices, igual que las tantas veces que habíamos tenido que salir por patas…
Y lo peor de todo es que luego se descojonaba:
- Pero, ¡cómo podéis ser tan gelipollas los que habéis estudiao! ¡Ay, madre mía, qué penita tan grande, no tenemos na en casa con este hijo!
No le llamé. Él tampoco. Seguro que se figuró que me había enterado. Jamás me ha vuelto a hablar de los melones. Seguro que, si un día le pregunto, me lo niega. Raza. Sí.

4 comentarios:

Piel de letras dijo...

Me dio risilla este post. Los líos en que te metió tu amigo deben dar para mas de un post ¿cierto?

Tengo insomnio. Bueno, son las 4 de la mañana, poco mas. Pero estoy con el "ojo pelón" desde antes de las 3 a.m.

Mañana jueves es mi último día en activo. Me siento rara. No triste, solo rara.

Lan dijo...

La verdad es que me emociona oir a alguien decir que mañana es su último día en activo. Imagino el mío y me siento doblemente conmovido. Las cosas van llegando y, al pasarlas, nos sacan del alma el extracto de la melancolía porque sí, fuimos, pero ya jamás volveremos a ser quienes fuimos.
¡Qué te sea leve!
Enhorabuena.

Isidro dijo...

Este entrañable amigo tuyo me recuerda al "Carrasco" un compañero de la Bressel que me las "metia" tan gordas como verosimiles, vamos... como a ti el Colás.
La amistad con estos ilustres personajes no se debe perder de ninguna manera.
El que yo conozco,hilvanaba las historias mejor que si las hubiera vivido, por lo que jamás le interrunpía, aún a sabiendas que eran mentira.

Saludosss, SOROS

Soros dijo...

Amigo Isidro, nadie como tú para entender y comprender a estos, como tú dices, ilustres y entrañables personajes, que siempre nos engañaban porque procedían de una vida mucho más dura y difícil que la nuestra.
Su amistad nos acompañará mientras vivan y su recuerdo siempre.
Un abrazo.