06 mayo 2009

El trabajo dignifica


El trabajo en el hotel le sorprendió por su simplicidad y su dureza. Cada día empezaba a las ocho, lo que implicaba levantarse a las siete para asearse y desayunar. Tenía una hora para comer a mediodía; a media tarde, treinta minutos para merendar y, a la caída del sol, otra hora para cenar. Todo ello bajo la coordinación de Joan o Artur para que no quedase la recepción desatendida. Enseguida notó que, si no consumía esos tiempos por entero, los jefes estaban más contentos y le miraban con creciente simpatía. Y así, bajo esa presión invisible que se trasmite con el gesto y la mirada, procuraba Lázaro tener contentos a los jefes, aunque la satisfacción ajena pesara sobre las costillas propias.
Solía terminar hacia las once pero jamás se marchaba antes de que doña Julia dijera que lo hiciera. Era una norma de cortesía que alguien le había sugerido respetar pues, en caso contrario, hubiera parecido a doña Julia una desatención desafiante su comportamiento.
Tantas horas pendiente de los clientes y de los jefes, solícito a todas sus peticiones, atento a cualquier detalle y moviendo bultos y maletas, se hacía agotador. Además, prácticamente todo el tiempo, debía estar de pie. Según los jefes, no trasmitía buena sensación ver a un conserje sentado y no digamos ya fumando, sobre todo, mientras atendía a los clientes.
Los sábados y domingos trabajaba con idéntico horario, pues en la temporada no se diferenciaban los días laborables de los festivos, y todo su tiempo semanal de libranza, más que un descanso, era sólo un pequeño paréntesis laboral: los jueves desde las 3 a las 7 de la tarde. Por tanto, sin exagerar, hacía dos turnos de trabajo por el precio de uno. Así fue comprendiendo de qué manera Cataluña era el paraíso prometido para los que querían trabajar y, en ese aspecto, colmadas se verían siempre las expectativas de cualquiera que al trabajo quisiera dedicar su vida. Aunque también fuera madurando en él la idea de que quizás no lo fuera para los que, además, quisieran vivir también a ratos. El único consuelo, que servía de compensación a tanto esfuerzo, eran las espléndidas propinas que los despreocupados clientes dejaban. Éstos, ignorantes del coste de la vida en España, daban propinas europeas. Éstas llegaron a ser, algunas veces, equivalentes a la décima parte de su salario mensual. La primera vez que eso ocurrió a Lázaro se le pusieron los ojos como platos.
No se dolía de la fatiga del trabajo. Al contario, pensaba que: por un lado estaba alojado y mantenido, por otro le pagaban un sueldo, eso sí, bajo, pero, por otra parte, estaba situado donde había, es decir, en medio de aquellos clientes procedentes de la ubérrima Europa. Clientes que solían sorprenderle al marchar con un billete de banco en lugar de con esa triste moneda que los nacionales dejaban, y eso, si se veían muy comprometidos. Afortunadamente en el hotel no había españoles de ordinario y, durante la temporada que Lázaro trabajó en él, sólo en dos ocasiones hubo habitaciones ocupadas por éstos.
La tarde de los jueves Lázaro salía disparado hacia la cala Mamilla, apenas a un cuarto de hora del hotel. Era un lugar donde no se podía ir más que andando y que, por tanto, solía estar vacía o muy poco concurrida. Allí se bañaba, nadaba un rato en las profundas aguas y después se fumaba un habano Balmoral tumbado al sol en su toalla y, medio adormecido, se veía triunfando, orgulloso de sí mismo, volviendo a su casa con una pequeña fortuna en el bolsillo. También recordaba a su abuelo, el de los cuentos del río y del mar. Y viéndose frente a aquel mar hermoso, que chocaba contra las rocas de los acantilados, le parecía que su vida iba desembocando en algo útil. Pensó también que estaba solo pero su soledad se veía atenuada, aunque él no lo sabía todavía, por las fuerzas que la juventud tiene y que además concibe como imperecederas. ¡Qué más daba estar solo, él podía con todo!
Lo de los Balmoral era un placer que se daba las tardes de los jueves gracias un cliente alemán que comenzó a regalárselos. Él adquirió la costumbre de fumarlos ya siempre, mientras duró su estancia en el hotel Casals, aunque para adquirirlos se valiera de distintas triquiñuelas y nunca del dinero. El señor Agustí, dicho sea de paso, fumaba también habanos Balmoral y de otras marcas y a Lázaro le vino bien la coincidencia para no tener que dejar aquel vicio, desproporcionado para sus posibles.
Algunas veces por el cansancio acumulado se quedaba dormido en la misma Mamilla y, al despertar, miraba sobresaltado al reloj y salía precipitadamente hacia el hotel pues había de cambiarse, ponerse el uniforme y estar a las siete en punto en su puesto. Entre ir y volver y estar alerta, para no dormirse, no le permitían las cuatro horas relajarse mucho y aquel efímero descanso, del que disfrutaba los jueves, se desvanecía tan rápido como el humo del puro en la brisa del mar.
Con el paso de las semanas, el cansancio acumulado, el calor y la humedad reinante, a la que Lázaro no estaba acostumbrado, perdió el apetito. Al llegar la hora de la comida prefería darse una ducha tumbado en la bañera, con las piernas levantadas, antes que ir al comedor. Así conseguía que el agua, cayendo con fuerza en las plantas de los pies, le calmara el cansancio acumulado y que las piernas se le descargaran. Luego se tumbaba en la cama y, por el descanso, perdonaba la comida. La cena, próxima ya la hora de plegar, como decían los catalanes, solía hacerla mejor o, al menos, hacerla. Después, cuando recibía licencia para retirarse, se pasaba por el bar, compraba dos cervezas y se marchaba a tomarlas a su habitación mientras escribía a su casa cartas tranquilizadoras. Le hubiera gustado tomar las cervezas en el bar, sentado y en sociedad, pero a los dueños del hotel no les gustaba que el servicio se codease con la clientela y, a cambio de que no lo hicieran, les cobraban a precio bajo las cervezas. Pero, ¡aire!, a tomarlas al bohío. Debía ser que el trabajo no dignificaba al hombre, como algunos sostienen, hasta el punto de hacerle merecedor siquiera de la compañía de sus semejantes. Aunque, bien mirado, aquellos extranjeros poca o ninguna semejanza tenían con la gente que servía en el hotel.
Cuando veían llegar a Lázaro, casi a las once y media, las chicas del servicio y el resto de camareros fuera de servicio le tomaban el pelo por la vida de trabajo y aislamiento que llevaba. Solían estos tomar el fresco en la parte de atrás del hotel en una especie de patio que había entre éste y el pabellón de las habitaciones del servicio. Lázaro callaba, soportaba las bromas y se subía, imperturbable, a escribir a su modesta habitación. Luego una ducha y caía rendido. Así día tras día.

3 comentarios:

Metalsaurio dijo...

El trabajo dignifica al hombre imbécil.


(El resto no necesita dignificarse porque ya es digno suficiente)

Piel de letras dijo...

Me cansé nada mas de leer lo que el joven Lázaro hacía. Pero el chico tiene espíritu. Y creo que actualmente ha de seguir intacto.
Me gusta eso.

Besos

Soros dijo...

Las cosas que nos hemos cansado de escuchar llegaron a tener en nuestro espíritu visos de realidad. Luego, Metalsaurio, nos dimos cuenta que en eso también nos intentaban engañar.
Bueno, ya veremos como sigue la historia, Piel de Letras. Aún queda mucha. ;-)