07 mayo 2009

Canut de Mar


Una noche decidió ir a Canut de Mar. Puso unos billetes en su cartera y, a las once sin decirle nada a nadie, tomó la carretera adelante y caminando entre aquel tráfico de locos se fue andando a Canut.
Su caminata, a aquellas horas y por la cuneta, era un peligro por la intensidad del tráfico, por el estado en que la gente conducía y por la poca visibilidad.
La entrada de Canut de Mar estaba sembrada de discotecas con grandes aparcamientos. Desde fuera se oía la música atronadora y, como reclamo, se veían las siluetas insinuantes de las gogós bailando encerradas en jaulas elevadas sobre las varias pistas de muchos locales, como si hubieran de estar protegidas del salvajismo de las turbas que bramaban a sus pies, hambrientas de alcohol, sexo y drogas.
Las calles del pueblo estaban tomadas por multitudes de turistas enajenados, que parecían moverse en oleadas, con los atuendos más variados, predominando en todos un fondo de carne desnuda. Iban en grupos y generalmente bastante bebidos. A veces paraban a los coches que, a riesgo de atropellarles, se veían obligados a detenerse. Se subían por encima de ellos o, entre unos cuantos, los cogían en vilo, con el susto de sus ocupantes. Orinaban ostentosamente en plena calle y, a veces, sobre los mismos vehículos. Otros, incapaces de orientarse y volver a su hotel, dormían en la playa en el sitio donde la borrachera o la intoxicación les hacía caer como marionetas descordadas.
Buscó algún lugar donde comer algo decente, pero sólo encontró locales de comida basura: hamburguesas, perritos calientes y patatas fritas, todo con Ketchup y mostaza. Además a unos precios desproporcionados para aquella bazofia grasienta.
En las discotecas, a guisa de entrada y una vez que la gente había pagado, les ponían un sello en el antebrazo como si fueran reses a las que se marcara, menos mal que con tinta y no con fuego. Lo curioso es que todo eso a nadie parecía importarle y todo el mundo entraba en aquellos tugurios pagando precios astronómicos por una entrada que incluía una consumición, garrafón puro o cerveza, que dentro les servían como el que les da de beber a las ovejas. Era un comportamiento gregario, de auténticas manadas que, envueltas en aquel ambiente, se acercaban al éxtasis por el atontamiento causado por lo que tomaban y la pérdida de identidad así lograda. Luego estaba la música atronadora y las luces deslumbrantes dentro de la oscuridad de aquellas cavernas artificiales y todo ello era como el manto que lo envolvía todo
Observó Lázaro los usos de aquellas multitudes de extranjeros y cómo los varones se acercaban a las chicas, dentro de las discotecas, y simplemente decían:
- Dancing?
Ellas se iban con ellos a bailar a la pista y allí se dejaban abrazar y sobar como si, en lugar de ser extraños un minuto antes, fuesen amantes de toda la vida. Algunas parejas daban en la pista verdaderos espectáculos obscenos por los efectos del alcohol u otras drogas y otras, calientes pero conservando algo de pudor, se marchaban a la oscura playa para terminar discretamente y a sus anchas lo iniciado públicamente en la pista.
Lázaro decidió probar fortuna y abordó a varias extranjeras utilizando la mágica palabra:
- Dancing?
Pero, tras una rápida mirada por parte de ellas, fue rápidamente rechazado en todas las ocasiones. Lo que para todos parecía sencillo para él resultaba imposible. Parecía como si fuera de otra raza a los ojos de aquellas chicas rubicundas, de rosadas mejillas, que se comunicaban en lenguas que él no comprendía en absoluto. Como su desdén le pareció insoportable se alejó a un lugar discreto, escarmentado y humillado por tanto desprecio. Sentado en un taburete, que encontró de milagro, se dedicó a observar la pista mientras lentamente apuraba su cerveza. Pensaba que era normal que le rechazaran e, instintivamente, buscó con la mirada alguien de su pinta bailando en la pista. Casi todos, chicos y chicas, tenían idéntico pelaje nórdico y, además, su forma de vestir nada tenía que ver con la suya, ibéricamente discreta, de pantalón largo y camiseta de manga corta. Pero con gran esfuerzo distinguió un muchacho moreno, desconocido, pero que curiosamente tenía un cierto aire familiar. El chico, entre aquella masa, se movía frenéticamente emparejado con una joven rubia. Ella, embutida en un short del que se le salía casi media nalga por cada lado y con una especie de mini chaleco que a duras penas sujetaba el bamboleo de sus gruesas tetas, se movía junto al chico, arriba y abajo, con un ritmo acompasado al de él. Iba la chica, lo mismo que su compañero, tocada con un sombrero tejano que le sujetaba su media melena rubia e impedía que el pelo le tapara la cara. Una normanda más. Se centró después Lázaro en el chico. Llevaba unos pantalones ceñidos de cuero marrón con flecos de un dedo de largo a lo largo de las costuras laterales de las perneras. Ceñía su cintura un grueso cinturón de cuero con una hebilla enorme y ovalada sobre el ombligo. Bajo la chaqueta no llevaba nada y ésta era muy corta, a juego con el pantalón, y a lo largo de todos sus bordes le colgaban flecos similares si bien algo más largos. De su cuello pendía una cadena gruesa de plata y también un colgante de hilo de cuero del que un disco grande y plateado pendía y oscilaba al ritmo de su movimiento.
Lázaro no podía apartar los ojos de la pareja pues, siendo ella una nórdica del montón, el chico le sonaba cada vez más familiar. Fue entonces cuando cambiaron la música estridente por algo lento y la pareja se abrazó para empezar a comerse mutuamente. Para facilitar la labor dejaron caer sus sombreros a la espalda y Lázaro descubrió el pelo negro y largo del muchacho. Al cabo de un rato el chico tomó a la chica de la mano y salieron de la pista. Por la dirección que tomaron iban hacia la salida, con intenciones evidentes para cualquier observador, y debían pasar junto a Lázaro.
Fue entonces, al pasar a su lado, cuando se dio cuenta. Casi se tuvo que frotar los ojos para creer lo que veía. Era Blasco el camarero del hotel, su conocido de La Fambra, el que le había dado la dirección para buscar el trabajo en Canut de Mar. Blasco le localizó también y al pasar a su lado le hizo una mueca discreta y, echando una mirada significativa al culo de la rubia que llevaba delante, le guiñó un ojo. Lázaro jamás habría imaginado que Blasco fuera capaz de ponerse aquel disfraz, pero así era. Lo que no había duda es que andar por ahí con aquellas pintas le había funcionado bien aquella noche y, por lo que supo después, el look aquel de cow-boy despechugado le funcionaba de continuo.
Cuando Lázaro, al día siguiente, se tropezó con él en el hotel, le preguntó que cómo es que se disfrazaba de aquella guisa, Blasco le contestó sin pensarlo un segundo:
- Mira, Lázaro, me importa un güevo lo que pienses. Yo sólo sé que esto es bueno para las niñas estas. A las normandas tetudas que vienen a Canut de Mar les encanta eso. Vienen buscando exotismo y yo, además de cariño, se lo doy todo. No seré yo quien les defraude ¿Comprendes?
In-A-Gadda-Da-Vida de los Iron Butterfly, con aquella letra sin significado, sonaba en aquellos tugurios con el mismo misterio y violencia con que aquellos extranjeros se comportaban y todos hacían cosas, vestían de formas y actuaban de modos que no eran comprensibles ni tenían tampoco ningún significado pero que, por lo visto, subyugaban a los demás. Blasco lo había entendido a la primera. Lázaro tenía la cabeza algo más dura.

2 comentarios:

Piel de letras dijo...

Es que Lázaro era muy propio. Formal y hasta ese momento decente. Quien sabe después, con eso que cambias los entuertos cada que te place.

;-P

Soros dijo...

Todo se andará, señora. Que para envilecerse siempre hay tiempo. Que ya se dice en el Quijote que cada uno somos como Dios nos hizo y, a veces, aún peores. :)