15 junio 2009

El tratamiento


El tío Ureta el viejo, herrador y alcalde de Aldeanueva, no terminaba de confiar en el médico nuevo. No era que hubiera hecho, hasta el momento, nada mal ni nada malo, pero había ciertos comportamientos del galeno que, sin ser ilegales ni moralmente censurables, no le parecían de recibo ni siquiera normales. Por ejemplo, eso de verle sentado en el porche de su casa, junto a su mujer, y que en cuanto ésta, que solía estar moviendo una pierna en cuyo pie calzaba una chancla, lanzara la chancla de una patada a ocho o diez metros, él saliera corriendo, se la trajera y se la calzara en el pie desnudo y, así sin dejarlo y sin hablar, se pasaran media tarde. Pues no harían mal a nadie, pero al tío Ureta el viejo no le gustaba pero ni lo más mínimo.
Un día vinieron a avisar del cercano pueblo de Pardiepal, que no tenía médico pero que entraba en la jurisdicción médico-veterinaria de Aldeanueva, de que a la Libradita le había dado el ataque. Enseguida avisaron al médico y el tío Ureta el viejo, mosqueado como estaba con el doctor, decidió acompañarle por conocer a la Libradita y a su familia y por fingir una deferencia hacia el doctor que, en realidad, era curiosidad, intriga y también desconfianza por el tratamiento que a la Libradita pudiera administrale.
Tras hora y media de camino llegaron a Pardiepal y a los dos minutos a la casa de la Libradita. Ya desde la calle se oían los gritos de ésta y, en cuanto entraron a la alcoba donde estaba, observaron sus horrorosas convulsiones, tiriteras, temblores, castañeteo de dientes, espasmos y cómo sus ojos parecían girar dentro de sus cuencas como canicas locas… Y todo esto, se incrementó y se aceleró aún más en griterío y aspavientos con la entrada del doctor y del tío Ureta el viejo.
El médico observó a la Libradita como medio minuto, sin moverse y sin decir palabra. Luego dijo:
- Traigan un balde grande de agua y las dos toallas más esponjosas que tengan.
Al poco tenía ante sí lo pedido. El médico empapó ambas toallas en el agua y mientras lo hacía dijo que desnudasen por completo a la Libradita. Esto mosqueó un poco al tío Ureta el viejo, porque la Libradita andaba por los dieciocho, pero hizo seña de que lo hicieran, que un médico siempre es un médico y además estaban presentes la familia y él que, al fin y al cabo, era una autoridad.
La Libradita ni siquiera en cueros disminuyó la intensidad de sus gritos ni lo retorcido de sus convulsiones. El médico enroscó las toallas como si fuera a escurrirlas pero, cuando parecía que había terminado, comenzó a darle a la Libradita con ellas tales zurriagazos que sus gritos y espasmos cesaron de repente y cómo viera que aunque ella había cejado en su actitud el doctor no paraba de darle, se metió debajo de la cama buscando protección. El galeno la sacó a rastras, agarrándola de un tobillo, y continuó con el tratamiento sin compasión, aplicándoselo sobre el santo suelo hasta que se cansó. Los presentes estaban asombrados pero, al ver la eficacia de la terapia, no abrieron la boca.
El médico, en cuanto terminó, se ajustó las ropas y salió sin más palabras de la casa, excepto las indispensables para despedirse de la familia. El tío Ureta el viejo y él regresaron pausadamente a Villanueva disfrutando de la brisa que traía la tarde y sin forzar el tranco tranquilo de las mulas. A la Libradita no sólo se le pasó el ataque, sino que en los ocho años que aquel médico tan raro estuvo en Villanueva no le volvió a repetir.
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2 comentarios:

Piel de letras dijo...

¡Cielos! es que de que hay médicos buenos, aunque jóvenes, los hay.
Menos mal que no le volvieron los ataques.
jajajajajajaja

Soros dijo...

Ni tengo yo noticia de que le volviesen a repetir. Y todo sin psicólogos, psiquiatras, tratamientos, drogras, terapias, ni células madre, todo en un aquí te pillo y aquí te mato.
Vea usted, señora Piel de Letras, lo adelantada que siempre estuvo la medicina en mi país. ;-)