04 junio 2009

¡Qué sabes tú lo que es una hija!


Don Arturo vivió los valores, por llamarlos de algún modo, de su tiempo. Ya de joven alternó a su novia de siempre, naturalmente sin que ella lo supiera, con unas y con otras. Se justificaba con esas frases, tan horteramente exaltadas en el patrimonio cutre nacional, de que pudiendo hacer felices a muchas por qué hacer feliz a una sola; o esa otra, tan delicada, de que la legítima no manda en el sobrante; o aquella, tan poco igualitaria como ajena a la sutileza, de que un hombre viene siempre limpio.
Quiso el buen Dios o la Providencia o quien quiera que estuviera de servicio, si es que lo estuvo, y que repartiera las suertes con que los hijos caen, que a don Arturo le correspondieran dos hijas en el lote.
Al cabo de los años, cuando las hijas se hicieron mocitas, las estructuras mentales de don Arturo, que tan ampliamente permisivas habían sido para su propia juventud, se estrecharon hasta lo impensable para con la de sus hijas. Adornó esa intransigencia, tan propia de los hombres de bien y de los criterios vaticanos, con todo tipo de refranes que al caso venían y que, por supuesto, daban la razón al estricto progenitor, el otrora libertino don Arturo, en sus castas precauciones bienintencionadas:
Que si la mujer cuanto más retirada más buscada.
Que si la que da el culo a besar nada tiene más que dar.
Que si el buen paño en el arca se vende.
Que si el hombre es fuego y la mujer estopa y siempre hay un diablillo cabroncete que va y sopla.
Que si la mujer y el vidrio siempre en peligro.
Que si la vergüenza en la mujer se conoce en el vestirse…
Total, que a las muchachas no les quebró la pierna y las encerró en la casa, como decía otro de sus refranes preferidos, porque junto con la madre eran tres y le convencieron, con bastante dificultad, de que ese trato hoy en día lo prohibía hasta la sociedad protectora de animales. Aún así, habían de estar las hijas en casa como mucho a las diez y mejor a las nueve, ir siempre acompañadas y escuchar cada día varias veces lo de siempre:
- ¡Isabel, Aurorita, hijas mías, el respeto! No os digo más: ¡el respeto ante todo! ¡No lo olvidéis ni un momento, hijas mías! ¡El respeto, siempre! ¡El respeto! –afirmaciones que hacía gesticulando mucho, con los ojos casi fuera de las órbitas como si fuera a darle algo, y gritando de menos a más hasta el último respeto, que ya era como el bramido de un miura.
- Sí, papá, no lo olvidaremos.
- ¡Prometedlo!
- Sí, papá. Lo prometemos.
- ¡Juradlo!
- Sí, papá. Lo juramos.
- Bueno, pues ya sabéis, en casa antes de las diez y que no me digan que os han visto separadas y menos con chicos y menos aún por los parques oscuros y...
- Sí, papá. También lo prometemos.
Y las niñas se marchaban los sábados y domingos, que eran cuando les dejaban salir, con su respeto entre las piernas. A la vuelta, el interrogatorio del dónde y el cómo y el con quién y el a qué hora… se hacía pesadísimo, hasta que don Arturo se serenaba y se cercioraba de que el respeto seguía como siempre, en su sitio, calentito pero intacto. Como debía ser.
De la hija mayor, Isabel, se enamoró pronto un muchacho que, advertido enseguida de cómo se las gastaba el padre, ideó la manera de poder salir con la muchacha. El asunto no fue fácil pero, con paciencia, logró encontrar un amigo de su familia que lo era a su vez de don Arturo. Le persuadió, con esa pesadez pastueña de los enamorados, de que la muchacha le gustaba de veras y le rogó que hablara con su padre pues temía que, de enterarse, éste se presentara donde fuera y, con hija o sin hija delante, le midiera las costillas con algún garrote o le montase alguna zapatiesta pública y vergonzante. El amigo no estaba por la labor, pero la insistencia, obtusa y becerril, del muchacho enamorado terminó venciendo la reticencia del pobre hombre a ser él quien pusiera el cascabel a don Arturo. También el amigo temía que éste se encolerizase y terminase la cosa degenerando en un pifostio tan poco previsto como deseado. El caso es que finalmente prometió hablar por él ante el estricto padre. Pero también le dijo que no garantizaba ningún buen resultado.
Cuando el profesor don Tirso Satrústegui de la Mierla, catedrático del instituto local, le insinuó por primera vez a don Arturo la posibilidad de que un buen chico, serio y de buena familia, se interesara, con las más castas y rectas intenciones, por su Isabelita, a poco le da un parrús a don Arturo.
- ¿Pero qué me insinúa usted, don Tirso? Pero si mi Isabelita es una niña.
- No le hubiera molestado si no se tratara de un buen muchacho.
- Pero, ¿qué buen muchacho ni qué ovejita lucera? Si mi Isabelita lo que tiene que hacer es estudiar.
- No está reñido lo uno con lo otro, don Arturo y, además, su hija mayor cumplirá dentro del año los dieciocho, así que no veo yo una relación tan prematura.
- ¿Pero cómo relación, pero qué relación? ¿Pero qué me está usted proponiendo?
- No le propongo nada. Sólo quiero que piense que todo esto que le digo no deja de ser lo natural.
Poco más habló don Tirso con don Arturo en aquella ocasión. Pero insistió otras veces y otras más y, a fuerza de insistir, hizo bueno el refrán que dice que tanto lame el perro que a veces saca sangre. Con esto consiguió al fin que, el paladín del respeto, accediera a que los muchachos se vieran y se trataran en lugares públicos y conforme a la decencia y las más morales de las costumbres. Pero añadió también, el paladín, que advirtiera al de las rectas intenciones de que, como le pillara besando a su hija o, no lo permitiese Dios, la niña perdiera el respeto, lo mataba donde lo encontrara por éstas que son cruces.
Don Tirso informó al muchacho y la relación comenzó a funcionar en los términos que aparentemente se fijaron y en los que a Isabelita y Ricardo, que así se llamaba el chico, les petaba permitirse cuando no había delante ojos ajenos.
Con el paso de las semanas don Arturo estaba cada vez más airado, más mosqueado, más suspicaz, más endemoniado por la sola sospecha de que su hija querida, su joya, su tesoro, estuviera por ahí, como hacen todas, zorreando a sus espaldas con ese gilipollas al que no quería ni ver y cuyas rectas intenciones, bien sabía él, iban guiadas por los efluvios del coño de su hija. A él con historias, ni rectas intenciones ni cojones, ¡ni que se hubiera caído de un nido el día de antes! Estos se creen que yo me he criado debajo de un tomillo, pero, ¡ah rediós, como los pille…! ¡Dios quiera que no los pille, porque entonces los mato a los dos en el sitio!
- ¿Qué murmuras, Arturo? –le interrumpió doña Aurora, su mujer, rompiendo sus amargas elucubraciones.
- Nada, que esta chica mayor me tiene negro con el novio.
- A todos los hombres os pasa lo mismo con las hijas. Os ponéis celosos cuando se las llevan. Las mujeres, para eso, somos más sensatas…
- ¿Sensata tú? ¿Pero es que no te das cuenta? ¿Qué pinta nuestra hija con ese tío por ahí? ¿Qué sensatez es la tuya? ¿Y tú, te llamas sensata? Si me valiera…
- Tranquilízate, hombre, que vas conduciendo y nos vamos a matar. Lo que quiero decir es que nosotras comprendemos mejor el ciclo de la vida…
- Pero, qué ciclo ni qué cabecitas de hostias salteadas… qué puede que ese… que se la esté… mira no quiero ni pensarlo.
Era ya de noche y buscaban donde aparcar en la calle. Fue al pasar lentamente delante del portal de su casa, buscando sitio, cuando vio a los novios abrazados, besándose con pasión, dentro, en la acogedora penumbra del portal. Don Arturo frenó bruscamente en el centro de la calle, echó el freno de mano, salió del coche imprecando al cielo, dejó la puerta abierta, las luces encendidas, el motor en marcha y se lanzó hacia la puerta del portal con el trapío de un vitorino citado de largo por José Tomás.
- Lo sabía, si es que lo sabía…
- Sujétate, Arturo, que es tu hija…
- Se van a enterar… los rajo…
- Mira a ver lo que haces, que cuando pierdes la cabeza no eres tú…
Pero ya era tarde don Arturo irrumpió en el portal a pecho muerto. Espumeando por la boca, se lanzó sobre la pareja que, sorprendida, no tuvo tiempo de reaccionar. Le agarró a él por el cuello y, mientras la aterrorizada chica comenzaba a chillar, parecía que lo iba a ahogar.
- Hijo de puta, te tengo que matar…
El muchacho sorprendido recibió a continuación un puñetazo en la mejilla que le hizo caer al suelo. La chica no paraba de gritar.
- Cállate, so puta, que en cuanto acabe con éste cabrón te va a tocar a ti…
Fue en ese momento cuando la sofocada doña Aurora acertó a entrar en el portal y, ganando a tientas el temporizador de la luz, lo pulsó y ésta se hizo. Y con la luz, don Arturo se puso rojo como la grana, de la barbilla hasta la cocorota de la calva. Era la vecina del tercero, con el novio, la que estaba de tierna y amorosa despedida. Las disculpas que salieron por su boca, las cortesías, las reverencias, el no saber qué hacerse, el limpiarle con un pañuelo la cara al agredido, el llamarle hijo mío pidiéndole perdón…hacían parecer a don Arturo lo que era, un tipo ridículo. Además, todo ello aderezado por los muchos bocinazos y pitidos que ya daban en la calle los varios coches detenidos y las risas histéricas, imposibles de sofocar de doña Aurora que, sentada en la escalera, se ahogaba entre sus propias carcajadas y las lágrimas que éstas le provocaban.
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6 comentarios:

Anónimo dijo...

No sé, por fortuna o desgracia, lo que es una hija, pero algo sé de lo que entraña ser pareja. Y me pregunto, poniéndome en el lugar de Aurora, ¿cuántas penitencias hay que llevar a cabo para exorcizar el inmenso pecado de haber equivocado la elección de un hombre?

Sara

Soros dijo...

Si no lo quieres, dejarlo.
Si económicamente no eres independiente, el asunto es ya más complicado.
Pero, Sara, si, a pesar de todo, le quieres, el asunto tiene difícil solución.

lohengrin dijo...

Uy como se está poniendo esto...si parece el consultorio de Doña Elena Francis...(que dios tenga en su gloria)

Soros dijo...

;-)
Llevas toda la razón, Lohen, pues bueno está uno. Cómo para meterse a consejero.
;-)

Piel de letras dijo...

"A la que me salga con un domingo siete, LA MATO". Así nos decía mi pa, a modo de tierna despedida, cada que se daba la circunstancia de una salida con muchachos. Te faltó ese añadido a los dichos de Don Arturo. Jajaja hiciste que recordara mi adolescencia en esos bretes.

Por cierto, eso de: "efluvios del coño de su hija" está genial. TE PASASTE (como dicen los chicos hoy en día).
jajajajajajaja

Soros dijo...

Ahora vas a ser tu la que me diga lo que esa frase significa: domingo siete.
¿Tal vez salir con un dicho o hecho inesperado que produce sorpresa?, como dice doña M.M. que decís en México.
Aquí jamás escuché esa expresión.
Ya veo que también por allá la honra de la familia estaba en el mismo sitio que en la madre patria. ;-))