28 mayo 2009

Gente buena


Cierta vez, estando yo recién casado y andando a la cuarta pregunta, el coche que tenía se negó a arrancar. Y, como es cierto el refrán que dice que a perro flaco todo se le vuelven pulgas, el hecho se produjo a finales de mes. No podía llamar a un mecánico y menos a una grúa, ni mi modesto seguro obligatorio cubría cosa tal. Así que llamé a un amigo que por entonces trabajaba en una conocida empresa montando carburadores. Lo hice casi a la desesperada, por si acaso se daba la casualidad remota de que la avería de mi gastado utilitario a tal ingenio se debiera. El hombre vino y, pacientemente, comprobó el carburador del coche. Enseguida me desengañó y me dijo que la cosa nada tenía que ver con el tal aparato. Disimulando como pude, mi total falta de blanca, le di las gracias y le dije, fingiendo indiferencia, que no se preocupara que, de momento, el coche estaba aparcado en frente de casa y que, como no iba a salir ese fin de semana, no estaba mal allí. Extrañado mi amigo, algo más mayor y mucho más baqueteado por la vida, de que no llamara a un mecánico, me dijo en directo:
- ¿Qué pasa?, lo mismo es que no tienes un duro.
- No, no es eso, –pretexté- es que como no vamos a ir a ningún lado este fin de semana, ya llamaré al mecánico la semana que viene.
- Claro, cuando cobres –dijo sin pestañear.
- Pues sí, para que te voy a engañar –me sinceré finalmente.
Así quedó la cosa. Lo dejamos y cada uno se marchó a su casa.
Al rato mi amigo llamaba a mi puerta. Había buscado un mecánico conocido suyo por su cuenta. En la misma mañana todo quedó arreglado a sus expensas. A la tarde, cuando estaba comentando con mi mujer el detalle, volvió a sonar el timbre de la puerta. Era mi amigo nuevamente, esta vez con una bandeja de pasteles en una mano y en la otra un billete de mil pesetas para que saliéramos por ahí el fin de semana.
Han pasado los años. Creo que nunca he podido hacerle un favor tan bonito. Pero también confío en que él sabe lo mucho que le aprecio y que puede contar conmigo.
Por vivir cada día con lo suyo encima a nadie le ponen una calle, ni le dedican una plaza, ni colocan una placa en la puerta de su casa que diga: Al insigne vecino menganito que vivió con dignidad, amó a los suyos y fue solidario con su prójimo. Sin embargo, por suerte como digo, he conocido a algunos, tal vez, con más valores de los que a tantos homenajeados se les suponen. Ninguno de éstos es, por cierto, político, ni periodista ilustre, ni artista, ni empresario, ni mecenas de actividad alguna, ni siquiera miembro de una ONG, ni van de nada por la vida. De gente normal hablo. De buena gente.
Por esos golpes que, pese a la dedicación y los esfuerzos, la vida nos tiene preparados al doblar de cualquier día, mi amigo pasa hoy por momentos amargos. Ojalá pudiera yo ayudarle. Ojalá su problema fuera material. Espero que el tiempo obre en su favor y también el cariño de esa familia que ha sabido mantener feliz y unida. Por mi parte, desde este modesto blog, solo puedo dedicarle mi sencillo homenaje por la trayectoria de su vida, solidarizarme con su actual sufrimiento y ofrecerle mi amistad y mi apoyo para lo que necesite. De gente normal hablo. De gente buena.
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4 comentarios:

Piel de letras dijo...

Hermosas palabras. Estoy segura que tu amigo, de enterarse, las valorará en todo lo que cabe.

Mis mejores deseos para él.

Soros dijo...

Se enterará si algún allegado se lo dice porque a los de su generación no les llegaron las nuevas tecnologías y, a veces, ni siquiera otrs cosas más necesarias.
Pero gracias en su nombre.

vicente dijo...

Gracias de todo corazón, de este tu amigo Vicente

Soros dijo...

Ya veo que te has hecho internauta. Con esto no contaba.
Soy yo el que te da las gracias y se honra con tu amistad.
Un abrazo.