19 mayo 2009

La alegre inauguración


Hace bastantes años, unos treinta, que para una persona ya son muchos, con los primeros ayuntamientos democráticos vinieron, por primera vez en lustros, las inauguraciones de los nuevos parques y jardines de mi ciudad. Eran los primeros que se hacían en muchos años. Se les hubo de arañar a las inmobiliarias de entonces los terrenos. Era una victoria del pueblo. Así nos lo presentaban. Eran aquéllas las mismas inmobiliarias que dejaron tantas zonas de la ciudad sembradas de torres de diez o doce pisos y calles raquíticas y estrechas. Mal ahora, pero entonces hubo tal salvajismo urbanístico que muchas ciudades quedaron sentenciadas a la fealdad para siempre.
Ha caído en mis manos, casualmente, algo que escribí por entonces tras la inauguración de uno de estos parques y el discurso del alcalde demócrata, el primero en muchos años. Lo reproduzco íntegramente para no traicionar mis propios recuerdos:

¡Ciudadanos de Guara! (¡Qué alegría!)
En este lugar… (¡Viva, viva!)
En que en otro tiempo… (¡Eso, eso!)
Especuló el poderoso… (¡A ver, a ver!)
Hoy el pueblo… (¡Nosotros, nosotros!)
Disfruta jardines, (¡Bien, bien!)
Inhala aire puro (¡De pino, de pino!)
Y se pasea orgulloso (¡Y cómo, y cómo!)
En desafiante reto (¿A qué, a qué?)
Hacia los tiempos pasados… (¡Ah, ah!)
De inmovilismo forzoso. (¡Bravo, bravo!)

Todos los presentes, menos algunos algo vergonzosos, iniciaron un clamoroso aplauso a las palabras tan acertadas del alcalde. Unos mano contra mano; otros, más prácticos y atentos al civismo recién estrenado, contra moflete infantil, pues algunas de las criaturitas presentes arrancaban las nuevas flores, o las matas verdosas del pelo del césped o, simplemente, cansados, pateaban las espinillas de sus cívicos progenitores aprovechando la expectación que, en los mayores, producía la incisiva oratoria del munícipe.
En ese momento, los músicos, intentado paliar de algún modo el jaleo y los berridos infantiles, iniciaron con brío los acordes del himno nacional.
Tras el tachín-tachán final, el alcalde hizo un gesto ampuloso antes los micrófonos. Éstos, abstraídos por el final del himno y la finta inesperada del edil, no obedecieron y, solamente, tras un imperioso capón al más desafiante, soltaron un silbido agudo de protesta.
El personal, haciéndose cargo de la deficiencia tecnológica del país, asumió el silbido con algarabía, dando por sentado que la inauguración había terminado y considerando el mudo gesto del alcalde como un discreto corte de mangas al citado inmovilismo forzoso.
La multitud se puso en movimiento y el alcalde, siempre observador, lanzó dos o tres vivas antes de que fuese demasiado tarde. Sólo unos cuantos niños, atentos esta vez, le respondieron animosamente, antes de que sus ancestros más directos les arrastraran hacia los puestos gratuitos de limonada municipal.
La fiesta acabó. Formó la banda municipal y se alejó en silencio pues los instrumentos de viento se habían erosionado terriblemente y las brillantes membranas de los tambores estaban flácidas y llenas de cardenales.

2 comentarios:

Piel de letras dijo...

Hace bastantes años. Ciertamente. Aunque con lo relativo que es el tiempo quién sabe. Sin embargo, las fórmulas parecen no haber cambiado mucho:
"Al pueblo, pan y circo"

Soros dijo...

Seguro que es como dices pero, hace tantos años, los españoles creíamos ciegamente en los venturosos efectos de la democracia. No es que ahora nos hayamos vuelto descreidos pero, digamos que, nuestros ánimos se han atemperado.