12 mayo 2009

Los recepcionistas


Cuando Lázaro llegó a la recepción aquella mañana ordenó todo y enseguida se puso a contestar a los clientes que llamaban a la centralita, apenas se despertaban, pidiendo el desayuno en la habitación. Lo hacía habitualmente. A los veinte minutos llegó Joan. Llegaba bien vestido y pulcro, como siempre, adormilado y lento, pero recién duchado como siempre, aturdido aún por la juerga y los excesos de la noche anterior y con los ojos irritados por el alcohol y con el paso cansino, titubeante y perezoso, como siempre en las mañanas de resaca, que eran casi todas. Se sentó en la silla giratoria de detrás del mostrador de recepción y dijo:
- Lázaro… -y añadió sin fuerzas, como desmadejado- Buenos días, hombre –y después largó un interminable bostezo sin pudor alguno.
- Buenos días, Joan.
Lázaro conocía ya la rutina de todas las mañanas. Se acercó al asiento de Joan, tomó el gotero de colirio que estaba bajo el mostrador de recepción y, como siempre, le puso un par de gotas de disolución en cada ojo después de que Joan, con el mismo gesto de todas las mañanas, echara maquinalmente la cabeza hacia atrás.
- ¡Uf!, qué descanso.
- ¿Mejor?
- Estoy muerto, apenas hace dos horas que me he acostado.
- Lo creo –contestó Lázaro dejando patente que, su aspecto, no dejaba lugar a dudas.
Joan tenía veinticinco años y era guapo, aunque estaba un poco, bueno, algo más que un poco, gordo. No había sido buen estudiante. El señor Agustí, desde que Joan valió, lo puso a trabajar en el hotel. A Joan el negocio le gustaba. Había recorrido todas las escalas del trabajo que se ofrecía en la casa, empezando por abajo. Fue primeramente pinche de cocina con el chef Reina, toda una prueba. Había trabajado en la limpieza ayudando a su madre y a su hermana. En el abastecimiento con el señor Agustí, su padre. Más tarde, de botones y, cuando ya se hubo curtido un poco en el trato con la gente, su padre, para ver si valía, le puso en la recepción. Durante los inviernos le había hecho viajar y estudiar idiomas, para lo que Joan, a pesar de su poca afición al estudio, mostró muy buena disposición. Al fin encontró en el hotel el trabajo adecuado, su puesto: recepcionista. Joan era una persona simpática, expansiva, muy amable y sociable y, con su dominio del alemán y del francés, no le faltaban ocasiones para lucirse ante los clientes y proporcionarles todo cuando desearan, aparte de darles conversación, cosa que, por intrascendente que parezca, era cualidad imprescindible y meritoria en un recepcionista que se preciara. Lógicamente, tampoco le faltaban recursos para salir con aquellas chicas alegres y desinhibidas que frecuentaban el hotel continuamente y como, por otro lado, la edad le acompañaba y el dinero no le faltaba, adquirió Joan esa costumbre tan asequible para él, por otra parte.
Esa era la causa principal de sus dolorosas llegadas matutinas al trabajo: las noches en blanco con sus amistades femeninas.
A Joan le caía Lázaro muy bien y, por su poca diferencia de edad, ambos enseguida congeniaron y se tuvieron ley. Si Lázaro se metía en algún apuro, allí estaba Joan para resolverlo con su simpatía y su don de lenguas. Si Joan se ausentaba de la recepción, por alguna indisposición transitoria derivada de sus devaneos nocturnos, ahí estaba Lázaro para hacer que su falta no se notara y para cubrirle las espaldas ante el señor Agustí o cualquiera de los otros jefes que indagaran por su falta.
- Tú siempre estás como nuevo, Lázaro.
- Es que yo no puedo estar por ahí todas las noches como tú. Así que, como hay que madrugar, me acuesto a las doce o poco más. Puede decirse que estoy así por imperativo laboral –bromeaba Lázaro.
- Venga, va. Vente esta noche. Pago yo. Que me hace duelo que lleves tanto tiempo sin salir. ¿Es que no piensas más que en trabajar?
- No, no puedes estar pagando cada día y yo no me puedo permitir llevar tu vida y, mucho menos, acostumbrarme. ¡Coño, Joan!, que soy el conserje y no el hijo del jefe.
- Qué estricto eres, hombre. Yo había pensado en llevarnos a cenar al Dorado a Anne y Katia y a la vuelta parar por ahí en alguna calita…
- Haz el favor de no tentarme, que yo he venido a lo que vine, Joan.
- Vale tío, pero, en el mientras tanto, te podías llevar algo por delante. Tú te lo pierdes, por gilipollas.

A eso de las diez de la mañana solía llegar Artur a la recepción. Entonces Joan, apenas su cuñado llegaba, se iba a desayunar al bar. Enseguida notó Lázaro que Joan y Artur mantenían alguna distancia, pese a su aparente familiaridad. Ambos guardaban las formas, pero Lázaro no podía entender que Joan tuviera más familiaridad y confianzas con él que con su cuñado. Julia, la hermana de Joan, era mayor que él y su marido, Artur, andaría por los treinta y pico. Cuando Artur ocupaba el puesto de Joan en recepción, Lázaro ya no se permitía ninguna broma ni confianza y, menos aún, el compadreo que, con Joan, solía tener. Estando Artur presente, aquello era otra cosa.
Un día, el señor Agustí, al que de vez en cuando le gustaba conversar con Lázaro, le dijo orgullosamente que su yerno era un gran fotógrafo y que gran parte de las postales que se vendían en Canut de Mar eran suyas y que con eso, aunque no lo pareciera, tenía un negocio saneado paralelo a su trabajo. Pero, por otro lado, Estanis, el veterano jefe de barra, le contó otro día, tomando una cerveza, que el Artur había engatusado a la Julia y que, de ser un mindundi que andaba por ahí haciendo fotos a los extranjeros y trapicheos varios, había pasado a ser uno de los copropietarios del hotel por eso que se conocía vulgarmente en la Península Ibérica como el derecho de bragueta, o sea, el braguetazo. Lázaro, al paso de las semanas y entre unas cosas y otras, se fue haciendo una idea del asunto.
Artur, rara vez se dirigía a él. Prácticamente sólo lo hacía algunas pocas veces para decirle:
- Lázaro, tengo que dejarte solo en recepción. Si hay algún problema o si mi mujer pregunta por mí, estoy en la habitación 205. Sólo tienes que meter la clavija en ese número y darle un par de vueltas a la manivela del teléfono. Estaré aquí enseguida, pero que quede entre nosotros.
- Sí, señor.
Al principio Lázaro pensaba que Artur se ausentaba por algunas obligaciones ligadas a su trabajo de recepcionista. Mas, por un lado, al ser sus ausencias siempre visitas a las habitaciones y, por otro, al ver la cara que se le ponía a la señora Julia cada vez que no localizaba a su marido, Lázaro empezó a tenerlo claro. Además, la inusitada celeridad con que Artur se presentaba después de sus avisos telefónicos, no hizo más que confirmarle que Artur, además de cuidar el huerto al que estaba ligado por el derecho catalán, ponía prestancia en el cuidado de cuantos otros se presentaban, fueran de quien fueran, con encomiable dedicación, entusiasmo y cuidado.
Y Lázaro, en lo referente a este asunto, se juró discreción. Sin embargo, se percató de tres cosas: que los suegros de Artur nada sospechaban y, por el contrario, tenían a su yerno en la más alta consideración y estima; que su mujer, la señora Julia, estaba muy mosca y recelosa con él siempre; y que Joan lo tenía todo tan claro como él, pero callaba porque no quería disgustar a su hermana con semejante rasgón en el alma, ni a sus padres con una decepción tan dolorosa como inesperada.
Enseguida llegó a la conclusión de que por eso Joan no tragaba al tal Artur de ninguna manera, ni por la cornamenta perenne que a su hermana le tenía puesta, ni por su afán en renovársela cada vez que la ocasión se lo permitía.
Sin embargo, era tal la naturaleza, el cinismo y la taimada forma de ser que Artur tenía que, simplemente por su condición de hombres, pesaba que Joan y Lázaro debían ser cómplices forzosos de sus devaneos. Y así no se sentía con ellos obligado a disimulo alguno, antes bien, les consideraba comprometidos a guardarle las espaldas en sus constantes traiciones a Julia. Y eso a Joan hacía que se le llevaran los demonios.
No era esto ningún secreto compartido entre Joan y Lázaro pero ambos sabían que lo sabía el otro y también que, en el hotel, nadie más estaba al tanto de tales asuntos. La única persona torturada y perseguida permanentemente por las sospechas era Julia, a la que daba pena el engañar tantas veces cuando, desasosegada, indagaba por los pasillos del hotel las desapariciones fortuitas e inesperadas de su marido. La verdad podía ser como una bomba que, al estallar, les alcanzase a todos y así, cada uno por sus motivos, la evitaba.

2 comentarios:

Piel de letras dijo...

Me encantó la palabra "mindundi", no la conocía. Pero imagino lo que quiere decir.

Disculpas por la ausencia de comentarios en los post. Pero he estado un poco apachurrada de ánimos. No demasiado, pero algo sí.

Soros dijo...

Gracias. Me alegro de que estés mejor.