18 noviembre 2007

Inocentes

Su mujer le decía a todas horas no fumes tanto, no comas tan poco, no bebas más. Él hacía lo que le daba la gana porque harto número de cosas tenía que hacer en la vida que no le gustaban. Su oficio se lo había llevado por delante la tecnología, su trabajo era duro, porque tenía que madrugar antes que el sol, porque en la obra todos le mandaban, porque tenía que ser el primero en llegar y el último en marcharse después de recoger y limpiar las herramientas y porque no le gustaba su trabajo de esclavo y porque, sobre todo, siempre había sido así, de hacer lo que quería. Para qué nos vamos a engañar.
Los días iban pasando pero las recriminaciones no y, como mucho, sólo alteraban su orden: No bebas tanto, deja el cigarro a todas horas, a ver si comemos más… Algunas veces, harto de la misma cantinela, contestaba con ironía y humor burlón:
- Poco me dices que no trabaje y de eso sí que vengo hecho polvo cada día. Digo yo que tampoco será bueno, ¿no?
- Pues sólo faltaba eso, aquí todo el día de non. Sin hacer nada, ¡Dios santo! ¡Hace falta valor!
Así se sucedieron los años hasta que un mal día le salió una úlcera en la boca. Probó todos los remedios caseros que se le ocurrieron y que no fueron pocos, pero la llaga no cerraba. La médica del pueblo le dijo que eran hongos y le mandó enjuagarse con un fungicida. Viendo que no dejaba de crecer la úlcera, le mandaron a la capital y de allí rápidamente a Madrid porque lo que tenía era un carcinoma. A los médicos les pareció que lo más apropiado era la radiología para tratar el tumor que tocaba lengua, boca y garganta.
Durante el viaje a Madrid, la mujer, como si le hubieran dado cuerda, machácala Pedro, machácala Juan… no paró de relatar que si no hubieras fumado tanto, que si no hubieras comido tan poco, que si no hubieras bebido… y una y otra vez y vuelta la burra al trigo…
Al llegar a la sala de espera de radiología del hospital Puerta de Hierro el espectáculo era conmovedor, había ese día, entre los enfermos esperando para radiarse, un grupo de niños con las cabezas sin pelo y con drenajes que les salían por el oído o por la nariz o por la boca o por el pecho…
Él, totalmente conmovido no ya por su mal sino por el triste espectáculo de los niños, miró a su mujer y con toda la sequedad que le salió del alma le espetó a bocajarro:
- Y éstos, ¿qué han hecho?

3 comentarios:

Piel de letras dijo...

:o(... sin comentarios

Blasco Navalta. dijo...

la vida es injusta, muy muy injusta.

un saludo

Zeltia dijo...

glups!
La historia está tan bien llevada que no deja adivinar ese final tan impactante, que te deja así... plana.