25 noviembre 2007

Historia sagrada


La historia sagrada. Eso sí que molaba. Cuando eres un niño alucinas con esas historias. Son cuentos fabulosos. Para empezar, nuestros primeros padres. Adán y Eva, viviendo felices en un paraíso que ni Cancún ni la Rivera Maya, donde no existía ni el dolor ni las desgracias ni la muerte y donde todos, que por cierto creo que sólo eran ellos dos, andaban por ahí en bolas. Luego lo de Caín y Abel, uno el hermano bueno, obediente y repelente y otro el hermano envidioso que, harto de tanta virtud fraterna, se quita de en medio a su chache. Vamos que se hace fratricida, pero no lo hace empujándole a un precipicio con disimulo, ni ahogándole mientras duerme como por accidente, ni envenenándole como si algo le hubiese sentado mal… no, le da caña nada menos que con la quijada de un burro. Para que se notase bien la manía que le tenía. Vamos, que se viera bien que no había sido nada accidental, ¡joder!
Después lo de Noé y el arca y el diluvio que, digo yo, si no sería un cambio climático de cuando entonces. Y qué me dicen de la Torre de Babel, vaya guirigay, ni la ONU. Y Abraham, que si el mismísimo dios Yavé no le para la mano degüella a Isaac como a un corderillo y sin pestañear. Bueno y los israelitas, como se les solía llamar en lugar de judíos, teniendo un montón de mujeres y otro de esclavas a cual más guapas y ellas, pariendo a los noventa años si se terciaba, sin fecundación in vitro ni implantaciones de óvulos ni tratamientos de fecundidad, ni nada… Y tantos y tantos episodios, tan interesantes, como: Lo de Sodoma y Gomorra, que bueno ni el Tomate, ni Salsa Rosa, ni la prensa entera del corazón lo superan, y David y Goliat, los líos de José con el faraón, los bastones que se convertían en serpientes, las diez plagas de Egipto, los mares que se abrían, las doce tribus, los filisteos, lo del plato de lentejas, las tablas de Moisés, lo del maná y las codornices, lo del arca de la alianza, Matusalem y toda la peña… bueno, bueno, bueno… si es que era un no parar de emociones. Porque, hay que decirlo bien alto, la historia sagrada para un niño no tenía desperdicio. ¡Qué atención a aquellos relatos! ¡Qué emoción! ¡Cómo soñabas con ser David para darle estopa al gigantón ese del curso superior al tuyo que os quitaba el balón en todos los recreos! La historia sagrada era una divinidad.
Lo malo era cuando crecías y te pasaban a religión. Allí ya se acababan los cuentos emocionantes y empezaban a laminarte con la culpa, el pecado, la muerte, la eternidad y el infierno. Creo que sólo creí la historia sagrada, luego ya, la verdad, no me creí nada, empecé a dudar de todo.

2 comentarios:

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Zeltia dijo...

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Se non fora que non teño, ay perdona, que me fui al gallego, si no fuese porque no tengo el humor muy alto me troncharía de risa con este post tuyo, pero así solo sonreí, que da lo mismo, porque eso no significa que no apreciase tu sentido del sentido del humor :)

Mira que tienes razón! aunque una referencia a Judith cortándole la cabeza a su amante mientras dormía; Dalila engañando a Sanson con sus ardides femeninos, Salomé danzando sensualmente para su padrastro y su madre, por dios, induciendo a la menor para que lo hiciese, todo para hacerse con la cabeza de San Juan Bautista, que ya podía la mujer haberse encaprichado con un collar, o algo así... Vamos, que ésas historias de mujeres manipuladoras y que utilizaban el sexo para conseguir sus fines eran las que más me impactaban a mí con 8 añitos que leía yo esas cosas, y mi pobre madre, toda feliz porque yo leía "la biblia" en vez de tebeos! A veeeer... ¡no hay comparación!