03 junio 2007

Paseo de Otoño

El día amanece con la lentitud de siempre y, tras la penumbra del alba, el cielo gris lo impregna todo de monotonía. La luz es del color de la cara de un carbonero, pero no llueve. Dejo mi casa a las ocho y camino con indolencia, disfrutando de la mañana que, aun en su grisura, es muy agradable. No hace aire ni frío. Camino por una ciudad a la que aún no le ha venido del todo el alma al cuerpo. No tengo prisa, dispongo de tiempo más que de sobra para llegar a mi lugar de trabajo. Atravieso con lentitud las calles. Va a ser, mi paseo, el primer placer del día. Me encanta. Lo hago casi a diario, pero no me aburre. Las ciudades, como los buenos libros, se pueden releer muchas veces y siempre hay algo nuevo que se nos pasó o que no estaba y, de repente, aparece.
Los vecinos de un bloque cercano a mi casa, hartos de las juergas, de las pintadas y del botellón del fin de semana en el hermoso patio interior de su bloque, han decidido cerrarlo. Lástima porque ya me había acostumbrado a atravesarlo cada mañana. A uno, con los años, le molesta que le cambien las rutinas adquiridas. Enseguida bordeo el bloque por unos soportales con comercios y bares cerrados. Casi sin darme cuenta llego a la iglesia de San Antonio, una de esas birrias de ladrillo que se hicieron en los años 70 cuando la iglesia estaba de apertura y Cristo llegaba de Palacagüina, hijo de José y una tal María... Si no fuera por las cruces cualquiera pensaría que es un garaje. Enfilo la calle de la Virgen de la Soledad, más conocida como la Llanilla.
Los pocos transeúntes caminan raudos y mirándose de reojo, como vergonzosos de romper la intimidad ajena pringada aún de somnolencia. Cada cual sabe a donde va, nadie titubea y todo el mundo va con la misma seguridad que guía a las hormigas. Los caminos de la gente se entrecruzan. Los automóviles circulan más deprisa de lo normal. Sus conductores han apurado el tiempo de descanso y, nerviosos por la hora, apuran también el de los semáforos. Suena intempestivo el claxon al mínimo despiste del prójimo. Los peatones miran la cara airada del que pita con una pizca de desdén. Y parecen preguntarse por qué tenemos que pagar todos nosotros su impaciencia, su prisa y su mala educación.
En la Llanilla, recuerdo esta misma calle con las charangas vibrantes, en ya lejanos septiembres, llena de público que, por ferias, baja a la plaza de toros. Mi abuela Pilar siempre estaba asomada al balcón del piso de mi madre para ver la animación. Mi suegro, los amigos taurinos y yo la saludábamos muy contentos al pasar. No era para menos, veníamos de tomar café y copa. A la salida del espectáculo una marea humana, decepcionada las más de las veces, se deslizaba entre un atasco de coches, peñistas y peatones variados hasta diluirse poco a poco por las calles adyacentes.
Hoy la calle está en calma y sólo algún bar alberga a unos pocos madrugadores que desayunan presurosamente. Los barrenderos suben por las aceras haciendo su trabajo de mirasuelos resignados. Las casas son casi todas nuevas y, de mi abuela, en el balcón de mi madre, sólo queda el sitio. Un sitio que, como tantos otros, jamás volverá a ser ocupado.
La silenciosa mole de la plaza de toros se queda a la izquierda y llego al Paseo de las Cruces que es, quizás, la calle más hermosa de la ciudad. Hay quien dice que al paseo sólo le falta, para la perfección, terminar en un balcón al mar. Ilusiones de gente de tierra adentro, pero sí, al llegar al final del paseo, parece que se echa de menos un mirador marino. Ganas de imaginar, vicio barato, cosas que nunca van a tener un cumplimiento.
Hoy no voy en esa dirección, sino hacia San Ginés. La zona central del paseo está hoy radiante pese a la luz plomiza. Hace pocos años la pavimentaron con pizarra de la sierra y, mojada como está, hace efectos de agua como los cuadros de Soroya. Las hojas rojas y amarillas que el otoño tira al suelo sin descanso, hacen que la combinación de agua, pizarra y luz se llene de color. A mi izquierda queda el antiguo Gobierno Civil y, muy despacio, recreándome en la vista del suelo, que es como una joya brillante, llego a la Plaza de Santo Domingo. Sin duda la más espaciosa de la ciudad.
La iglesia de San Ginés con su portada seria preside el lado más al Este de esta plaza. Santo Domingo es mentidero de la ciudad y punto de concentración de jubilados. Hoy es todavía pronto para que los desocupados, conversadores mirones, ocupen sus bancos y la transitamos los trabajadores sin detenernos. Algunos son hombres que, muy serios, con cierto aire encampanado y sopesada importancia, van a trabajar a la sucursal de su banco, claro, se comprenden sus modales, tienen que dar impresión de solvencia, dónde iríamos a parar si no; pasan también mujeres elegantes que, de punta en blanco, taconeando y oliendo a aliento de querubín, entran a las oficinas de Hacienda; otros y otras, a los juzgados; chicas más jóvenes, pero también elegantes y gráciles como hadas del bosque urbano, a las florecientes inmobiliarias; camareros, algo de mala gana, a sus bares; currantes en general, presurosos, a sus tajos cotidianos.
Cruzando en diagonal la amplia plaza, llego al comienzo de la calle Mayor, junto a la esquina de los Tejidos Elvira, que es de los pocos comercios antiguos que, inexplicablemente, se ha resistido al acoso inmobiliario. Aquí, la calle Mayor, es peatonal y tiene un suelo de baldosas rosadas y blancas. La confitería de La Flor y Nata sigue donde siempre, como un náufrago superviviente del pasado. Tras sus cristaleras el recuerdo de Lola me sonríe fugazmente y luego desaparece. Yo también le envío un guiño de añoranza a la bella mujer. No ha sido nada, todo ha transcurrido en el tiempo de un parpadeo. Casi ni dolió.
Calle abajo llego a la altura del Casino, o mejor dicho, del Casino Principal, como pomposamente se le nombra en una placa que tiene a la entrada. El Casino, habiendo perdido hoy la exclusividad de otros tiempos, abre su comedor a todo aquel que quiera gastarse los nueve euros que vale el menú del día, cuatro primeros y cuatro segundos, pan, vino y postre incluidos. Si aquellos viejos socios, de cuando entonces, levantaran la cabeza, morirían aturdidos por la democratización del local. ¡No sé donde vamos a parar, mi dilecto Don Nicanor, esto es el acabose! Se siente, ilustres señores, es el paso del siglo XIX al XXI casi de golpe. Algo es algo.
Desde la esquina donde estuvo el antiguo Casinillo, hoy sede central de la Caja de Ahorros, veo el impresionante edificio del Banco de España. Debajo de él cuelga un gran cartel en el que se indica que el viejo edificio de imponente fachada, en desuso hace tiempo, se va a rehabilitar para poner en él la sede de Hacienda.
A partir de la esquina del antiguo Casinillo, entrada de la calle Topete, cambia el pelaje de la calle Mayor. Queda atrás la combinación de rosa y blanco, que casi parece un homenaje a La Flor y Nata, y aparece entre las dos aceras, y a su mismo nivel, una continuación de la zona peatonal que ahora se hace gris por tener el pavimento de adoquines de granito. La zona mojada hace juego con el día. Llego a la altura de San Nicolás, iglesia de las de antes, con su eterno pobre sentado a la puerta. Los pobres de San Nicolás han sido varios en los últimos tiempos y, alguno de ellos, legendario; otros han muerto sin abandonar el puesto y siempre, al que se va, le llega un sustituto. Nunca queda vacante la plaza.
Por los adoquines mojados sólo circulan a estas horas las furgonetas de reparto. La bajada de la calle se hace un poco más pronunciada desde Hacienda, a la altura del Almacén del Carmen (Casa Aguirre) otro de los pocos comercios antiguos resistentes al amor por lo nuevo. Enseguida estamos en la Plaza Mayor. El edificio del Ayuntamiento en su color de siempre, el crema claro mezclado con el blanco, queda a la izquierda. Los edificios de la antigua cerería, la carnicería y demás, que estaban en el lado de la plaza, a la izquierda del Ayuntamiento, han ido al suelo y ya se verá lo nuevo, ahora son obras. El resto, con sus soportales de siempre.
En la calle del Dr. Román Atienza, que sale de la calle Mayor a la izquierda, acaba de caer el edificio donde estaba la cordelería de Olivares y la cestería Casa Montes, con su recuerdo de Camilo José Cela en uno de sus viajes. La piqueta no descansa. Me estoy quedando poco a poco sin lugares que evoquen mis recuerdos, pero, claro, lo dicho, sólo en la calle Mayor 14 inmobiliarias.
Sigo calle abajo hasta Santa Clara, paso por la esquina del bar Soria, hoy cerrado y con aspecto ruinoso. Aquí, los martes, en tiempos, solían reunirse los agricultores y ganaderos de la zona para saludarse, charlar, hacer transacciones o decir mentiras, que todo iba en gustos e inclinaciones. Hoy se nota que la ciudad se ha desplazado hacia arriba y este punto no es tan céntrico como solía.
Llego al ensanche de la Plaza de los Caídos. Con el agua la piedra rojiza del Palacio del Infantado parece que rezuma el tinte ocre con el que, en las tenerías de los Mendoza, teñían las lanas. El brillo de la piedra, casi anaranjado bajo el agua de lluvia, parece que rejuvenece al palacio, le quita el polvo de siglos y le da visos de obra más reciente.
La Plaza de los Caídos, en la Guerra Civil, ¿cuándo iba a ser?, la han remozado totalmente. Ahora parece más amplia con zonas de agua, rampas y varios niveles. Ya no tiene escaleras por ninguna parte y de los árboles de antes sólo han dejado el pino más viejo, un ejemplar centenario. Sin embargo han puesto una serie de bancos que más semejan tumbas de un cementerio. Al final a la plaza no se le va el mal recuerdo que arrastra con su nombre.
Al final de la plaza, a la derecha, queda la iglesia de los Remedios. Yo no la he conocido dedicada al culto. En el siglo XVIII fue convento de las Jerónimas y antes, en el XVI, colegio de doncellas. ¡Los siglos que han visto sus magníficos y airosos arcos renacentistas!
Sigo Calle Madrid abajo, a la derecha quedan las ruinas del viejo alcázar, en larguísima restauración y recuperación, a la izquierda la antigua Escuela Normal que con el tiempo ha ascendido, y ya es Escuela Universitaria del Profesorado. Menudo empaque para la vieja escuela. Más abajo, en el número 22, queda la casa de mi otra abuela. La casa de la abuela María, con sus dos miradores y sus dos balcones. En el primer mirador, según se baja, mi abuela pasó miles de horas haciendo ganchillo y rumiando alguna pena que yo sé. También, todavía, queda el sitio. Es de las pocas casas viejas que no se han derribado aún pero que, como los sentenciados, espera día. Deshabitada, con el tejado convertido en nidal de palomas, los hierros de sus miradores y balcones oxidados, algunos cristales rotos, la puerta principal atada con una cadena... más claro no puede estar, todo anuncia su fin.
Por la cuesta del Hospital, que sigue como toda la vida, pero con construcciones nuevas a la derecha según bajamos, llego al río. Perdón, primero atravieso una rotonda grande que antes de entrar al puente me puede dirigir a carreteras de reciente construcción. Por ellas puedo llegar a barrios nuevos, inventados, recién construidos, alguno con nombre evangélico, como el de Aguas Vivas, pero todos sin significado para mí. O, mejor dicho, ocupan parte de mi espacio familiar pero no están registrados en la intimidad de mi tiempo.
Al atravesar el río por el viejo puente árabe se ve la nueva obra que, cincuenta metros aguas abajo, va a dar lugar a un nuevo puente. El río baja hoy con más agua de la habitual, por las lluvias en la sierra, pero su cauce no es ya el de un río de aluvión. Las presas aguas arriba controlan el caudal de este río de pasadas crecidas repentinas y alarmantes.
Cruzo el puente por la estrecha acera entre una barahúnda imparable de coches, camiones, furgonetas y motos. Al otro lado comienza el barrio de la Estación. Hace años era un barrio aislado. Ahora está todo construido desde la estación del ferrocarril hasta el barrio de Los Manantiales. Llego a mi trabajo y acaban mis observaciones.

02 junio 2007

Con la bala dentro.


Tenía 17 años. Estuvo muy tocado por la muerte de su padre, su desasosiego duró muchos meses... se iba al campo sin rumbo fijo y sin hora de vuelta conocida, vagaba sin recordar los lugares por los que discurrían sus erráticos paseos... se pasaba horas en el cementerio junto a su tumba... no controlaba lo que le decía a la gente ni se enteraba de lo que la gente le decía a él... Pintando, entonces le gustaba pintar al óleo, hizo cuadros rarísimos que asustaban a la gente de su familia y a su madre le hacían llorar...creo que estuvo bastante desquiciado durante meses y nadie tenía la fórmula para que su desvalimiento y su dolor se desvaneciesen. Nadie sabía si algún día volvería a ser el de antes. Sospecho que fue el tiempo el factor más decisivo para que aquella angustia se fuera contrayendo y dejara de invadirle por completo. Sé que muchos meses después se concentró toda ella en un punto pequeño, denso y pesado, que aún ronda dentro de sus entrañas, como a los que se les ha quedado dentro la bala de un disparo y, ya enquistada y curados los daños que en su día hizo, se les mueve de unos puntos a otros por el interior del cuerpo sin dolor, pero sabiendo que ya la llevan dentro para siempre.

31 mayo 2007

Azar


Teniendo en cuenta que, según se mire, todos los viajes son el viaje, los caminos producen y han producido en mí una emoción intensa. Me sorprendieron en su día algunos viajes a pie. Hablo de viajes de 30 días o más, algunos de más de mil kilómetros. La maravilla de lo simple sorprende siempre. Pero lo sencillo ni se busca ni se ve, ha de encontrarse al azar o, de lo contrario, no se encuentra de ninguna manera. Bonita palabra, azar. Si no sabemos por qué ha ocurrido algo decimos que ha ocurrido por azar. No nos resistimos a ignorar y, claro, para eso están las palabras: azar, por ejemplo. Azar y otras palabras quedan bien y son bonitas, sirven para explicar lo inexplicable y además, hasta ahora, son gratis. ¿Quién no queda bien por ese precio? Es como cuando la policía o los políticos dicen que no descartan ninguna hipótesis sobre algo que ha acaecido, quedan muy bien y nadie puede achacarles ni recriminarles que no tengan ni puta idea, con perdón, de lo sucedido. Las palabras nos sacan de muchos apuros, esa es la verdad. También distraen, sí señor, sobre todo distraen. Pero volviendo a lo irreal, ¿qué me animó a emprender ciertos caminos? Leed, si tenéis tiempo esta poesía de Constantino Kavafis y lo comprenderéis, yo también la leí un día por azar:
ÍTACA
Cuando salgas en el viaje hacia Ítaca,
desea que el camino sea largo,
pleno de aventuras, pleno de conocimientos.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al irritado Poseidón no temas,
tales cosas en tu ruta nunca hallarás,
si elevado se mantiene tu pensamiento,
si una selecta emoción tu espíritu y tu cuerpo embarga.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
y al feroz Poseidón no encontrarás,
si dentro de tu alma no los llevas,
si tu alma no los yergue delante de ti.
Desea que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que, con cuánta dicha,
con cuánta alegría, entres a puertos nunca vistos.
Detente en mercados fenicios
y adquiere las bellas mercancías:
ámbares y ébanos, marfiles y corales,
y perfumes voluptuosos de toda clase,
cuanto más abundantes puedas.
Anda a muchas ciudades Egipcias
a aprender y aprender de los sabios.
Siempre en tu pensamiento ten a Ítaca.
Llegar hasta allí es tu destino.
Pero no apures tu viaje en absoluto.
Mejor que muchos años dure
y viejo ya ancles en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que riquezas te dé Ítaca.
Ítaca ya te dio el bello viaje.
Sin ella no hubieras salido al camino.
Otras cosas no tiene ya que darte.
Y si pobre la encuentras, Ítaca no te ha engañado.
Sabio así como llegaste a ser, con experiencia tanta,
ya habrás comprendido qué es lo que significa Ítaca.

El poema, a fuerza de probarse en viajes y viajes, ha salido certero. Tuvo el poema la virtud de animarme ante lo que me parecía difícil, por no decir imposible y, aunque otras personas lo leyeron por separado, quiso el azar, una vez más, que lo recordásemos juntos en encuentros impensados.

29 mayo 2007

Despedida


Llegó el día de mi partida, me marchaba a trabajar en la hostelería, a Lloret de Mar, era un 25 de junio. Mi tío Manolo me bajó a la estación para despedirme. Por aquel entonces Manolo estaba sin trabajo, el hombre vivía en casa de una hermana casada y no tenía un duro. Creo que, al ver que me iba, casi le daban ganas de venirse conmigo. Al llegar el tren, me preguntó si llevaba el billete y si llevaba dinero. A la primera pregunta le dije que sí y a la segunda que 80 pesetas. Pero, ¿cómo consienten que un crío se vaya casi a Francia sin dinero?, y el hombre, visiblemente conmovido, sacó su cartera y me dio todo cuanto en ella llevaba, sin dejar ni un solo billete para él. Fueron 800 pesetas, sé que era todo lo que tenía. Luego me dio un abrazo y se dio media vuelta porque no quería que le viese llorar. Mi imagen, con un traje arreglado y teñido de negro que había sido de mi padre, y mi pinta de crío decidido sólo daban muestra evidente de un audaz desamparo. Cuando salió el tren, mi tío no se volvió pero agitó la mano porque sabía que yo le estaba mirando. El tren dejó la estación de mi ciudad y se metió en la noche.

Calendario


El calendario es un pequeño mar con diminutas olas. En esas olas uno puede perderse, navegar, hundirse, sorprenderse, perecer, ser feliz, angustiarse, llevarse la gran sorpresa, descubrirse a uno mismo en facetas desconocidas... Es como si al levantar cada una de sus hojitas viniese por detrás una sorpresa, un placer, un gusto, un disgusto, una bomba que pudiera arrancarte la mano de cuajo, una caricia, un llanto... cualquier cosa inesperada.
No, yo no soy yo, cuando paso cada hoja del calendario, soy sólo la idea que de mi mismo tengo. Soy otro y, sólo de vez en cuando, entro en mí, como el que visita una casa propia en la que hace años que no mora. Me visito a mí mismo de prestado, con miedo a ser descubierto, casi como un ladrón. De espaldas al calendario.

28 mayo 2007

La cruz de D.Manuel


Caminar por los campos desiertos de Villacadima es dejar que el alma se meza perezosa en el aire ligero y fino de la sierra. Dejar atrás los campos yermos, hoy perdidos, y encaminarse por las suaves hondonadas hacia los pinos que limitan con otro término de bonito nombre, Campisábalos. El recorrido es un placer para el que sobran las prisas. Difícil, muy improbable, casi imposible el dar con alguien. Sería un milagro el ver persona alguna. Sólo sabinas, enebros, pinos y arbustos delimitan a lo lejos los baldíos desiertos y ásperos con la dehesa de tierna hierba poblada por las vacas montaraces.
Llegando casi a la linde entre ambos términos aparece, o más bien se topa uno si tiene la suerte de dar en ella, con una cruz maciza, de piedra, cubierta parcialmente de liquen y en la que cuesta un poco leer estas palabras: D. Manuel Abascal † El 12 de Julio de 1919 D.E.P. La cruz está en lo que se supone que es el camino, ya perdido, de Villacadima a Campisábalos o viceversa. El hallazgo contribuye aún más a dar al paraje un ambiente de mayor soledad, desolación y desamparo al comprobar que la zona, hoy sin vida, la tuvo hasta tal punto que hubo quien la perdiera en sus caminos. Pensando de dónde vendría o a dónde iría D. Manuel en su último viaje, me voy de allí despacio, como llegué, pensando dónde me pillará a mí el mío.

Lo inesperado.


No son encuentros forzados. Se producen, simplemente, sin saber por qué. Son muestras del supremo valor de lo que no tiene utilidad. El valor impagable de la sorpresa. Encontrar donde no buscas. Recibir de donde no esperas. Es como si tu alma estuviera disgregada sin tu saberlo y de vez en cuando te toparas con algún trocito de ella que alguien amablemente te ofrece: “Señor, ¿es suya esa brizna de alma que me encontré?”. Decididamente no estoy hecho para esta civilización de lo previsible en la cual nos gusta tener seguro todo, que todo coincida con lo que se espera , en la que la propiedad nos da una seguridad ficticia y nos ofrece tranquilidad a nosotros mismos porque confundimos la seguridad con la posesión. Lo imprevisible nos vuelve vulnerables. Lo imprevisible nos hace vivir. El castillo de la seguridad cae ante ello, porque es un castillo imaginario en el que nos gusta encerrarnos para sentirnos bien. El socorrido reflejo de cerrar los ojos ante el peligro con la pueril intención de que así desaparezca.

26 mayo 2007

Una percepción de la derecha eterna.


La bandera de mi país siempre era esgrimida por gente de derechas, hasta el punto que yo pensaba al verla siempre en ellos. Identificaba la bandera con ellos y pensaba, inconscientemente, que el país también les pertenecía. La gente de derechas que yo he conocido desde que era muy joven era gente adinerada, de media a alta posición. La gente de derechas era también, al menos externamente, gente religiosa, católica en mi país, muy respetuosa y proclive hacia la autoridad eclesiástica y sus deseos. La Iglesia, por lo general, era recíproca en sus simpatías hacia ellos. La gente de derechas era poderosa, influyente y pronta al amable compadreo entre los suyos. La gente de derechas hacía y deshacía, porque podía y nadie osaba impedírselo, cuantas cosas le venía en gana. La gente de derechas pasaba por ser gente como Dios manda y tal y como convenía que todos fuésemos, por lo menos, en apariencia: gente de bien. Así que la gente de derechas solía reunir, no totalmente pero casi, el monopolio del dinero, de la religión, del poder, de la bonhomía y de la patria encarnada en la bandera, de las tradiciones, de la historia... La gente de derechas era la esencia de la nación. Era la nación. Sin más.
Como la gente de derechas hizo siempre lo que quiso, a nadie le extrañaba que amañaran las cosas, fueran las que fueran. Al fin y al cabo siempre lo habían hecho. Tampoco era chocante que pusieran a los suyos en los puestos que desearan, ese había sido siempre su comportamiento natural. Los empresarios tuvieron siempre un cierto estilo gansteril que, nadie sabe cómo ni por qué, consiguieron que se viera como normal, como parte del orden establecido por la naturaleza. La ley del más fuerte. Algo así como una selección natural institucionalizada. A nadie le extrañaba que la derecha fuera como un ave de rapiña porque siempre lo había sido y porque además pusieron de moda el serlo, como un avance más del bien común. Al fin y al cabo ellos creaban los puestos de trabajo casi del mismo modo que el Creador hizo el mundo en una semana. Y, al que creaba puestos de trabajo, todo le estaba o de debía de estarle permitido.
Resumiendo, que nadie se alarmó nunca porque alguien de derechas hurtase en cuentas, hiciera apropiaciones indebidas, defraudara, extorsionara, coaccionara, practicase el cohecho, el nepotismo… era algo connatural con ellos. Al fin y al cabo no mataban a nadie. ¿Cómo si no iban a ser el alma máter del país? Sólo faltaría eso, que no pudieran hacer lo que quisieran. Cualquier desmán de la gente de derechas es visto, al fin y al cabo, como algo esperable e ineludible, como algo que ellos hacen ya casi genéticamente. Nadie espera otra cosa de ellos. No sé por qué pero en mi mente, desde pequeño, la cosa quedaba así explicada. Este comportamiento de la derecha llegó a hacerse tan natural como la salida diaria del sol por el Éste. La derecha también era un valor diario y permanente que ahí estaba y estará guste o no. Es el motor del país, no puede ser de otra manera. ¿Qué queremos el caos, la anarquía y el desorden? Pues dejemos las cosas como están. No ideemos experimentos arriesgados.
Claro que todo esto puede ser una falsa percepción, casi una impronta, que yo fui recibiendo desde niño y que, hasta ahora, los hechos no me han desmentido. También puede que, siendo yo una criatura, las cosas me pareciesen así y que mi torpe mente, yendo ya para viejo, tampoco haya notado grandes cambios. Pero claro tanto la visión del niño, como el juicio del viejo pueden estar mal construidos, ser erróneos, dirigidos, interesados y malintencionados. Errores de percepción ya que como todo el mundo sabe, las percepciones pueden ser engañosas. Por las impresiones de uno tampoco se puede condenar a nadie, naturalmente todas estas afirmaciones habría que probarlas, pues estoy seguro que sorprenderan a todos cuantos las lean. A nadie se le ocurren estas cosas tan absurdas.

11 mayo 2007

Mártires laicos

No sé si soy un buen testigo. No viví la guerra civil que hubo en España desde 1936 a 1939. Así que ni siquiera me puedo llamar testigo.
A pesar de esto, viví en mi familia y en mi entorno el temor a hablar abiertamente de lo que pasó. Daba la sensación de que todos tenían un gran sentido de la vergüenza por lo ocurrido y algunos un abierto temor a describirlo. También viví la demonización de un grupo, el de los perdedores, denominado en simplificador conjunto como “los rojos” y que eran, al parecer, los causantes de todo el mal que sobre la faz de la tierra hubiese. Viví los tiempos en que los párrocos o la Guardia Civil habían de avalar con un certificado de “buena conducta” las aspiraciones de los ciudadanos para conseguir un empleo público. Vi la segregación, en barrios de pobres y de desarrapados, de los perdedores. Vi los comedores vergonzantes del Auxilio Social. Más tarde, con el paso de los años y a fuerza de preguntar a quien debía y a quien no, supe de los fusilamientos de muchos, no ya en la guerra donde quiero pensar que la locura se generalizó, sino en la posguerra, a lo largo de muchos años y con los ánimos supuestamente más calmados por la victoria; supe también de los años de cárcel, de los campos de concentración, de las depuraciones, de los destierros, de los exilios para muchas personas... todas ellas habían sido leales con el gobierno democráticamente establecido. Siempre vi y sigo viendo, en las fachadas de las iglesias de todos los pueblos de España, unas listas perennes de caídos por Dios y por España, listas que sólo hacen referencia a los que compartían ideología con los que se rebelaron y se impusieron por la fuerza a sus compatriotas. También supe luego que los papeles se habían cambiado, que a los defensores de la legalidad vigente se les tildó de traidores y a los que se alzaron contra el gobierno democráticamente elegido se les llamó patriotas y que esos fueron “los nacionales”. También supe que la Iglesia Católica llamó a esta guerra “Cruzada” tomando inequívocamente partido contra la legalidad del gobierno de la república y a favor de los que se rebelaron contra ella.
A lo largo de mi vida, la guerra civil que no viví, ha estado siempre presente de una manera o de otra. Hoy existe un proyecto de recuperación de la memoria histórica que al parecer pretende recobrar la dignidad y sacar del anonimato a los que perdieron la vida por enfrentarse a la sinrazón, un proyecto que pretende desenterrar a los fusilados en la cunetas y devolverles su nombre, que pretende redimir los años de vergüenza y compensar la pena que tantas familias hubieron de sobrellevar, que pretende que se anote y recuerde el nombre de los olvidados, de los que no estarán en la fachada de ninguna iglesia ni en ninguna lista de caídos por Dios y por España. Pero, al parecer, esto sólo va a servir para fomentar el odio entre españoles, evitar el cicatrizante olvido e impedir la reconciliación. No sé porqué, cuando ya no se le piden a nadie responsabilidades. Parece que no es posible hacer esto entre todos, reconocer los abusos que no solamente no buscan ya castigo para ninguno de sus responsables sino que lo único que pretenden es recobrar para la historia común el nombre de los olvidados. Sin embargo, parece ser que esto no fomenta el espíritu de la reconciliación. Es mejor que estos, cuanto menos leales, queden ignorados para el bien común general.
Hace bien poco, ha habido auténticas oleadas de canonizaciones de “mártires de la Cruzada” auspiciadas por la jerarquía católica española y avaladas y celebradas por el Papa Juan Pablo II. Se ve que, en estos casos, era evidente un encomiable afán de justicia y reconciliación. Ahí tenemos a los santos de la Cruzada a nadie le parecen un peligro pero esos otros mártires laicos sí que parece que lo son. La culpabilidad de muchas familias les persigue de generación en generación. Si no es así, no me lo explico. Seguramente soy un testigo deformado.

06 mayo 2007

No como, me medico.

No, ciertamente yo no como, me medico.
Isoflavonas, antioxidantes, L-carnitina, ácido oleico, rivoflavina, omega 3, vitaminas, ácido fólico, niacina, aceite de onagra, lecitina de soja, ácidos grasos esenciales, aminoácidos esenciales, calcio, colágeno, cortisol, creatina, fenilalanina, glucógeno, L-glutamina, mucílago, oligoelementos, neutralizadores de los radicales libres… y un sinfín de substancias que desconozco forman, sin mi consentimiento, parte de mi dieta diaria.
Mis abuelos sabían que comían fruta, carne, pescado, patatas, verduras, frutas, legumbres… que bebían leche, vino, agua… e, ignorantes de las deficiencias de estos productos, los consumían hasta la muerte. Yo ya no como, me medico, pero creo que tendré su mismo fin. Con una diferencia, ellos sabían lo que comían, yo no, pero lo pago. Eso es lo que importa.

30 abril 2007

Mayo 68


El Sr. Sarkozy va a regenerar La France. El mismo que llamó basura a los jóvenes de los suburbios, él que provocó con sus palabras una oleada de violencia que calcinó cientos de coches y denigró la imagen de Francia en el mundo durante semanas. ¡Atención!, va a regenerar La France. Él es la persona designada por sí mismo y, por lo que se ve, por las mayoría de los franceses para acabar con la debacle. Originada sin duda por aquellos ácratas principios del Mayo del 68. Aquellos aires de cambio que esos principios trajeron a la anquilosada Europa, Sarkozy va a anularlos y a devolvernos, se supone, a los respetuosos y dignos tiempos de cuando entonces, tiempos, según este señor, llenos de valores y respeto. Y, ¿en nombre de qué?, pues de la moral, una palabra que a él no le da miedo. Según los herederos del mayo del 68, dice Sarkozy, “todo vale”, “no hay diferencia entre el bien y el mal”, “no hay diferencia entre lo cierto y lo falso”, “no la hay entre lo bello y lo feo”, “el alumno vale tanto como el maestro”, “la víctima cuenta menos que el delincuente”, “no existe ninguna jerarquía de valores”, “la autoridad se ha acabado”, “al igual que la cortesía y el respeto”, “no hay nada grande, nada sagrado, nada admirable, ninguna norma, nada está prohibido.” Y además la heredera y administradora de este nefasto equívoco de la historia es la izquierda y más concretamente los socialistas que denigran la identidad nacional, atizan el odio de la familia, de la sociedad, de la nación y de la República. Fácil, esta lista de descréditos y entendible para cualquier ciudadano. ¿Pero cuántos ingenuos la creerán?
Desde el Mayo del 68, a mí que no soy francés, grandes verdades sostenidas hasta entonces se me cayeron y me cuestioné cosas que me hicieron avanzar, incluso moralmente pese a Sarkozy. Por ejemplo, dejé de creer que quien bien te quiere te hará llorar, para pensar que quien bien te quiere te hará feliz, también aprendí que la autoridad no se tiene, se gana; también me di cuenta que la letra con sangre no entra; de que la diferencia entre lo cierto y lo falso no se impone, se razona y que, en cualquier caso, raramente te la aclarará un político; que el bien y el mal se relaciona más con lo justo y lo injusto que con cualquier religión o creencia; que la cortesía y el respeto hay que darles para recibirlos; que el alumno, en tanto que persona, no en tanto a conocimientos, vale tanto como el maestro y hay que aspirar a que en el futuro valga más en educación y conocimientos… El espejo que nos muestran los que mandan, nuestros inefables políticos, no es precisamente lugar en el que los ciudadanos podamos mirarnos para ver todas esas virtudes morales que se adjudican y predican. Pero si el señor Sarkozy va a tirar la primera piedra, ya veremos cómo encaja las le caigan a él.

28 abril 2007

Solo


Solo. Una vez más repasaba su vida. Las fantasías que nunca fueron a ningún lado pero que continuaban viajando por el inmenso espacio de su cerebro. Esa imaginación, a veces, tan certera. Esa clarividencia tan extraña como inútil. En su adolescencia comprendió que todo estaba donde nadie lo buscaba y, por eso, lo que él buscaba, que eran los demás, nunca estaban allí. Descubrió cosas que le sirvieron para toda la vida y que por las noches le hacían dormir bien, sin embargo, su vida no fue un triunfo sino más bien lo contrario. No le pesó, excepto cuando joven. De nada sirve encontrar una verdad si no la quiere nadie. Se dio cuenta de que, perito en certezas, era al mismo tiempo un ignorante en utilidades. Lo que él sabía a nadie le interesaba, a nadie le servía. Así que, aunque joven, de siempre fue un viejo y, en la vejez, siguió cultivando la misma planta extraña de la certeza pero, ya sin fe, a nadie le decía lo que pensaba. Resignado, había aprendido ya que a nadie le interesaban sus hallazgos. Del mismo modo que los viajes, que uno narra a los amigos pensando que les interesan, son un modo de dar la paliza al prójimo, lo que encuentras es mejor dejarlo para ti pro indiviso, lo mismo que lo son en exclusiva los dolores, el sueño o el recuerdo.

24 abril 2007

Como hermanos.


Todo comenzó porque, al nacer Eduardo, su hermano tenía ya cinco años y la llegada del nuevo no parece que fuera bien aceptada por el mayor. El pequeño se sintió siempre desplazado, despreciado, vejado, intruso, fuera de lugar y abiertamente maltratado por el hermano mayor, que nunca perdonó al pequeño que irrumpiera inesperadamente desplazándole de los mimos y cariños que, como hijo único, tuvo garantizados mientras lo fue. Pero, según dicen algunos con mucha seguridad, la naturaleza es sabia y compensadora, y así, Eduardo, a los 13 años ya medía 1,87 mientras que su hermano mayor no pasaba del 1,65.
A los 17 años, y después de una sesión más de fraternales bofetadas que cayeron sobre Eduardo por algún motivo fútil, fue cuando éste se revolvió inesperadamente y derribó a su confiado hermano de dos puñetazos. Cuando el hermano mayor, violentamente enfurecido por una reacción y una derrota a la que no estaba acostumbrado, iba a responder con una violencia madura y redoblada, Eduardo, con una navaja en la mano se le encaró y le dijo: “¡Si me vuelves a poner la mano encima te saco las tripas fuera y te arranco el corazón, lo juro!” Según relato espontáneo del interesado el remedio fue mano de santo, su hermano jamás volvió a golpearle. Sin embargo su odio hacia él se enconó y pasó a sublimarse en formas más sutiles y refinadas de desprecio y ninguneo. Y es que el rencor, como toda persona cultivada sabe, a la vez que se hace más profundo puede perfeccionarse mucho. Al cabo lo que somos, ya está dicho.

23 abril 2007

Los visitantes


Por la tarde, después de la sobremesa y de la entrega de nuestros primeros regalos, Eduardo dijo que traía todo lo necesario para embotellar un cierto vino generoso que su padre había comprado hacía años y que nos había traído en una vieja garrafa. Sin embargo, antes de esto, me dijo que se creía en la obligación de comunicarme algo, ya que estaba en mi casa y creía que yo debía de saberlo. Miró a su amigo Manuel y me indicó que Manuel iba siempre acompañado de una “pucha” pues no en vano era su guardaespaldas y ayudante y en el mundo nunca sabía uno con lo que podía encontrase. Al notar mi cara de extrañeza y mi gesto de interrogación ante la palabra “pucha”, hizo un gesto a Manuel quien inmediatamente sacó de debajo de su chaquetón una monumental pistola de la que me dijo que era reglamentaria y que su calibre era del 9 mm parabellum y que tenía de ella todos los papeles en regla. Esto último se conoce que lo dijo para que no me preocupara. Inmediatamente le repliqué, con mucho miramiento y tacto, que eso en nuestro entorno no le iba a ser necesario y que le rogaba que no la sacara a la calle. Manuel, ante mi asombro más que disimulado, me dijo con tranquilidad que, por supuesto, no iba a utilizarla pero que sabía por experiencia que si había algún problema de relieve, su pucha, apuntando a la cabeza del interesado, solía resolver asuntos de apariencia complicada. Le repetí mis recomendaciones y le rogué que no la sacara de casa. Procuré disimular mi preocupación, que era muy grande, y pensé para mí: Pero, ¿a quién he metido en casa? Mi mujer se quedó lívida con esta inesperada revelación, pero los dos procuramos disimular y no nos echamos a llorar allí mismo. Siempre hay que guardar las formas. Entereza, amigo.

22 abril 2007

Dios y los poetas.



Pese a sus orígenes, educación, posición y clase, se declara persona acérrima de izquierdas, apartidista, de ateísmo militante y, por encima de todo y sobre todas las cosas, de creencias poéticas tan acendradas como irrenunciables. Hay quien cree en Dios y quien cree en los poetas, ambos ofrecen bellas realidades intangibles pero, eso sí, de los poetas algo se sabe con certeza por su rastro humano y, de Dios, lo que nos dice la Iglesia que, por axioma bien conocido, no puede ni engañarse ni engañarnos. Así que a la vista de los hechos que cada uno apueste al caballo que más le guste. Uno no tiene empeño alguno en convencer a nadie.
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06 abril 2007

Fado Vadio



En Lisboa, hace años, una noche de enero bastante fría, mientras tomábamos ginginha servida en una taberna del Rossio pero tomada en la calle en pie, vimos actuar un coro improvisado de vagabundos que tocaban unos pobres y viejos instrumentos en el frío de la noche, apoyadas sus espaldas contra una pared de la plaza. Tocaban fados en la calle formando una pequeña banda improvisada. Era una banda inusual y surrealista, iban vestidos con ropas ajadas por el uso, con abrigos viejos, sucios y bastante rotos y se protegían las manos del frío con guantes de goma de los que se usan para fregar. Después de cada fado pedían la voluntad al público, que les echaba monedas en una canastilla que tenían a sus pies. Un hombre joven, famélico, mal vestido también, y que cojeaba, se acercó a ellos y les pidió que le dejaran cantar un fado acompañado por sus pocos y pobres instrumentos. Los vagabundos accedieron. El hombre joven cantó. Lo hizo mejor que nadie y la gente le aplaudió y le echó bastantes monedas. Él las recogió, dio las gracias al resto del grupo por haberle dejado actuar y se despidió marchándose calle adelante.
Yo le dije a mi mujer: Ese es nuestro hombre.
Le seguimos unos metros y enseguida le llamamos. Le dije que queríamos escuchar fados de verdad, pero no donde iban los turistas, sino en el Barrio Alto donde van los portugueses verdaderos, que eso era lo queríamos ver. Le dije que le habíamos oído cantar y que nos parecía que él tenía que saber dónde se cantaban buenos fados de verdad, interpretados por gente que lo hacía de corazón, no para obtener unas monedas de los turistas. Él nos dijo que le tendríamos que llevar en taxi, convidar a cenar y luego llevarle de regreso a su casa de nuevo en taxi. Le dije que de acuerdo.
Así nos vimos tomando un taxi y, en compañía de nuestro improvisado amigo, que se llamaba Mario, subiendo al Barrio Alto.
Mi mujer estaba asustada por mi atrevimiento y me dijo que hiciera el favor de no beber y de tener cuidado, que lo que estábamos haciendo era muy peligroso. Yo le prometí que tendría cuidado y que bebería poco. Al cabo de un rato estábamos en un local atestado de gente sentada en mesas corridas con bancos, donde los asistentes se apuntaban en una lista para cantar fados o para declamar poesía. La jefa era una mujer madura, que tenía toda la pinta de ser una vieja meretriz, y que tenía por nombre o mote Milú Ferrero o algo así. Los camareros tenían todos una facha muy sospechosa y el jefe de los camareros un aspecto evidente de maricón (paneleiro, que dicen los autóctonos) que tiraba para atrás pero, eso sí, era un gigante de casi dos metros el tío.
Durante el espectáculo, protagonizado por la propia concurrencia, se exigía silencio y si alguien osaba hablar era duramente recriminado. La comida no era de calidad y la bebida tampoco pero el espectáculo fue inolvidable. En esto aparecieron dos hombres a los que la jefa buscó sitio inmediatamente (justamente frente a nosotros) y les sirvió con celeridad unos aperitivos mucho más selectos que al resto de la concurrencia. Los hombres enseguida repararon en nosotros y especialmente en Mario que no hacía más que esconder la cara.
-¿Tú qué haces aquí?, se dirigieron a Mario de modo directo.
-Estoy con estos españoles amigos que me han invitado.
-¿Es eso cierto? Me preguntó uno de ellos.
- Sí, así es. (Ya me había dado cuenta de que eran policías)
- ¿Saben ustedes con quien se han juntado? Mucho cuidado con él. Y, tú, Mario, mucho cuidado con lo que haces con estos señores que nosotros hemos estado muchas veces en España y siempre fuimos muy bien tratados, que no te tengamos que buscar mañana por el centro o en tu barrio.
En esto se me ocurrió invitar a los policías y me aceptaron la invitación, aunque sólo bebió uno de ellos, pero al ir yo a pagar al camarero alargándole un billete de 5000 escudos, uno de ellos me agarró por la muñeca y le dijo: ¡Observa bien que te da 5000 escudos y no 500! (Con lo cual, por ciego que fuera, me quedó muy clara la calaña del local).
Los policías hablaron con nosotros largo rato y Mario aprovechó para comerse todo lo que nos habían puesto y beberse todo el vino. El hombre estaba hambriento y muerto de necesidad. Enseguida comprendí que era un drogadicto. El pobre era muy joven y su cojera se debía a una herida infectada en una pierna.
Los policías nos dijeron que al sentarse nos habían tomado por portugueses, pues mi mujer, con su pelo tan recogido, les había parecido de la tierra. Luego se marcharon y nosotros lo pasamos estupendamente escuchando fados y poesía sin parar, hasta que a las 4 de la madrugada nos marchamos con nuestro cicerone Mario. Le llevamos a su casa en un taxi y le dimos un poco de dinero para que se lo gastase en comer... Dios sabe lo que haría con él.
Regresamos a nuestro camping muy contentos y emocionados de haber pasado una noche en un lugar verdadero, con gente verdadera y con problemas verdaderos. Los fados, en ese ambiente, me conmovieron especialmente, pues además de la música y la letra podíamos ver los gestos y las caras emocionadas de los cantantes, todos con sus cachenés oficiosamente reglamentarios. Una noche inolvidable en Lisboa. Y todo empezó tomando una ginginha en la calle.
Al taxista que nos llevó al Parque de Campismo de Monsanto le pregunté: ¿Cómo recoge usted gente a estas horas?
El hombre me dijo con solvencia: No crea, solo recojo a la gente que me parece de confianza, a los que tienen buena pinta.
Su afirmación tenía mucho peso, sobre todo teniendo en cuenta que fue Mario quien paró al taxi.
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27 marzo 2007

Aquella mujer


Aquella mujer no me hubiera parecido nunca una mujer para mí, ni de lejos. Sí, de acuerdo, me habría fijado en ella, la habría visto alejarse lentamente mirando su silueta desaparecer en la distancia. Para qué voy a negarlo, uno no es insensible y ella era preciosa.
Seria, distante, elegante y sofisticada no me hubiera sido sencillo abordarla en modo alguno, ni siquiera me habría atrevido a proponérmelo a mí mismo. Me habría dicho, para qué, fracaso garantizado.
Por otro lado, y perdonada la manera de señalar, me parecía una pija integral. ¿Dónde voy yo con una tía así? Olía a grandes marcas a 500 metros. Todo en ella era redondeado, sin aristas, inaccesible, su forma de vestir sin dejar nada al albur, su cara ovalada y perfecta, su pelo pretendidamente aniñado, sus bonitas piernas, la curva discreta y rotunda de sus pechos, las suaves pero marcadas caderas… Hasta podía imaginarme a distancia su perfume, carísimo, por supuesto, de esos dulces y envolventes que parece que se te pegan si te cruzas simplemente con ella; que te dejan casi como a una mosca pegada a la miel o, si escapas, te lo llevas tatuado en la pituitaria.
Sí, decididamente no creo que alguien así pudiese fijarse en mí. No creo que yo fuese el tipo de hombre que llama la atención a una mujer así. Parecía el modelo de mujer al que alguien espera en un BMW rojo o en un Mercedes biplaza o en alguno de esos coches deportivos que parece que exigen llevar al lado una venus rubia.
Ni los coches así, ni las mujeres que los comparten habían sido nunca mi fuerte. A decir verdad, por mis gustos, algo sobrios en ambos aspectos, mis amigos me decían que no tenía ni puta idea, por decirlo de una vez y sin ambajes, ni de coches ni de mujeres. Y seguro que con los tiempos que corren no les faltaba razón.
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25 marzo 2007

Liberdade


"Ay que prazer
Não cumprir um dever,
Ter um livro para ler
E não o fazer!
Ler é maçada,
Estudar é nada.
O sol doira
Sem literatura.
O rio corre, bem ou mal,
Sem edição original.
E a brisa, essa.
De tão naturalmente matinal,
Como tem tempo não tem pressa...
Livros são papeis pintados com tinta.
Estudar é uma coisa em que está indistinta
A distinção entre nada e coisa nenhuma.
Quanto é melhor, quando há bruma,
Esperar por Don Sebastião,
Quer venha ou não!
Grande é a poesia, a bondade e as danças...
Mas o melhor do mundo são as crianças.
Flores, música, o luar, e o sol, que peca
Só quando, em vez de criar, seca.
O mais do que isto
É Jesus Cristo,
Que não sabia nada de finanças
Nem consta que tivesse biblioteca..."
Fernando Pessoa
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No sé quien soy...

"Não sei quem sou, que alma tenho. Quando falo com sinceridade não sei com que sinceridade falo. Sou variamente outro do que um eu que não sei se existe (se é esses outros). Sinto-me múltiplo. Sou como um quarto com inúmeros espelhos fantásticos que torcem para reflexôes falsas uma única anterior realidade que nao está em nenhuma e está em todas."

Fernando Pessoa

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La verdad nos hará daño.


Cuando, de pequeño, jugaba al fútbol pensaba que, en los choques, las faltas debían ser a favor del que más daño se hacía, del más débil o, en todo caso, del más pequeño. Enseguida, el chico grande que le había fulminado contra el suelo, le sacó de su error y, lo que fue peor, el coro de chavales de variados tamaños que seguían al balón convinieron en un tris, y apenas sin interrumpir el juego, que el culpable era él. Así que Juan, desengañado ya desde niño, comenzó a aprender que las reglas de la sociedad eran, en su mayoría, contra natura y que al dolor raramente se le compensaba, si es que alguna vez se le percibía siquiera.
Lo mismo, o parecido en cierto sentido, le pasó con su madre. Ella le inculcó enseguida que debía decir la verdad siempre, aunque supiera que ello tendría consecuencias dolorosas para él. Las verdades de Juan, cuando algún cacharro roto o alguna desobediencia o travesura había de por medio, solían recibir su justiprecio con una buena azotaina que, su madre, le administraba con una zapatilla, mientras le mantenía echado boca abajo sobre sus rodillas. La asociación de su madre quitándose la chancleta le quedó ligada para siempre al precio de la verdad. Y, así, el decirla, supuso toda la vida para Juan un acto, en cierto modo, masoquista que le acompañó siempre y la aceptación de un axioma que no solía fallar: La verdad nos hará daño.
Sus recuerdos primeros se remontaban a un lugar impreciso y oscuro donde estuvo con unos cuantos más no sabía cuanto tiempo. No recordaba exactamente ni cuántos ni cómo eran ni quienes eran, pero allí estaban, eran todos figuras anónimas sin rostro ni rasgos. Alguien, también sin rostro y también desconocido, les iba llamando sin pronunciar nombres y salían, uno a uno, sin ruido.
Cuando sólo quedaron dos enseguida llamaron al otro y él, totalmente solo, tuvo miedo por primera vez durante el tiempo, también indefinido e impreciso, de aquella primera soledad. Pero también a él le llamaron y nació. Con el paso del tiempo llegó a pensar que, a lo mejor, morir también era, después de todo, así de fácil. Una última soledad corta.
Del lugar obscuro pasó a otro cuyo rasgo principal era el opuesto, la claridad. Tanta claridad que le impedía ver. Allí, lo mismo que sus ojos se acostumbraron a la luz o, dicho de otro modo, se hicieron ojos con ella, se acostumbró también a vivir entre unos extraños a los que, con el paso del tiempo, aprendió a definir con las palabras que ellos mismos le enseñaron.

20 marzo 2007

Volver

Assi foram cortando o mar sereno,
Com vento sempre manso e nunca irado,
Até que houveram vista do terreno
Em que naceram, sempre desejado.
(Luis Vaz de Camoes)

Vivir

Alguna vez había pensado que los viejos son unos egoístas a los que poco les importa excepto sí mismos. Poco a poco he entendido que este pensamiento no es menos cierto con los viejos que con los jóvenes y que además es una simpleza como todos los maximalismos. Sin embargo, los viejos ganan a los jóvenes en algo difícilmente imaginable para los segundos: los viejos han aprendido a perder.
La vida en su conjunto es afrontar los fracasos, las desilusiones, las decepciones… las pequeñas muertes, dicho de otro modo, vivir es aprender a perder (a morir un poco cada día o, si no todos los días, al menos de vez en cuando).
Aunque, es cierto, cada duelo es único. Lo es porque no lo protagoniza el muerto, sino los vivos y éstos son distintos aunque lloren a la misma persona. Y qué es lo que nos suele ocurrir. Pues cosas iguales sentidas de modo diferente.
Una primera cosa, es casi instantánea, es la primera defensa de nuestra amable mente tan fogosa defensora de nuestro físico y que es capaz de todo: Negar la realidad. Hasta qué punto deseamos evitar el dolor que somos capaces de intentar negar lo que nos rodea en un alarde tan sobrehumano como irracional de autodefensa.
También pueden darse, antes, después, mezclado o a ratos la rebelión, la cólera ante lo que nos parece injusto, la agresividad, la búsqueda de un culpable o de varios… algo que nos permita apuntalar la gran pena que nos aplasta y cuyo peso intentamos evitar que caiga de pleno sobre nosotros. Por eso es bueno que alguien nos acompañe y nos consuele, porque quienes lo hagan serán los arbotantes y nervaduras que descarguen de nuestros pobres hombros parte del peso de la pena.
El autoengaño no es extraño y, de repente, imaginamos circunstancias en las que nuestro comportamiento hubiese sido distinto y suponemos que eso habría cambiado las cosas… No deja ser otro modo de intentar descargarnos del sentido de la culpa que, por buenos que hayamos sido con quien que nos deja, nos invade. Seguro que alguna vez, algo hicimos mal.
Derrumbados después de todas estas conjeturas y pensamientos viene la pena, el dolor que hoy se llama depresión y que es normal que se nos agarre al alma durante un tiempo, pero que también es normal que vaya desapareciendo y dé lugar a un sentimiento de aceptación al que los viejos están más adaptados que los jóvenes. No por mejores cualidades, sino por simple práctica.
Sin embargo, las personas desaparecen físicamente pero, no nos engañemos, se quedan aunque ya no podamos verlas y no, por no ser visibles, están ausentes. Sólo el paso del tiempo nos dará la oportunidad de establecer una nueva relación con ellas y colocarlas en paz en nuestro espíritu, porque con nosotros van a seguir siempre.
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17 marzo 2007

The Partisan

Pienso, seguramente sin motivo, que los partisanos de hoy están contra nosotros. ¿Por qué será?

"The Partisan"
When they poured across the border
I was cautioned to surrender,
this I could not do;
I took my gun and vanished.
I have changed my name so often,
I've lost my wife and children
but I have many friends,
and some of them are with me.
An old woman gave us shelter,
kept us hidden in the garret,
then the soldiers came;
she died without a whisper.
There were three of us this morning
I'm the only one this evening
but I must go on;
the frontiers are my prison.
Oh, the wind, the wind is blowing,
through the graves the wind is blowing,
freedom soon will come;
then we'll come from the shadows.
Les Allemands e'taient chez moi,
ils me dirent, "Signe toi,"
mais je n'ai pas peur;
j'ai repris mon arme.
J'ai change' cent fois de nom,
j'ai perdu femme et enfants
mais j'ai tant d'amis;
j'ai la France entie`re.
Un vieil homme dans un grenier
pour la nuit nous a cache',
les Allemands l'ont pris;
il est mort sans surprise.
Oh, the wind, the wind is blowing,
through the graves the wind is blowing,
freedom soon will come;
then we'll come from the shadows.
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Gracias quien seas.



Encontrar a quien te escribe es impresionante. No me refiero a encontrar a alguien que te escriba correos o cartas, me refiero encontrar a quien escribe lo que tú piensas o lo que has pensado o lo que no sabías que pensabas pero que descubres de improviso que tenías en mente y que, de repente, te lo encuentras escrito por mano ajena en alguna parte. Es algo que demuestra que la solidaridad de pensamiento también existe y, además, es más desinteresada que la de obra, pues no necesita de la presencia ni del agradecimiento del ignoto interesado. Es la botella con el mensaje que se tira al mar y alguien en algún lugar encuentra. Gracias quien seas.
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Positivo



Acompañado de la caricia insulsa de la soledad, desgrano las horas que me sobran del trabajo. De ese trabajo que debiera ser el remanente de mi ocio gozoso. Falsas veleidades. Caído del barco laboral, mendigo ideales en mi tiempo libre de náufrago perdido en la ciénaga de los desocupados. No tengo estima por lo que se me ofrece. No me tienta el dinero fácil de gestión difícil, no me gustan esos símbolos de estatus que además nos llevan de un lugar a otro en su interior, no me atrae el cambiar de casa, soy alérgico al sexo mercenario, la amistad es flor de cosecha temprana, el deslumbramiento de los viajes ya pasó... sólo me queda la literatura o alguna que otra de las artes que, por desgracia o simplemente porque son así, son lo más parecido al sexo en solitario.


Hombre, pareces tonto, para lo tuyo se inventó la religión. Vale..., si perseveras en tu recalcitrante agnosticismo, las ONGs. Es que no eres nada positivo...
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16 marzo 2007

The Wall



Hace bastantes años creía que mi trabajo tenía importancia. Pasados unos pocos cuestioné lo que hacía. Hoy sé con certeza que no sirve para nada que no sea perpetuar el estado de las cosas.
¿Es mi cambio un resultado de la edad? Todo el mundo en su, o nuestro, afán de simplificar dice que sí. A mí, sin embargo, me parece que no. ¿Por qué? Pues porque vivo rodeado de jóvenes, como yo fui, que se comportan como yo soy. Si la edad vale para mí como lenitivo, habría de valer también para ellos como incentivo, la mía por no ser joven y la de ellos por serlo. Aquí hay algo que no cuadra. ¿Estamos entrando todos, voluntariamente, por el aro?. ¿Recuerdan ustedes "The Wall"? Yo sí.
¿Dónde se ha quedado el espíritu crítico, la vertebración de la sociedad y la participación creativa? ¿Nos estaremos integrando en un modelo único? ¿Por qué a todos nos interesa callarnos en esta sociedad tan democrática y pluralista?
Estoy cansado de temer que mi situación pueda ser manifiestamente empeorable, si no soy bueno, claro.
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Foto de las Azores

650.000 muertos, cuatro años de violencia, una herencia de guerra civil, las prometidas armas de destrucción masiva sin aparecer... ¿A alguien le valió la pena esta fotografía?
¿Dónde se oculta el pudor? ¿Dónde anida el pájaro bobo del olvido?
¿No pesa la vergüenza, la memoria ni el dolor ajeno en alguna parte de la conciencia?
¿Hay algún lugar donde residan las sonrisas muertas?
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23 enero 2007

NO QUEREMOS LA PAZ, QUEREMOS LA VICTORIA.





El camino que lleva a ningún sitio o, si se quiere, el camino que sirve para seguir donde estamos, pasa por el orgullo, la soberbia, la estupidez, la venganza, el odio, la muerte... y todo eso que, ante los ojos de la parcela de sociedad que frecuentamos, nos hace quedar de justos cuando lo que somos es un hatajo de ineptos, incapaces de hacer algo más allá de los instintos más primarios. Unos anteponen el diálogo, otros la justicia, otros la venganza, otros la democracia, otros la libertad, otros lo contrario de lo que quiera el adversario, otros parte de este país y del vecino... y tantos, tantísimos políticos por aquí y por allá que, incapaces de arreglar el asunto, se pelean entre ellos para redondear la faena mientras la traca macabra del terrorismo nos avergüenza una vez más. Los que se supone servidores del pueblo, que mantiene las instituciones y les paga, se dedican a hacer la guerra por su cuenta, eso sí, en pos de la victoria. Aquí la paz no le basta a nadie.
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21 diciembre 2006

Nochebuena


La zambomba tenía un sonido vibrante y ronco, muy ronco, un ruido como de ultratumba que, de cerca, te hacía temblar el corazón y te cimbreaba las entretelas y hasta las mantecas te las movía. Las zambombas buenas, sólo las buenas, de cerca, tenían un sonido sobrecogedor. A las zambombas, los de las cuadrillas de mi pueblo, les ponían sobre el pellejo una castañuela que, vibrando al unísono con la piel de gato, les daba un matiz inconfundible de sonido maestro, redondo y matizado. ¿Con piel de gato? Sí señora, con piel de gato hacían el pellejo y lo tensaban alrededor de la boca de un barrilete de madera con el otro extremo al aire. ¿Y no se dejaban la piel de las manos con el machácala chácala Pedro, machácala chácala Juan, una hora tras otra? Pues no, señora, que los músicos de mi pueblo ya se encargaban de escupírselas generosamente de vez en cuando y de parar, entre pieza y pieza, a refrescar en alguna taberna. ¿O es qué cree usted, que los músicos de mi pueblo no tenían conocimiento?

Además, los de las cuadrillas de las zambombas, llevaban también panderetas y botellas de anís vacías, que rascaban con el mango de un cubierto para que hiciera un sonido muy peculiar de acompañamiento y de mucha armonía. Algunos villancicos eran serios y sentidos y cargados de historia:

Las doce palabritas dichas y retornadas
Dime la una,
La que parió en Belén,
La Virgen pura es.

Las doce palabritas dichas y retornadas
Dime la dos,
Las dos tablas de Moisés
Donde Cristo puso el pie…

Y se cantaban así coplas sensatas, villancicos verdaderos y antiguos y cosas serias y en éstos se contaban hechos ciertos, verdaderos y probados de la Santísima Trinidad, de los cuatro evangelistas, de las cinco llagas, de las seis candelas, de los siete dones, de los ocho gozos, de los nueve meses, de los diez mandamientos, de los once apóstoles y de los doce discípulos. ¿Se entera usted, señora? Anda que no tenían ciencia aquellos villancicos. Aunque, claro, también había otros no de tanta cultura pero, eso sí, siempre de respeto:

Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad.
Adoremos a la Virgen y a Jesús que nacerá.
Damos, danos, danos aunque sea un poco.
Un gorrión entero y la mitad de otro.

Otros destilaban un poco de misericordia y un mucho de mimo y cariño que, entonces, como ahora y como siempre, falta hacía:

Ay del chiquirritín chiquirriquitín metidito entre pajas
Ay del chiquirritín chiquirriquitín queridín, queridito del alma.
Entre un buey y una mula Dios ha nacido y en un pobre pesebre lo han recogido.
Ay del chiquirritín chiquirriquitín metidito entre pajas
Ay del chiquirritín chiquirriquitín queridín, queridito del alma.
Por debajo del arco del portalito se descubre a María, José y al Niño.
Ay del chiquirritín chiquirriquitín metidito entre pajas
Ay del chiquirritín chiquirriquitín queridín, queridito del alma.
No me mires airado, hijito mío, mírame con los ojos que yo te miro.
Ay del chiquirritín chiquirriquitín metidito entre pajas
Ay del chiquirritín chiquirriquitín queridín, queridito del alma.

Y también se cantaban cosas serias de cómo es la vida de verdad y de cómo pasa todo y que esto es una rueda de la que ninguno nos escapamos ni nos vamos a escapar y que así es la cosa nos pongamos como queramos, aunque en el villancico se diga como de pasada y medio en broma, pero sí, sí:

Dime, Niño de quién eres
todo vestido de blanco.
Soy de la Virgen María
y del Espíritu Santo.

Resuenen con alegría
los cánticos de mi tierra
y viva el Niño de Dios
que nació en la Nochebuena.

La Nochebuena se viene, tururú
la Nochebuena se va.
Y nosotros nos iremos, tururú
y no volveremos más.

Dime Niño, de quién eres
y si te llamas Jesús.
Soy amor en el pesebre
y sufrimiento en la Cruz.

Resuenen con alegría
los cánticos de mi tierra
y viva el Niño de Dios
que nació en la Nochebuena
.

Luego estábamos los chicos que, junto con el cartero, el basurero, el guardia municipal, los repartidores y otros oficios menores y de menudeo, pedíamos el aguinaldo. Los chicos lo hacíamos formando nuestros propios grupos que, pertrechados del instrumental antes citado pero a escala menor, íbamos por las casa del vecindario entonando villancicos con muy buena voluntad y más o menos acierto. Normalmente algo caía en cada casa.

Eran las fiestas de mi infancia, patria común de todos, ese país del que todos venimos y al que ya no vamos a volver, todos éramos felices, porque la felicidad no se tiene, ni se consigue, la felicidad es un sentimiento y sólo algunas veces en la vida estalla y fugazmente nos ilumina como un fuego artificial, eterno en un instante y luego nada. Los abuelos, los padres, los hermanos, a veces, también los tíos, los primos…todos juntos. Ver a todos contentos, a los niños, nos daba seguridad. ¡Qué fuertes, seguros y poderosos nos parecían los mayores, sobre todo los abuelos! Nosotros no teníamos que preocuparnos de nada, ya estaban ellos para resolverlo todo.

Poco a poco, a lo largo de los años, vamos ascendiendo en el escalafón de la vida, es decir, perdiendo cosas. Lo primero que perdemos es la infancia, luego la juventud, y, a medida que nos imponen los galones sociales correspondientes a nuestro ascenso, mediante bodas, bautizos, comuniones, más bodas, más bautizos, entierros…, nos vamos descubriendo más débiles. Todos lo sabemos, pero eso, afortunadamente, sólo lo sabemos nosotros. Mientras los niños nuevos, se llevan la felicidad que emana de lo que les parece nuestra firme y segura fortaleza. ¡Qué ciegos son los niños sin saberlo! ¡Creen en alguien, creen en nosotros! A lo mejor por eso son felices. Los niños miran quiénes somos, abuelos, padres, tíos…, sin ver lo que somos. Esos galones, que por mera antigüedad nos dio la vida, les deslumbran. Su felicidad pasa por la inexistencia de recuerdos y la nuestra sólo por la suya.
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27 septiembre 2006

La viuda

Dios, con esa costumbre tan suya que tiene de hacer las cosas sin consultar, se llevó a Eugenio de una leucemia fulminante.
- Ten paciencia hija, yo creo que lo ha hecho para evitarle sufrimientos- dijo Don Agustín, el buen párroco de pelo blanco, figura oronda y semblante paternal. Usó un tono profesional, depurado en convicción a lo largo de miles de misas de funeral. Su semblante, de hombre cultivado del Renacimiento, reflejaba la proporción justa de sabiduría, resignación y cinismo que los veteranos en el servicio a la Iglesia aprenden a mostrar, con el tiempo, ante lo injustificable. Los representantes del Altísimo tienen que hacer malabares para respaldar los actos de su patrón. Así que, una vez más Don Agustín insistió:
- Hija mía, Dios escribe derecho con renglones torcidos.
- Pues si a él le ha evitado sufrimientos, me los ha pasado a mí- dijo Norberta, la viuda. Y no veo que por hacerle a él un bien me haya hecho a mí un mal tan infinito- insistió la pálida mujer de ojeras moradas.
- Consuélate...
- No me quiero consolar, porque quiero que me duela, porque no le quiero olvidar, porque para mí no ha muerto, porque mi sufrimiento le hace presente, porque no puede una olvidar a algo que es una misma, porque eso que me pide es imposible.
- Otras han tenido peor suerte que tú...
- Me dan igual las otras y los otros y usted y Dios. Sólo me importa él y mi dolor porque yo vivo mi dolor y no sé del dolor de los demás.
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26 septiembre 2006

Hacienda católica


Seamos los españoles católicos o musulmanes o protestantes o testigos de Jehová o ágnosticos o ateos o de cualquier otra creencia o descreencia, lo cierto es que todos pagamos a Hacienda el IRPF que nos corresponde. No se paga más por ser católico, por ejemplo, ni menos por ser agnóstico, por ejemplo también. Si Hacienda da a la Iglesia Católica el 0,7 por ciento del IRPF de los declarantes católicos que así lo piden en su declaración, deberá de hacer lo mismo con las distintas confesiones o, en su caso, ONGs. Esto parece de justicia. Y en el supuesto de aquellas personas que no tengan confesión ni ONG y que, por tanto, no tengan que contribuir al mantenimiento de las mismas pues, simplemente, tendrán que devolverles ese 0,7 por ciento del IRPF a los interesados. También parece de justicia.
Es sorprendende que la Iglesia Católica sea la única que, hasta la fecha, haya convertido a Hacienda, y por ende al Estado, en su recaudador. Y dicen que pertenecemos a un estado aconfesional y de derecho.
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Vergüenza ajena





En general no me gustó su poco entusiasmo por Europa, ni su liderazgo malencarado y amenazador, ni su entusiasmo por la guerra de Irak, ni su foto de las Azores, ni el interés por endosar a ETA las consecuencias de sus propios despropósitos, ni su empeño en perseverar en la negación de lo evidente, ni ese aire de perdonavidas de bolsillo, ni ese patriotismo inventado de los hombres de bien... Sin embargo, ahora, con el ejercicio del premio amigo de su magisterio en los USA, no ofenden ya a mi gusto sino a mi sentido de la vergüenza el contenido de sus discursos. El mundo, finalmente ha sabido, que ningún musulman le ha pedido perdón por conquistar España y estar aquí ocho siglos. Con semejante lección de historia no me extrañaría que se le abrieran las puertas de más universidades a esta luz del mundo. Quedó claro, nuestro eminente político tiene más motivos que nadie para estar en guerra con el mundo islámico. ¡Qué Isabel y Fernando le ayuden a vencer al moro infiel y a perseverar en el camino que nunca abandonó! ¡Por el Imperio hacia Dios!
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24 septiembre 2006

Día sin... coche.


Los gobiernos fomentan la compra de coches, recordemos el plan Renove en todas sus modalidades. Los fabricantes hacen publicidad constantemente para no disminuir sus ventas, cosa que, de ocurrir, bajaría la productividad y acarrearía el desempleo en el sector. Los ciudadanos tenemos empleos a tiempo parcial o total, pero nos hemos instalado en el convencimiento de que nuestra disponibilidad para trabajar aquí o allá es indiscutible, todo bajo el lema de la flexibilidad laboral, flexibilidad impensable sin el coche, gracias al que podemos estar disponibles en un amplio radio alrededor de nuestro domicilio. Los constructores nos han convencido de lo saludable que es vivir en el campo en esas urbanizaciones a 20 minutos, naturalmente en coche, de los centros urbanos más cercanos. Hasta el punto de que algunas empresas ya te regalan un coche si te compras un adosado en la urbanización que patrocinan.
Pues bien, y por no alargarme más abrumando con ejemplos, nos han construido un mundo en el cual el coche se ha convertido en una herramienta imprescindible para la gran mayoría de los ciudadanos y, ahora, nos dicen que no lo utilicemos, es más, que lo idóneo sería prescindir de ellos. De cuando en cuando hacemos un día conmemorativo de alguno de nuestros despropósitos. Lo que digo, sin manillar.
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19 junio 2006

Estatuto español.



Quizás fuese bueno elaborar un estatuto español. Luego votarlo en toda España y proceder de este modo a una nueva refundación de la nación por mayoría o, en caso contrario, decidir de una vez su disolución. Da la sensación de que los políticos se están dedicando a disgregarnos en lugar de a unirnos y, aún así, en ese triste empeño con muy poca colaboración de los ciudadanos supuestamente más independentistas. Decepcionante y triste espectáculo el que jueguen con nosotros de esta manera. Tendrá que ser así. Pero, de veras, esto es muy cansado.
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14 junio 2006

Quia nominor leo.



Parece que algunos gobiernos pretenden enfrentarse al terrorismo con los "asesinatos selectivos". El uso de reiterados "asesinatos selectivos" por parte de algunos estados poco a poco nos va insensibilizando a lo bárbaro del método y, por el uso continuado de práctica tan salvaje, nuestro sentido de la proporción se va encalleciendo tanto, que dentro de poco lo consideraremos de legítimo uso.
Podría haberse utilizado en España en el caso de la ETA. ¿Cree alguien que así se habría resuelto el problema? Me temo que no. El problema sería mucho mayor y aún más grave si eso se hubiera hecho. No entiendo por qué se respeta tanto a países democráticos que usan sin complejo estas prácticas. Todos miramos, en algunos casos, para otro lado.Sobre todo cuando alguién hace las cosas simplemente por ser el más fuerte, porque se llama león.
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05 junio 2006

Caballada



La Caballada es una tradición con más de 800 años de antigüedad. Una vez al año, el domingo de Pentecostés, los hermanos de esta antigua cofradía, que lo fue de arrieros, celebran esta fiesta que desde el punto de vista histórico es la más antigua de la provincia y, seguramente, una de las más antiguas de España.
Atienza está en la zona serrana de la provincia de Guadalajara. No quiero describir cómo es la fiesta, ni sus orígenes, ni su base histórica, ni la belleza del entorno, ni la de la villa.
Me llamó la atención el aspecto de los hermanos más antiguos de la cofradía, algunos con más de 60 años de pertenencia a la misma, y los sentimientos que dejaban traslucir sus rostros en ese día tan señalado para ellos. El recuerdo de tantos años, de tantos amigos que ya no están, de los padres, de los abuelos, de los que fueron antes que ellos portadores de los mismos estandartes, de los mismos utensilios, del recuerdo de una vida entera... Es como si creyésemos los humanos que a fuerza de repetir las cosas éstas van a ser siempre igual, que nunca van a cambiar y que jamás van a dejar de existir. Como si quisiéramos con la repetición de ritos conjurar al tiempo. A medida que pasa la vida nos vamos desengañando. Para los jóvenes el día es de alegría, para los viejos días de recuerdo, de nostalgia y de tristeza. Algunos parecían meditar: ¿Será esta mi última Caballada?
¡Qué nos veamos al año que viene!
¡Eso es lo que hace falta!
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Día de la patria manchega



El 31 de mayo se celebró el día de la comunidad de Castilla-La Mancha. Cómo todo el mundo tiene patria, antepasados, tradiciones seculares, fiestas antiquísimas y hechos culturales de raingambre que a muchos enorgullecen, pues digo yo que los manchegos también tendremos cosas de esas, no vaya a ser que seamos tan distintos que, sorprendentemente, demos en ser una nueva realidad nacional diferenciada y enriquecedora y ni nos hayamos dado cuenta. Somos todos tan iguales y tan simples.
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