20 marzo 2007

Vivir

Alguna vez había pensado que los viejos son unos egoístas a los que poco les importa excepto sí mismos. Poco a poco he entendido que este pensamiento no es menos cierto con los viejos que con los jóvenes y que además es una simpleza como todos los maximalismos. Sin embargo, los viejos ganan a los jóvenes en algo difícilmente imaginable para los segundos: los viejos han aprendido a perder.
La vida en su conjunto es afrontar los fracasos, las desilusiones, las decepciones… las pequeñas muertes, dicho de otro modo, vivir es aprender a perder (a morir un poco cada día o, si no todos los días, al menos de vez en cuando).
Aunque, es cierto, cada duelo es único. Lo es porque no lo protagoniza el muerto, sino los vivos y éstos son distintos aunque lloren a la misma persona. Y qué es lo que nos suele ocurrir. Pues cosas iguales sentidas de modo diferente.
Una primera cosa, es casi instantánea, es la primera defensa de nuestra amable mente tan fogosa defensora de nuestro físico y que es capaz de todo: Negar la realidad. Hasta qué punto deseamos evitar el dolor que somos capaces de intentar negar lo que nos rodea en un alarde tan sobrehumano como irracional de autodefensa.
También pueden darse, antes, después, mezclado o a ratos la rebelión, la cólera ante lo que nos parece injusto, la agresividad, la búsqueda de un culpable o de varios… algo que nos permita apuntalar la gran pena que nos aplasta y cuyo peso intentamos evitar que caiga de pleno sobre nosotros. Por eso es bueno que alguien nos acompañe y nos consuele, porque quienes lo hagan serán los arbotantes y nervaduras que descarguen de nuestros pobres hombros parte del peso de la pena.
El autoengaño no es extraño y, de repente, imaginamos circunstancias en las que nuestro comportamiento hubiese sido distinto y suponemos que eso habría cambiado las cosas… No deja ser otro modo de intentar descargarnos del sentido de la culpa que, por buenos que hayamos sido con quien que nos deja, nos invade. Seguro que alguna vez, algo hicimos mal.
Derrumbados después de todas estas conjeturas y pensamientos viene la pena, el dolor que hoy se llama depresión y que es normal que se nos agarre al alma durante un tiempo, pero que también es normal que vaya desapareciendo y dé lugar a un sentimiento de aceptación al que los viejos están más adaptados que los jóvenes. No por mejores cualidades, sino por simple práctica.
Sin embargo, las personas desaparecen físicamente pero, no nos engañemos, se quedan aunque ya no podamos verlas y no, por no ser visibles, están ausentes. Sólo el paso del tiempo nos dará la oportunidad de establecer una nueva relación con ellas y colocarlas en paz en nuestro espíritu, porque con nosotros van a seguir siempre.
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1 comentario:

Zeltia dijo...

Nunca lo había visto de ese modo: establecer una nueva relación. Y sí, es verdad.