31 enero 2008

1917


Manuel, el tío Pelagalgos, no vio con agrado que su segundo hijo, Salvador, se fuera del molino para casarse. Las cosas como son. Las fuerzas que no empleara el hijo en el molino habrían de emplearlas él y el primogénito, Félix, para sacar el negocio adelante so pena de tener que pagar un jornal a un extraño. Pero claro, a Salvador le parecía lo contrario, que echar trabajos en un molino, que terminaría siendo para su hermano Félix, era cosa en balde, o al menos, de no ser muy espabilado. O sea, que a Salvador, aparte de su aprecio por su prima segunda, María, le importaba su futuro y éste bien podía labrarse en el molino de Mora que había quedado sin patrón que lo gobernara convenientemente.
Por otra parte María y la tía Francisca, su madre, vivían la llegada de Salvador con regocijo por un lado, por la seguridad que les ofrecía tener un hombre en la casa, como marido de María, que se hiciera cargo del molino con conocimiento y experiencia demostrada, pero también con cierta inquietud, por cómo fuera el carácter y el comportamiento del joven marido en ciernes. Porque, una vez que te casas con un hombre, empiezas de descubrimiento en descubrimiento y, algunas veces, las sorpresas que encuentras en las ollas que destapas no lo son para bien. Y digo lo mismo de las mujeres que ni unos ni otras, puestos a sorprender, tenemos desperdicio.
Lo cierto es que al decir de la gente, Salvador vino de Fontanar con tantísimas propiedades como le cupieron cargadas en una bicicleta. Esa fue su aportación al matrimonio, que el capital, bien por ser secreto o por ser inexistente, no se menciona. Y, por supuesto, ha de añadirse al todo su persona, como contrayente del vínculo, claro está. María y su madre, sin embargo, tenían la casa de Cacharrerías, una finca saneada de más de 12.200 metros cuadrados rodeando a un molino de aceña en pleno rendimiento y muy mejorado por su padre y, además, todo el capital ahorrado, que el difunto Vicente, ayudado por su hijo Felipe también difunto, había reunido sin prisa, titubeo ni pausa en los últimos años, después de dejar saldadas las cuentas con su tío Alejo.
Bueno pues el caso, resumiendo, es que María y Salvador tras un corto cortejo, para no dar que hablar, se casaron el 30 de Junio de 1917, casualmente el mismo día, justo diez años después, en que el difunto Vicente pagara el último plazo del molino de Mora a su tío Alejo, y comenzó así, con nuevos protagonistas, una nueva etapa en la historia del molino.
Eso sí, quedó siempre pendiente la duda malsana de si María se habría casado con Salvador de no mediar las circunstancias dadas, o de si Salvador se hubiese casado con María de no mediar lo que mediaba en propiedades. Quizás, pese a todo, fue un matrimonio por amor puro y la gente, que puestos a largar ya se sabe como somos, todo lo contaminó con sus sucios pensamientos y asquerosos vaticinios, para enturbiar la boda de dos jóvenes de 23 años que, simplemente, se amaban. Pero esta última posibilidad nadie la defendía porque carecía de interés especulativo y no daba para hablar ni para nada, pues todo el mundo sabe que la bondad de las cosas es de lo más sosa y aburrida.
Así que, claro, no se pudo evitar: Que si yo oí esto, que si a mí me contaron lo otro, que me consta de muy buena tinta… que patatín, que patatán. Pero el caso es que ellos, Salvador y María, se casaron tan contentos como se les ve en la foto y después, a lo suyo. Las lenguas quedaron encerradas en boca de cada cual en espera de mejor ocasión.
Pasado un tiempo en el que ambos se adaptan a la nueva vida, Salvador resulta ser listo, resuelto, hombre de carácter y efectivo. Se hace cargo del molino, lo mejora, lo amplia, le dota de maquinaria para producir electricidad con el consentimiento de su suegra y de su esposa, propone a su mujer y a su suegra la compra algunas máquinas nuevas para moler en plantas contiguas. Amplia los locales con viviendas para un molinero y para un par de familias de trabajadores y llega a tener en plantilla a 7 obreros más el molinero y un contable y él mismo que ejerce de patrón y, en un principio, lo mismo sirve para una cosa que para otra aunque, con el paso del tiempo y el progreso del molino, se consolida de jefe. Salvador tiene dotes de mando de sobra para gobernar aquello, le sobra carácter y energías, y a veces, demasiado de ambas cosas. En un par de años el molino de Mora está modernizado y rindiendo más que nunca.
María, desde el primer día de su matrimonio, es toda felicidad y ternura y, si se pudiera hablar de alguna de las cosas que fueron imperecederas en su vida, hay que citar la bondad. Y la bondad era mucho en una mujer prudente, como ella, pero a la que nada se le escapaba, aunque fuera poco habladora y callara por norma si algo no le gustaba.
En abril de 1918 nace su primer hijo y María dice que se llame Felipe, como el hermano destrozado por el molino. María lo cría con mimo, Francisca su madre, y ahora abuela, también se vuelca con el primer nieto, pero el pájaro negro viene de nuevo a la casa de Cacharrerías y se lo arrebata y el 23 de abril de 1919, el niño muere tras unas fiebres. Salvador y María se consuelan con su mutuo cariño, su juventud y su vida por delante, pero María pierde el primer hijo con más dolor, si cabe, que cuando el padre y el hermano. Piensa Salvador, viendo la desilusión y la tristeza de María, que enseguida han de tener otro hijo, si quiere venir. No hay que dejar que lo más importante, molino y matrimonio, dejen de funcionar bien por falta de uso. Y en esas quedaron esperando sin hijo los años venideros que, como a todos nos pasa, no sabían lo que les traerían.

8 comentarios:

Piel de letras dijo...

¡Wow!
Lo del molino sigue dando ¿eh? ¡cómo me gustan las historias con fotos y las fotos con historia!
He tenido poquísimo tiempo esta semana, para venir por tu casa repleta de historias; de verdad es un placer paladear en paz y calma cada visita.
Aunque calma, por estos días, sea lo que menos tengo.
Abrazo grande, señor Soros

koborron dijo...

Continúa la saga de las desgracias y se me ha hecho un nudo en el corazón, pero yo creo que al final les va a ir bien. Si les pones apellido a los personajes esto se va pareciendo un poco a "Cien años de soledad"

Mar e Lúa dijo...

yo también me he quedado con las ganas de saber cómo acaba esta historia de la foto... Aunque no sé por qué, tengo la sensación de que las cosas no volverían a ser como antes

Soros dijo...

Gracias por vuestros comentarios. La historia seguirá tan pronto como tenga listo el siguiente capítulo.
Saludos.

Zeltia dijo...

Dice koborron que "continua la saga de las desgracias"... pero es que no podemos olvidar que todas las vidas terminan con una tragedia: la muerte.
Me encanta la saga de los molineros, aunque no sé si me conviene leerla jajaja, porque ya soy yo de pensar que a veces no vale la pena esforzarse en conseguir nada, porque todo, al final, siempre es nada.
Pero como me gusta, pues ya sabes, como el niño aquel que lloraba porque le iban a regañar por irse comiendo el pan... :)

Soros dijo...

En la saga de los molineros hubo desgracias, pero también mucha alegría y mucha vida y muchas historias. Algunas irán saliendo pero no sé cuantas. Los molineros se movieron en su vida, a la espera de la muerte, cierto. Porque la muerte siempre llega. Pero, mientras llega o no llega...hay mucho que bailar.
Saludos Zeltia.

andre garib dijo...

MUY BUENA LA HISTORIA!!! UNA PREGUNTA, LA FOTO DE LA FUENTE DE CERAMICA DE DONDE ES? PORQUE EN MI CIUDAD SE ENCONTRARON RESTOS DE LOZA PORTUGUESA CON ESE DISEÑO. HASTA PRONTO Y ESTAMOS EN CONTACTO!!

Soros dijo...

Gracias, Andre, por tu comentario.
Con respecto a la cerámica, te agradecería que me dijeras a qué foto te refieres.
Un cordial saludo.