07 febrero 2008

1920


El año comienza bien para María y Salvador. El trabajo no falta en el molino y, en ese aspecto, todo va bien. El cariño y la armonía tampoco falta en su casa, así que mejor aún. Todas las iniciativas tomadas por Salvador han redundado en beneficio del negocio y las ganancias son continuas y crecientes. Por otro lado apenas iniciado el año han sabido que María está embarazada de nuevo y ambos esperan al nuevo hijo con una ilusión renovada que les llena de alegría. Francisca, la madre de María, aguarda contenta al nuevo nieto harta también, la pobre, de tantas despedidas. A ver si esta vez todo va bien.
Llega la primavera y el mes de abril a María le pone triste pues recuerda cómo con la venida de ésta va a hacer un año que se fue su niño Felipe. El mismo día 23 le dice a Salvador si lo recuerda y Salvador le dice que no importa y que sean bienvenidos los que lleguen que con los que se fueron ya no hay cuenta. Los hombres todo lo simplifican. Pero María va ese día al cementerio a ver la tumba de su hijo que tiene una cruz pequeña con un ángel blanco. Pasa un mal día lleno de tristes recuerdos y se encuentra inquieta sin saber porqué.
Al día siguiente, 24 de abril, hacia las nueve de la tarde avisan a Salvador, a su casa, de que hay un incendio en el molino. Le recoge un coche de los que se dirigen hacia el fuego. Cuando Salvador llega al molino todos los edificios son una hoguera enorme que se levanta muchos metros por encima de los árboles. Al contemplar aquel cuadro de horror intenta con los ojos bañados en lágrimas y presa de una gran excitación meterse entre el fuego a salvar lo que pueda. Pero no hay nada que hacer, todo es ya en vano. Le detienen a tiempo y le sujetan mientras le dejan llorar desesperado y desahogarse. El maestro de harinas, lleno de jorguines hasta los ojos, intenta consolarle, los cuatro obreros que están, de los siete que trabajan en el molino, también.
Ni la gente del Gobierno Civil, ni los militares del taller de Ingenieros de la Academia, ni los del cuartel de Aeronáutica, ni los del Ayuntamiento, ni cuantos espontáneos llegan para ayudar a extinguir el incendio pueden hacer nada. A las doce de la noche no quedan en pie más que los dos muros maestros de la sala de máquinas. Lo que fue el Molino de Mora es un montón de cenizas y ascuas que todavía crepitan entre el espesor del humo y el olor acre de la harina y la madera quemada. A Salvador no pueden apartarlo de allí pues parece enajenado y va de un lado para otro con los ojos saliéndosele de las órbitas como si no fuera capaz de creerse lo que está viendo o como si pensara que en algún lado, quizás bajo la tierra, hubiera algo por salvar. Finalmente el señor Solano, el alcalde, y el señor Isidro Taberné logran calmarle en lo posible y, en un coche de éste último, llevarle a su casa.
Una vez solos, lo primero que hizo María, con una entereza que Salvador desconocía, fue preguntar por los obreros y el maestro de harinas y las familias de éstos. Cuando supo que todos estaban ilesos y bajo techo respiró y le dijo a su marido, bien serena, que ella estaba bien, que aún tenían dinero, que el seguro de La Catalana, si no cubría todo, pagaría una parte y que ella estaba dispuesta a seguir adelante y levantar aquello de nuevo pese a las pérdidas que suponía enormes. Estaba claro que aquella mujer callada sabía estar en su puesto, como una roca, cuando hacía falta. Salvador la abrazó y, tras dar los dos las buenas noches a su suegra, fueron a descansar porque agotados, tras aquel triste 24, llegaba ya la aurora del 25 de abril y ese sería otro día nuevo y… como todos, cada día trae su afán. Entonces y ahora.

5 comentarios:

Piel de letras dijo...

¡Ay!
Se me hizo un nudo de angustia en la boca del estómago.
Cruzo los dedos (haciendo "quin") para que en la siguiente entrega les vaya mejor.

Gracias por el café con galletas.
Tus historias son como la máquina del tiempo. Lo llevan a uno a ese pasado color sepia de las fotos.

Un apapacho apretado.

Soros dijo...

Gracias por tu amable comentario, pero no te creas todo lo que leas. A veces son sólo historias...
Saludos.

Piel de letras dijo...

¡Ya se! son solo historias aderezadas con algo de imaginación. Pero no por ello dejo de sentir las cosas :·D
Por eso me gusta leerte, aderezas muy bien.

Saudades

Zeltia dijo...

Un relato bien recreado, mantiene la atencion y las ganas de avanzar en la lectura. Enhorabuena.

Soros dijo...

Gracias, Zeltia. Pero a mí el que me gustó y no olvido es A casiña da avoa. Ese sí que es emocionante. Zeltia es un nombre al que asocio dos cosas, ese relato y la foto de la sonrisa.
Saludos.