27 enero 2008

El indio


El niño no sabía de necesidades y nada comprendía de economías y pensaba que a los mayores, en los bancos, les daban dinero cuando lo necesitaban, porque era de lógica, y, si los bancos no tenían el suficiente, podían hacer más. Porque, donde se hacía el dinero, el Banco de España por ejemplo, qué tanto les daba hacer un poco más o menos, pues en cuanto más hicieran mejor para todos, ¿no?. Y, a su padre, qué más le daba pedir en el banco mil o dos mil pesetas, pues siendo donde se almacenaban esos papeles, daba lo mismo pedir 10 ó 20 billetes, ¿o no? ¡Pero si los mayores lo tenían todo, si en todas partes les hacían caso, cómo no se les ocurría lo más elemental!
El caso es que cuando vio la figurita del jefe indio, montado en su caballo bayo, sus ojos de niño ya no pudieron mirar otra cosa. ¡Qué colores, qué penacho de plumas alrededor de la cabeza, qué petos y qué pantalones sobre su cuerpo desnudo de guerrero, qué caballo blanco con manchas marrones y jaspeadas! Con mirarlo se podían oír hasta los tambores de guerra de los Sioux y el cornetín de la caballería y hasta el corazón del niño pin pan, pin pan… que casi le botaba en el pecho. Su vecino, el Manolín, dos años mayor, lo tenía. Se lo acababan de regalar y él, por la timidez de su padre para pedir dinero al banco, nada, que no tenía nada. El niño se preguntaba cómo su padre podía ser tan tonto.
No durmió por la noche o, si lo hizo, fue después de muchas horas imaginando que el indio, bajo su mandato, o mejor, él metido en su piel corría las más salvajes aventuras y escapaba siempre a sus despiadados perseguidores, fuesen éstos cuatreros o cowboys o comanches enemigos, que en el oeste ni entre los indios había solidaridad y cada uno tenía que ser un ser heroico, independiente y supremo. Pin pan, pin pan… se oía su corazón a un metro de distancia.
A la mañana siguiente, no se pudo resistir. Temprano saltó como pudo la tapia de casa de su vecino. El Manolín tenía colocados en una caja de zapatos todos los indios y americanos, debajo de la pila de lavar que usaba su madre. El niño abrió la caja. Encima de todos, resplandeciente, estaba el jefe indio montado en su caballo, con todos los colores nuevos, puros aún e iluminados de regalo reciente. El niño lo cogió, se lo metió por la cintura, bajo los pantalones, y volvió a saltar la barda con el pulso a cien por su osadía y más aún por tener al jefe indio consigo. Estallaba su corazón por la fuerza de un hurto que su cabeza no admitía como tal. El jefe indio era suyo porque sólo él podía entender sus aventuras locas y salvajes, sus retos permanentes a los vaqueros ventajistas de sombrero tejano o a los otros indios zarrapastrosos y traidores. Pero el jefe indio, siempre sólo en sus batallas, perseguido, sin aliados, sin amigos, era la personificación del niño pobre sin regalos, ni cumpleaños floridos, ni ropa nueva, ni cuentos, ni atenciones mimosas de rico o de pudiente...
Luego vino el problema pues, decidido a quedarse con el indio, sería inevitablemente descubierto. ¿Qué hacer? Ya lo sabía, con lejía y estropajo, le quitaría todos los colores y dejaría la goma desnuda. Así se parecería a los viejos y ajados indios que tenía de goma color carne y nadie, absolutamente nadie, notaría que era nuevo. Los bonitos y brillantes colores los almacenaría en su imaginación y los vería siempre que jugara con él. Así lo hizo, no sin esfuerzo, frotando y frotando con el estropajo.
Prudentemente la madre del Manolín habló tranquila con la madre del niño. Le contó la desaparición del indio apenas regalado y la madre del niño se dio por aludida. Apareció a los pocos minutos con la caja de zapatos del crío, qué bonitas utilidades tenían entonces las cajas de zapatos, para que comprobara que el indio de su hijo no estaba allí. Pero la madre del vecino localizó al indio despellejado de pintura en la cabeza, con las plumas color goma, el peto borrado, los pantalones decolorados y el caballo bayo en tono rosa palo desvaído. Después de mirarlo un buen rato y reconocer al espléndido jefe indio del día anterior, dijo:
- Perdóneme, vecina, el chico lo habrá perdido por la calle. Los indios que tiene su niño son de él, no hay más que verlos. Sólo pueden ser los suyos y cualquiera sabe dónde estará el de mi Manolín, qué menuda cabeza tiene.
Y se marchó cruzando la terraza, muy pesarosa, de haber despertado, sin quererlo, una envidia tan grande en un ser tan chiquito.

2 comentarios:

Piel de letras dijo...

Yo conocí a una niña que también robó una vez un dulce, fue descubierta y tratada con amabilidad y consideración por la dueña del chiringuito. Jamás lo ha olvidado y jamás ha vuelto a tomar nada que no sea de su propiedad.
Saludos señor Soros, se le echa de menos por estos lares.

Soros dijo...

Un saludo, gracias por tu comentario. No siempre hay tiempo para todo. Pero ya me aplico. Sí, señora.