15 enero 2008

Peonías


El abuelo siempre plantaba peonías en un extremo del huerto. Era la única flor que cultivaba, el resto de los cultivos eran de cosas útiles, suponiendo, claro, que las peonías no lo sean. Bueno, quiero decir que el resto del huerto lo ocupaban las cosas de siempre, las que eran comestibles y se podían vender. Las peonías eran su ocio y el resto su recurso o su negocio. Decía que a las peonías les gusta mucho el sol y que es una flor que simboliza la verdad.
El abuelo tenía varios nietos y nietas de sus hijas pero sólo dos nietas de su hijo y andaba siempre algo mosca porque decía que se iba a perder el apellido. Por eso ahora estaba contento, porque su nuera, se había quedado otra vez y, claro, después de dos chicas seguro que ahora venía un chico.
El viejo, en los días de invierno, buscaba el solecito de San Gil, una plaza del pueblo cerca de su casa, y se sentaba allí con otros viejos a hacer tertulia en un banco al que algunos llamaban el Banco Azul, en referencia burlona al que ocupan los miembros del gobierno en Las Cortes y que ya, hace muchos años, se conocía con ese nombre.
Las nietas quedaban de vez en cuando a cargo del abuelo y éste les ponía piedras en la linde de las sombras para que vieran cómo pasaba el tiempo y como uno de los dos, pues no lo tenía muy claro, la tierra o el sol se movían. De vez en cuando les llamaba y les decía:
- Mirad, chivillas, como se ha movido el sol.
Y las chivillas quedaban maravilladas de lo mucho que sabía el abuelo.
Como por viejo no valía para trabajar, sólo cuidaba del huerto a su trantrán y, sin poderlo remediar, de cuando en cuando, se subía a la sala de las herraduras, debajo del nido de las golondrinas, a tocar la bigornia. Recreándose en sus redobles se le pasaba el rato y cuando terminaba se sacaba el pañuelo de la faja y se sonaba la nariz y se secaba los ojos ya de paso.
- Ya está el abuelo otra vez con la bigornia. ¡Hay que joderse qué vicio tiene!
- Déjale, hombre, que se ve que tiene añoranza y además parece que la hace cantar. No ha perdido esa habilidad.
Luego, cuando se cansaba, y antes de que se pusiera el sol, se iba al huerto y cortaba dos peonías.
- ¿Sabéis, chivillas, cómo se llama esta flor?
- Sí, abuelo, peonía.
- Bueno, pues que no se os olvide. ¡Hala, una para cada una!
El día que parió su nuera estaba expectante.
- ¡Abuelo que ha sido otra niña! ¡Suba usté a verla!
Pero el abuelo no quiso subir, muy mohíno se fue al huerto. Se sentó al sol en el viejo poyo de piedra entre las cuatro bardas del huerto, su último reino. Con las manos temblorosas se lió un cigarro y se lo fumó despacio, recreándose en ello, mientras miraba sus peonías. Pensó que ahora tendría que cortar tres, pero ese día, con los ojos llorosos, se volvió a casa al irse el sol y no cortó ninguna.

14 enero 2008

Sabores

Don Manuel, el farmacéutico de aquel poblachón, se vio sorprendido por una andanada de voces inesperadas en plena calle según iba a abrir la farmacia. El hombre, que era muy educado, se paró sorprendido y prestó atención a la rotunda mujer que le chillaba.
- Don Manuel, don Manuel… que le tengo que hacer una pregunta –dijo jadeando la mujerona que venía sofocada por venir casi corriendo tras el boticario.
- Usted me dirá, señora.
- Que si tiene usté condones de sabores… que necesito cuatro cajas… de media docena por lo menos… que… a cómo son.
- ¿Condones de sabores? Pues no sé si tendré, mujer, pero en cualquier caso se piden si hace falta. Del precio no le puedo decir porque no tienen, hasta ahora, mucha tirada en el pueblo… pero no creo que sean muy caros.
- Y cuánto tardarán, porque es que son para regalo ¿Sabe?, para el regalo de Navidad quiero decir, y si se pasa el día pues ya no me interesan, que ya no quedo bien con las amigas.
- Si los pedimos hoy, mañana mismo los tiene usted aquí. Pero otra vez, señora, no me pida estas cosas a gritos y en mitad de la calle, que ya se ha enterado medio pueblo.
- Anda, y qué más le da a usté si las que los vamos a gastar vamos a ser yo y mis amigas… ¡No te digo!
- Bueno, bueno… Pásese usted mañana después de las doce.
Al otro día la señora recogió sus cuatro cajas de condones de sabores y tras discutir con el farmacéutico que no se los quiso envolver en papel de regalo, so pretexto que sólo tenía papel y bolsas de la farmacia, se marchó donde la papelería de la Beni a por un pliego de papel adecuado. A la Beni le dijo para lo que era, tras asegurarle aquélla que no saldría palabra de su boca. Y así se fue la Eleni tan contenta con sus cuatro paquetitos envueltos en papel navideño de bolitas, papas noeles, niños jesuses y pastorcillos y con sus cuatro letreritos pegados de Feliz Navidad.
Al día siguiente era 24 y las amigas quedaron para verse, como todas las Nochebuenas, después de la Misa del Gallo e intercambiarse los regalos.
Las amigas de la Eleni se quedaron algo perplejas y sorprendidas, y la Eleni, tan contenta les dijo:
- A que he tenido una idea bien buena, menudo regalo ¿Eh, tías?
Sólo la Puri dijo:
- ¿Y no cogeremos alguna infección?
- Pero no seas bruta, hija mía –le dijo la Eleni con muchísima autoridad en la materia- que son pa chuparla, mujer…

13 enero 2008

El molino de Mora

- ¿Quién haría este molino justo en esta curva del río? ¡Qué caz tan largo tiene, yo creo que atraviesa toda la chopera! ¡Qué pena que todo se hunda y no queden ni las historias de las cosas, ni de las personas!
- Vaya, tienes curiosidad, ¿eh? Se ve que tú también tienes, eso sí muy de vez en cuando por lo que veo, algún día blando. Habrá que aprovecharlo. Así que escucha si quieres:

Había una vez, hace más de cien años, un molinero en Sacedón que se llamaba Vicente. El hombre se había casado con una de Auñón y tenía dos hijos pequeños, un niño y una niña. Ser molinero de aceña no era trabajo para señoritos, pues había que saber tener limpios los caces y las caceras y sobre todo ser un buen labrador de las piedras de moler y luego, en temporada, saber pasar noches en blanco moliendo sin parar pues todo el mundo quería aviar cuanto antes con lo suyo. Así que Vicente se deslomaba a trabajar en molinos pequeños de la zona, venciendo el miedo al reuma y al asma, los dos enemigos de los molineros, el uno por la humedad en los huesos de andar por el caz con el agua hasta el pecho; el otro por el polvo de tanta molienda en los bronquios. Vicente tomaba molinos en arriendo y procuraba pasar de peor a mejor, o sea, de molinos malos a otros menos malos.
Un buen día se enteró de que su tío Alejo se retiraba y que iba a dejar en renta este molino. Cargó los cuatro bártulos en un carro y con la mujer y los dos hijos se presentó a ver a su tío, mandándole antes recado de que no cerrara ningún trato hasta no entrevistarse con él.
Al tío Alejo le había ido bien y ya no trabajaba, vivía en Alcalá de Henares de un modo muy acomodado. Cuando apareció por su casa su sobrino Vicente, al que desde chico no había visto, le llamó la atención el porte serio, la corpulencia y la honradez tozuda que destilaba su presencia. Habló con él largo y tendido y le contó como el paraje había sido desde 1850 propiedad de doña Josefa Arias y Fernández de Moros pero que esta señora había vendido la finca a don Felipe Santiago Mora y Oro hacia 1880 y que había sido el señor Mora el constructor del molino y quien se lo había vendido a él en enero de 1891. Ésta es la razón por la que el molino se sigue conociendo como molino de Mora y no, como muchos creen, por las parejas de morales que bordean el camino de entrada, le aclaró a su sobrino.
Fueron a visitar la propiedad desde Alcalá, que distaba de allí unos 25 kilómetros. Cuando Vicente preguntó a su tío lo que había pagado por el molino y la finca, éste le dijo que por todo pagó 50.000 pesetas. Vicente enmudeció y sus ojos bajaron la mirada al suelo con una pesadumbre profunda y desamparada que su tío notó al instante. El molinero, con 33 años entonces, rompiéndose la espalda a trabajar, apenas tenía reunidas 13.000 pesetas y eso que su mujer, Francisca, era tan hacendosa como él y no tenía remilgos en lavar y coser para quien fuera. El tío Alejo, que a medida que hablaban se había hecho más afín con su sobrino, se sintió conmovido por el matrimonio y las dos criaturas y tras pensarlo un rato, mirando al caz hasta donde éste se perdía de vista metiéndose en la chopera, le dijo a su sobrino:
- Si lo quieres para ti, te propongo un trato que no haría con otro.
- Usté dirá, tío.
- Por ser para ti, te vendo todo por 42.500 pesetas.
- Ni aun así puedo, tío, no tengo más que 13.000.
- No importa, verás. El día que formalicemos la venta me das 12.500 y las otras 30.000 te propongo que las pagues en 10 plazos anuales de 3000 que cumplirán el 30 de junio de cada año. ¿Qué te parece?
Vicente miró a su mujer y viendo el gesto decidido de ésta, estrechó agradecido la mano de su tío y le dio las gracias con los ojos un poquillo blandos. Así fue como el 28 de julio de 1896 Vicente se hizo cargo de la finca y del molino como propietario.
En los años siguientes los afanes del matrimonio se juntaron con su inclinación por el ahorro y por la ilusión de llegar a verse limpios de la deuda y con aquella hermosa propiedad sin carga alguna. Nada menos que un molino casi en la misma capital, un molino en el Henares, un molino con caz de flujo constante. Eso era un molino capitán y no como los molinos de arroyo que habían regido hasta entonces.
Fueron saldando su deuda, sin fallar un año, con el generoso tío Alejo y aún les sobró algo de dinero para hacerse con una casa en la ciudad, en la calle de Cacharrerías. Allí habitarían desde entonces, aunque padre e hijo bajasen a diario a trabajar al molino y aun durmiesen en él si hacía falta. Por otro lado pasados los diez años el chico había crecido y Felipe, que así se llamaba, era la mano derecha de su padre. Ya valía para trabajar en el molino y los dos codo con codo trabajaron con denuedo e ilusión, viendo con alegría como todo les iba bien.
Tanto Felipe como su hermana, María, se habían hecho unos mozos fuertes y trabajadores. Había pasado ya el año 1907 y la deuda con el tío Alejo quedó saldada. Ahora ya todo eran ganancias en el molino pues el que llegaba a moler pagaba con dinero o con maquila y sabiendo mantener el molino y no tirar el dinero, sólo se podía ganar. En 1910 el chico ya tenía 18 años y por la mucha observación al trabajo de su padre, era capaz de suplirle en casi todo y de ayudarle en todo.
Hortensia era una chica de 16 años que vivía también en la calle de Cacharrerías y que a los efectos era la novia del muchacho aunque por ser los dos tan jóvenes se tardaría un tiempo en considerar el compromiso. Por otro lado María, la hermana, era discreta y seria como su madre y, más joven que su hermano, vivía permanentemente en la casa sin bajar al molino, como tampoco hacia su madre porque el trabajo de ninguna de las dos era allí necesario.
Todo iba a pedir de boca, pero fue en el verano de 1914 en el que todo cambiaría. Era el verano el momento de más faena en el molino. Padre e hijo trabajaban a destajo, día y noche casi sin parar y quiso la fatalidad, o quizás el exceso de fatiga o vaya usted a saber qué, que un atardecer los gritos de Felipe alertaran a su padre, que había salido a beber agua en la fuentecilla que había en la plazoleta del molino. Vicente volvió al molino como una exhalación mientras oía los alaridos de su hijo. El muchacho había sido arrollado por una polea. Cuando su padre llegó ya le había dado varias vueltas y aunque Vicente, hombre de envergadura, se arrojó a peso contra la polea y, jugándose las manos, sacó la ancha correa de sus guías, el muchacho tenía un gran destrozo. El chico quedó liberado y vivo pero literalmente como un trapo, con múltiples roturas y lesiones, hasta el punto que hubo de subírsele a la casa de Cacharrerías en una parihuela y a pie pues no aguantaba el menor traqueteo de carreta. A consecuencia del accidente Felipe estuvo postrado en la cama durante unos meses sin sanar de sus numerosas fracturas, los médicos poco pudieron hacer por él. Hortensia, su novia, le cuidó a la desesperada con su hermana y su madre, mientras el padre atendía el molino. Al comienzo del nuevo año murió Felipe. No se sabe muy bien qué le paso, pero Hortensia, la leal y querida novia, sin aparente enfermedad, le sobrevivió dos semanas justas. Los vecinos decían que se había muerto por el mal de amores y, si no había sido así, nadie le pudo encontrar otra explicación.
Tras la muerte de Felipe y Hortensia la tristeza, como un cuervo gigante, se adueñó del hogar de Vicente. Los años de duro trabajo aplastaron de repente al molinero y la angustia comenzó a corroerlo sordamente por dentro. Era su pena como un nudo atado a su garganta que cada día se ajustaba más, milímetro a milímetro y terminó por no dejarle ni comer ni dormir siquiera. Su mujer y su hija estaban alarmadas. Los médicos le dijeron que fuera a los baños de Alhama, que eran buenos para las cosas de los nervios, pero todo fue inútil. Enfermó de tristeza y si su hijo dejó el mundo en 1915, el padre sólo vería comenzar el 16. Creo que por entonces no se habían inventado las depresiones, así que todo el mundo dijo simplemente que Vicente había muerto de pena. Francisca y María quedaron solas, con un negocio fructífero que eran incapaces de explotar. Y aquí acaba la primera parte de la historia del molino de Mora. Por hoy lo dejo que, por los años que te llevo de ventaja, bien me doy cuenta de que bastante esfuerzo has hecho en escucharme.
- Pero hombre sigue contando, que me gustaba, ¿qué pasó?¿Qué hicieron las dos mujeres?
- Tendrás que esperar a que esté de buen talante para que te lo cuente, del mismo modo que harto he esperado yo a que te interesara alguna historia de las cosas que nos rodean que, como ves, las tienen.
- ¡Joder, qué cabrón!
- ¡Cuidado, muchacho... repórtate!
A la memoria de Vicente Sánchez Gutiérrez, hombre bueno y trabajador. (1863/16-01-1916)

12 enero 2008

Escarambujo

Mirando al humilde y común escarambujo, el fruto de un arbusto espinoso perdido en páramos y barrancas que aguanta hasta en invierno por duro que éste sea, me dije si este omnipresente matorral tendría sólo este nombre y si además de crecer aquí y allá tendría alguna utilidad. Indagando encontré, para mi sorpresa, todos estos nombres sólo del fruto, que no del arbusto y de su flor, que aún tienen más:
Escaramujo, cinorrodón, picaculos, tapaculos, avaganza, agavanza, aveganza, garamito, garbanzu, garbanzo, bailarote, bailarín, calambrojo, tomatico, tomatillo, mazacoral, garrabón, garrabó, calambruju, calambroja, iscalambruju, picaculu, balbaretas, morato… y no sé si habrá alguno más. Seguro que sí.
También, según dicen, el fruto tiene vitamina C y es sumamente astringente, comido directamente, de ahí lo de tapaculos, por lo del estreñimiento. Aunque algunos discrepan y le atribuyen, en ciertas circunstancias y épocas, virtudes laxantes, y de hecho afirman que las zorras se purgan con él, aunque quizás lo hagan por su abundancia en semillas. Se tiene por cierto que una vez cocido pierde, con toda certeza, la astringencia y sirve para hacer mermelada y compota y que, si se le hace fermentar, produce vino. Aseguran que es litontríptico, palabra mágica que quiere decir que desbarata las piedras de la vesícula, no se dice nada de las del riñón, y que también es diurético y que los pétalos de las flores sirven para preparar colirios para los ojos. Nadie menciona, sin embargo, su utilidad más festiva y es que las niñas se hacían con sus frutos collares y pendientes enhebrándolos en un hilo en su momento de mayor esplendor y brillo, que es en el mes de septiembre. Ahí es nada con el escarambujo. A su lado tantos días y sin saber sus virtudes. Es lo que pasa con los humildes.

11 enero 2008

Soledades

A veces uno, por distintas vicisitudes, se ha sentido decepcionado. A cualquiera puede pasarle. No se aceptan los fracasos, sean del tipo que sean, con facilidad.
Recuerdas a personas que, en su momento, te ayudaron. Te hicieron relativizar lo que te había ocurrido o, mejor, lo que tú vivías como si te hubiese ocurrido a ti, siendo, sin embargo, un suceso colectivo. Comprendiste que quizás para ti el asunto tenía importancia, bien por tus ideas o por las ilusiones depositadas en algo que pasó a la historia, a la pequeña historia personal o de tu pequeña comunidad cercana, pero de puertas afuera carecía de importancia en absoluto. A nadie le importaba. En contraste con tu disgusto grande, muchos de los que te rodeaban ni siguiera lo percibieron. Tardaste en darte cuenta, pero así era. El cambio que estas personas le dieron a tu visión del momento te sacó de la tristeza.
Ayer me encontré con una de ellas, una de estas personas que un día me ayudaron con su criterio independiente. Es una mujer encantadora. Inteligente, activa, apasionada, cariñosa, muy valiosa profesionalmente… Es una de las mujeres mejor dotadas que conozco para sobrevivir, en todos los aspectos. Conocía los avatares de su vida en los últimos años y sabía cómo habían caído, también para ella, algunos de sus proyectos más queridos. Sin embargo apenas me dio tiempo a preguntar. Mi amiga estaba bien. Todo era maravilloso. Todo estaba lleno de proyectos nuevos. Sus hijos espléndidos, su marido también, su trabajo espectacular, sus compañeros maravillosos, sus jefes le respaldaban en todo a muerte… Al cabo de una hora de amable y atenta escucha, sin apenas interrupciones por mi parte excepto para asentir, me di cuenta de que aquella mujer estaba tan frustrada que ni siquiera había llegado al punto de admitirlo. No quería hacerlo. Vivía su decepción como una victoria nueva en su nuevo ambiente, la había vestido de eso. Ayer tarde había salido de su casa sola y sin rumbo porque estaba a punto de reventar. El destino quiso que nos encontrásemos y pudiera devolverle, momentáneamente al menos, el favor que ella me hizo años atrás. El problema es que entonces yo asumí lo que me pasaba, ella aún no lo sabe porque se niega a admitirlo. Ni yo se lo dije, claro. Hay cosas a las que no se les puede adelantar la evolución. No se pueden ver algunas cosas hasta que no te nacen los ojos para verlas.

10 enero 2008

Enero


Al anticiclón de invierno le acompañan los días soleados, luminosos y calmos en los que los viejos buscan las solanas o los “solecitos” de las plazas, como algunos les llaman a sus rincones de invierno al aire libre. Allí conversan, al abrigo de los días luminosos, mientras los perros dormitan tirados y estirados a sus pies.
Las noches de la sierra son otra cosa. Son de hielo, de hielo negro que cae sin piedad sobre las tejas y las remata de cristales de escarcha y hace crujir las peñas como si fueran de madera seca que se quiebra. Mientras el hielo oscuro e invisible cae, las estrellas palpitantes se tiran a los ojos por millares y ponen en su sitio, diminuto, a quien se atreve a mirarlas. El cielo de la noche llena de asombro y espanto a quien lo observa. Duele respirar, de puro frío, el aire congelado. La noche del invierno, pura luna y estrellas, sobrecoge en la sierra.
Amanece en el paisaje desierto. La tenue luz naranja que asoma por el este, guiada por el dedo de la aurora, se expande lentamente en claridad difuminada. Luego la luz se hace otra vez y viene el día. Todo aparece maquillado de blanco por la escarcha y helados, con un dedo de grueso, los charcones que dejaron las últimas lluvias. Los barros son hoy arcillas duras, piedra helada, cocida por el frío. El aire es fino y está mudo, sin viento. El silencio sólo se interrumpe por el graznido lejano de algún cuervo o el cacareo irregular de la perdiz, cuyo sonido redondo, retador y gangoso rebota de peña en peña y se pierde sin contestación barranco abajo, entre la niebla que se deshilacha.

09 enero 2008

Langue et parole


Los celadores de la universidad se reunían temprano para desayunar. Casi no había estudiantes todavía en la cafetería. Sus risas se oían mezcladas con las conversaciones. Era lunes y, mientras desayunaban, repasaban el fin de semana.
- …Y por fin, ¿os fuisteis el Lucho y tú con aquellas dos changuitas, con pinta full de chingonas, that you told me?
- ¿Cómo me iba a ir si el Lucho no se arrancaba ni pushándole y no más hacía que mirarles y mirarles sin decidirse a ir a ellas, que estaba totalmente down con la idea, como si las chicas fueran two wild gatos malóderos?
- Pues haberte ido tú alone y haberle dejado with his mouth open al Lucho, por huevón and airhead.
- Pero no pude, no más because es mi cuate desde chamaquitos y yo no le puedo dejar tirado a un friend de toda la vida, así pues traté de convencerle, de pusharle once and again, pero él dudaba y titubeaba one more time y como que no lo veía claro y se le veía muy reluctantón… y, por otro lado, ellas eran dos y con only one man como que no matchaban.
- ¿Y qué pasó entonces?
- Pues que entre que sí y entre que I don’t know y entre que wait a minute… se presentaron unos tipos white and blond y muy atarzanados que se las llevaron en carro y ellas… tan so very happy… y ni por pienso que volvamos to see them otro día.
- Bueno y tu viejo, ¿se quedó at home el fin de semana o salió por ahí a beber y a porfiar?
- Not at all, ni lo uno ni lo otro, si se fue con la Lupe.
- ¡Qué se fue con la Lupe!, ¿de veras are you telling me that?
- Pues sí, eso hizo, te lo juro. Ahí donde lo ves.
- ¡Ándale, pues aún le empuja el viejito…!

08 enero 2008

Libertad


Agustina iba con su marido por la calle. Un perro vagaba despistado por ella. Agustina lo llamó y el perro vino.
- Joaquín, ¡llevemos el perro a casa! Se ve de sobra que está perdido y haría compañía a nuestro Tom.
- Mira, Agustina, de ninguna de las maneras. Ya está bien con el que tenemos. Ya sabes que no me gustan los animales y menos en casa.
- Pero, Joaquín, no podemos dejar a este perro, se ve que está perdido o quizás, aún peor, abandonado. Pero mira qué ojos te echa, ¿es que no se te mueve la conciencia?
- Agustina, no me calientes. Tragué con el Tom de los cojones porque a ti se te emperejiló, pero como te empeñes en traerte a este otro, te juro que me voy de casa. ¡Hasta ahí podíamos llegar, no te jode con la protectora de animales!
- Ay, ¡cómo eres, hijo! ¡Pelos en el corazón tienes que tener!
Agustina, afectada por lo que le pareció una injusta reacción de su marido, desistió momentáneamente de su intención. Al día siguiente fue a la iglesia y pedirle a don Ignacio, su confesor, consejo neutral en el asunto del perro. Aunque, en el fondo, Agustina esperaba del clérigo un apoyo abierto a su postura, dada la pasión que la iglesia ha tenido siempre por la caridad. El cura escuchó a su feligresa y, tras felicitarle por los buenos sentimientos que demostraba y por su tendencia a la caridad directa y al bien más altruista, le dijo que, sin embargo en este caso, llevaba razón su marido, que no debía llevar el segundo perro a casa, que lo primero era la convivencia familiar y el sacrosanto matrimonio y que había veces que los sentimientos habían de posponerse a lo verdaderamente importante y que, también había veces, que lo bueno era enemigo de lo mejor.
Agustina encorajinada y decepcionada porque ni siquiera el buen don Ignacio comprendía las inquietudes de su corazón y con los ojos arrasados de lágrimas, enfurecida por demás ante los recovecos del pensamiento del cura, le gritó sin poder contenerse:
- ¡Dígame entonces, dígamelo de una vez! ¿Para qué estoy yo en el mundo si ni siquiera puedo hacer el bien? ¿Qué libertad tengo yo, me lo puede decir?

06 enero 2008

Eleni


- Mirad mi Eleni, miradla, pero qué maja, pero, ¡rediós que hermosa y qué lozana y qué buena moza! ¡Ay, pero qué bonita es mi Eleni! ¡Ay, mi Eleni, qué mujerona! ¡Ay, entrañas mías! ¡Rosa de Francia, mi Eleni!
- ¡Calle usté, madre, no sea exagerada! ¡Qué parece que se está usté desangrando! ¡No sea usté tan aparatosa!
- Pero si es verdad, pero mirad qué cara tiene, pero si es que le resplandece de alegría, ¡ay, qué da gusto verle esa expresión a mi Eleni! Cómo se te ve de contenta, hija mía. ¡Si da gloria verte! ¡Qué carnes, qué lozanía, qué lustre!
- Pues claro madre, cómo no voy a estar contenta, no ve usté que vengo de echar un polvo.
- Pero, Eleni, hija mía, mira que tienes ya a los chicos grandes, mira que a ver si te vas a quedar preñá a estas alturas, gloria de tu madre, mira que pasas de los cuarenta, corazón mío. ¡Ay, Eleni, no me asustes!
- Quite usted pa allá, madre, pero si ha sío oral.
- ¡Ay, mi Eleni, eso es otra cosa, ay qué alegría! ¡Qué lista es mi Eleni! ¡Cómo disfruta mi Eleni y cómo me gusta a mí que sea tan feliz! ¡Ole mi Eleni! ¡Ay…!

Reyes y magos


Con el mismo aburrimiento que me produce la continua intromisión de la Iglesia Católica en los asuntos de quienes no somos sus fieles, he visto por la tele como cada uno de los días pasados una o más personas de renombre felicitaban al rey Juan Carlos por su onomástica, deseándole todo tipo de parabienes y atribuyéndole méritos inconmensurables en el bienestar de la nación. Sea, puede que hasta sea cierto. No vamos a discutir por eso.
Mucho menos y de ninguna manera voy a ir yo por ahí quemando fotos del rey en público para manifestarme antimonárquico, ni tampoco del Papa para que vean que no me agrada lo que hace. No necesito más que el sentido común para considerar que la iglesia debe de ser cuidadosa pastora de sus fieles y dejarnos tranquilos a los demás; y que, para cualquier nación, me parece más digno un presidente o presidenta de gobierno elegido por sufragio universal, así, de entre el común de los mortales, que otro tal de sangre azul con hijas infantas e hijo príncipe y con una casa real a las acuestas de todos y al que además no se sabe muy bien de donde le procede ese derecho de gobierno hereditario que su genética atesora. Parece como un asunto de cuento infantil o de opereta. Claro que del cuento hay gente que lleva siglos viviendo y… lo que te rondaré morena. No nos faltan ni reyes ni hechiceros, perdón, quería decir magos.

05 enero 2008

Arrebujada


Entre los macizos de aliagas silba el viento helado. El viento utiliza los valles, laderas y barrancas como si fueran los orificios gigantes del chiflo de un afilador. Es el viento norte de enero que abrasa la piel de la cara, pone a llorar los ojos, enciende las orejas con sabañones y cura las matanzas caseras de los serranos, de los pocos que aún quedan para hacerlas. Parece que quiere nevar pero no se decide, a ratos cae cellisca que te pincha en la cara y en las manos como si fueran diminutas puntas de alfiler que no llegan del todo a clavarse. Miro como la perra esquiva matas, rodea obstáculos y cazurrea, como curiosa e incansable compañera, por la ladera. Me mira de vez en cuando para no perder mi referencia entre los zarzones hirsutos y espinosos. Noto que hace un extraño y cambia su intención inicial. Algo que le ha llegado escrito en el aire no le ha gustado. Se queda quieta en el sitio. Bajo a su altura, me mira llegar inmóvil, y le digo suavemente:
- Vamos. ¿Qué es? Quiero verlo.
Toma sin dudar el camino que llevaba y marca con su parada repentina un lugar bajo unas matas, unos cuarenta metros ladera abajo. Le animo a seguir. Ya sin titubeos, ahora lo veo yo también, llega a la cama de una zorra que domina el vallejo. Es tan apacible el encame del animal que pienso que está aún viva, quizás herida. Pero la perra sabe que no y olisquea sin miedo a su pariente de cuerpo presente.
Alguien hirió al animal, probablemente el día de antes, y éste sintiéndose morir buscó un cálido encame, protegido del viento, para acabar allí, arrebujada, en posición fetal, con el hopo plegado, las orejas tiesas y los ojos abiertos. La perra no quería bajar y con razón. Dejamos allí a la zorra, sin tocarla, en el regazo improvisado de la tierra, y nos vamos los dos a buscar abrigo camino del pueblo. Solo que yo llevo también el corazón helado.

28 diciembre 2007

Isidro

Isidro despertó a la caza con muy pocos años de edad y fue llevado a ella por una curiosidad insaciable que de un descubrimiento práctico le llevaba a otro y a otro... Sin embargo, a medida que iba descubriendo los secretos del campo y de los animales salvajes, aumentaba su capacidad de observación y su curiosidad, en lugar de saciarse, se convirtió en una pasión creciente. Y las pasiones, cuando se es joven y con facultades físicas portentosas e intactas, se convierten casi, y sin casi, en un vicio vocacional muy difícil de frenar.
Por otro lado, el tiempo de sus comienzos fue una época de caza menor aún abundante y de terrenos libres en su mayoría, donde cualquiera podía ejercer de cazador casi con la misma libertad con que las piezas lo hacían de tales.
Así, de cazar de modo convencional, y superada ya la fase de la caza menor con escopeta y perro, pasó a dedicarse a la caza del jabalí, del huidizo por excelencia, porque el jabalí era el reto. Eran unos tiempos en que casi nadie lo hacía ni se conocían las monterías en la zona, porque sí, se sabía que los jabalíes estaban por las muestras que dejaban, pero nadie los veía y cuando alguno era visto se mencionaba como un acontecimiento casi portentoso, digno de ser mencionado en el periódico local.
Primeramente comenzaron sus correrías de noche, con escopeta y desde coches, con un par de amigos de su misma condición y vehemencia a quienes no les importaba ni jugarse la vida conduciendo de noche, con luz o sin ella, por campos de cultivo a más de 80 Kms por hora, ni destrozar coches en el empeño, ni la zozobra de la familia por las muchas horas de las ausencias nocturnas... Era un tiempo en que los coches todoterreno no existían y los convencionales estaban pensados para carreteras. Una locura en todos los sentidos que, en su madurez, recuerda con una mezcla extraña de nostalgia y arrepentimiento.
Luego, a medida que fue aprendiendo, y siguió aprendiendo siempre, en su mente sólo había sitio para dos cosas: Los jabalíes y los perros. Siguió y siguió cazando, era como si hubiese nacido exclusivamente para ello o porque a lo mejor así era, y lo hizo, de día o de noche, en solitario o con algún amigo que compartía su exacerbada afición pero ya a pie, de poder a poder, compenetrado con sus soberbios perros y ayudado sólo por un cuchillo de remate para poner punto final a los agarres. Había comprendido que el arma más peligrosa la llevaba siempre consigo, era su conocimiento, el arma más ligera y letal, un arma que no puede comprarse ni admite visor, su doctorado cum laude en jabalí y podenco, conseguido tras innumerables horas de ladera y observación en la universidad, ésta sí que totalmente autónoma y abierta, de la Sierra Norte.
Primero había llegado a compenetrarse perfectamente con sus podencos, podía interpretar perfectamente en la distancia cada uno de sus ladridos y ellos le entendían a él con un gesto, con la mirada a veces. Aquellos animales a los que dedicó tantas horas de aprendizaje se habían convertido en parte de su familia y los recuerda siempre con el mismo cariño y dolor que a los seres queridos que se fueron. Porque los perros eran para él seres queridos y vinculados cada uno a sus hazañas.
Después consiguió pensar como sus presas, imaginarlas, saber sus querencias, sus encames, sus huidas, sus tácticas, sus horas, sus ruidos, su comportamiento, su fino olfato, su torpe vista… Tenía con ellas una especie de trasmutación. Sí, eso era.
Finalmente, y cuando ya había acumulado una experiencia tremenda y unos conocimientos no menores sobre las querencias y costumbres de los jabalíes, se convirtió en un cazador solitario, en un adiestrador de podencos para este tipo de caza y en un experto trampero.
Hubo una cosa que no llegó a comprender, o mejor dicho, sí que la comprendió pero jamás la aceptó y es la capacidad de algunos para apropiarse de los montes, de los valles, de los animales salvajes… Y ese paso de los terrenos libres de sus comienzos a los cotos actuales no lo vio nunca como el pretendido intento de preservar la caza sino como la apropiación de la misma por unos cuantos bajo tal pretexto. Eso jamás lo pudo aguantar y vivió constantemente, como tantos otros, una rebelión interna contra ello.
Por su experiencia y porque los tiempos y los modos de cazar cambiaron, participó en monterías organizadas con sus excelentes perros. Allí aguantó, con más pena que gloría, que le llamaran perrero con un puntito a veces de desprecio algunos señoritos que no sabían distinguir una jara de una aliaga y que se daban a sí mismos el pomposo nombre de monteros. Tampoco llevó bien que, con alguna frecuencia, premiaran con un par de patadas el arriesgado agarre de sus perros o dispararan al jabalí durante el mismo, despreciando la vida de éstos. Así que a veces el agarre lo tuvo también él, tras el de los perros, con alguno de estos personajes insensatos disfrazados de monteros de El Corte Inglés. Otras veces tuvo que tragarse la bilis por no dar el día a algún buen amigo.
En el apogeo de su experiencia, llegó el día en que, por difícil y extraño que parezca, soltaba a los jabalíes enlazados. Difícil porque aún es más difícil soltar a un jabalí furioso de un lazo que hacer que en él cayera previamente; extraño, porque con el tiempo el cazador se enamoró de lo cazado y tuvo el extraño sentimiento de que, finalmente, se había cazado a sí mismo. Ya no podía llegar a más. Su proceso había terminado.

Dedicado a Isidro Martínez Sanz por el espíritu de su libro "Cazadores de Blanco"

27 diciembre 2007

Es broma

Hoy he sabido, por la televisión, que don José Luis Moreno, conocido artista y productor, ha tenido que ser escoltado a su domicilio y custodiado en el mismo por la Guardia Civil tras la salvaje agresión que sufrió hace unos días en su hogar por causas aún sin aclarar y por sujetos no identificados por ahora.
Debo suponer que la Guardia Civil, o en su caso la Policía Nacional, custodian y protegen del mismo modo a los miles de mujeres salvajemente agredidas por los varones de su entorno, éstos perfectamente identificados. Ya sé que es difícil su misión, la de la Guardia Civil o Policía Nacional, y que pese a sus desvelos, vigilancia y custodia las agresiones se repiten, hasta el punto de que en el año que acaba más de 70 mujeres, de los miles de agredidas, han resultado muertas. Deseo que en el caso de don José Luis Moreno tengan más éxito.
Supongo lo anterior porque el artículo 14 de la Constitución Española dice: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.”
Evidentemente gobernantes, jueces y policías velan por esta igualdad de los españoles, y supongo que de las españolas también, ante la ley. No me cabe la menor duda. Les darán, por tanto, la misma protección a todos ante las agresiones. ¿O no? ¿O resulta mucho más grave verse agredido ocasionalmente por delincuentes que tener al delincuente agrediéndote en casa de continuo?
¡Ah! Olvidaba decir que mañana, 28 de diciembre, son Los Santos Inocentes. Aunque no venga al caso. Y se pueden gastar bromas, por tradición. Aunque algunas resulten más bien macabras.

22 diciembre 2007

Agarimo


María Vanesa de las Mercedes es paralítica cerebral. Estudió en una época, aún reciente, en la que en las escuelas se seguía todavía lo que se conocía como integración y que fundamentalmente consistía en que se educaba como se vive, es decir, a todos juntos. Las niñas y niños de su clase se solidarizaron con ella con toda la colaboración que los niños son capaces de prestar y toda la sincera crueldad que tienen, sin saberlo. Le costaba mucho aprender y sobre todo hablar, todo en ella iba con retardo. Sobre todo se excitaba y daba muchos gritos, babeaba, torcía la boca, hablaba con una guturalidad aguda y enervante, y eso cuando se podían entender sus gritos, que eran como palabras desfiguradas. Aprendía lo que menos podía nadie imaginarse pero, de repente un día, llegaba sabiéndose el aparato digestivo o lo referente a la cuestión menos esperada. Su padre le decía a la tutora que dónde habría aprendido la niña todas esas palabrotas. Los ocho años de enseñanza básica que cursó María Vanesa de las Mercedes fueron para ella un paréntesis de dicha y un recuerdo perecedero de felicidad en su mente atípica.
Pasados unos cuantos años, un buen día, estaba María Vanesa de las Mercedes con su cuidadora en el bar El Trébol. La ya no niña, con su cabeza tambaleante y su boca torcida y su mirada perdida y divagante, estaba sentada en una silla de ruedas junto a la mujer que la cuidaba. Vio entrar al bar a dos personas. Fijó sus titubeantes ojos en ellas. Súbitamente arrancó a gritar y a gesticular todo lo que podía hacer una persona en sus condiciones, que no era poco ni, sobre todo, discreto. Las dos mujeres la identificaron rápidamente y se acercaron a ella. Los gritos y aspavientos de María Vanesa de las Mercedes, presa de una inusitada excitación, se adueñaron del local. Algunos clientes casi se asustaron. Todos miraban hacia ella impresionados. La cuidadora no sabía qué hacer.
Una de las dos mujeres que se acercaron junto a Vanesa la besó y, sin más, rompió a cantar cadenciosamente, mirándola con cariño:
“Me han traído una caracola.
Dentro le canta
un mar de mapa.
Mi corazón
se llena de agua
con pececillos
de sombra y plata.
Me han traído una caracola…”
Los clientes pensaron que dos loquitas en un día ya era suficiente. Pero María Vanesa de las Mercedes se calló, aferró al brazo de su maestra como si lo abrazara, sonrió y rompió a llorar mansamente de felicidad.

21 diciembre 2007

Un respeto


El Nemesio y su chico el Cirilito salieron de su pueblo un siete de diciembre a la feria de Berlanga. Iban padre e hijo tan contentos con la intención de vender la mula vieja que llevaban y volver con una joven.
Al llegar a la Fuente del Caballero estaba anocheciendo. Cuatro sombras bien embozadas les salieron al paso y sin mediar más palabras les dijeron que les dieran el dinero que llevaban. El padre dijo que no llevaban dinero, que sólo iban a vender la mula y el Cirilito que, ni era muy espabilado ni tenía cara de serlo, guardó silencio asustado. Los salteadores registraron los bolsillos del padre y como no apareció ningún dinero le dieron una mano de hostias a ver si así lo ablandaban y se le soltaba la lengua. El Nemesio, que no clavaba clavos con la cabeza porque no quería, siguió en sus trece que no llevaban dinero y que no. Registraron al hijo y tampoco hallaron nada. La emprendieron a puntapiés y puñetazos con el Nemesio y él que no y que no. Le hicieron desaparejar la mula, le rajaron la jalma por si lo había escondido en ella y le volcaron las alforjas. Nada, que no aparecía dinero alguno. Siguieron pegando al padre porque al hijo, tras darle un bofetón, ya vieron que no valía la pena insistir, que era un simple. Cansados ya de darle al Nemesio, les hicieron desnudarse por ver si llevaban algún bolsillo o alguna bolsa oculta y tras volver a no encontrar nada empujaron con rabia al Nemesio, desnudo como estaba, al charcón cenagoso de la fuente y se largaron desapareciendo en la noche.
El Nemesio, encenagado como un jabalí, mandó al Cirilito vestirse y buscar algo de leña e hicieron lumbre para que el padre se secara y se quitara el cieno del cuerpo. Seco y medio limpio, el Nemesio se vistió y con todo el cuerpo hecho una jarapa de moratones, con una herida en la mejilla y un ojo hinchado siguieron el camino hasta Berlanga. Al cabo de un rato de camino el Cirilito rompió el silencio.
- Padre, ¿dónde lleva usté el dinero?
- En el único sitio que no han mirado. Debajo de la boina.
Llegaron a Berlanga ya tarde y en cuanto encontraron posada se acostaron.
Al día siguiente todo el mundo le preguntaba al Nemesio qué era lo que le había pasado y cómo se las había arreglado para salir de tan mal trance. El Nemesio que al día siguiente estaba aún más hinchado por los golpes, que cojeaba y que apenas si podía abrir el ojo, lo contaba con paciencia como el que cuenta una desgracia, pero el chico, el Cirilito, sacaba pecho y muy orgulloso de su padre decía muy ufano:
- Es que no sabéis cómo es mi padre, ¡un respeto! -y dando un bufido de afirmación, remachaba- ¡Cojonudo es mi padre pa que le toquen la boina!

20 diciembre 2007

Narcisa


Narcisa dejó contadas muchas historias. Claro que le dio tiempo a ello porque, aparte de tener el gusto de contarlas, murió casi centenaria. Para empezar, era de un pueblo de la campiña con el volátil y, a la vez, vegetal nombre de Zurita de la Mielga. Un pueblo donde, por tradición, las mujeres todas tenían nombres de flor. Así ella misma era Narcisa y no le faltaban primas como Jacinta, Adelfa, Camelia, Flora, Azucena… ni vecinas como Lirio, Valeriana, Margarita, Rosa, Jazmín, Iris, Violeta, Mirta, Olivia, Romera, Sabina, Henar… Ya, de momento y para comenzar, tener esta procedencia le daba a Narcisa cierta categoría, pues un pueblo de mujeres tan floridas era algo de lo que pocas podían jactarse. Y siempre presumió de su pueblo en la capital donde, con muy pocos años, se tuvo que ir a servir. Con el tiempo se casó y mejoró de situación.
Narcisa era porfiadora y pertinaz y no daba fácilmente su brazo a torcer en las discusiones ni cuando alguien le cortaba su revesino. Así cuando su marido cansado de discutir con ella le decía:
- Anda, mujer, calla ya de una vez.
- ¿Cómo que me calle? ¿Qué me calle yo? No sólo no me callo… sino que si quiero canto otra – respondía Narcisa con mucho retintín y poniéndose de manos.
- No ves, mujer, que llevo razón.
- ¿Razón tú? Te la tendremos que dar pa que la lleves… pero bueno si te empeñas pa ti serán las olivas, galán.
Había sido tabernera en la taberna de la señá Dolores, su suegra, durante muchos años. Así que acostumbrada a lidiar con los hombres, se sabía todos los cortes, los dichos, los diretes y toda la retahía de gramática parda que en sus días se usaba. También había aprendido a guisar como una cocinera profesional pues en aquel entonces todos los que venían a los mercados y a las ferias comían en las tabernas y la especialidad de Narcisa era la caza. La perdiz estofada, que escabechada se te iba la ganancia en aceite, a dos reales, el conejo guisado a otros dos y la liebre a cuatro.
- ¿Cómo es que trabajaba usted en la taberna, Narcisa?
- Pues por varias razones. La una que mi suegra estaba imposibilitada, la otra que mi marido no valía para servir porque ponía los vasos hasta los topes y la tercera porque era yo una ignorante.
- Las dos primeras razones las creo pero la tercera, conociendo su carácter, me cuesta un poco.
- Pues no le cueste. Que una ha aprendido a fuerza de palos. Para que se haga usté una idea, cuando yo estaba en la taberna sirviendo a aquellos hombrones y les veía, aparte de beber, fumarse un cigarro y otro cigarrazo y ¡Hala, otro! Mire usté, qué gusto me daba a mi de verles a aquellos tiales venga y venga y venga a fumar…
- ¿Y eso qué tiene que ver con que usted fuera una ignorante?
- Pues que un buen día me enteré que no era cosa de alimento. Ya ve usté el conocimiento que yo tendría.

19 diciembre 2007

Plasma


Llegó la tele de plasma
trayendo modernidad,
tan finita, tan esbelta,
con su silueta juncal.
Dime tú, qué hago yo ahora
con el toro y la flamenca,
huérfanos de pedestal.
Acompañada por la guitarra, esta copla nos puede dar mucho juego para hartarnos de llorar. "Llanto por la muerte de la tele obesa" del Soros y olé.

La crianza


El Colás y su primo el Quevedo tenían la misma edad. Desde que les salieron los dientes, aquellos dos chicos nerviosos, morenuchos y raquíticos con fuego vivo en los ojos sirvieron para aliviar el trabajo a sus mayores y buscarse su propio sustento. Cuando tenían 9 años, les levantaban sin ningún miramiento a las cuatro de la mañana para que se fueran a las tainas para atender los rebaños de ovejas de los respectivos amos. De escuela, nada. Un pedazo de pan moreno de la tahona del pueblo, a veces duro, a veces revenido y recordado si tierno, y un trozo de tocino no demasiado grande de la matanza sería todo su alimento hasta que volviesen tras la puesta del sol. En cuanto amanecía y aún antes las ovejas debían estar pastando. Igual que a cuidar al ganado, les mandaban a acarrear o a coger yeros o almortas o garbanzos o a escardar o a cavar la huerta o a dar de comer a los marranos o a segar y a trillar si era tiempo o a irse de criados con quien les llamara… Así que el Colás y el Quevedo, explotados sin miramientos a tan temprana edad, se declararon a sí mismos hermandad dual de fugitivos y enemigos de la humanidad circundante.
Cuando tan temprano y a regañadientes iban a las ovejas, lo hacían dando grandes voces por las calles del pueblo, como si pasara algo o hubiera fuego, para despertar a los que pudieran. Si en el camino les entraban ganas de hacer del vientre, lo hacían subidos en un frutal y esparciendo la mierda por las ramas y, si iban menos sueltos, embadurnando con mucho arte las estevas de los arados que yacían esparcidos por los campos… no había acción en la que no buscaran joder al prójimo. Luego, ya en otras actividades amigas de lo ajeno, como poner lazos a los conejos, perchas a las perdices, cepos a todo bicho viviente, robar meriendas a los pastores viejos, ordeñar frutales, tantear huertas ajenas, esquilmar nidos… ponían especial cuidado y aún esmero y escapaban siempre al guarda jurado y a los civiles que, por otro lado, no tenían muchos más sospechosos que buscar. El Colás y el Quevedo corrían siempre pero, por deprisa que lo hicieran, iban siempre alcanzados por el hambre, a la que rara vez le sacaron algo de ventaja. El coto de la marquesa de Casa Vieja-Valdés y los cuarteles en que la señora lo tenía dividido, fueron zona de furtiveo para el Colás y el Quevedo, los cuales no hacían ascos al de Madre Vieja, Alcohete, Fermosoto, Basurto, Mendieta, La Rueda, Piedras Menaras, Torres Corvas, Pinilla… ni a ningún otro de los alrededores.
- ¡Colás, Quevedo, sois peores que siete zorras!, les decía el alguacil que no hacía más que buscarles por las muchas reclamaciones que había contra ellos.
Sus exposiciones a público escarnio encerrados en la balconada del ayuntamiento fueron más frecuentes que raras desde su infancia de hambre, frío y sabañones. Y aún habrían pasado algún que otro día en las dependencias del cuartelillo, si no fuera porque aún eran menores de edad. Pero todo se andaría pues, sin ser aún hombres, ya se habían llevado alguna hostia de las que sargento, jefe de puesto, les calzaba algunas veces a los adultos contumaces.
El servicio militar les separó. El Colás fue a caballería a Calatayud y luego al cuartel de Rapitán en Jaca; el Quevedo lo pasó en Madrid aprendiendo malos oficios con peores compañías. Acostumbrado a la vida a saltamata que en su pueblo llevaba, su paso por la vida militar le pareció al Colás un lujo.
- ¡Papo, aquello si que era vida! Desayuno, comida y cena todos los días y no tenías que hacer na, más que dar de comer a los caballos, limpiar un poco y en cuanto venía algún jefe que llegaba y te decía: ¡Heradio, prepara los caballos!, pues tú ya sabías que esa noche te ibas de juerga con el teniente o con el capitán, que esos si que eran golfos, jugadores y puteros. ¡Papo, la mili, mejor que un hotel!
A la vuelta de la mili, el Quevedo y el Colás tomaron ya derroteros distintos. El Colás se fue a una finca cerca de su pueblo que era de un inglés y que no estaba casi nunca pero, eso sí, cada vez que venía, los criados, estuvieran donde estuvieran, tenían que ir a la casa vieja a besarle la mano. En esa finca el Colás se aficionó a los toros, ya que labraban con bueyes, y a cazar con alguna escopeta del inglés cuando éste estaba ausente, exponiéndose por ello a una hacienda de palos.
El Colás y el Quevedo sólo coincidían ya de braceros en la siega de su pueblo, para ganarse un jornal extra en la temporada de julio y agosto. Los dos iban a pique con las hoces y la zoqueta y luego, a la que terminaban cada sábado, también a pique corriendo los doce kilómetros que les separaban de la capital para irse a la casa de putas de la Marina y ver quien llegaba el primero a acostarse con la gitana.
- ¿Y eso valía la pena?
- ¡Qué sabes tú si valía la pena, gelipollas! ¡Menudo pedazo de hembra que era la gitana!
- ¿Y por qué echábais una carrera?
- ¡Papo!, pues porque el primero que llegaba se tiraba la tarde con ella, ¡tonto los c…, tontilán!
- ¿Y el otro?
- El otro se jodía y se tenía que ir con la bizca, porque sólo eran dos y la madama que era la Marina. Y aunque la bizca era aún más puta que fea, pues no tenía color…¡Donde estuviera la gitana…, rediós con ella! ¡Todavía la recuerdo, sí! ¡Pedazo de changuita!
Poco a poco se fueron distanciando el Quevedo y el Colás. Pasaron algunos años. El Colás se metió en la construcción, pero el Quevedo empezó robando motos, luego coches y después joyerías. Un día aún caluroso de septiembre en un atraco a una tienda de decomisos de la calle Arenal de Madrid, al Quevedo le dieron un tiro en la espalda cuando huía. Desde el suelo y medio muerto, aún tuvo tiempo de disparar el cargador entero al cabo de policía que le hirió con la misma saña que crió en sus entrañas desde pequeño. Los compañeros del cabo lo acribillaron. Con la tenacidad del acero consintió el Quevedo en partirse antes que doblarse. Así fueron su vida y su muerte, rebosantes de resentimiento indómito
Cuando llegó la noticia al pueblo eran fiestas. El Colás, cuando se enteró, se alegró de no haber sido tan sanguino como su primo y no haberle acompañado en sus fechorías a partir de un tiempo. También recordó todo lo que había padecido en la vida para luego acabar así. Pero, por otro lado, con los recuerdos, le dio por beber aquella tarde y cuando a la noche todo el mundo estaba en el baile no tuvo mejor idea que soltar al toro que estaba esperando su lidia para el día siguiente en la misma plaza del pueblo. El alboroto fue considerable pero, por verdadera suerte, el animal no hirió ni arrolló a nadie. Al estar la plaza abierta y para que el toro no se escapase al campo la Guardia Civil lo abatió con un disparo de máuser en una calle del pueblo, ante el pánico del vecindario.
Apresado el ebrio, culpable del desaguisado, y llevado ante el alcalde, éste llamó a los civiles para que lo llevasen al calabozo a la espera de lo que dijera el juez. El Colás, pese a los evidentes efectos de la borrachera, aún reunió la rabia suficiente para decirle al sargento:
- ¡Me pegue usté si tié clase, tío cabrón!
- ¡No haga usté caso, señor guardia, que no habla él, que es el vino!, terció un vecino.
- Y el recuerdo del Quevedo, que eran primos y se criaron juntos… dijo una abuela.

18 diciembre 2007

Viajando

Como el viajar, a sitios distintos, diferentes y desconocidos, lo mismo es vivir. Por más que imagines la vida monótona, por mor de la costumbre, tienes la constante certidumbre de que nunca sabes cómo va a acabar el día y, para eso, no hace falta que lleves una vida de ejecutivo, ni de persona influyente o importante… basta con que ese día cambien las premisas que rigen tu destino, esas que todos creemos conocer y controlar pero que, de veras, son sólo estadística. A veces basta una llamada telefónica para ello, una noticia, la voz inesperada de alguien que te llama por la calle, una carta, la voz de un amigo que, con extraño tono paternal, te dice algo al tiempo que te pone la mano en el hombro, algo que percibes en un instante y que nunca habías conocido hasta ese momento, el sonido inesperado de no más de media docena de palabras… y todo se derrumba, como si te hubieses visto súbitamente implicado en una guerra repentina y ese edificio interno de tu propia vida hubiese sido el único arrasado en la primera andanada de la artillería o en el primer raid aéreo. Con el vacío instalado por dentro sientes náusea, desamparo y cansancio. Ahora tienes que empezar a reconstruir bajo un nuevo plano, ya lo viejo no te sirve, no te es útil aunque lo sea siempre como conocimiento acumulado, si acaso éste lo es. Y comprendes que vives entre cosas que sabes, cosas que no sabes y otras muchas que ni siquiera sabes que no sabes y que constituyen la fuerza principal de la vida y, por lo tanto, de la muerte. Bien, empieza un nuevo día. Ahí lo tienes. A ello.

17 diciembre 2007

Prueba


Al principio le dio la risa. Se había quedado mirando, según estaba sentado en el sofá, a una esquina de la habitación, la que hacían dos de las paredes con el techo. Le dio la risa porque la habitación comenzó a balancearse y a girar. Pensó que sería un fenómeno transitorio de esos con que los sentidos nos sorpenden a veces y rió de modo desenfrenado, sin poderse contener. A los cinco minutos estaba vomitando, se había tumbado en el sofá y con los ojos cerrados intentaba que el vómito cayera al suelo y no sobre la tapicería. El giro de la habitación continuaba de un modo anárquico.
Hubo de venir el médico de urgencia y le mandó al especialista del oído. Por suerte no era un tumor cerebral, sólo algo del oído interno referente al equilibrio y acompañado de acúfenos, ruiditos diversos que le acompañarían unos meses con suerte o de por vida sin ella. No obstante estuvo una semana sin salir a la calle, asustado por la falta de equilibrio que le hacía imposible mantener la línea recta.
Al fin un día decidió salir de casa. Iría a comprar el pan. Sería como una prueba para comprobar su equilibrio. Sólo tenía que ir pegado a la pared, apoyado en ella y en un punto cruzar al otro lado de la calle.
Mientras tuvo el resguardo protector de la pared todo fue bien, aunque a veces daba en ella con el hombro. El paso a la otra acera sería el punto difícil. Al cruzar la calle a la altura de la entrada a la panadería, perdió el equilibrio y, luchando por no ir al suelo, fue a detenerse cayendo sobre el capó de un coche aparcado frente a la puerta. Una señora mayor y enlutada salía con su pan en la bolsa:
- ¡Lo que tiene una que ver, Dios mío! ¿Qué, dándole desde por la mañanita temprano? ¿No? ¡Qué vergüenza! ¡Y será padre de familia, que no es ningún niño!
La hubiera ahogado en el acto, arrastrado por la furia, pero no pudo ni responder porque apenas podía levantarse. Querías una prueba, pues la has tenido, pensó para sí. Y sofocó la ira con la risa que le entró. Ver la escena y luego al hombre de andares vacilantes riéndose solo como un tonto, confirmó a la panadera, que estaba al acecho, la versión de la clienta. Lo dicho, una prueba para el equilibrio.

16 diciembre 2007

Dulce Navidad


Viene la Navidad con la misma carga de plomo que tienen todas las obligaciones. Un año más nos trae un año menos, por si lo habías olvidado. Hay quien pone un belén o quien, más anglosajón o más al modo imperante, pone el abeto en el salón y cuelga el muérdago de la puerta de casa, pero, aunque te libres de todas esas cosas culturales o aculturales, por no tener un sentido de lo tradicional ni irte demasiado el folklore, es muy improbable que puedas eludir las comidas y cenas familiares de estos días y, lo que todavía es peor y verdaderamente odioso, la infinidad de compras y preparativos precisos para el evento. Y no seamos desconsiderados, olvidando los regalos, por favor. La Navidad es como un tsunami anual que llega irremediablemente y que la experiencia te dice que es imparable. Es una apoteosis no por anunciada evitable, no señor. Pasará sobre ti, quieras o no quieras. De grado o por la fuerza, la Navidad es así.
En las calles hay una borrachera de luz y sonido. Los villancicos, con sus ritmos repetitivos de campanillas y voces infantiles, descienden sobre nosotros desde todas las megafonías imaginables, como si fueran la paz del Señor, y las orondas figuras de los papás Noel de cara coloradita y ostentosamente sonrientes nos contemplan desde cada escaparate, como diciéndonos “eso es, así, así, comprad hasta que la palabra pierda su sentido ocasional y se convierta en algo continuo, como el respirar, porque eso, queridos, es la Navidad, es la felicidad que da el dinero y vosotros lo tenéis, dad gracias a Dios…” ¿Cómo que el dinero no da la felicidad? ¿Pero quién ha sido el imbécil que ha dicho eso? ¿Quién es ese retrógrado desclasado, de qué caverna ha salido ese desecho…? Pero, hijo, olvida esas tonterías, síguenos a todos, haz lo que hacemos, no ves que lo hacemos por ti, sí por ti, y si no te gusta, hazlo al menos por los mayores y, si no, por los niños pero, por favor, no muevas nuestros cimientos, no nos des un disgusto de ese calibre, no digas que el dinero no da la felicidad porque imagínate entonces lo que puede dar la miseria… Dices unas cosas que cualquiera diría que tienes ganas de ofender a Dios…y además, ¡vale ya de paños calientes, maldito cabrón!, es que aún no te has enterado de que no hay en el mundo mayor pecado que el de no seguir al abanderado… ¡Disidentes de los cojones!, no os aguanto, ni a vosotros ni a vuestro sindiós… ¡Ateos, rojos de mierda…! ¡No sé qué coño queréis! ¡…Por Dios!

14 diciembre 2007

Caminar


Siempre me ha gustado caminar. Voy andando a mi trabajo desde hace muchos años. Dista éste tres kilómetros y medio de mi casa, lo cual me da para un buen paseo de ida y otro de vuelta. Por las mañanas atravieso un par de barrios grises, un trozo del centro más o menos histórico, un parque con un riachuelo artificial, que hoy estaba helado, y la entrada a un polígono industrial, entre el invariable ruido de frenos y motores y los bocinazos intempestivos de los camiones.
Me entretengo en observar la poquísima gente que se desplaza caminando, la poca que usa los trasportes públicos y la muchísima que utiliza sus coches. Pienso que es un sinsentido mover una masa de más de mil kilos de peso cada vez que deseamos desplazarnos, pero supongo que a muchos no les queda otro remedio y que a otros les gusta. Me siento un bicho raro y solitario, al mismo tiempo, un privilegiado por tener la posibilidad de ir a mi trabajo andando y por, además, ejercerla.
La gente, en general, tiene la opinión de que caminar es sano. Curiosamente he podido constatar al cabo de los años que casi nadie lo hace. Para el común de las personas debe de ser una contradicción pensar que es sano caminar pero no hacerlo ni aún pudiendo. Para mí es otra la contradicción, pues se supone que caminando hago una actividad saludable pero no estoy seguro de que lo sea, porque voy respirando el humo de los cientos de coches que atascan las calles a las horas de entrada y salida de los trabajos. Así que ellos por no caminar y yo por respirar aire contaminado durante hora y media cada día quizás tengamos las mismas esperanzas de vida o, seguramente la mía sea menor por respirar tanta porquería a diario. Me imagino muriéndome un poquito antes que los de los coches o, con mucha suerte al mismo tiempo. Eso sí, yo, por mi hábito de caminar, mucho más cansado.

13 diciembre 2007

Algunos musulmanes...


Hoy me ha pasado una vez más. Me he cruzado con ellas y ni siquiera me han mirado ni han contestado a mi saludo. Como si no me conociesen de nada. Me han ignorado con toda frialdad. ¡Qué corte!, he pensado con vergüenza.
Hace doce años tuve una buena relación, profesional, con gente musulmana. Mantuve un contacto con ellos y con ellas, un contacto asiduo durante más de un año. El contacto conmigo era conveniente para ellos, gratuito, y totalmente voluntario por su parte pues necesitaban la ayuda de la entidad para la que trabajaba. Nada me eché al bolsillo con esta relación pues como digo era puramente laboral y, por mi parte, si algo puse fue cordialidad y buena voluntad.
No es la primera vez que me ignoran a lo largo de estos años. Al principio no lo podía entender, no daba crédito a lo que notaba. A veces he pensado que iban despistados o despistadas, otras que quizás no me habían reconocido, otras que eran unos desagradecidos o unos estúpidos…
Hoy he tenido otra sensación. Una sensación distinta y quizás más certera. Viéndoles con sus pañuelos ceñidos a la frente, con sus gabanes hasta los pies y con su mirada voluntariamente perdida hacia delante al pasar una vez más a mi lado, mientras yo les buscaba la mirada con gesto amable, he pensado que me consideraban indigno de ellas y de ellos. Me he sentido excluido de su círculo, como si les diera vergüenza relacionarse conmigo. Me ha parecido que era yo él que hacía un esfuerzo para que, en cierto modo, me admitieran. Luego he pensado en que, desde luego, “mis musulmanes”, al menos éstos, no tienen ninguna intención de integrarse, es como si temieran contaminarse. Quizás el Islam no sea una religión, sino un proyecto social y político de base religiosa que no está dispuesto a ceder un ápice y que los occidentales no hemos entendido del todo todavía.

La cuadrilla


Moisés el Tanis, Anselmo el Cuquín, José María el Secretario y Lorenzo el Tajadilla, eran una cuadrilla de las de toda la vida, asiduos de muchos años a la caza en mano. En aquel entonces no hacía falta coto para cazar. Había terreno libre en todas partes y la caza, al contrario que hoy, era abundante. Era necesario, eso sí, que alguno tuviera coche y eso, al contrario que hoy, era entonces cosa rara. Coches escasos, caza abundante. Hoy el binomio se ha invertido. El que tenga ojos que vea. Con poquito, si no es ciego.
Con el tiempo Moisés tuvo un seiscientos y Anselmo un dos caballos. Así que, domingo en uno y domingo en otro, la cuadrilla, pagando la gasolina a medias, recorría los términos libres de la provincia disfrutando de su pasión más anhelada, la caza menor. A la caída de la tarde se asaban unos chorizos en cuatro brasas y compartían las tarteras que las mujeres les habían preparado. Los más viejos hacían lotes similares con las piezas cazadas, tantos lotes como cazadores eran, y el más joven, de espaldas al grupo, iba diciendo para quien era el lote que el más viejo señalaba. Un día les tocaba una liebre o un par de perdices o un conejo y una perdiz… y así trascurrían los domingos del otoño y del invierno.
Poco a poco los términos libres fueron escaseando y la cuadrilla apenas tenía donde ir. Paulatinamente uno pudo hacerse socio del coto que se había hecho en su pueblo, libre hasta entonces; otro, del coto del pueblo de la mujer; otro siguió frecuentando sólo lo poco libre que quedaba… En definitiva, no se sabe muy bien cuando fue el último domingo que salieron, pero la cuadrilla se deshizo y jamás volvió a juntarse. Puede que cada uno hubiera conseguido un cazadero en última instancia pero el tiempo de compartirlo con el resto había pasado. Ya no era posible. Había desaparecido un tipo de asociación, una más, muy típica hasta entonces y, yo diría, que hasta una vieja forma de amistad.

11 diciembre 2007

Gilipollas


Una vez iba un niño por la calle llorando desconsoladamente y sin parar de comer pan. Una señora, conmovida por sus lágrimas, le preguntó:
- Hijo, ¿por qué lloras?
- Porque mi mamá me va a regañar.
- ¿Y por qué motivo?
- Porque me ha mandado a por pan y me lo voy comiendo.
La señora miró al niño y dejó de compadecerse de él. Siguió su camino pensando “¡Pues no te lo comas, payaso!”, pero al niño no le dijo nada porque la señora era muy prudente y los prudentes respetan, ante todo, a los tontos.
Esta estúpida anécdota me trae a la imaginación la cantidad de cosas que hacemos sabiendo sus consecuencias pero, al mismo tiempo, sin evitar el hacerlas del mismo modo de siempre, como si no hubiera otro modo imaginable. Así, consumimos a saco la energía contaminando el planeta pero todos nos declaramos ecologistas concienciados y nos echamos las manos a la cabeza por el hecho del cambio climático y demás consecuencias, mientras seguimos comprando aparatos de todo tipo; así, sabemos que cada puente de salidas masivas va a haber 40 ó 50 muertos por accidentes de tráfico, pero seguimos saliendo 6 millones de coches a la vez, como si no hubiera otra forma de hacerlo, casi en plan reto. Sabemos que no está permitido rodar a más de 120 Km/h pero también sabemos que está permitido, y además mola, comprar vehículos que superan con mucho los 200 Km/h, me imagino que la compra no será con la intención de respetar el código de circulación, ¿o son quizás sólo para enseñárselos a los amigos? Sabemos lo peligroso que es viajar en moto pero cada año se venden más y más rápidas y, sin embargo, queremos que quiten los obstáculos peligrosos de las vías porque nos parecen el verdadero problema, o sea que el problema es, generalizando, el árbol y no la moto, podría seguir nombrando incoherencias…
En resumen, queremos seguir comiéndonos el pan aunque sepamos que mamá nos regañará. Más le valdría a mamá rompernos la cara de una vez por gilipollas, si eso sirviera de algo. ¿Es que somos incapaces de buscar alternativas? (No lo creo) ¿O es que no interesa?

10 diciembre 2007

Colores


El Galgo y su hermano Paco eran poco de misas y de iglesia y ni siquiera cedieron y se entregaron del todo en aquellos años en que los curas, en connivencia con la Guardia Civil, echaban multas por no ir a misa o por trabajar los domingos.
- ¡Déjame a mí de misas ni “costodias” que las misas y el azafrán son cosas de poco alimento!- voceaba el Paco en cuanto le tocaban las narices.
El Paco como buen soltero perseveró de por vida en su alergia a las cosas de iglesia. Sin embargo, el Galgo, que era casado con mujer religiosa y de orden, tuvo que tener un ten con ten que él venía a resumir con una sola frase:
- Por tener paz, cederás de tus derechos.
Era habitual en la época que el Galgo, a veces acompañando al veterinario de turno, a veces en solitario, visitase los pueblos de la zona. Cuando iba sólo era frecuente y casi seguro que lo hiciera en domingo, por no perder otros días de la semana comprometidos para labores diversas o para poder atender a los que iban a herrar a su casa los días laborables.
Esos domingos bajaba la mula cargada con hortalizas, además de con los instrumentos del oficio y, conocedor como era de las triquiñuelas de la vida, era fijo que se tuviera de antemano camelado a don Honorato o al cura rural de turno para que hiciese la vista gorda con lo del sagrado precepto de la misa dominical.
¿Qué cómo lo hacía? Pues procurando caer en gracia sin llamar la atención y dejando caer un duro a tiempo cuando hacía falta y una copa siempre, a tiempo y a destiempo. Porque los señores curas también eran seres sensibles y necesitados que, las más de las veces, apreciaban más al buen amigo que al común cristiano, harto abundante por otro lado. Así, sin palabras, quedaban sentados los mejores acuerdos de provecho mutuo y buen amparo que además, por ser tácitos, a nadie comprometían ni mermaban autoridad.
En las mañanas de los domingos era normal que el Galgo vendiese hortalizas, hiciese tratos, herrase las caballerías, trajese encargos y que, entre tantas obligaciones laborales y sociales, perdiese la misa por su entrega afanosa e ilimitada a los demás. Claro que, para compensar, nunca le escatimó tiempo ni esmero a concelebrar en las tabernas con don Honorato y con sus clientes de más confianza una vez terminado el oficio divino de la mañana y aún por las tardes tras la partida si es que se terciaba, que solía. Así que cuando, entrando ya las sombras de la noche, el Galgo se incorporaba para subir a su pueblo de regreso, el don Honorato le decía con pachorra e intención conocida y recalcada y una pizca de guasa, una de estas retahílas según fuera el tiempo del año:
- Galgo, no olvides la liturgia de hoy ni el color blanco de la Pascua…el color de la pureza.
- No olvides, Galgo, la Cuaresma en que estamos ni su color morado…el color de la penitencia.
- Hombre, Galgo, no olvides el color verde ordinario hasta que llegue el Adviento…El color de la esperanza.
- No olvides hoy, Galgo, el Domingo de Ramos que hemos celebrado ni su color rojo para la casulla…El color del martirio y de la gloria que se viene.
- Galgo, negro es el color de la misa de difuntos que se ha dicho, no lo olvides…El color del luto, hijo mío.
- Recuerda, el color rosado de hoy indica la cercanía de la Navidad y la ausencia de penitencia…
- Colores azules, Galgo, para la Virgen, la festividad de hoy…
- No olvides el color dorado, Galgo, que hoy es Domingo de Resurrección…

- Gracias don Honorato, lo tendré en cuenta- contestaba indefectiblemente el Galgo.
Cuando el Galgo llegaba a su pueblo, cerraba la mula en la cuadra y subía a la cocina donde le esperaba su mujer.
- ¿Cómo venimos? ¿Se ha dado bien? ¿Hemos ido a misa? ¿De qué color iba el cura?
Si las ganancias habían sido muchas.
- ¡Ay, Dios mío! ¡No habrás engañado a nadie! ¿Pero como le has podido cobrar al Gabino semejante barbaridad por la burra? ¿Pero no te das cuenta de que eso no es de buenos cristianos ni de amar al prójimo? Ya estás mañana a devolverle por lo menos cuarenta duros y además a confesar… Por cierto, ¿de qué color iba hoy el cura? Porque habrás ido a misa, ¿no?
Si las ganancias habían sido cortas.
- Pero, bueno, es que no me lo explico. ¡Todo el santo día para esto! Tú lo que has hecho ha sido holgazanear en la taberna con los amigotes. ¡Cómo si lo estuviera viendo! Seguro que te has juntado con el Serrano, con el Patitas y con el Luis de Casillas… ¡Se dice pronto, desde que amaneció Dios para venir con esta miseria, pues vaya un desempeño de hombre, Dios Santo!... Por cierto, ¿habrás ido a misa por lo menos, no? ¿De qué color iba el cura?
El Galgo se las arreglaba para salir indemne de todo el examen y aún, a veces, daba detalles sobre el sermón que no había escuchado o sobre lo que, al azar, había oido decir que habían dicho… Sólo un día en que las libaciones con don Honorato y el resto de los parroquianos se habían prolongado en exceso, cometió un error de bulto llevado por la arrogancia despistada que dan las copas y el olvido de las postreras palabras del clérigo. Porque, claro, ese día no estaba en condiciones de poderlas retener. Cuando su mujer, que notó como venía en cuanto entró, terminó de decirle si esas eran maneras de venir a casa y que bonito modo de dar ejemplo a sus hijos y que por lo menos habría ido a misa. Él dijo que sí.
- ¡Ah sí! ¿De qué color iba el cura?
- …
- Lo estás viendo. Ni a misa has ido.
Un poco amoscado por la bronca remató la faena con valentía:
- ¡Cómo que no! ¡Tabaco y oro!

09 diciembre 2007

Condena


Sarvi, el otro verano estuve con la andaluza en su pueblo, a ver a su familia como hacemos algunos veranos cuando andamos bien de perras que es pocas veces. Y ya sabes, porque tú lo sabes bien, que yo en casa no paro, que es que no puedo. O me voy al campo o a la calle. Como no ando ya bien de las piernas para ir donde las ganaderías de lo bravo, que es donde más me gusta ir, pues me dije ¿qué haces, Colás? Así que me fui a dar una vuelta por Bailén y enseguida sentí cantar en una taberna. ¿Colás, dónde vas a ir que más valgas? Al minuto estaba dentro a escuchar con un vino delante y fumándome un pajandini porque en casa ya sabes que las chicas no me dejan y la mujer menos. No veas como cantaban. Eran dos tíos, Sarvi. Tú ya sabes lo que me ha gustao a mí, sí, mucho me ha gustao… sobre todo por Farina y por Antonio Molina, pero ya, después del accidente me he quedao sin voz y ya no valgo, ¡me cago en diole, en la enclavación y hasta en el patíbulo! Me hubiera estao las horas muertas escuchándoles… No los veas más buenos… Al segundo vino me animé y enseguida le dije al más jaque, hombre, ¿me haría usté un favor si no va a ser molestia?, usté dirá, ¿me cantaría usté “Cuando cumplí mi condena”?... Y no veas, Sarvi. Me la cantó… Me emocioné… y… ¡Papo, no había pa mí consuelo!
Cuando cumplí mi condena
Me vi tan solo y perdío
Me vi tan solo y perdío
Ella se murió de pena…
Y El Colás se queda con los ojos entornados un buen rato tarareando por lo bajo la copla que le emociona y que su voz ya no le deja cantar para afuera.

04 diciembre 2007

Igualdad


Leo que el Obispado de Córdoba obliga a una cofradía a readmitir a dos costaleras expulsadas por ser mujeres. El obispado ha vuelto a instar a la cofradía a readmitir a las mujeres alegando que no se puede ir contra la "igualdad cristiana" entre hombres y mujeres.
Sabia y sensata la decisión del obispado sobre todo si se tiene en cuenta la “igualdad cristiana” que practica la propia iglesia en el acceso de hombres y mujeres al sacerdocio y a la participación y toma de decisiones dentro de la Iglesia Católica. No me extraña que no consientan esas discriminaciones dentro de las cofradías. No faltaba más. ¡Pues buena es la iglesia para consentir estas cosas!

01 diciembre 2007

Seguidillas del abuelo


Ha caído por casualidad en mis manos este cuento de una paisana mía que se llama Guadalupe Cuevas Blázquez. Me ha gustado tanto que lo he transcrito por si alguien quiere leerlo. Su texto íntegro es el que sigue:

SEGUIDILLAS DEL ABUELO

A todos aquellos que dejaron su memoria en el corazón de los que querían.

“Seguidillas corridas
van por la calle
como van tan corridas
no las ve nadie”

“Labrador es mi amante
de cinco mulas;
tres y dos son del amo
las demás suyas…”

- Abuelo, ¡ pero por qué andas cantando?
Pero el abuelo no me responde. Hace tiempo que no mantiene una conversación coherente ni conmigo ni con nadie. Sigue balanceando su cuerpo y canturreando con una sonrisa bobalicona que pone de los nervios a mi madre.

“……………………………..
de cinco mulas
tres y dos son del amo
las demás suyas”

- ¡Padre, cállese! Cualquiera que le oiga… No se acuerda ni del día en que vive y ahora le da por los cantares.
Cada día que pasa sus estrofas van quedando mas desgajadas y su sonrisa se va tornando en un rictus de amargura. Se aferra desesperadamente a las pocas palabras que le quedan en la memoria:

“tres… y dos… son del amo
tres y dos…
las… suyas, suyas”

Y mi madre, cada vez más triste, le va diciendo ahora que cante, que siga cantando.
Intenta una y otra vez recordar la letra y a pesar del esfuerzo, sólo consigue que dos lágrimas frías resbalen por su cara surcada de arrugas. Cierra los ojos y deja de balancearse.
- Está mucho peor, ya no recuerda nada, se está yendo…
Pero yo me niego a permitir que el hombre que abrió mis ojos y mi imaginación permanezca muerto en vida. Cuando mi mente estaba tan vacía como ahora está la suya, él me enseñó las mejores aventuras que un niño de ciudad hubiese podido imaginar.
- Por aquí cerca debe de haber un nido de oropéndolas.
- ¿Cómo lo sabes abuelo?
- Mira la madre, es esa que va dando saltos para llevarnos por otro camino. Así es como defiende su nido.
Y dábamos dos o tres vueltas y allí estaba el nido. Me dejaba mirarlo de cerca pero sin tocarlo.
- Que si no los “aborrecen”.
- ¿Por qué sabes abuelo que aquí hay “jabalines”?
- Dilo bien que si no tu madre nos riñe, esto es un “bañaero”. ¿Ves los árboles rozados?, ahí es donde se refriegan para quitarse las garrapatas.
- Abuelo, ¿por qué coges esas hierbas?
- Porque son buenas para el cólico.
Me daban miedo las botargas y los cohetes que anunciaban las fiestas del pueblo. Pero las manazas fuertes y callosas del abuelo siempre conseguían trasmitirme tranquilidad. Cuando llegaba el baile yo era el que mejor lo veía.
- ¡Aúpa mi mozo, a la barrera!
Y con un movimiento ágil y vigoroso pasaba de estar enganchado a sus pantalones al palco de honor de sus anchos hombros. Le gustaban como a un loco las jotas y seguidillas y todavía se le iban los pies mientras veía a los mozos y a las mozas bailar.
- ¡Qué buen rondaor fue tu abuelo, le tenías que haber visto de joven!
- ¡Va por mi nieto!

“Calle de las cuatro esquinas
cuántas veces te he rondado.
Y las que te rondaré
si no me toca soldado”

Y al abuelo se le sonreía el alma mientras cantaba la copla entre la admiración y el aplauso de los que nos rodeaban y a mí me parecía la atracción más importante de todas las fiestas.
Yo fui creciendo y dejaron de gustarme las fiestas del pueblo, se me olvidaron las coplas que había aprendido a canturrear y el abuelo me fue pareciendo cada día menos alto y menos sabio. Aunque le seguía queriendo ya no necesitaba su mano para enfrentarme al mundo que me había tocado vivir, entre otras cosas porque en este mundo yo me creía más sabio que él.
A poco de morir la abuela nos lo trajimos a vivir con nosotros. Durante los primeros meses hubo que enseñarle a desenvolverse en la ciudad y en poco tiempo se volvió más pequeño y más blanco (él decía que por las calefacciones), perdió parte de su arrogancia y le empezaron los achaques.
Un día empezó a olvidarse el grifo abierto, otro se despistaba y no sabía dónde estaba el portal de casa aunque estuviera en la misma calle. Otro, no recordaba para que servía la cuchara o la silla…
- ¡Abuelo, que se te va la olla!
Y el abuelo se fue dejando ir. Mientras, vagaba por la casa cantando coplas y con una sonrisa bobalicona en la boca.

“Buenas noches tenga usté
hermosa flor de romero.
Aquí tiene usté un criado
sin que le cueste dinero”

Hasta que se le fue perdiendo la letra y la sonrisa. Y el silencio se instaló en su voz y en su mirada.

¡Aúpa mi abuelo, que empieza el baile!
Mira las mozas, mira sus trajes.
¡Uy, cuánta gente vino este año!
Escucha la música y los aplausos.
Abre los ojos que viene el Santo,
Lo traen a hombros los “quinto” viejos.
Y la botarga con traje nuevo,
nos va tirando los caramelos.
Tú no te agaches, yo voy por ellos,
yo te los cojo, que te los debo.
Dame tu mano como hace tiempo,
te llevo al cuarto y te doy un beso.

Y el abuelo me entrega una mano fría y huesuda que yo trato de abrazar con todo el calor de las mías.
- Ha sido buena la fiesta de este año, ¿no te parece?
Los ojos del abuelo están de nuevo abiertos. El brillo de su mirada les ha devuelto el color pardo-verdoso que siempre tuvieron. Su sonrisa pícara me hace pensar que se está dando cuenta del follón virtual que le he montado en la sala de estar con la minicadena y el video a todo trapo. Pero sigue sonriendo mientras mi madre y yo le llevamos a la cama. Su mano se ha vuelto más cálida pero se resiste a soltar la mía mientras me mira con toda la alegría del mundo en sus llororos ojos y me susurra entrecortadamente:

“Me… despido de tu puerta
de tu… reja y tu balcón
y de ti no me… despido
Adiós mo… renita, adiós”

A la mañana siguiente amanece rígido en su cama. Sus ojos abiertos aún mantienen el brillo y la sonrisa permanece en sus labios lívidos. Mi madre le cierra los ojos y me dice que los recuerdos están en su alma, pero no permito que los de la funeraria le sellen la sonrisa de su boca.
Y esta va por ti abuelo. Aunque no puedas oírme .

“Labrador es mi abuelo
de cinco mulas;
ya ninguna es del amo,
las cinco suyas”

(Guadalupe Cuevas Blázquez)