28 diciembre 2007

Isidro

Isidro despertó a la caza con muy pocos años de edad y fue llevado a ella por una curiosidad insaciable que de un descubrimiento práctico le llevaba a otro y a otro... Sin embargo, a medida que iba descubriendo los secretos del campo y de los animales salvajes, aumentaba su capacidad de observación y su curiosidad, en lugar de saciarse, se convirtió en una pasión creciente. Y las pasiones, cuando se es joven y con facultades físicas portentosas e intactas, se convierten casi, y sin casi, en un vicio vocacional muy difícil de frenar.
Por otro lado, el tiempo de sus comienzos fue una época de caza menor aún abundante y de terrenos libres en su mayoría, donde cualquiera podía ejercer de cazador casi con la misma libertad con que las piezas lo hacían de tales.
Así, de cazar de modo convencional, y superada ya la fase de la caza menor con escopeta y perro, pasó a dedicarse a la caza del jabalí, del huidizo por excelencia, porque el jabalí era el reto. Eran unos tiempos en que casi nadie lo hacía ni se conocían las monterías en la zona, porque sí, se sabía que los jabalíes estaban por las muestras que dejaban, pero nadie los veía y cuando alguno era visto se mencionaba como un acontecimiento casi portentoso, digno de ser mencionado en el periódico local.
Primeramente comenzaron sus correrías de noche, con escopeta y desde coches, con un par de amigos de su misma condición y vehemencia a quienes no les importaba ni jugarse la vida conduciendo de noche, con luz o sin ella, por campos de cultivo a más de 80 Kms por hora, ni destrozar coches en el empeño, ni la zozobra de la familia por las muchas horas de las ausencias nocturnas... Era un tiempo en que los coches todoterreno no existían y los convencionales estaban pensados para carreteras. Una locura en todos los sentidos que, en su madurez, recuerda con una mezcla extraña de nostalgia y arrepentimiento.
Luego, a medida que fue aprendiendo, y siguió aprendiendo siempre, en su mente sólo había sitio para dos cosas: Los jabalíes y los perros. Siguió y siguió cazando, era como si hubiese nacido exclusivamente para ello o porque a lo mejor así era, y lo hizo, de día o de noche, en solitario o con algún amigo que compartía su exacerbada afición pero ya a pie, de poder a poder, compenetrado con sus soberbios perros y ayudado sólo por un cuchillo de remate para poner punto final a los agarres. Había comprendido que el arma más peligrosa la llevaba siempre consigo, era su conocimiento, el arma más ligera y letal, un arma que no puede comprarse ni admite visor, su doctorado cum laude en jabalí y podenco, conseguido tras innumerables horas de ladera y observación en la universidad, ésta sí que totalmente autónoma y abierta, de la Sierra Norte.
Primero había llegado a compenetrarse perfectamente con sus podencos, podía interpretar perfectamente en la distancia cada uno de sus ladridos y ellos le entendían a él con un gesto, con la mirada a veces. Aquellos animales a los que dedicó tantas horas de aprendizaje se habían convertido en parte de su familia y los recuerda siempre con el mismo cariño y dolor que a los seres queridos que se fueron. Porque los perros eran para él seres queridos y vinculados cada uno a sus hazañas.
Después consiguió pensar como sus presas, imaginarlas, saber sus querencias, sus encames, sus huidas, sus tácticas, sus horas, sus ruidos, su comportamiento, su fino olfato, su torpe vista… Tenía con ellas una especie de trasmutación. Sí, eso era.
Finalmente, y cuando ya había acumulado una experiencia tremenda y unos conocimientos no menores sobre las querencias y costumbres de los jabalíes, se convirtió en un cazador solitario, en un adiestrador de podencos para este tipo de caza y en un experto trampero.
Hubo una cosa que no llegó a comprender, o mejor dicho, sí que la comprendió pero jamás la aceptó y es la capacidad de algunos para apropiarse de los montes, de los valles, de los animales salvajes… Y ese paso de los terrenos libres de sus comienzos a los cotos actuales no lo vio nunca como el pretendido intento de preservar la caza sino como la apropiación de la misma por unos cuantos bajo tal pretexto. Eso jamás lo pudo aguantar y vivió constantemente, como tantos otros, una rebelión interna contra ello.
Por su experiencia y porque los tiempos y los modos de cazar cambiaron, participó en monterías organizadas con sus excelentes perros. Allí aguantó, con más pena que gloría, que le llamaran perrero con un puntito a veces de desprecio algunos señoritos que no sabían distinguir una jara de una aliaga y que se daban a sí mismos el pomposo nombre de monteros. Tampoco llevó bien que, con alguna frecuencia, premiaran con un par de patadas el arriesgado agarre de sus perros o dispararan al jabalí durante el mismo, despreciando la vida de éstos. Así que a veces el agarre lo tuvo también él, tras el de los perros, con alguno de estos personajes insensatos disfrazados de monteros de El Corte Inglés. Otras veces tuvo que tragarse la bilis por no dar el día a algún buen amigo.
En el apogeo de su experiencia, llegó el día en que, por difícil y extraño que parezca, soltaba a los jabalíes enlazados. Difícil porque aún es más difícil soltar a un jabalí furioso de un lazo que hacer que en él cayera previamente; extraño, porque con el tiempo el cazador se enamoró de lo cazado y tuvo el extraño sentimiento de que, finalmente, se había cazado a sí mismo. Ya no podía llegar a más. Su proceso había terminado.

Dedicado a Isidro Martínez Sanz por el espíritu de su libro "Cazadores de Blanco"

12 comentarios:

Piel de letras dijo...

Vaya... soltaba a sus presas al final, ¿para volver a iniciar el ciclo?
Buen relato, Soros.
Como siempre
:o)

Piel de letras dijo...

Soros... otra vez yo :o)
solo vine a decir:
¡Salud!
Y un Año Nuevo MAGNÍFICO
Besos por uvas y Muchos abrazos cariñosos

tunez dijo...

Me encanta la caza, feliz año a todos

Soros dijo...

Así es Piel de Letras. Soltaba sus presas del mismo modo que si se liberase a sí mismo.
También te deseo un buen año 2008, aunque eso ya no depende de nosotros y... traerá, como traen siempre los años, lo que tenga que traer, así que acepta lo que venga, si no fuera bueno no te condenes más y si lo fuera disfruta.
Feliz año a Túnez.
Con afecto.

amone dijo...

Hola Soros:
He leido tu relato y me parece un libro entretenido, mi padre también es cazador y queria saber donde puedo conseguir ese libro.

Gracias.

Soros dijo...

Estimado Amone: El libro "Cazadores de Blanco" es de Isidro Martínez Sanz, lo ha editado él mismo con ISBN 978-84-612-0068-9 y no sé dónde puedes pedirlo, pero te daré un teléfono del autor: 637340531.
Espero serte de utilidad.
Saludos.

Isidro dijo...

Hola Soros, soy Isidro, acabo de leer tu excepcional comentario de mi libro, descubierto por "el Soto" (un amigo).
Me parece fantástica la lectura que haces de mi vida de cazador, que se ajusta totalmente a la realidad, me gustaría conocerte personalmente, pero de todas maneras MUCHAS GRACIAS.

Soros dijo...

Hola, Isidro. El que te da las gracias soy yo a tí por tu sincero libro. Lo leí dos veces seguidas. Me gustó mucho porque retratas una evolución personal y porque, algunas de tus mismas emociones en el campo, también las he vivido. No he llegado, ni mucho menos, a tu altura de cazador (ya ni siquiera lo soy) pero sí he reunido las experiencias suficientes para entenderte perfectamente. También añoro aquellos tiempos del terreno libre que no volverán.
Me alegro de que el comentario a tu libro te haya parecido ajustado a lo que trasmites en el. Eso quiere decir que "me en enterao" ;-)
Un abrazo y gracias.

Anónimo dijo...

isidro buen cazador pero los perros con los que cazaba no eran suyos

Soros dijo...

Estimado lector, eso es algo que yo desconozco. Mi comentario es sólo sobre su libro. Así que no puedo opinar al respecto. De cualquier modo, si le conoces, puedes comentar ese asunto con él.
Saludos.

Isidro dijo...

Hola Soros, soy Isidro,qué tal estas.
Me gusta mucho tus relatos y cuando te refieres a los vividos en nuestra provincia y a la vecina Soria mucho más, porque escribes de lugares que he frecuentado y algunos palmo a palmo.
Que cosas te han pasado con esos ilustres lugareños.
¡Que historias Soros!.
Todas me son muy familiares porque parecidas las he oido contar y algunas inverosímiles.
No te voy a decir todos los pueblos y parajes en los que los dos hemos andado.
CROMELECH:Seguro que lo he atravesado y ni me dado cuenta, pura ignorancia.
INDECISIÓN:¿SEMILLAS O SANTOTÍS?.
VALFRIO:Se lo cargó el progreso y casi la totalidad de los demás cuarteles.
LA CRIANZA:Me quedo con los principios del el Colas y el Quevedo, casi coincidimos en las mismas zonas.
Cuantos apuntes debes de tener Soros, yo he escrito un libro por pura casualidad pero leyendote creo que he perdido mucho por no haber apuntado los mios.
El Sr. Anónimo expresa una obviedad que está muy patente en el libro y de una manera absoluta al final de la pág.85, por lo que no entiendo su comentario.
Pero si lo que quiere es saber algo más me lo puede preguntar.

Un cordial saludo, Soros.

Soros dijo...

Muchas gracias, Isidro, por leer con tanto interés mis historias que, como ves, no son propiamente mías sino de la generación de cuando entonces.
El crómlech del que hablo, si es que lo es, está en la linde de Cinco Villas.
En Indecisión la foto no es de Semillas ni de Santotís, sino del pinar de Romanillos.
Al Colás hace mucho que no le veo, pero confío en que siga vivo...
Por mi parte sigo escribiendo historias, algunas inventadas, otras ciertas y otras mitad y mitad, aunque hay verdades a las que no igualan ni las mejores mentiras.
Un abrazo y decídete a escribir un blog propio. De momento ya tienes un futuro visitante.
Hasta que quieras.