20 diciembre 2007

Narcisa


Narcisa dejó contadas muchas historias. Claro que le dio tiempo a ello porque, aparte de tener el gusto de contarlas, murió casi centenaria. Para empezar, era de un pueblo de la campiña con el volátil y, a la vez, vegetal nombre de Zurita de la Mielga. Un pueblo donde, por tradición, las mujeres todas tenían nombres de flor. Así ella misma era Narcisa y no le faltaban primas como Jacinta, Adelfa, Camelia, Flora, Azucena… ni vecinas como Lirio, Valeriana, Margarita, Rosa, Jazmín, Iris, Violeta, Mirta, Olivia, Romera, Sabina, Henar… Ya, de momento y para comenzar, tener esta procedencia le daba a Narcisa cierta categoría, pues un pueblo de mujeres tan floridas era algo de lo que pocas podían jactarse. Y siempre presumió de su pueblo en la capital donde, con muy pocos años, se tuvo que ir a servir. Con el tiempo se casó y mejoró de situación.
Narcisa era porfiadora y pertinaz y no daba fácilmente su brazo a torcer en las discusiones ni cuando alguien le cortaba su revesino. Así cuando su marido cansado de discutir con ella le decía:
- Anda, mujer, calla ya de una vez.
- ¿Cómo que me calle? ¿Qué me calle yo? No sólo no me callo… sino que si quiero canto otra – respondía Narcisa con mucho retintín y poniéndose de manos.
- No ves, mujer, que llevo razón.
- ¿Razón tú? Te la tendremos que dar pa que la lleves… pero bueno si te empeñas pa ti serán las olivas, galán.
Había sido tabernera en la taberna de la señá Dolores, su suegra, durante muchos años. Así que acostumbrada a lidiar con los hombres, se sabía todos los cortes, los dichos, los diretes y toda la retahía de gramática parda que en sus días se usaba. También había aprendido a guisar como una cocinera profesional pues en aquel entonces todos los que venían a los mercados y a las ferias comían en las tabernas y la especialidad de Narcisa era la caza. La perdiz estofada, que escabechada se te iba la ganancia en aceite, a dos reales, el conejo guisado a otros dos y la liebre a cuatro.
- ¿Cómo es que trabajaba usted en la taberna, Narcisa?
- Pues por varias razones. La una que mi suegra estaba imposibilitada, la otra que mi marido no valía para servir porque ponía los vasos hasta los topes y la tercera porque era yo una ignorante.
- Las dos primeras razones las creo pero la tercera, conociendo su carácter, me cuesta un poco.
- Pues no le cueste. Que una ha aprendido a fuerza de palos. Para que se haga usté una idea, cuando yo estaba en la taberna sirviendo a aquellos hombrones y les veía, aparte de beber, fumarse un cigarro y otro cigarrazo y ¡Hala, otro! Mire usté, qué gusto me daba a mi de verles a aquellos tiales venga y venga y venga a fumar…
- ¿Y eso qué tiene que ver con que usted fuera una ignorante?
- Pues que un buen día me enteré que no era cosa de alimento. Ya ve usté el conocimiento que yo tendría.

3 comentarios:

Piel de letras dijo...

No te le quedas muy atrás a un buen cuentista, querido Soros, aunque no lleves nombre de flor. Tus letras se desparraman como paisajes que van tomando forma en la cabeza de esta humilde lectora. Igual que a Koborron, me gusta mucho lo que narras y como lo haces. (Narrar, que no vaya a resultarte igual de gracioso que con aquello del gusto por la "Noche Buena" ;·))

Saludos sonrientes

Soros dijo...

Hola, Piel de Letras, hay muchas historias dentro de nuestras cabezas y, ¿por qué dejarlas dentro?
Gracias por tu comentario y no jugaré más con nombres y adjetivos, cuanto menos con verbos. Por lo menos no todos los días ;-))

Piel de letras dijo...

Jajajaja
¡oki!