10 septiembre 2009

La fe, irresistible


Una persona muy allegada, agnóstica supongo hasta hace poco, se ha metido nuevamente en religión. Y no me importa, sólo me fastidia su afán por justificarse y por pedir respeto. Un afán que termina declarando que la fe es, para el que la siente, una realidad inevitable.
Bien, asumo que, en su caso, así será. Y lo respeto a condición de ser dejado en paz, a mi vez, al no haber sido yo tocado por fuerza tan irresistible y tan inevitable.
Ciertamente la persona de la que hablo es persona educada y discreta, aunque no ha podido evitar el regalarme una especie de libro del sabelotodo en el que un joven diablo instruye a un joven novato, a la sazón diablo también y sobrino suyo, en las cotidianas artes demoníacas.
Al leerlo pienso, ¿qué no se habrá inventado para hacer proselitismo? Y me digo, pero, si tan fuerte es la fe, ¿por qué, los que gozan de ella, no dejan en paz al prójimo, y se contentan con la gran dicha de sentirse elegidos y de vivirla discretamente a solas?
Las personas no necesitamos que se nos invite a pensar, pues nuestra tarea en la vida es justamente esa y, menos, que esa invitación proceda o nos lleve respectivamente a argumentos o conclusiones tan sabiamente preparados y retorcidos. No creo que necesitemos ejemplos como para que nos sintamos implicados, tocados, conscientes de que todo el comportamiento humano está estudiado ya desde la premisa religiosa y que, por tanto, no hay salida. El problema está en que yo no creo en tal premisa y la descripción del comportamiento humano me resulta más normal y natural en Cervantes, en Shakespeare o en Moliere, que no perseguían ningún fin, que en la pluma de sagaces y hábiles moralistas.
Me viene a la memoria cuando de niño te llamaba a su despacho el director del colegio religioso al que asistías. Allí, una vez creado el ambiente apropiado, te preguntaba si no habías sentido, por ventura, la vocación sacerdotal, la llamada del Señor a la que ¡Ay de aquel que permaneciese sordo! Tú, abrumado por aquel cerco afectivo e intimidado por una obligación espiritual que nunca habías sentido, intentabas escabullirte con las excusas más triviales.
- No estoy seguro, tal vez alguna vez –respondías poco convincente, ante lo impresionable que como niño eras y lo impresionado que ciertamente te sentías.
O, recurriendo una vez más al socorro protector de tus padres, decías:
- Mis padres me necesitan –esperando, en su caso, su complicidad.
Sin embargo, la conversación con aquel adulto, que te hablaba en la confidencialidad de su despacho, en la penumbra creada alrededor de la luz de un flexo, que habiéndote separado de tus compañeros te ofrecía dulces y chocolate, perito él en las artes sacramentales del confesionario y, como poco, quintuplicándote la edad, era tremendamente desigual y asquerosamente amañada.
- ¡Cuidado, Dios no llama dos veces a la misma puerta!
- Tú necesitas a tus padres, pero ellos no te necesitan a ti.
- Yo puedo hablar con ellos y seguro que se sentirán orgullosos de dedicar al servicio de Dios a uno de sus hijos.
Tú no sabías por dónde escaparte. Te querían obligar a decidir sin tener capacidad para ello. Tú sólo querías que te dejaran en paz. Y digo yo, que si tan fuerte e inequívoca era esa pretendida llamada divina ¿Cómo es que tenían que coaccionar a un niño de aquellas maneras? Pero, claro, eso lo digo ahora.
Hay quienes se empeñan en saberlo todo y en demostrarte que, hagas lo que hagas, tu comportamiento está previsto. Tal vez sea así en muchísimos casos pero no veo que dioses o diablos tengan nada que ver con ello y que el comportamiento de los humanos, por lo general repetitivo salvo raras excepciones, sirva para justificar la existencia o no existencia de estos seres de la mitología cristiana. Algunos, llevados por su fe, creen en todo ello, pero otros seguimos a las mismas. Todos juntos y sin molestarnos, tan amigos. Pero estoy de acuerdo, esto de la fe, en un sentido o en otro, es irresistible.
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09 septiembre 2009

El restaurante O Zé de Serpa


El restaurante O Zé está en la plaza del pueblo y en él se respira el ambiente del viejo Portugal. Como tantos otros tiene un bar anejo y dos entradas desde la plaza, la una al bar y la otra al restaurante. Dentro, bar y restaurante, se comunican entre sí.
Una familia de doce portugueses ocupa la mesa más grande del local. Hace rato que miran la carta pero no terminan de decidirse. Hay otra mesa, al entrar a la derecha, ocupada por dos ancianos y dos hombres jóvenes que se sientan frente a ellos y que parecen sus hijos. Hay una mesa de dos junto a ellos pero, por esas cosas de no interferir en la intimidad ajena, los recién llegados se sientan en otra más alejada, junto a la pared de enfrente, que tiene tres cubiertos.
El patrón, un tipo adusto de más de setenta años, sale, mira a los recién llegados y, sin mediar saludo, les dice que, si son dos, a la mesa de dos. Al parecer esas finuras de respetar intimidades no van con él, que allí se va a comer y no a confesarse. Obedecen al instante los interpelados y, resignados, se sientan en la mesa contigua a la de los cuatro comensales.
Ninguno de los cuatro comensales habla. Enseguida se nota que existe alguna tensión desconocida entre ellos. Dada la proverbial lentitud de estos restaurantes tradicionales, que hacen la comida reciente y la sirven en un orden rigurosamente sujeto al de entrada, todos los comensales se aprestan a la espera. La última pareja que ha llegado, conocedora de los usos del país, pide vino para amenizar la espera larga que, sin duda, esperan. A su lado, los cuatro comensales siguen en silencio pasada media hora. Los dos hombres aparentan entre treinta y cuarenta años, delgados y de buena presencia; los viejos andan por los ochenta. El viejo es un hombre menudo, humillado físicamente por los años, tembloroso, de cara coloradilla y ojos lacrimosos y su mujer parece una marionetilla con el pelito escaso, rizado y teñido. Ambos visten humildemente, a la antigua, y él lleva boina. El aspecto de los viejos contrasta con el de los dos hombres, ambos bien cuidados, atléticos, tranquilos, amables y que procuran ser tan solícitos como pueden y saben con los viejos. Éstos, sin embargo, mantienen la mirada baja o la desvían hacia otro lado, evitando mirar a los dos hombres que, incómodos también por la situación, mantienen el tipo pese a lo enrarecido del ambiente.
La comida portuguesa es muy buena y abundante. Los viejos no pueden con toda. A los postres, los dos jóvenes que, a lo largo de la comida, han hablado entre sí en un idioma que no es el portugués, piden un postre de la tierra: el molotov. La vieja pide el mismo postre pero al viejo, que parece más delicado de salud, no le dejan. Él va y les dice:
- Muchas gracias.
- ¿Por qué hablas en español si no lo eres? –le dice su hijo.
- Porque tú tampoco eres lo que pensé que eras y yo me lo tengo que callar –le espeta al hijo.
La situación homosexual que la pareja de hombres ha hecho conocer a los viejos, a todas luces, desborda a éstos. Los dos viejos, sin gestos y sin más palabras que las dichas lo ponen de manifiesto.
Cuando pagan y salen, el viejo, que ha identificado a la pareja de al lado como españoles, les despide y les pregunta por Ciudad Rodrigo y por Salamanca y, aunque con prisas, les dice que fue contrabandista en esa zona aunque duda que vivan ya quienes fueron sus amigos allí. Luego se calla, mira a los españoles un momento a guisa de despedida y parece que quiere decir algo, pero lo piensa mejor y no lo dice, baja la cabeza y se va con tristeza, rumiando nuevamente lo que no puede entender.
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08 septiembre 2009

El contratiempo del tiempo


Veo, por las obligadas o voluntarias semidesnudeces o desnudeces que el calor del verano propicia, mujeres de anatomía espectacular pese a superar las cuatro o cinco décadas. Pasean por playas, piscinas y locales de moda como si fueran éstos los puntos donde contrastar el esfuerzo de sus horas de gimnasio, sus pilates y sus siliconas, sus rayos UVA, sus deserciones de la pasta, del pan, de los helados, de las grasas, de las legumbres, del azúcar… como si todo su atractivo se basara en conseguir, pasados los cuarenta, la figura normal a los dieciocho.
Por otro lado, los dieciocho, sería la edad físicamente idónea para procrear aunque no esté de moda hoy aprovecharla. Aún menos que a los 18 conviene procrear después de los 40, por motivos de salud que pueden afectar a madre y descendencia, pero el llamar la atención al otro sexo se hace aún más necesario que de joven. Nadie se plantea que ha de hacerse viejo sino que está dejando de ser joven.
La publicidad, en ese tiempo que ha logrado convertir en indefinido, afina mucho, presentando todo cuando quiere vender como un derecho, casi inalienable, independientemente de si va o no contra natura, porque lo de la natura hace ya tiempo que no interesa y además la publicidad no adula a tan adusto amo, sino a la voluptuosa vanidad. Para algo ha de servir el dinero, porque, si no, seríamos como los animales que no lo necesitan, condenados los pobres a su rígido ciclo vital. Así que, parece que se ha puesto de moda que galanes de sesenta y tantos se empeñen en procrear con damas glamorosas de cuarenta y bastantes y que se haya convertido en un avance, una necesidad, y hasta en un privilegio el ir contra la dichosa natura, que no hace más que dar por saco. Se vende claro, porque, si nos colocan la ilusión de la vida eterna, como no nos van a colocar unos años de prolongada juventud y, por supuesto, la paternidad y maternidad a edades desusadas como una manifestación de que aún no se es mayor, terrible palabra que sepulta la juventud como una losa. Ser joven es una circunstancia pero no envejecer es un logro. Que no se te olvide, muchacho.
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07 septiembre 2009

El puerto de las pateras


Como en una colonización inocente y a la inversa los negros quieren vender collares de colores, amuletos, artilugios imprevistos y cosas impensables a todos cuantos se cruzan por el paseo marítimo. Y con tales cosas, y en la misma oferta, regalan elefantes de cristal, rinocerontes de piedra, jirafas de colores… que son como talismanes preciosos para añadir al tesoro de la compra. Y se extrañan de que los turistas se resistan a sus ofertas ventajosas, aunque lo prefieren a que les ignoren, y continúan exhibiendo, ante tantos ojos ciegos al portento, esas maravillas increíbles, y refuerzan su mensaje con machaconería de niños, como si no les hubieran entendido bien: barato, barato…
Incomprensiblemente rechazados, atónitos por el corto saber del hombre blanco, cruzan ahora a las terrazas y van de mesa en mesa y perseveran en mostrar sus sorprendentes mercancías en busca de alguna persona que tenga fundamento.
- Pero, hombre, no ves que estamos dando de comer –dice el maître, torciendo dignamente el bigote.
- Pero, ¿dónde vas?, qué dentro no puedes entrar –dice el patrón, de mirada inequívocamente aviesa.
- Anda, venga, no estorbes –dice conciliador el camarero, cargado con platos y bandeja.
- No, gracias, no. No me interesa –dice el comensal, algo indispuesto y envarado y hasta, a veces pillado, con la boca llena.
Pero el negro sigue impertérrito, sin desaliento, sin explicarse cómo no le quitan de las manos aquellas figuritas portentosas, con valor intasable, de ignotos amuletos africanos, y, dicho sea de paso, sin entender cómo en esta Europa hay tan poco interés por el arte. Y casi no se lo cree ¿Pero, tíos, es que no veis lo que llevo? Parece que piensa. Y con su media lengua para el castellano insiste:
- Mira, bonito. Mira, color. Y tú, fíjate, se mueve. ¿De verdad, no quieres? Y es barato, barato…
A la décima vez, o puede que algo antes o después, a alguno, quizás por el efecto interno de las potencias del alma, se le retuerce la misma de embarazo mirando al negro mostrar sus abalorios bajo el sol de agosto. El negro identifica en aquellos ojos, de inmediato, restos de alguna esperanza. Y se le acerca.
- ¡Es bonito, amigo, barato, barato!
- Ya lo creo, dame uno.
- Gracias, amigo. ¿Otro para mujera? Para buena suerte.
- Bueno, que sean dos.
- Tengo relojes buenos… barato, barato.
- No sólo los amuletos, ¿qué te debo?
- Dos euros. ¿No quieres alfombra?
- No, gracias –y le despide con una sonrisa, el nuevo poseedor de los dos amuletos, mientras el negro, mostrando su blanca dentadura, agradece la compra.
El negro sigue tras el anterior que pasó hace apenas dos minutos y luego viene otro que le sigue los pasos sin demora… ¡Barato, barato!
Y siempre son más los negros a pasar que las almas que se prestan a ser conmovidas.
Y parece que vivamos en un puerto perenne de pateras que llegan a esta Europa de los ciudadanos, sede de la estabilidad y la cultura, meta de los que buscan la justicia. No me queda la más mínima duda.
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06 septiembre 2009

La parábola


El restaurante está en el centro de la ciudad. La cocina es buena y muchos turistas extranjeros cenan en él. A la izquierda, sin ir más lejos, una pareja de jubilados italianos han acabado unos mariscos y un buen plato de pulpo a la gallega y ahora se enfrentan a una porción de tarta de crema. A la derecha hay tres franceses sesentones, dos mujeres y un hombre. Los tres están delgados y ellas lucen una media melena lisa de corte muy estiloso que les deja el pelito estratificado, una capa de pelo con apariencia canosa en el exterior y otra, más oscura, debajo. Hablan bajo y parecen educados, aunque distantes. Sin embargo, sus ojillos azules e inquietos les traicionan, pues éstos persiguen insistentemente, como si sus voluntades no pudieran dominarlos, los variados platos de comida que circulan sobre las bandejas de los camareros. Las melenitas de las dos francesas se voltean con una especie de insolencia, que ellas no perciben ni pretenden, hacia los platos que se posan en las distintas mesas. Se deciden por los espárragos sobre fondo de setas, el jamón ibérico, la sepia y el entrecot. Por más que algunas veces les traicione la curiosidad, y se agiten nuevamente esas cabecitas con un corte tan chic y juvenil, mantienen durante la cena un aire distinguido, casi con un leve toque de superioridad así como distraída.
En un comedor tan lleno, casi se puede curiosear descarada e impunemente sin que, de un modo evidente, se pierdan las formas.
Entre tanto contento y en ese ambiente relajado, repentinamente un hombre se encuentra mal. Le acompaña su mujer. Son también franceses. La mujer se azora y, en su nerviosismo, pide ayuda a los comensales de la mesa de al lado. Son un hombre y una mujer con dos hijos. La mujer es española pero el marido es marroquí y habla francés. Avisa al jefe de comedor y éste saca al hombre al fresco de la calle y le pone en una silla. El marroquí le da al jefe del comedor los datos precisos sobre el estado del francés. El comedor entero ha visto lo que pasa. Suponemos que los del restaurante han avisado al 112. Los franceses estilosos, a nuestra derecha, observan la escena sin inmutarse.
Cuando a la media hora terminamos de cenar y salimos a la calle, encontramos al francés que se indispuso sentado en una silla de la terraza con muy mal aspecto y, a su lado, sólo su mujer muy nerviosa y descompuesta. Les preguntamos y medio nos enteramos de que tiene un dolor difuso en el pecho y que no puede moverse y vemos que, además, está aterrado. Nos extraña que no haya llegado aún la ambulancia. Es entonces cuando sale el marroquí que en un principio le atendió y le hizo de intérprete, acompañado de su mujer y sus hijos. En cuanto intercambiamos cuatro palabras nos damos cuenta de que los del restaurante no han llamado a urgencias. Inmediatamente llamamos nosotros y la sospecha se confirma. Nos dicen que no sabían nada y que inmediatamente mandan una ambulancia. El marroquí no para de hablar a la mujer y al enfermo para tranquilizarles y decirles que la ambulancia viene en camino y que, si es necesario, irá con ellos al hospital para hacerles de intérprete.
El jefe de comedor del restaurante, al ver que nos hemos quedado con la pareja, trata de disculparse y dice que a veces la gente sufre cortes de digestión e incluso se atreve a insinuar, como hablando con el viento, que hay quien bebe demasiado. Cómo si su negocio no consistiera en servirles comida y bebida. Le decimos que no creemos que sea el caso pero que, aunque lo fuera, para eso están las urgencias y que no se puede dejar tirada a una persona de ninguna manera.
El maître, con su carita de ardilla servicial, al fin se destapa cuando arguye que al llamar al 112 se monta un show por la llegada de la policía y la ambulancia, las sirenas, etc. y que todo eso constituye un pequeño escándalo que actúa en detrimento del negocio y que luego, muchas veces, se trata de problemas sin importancia por lo que, lo mejor, es que el interesado coja un taxi y se vaya al hospital, al hotel o a su casa. De hecho, asegura conocer al cliente enfermo y dice que de vez en cuando viene por su restaurante.
Asombrados por su desvergüenza le decimos que el hombre tiene muy mal aspecto y que ya hemos llamado nosotros al 112. Dice que sí, que bien, que ellos, naturalmente, también lo habían hecho. Nadie le contradice pero le decimos que, entonces, no se entiende todo lo que nos está contando y menos aún tanta dilación. Enseguida hace mutis y se desentiende. Ha cumplido y se va, con su carita de de saludador, a fingir mil y una atenciones a los clientes.
Mientras estamos acompañando a la atribulada pareja, salen del restaurante los tres franceses distinguidos que han cenado a nuestra derecha. Ni una palabra. Pasan de largo. Cosas como estas no afectan a gente tan elegante.
Sentí un peso negro en el estómago tanto por la actitud del jefe del comedor para con un cliente habitual, como por la indiferencia de aquellos tres atildados franceses para con sus compatriotas.
Al poco llega la policía y la ambulancia. Explicamos al médico lo que hay. El francés sonríe aliviado y tanto él como su mujer se despiden de nosotros con emoción. Dan las gracias con las pocas palabras que saben de español.
- Bonne chance, madame! –dice amablemente el marroquí cuando se marcha la ambulancia.
Viendo el comportamiento del marroquí, su acción de intérprete, su negación a abandonar al enfermo, su disposición a acompañarle al hospital para hacer de intérprete, recordé la parábola del buen samaritano. También me sentí orgulloso de vivir en un país donde se atiende a cualquiera sin pedirle nada y me avergoncé de que tengan que ser los africanos los que vengan a enseñarnos no sólo solidaridad, sino también educación.
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05 septiembre 2009

Marbella, one more time.


Si alguien atraviesa, aunque sea por carretera, la zona de Málaga a Algeciras, y especialmente los municipios de Marbella y Estepona y, si como era mi caso, hace algunos años que no ha hecho tal recorrido, podrá hacerse una idea ejemplar de hasta donde ha llegado el abuso inmobiliario. Podrá contemplar montañas y laderas enteras con urbanizaciones y campos de golf incrustados. Urbanizaciones vacías y caras, de difícil conservación y mantenimiento y, con la que está cayendo, de futuro, como poco, incierto.
Como si mis pensamientos hubieran sido una premonición o, tal vez, por la simple casualidad con que suceden las cosas, oigo por la radio que a Cachuli, ex alcalde de Marbella, se le ha abierto, al pobrecillo, un nuevo frente judicial. Es el caso Minutas, un presunto fraude de dinero público, pues parece que el peculiar edil pagaba facturas al abogado José María del Nido, por sus servicios al Ayuntamiento de Marbella, que ascendieron a 6,5 millones de euros. Y es que, ya se sabe, lo barato, a la larga, sale caro. Y en algunas cosas no hay que escatimar.
Con la imagen reciente de mi travesía por el municipio de Marbella, no me extraña la cifra de la minuta del letrado y, acaso, se me haga hasta barata, pues legalizar todo lo que vi debió ser tarea ardua y fatigosa y puede que don José María hasta le hiciera un barato al inefable alcalde.
Pero no seamos malpensados, que vivimos en un estado de derecho que ofrece garantías. Cachuli, pese a sus numerosos asuntillos judiciales, sigue españoleando por ahí con desparpajo, como un romántico de nuestros días, sufrido y melancólico, que ahoga sus penas en silencio. Un silencio ofendido, revestido de dignidad aunque doliente, entre corazones heridos que se ahogan en la copla o en la copa y la prensa del corazón que se lo rifa como predilectísimo objeto de deseo, casi de culto, de ese culto postmoderno, mezcla de cutrerío y de dinero, que hoy parece el lema de la patria; y, don José María del Nido, serio y digno, que facturó presuntamente lo que correspondía, nada, de presidente del Sevilla. ¡Ay, olé mi España! ¡Olé, olé y olé!
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04 septiembre 2009

El desfile


A primera hora de la mañana, bajo la sombra y en el seno de una fresca brisa, suave y agradable, me entretengo en ver pasar a los campistas en este camping caro de la costa. Hay un lento, monótono, desperdigado, pero casi constante, desfile a los servicios. Dilato perezosamente el tiempo observando la espontánea procesión que, en forma de goteo variable, desemboca en la puerta de los pabellones para la higiene masculina y femenina. Mira, me digo, vamos y volvemos, también nosotros, como hormigas.
Algunos van con un aire cansado y despistado, como si siguieran a los demás sin saber muy bien a donde van; otros vacilan como desubicados o deslumbrados por un sol que a horas tan tempranas les ofende; pero, hay otros, que van firmes y seguros, con un paso constante y decidido, como si fueran a cumplir, casi militarmente, con la primera obligación de la agenda diaria. Algunos salen de las tiendas, se desperezan y se ponen a lavarse los dientes, sin más trámite, mirando al infinito y, a tenor de lo que tardan, perdiendo la noción del tiempo en la tarea.
Los guapos y las guapas desfilan luciendo agradables conjuntos veraniegos que, cuidadosamente desaliñados, resaltan las perfecciones de sus cuerpos. Hay quien, más que encaminarse al WC, parece que desfile por la mismísima pasarela Cibeles.
Es también, este desfile improvisado, ocasión más que idónea para mostrar esos tatuajes tan excéntricos que se han puesto de moda y también los piercings más inverosímiles. Y así pasan los cuerpos, como mapas andantes, de sensibilidades y mentalidades que se pretenden inefables y que, por eso, se llevan dibujadas en la piel o taladrando la misma, de continuo y para siempre, para no tener que dar explicaciones. Sin tatuajes ni piercings sólo se puede ser un ser vulgar, sin imaginación ni personalidad o, como poco, un paleto indiferenciado, casi un anormal.
Frente a la indolencia y lentitud de la mayoría, que prepondera en el camping, siempre hay unos pocos atareados que se mueven sin cesar, incansables, haciendo cosas sencillas pero de un modo constante y rápido, sin parar un momento, como si una acción llevada a cabo se encadenara a la siguiente. Atacan un poco.
Así pasan estas primeras horas de la mañana. Un gato blanco con un cascabel al cuello se tumba indolente sobre la hierba casi a mis pies. Los gorriones y las palomas pululan en los árboles sobre mi cabeza. Unos pían desaforados mientras hacen viajes incesantes al suelo en busca de migas, semillas o insectos y, las otras, arrullan de modo intermitente. Me voy despertando del todo con la mañana y llega mi momento de desfilar a mi vez, con poco garbo, hacia el lugar común de los servicios. Como hormigas.
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03 septiembre 2009

Tarifa


Desde Río de la Jara hasta Tarifa hay unos cinco kilómetros. El camino se puede recorrer por un sendero que, al principio, va junto a la carretera más cercana a la playa. Hay un punto en este trecho en el que, bajo la misma carretera, hay restos de comida. Es en un túnel para desagüe que hay bajo ella y donde se nota que alguien se ha refugiado o escondido durante un tiempo o, tal vez, pasado alguna noche recientemente.
Más tarde el camino se mete por la gran playa que llega hasta Tarifa y, entonces, se convierte en sendero hecho de tablas para que los caminantes no se atasquen en la arena. El camino pasa cerca de un viejo búnker al que le han tapado las troneras con piedras. Curiosos, nos acercamos a verlo y, cuando llegamos, vemos que hay comida cuidadosamente depositada en la puerta. Deducimos que alguien lo habita y que ha dejado la comida en la puerta para que se airee o, tal vez, alguien lo está utilizando como escondite provisional mientras llega la noche y puede seguir camino. Naturalmente, no entramos.
Según avanzamos por el camino de madera hecho sobre la marisma arenosa de la playa vemos como al sur, en este día claro, se recorta nítidamente el perfil montañoso de la costa de África.
Los coches de la Guardia Civil pasan por Tarifa de uno en uno o de dos en dos o formando patrullas de varios y frecuentan sin descanso la carretera de las playas. En cada coche no van dos guardias, sino cuatro. Por el pueblo nos cruzamos con una guardia civil en cuya guerrera una placa distintiva indica que es comadrona.
Por otro lado, Tarifa, si algo tiene, son turistas. En las charlas prepondera el inglés y, entre los tipos, la blancura rubia. Casi todos beben cerveza con tranquilidad en todos los bares, baretos, restaurantes, tabernas, chiringuitos y demás garitos del pueblo. También comen paellas, gazpachos y los distintos sucedáneos de comidas típicas que les dan. Sin embargo, hay muchos más negros, por ejemplo, en el centro de España que aquí. De hecho no hemos visto ninguno. Aquí son sospechosos, como poco. Por lo demás reina la calma y la felicidad. Nadie pide los papeles a estos rubios sonrosados, colorados por el sol y con los ojos tan friamente claros como esas ratitas blancas de laboratorio. No importa que sean de fuera de la Unión Europea, su aspecto les avala. Están libres de sospecha. Ríen y gastan, con solvencia, en los establecimientos de la zona. Muchos viene aquí desde muy lejos por el windsurf o el katesurf que, para sus adeptos, es una pasión. Tienen derecho a todo. No problem. El peligro está enfrente, en esa costa cercana que se recorta al sur. El peligro viene de África.
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02 septiembre 2009

Lo que no se lleva


En el bar del pueblo hay dos teles de plasma. Una en una pared y otra en la opuesta, de modo que puede verse muy bien qué parroquianos miran a cada una. En una se puede ver hoy el premio de Hungría de Formula I y, en la otra, la etapa decisiva del Tour de Francia. Mientras miro el Tour ensimismado me doy cuenta, repentinamente, que todo el resto de la gente, que son personas de toda edad y condición, está pendiente del automovilismo. De hecho, la tele donde se televisa el Tour es toda para mí. No me lo creo. Me quedo sorprendido y, hasta por un momento, temo que me la apaguen o cambien a algún programa del corazón. El pueblo donde estoy es, como casi todos, agricultor y ganadero, un pueblo de gente acostumbrada al trabajo corporal. Me pregunto, si, en un pueblo como éste, no se aprecia el tremendo esfuerzo físico, el sufrimiento y el espíritu de sacrificio que supone ganar un Tour de Francia cuando, además, es un español el líder, ¿qué futuro nos espera?
Mi mujer, que, sin demérito por mi parte, es mucho más lista que yo, dice que es que a mi me gustan cosas que se han quedado ya muy anticuadas. Seguro que lleva razón. Tendrá que ser así. Se ve que hay cosas que ya no se llevan y uno anda por ahí sin enterarse. Claro donde esté un coche...
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01 septiembre 2009

Un perro andaluz


La noche anterior estuvimos hablando en el camping de Jerez del Marquesado hasta las tantas a la luz de una vela. Tal vez por eso de que los momentos agradables, y al fresco de la noche, no deseas que se acaben y los prolongas hasta que te rinde el sueño.
Esta mañana hemos bajado a comer al pueblo que está a cuatro kilómetros. Luego nos hemos subido, pese a la calima, a echar la siesta. Aplastados por el bochorno, no tenemos ni ánimo para comentar el tremendo calor que hace. Al llegar encontramos totalmente derretida la vela que nos iluminó la pasada noche. La dejamos sobre la mesa, al sol. El termómetro de la furgoneta marca 45º C.
Paca se echa la siesta y no sé si se duerme o pierde directamente el conocimiento. Yo cambio de idea, busco una sombra y me pongo a escribir con una bebida fría a mi alcance.
En ello estoy cuando aparece un perro de pelo rojizo que viene de no se sabe donde por una de las sendas del camping en el que nosotros somos hoy los únicos acampados. Trae una cuerda al cuello de la que cuelga un cabo que ha roto a dentelladas. Tiene andares cansinos e indiferentes y también una oreja rota. Le llamo y se para, no huye pero tampoco se acerca. Le llamo de nuevo y viene despacio, expectante y mirándome sin ninguna agresividad. Jadea por el calor y, ya más cerca, aprecio que la cuerda está muy ceñida a su garganta pues se incrusta entre el pelo, le veo también una matadura profunda, y que parece reciente, en el ijar izquierdo. Me mira desde un par de metros pero no se acerca más ni se mueve. Recuerdo que tenemos en el frigorífico una barra de chorizo que compramos y que no nos gustó. Como eso el perro no lo sabe, voy por ella y decido probar si le gusta a él.
Hago gruesas rodajas de embutido pero no se las tiro. Le ofrezco una, el perro se adelanta despacio, sin quitarme ojo y lanza una dentellada a la raja de embutido con avidez, rozándome con los dientes la punta de los dedos pero apenas tocándolos pese a la velocidad con que la coge. A medida que le voy ofreciendo más rodajas, su brusquedad desaparece y termina tomándolas de entre mis dedos con la misma delicadeza que si fuera un embajador tomando una copa de cava en una recepción de la mismísima Preysler, la de Porcelanosa, ¿cuál va a ser?
Cuando termina con todo el embutido, voy con un recipiente a buscarle agua en uno de los grifos de los fregaderos y la bebe con avidez. Me deja tocarle. La primera vez que lo hago le acerco mi mano por debajo del hocico, no por encima, pues podría sentirse amenazado. Una vez que ha aceptado mi contacto acerco la mano al cuello y noto la cuerda tan hundida en él que pienso si el animal no se habrá salvado de un ahorcamiento. Busco una navaja de las que tengo, una que corta como una exhalación, y con mucho cuidado y tacto consigo que se deje cortar la cuerda que le tiene lastimada la garganta. Enseguida parece que se alivia. Ahora está a mis pies hecho un ovillo. Cuando Paca se levanta, le curamos entre los dos la matadura con un desinfectante. Al comer he visto que le faltan dientes y que otros los tiene rotos y que los colmillos los tiene desgastados. Se ve que el perro es viejo.
A la tarde bajamos de nuevo al pueblo, acompañados por el perro. No nos deja en toda la tarde. Nos perdemos por las calles estrechas y blancas, y hasta algunas, con acequias que bajan el agua ruidosa y veloz desde la sierra. Nos sorprenden algunos restos árabes, como la Torre de la Alcazaba, que algún integrista de los que aquí hay, porque también los hay, ha coronado, sin poderlo remediar, con una Inmaculada Concepción de tamaño natural. Menudo engendro.
Cae la tarde y nos hemos cansado de vagabundear, así que nos metemos a cenar al mesón de la Tizná. Luego, con toda la humildad que una buena digestión proporciona, nos subimos de nuevo al camping al tiempo que se va echando la noche y comienza a venir algo de frescor. Al llegar a él nosotros entramos y el perro, tras observarnos un momento a modo de despedida, decide seguir su camino y se pierde en lo oscuro en dirección a la sierra.
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31 agosto 2009

El negrito


Estamos en Juviles, en la terraza del restaurante Alonso, y un negrito se sienta a una mesa con su mamá, que no es negra. El niñito se aburre. Su madre le entretiene, le acaricia, le mima, le achucha, le hace carantoñas, le besa... El chiquillo quiere jugar pero la madre le vigila, le acompaña, le ayuda, le dice, le aconseja, le avasalla. El niño negro se aburre y todos los que le vemos intentamos hacerle caso sin darnos cuenta de que está solo y que, tal vez y pese a nuestras buenas intenciones, toda la vida lo esté.
Mientras estamos sentados, a la agradable sombra de la terraza del restaurante, pasan por la carretera, que tenemos enfrente, grupos de negros que, al parecer, trabajan en las jamoneras del pueblo.
No puedo evitar comparar a los trabajadores con el niño. Mientras todos estamos solícitos con el negrito, a los otros no les hacemos ni caso y pasan por la calle ajenos a todo comentario y casi sin que el personal haga intención alguna por mirarles y percatarse, al menos, de su mera existencia.
- ¿Qué será del negrito cuando se haga adulto?, se me ocurre en silencio, en una pregunta interior e inoportuna que no espera respuesta.
La madre del negrito, ¿será su madre o será más bien una mecenas que al muchacho le ha caído del cielo o, tal vez, del infierno?, sigue ostentosa y aparatosamente pendiente de él.
Aparece el camarero y sirve la comida a madre e hijo. La madre se dirige al pequeño:
- Da las gracias.
Y el niño, después de darlas, le replica:
- Tú también.
La madre queda confundida y también todos los asistentes. Entre sonrisas complacientes da también las gracias la madre española, pero quedamos todos algo confundidos. Parece que pedimos al negrito lo que ninguno hacemos, pero optamos todos por reírnos: jajajá, jijijí…
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30 agosto 2009

La felicitación


Subiendo a pie al camping desde Trevélez, hemos encontrado una felicitación de navidad de 1976. La habían dejado incrustada intencionadamente en una de las juntas de un quitamiedos de la carretera para que alguien, en este caso nosotros, la leyera.
La felicitación, según leemos al dorso, es una reproducción de la Virgen de la Faja de Alonso Miguel de Tobar que se conserva en el Museo Provincial de Bellas Artes de Cádiz. La imprimió Cobás y Cía. en Barcelona y el interior dice textualmente así:
“Barcelona A 14 de 12 1976
Holamamica anteto do le de seo unafeliznabida Em compañía deto dalafamilia y proprero Año 1977 ledesea su nieta i su familia nosotro quedamovien
A Dios.
Bueno mamica perdone por no avele Escrito ante pero sevasa losdias i no escrito
Bueno me digaco mo esta latita Encarna siesta mejo deloquetenia nosotro to dovien a la presente
fEliz Navída ý p1977
francico Gonzalez xoxox
Carnem Alvares xoxx
francica Gonzalez xo+x
M.Dolores Gonzalez xo++
A Dios (rúbrica ilegible)”
La letra es toda de la misma persona y las equis y los círculos la forma de firmar de quienes, conjuntamente con quien escribía, enviaban la felicitación.
Este testimonio de unos emigrantes de su tierra escrito hace más de treinta años me conmueve porque habla de lo que somos y de lo que fuimos con más elocuencia de la que nos presta la memoria, a veces débil y otras corrompida.
¿Por qué unas tierras como éstas, que son auténticos paraísos, se despoblaron para que otras se enriqueciesen?
¿Cómo es que la lógica que rige el destino de las personas es tan incongruente?
Hoy se intenta rescatar, salvar todos estos parajes paradisíacos, como si hubiera sido la casualidad y no el interés económico inmediato quien hubiera abandonado y dejado degradarse estos lugares tan especialmente idóneos para la vida.
Esta felicitación de Navidad es un aviso que nos dice de dónde venimos si es que a alguno le interesa recordarlo. Así éramos y… no hace tanto.
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14 agosto 2009

El instante


Creo que es la primera vez que aguanto tanto tiempo seguido en el mismo sitio. Pienso que he encontrado un lugar ideal, un clima agradable, un entorno amable y con poca población, incluso en estos veranos actuales del turismo inevitable, incesante, casi obligatorio. La brisa me refresca con la agradable sensación táctil de una sábana blanca, tersa y limpia de cama recién hecha. Oigo rebuznar un asno no muy lejos, un ruiseñor canta emboscado en el fondo en la umbría y muy cerca ladra un gozquecillo que corretea revoltoso y alocado entre las acequias, como si todo su cuerpo nervioso y vibrante fuera una expresión pura de alegría. Me pregunto cuánta gente joven habrá que haya oído rebuznar a un pollino en su vida.
Luego me digo que tal vez el sitio no sea más ideal que otros, aunque me lo parezca, y sea simplemente que con los años esté perdiendo la pasión por viajar, por moverme de continuo, por no parar quieto y la tierra me vaya atrapando más día a día como si ejerciera sobre mí cada vez más gravedad, de manera que, según el tiempo pasa, el día menos esperado termine por absorberme en cualquier sitio y hacerme coincidir con ella para siempre, como si volviera a ser su propiedad o simplemente parte de ella otra vez.
En Pitres, sentado bajo una frondosa y umbría arboleda me encuentro tan a gusto que desearía que este instante durara para siempre o, al menos, para todo lo siempre que pueden ser los siempres.
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13 agosto 2009

Portugal


Hace más de veinte años que fui por vez primera a Portugal. Aunque las horribles carreteras de entonces han desaparecido y una buena red de autopistas, eso sí, casi todas de pago, se ha creado desde entonces, no ha desaparecido de mi cabeza ni el recuerdo de aquellas carreterillas tortuosas y con el firme en mal estado, ni tampoco la forma suicida de conducir que entonces tenían los portugueses y que, por cierto, ellos achacaban al peligro que representábamos los titubeantes turistas en sus carreteras. Todavía hoy, cuando conduzco en Portugal, me digo cada diez minutos: no lo olvides estás en Portugal, no te relajes.
Recuerdo mi primer viaje unos veintidós años atrás. Íbamos varias personas. Casi todo fueron protestas desde el principio, que si cutre, que si pobre, que si atrasado, que si sucio, que si desorganizado, que si lento… Algunos llegaron a prometerse no volver más. Sin embargo yo me enamoré del país a los dos días con un cariño tan fuerte que aún no se ha desvanecido ni, a estas alturas, creo que se desvanezca. Fundamentalmente Portugal me enterneció por el sentido que todo tenía de pequeño, de recogido, de vuelto hacia sí mismo como una flor cerrada. Su gente me pareció tranquila (salvo en la carretera), humilde, educada o, cuanto menos, correcta y más bien afable y, ¿cómo decirlo?, con una especie de poso de tristeza casi imperceptible pero que me pareció inherente al carácter y al alma de los portugueses.
Luego se repitieron los viajes hasta el punto que sería prolijo relatar todos los lugares que visité, tanto las ciudades grandes y la capital como las aldeas y los pueblos medianos, la costa y el interior, sin dejar región alguna por conocer. Seguramente la mayoría de los portugueses no conocen tantas poblaciones de su país.
Lisboa me cautivó enseguida. Al segundo día de estar en ella por primera vez se me ocurrió decir que me gustaba más que Madrid, porque así era y así es, y recibí variados comentarios de desaprobación y de disgusto de mis amigos. ¿Cómo podía comparar Lisboa con Madrid?
Con el paso del tiempo creo que tenían razón. Me sigue gustando más Lisboa pero, ciertamente, es un error compararla con Madrid pues, independientemente de gustos, son ciudades que nada tienen que ver.
Lisboa es la capital de un país de navegantes, de un país que llegó a su cima por la navegación. Lisboa recibe la mayor parte de su luz por ese Tajo que de tan ancho es casi parte ya del océano cercano. Es la ciudad como un embudo que termina en la Plaza del Comercio. No es una gran urbe, sigue siendo una ciudad a la medida del hombre, del peatón. Sus barrios viejos son, los unos, abigarradas viviendas humildes de pescadores, los otros, formados por elegantes casas con un aire decadente que combina muy bien con esa especie de triste dejadez que en su conjunto la ciudad evoca. Luego hay otros barrios que se transforman y que de día son una cosa y de noche otra. El conjunto, con los barrios, el Castillo de los Moros, la Catedral, el río, los olores, la mezcla de razas, las terrazas, los ascensores, las tabernas, los recuerdos… se me hace el de una ciudad romántica plagada de evocaciones lentas, tranquilas, cadenciosas y siempre un poco tristes como lo es la melodía de casi cualquier fado.
He conocido también la picaresca del país pero, casi puedo asegurar que ésta se circunscribe a Lisboa y también a algunos puntos muy turísticos donde, como en España, tienden a cobrarle al turista lo que las cosas no valen. Tal vez pensando, equivocadamente, que éste es ave de paso como antaño, sin darse cuenta que hoy las comunicaciones hacen de la península un todo aunque sigamos siendo dos países.
No me siento extranjero en Portugal, aunque sé que lo soy porque somos dos países que en el siglo pasado y aún más en los anteriores hemos vivido dándonos la espalda. Sin embargo cuando hablo con algún portugués me siento tan cercano que no puedo sino lamentar la historia. Siempre, claro, que la historia pueda lamentarse con algún provecho que no sea simplemente el retórico.
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Anglofobia benigna transitoria


Me han hartado, en general, los ingleses que he visto en La Alpujarra. Y no es porque estén allí o porque vengan, tal vez evocando al hispanista Gerald Brenan que vivió en esta tierra y escribió sobre ella en los años 20 del siglo pasado, no, no es por eso. Bienvenidos cuántos lleguen, veraneen, vivan o trabajen en estas tierras, porque eso indica que las saben apreciar. Es por cómo se comportan. La acogedora sencillez con que la gente de aquí les ha recibido durante años parece que les ha llevado a considerarse los protagonistas de la vida en estos pueblos. Utilizan todos los usos y costumbres locales en su propio beneficio. Ignoran a toda persona o cosa que no les sea personalmente útil. Gustan de hacerse notar en todas partes mediante un uso chillón y ostentoso de su lengua, modo que, en su país, sólo utilizan las chusmas de los barrios más cutres las noches etílicas del fin de semana. Conociendo los modales de la gente normal y educada, en la comedida Inglaterra, me admiro de cómo los ejemplares adultos que llegan aquí de sus élites, porque los que vienen aquí no son patanes: eructan en los restaurantes como si eso aquí estuviera bien visto o hasta fuera gracioso, meten sus perros a los mismos y en las terrazas, se hacen servir en los lugares más inverosímiles como si esto les recordara su época colonial, ponen los pies más altos, si es posible, que las mismas mesas y se vuelven cicateros y contadores al pagar la comida, cuando en su país lo habitual, además de pagar los elevados precios, es dejar además un 10% de la factura en propina. Y todo lo anterior teniendo en cuenta que los precios de La Alpujarra comparados con los de la costa son baratos y, comparados con los del Reino Unido, irrisorios.
Tengo que reconocer que los españoles, como tantas veces incapaces de apreciar lo que tenemos, andamos por las playas como tarados pagando precios astronómicos, comiendo fritanga y pizza semicongelada y tomando cañas como posesos en los chiringuitos, pasando calor, aglomeraciones, picaduras de medusas… mientras a este paraíso de la Alpujarra alta no le da la gana venir a nadie. Pero, claro, aquí no hay playa.
Los ingleses han sido, sin embargo, los que han descubierto esta tierra, yo diría que casi más para vivir en ella que para hacer turismo. Ellos saben muy bien que su orografía y su especial clima hacen de estos lugares unos parajes únicos e ideales para vivir. Con respecto a su comportamiento me viene a la memoria lo que unos ingleses me dijeron cuando en su ciudad les sugerí que aparcasen el coche encima de una acera:
- But, where do you think you are? (¿Pero dónde te crees que estás?)
Pues eso mismo les digo yo. Por lo demás, tan amigos.
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12 agosto 2009

Mesura


En la tasca hay un hombre maduro, tirando a mayor, que bebe y habla, habla y bebe… De todo sabe. El tabernero es conciliador, como corresponde a su oficio y, con cada consumición, le pone una tapa y le anima amablemente a que la coma y le meta algodón a tanto vino. El otro parece tener sólo sed.
Hay toros en la tele. El hablador no está conforme con la ejecución de la suerte suprema por parte del maestro oficiante. Un recién llegado discrepa.
- Al toro bravo hay que matarle dándole salida natural, hacia los adentros, mientras el torero sale hacia las tablas. Al manso se le mata en la suerte contraria... Pero para eso, hay que sabé… -deja caer el taurino con un retintín muy evidente.
- También está la tradición –dice el discrepante, que no parece persona resignada.
- Claro, y los usos y costumbres –apostilla, con abierta chulería, el entendido- ¡No te jode!
El otro pega un trago a la cerveza, observa un instante al taurino y se calla, fingiendo indiferencia. El entendido, con andares solemnes aunque un tanto vacilantes, se va al servicio. Cuando vuelve se nota que se ha lavado y se ha refrescado la cabeza. Su antagonista termina de un trago la cerveza y se va sin mirar ni despedirse. El taurino, casi retador, le mira salir con un desprecio infinito en la mirada.
- ¡Dios, qué jartá de tontos y, como tienen boca, venga de largá gilipolleces, sin conocé, sin sabé y sin tené mesura! ¡Hay que joderse!

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11 agosto 2009

El autobús azul


Estamos en Órgiva, la Alpujarra. Son las cuatro de la tarde cuando llegamos al camping. Hemos subido andando, después de comer, desde el pueblo. Son unos cuatro kilómetros de cuesta empinada que el calor hace más largos de lo que son, como si la fogatina de la tarde dilatara a la vez tiempo y distancia. Nos refrescamos a la sombra que, entre la furgoneta donde vivimos y los grandes acebuches, nos hemos procurado. Bebemos agua y luego vino helado. Al rato ya nos hemos reportado y relajado. Ojalá corriera algo de aire pero, quia, no hay gota de brisa, el ambiente está recalentado, embalsado como agua tibia, en este valle. Las cigarras zumban en la tarde con su estridencia machacona, monótona y penetrante haciendo, si cabe, que la sensación de agobio sea aún mayor.
En el bancal de abajo, aquí todo son bancales, incluido el camping, hay un autobús azul con matrícula inglesa. Se ve que es un autobús que alguien transformó, modificando su estructura, para que sirviera de hogar viajero. Sus seis ventanas laterales están perfectamente cubiertas por cortinas, tipo persiana, hechas a medida. Tiene una gran baca con cuatro soportes grandes a cada lado que ocupa casi todo el techo. Sobre ella hay dos cubiertas nuevas, como si quienes en su día hubieran preparado el vehículo hubiesen pensado en resolver cualquier eventualidad que les ocurriera. Puede que considerasen que España es aún un país fuera de los circuitos normales europeos o, lo que es más probable, que pensasen en seguir viaje hacia el norte de África o más allá. Hay gente que se prepara concienzudamente para la aventura y lo imprevisto y aun para afrontar problemas con los que nunca toparan, pero que ellos maquinan en sus mentes soñadoras, temerosas y cautas.
Sin embargo, da la sensación de que quienes aquí llegaron, en este autobús, abandonaron el camping precipitadamente. Fuera del vehículo, pero en su parcela, hay dos bombonas de gas, una mesa, varias sillas y hasta dos bicicletas apoyadas en un árbol que, desde lejos, parece que acaban de ser dejadas en tal posición pero que vistas de cerca, por sus ruedas cubiertas de hojarasca y con algo de orín, denotan que hace meses que no se han movido. Hay también, sobre la mesa, un cenicero lleno de colillas que las aguas y la intemperie han momificado.
La única ventana que no tiene las cortinas echadas muestra un fregadero con algunos cacharros sucios, una jarra mediada de un contenido ya turbio y mohoso en la superficie, y el envase de una botica inglesa para curar las encías. Por lo demás el vehículo está bien cerrado y sólo las telarañas en la parte delantera del motor, en las cerraduras, en las ruedas y por doquier nos hablan de lo estático de sus últimos tiempos. Las bases de las ruedas, todas con aire, están también parcialmente cubierto por la hojarasca acumulada y los matojos.
Llevado por los usos de mis tiempos mozos, imagino que pueda tratarse de una comuna hippy móvil cuyos miembros hayan salido tarifando, cada uno por su lado, incapaces de soportar por mucho tiempo esa vida comunitaria, en teoría, tan idílica. Pero enseguida me doy cuenta de que eso, prácticamente, hoy ha desaparecido y que estoy pensando, como tantas veces, con una mentalidad de hace cuarenta años.
Luego se me ocurre que tal vez se trate de una familia viajera, en cuyo seno se desató algún problema inesperado y grave que les hizo marcharse inesperadamente. Pero pienso que, si eso fuera así, ya deberían de haber vuelto o mandado a alguien para que retirase el autobús.
Se me ocurre después que tal vez lo fletase una pareja de jubilados para recorrer con él el mundo sin verse acuciados por problemas de tiempo, ni económicos, ni de alojamiento. Siendo así, bien pudiera haber enfermado inesperadamente uno de ellos y haber tenido ambos que abandonarlo todo súbitamente para ir al hospital. Si eso hubiera sido así, y aún no hubieran regresado, mal asunto. Tal vez uno de ellos habría muerto y el otro, destrozado por la pérdida e incapaz de superar el vacío de su mitad perdida, no hubiera tenido fuerzas ni ánimo, mutilado salvajemente en su interior, para volver a recoger ese autobús en el que ambos se las habían prometido tan felices…
En esto estaba cuando localicé una pequeña inscripción, www.worldmuzik.co.uk, en uno de los laterales del autobús. Enseguida me di cuenta de que correspondía a una página web del Reino Unido. Así que, en cuanto la he consultado, el enigma ha desaparecido.
El autobús es un antiguo vehículo militar convertido en un estudio móvil para producción de materiales multimedia. Está dotado de una serie increíble de ordenadores y medios de grabación y reproducción. Su objetivo era hacer una serie de televisión sobre los orígenes y las relaciones de la música primitiva en los distintos países islámicos moderados. Su camino comenzaba por el sur de España y después pasarían al norte de África y cruzarían luego a Asia para grabar y producir una serie de programas documentales para la televisión. Estos programas versarían sobre música y en ellos se tocarían las raíces más profundas de la música popular en esas culturas, su relación entre ellas y con otros ritmos a lo largo y ancho del mundo así como la incidencia de dichas músicas en la vida diaria de sus gentes.
Naturalmente, esto es sólo un resumen muy breve de lo que se especifica en la web. Pero, si a alguien le interesa, ahí está la dirección para que pueda ver el contenido completo de la web. Ésta está sin acabar y no parece muy elaborada para tratarse de unos profesionales de los medios. Parece que no se actualiza desde hace mucho y que, como el autobús, ha quedado también varada en mitad del ciberespacio.
Sin embargo, y sabiendo ya de qué iba el autobús, la duda queda. ¿Cómo es que no pasaron de España en un viaje que se prometía tan largo?
Falta de presupuesto, desavenencia entre los componentes del equipo, falta de patrocinadores, problemas de financiación, fallo generalizado de los equipos o del propio autobús…
El autobús azul, abandonado en un bancal de un camping, es algo parecido al pecio de un naufragio y su web al libro de bitácora o, mejor aún, al alma olvidada de un proyecto levitando en los fondos oscuros de Internet.
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01 julio 2009

Verano


Hace unas semanas salió ya la primera, y supongo que única, edición del Castro Bonaval. Los que seguís el blog puede que lo leyerais en su día. Al publicarlo por medio de una editorial, no me pareció correcto mantenerlo en Internet. Por eso lo quité.
Al final ha quedado un libro con una portada sobria, entiendo yo, y una historia entretenida. Del mismo modo que no imaginé que tuviera esa portada, tampoco imaginé cuando empecé a escribirlo en qué terminaría aquella historia de Matías. A decir verdad, ni siguiera sabía por entonces que terminaría siendo una historia tan larga y, menos, que terminaría siendo un libro. El caso es que así resultó y deseo daros las gracias a cuantos lo fuisteis leyendo y a los que me acompañasteis con vuestros comentarios.
El verano se nos echa encima y es, para todos, un tiempo irregular que, a ratos, puede engullirnos y, a ratos, disiparnos. Así que perdonad si no contesto a su tiempo o si no escribo lo habitual.


Os deseo un buen verano. Gracias.


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30 junio 2009

Casa Valentín-Bar Jalón


Me senté en un mojón de la vieja nacional II. Miré la casa durante un buen rato. Nada me distrajo porque ya la nacional, hecha autovía, no pasaba por allí sino más arriba. Ahora pasaba por encima del nacimiento del Jalón, destrozando con una ancha y gruesa cicatriz aquella hermosa ladera que había conocido.
Me vino bien el silencio del lugar. Enseguida eché de menos los viejos letreros de la casa que decían: Casa Valentín–Bar Jalón. El letrero de la carretera estaba donde siempre, señalando Esteras de Medinaceli y Benamira.
Recordé a María Luisa en la cocina y a Valentín en la barra, ambos atendiendo solícitos a los clientes; aún quise sentír el olor de las chuletas que asaban en el porche; el bullicio de los clientes en el pequeño bar, con su barra en forma de ele; el comedorcito con media docena de mesas que solían ocuparse a sus horas; las seis habitaciones de la primera planta, con lavabo en todas pero con un servicio común; el doblado con el depósito del agua en el último piso; y, debajo de todo el edificio, la bodega con las conservas, los jamones, la matanza y las dos pipas de vino de Aragón, la del denso vino tinto, casi negro, y la del fresco clarete. Me pareció escuchar en la vieja cuadra aneja los ladridos de la Olga, la perra canela, que me barruntaba y los pasos ágiles y ansiosos de la Culebra, la galga, como si se dispusiera a saludarme con la portentosa elasticidad de su cuerpo. De cuando en cuando cantaban los machos de perdiz de Valentín, colocados en los alféizares de las ventanas, escuchando tal vez el reto de alguno de sus congéneres desde lo alto de las laderas.
- Chico, bájate a la bodega a por vino –solía decirme Valentín
Y yo bajaba y aspiraba con fuerza la goma que entraba en la pipa y, aunque algunas veces me ainaba con la brusca irrupción de un trago inesperado, se derramaba manso el vino en una garrafa de media arroba que, luego de llena, me subía al bar.
Por la noche el bar era el centro social de los pocos vecinos que en Esteras quedaban y también de alguno de Benamira que se bajaba a pasar el rato. Por allí desfilaban el tío Manzanero, y el Cucho, el Anchetas, el Josetas… y nunca faltaban los dos pastores de Esteras: el Goyo, alias Tomatoma, que llevaba sus propias ovejas y el Mariano, el Colorao, que llevaba las del amo.
- Goyo, ayer subí donde me dijiste que viste la liebre y lo que me topé fue con una víbora de dos palmos que a poco me jode la perra.
- Toma, toma… como no se ha echao aún el frío en condiciones.
El Colorao era ya viejo, no le faltaba mucho para jubilarse y tenía la piel permanentemente roja, casi escamosa, por el sol. Tenía pocas ganas de bromas y el cuerpo aterecido por los muchos fríos pasados y cansado por tanto andar y desandar laderas. Había veces que Valentín, a una señal, le preparaba un bocadillo porque el amo, aquella noche, se había quedado algo corto con la cena. A veces, el Valentín le sacaba historias de antes y, sólo entonces, el Colorao se animaba y hablaba un poco, con dos tenues chispillas en los ojos…

Un coche del servicio de mantenimiento de la línea del AVE me sacó de mi distraída concentración. Me levanté del mojón y girándome le seguí con la vista. Tiró en dirección a Benamira pero, a media vega, se metió a la izquierda por una pista nueva de tierra que debía subir a donde las vías del AVE.
Decidí pasear un poco y, yo también, seguí la carretera a Benamira.
Todavía estaba en pie el colmenar del tío Cabra. Sí, allí a la izquierda de la vega, en mitad de la ladera. ¡Cómo le gustó aquella ladera al Colás la primera vez que le traje!
Me acuerdo que dijo:
- ¡Sarvi, déjame que te desvirgue la escopeta, que esto esta lleno de muestra de conejo! ¡A ver qué coño te has comprao!
Iba yo tan contento con mi escopeta nueva, recién comprada aunque para pagar en plazos, y dispuesto a estrenarla ese día con mucha más voluntad de tirar que maestría. Y, el Colás, como siempre, me convenció de que esa era la costumbre, que la escopeta te la tenía que estrenar un compañero veterano, o sea, él. Claro, como yo iba con mi escopeta nueva, una LIG expulsora, paralela clásica, pues había comprado cartuchos Legia de 34 gramos… qué menos, oye, en fin, un lujo para la época. El Colás me pasó su vieja escopeta y me dijo que esa se lo cargaba todo por costumbre. Pero, para mi desgracia, no cambiamos también de cartuchos y el Colás, con sus cartuchos del Galgo Verde, llevaba a medio día cinco conejos, dos liebres y dos perdices y yo, por mi parte, un buen cabreo, pues los Legia, una vez disparados por el trabuco del Colás, ni me permitían abrir la escopeta o, cuando después de mucho esfuerzo la abría, no salían nada fácilmente las vainas de los cañones. Al llegar al coche al fin de la jornada, aparte del cabreo, yo no llevaba nada. En ese momento acerté a una paloma de casualidad y el Colás con mucho cachondeo dijo:
- ¡Mu güeno, Genri! ¡No tienes tú que sembrar todavía los restrojos de perdigones!

Miré al otro lado, a la ladera grande que estaba por encima de la general, puerto de Esteras arriba. Recordé que fue allí donde, un desvede, maté mi primer par de perdices. Y eso que la primera se me fue por llevar el seguro, que hay que joderse hasta que espabilé.

No estaba muy lejos de Benamira, así que ya subí hasta el pueblo. Busqué el callejón donde vivía el tío Cabra y claro que lo encontré, pero la casa estaba hundida y los cardos en la entrada me llegaban al pecho. Recordé el día que me perdí por la nevada en lo de Sayona y Villaseca y cómo, siguiendo desde muy lejos el débil rumor de la carretera, anochecido ya y casi extenuado, llegué a ver unas luces que, totalmente despistado por el temporal de blancura, no sabía de qué pueblo eran. Era Benamira, el tío Cabra me metió en su casa y me templó el cuerpo con unos chorizos y unos vinos junto a la chasca que en el hogar de su cocina ardía…

Dejé la caza hace muchos años. Ya lo dijo el Colás:
- Tan así como siempre. Ahora que ya les cascas de cojones vas y lo dejas. ¡Papo, Sarvi, con lo que te ha costao y lo bien que ya te las trompicas!
Le agradecí aquella vez que, en lugar de decir tan gilipollas como siempre, dijera tan así, pero le entendí igual. Sin embargo, para entonces, el Colás ya era viejo y lo que más le gustaba era buscar la liebre y yo, que no era viejo, me desengañé y comprendí que la caza menor camino llevaba de desaparecer, si no ha desaparecido ya en muchos lugares. Creo que hice bien dejándolo, ni me ha pesado, ni he querido volver. Llegó un momento que tan poca había que más que cazar me parecía estar acabando con los últimos preciados ejemplares de fauna salvaje en España. Eso no me parecía ya cazar y, de lo de la caza puesta, ya no hablemos, mejor dejarlo ahí…

Pero no era eso lo que me ocupaba ahora, sino los recuerdos de aquellos parajes en que me encontraba.
Pocos años después me encontré al Goyo, el Tomatoma, casualmente en Sigüenza. Acababa de vender, ese mismo día, su rebaño de ovejas y se iba a Barcelona. Nos dimos la mano, ambos con tristeza, y nos despedimos sin entretener mucho los adioses porque los dos sabíamos que no volveríamos a juntarnos nunca.
Al Mariano, el Colorao, llegué a verle, jubilado ya, con una hermana que tenía en Guadalajara pero, el hombre, muy cascado ya, murió pronto.
María Luisa falleció, de repente, para los carnavales de 1993 en su pueblo natal, Yunquera de Henares. Claro que ya pasaba de los setenta y pocos.
A Valentín le invité a comer en Almazán en el 2000, luego fui a verle a Saelices de la Sal, su pueblo, en otra ocasión. Durante estos últimos años le llamé por teléfono algún día pero, en estas pasadas navidades, todos los teléfonos que de él tenía habían sido anulados.

Regresé despacio hacia el cruce, hacia la vieja Casa Valentín-Bar Jalón, ya sin nombre. Con la fachada blanqueada, privada de sus rasgos, como si hasta la misma casa hubiera quedado amnésica y anónima. Experimentaba, según me iba acercando, una sensación muy diferente de las que otras veces había sentido desandando aquel mismo terreno. Cuando, por ejemplo, por los tupidos rastrojos bajaba con la Olga cazando codornices; o cuando oía al tuno del Colás: ¡Sarvi, qué la veo, qué la veo!, por la ladera o en algún ribazo; o cuando veía venir como una exhalación a la Culebra, la galga, que parecía que me iba a llevar por delante y sólo en el último segundo no me atropellaba. Juraría que la Culebra se reía de los sustos que me daba.
Me paré otra vez a mirar la casa cerrada.
Y me dije cómo, con el paso del tiempo, se me iba haciendo cada vez más fácil encontrar tantísima tristeza en los mismos lugares donde solía encontrar tanta felicidad.
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28 junio 2009

Babirusa


Al leer, el artículo de Isidro Martínez “El viejo y el impostor” he encontrado palabras que me han gustado por lo bien empleadas que están. Algunas las he buscado en el diccionario para cerciorarme de su sentido y, como las palabras son como las cerezas que al tomar una salen otras prendidas, me he entretenido un rato.
Quizás, cuando Isidro lea esto, se reirá de mí atrevimiento pues todo esto para él es cosa más que vista, sabida y estudiada, pero para otras personas, tan poco puestas como yo, puede que sea interesante y curioso conocer estas palabras.
Algunas de las palabras encontradas las conocía, pero otras no y, así me he enterado de que al rayón, que es la cría de jabalí con el pelaje rayado, se le llama cochastro mientras es jabalí de leche. También se le llama berrenchín al vaho que arroja el jabalí cuando está furioso. Que al colmillo del jabalí, además de llamársele navaja, se le llama también verroja y que, por tanto, el verrojazo es el golpe que pega el jabalí con los colmillos. Que cuando el jabalí ronca al percibir la proximidad de gente, se dice que rebudia y a ese ronquido se le llama rebudio. Sin embargo, cuando el jabalí gruñe, al verse perseguido, entonces arrúa, del verbo arruar. Que barrearse es la costumbre que tienen los jabalíes de revolcarse en los sitios con barro, en las bañas. Que se llama cota a la piel callosa que recubre la espalda del jabalí y se conoce por escudo a su espaldilla, o sea, lo que sería nuestro omoplato. Que el remolón es el colmillo de la mandíbula superior del jabalí y sus cerdas se llaman también sedas y setas. Que los aguzaderos son los sitios donde los jabalíes acuden a hozar y a aguzar los colmillos.
También parece que a los machos jóvenes se les llama bermejos, tal vez por la tendencia que estos animales tienen de jóvenes a ser jaros, o sea, rojizos, y que a los machos viejos se les llama macarenos, aunque de este nombre no he encontrado razón como no sea la de chulo o bravucón por el aspecto imponente de estos animales. Y que suelen estos viejos macarenos ir acompañados de un jabalí joven al que se le conoce por el nombre de escudero. Al parecer los escuderos hacen de aprendices pero, por su impericia, entran en zonas o sitios peligrosos antes que el macareno al que acompañan, pagando con su vida la imprudencia y librando al viejo macho frecuentemente del peligro. No sé si será así pues yo, de todo esto, hablo por oídas y por lo poco que he leído. Sin embargo, es todo muy curioso.
Las palabras de este párrafo anterior son, en su mayoría, palabras del argot cinegético, pues también se llama a los jabalíes viejos: navajero, verraco, solitario, catedrático, etc.
Es curioso los nombres que al jabalí se le dan en algunos países como, por ejemplo, babirusa al jabalí asiático y cariblanco en Costa Rica. ¿Llamaría usted con el delicado nombre de babirusa a un animal tan contundente?
Como diría el Colás:
- Papo, Sarvi, no me jodas... babirusa. ¡Huy babirusa!
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26 junio 2009

¡Tumeeeee...! ¡Tumeeeee...!


Pocas veces le regalan a uno cosas entrañables.
Mi paisano Isidro me ha regalado un relato. Más que el relato, que siempre será suyo, porque sólo a él pertenece lo vivido, me ha regalado la primicia de leerlo. Una deferencia por su parte y un placer para mí. Así que, primeramente, decirle que se lo agradezco mucho.
Isidro es una de las pocas personas que conozco a las que puedo llamar cazador sin mentir. Toda la orografía provincial y aún otras más alejadas están detalladas en su cabeza con más precisión que en el Google solo que grabadas, no por satélite, sino por medio del sudor y del cansancio de los músculos y de las articulaciones y del ojo, que en todo se fija y lo deja nítidamente en el cerebro. Por eso, he leído su artículo con el gusto que se tiene por las cosas que fueron pero que uno está seguro que, en puridad, desaparecerán tal y como las conocimos. Sé que lo que he leído es ya un testimonio.
Para quienes pasen de la caza o abominen de ella, decirles que no es éste un comentario sobre escopeteros, ni sobre hazañas de francotiradores abatiendo animales, ni sobre monterías de postín en las manchas más pobladas de los cotos de la jet, ni sobre ojeos de perdices al estilo de los Santos Inocentes… no es nada de eso, aunque podría serlo. Será, si lo consigo, un mero comentario sobre la veracidad de las cosas y otras virtudes poco practicadas y, sobre todo, sobre la honradez.
El relato de Isidro está lleno de palabras extrañas para los profanos. Palabras que los recién llegados al mundo de las monterías, utilizan ostentosamente para darse pisto de entendidos, pero que sólo los expertos esforzados conocen con la intensidad precisa que guarda cada una. Las ladras, las trochas, las cuerdas, los sopiés, las traviesas, las sucias, los ansias, los rastros, los navajazos, los agarres, los cortaderos, los cercones, los punteros, los tarascazos o las tarascadas, el deshacer el rastro… son palabras utilizadas por él en su relato de modo que vienen siempre al pelo. Pero también, cuanto cuenta, está poblado de sentimientos y en sus letras, cuando habla de los perros, se encuentra uno con los afectos simples, la amistad, la fidelidad, el mutuo reconocimiento, los cuidados, el respeto, la solidaridad, las curas, el compañerismo entre hombre y animal y, por encima de todo, algo que las personas estamos olvidando: la negación, obstinadamente tenaz, al abandono.
Decididamente, llega este hombre a personalizar a sus animales y a sentir la caza tal como ellos la sienten, y se atreve a decir que los hombres hemos de hacernos merecedores de ellos, de los perros, y, después de leer su artículo y su libro Cazadores de Blanco, creo que tiene razón. Da la sensación de que hasta consigue, y lo tiene a mucha honra, ser uno más de entre ellos. Porque, salvando excepciones, entre humanos y perros, se queda, sin ningún titubeo, con los últimos. Creo que únicamente le ha faltado decir, y puede que lo piense, que sólo los cazadores que se hagan como perros, gozarán del reino de los cotos celestiales. Suponiendo que en los cielos haya cotos, lo cual está por ver. Que libres, al menos esos pagos, los piensa Isidro, si es que en alguna parte existe la justicia y se encuentra la razón esa que nos define a todos como iguales.
Todos estos sentimientos se enfrentan dentro de él cuando compara el mundo de los perros y perreros, que para él es el mismo, con el de los monteros y, como si tuviera un gato metido en el estómago, le irritan tan profundamente algunos, que toman ese nombre, que le descomponen hasta dejarle mudo de la ira acumulada.
Habla Isidro, de algunos pocos monteros, maravillas, pero, en general, no tiene buen concepto de esa peña. Y es que en su larga experiencia ha tenido ocasión de ver de todo, en particular muchas variedades de ignorancia mezclada con desprecio.
Cuando confronta lo que siente, con lo que algunos monteros le provocan, sufre y calla. Porque él sabe muy bien que ningún perro devuelve desdén, indiferencia, crueldad, traición, desinterés, desprecio cuando alguien se le entrega como amigo. Todo lo contrario. Pero Isidro, a lo largo de sus vivencias cinegéticas, ha visto como algunos colegas de su especie son capaces de creer que el dinero puede suplir su desconocimiento, que puede pagar su estupidez, cubrir su insensatez, disimular su cobardía o enterrar bajo una capa de dignidad sus miserias como si fueran un perro más al que se entierra en el anonimato que, como poco, nunca mereció.
Lo cuenta Isidro:

¡Tumeee...! ¡Tumeee...! Gritaba el perrero, ronco ya. La montería había terminado muchas horas antes. Era noche cerrada, cuajada de estrellas, y helaba en la sierra. Seguía caminando el perrero, sembrando de pistas de olor el monte y, con sus voces, el aire de señales conocidas que, botando y rebotando en las peñas, eran llevadas lejos por el eco. Un perro no había sabido deshacer su rastro y volver al lugar de la suelta, pero un perrero de ley no abandonará a su perro perdido o herido. De tales abandonos sólo son capaces los que hacen que esta vida sea tan perra.
Un abrazo, paisano, aunque a ser amigos, estamos llegando casi sin conocernos.
Una caricia para el Ligero y otra para el Poll la próxima vez que los recuerdes o te los topes en tus sueños por alguna barranca de la sierra. Sí, no se te olvide.
Gracias.

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24 junio 2009

Leyenda de la Matahombres


Era la primera vez que Lázaro escuchaba hablar a un empleado del hotel de aquel modo tan reservado, como si en secreto lo hiciera. Fue en una de las tertulias que tras el ocaso y hasta bien entrada la noche solían celebrarse espontáneamente en el patio trasero del hotel. Los cansados camareros, caras ajadas de ojeras y cuerpos duros de piernas por el incesante ir y venir cotidiano, los sudorosos cocineros, anatomías atufadas por los calores de los hornos y los fuegos y apestando a esa mezcla de olores que los fritos meten en la piel y en la ropa, y hasta el mequetrefe del botones prestaban atención embelesados.
No había mujeres presentes. Se conoce que habían esperado a que éstas se recogieran o, con su actitud arisca y despectiva, las habían prácticamente echado como solían conseguir a poquito que lo intentaran.
El que hablaba era uno de los camareros más viejos, un veterano de la hostelería perito en gente, conocedor de engaños y falsedades y ducho en cualquier ocultación de las frecuentes que en los hoteles solían darse y que, a los viejos como él, nunca pasaban desapercibidas por mucho que se disimularan o se pretendieran inexistentes.
Lázaro, sentado en la penumbra que le procuraba la noche, iluminada por sólo un par de bombillas de poco voltaje, y que más se acentuaba por estar bajo una vieja higuera que le ocultaba de la débil luz, no perdía detalle de lo que el camarero maduro iba diciendo paciente, lentamente, como desgranándolo con pereza de sus recuerdos lejanos y, tal vez, nostálgicos.
… De aquella, de la que yo os hablo y ahora recuerdo, puedo deciros que no era alta pero tampoco menuda. Todo en ella era amablemente curvo. Su mismo cabello ondulaba suave como un remate dulcísimo a una cara ovalada, sin aristas, de contornos como difuminados, de labios perfectos, amplios, regulares, hechos aún más acogedores por un rosa intenso de pintura de labios… y todo en ella era suavemente dulce, casi empalagoso, sobreentendido de belleza, con cadencia sorda en los andares, como una armonía musical perfecta…
Nunca hubiese supuesto Lázaro que aquel camarero maduro supiese hablar así. Esto hizo que atendiese aún más a su interesante descripción.
…Hasta sus tenues imperfecciones eran atrayentes. Un defecto casi imperceptible en las palas, que ella disimulaba siempre al sonreír, le daba un aire real a aquel rostro tan inasequible, de esfinge, y solamente la finísima disparidad, imperceptible para cualquiera, en el mirar de sus ojos negros, la convertía en única. Pero, sin embargo, era en ellos donde tenía el veneno, en la mirada que salía por esas ascuas oscuras se escapaba toda la intensidad sensual que no sabía reprimir ni modo había de hacerlo, que se revolvía por brotar por algún lado desde el interior sofocante de aquella mujer de sensualidad tan animal. Mirarle los ojos desde cerca era aún más excitante, si cabe, que hubiera sido acariciar su vulva o sus hermosos pechos.
- ¿Qué es la vulva? –dijo un pinche de cocina.
- El coño, gilipollas –dijo a coro el grupo de devotos oyentes, molestos por la interrupción del muchacho.
…Porque, como os decía, era de tal potencia la sexualidad que su mirada trasmitía que aseguraban, quienes llegaron a gozarla, que a través de ella le brotaba el penetrante olor a sexo, que sólo las mujeres ardientes, orgullosas, inteligentes y dominadoras exhalan por ahí, y podía también leerse en sus pupilas el brutal deseo de atraer y entregarse, al mismo tiempo, al ser elegido en cada momento, más allá de cualquier limitación o, mejor aún, dispuesta a probar todo, lo nuevo y lo viejo y lo distinto y lo inesperado, en su ansia irreflexiva de gozar y ser gozada. Era de un erotismo tan salvaje, tan ilimitado, que, quien cayera en él, podría no volver a salir jamás, absorbido por un remolino tan potente que le impelería a morir dando placer a aquella suma sacerdotisa de la pasión que ardiendo, como la zarza de la biblia, no se quemaba pero devoraba la razón y el pensamiento de todos sus amantes que, en ella, se consumían como teas de resina…
Lázaro estaba admirado por la extraña locuacidad iluminada del veterano camarero.
…Decían que ya había matado a varios pero, quienes sentían en su pupila la mirada de su deseo, no eran capaces de evaluar el riesgo y, ciegos, corrían a ella sin ser dueños de sí. Contagiados, perdidos, sin posibilidad siquiera de imaginarse lo que ya eran, peleles muertos de antemano, leños anónimos en aquella pira inextinguible...
Entonces le interrumpieron. Pero las cosas que se oyeron ya no tuvieron nada que ver con el fino relato del viejo.
- Mira, un hermano mío, también se enchochó con una tía. Era una golfa de campeonato pero, ¿qué tendría la cabrona?, que aún a sabiendas de que se iba con quien le daba la gana, no podía ni quería de ningún modo dejarla el majagranzas de mi hermano. Y, para que lo viera, un día me fui con ella en sus narices, pero ni por esas. Se negaba a dejar de frecuentarla y quería, además, casarse con ella, el muy lila. Para él no existía el desengaño. No.
- Pues yo recuerdo que en mi pueblo…
Pero ya el viejo no prosiguió el relato, ni los otros, empeñados en contar sus anécdotas adocenadas, se lo pidieron. Apuró su cerveza escuchando los comentarios chabacanos que, a costa de su descripción inacabada, se habían levantado atropelladamente y, al rato, se marchó sin decir nada y, por el gesto, casi arrepentido de haber rescatado aquellas memorias del lecho viejo del recuerdo acolchado por los años.
Lázaro se quedó perplejo y casi al momento trasladó las frases sabiamente hilvanadas del experimentado viejo a la visión de la mujer del señor Maurici, de aquella inefable Lola que le parecía el colmo de lo visto. Lo más exacerbado de la atracción animal en cualquier mujer conocida. Ni la imagen de Lola ni la narración del camarero dejaron su mente en toda la noche. La pasó en blanco. Su juventud le hacía una victima propiciatoria a ser inmolada sin solución ni voluntad en semejante altar. Inerme.
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17 junio 2009

Diempures


La cabecera del río Sorbe comienza a formarse seriamente a la sombra, si sombra diera, del viejo, destartalado, olvidado y semiderruido castillo de Diempures, entre los términos de Cantalojas y Galve y perteneciendo su altozano al primero, que todo hay que decirlo.
Apenas queda nada. Esto es hoy un desierto, del cual, ni siquiera muchos conocen el nombre. Y lo más que puedes encontrarte es alguna vaca despistada y recelosa que tampoco esperaba compañía.
Primitivamente fue un castro cuyo precipicio, sobre el arroyo de la Virgen, hacía de muralla natural. Se salvaba este arroyo por un vetusto puente, también de pizarra, poco antes de que éste confluyera con el río, casi en la misma conjunción. Ahí se iniciaba el camino que, paralelo al Sorbe, la fortaleza custodiaba y que nos llevaba aguas abajo camino de la desparecida fortaleza de Peñahora donde el Sorbe se junta con el Henares y acaba su viaje. Porque el Sorbe es un río modesto, pero de aguas limpias, que, en cuanto deja las montañas no quiere saber de más trámites y, desapareciendo, le cede su caudal al Henares. De una fortaleza a otra viajaba. Hoy de las pocas ruinas de Diempures a las inexistentes de Peñahora, de la que la que sólo queda el nombre para los pocos que lo recuerdan. Es en lo que ha parado tanta fortaleza.
- ¿Un castillo dice, una fortaleza?, ¿dónde se ha visto?, hecho de pizarra. ¡Vaya ejemplo de arquitectura militar?
- Pues no se ponga usted a pedir mojigangas ni gollerías, que las murallas de Lugo, que son mucho más antiguas, más importantes, más voluminosas y más estratégicas son también de pizarra, tienen más de 2 kilómetros y ahí las tiene usted en su sitio desde hace más de 1700 años.
- Sí, pero las murallas de Lugo se conservan y de este castillo de Diempures sólo queda su puerta principal y un par de trozos de paredes anejos a ella y eso si no se desmoronan cualquier día o no se han desmoronado ya.
- Pero es que el Sorbe y el arroyo la Virgen, que en la falda de su cerro concurren, no concitaban, ni concitaron nunca, las mismas ambiciones que la plaza de Lugo. Así que bastante es lo que queda y, aún diría que es milagro que algo se conserve. Y no venga usted poniendo tantas pegas, que de otros lugares no quedó piedra sobre piedra. Portento parece que aquí, siendo todo esto más frágil, más humilde y montaraz, queden todavía estas pocas pizarras para darnos una idea de lo que aquello fue.

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