06 septiembre 2009

La parábola


El restaurante está en el centro de la ciudad. La cocina es buena y muchos turistas extranjeros cenan en él. A la izquierda, sin ir más lejos, una pareja de jubilados italianos han acabado unos mariscos y un buen plato de pulpo a la gallega y ahora se enfrentan a una porción de tarta de crema. A la derecha hay tres franceses sesentones, dos mujeres y un hombre. Los tres están delgados y ellas lucen una media melena lisa de corte muy estiloso que les deja el pelito estratificado, una capa de pelo con apariencia canosa en el exterior y otra, más oscura, debajo. Hablan bajo y parecen educados, aunque distantes. Sin embargo, sus ojillos azules e inquietos les traicionan, pues éstos persiguen insistentemente, como si sus voluntades no pudieran dominarlos, los variados platos de comida que circulan sobre las bandejas de los camareros. Las melenitas de las dos francesas se voltean con una especie de insolencia, que ellas no perciben ni pretenden, hacia los platos que se posan en las distintas mesas. Se deciden por los espárragos sobre fondo de setas, el jamón ibérico, la sepia y el entrecot. Por más que algunas veces les traicione la curiosidad, y se agiten nuevamente esas cabecitas con un corte tan chic y juvenil, mantienen durante la cena un aire distinguido, casi con un leve toque de superioridad así como distraída.
En un comedor tan lleno, casi se puede curiosear descarada e impunemente sin que, de un modo evidente, se pierdan las formas.
Entre tanto contento y en ese ambiente relajado, repentinamente un hombre se encuentra mal. Le acompaña su mujer. Son también franceses. La mujer se azora y, en su nerviosismo, pide ayuda a los comensales de la mesa de al lado. Son un hombre y una mujer con dos hijos. La mujer es española pero el marido es marroquí y habla francés. Avisa al jefe de comedor y éste saca al hombre al fresco de la calle y le pone en una silla. El marroquí le da al jefe del comedor los datos precisos sobre el estado del francés. El comedor entero ha visto lo que pasa. Suponemos que los del restaurante han avisado al 112. Los franceses estilosos, a nuestra derecha, observan la escena sin inmutarse.
Cuando a la media hora terminamos de cenar y salimos a la calle, encontramos al francés que se indispuso sentado en una silla de la terraza con muy mal aspecto y, a su lado, sólo su mujer muy nerviosa y descompuesta. Les preguntamos y medio nos enteramos de que tiene un dolor difuso en el pecho y que no puede moverse y vemos que, además, está aterrado. Nos extraña que no haya llegado aún la ambulancia. Es entonces cuando sale el marroquí que en un principio le atendió y le hizo de intérprete, acompañado de su mujer y sus hijos. En cuanto intercambiamos cuatro palabras nos damos cuenta de que los del restaurante no han llamado a urgencias. Inmediatamente llamamos nosotros y la sospecha se confirma. Nos dicen que no sabían nada y que inmediatamente mandan una ambulancia. El marroquí no para de hablar a la mujer y al enfermo para tranquilizarles y decirles que la ambulancia viene en camino y que, si es necesario, irá con ellos al hospital para hacerles de intérprete.
El jefe de comedor del restaurante, al ver que nos hemos quedado con la pareja, trata de disculparse y dice que a veces la gente sufre cortes de digestión e incluso se atreve a insinuar, como hablando con el viento, que hay quien bebe demasiado. Cómo si su negocio no consistiera en servirles comida y bebida. Le decimos que no creemos que sea el caso pero que, aunque lo fuera, para eso están las urgencias y que no se puede dejar tirada a una persona de ninguna manera.
El maître, con su carita de ardilla servicial, al fin se destapa cuando arguye que al llamar al 112 se monta un show por la llegada de la policía y la ambulancia, las sirenas, etc. y que todo eso constituye un pequeño escándalo que actúa en detrimento del negocio y que luego, muchas veces, se trata de problemas sin importancia por lo que, lo mejor, es que el interesado coja un taxi y se vaya al hospital, al hotel o a su casa. De hecho, asegura conocer al cliente enfermo y dice que de vez en cuando viene por su restaurante.
Asombrados por su desvergüenza le decimos que el hombre tiene muy mal aspecto y que ya hemos llamado nosotros al 112. Dice que sí, que bien, que ellos, naturalmente, también lo habían hecho. Nadie le contradice pero le decimos que, entonces, no se entiende todo lo que nos está contando y menos aún tanta dilación. Enseguida hace mutis y se desentiende. Ha cumplido y se va, con su carita de de saludador, a fingir mil y una atenciones a los clientes.
Mientras estamos acompañando a la atribulada pareja, salen del restaurante los tres franceses distinguidos que han cenado a nuestra derecha. Ni una palabra. Pasan de largo. Cosas como estas no afectan a gente tan elegante.
Sentí un peso negro en el estómago tanto por la actitud del jefe del comedor para con un cliente habitual, como por la indiferencia de aquellos tres atildados franceses para con sus compatriotas.
Al poco llega la policía y la ambulancia. Explicamos al médico lo que hay. El francés sonríe aliviado y tanto él como su mujer se despiden de nosotros con emoción. Dan las gracias con las pocas palabras que saben de español.
- Bonne chance, madame! –dice amablemente el marroquí cuando se marcha la ambulancia.
Viendo el comportamiento del marroquí, su acción de intérprete, su negación a abandonar al enfermo, su disposición a acompañarle al hospital para hacer de intérprete, recordé la parábola del buen samaritano. También me sentí orgulloso de vivir en un país donde se atiende a cualquiera sin pedirle nada y me avergoncé de que tengan que ser los africanos los que vengan a enseñarnos no sólo solidaridad, sino también educación.
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4 comentarios:

Ángeles dijo...

Menuda historia. Da mucho que pensar, sobre muchas cosas diferentes. Gracias por contarla, y además contarla tan bien.

Soros dijo...

Gracias a ti por leerla.

Piel de letras dijo...

Eso es porque los buenos samaritanos no tienen nacionalidad. Solo buen corazón.

Abrazo

Soros dijo...

Ahora mismo, en España, ante un caso de emergencia se atiende a cualquiera. Basta que alguien llame al 112 y, sin pedir la identidad del que llama y sin pedirle ningún papel al afectado, se le atiende cualquiera que sean sus circunstancias y, si tiene seguro, se pasa el gasto a su seguro y, si no lo tiene, no se le cobra nada. Basta con tomarse la molestina de marcar ese número de tres cifras y contar lo que pasa. Sin embargo, hay quien ni eso. ¿Es esa la forma de hacer un mundo mejor, cuando tienes los instrumentos y si siquiera te tomas la molestia?