11 agosto 2009

El autobús azul


Estamos en Órgiva, la Alpujarra. Son las cuatro de la tarde cuando llegamos al camping. Hemos subido andando, después de comer, desde el pueblo. Son unos cuatro kilómetros de cuesta empinada que el calor hace más largos de lo que son, como si la fogatina de la tarde dilatara a la vez tiempo y distancia. Nos refrescamos a la sombra que, entre la furgoneta donde vivimos y los grandes acebuches, nos hemos procurado. Bebemos agua y luego vino helado. Al rato ya nos hemos reportado y relajado. Ojalá corriera algo de aire pero, quia, no hay gota de brisa, el ambiente está recalentado, embalsado como agua tibia, en este valle. Las cigarras zumban en la tarde con su estridencia machacona, monótona y penetrante haciendo, si cabe, que la sensación de agobio sea aún mayor.
En el bancal de abajo, aquí todo son bancales, incluido el camping, hay un autobús azul con matrícula inglesa. Se ve que es un autobús que alguien transformó, modificando su estructura, para que sirviera de hogar viajero. Sus seis ventanas laterales están perfectamente cubiertas por cortinas, tipo persiana, hechas a medida. Tiene una gran baca con cuatro soportes grandes a cada lado que ocupa casi todo el techo. Sobre ella hay dos cubiertas nuevas, como si quienes en su día hubieran preparado el vehículo hubiesen pensado en resolver cualquier eventualidad que les ocurriera. Puede que considerasen que España es aún un país fuera de los circuitos normales europeos o, lo que es más probable, que pensasen en seguir viaje hacia el norte de África o más allá. Hay gente que se prepara concienzudamente para la aventura y lo imprevisto y aun para afrontar problemas con los que nunca toparan, pero que ellos maquinan en sus mentes soñadoras, temerosas y cautas.
Sin embargo, da la sensación de que quienes aquí llegaron, en este autobús, abandonaron el camping precipitadamente. Fuera del vehículo, pero en su parcela, hay dos bombonas de gas, una mesa, varias sillas y hasta dos bicicletas apoyadas en un árbol que, desde lejos, parece que acaban de ser dejadas en tal posición pero que vistas de cerca, por sus ruedas cubiertas de hojarasca y con algo de orín, denotan que hace meses que no se han movido. Hay también, sobre la mesa, un cenicero lleno de colillas que las aguas y la intemperie han momificado.
La única ventana que no tiene las cortinas echadas muestra un fregadero con algunos cacharros sucios, una jarra mediada de un contenido ya turbio y mohoso en la superficie, y el envase de una botica inglesa para curar las encías. Por lo demás el vehículo está bien cerrado y sólo las telarañas en la parte delantera del motor, en las cerraduras, en las ruedas y por doquier nos hablan de lo estático de sus últimos tiempos. Las bases de las ruedas, todas con aire, están también parcialmente cubierto por la hojarasca acumulada y los matojos.
Llevado por los usos de mis tiempos mozos, imagino que pueda tratarse de una comuna hippy móvil cuyos miembros hayan salido tarifando, cada uno por su lado, incapaces de soportar por mucho tiempo esa vida comunitaria, en teoría, tan idílica. Pero enseguida me doy cuenta de que eso, prácticamente, hoy ha desaparecido y que estoy pensando, como tantas veces, con una mentalidad de hace cuarenta años.
Luego se me ocurre que tal vez se trate de una familia viajera, en cuyo seno se desató algún problema inesperado y grave que les hizo marcharse inesperadamente. Pero pienso que, si eso fuera así, ya deberían de haber vuelto o mandado a alguien para que retirase el autobús.
Se me ocurre después que tal vez lo fletase una pareja de jubilados para recorrer con él el mundo sin verse acuciados por problemas de tiempo, ni económicos, ni de alojamiento. Siendo así, bien pudiera haber enfermado inesperadamente uno de ellos y haber tenido ambos que abandonarlo todo súbitamente para ir al hospital. Si eso hubiera sido así, y aún no hubieran regresado, mal asunto. Tal vez uno de ellos habría muerto y el otro, destrozado por la pérdida e incapaz de superar el vacío de su mitad perdida, no hubiera tenido fuerzas ni ánimo, mutilado salvajemente en su interior, para volver a recoger ese autobús en el que ambos se las habían prometido tan felices…
En esto estaba cuando localicé una pequeña inscripción, www.worldmuzik.co.uk, en uno de los laterales del autobús. Enseguida me di cuenta de que correspondía a una página web del Reino Unido. Así que, en cuanto la he consultado, el enigma ha desaparecido.
El autobús es un antiguo vehículo militar convertido en un estudio móvil para producción de materiales multimedia. Está dotado de una serie increíble de ordenadores y medios de grabación y reproducción. Su objetivo era hacer una serie de televisión sobre los orígenes y las relaciones de la música primitiva en los distintos países islámicos moderados. Su camino comenzaba por el sur de España y después pasarían al norte de África y cruzarían luego a Asia para grabar y producir una serie de programas documentales para la televisión. Estos programas versarían sobre música y en ellos se tocarían las raíces más profundas de la música popular en esas culturas, su relación entre ellas y con otros ritmos a lo largo y ancho del mundo así como la incidencia de dichas músicas en la vida diaria de sus gentes.
Naturalmente, esto es sólo un resumen muy breve de lo que se especifica en la web. Pero, si a alguien le interesa, ahí está la dirección para que pueda ver el contenido completo de la web. Ésta está sin acabar y no parece muy elaborada para tratarse de unos profesionales de los medios. Parece que no se actualiza desde hace mucho y que, como el autobús, ha quedado también varada en mitad del ciberespacio.
Sin embargo, y sabiendo ya de qué iba el autobús, la duda queda. ¿Cómo es que no pasaron de España en un viaje que se prometía tan largo?
Falta de presupuesto, desavenencia entre los componentes del equipo, falta de patrocinadores, problemas de financiación, fallo generalizado de los equipos o del propio autobús…
El autobús azul, abandonado en un bancal de un camping, es algo parecido al pecio de un naufragio y su web al libro de bitácora o, mejor aún, al alma olvidada de un proyecto levitando en los fondos oscuros de Internet.
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Si os apetece ver mis libros mirad en: http://ssorozco.bubok.com/

5 comentarios:

Ángeles dijo...

Leyendo la misteriosa historia del autobús abandonado, he empezado a imaginar, yo también, posibles explicaciones. Después, cuando llega la explicación de la página web parece que se va a perder todo el misterio, pero qué va, empieza uno nuevo. Un misterio cibernético, acorde con los tiempos, pero no menos sugerente.
Gracias por contarlo. Me ha gustado mucho.

zeltia dijo...

ah pues existe la página!
yo no soy muy imaginativa, pero creo que si me lo hubiese encontrado también habría estado novelando.
la idea de los dos jubilados es la que me habría quedado, probablemente.
mucho más enigmático ésto del proyecto bus que se fué a la porra.
si fuera en el triángulo de las bermudas ya les daba para una peli.

;-)

zeltia dijo...

quizá has visto la página del bus primero y luego te lo has inventado todo.
los escritores inventais mucho.
;-)

Soros dijo...

Me alegra, Ángeles, que te haya gustado. A veces en las cosas nimias que se observan pueden encontarse historias que contar o que inventarse.
Saludos.

Soros dijo...

Claro, Zeltia, que existe la página.
Lo que escribí lo imaginé el mismo día que vi el autobús y también el siguiente.
La web la consulté cuando llegué a casa. Así fue.
Soy de los que todavía respetan la artesanía de los viajes y no van por ahí con el portátil buscando espacios wi-fi. En los viajes se escribe a mano.
Gracias por lo último.