01 septiembre 2009

Un perro andaluz


La noche anterior estuvimos hablando en el camping de Jerez del Marquesado hasta las tantas a la luz de una vela. Tal vez por eso de que los momentos agradables, y al fresco de la noche, no deseas que se acaben y los prolongas hasta que te rinde el sueño.
Esta mañana hemos bajado a comer al pueblo que está a cuatro kilómetros. Luego nos hemos subido, pese a la calima, a echar la siesta. Aplastados por el bochorno, no tenemos ni ánimo para comentar el tremendo calor que hace. Al llegar encontramos totalmente derretida la vela que nos iluminó la pasada noche. La dejamos sobre la mesa, al sol. El termómetro de la furgoneta marca 45º C.
Paca se echa la siesta y no sé si se duerme o pierde directamente el conocimiento. Yo cambio de idea, busco una sombra y me pongo a escribir con una bebida fría a mi alcance.
En ello estoy cuando aparece un perro de pelo rojizo que viene de no se sabe donde por una de las sendas del camping en el que nosotros somos hoy los únicos acampados. Trae una cuerda al cuello de la que cuelga un cabo que ha roto a dentelladas. Tiene andares cansinos e indiferentes y también una oreja rota. Le llamo y se para, no huye pero tampoco se acerca. Le llamo de nuevo y viene despacio, expectante y mirándome sin ninguna agresividad. Jadea por el calor y, ya más cerca, aprecio que la cuerda está muy ceñida a su garganta pues se incrusta entre el pelo, le veo también una matadura profunda, y que parece reciente, en el ijar izquierdo. Me mira desde un par de metros pero no se acerca más ni se mueve. Recuerdo que tenemos en el frigorífico una barra de chorizo que compramos y que no nos gustó. Como eso el perro no lo sabe, voy por ella y decido probar si le gusta a él.
Hago gruesas rodajas de embutido pero no se las tiro. Le ofrezco una, el perro se adelanta despacio, sin quitarme ojo y lanza una dentellada a la raja de embutido con avidez, rozándome con los dientes la punta de los dedos pero apenas tocándolos pese a la velocidad con que la coge. A medida que le voy ofreciendo más rodajas, su brusquedad desaparece y termina tomándolas de entre mis dedos con la misma delicadeza que si fuera un embajador tomando una copa de cava en una recepción de la mismísima Preysler, la de Porcelanosa, ¿cuál va a ser?
Cuando termina con todo el embutido, voy con un recipiente a buscarle agua en uno de los grifos de los fregaderos y la bebe con avidez. Me deja tocarle. La primera vez que lo hago le acerco mi mano por debajo del hocico, no por encima, pues podría sentirse amenazado. Una vez que ha aceptado mi contacto acerco la mano al cuello y noto la cuerda tan hundida en él que pienso si el animal no se habrá salvado de un ahorcamiento. Busco una navaja de las que tengo, una que corta como una exhalación, y con mucho cuidado y tacto consigo que se deje cortar la cuerda que le tiene lastimada la garganta. Enseguida parece que se alivia. Ahora está a mis pies hecho un ovillo. Cuando Paca se levanta, le curamos entre los dos la matadura con un desinfectante. Al comer he visto que le faltan dientes y que otros los tiene rotos y que los colmillos los tiene desgastados. Se ve que el perro es viejo.
A la tarde bajamos de nuevo al pueblo, acompañados por el perro. No nos deja en toda la tarde. Nos perdemos por las calles estrechas y blancas, y hasta algunas, con acequias que bajan el agua ruidosa y veloz desde la sierra. Nos sorprenden algunos restos árabes, como la Torre de la Alcazaba, que algún integrista de los que aquí hay, porque también los hay, ha coronado, sin poderlo remediar, con una Inmaculada Concepción de tamaño natural. Menudo engendro.
Cae la tarde y nos hemos cansado de vagabundear, así que nos metemos a cenar al mesón de la Tizná. Luego, con toda la humildad que una buena digestión proporciona, nos subimos de nuevo al camping al tiempo que se va echando la noche y comienza a venir algo de frescor. Al llegar a él nosotros entramos y el perro, tras observarnos un momento a modo de despedida, decide seguir su camino y se pierde en lo oscuro en dirección a la sierra.
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4 comentarios:

isidro dijo...

Buena acción Soros, y estoy seguro que fue muy gratificante para ti.
El perro no se iría muy lejos, a pesar que se perdió en la oscuridad, porque a él tu acción tampoco se le olvidó.

Un saludo

Soros dijo...

Hombre, Isidro, espero que nos veamos. El tiempo de los viajes se ha acabado. Al menos, de momento.
Un abrazo.

Piel de letras dijo...

Si se hubiese quedado,¿Lo habrías llevado contigo?

Soros dijo...

No.