07 septiembre 2009

El puerto de las pateras


Como en una colonización inocente y a la inversa los negros quieren vender collares de colores, amuletos, artilugios imprevistos y cosas impensables a todos cuantos se cruzan por el paseo marítimo. Y con tales cosas, y en la misma oferta, regalan elefantes de cristal, rinocerontes de piedra, jirafas de colores… que son como talismanes preciosos para añadir al tesoro de la compra. Y se extrañan de que los turistas se resistan a sus ofertas ventajosas, aunque lo prefieren a que les ignoren, y continúan exhibiendo, ante tantos ojos ciegos al portento, esas maravillas increíbles, y refuerzan su mensaje con machaconería de niños, como si no les hubieran entendido bien: barato, barato…
Incomprensiblemente rechazados, atónitos por el corto saber del hombre blanco, cruzan ahora a las terrazas y van de mesa en mesa y perseveran en mostrar sus sorprendentes mercancías en busca de alguna persona que tenga fundamento.
- Pero, hombre, no ves que estamos dando de comer –dice el maître, torciendo dignamente el bigote.
- Pero, ¿dónde vas?, qué dentro no puedes entrar –dice el patrón, de mirada inequívocamente aviesa.
- Anda, venga, no estorbes –dice conciliador el camarero, cargado con platos y bandeja.
- No, gracias, no. No me interesa –dice el comensal, algo indispuesto y envarado y hasta, a veces pillado, con la boca llena.
Pero el negro sigue impertérrito, sin desaliento, sin explicarse cómo no le quitan de las manos aquellas figuritas portentosas, con valor intasable, de ignotos amuletos africanos, y, dicho sea de paso, sin entender cómo en esta Europa hay tan poco interés por el arte. Y casi no se lo cree ¿Pero, tíos, es que no veis lo que llevo? Parece que piensa. Y con su media lengua para el castellano insiste:
- Mira, bonito. Mira, color. Y tú, fíjate, se mueve. ¿De verdad, no quieres? Y es barato, barato…
A la décima vez, o puede que algo antes o después, a alguno, quizás por el efecto interno de las potencias del alma, se le retuerce la misma de embarazo mirando al negro mostrar sus abalorios bajo el sol de agosto. El negro identifica en aquellos ojos, de inmediato, restos de alguna esperanza. Y se le acerca.
- ¡Es bonito, amigo, barato, barato!
- Ya lo creo, dame uno.
- Gracias, amigo. ¿Otro para mujera? Para buena suerte.
- Bueno, que sean dos.
- Tengo relojes buenos… barato, barato.
- No sólo los amuletos, ¿qué te debo?
- Dos euros. ¿No quieres alfombra?
- No, gracias –y le despide con una sonrisa, el nuevo poseedor de los dos amuletos, mientras el negro, mostrando su blanca dentadura, agradece la compra.
El negro sigue tras el anterior que pasó hace apenas dos minutos y luego viene otro que le sigue los pasos sin demora… ¡Barato, barato!
Y siempre son más los negros a pasar que las almas que se prestan a ser conmovidas.
Y parece que vivamos en un puerto perenne de pateras que llegan a esta Europa de los ciudadanos, sede de la estabilidad y la cultura, meta de los que buscan la justicia. No me queda la más mínima duda.
.
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4 comentarios:

zeltia dijo...

pues yo tengo ensayado un no gracias con apariencia de firmeza, al mismo tiempo que una sonrisa amistosa y una mirada de culpabilidad, directa a sus ojos.
claro está, casi nunca me funciona.
se me nota tanto la culpabilidad...

Soros dijo...

Todos tenemos ensayadas muchas respuestas pero hay veces que se olvidan todas o, simplemente, todas las respuesas nos dejan intranquilos.

Piel de letras dijo...

Ya agarrarán práctica en decir un NO convincente. Cuando no solo los vendedores, sino los mendigos pululen mas y mas en todos los sitios, a todas horas y en cualquier circunstancia. Será eso, o dejar el sueldo repartido entre infinitos necesitados. Sean estos reales o ficticios.

... desgraciadamente esto es casi una profesía.

Ojalá me equivoque.

Soros dijo...

Habrá que buscar el modo de que no haya tantos necesitados y dudo que baste con aprender a decir no. Habrá que darles una oportunidad a nuevas soluciones para problemas tan antiguos. Eso es el progreso, ¿no? :-)