26 junio 2009

¡Tumeeeee...! ¡Tumeeeee...!


Pocas veces le regalan a uno cosas entrañables.
Mi paisano Isidro me ha regalado un relato. Más que el relato, que siempre será suyo, porque sólo a él pertenece lo vivido, me ha regalado la primicia de leerlo. Una deferencia por su parte y un placer para mí. Así que, primeramente, decirle que se lo agradezco mucho.
Isidro es una de las pocas personas que conozco a las que puedo llamar cazador sin mentir. Toda la orografía provincial y aún otras más alejadas están detalladas en su cabeza con más precisión que en el Google solo que grabadas, no por satélite, sino por medio del sudor y del cansancio de los músculos y de las articulaciones y del ojo, que en todo se fija y lo deja nítidamente en el cerebro. Por eso, he leído su artículo con el gusto que se tiene por las cosas que fueron pero que uno está seguro que, en puridad, desaparecerán tal y como las conocimos. Sé que lo que he leído es ya un testimonio.
Para quienes pasen de la caza o abominen de ella, decirles que no es éste un comentario sobre escopeteros, ni sobre hazañas de francotiradores abatiendo animales, ni sobre monterías de postín en las manchas más pobladas de los cotos de la jet, ni sobre ojeos de perdices al estilo de los Santos Inocentes… no es nada de eso, aunque podría serlo. Será, si lo consigo, un mero comentario sobre la veracidad de las cosas y otras virtudes poco practicadas y, sobre todo, sobre la honradez.
El relato de Isidro está lleno de palabras extrañas para los profanos. Palabras que los recién llegados al mundo de las monterías, utilizan ostentosamente para darse pisto de entendidos, pero que sólo los expertos esforzados conocen con la intensidad precisa que guarda cada una. Las ladras, las trochas, las cuerdas, los sopiés, las traviesas, las sucias, los ansias, los rastros, los navajazos, los agarres, los cortaderos, los cercones, los punteros, los tarascazos o las tarascadas, el deshacer el rastro… son palabras utilizadas por él en su relato de modo que vienen siempre al pelo. Pero también, cuanto cuenta, está poblado de sentimientos y en sus letras, cuando habla de los perros, se encuentra uno con los afectos simples, la amistad, la fidelidad, el mutuo reconocimiento, los cuidados, el respeto, la solidaridad, las curas, el compañerismo entre hombre y animal y, por encima de todo, algo que las personas estamos olvidando: la negación, obstinadamente tenaz, al abandono.
Decididamente, llega este hombre a personalizar a sus animales y a sentir la caza tal como ellos la sienten, y se atreve a decir que los hombres hemos de hacernos merecedores de ellos, de los perros, y, después de leer su artículo y su libro Cazadores de Blanco, creo que tiene razón. Da la sensación de que hasta consigue, y lo tiene a mucha honra, ser uno más de entre ellos. Porque, salvando excepciones, entre humanos y perros, se queda, sin ningún titubeo, con los últimos. Creo que únicamente le ha faltado decir, y puede que lo piense, que sólo los cazadores que se hagan como perros, gozarán del reino de los cotos celestiales. Suponiendo que en los cielos haya cotos, lo cual está por ver. Que libres, al menos esos pagos, los piensa Isidro, si es que en alguna parte existe la justicia y se encuentra la razón esa que nos define a todos como iguales.
Todos estos sentimientos se enfrentan dentro de él cuando compara el mundo de los perros y perreros, que para él es el mismo, con el de los monteros y, como si tuviera un gato metido en el estómago, le irritan tan profundamente algunos, que toman ese nombre, que le descomponen hasta dejarle mudo de la ira acumulada.
Habla Isidro, de algunos pocos monteros, maravillas, pero, en general, no tiene buen concepto de esa peña. Y es que en su larga experiencia ha tenido ocasión de ver de todo, en particular muchas variedades de ignorancia mezclada con desprecio.
Cuando confronta lo que siente, con lo que algunos monteros le provocan, sufre y calla. Porque él sabe muy bien que ningún perro devuelve desdén, indiferencia, crueldad, traición, desinterés, desprecio cuando alguien se le entrega como amigo. Todo lo contrario. Pero Isidro, a lo largo de sus vivencias cinegéticas, ha visto como algunos colegas de su especie son capaces de creer que el dinero puede suplir su desconocimiento, que puede pagar su estupidez, cubrir su insensatez, disimular su cobardía o enterrar bajo una capa de dignidad sus miserias como si fueran un perro más al que se entierra en el anonimato que, como poco, nunca mereció.
Lo cuenta Isidro:

¡Tumeee...! ¡Tumeee...! Gritaba el perrero, ronco ya. La montería había terminado muchas horas antes. Era noche cerrada, cuajada de estrellas, y helaba en la sierra. Seguía caminando el perrero, sembrando de pistas de olor el monte y, con sus voces, el aire de señales conocidas que, botando y rebotando en las peñas, eran llevadas lejos por el eco. Un perro no había sabido deshacer su rastro y volver al lugar de la suelta, pero un perrero de ley no abandonará a su perro perdido o herido. De tales abandonos sólo son capaces los que hacen que esta vida sea tan perra.
Un abrazo, paisano, aunque a ser amigos, estamos llegando casi sin conocernos.
Una caricia para el Ligero y otra para el Poll la próxima vez que los recuerdes o te los topes en tus sueños por alguna barranca de la sierra. Sí, no se te olvide.
Gracias.

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5 comentarios:

Piel de letras dijo...

Entonces... ¿no lo encontró? :'(

Soros dijo...

Hubo veces en que los encontró, porque eso de buscarlos era para él el pan de casi cada día.
Pero al Ligero se lo mató un desaprensivo en una cacería de muchas campanillas y, después, permitió que estuviera buscándolo durante ocho días sin confesar lo que había hecho, pues ya se ocupó que de que el cadáver del perro desapareciera. No sólo mató al perro, sino que permitío el desasosiego de Isidro durante todos aquellos días. Porque cada uno somos como Dios nos hizo y, a veces, aún peores.
Al cabo de los años Isidro se enteró de todo por casualidad.

isidro dijo...

Esta es la historia del Ligero...
pero tengo en la memoria otras tan apasionantes o quizás... todavía un poco más, y para un servidor tienen tanto valor, que me atrevería a decir que me pongo a recordarlas y no me dejo ninguna.
Los perros autistas, el Látigo y la Jara.
El León, Canene, Ojos Claros, Trifón.....

Nos vemos SOROS

Soros dijo...

Eso espero, Isidro. He gozado con tu historia y también he aprendido. Y me alegraré mucho si llego a conocer otras.
Gracias de nuevo.

Soros dijo...

¿Perros autistas?
Eso ya me sobrepasa, Isidro.
Ya me contarás.