03 febrero 2017

I-El Aprendiz: La llegada.

Haciendo acopio de su joven osadía y revestido de un impulso vital desorientado, torpe, casi necio, salió con sus pocas pertenencias: una pequeña pila de ropa plegada y comprimida en una maleta de cartón piedra.
Silvestre, como la flor de la jara; con la conciencia tan alba como el color de esa flor; y moteado, como ella, por las rojas e insignificantes pecas de una pasión aún por vivir, apenas comenzada a imaginar, Lázaro subió al autobús.
Iba camino de su primer trabajo.
El coche de línea paró en muchos lugares, todos pueblos pequeños, ya entonces candidatos a la despoblación, y algunos, apenas caseríos, diseminados entre solitarios campos de labor, yermos abandonados y abruptos pedregales.
Tras más de seis horas, llegó a otra ciudad del interior.
Durante el viaje pensó que no tenía suerte, que, al menos, podía haber encontrado trabajo en alguna ciudad junto al mar. Habría sido una novedad el tenerlo de fondo y le hubiera supuesto un cierto anclaje protector y benéfico. Tal vez era el recuerdo del abuelo diciendo que en el mar se sosegaban los ríos y las personas, ante su magnitud, percibían una imagen más ajustada de su ser. 
Ilusionado ante lo desconocido, pero agobiado por las dudas y, sobre todo, confiando en unas fuerzas, las propias, que desconocía, llegó Lázaro a su destino.
No percibió siquiera que se había trasladado de una grisura a otra por un túnel de cristal abierto al cielo. Que había ido de ciudad a ciudad por un medio rural desolado, atravesando el paréntesis de unos parajes, tan viejos como sobrecogedores, que ya había empezado a corroer el abandono. Pero su expectación le cegaba de luz y convertía todo lo nuevo en deslumbrante. Y, para él, lo era.
No percibió, como en realidad ocurría, que hubiese empezado a narrarse a sí mismo el último cuento de la infancia. Ni pensaba que aquél sería el trance que le sacaría, de imaginar la vida, a vagar por ella. Ni siquiera notó que aquel viaje era su primer viaje.
Cuando el autobús paró definitivamente, el conductor, según se apeaba, anunció de modo rutinario y cansino: Alfambra, fin de trayecto.
La parada estaba en una explanada sobre un mirador natural. Desde allí se dominaba la estación del tren, fría y anónima, y el río con sus choperas, ya amarillentas, barruntando el otoño. Pero aquél, con ser parecido, no era el mismo río de su infancia, ni circulaba en la misma dirección y, ni siquiera, iba al mismo mar. Y se imaginó, al contemplarlo desde aquella altura, que él tampoco era el mismo que el día de antes, aunque, al contrario que el río, no sabía muy bien qué dirección tomar. Lázaro, con la única certeza de su incertidumbre, se apeó.
Alfambra era una ciudad aislada, de apariencia fría, distraída con su pasado y, en apariencia, ausente del presente.  Situada en un alto, parecía pequeña y esquelética, con el aspecto indiferente de la osamenta descoyuntada de un ser antiguo que tuvo vida alguna vez y cuyos huesos, ya inertes, yacieran esparcidos por un pago todavía habitado.
El progreso había regalado a la ciudad un ensanche, una parte nueva, para que colonizara el campo abierto por donde convenía. Y, culminada la separación, se había construido un viaducto que unía sus partes, antigua y nueva, salvando, con el gran salto de su único ojo, un barranco profundo y desabrido. El progreso quedó muy bien allí, separando lo viejo de lo nuevo sin dejar de unirlo, y muchos vieron en ello una metáfora de lo que convenía que fuese la ciudad. Pero esas reflexiones de los cronistas locales eran ajenas a Lázaro y quedaban, invisibles, suspendidas del puente.
Iba a ser educador. Una curiosa denominación para su trabajo, estando Lázaro iniciando el camino de su vida. Lo sería en una residencia de estudiantes. Así obtendría alojamiento y manutención, más una gratificación mensual que le daría para los gastos personales. Pero lo que él apreciaba, sobre todo, era que dispondría de tiempo para seguir estudiando por su cuenta. Era lo mejor que había encontrado y, a más precisión, lo único.
Tras preguntar, se encaminó hacia la parte nueva.
Atravesó por primera vez el viaducto. Lo hizo expectante y con gran curiosidad. Le impresionó la evidencia de la altura. Luego ésta le proporcionó súbitamente una sensación de soledad vertiginosa. Fue una alteración interior e inesperada que le cosquilleó bajo el vello del bajo vientre y aún en fondos más sutiles y menos localizables, que tremolaron como diminutos papelillos rotos y esparcidos al viento. La sensación de soledad combinaba, bien y mal a la vez, con el vacío de debajo del puente. Dejó de mirar por encima del barandal. Sobreponiéndose, levantó voluntariosamente la mirada y caminó.

CAPÍTULO SIGUIENTE.

14 comentarios:

Ángeles dijo...



Un viaje de muchas clases, físico, interior y de inicación, y con el símbolo del vértigo para completar el panorama.

Y muy bonita la imagen de los papelillos al viento.

Soros dijo...

Gracias, Ángeles.
Es una narración, esta que comienzo a publicar en el blog, ambientada a finales de los años 60 del siglo pasado. Espero no aburriros demasiado.

palomamzs dijo...

El relato de un viaje iniciático, de paso a la vida adulta.
Me ha gustado lo que dice el abuelo sobre el mar, creo que pasa igual con los cielos estrellados.
Muy buena la descripción de la ciudad, como "osamenta descoyuntada".

Sara dijo...

Aquí, no sé muy bien por qué, me has recordado mucho a Pío Baroja en "La Busca".

Estoy deseando -pero deseando- saber qué le sucede a Lázaro en su viaje iniciático hacia sí mismo y hacia la vida.

La imagen y el concepto que más me ha gustado ha sido esa magnífica expresión de que los que vivimos junto al mar tenemos "una imagen más ajustada de nuestro ser". Preciosísimo. No sé si será verdad, pero es... PRECIOSO.

Soros dijo...

Palomamzs, gracias por tu comentario.
Lo del viaje iniciático es una expresión reciente, Lázaro sólo sabía que era la primera vez que salía de su casa sin saber lo que buscaba ni lo que encontraría y, desconociendo aún más, que el camino de los viajes es más importante que el destino.
Va a ser un relato un poco largo, con capítulos, espero no abusar de tu paciencia y no aburrirte.

Soros dijo...

Sara, qué exagerada eres, Pío Baroja es mucho, demasiado para mí.
Si tienes paciencia ya verás las cosas que Lázaro vive. Espero no cansarte.
Gracias por tu comentario y por esas apreciaciones que me animan.

Conxita Casamitjana dijo...

Me ha gustado las expectativas, la ilusión y todo ese afán de descubrimiento que tiene Lázaro y ese viaje real y metafórico en el que está inmerso.
Y sí como el abuelo de Lázaro creo que el mar da sosiego y nos resitua ante su inmensidad.
Seguiré expectante las aventuras de Lázaro deseando que mantenga y persiga sus sueños.
Un abrazo

Soros dijo...

Gracias, Conxita, espero no defraudarte.
Un abrazo.

Zeltia dijo...

Seguiré el camino de Lázaro, a ver a donde le lleva. Lázaro, que no Silvestre, como la flor de jara.

:)

Zeltia dijo...

No sabía exactamente como era la flor de jara
http://www.pisos.com/aldia/wp-content/uploads/2014/03/jara3.jpg

Soros dijo...

Zeltia, me alegra verte por aquí.
No sé si recordarás que, hace años, me ayudaste con tus recuerdos a escribir este relato. Hasta puede que tú ya lo hayas leído.
Ahora, por razones que no vienen a cuento, lo estoy revisando y publicando.
Ojalá que te guste.

Zeltia dijo...

Si lo he leído, de momento no me acuerdo. (Eso no es nada extraño. Ultimamente alguien me roba palabras aprendidas y puede que también me fallen los recuerdos)
En el capítulo siguiente a este, cuando describe los dormitorios y la organización de la residencia, me he acordado del internado en el que yo estuve. No es que se parezca en los detalles, pero sí en lo genérico.

Soros dijo...

Puede que a todos, Zeltia, al escribir nos falten cada vez más palabras. Quizá porque nos vaya fallando lo memoria o porque nos gustaría encontrar palabras que no existen. Pero, sí, me ayudaste a escribir sobre esta época. Guardo tus letras.
Los internados y la mentalidad de la época eran parejos en todos los sitios.

Soros dijo...

Perdona, Zeltia, si se da el caso de que no he interpretado bien tus palabras y resulta que no te encuentras bien.
Disculpa también mi precipitado comentario sobre la responsabilidad en las mujeres y en los hombres en el capítulo siguiente. De esto habría para hablar mucho.
Bicos.