22 febrero 2017

9.-El Aprendiz: La ingenuidad

Trascurrieron tres días. Y bastaron para que el sentimiento de culpabilidad se alejara del muchacho con la fugacidad de una bengala.
El primero de ellos lo pasó Lázaro en suspenso, temeroso de que algún acontecimiento se produjera. Una inquietud extraña se había apoderado de él. Todo el día tuvo la inestable sensación de ser un equilibrista sobre un cable. No salió de la residencia, como si el edificio pudiera esconderle y preservar su anonimato.
Al amanecer del segundo día comenzó a relajarse. Todo seguía igual. Volvió a la aburrida rutina del trabajo y a la excitante pasión del ocio. Aderezó este último con la búsqueda de libros nuevos y con las charlas de esas amistades recientes que le deslumbraban. La angustia y la inquietud del primer día, que ahora daba por injustificadas, se habían disipado como la niebla. El paso del tiempo, se dijo, apisonaría el olvido. Eso se empeñó en pensar Lázaro y, a fuerza de pensarlo, terminó por creerlo.
El tercer día ya daba el muchacho aquel asunto del sobre por zanjado y, crecido interiormente, se avergonzaba de sí mismo por haber tenido las temerosas dudas de un tonto pusilánime. Se creyó fuerte, con el peso del dinero calentando su bolsillo.

Eran más de las doce. A medida que se alejaba del centro, los pocos viandantes iban desapareciendo. Al regresar aquella noche había de atravesar el viaducto, como todas, en dirección a la residencia. A aquellas horas no vio a nadie transitar por el puente. Apresuró el paso.
Había pasado las últimas horas en la cafetería Eslava con varios de aquellos profesores y estudiantes a los que tanto admiraba y a los que pudo invitar aquella noche a una ronda, silenciando el origen de su inesperada esplendidez.
Caminaba entusiasmado, lleno de ilusión, pensando en los libros que aquella mañana había encargado en la librería de la cuesta de San Salvador. Le habían dicho que dentro de una semana, a lo sumo, los tendría allí. Ansioso por descubrir esos nuevos tesoros su cabeza imaginaba mil aventuras intelectuales nuevas.

Llegando al centro del viaducto un hombre con gabán de unos treinta años, al cruzarse con él, le pidió fuego. Tras echarse la mano al bolsillo y darle lumbre, el del gabán, a la luz del mechero, le mostró discretamente una identificación de policía. Lázaro salió de su ensimismamiento como si de repente hubiese pisado en el vacío y cayese en un pozo. Súbitamente nervioso, no llegó casi a distinguir aquella documentación de cuya autenticidad, sin embargo, no dudó. En ese momento, otro hombre, algo más joven, que debía seguirle, llegó por su espalda y así Lázaro quedó entre ambos.
-Lleva usted poco por aquí, ¿verdad? –dijo el del gabán.
-Sí, apenas tres semanas –contestó Lázaro tímidamente con voz queda.
Los dos hombres le observaban con desconfianza pero, enseguida, su actitud inicial, prevenida y amenazadora, se relajó al notar el susto del muchacho.
Tras unos segundos de silencio, el que fumaba dijo:
-¿Sabe usted que en la parte del ensanche, al lado del viaducto al que usted se dirigía, hubo un campo de prisioneros?
-No, no lo sabía –Lázaro casi había perdido la voz. Pero su mente encajó el tiempo verbal como un puñetazo: ¿Cómo que me dirigía?, pensó alarmado.
El policía sonrió, seguramente satisfecho de la inseguridad y el temor que había producido en el joven, y, tras unos segundos, añadió:
-Pues sí, lo hubo. Todas las mañanas los penados atravesaban este viaducto para ir a reconstruir la ciudad, en ruinas por la guerra, ya sabe. Algunos, cansados de la dureza de su vida, saltaron por esta barandilla para no enfrentarse a un destino que veían oscuro, sin salida. Claro que, de eso hace ya bastantes años y, sin duda, a un joven como usted estas cosas no le interesarán.
Lázaro, entre los dos hombres, miró la barandilla de hierro fundido y, debajo, la negrura nocturna y sin fondo del barranco con sus ochenta metros, tenebrosos y mudos, de vacío. La compañía de los dos policías y la visión del barandal, tenuemente iluminado por el alumbrado público, no le daban ninguna tranquilidad.
La orden escueta del policía le sacó de sus temerosas conjeturas.
-Acompáñenos. El comisario Mansoz desea conocerle.
Tan impresionado estaba Lázaro por el encuentro, que no se atrevió a hacer pregunta alguna y, sumiso, les acompañó en silencio. Dieron la vuelta y, con Lázaro entre ambos, llegaron a un coche discreto, sin distintivos policiales, que estaba aparcado en el extremo del puente. No se veía a nadie por los alrededores. En el vehículo tornaron hacia el casco viejo de Alfambra.

La comisaría era un bloque aislado, amplio y anguloso, con la estética de los edificios oficiales reconstruidos en la época a la que hizo alusión el policía. A la puerta  vigilaba un guardia de uniforme que les hizo una señal, franqueándoles la entrada al garaje subterráneo.
Por unas escaleras estrechas subieron a la planta principal. En el recibidor había un mostrador a esas horas vacío. Pasaron al interior de la comisaría y entraron en la antesala de un despacho. Dejaron allí a Lázaro tras mandarle que se sentara en un banco de madera y decirle que esperase hasta que se le avisara. Durante un buen rato lo único que oyó fueron las pisadas de los dos policías alejándose.
Lázaro estaba muy nervioso. Pensó que aún le quedaba la mayor parte de lo que le habían dado en el prostíbulo y, muy alterado, contó los billetes que tenía en la cartera. Estaba dispuesto a confesarle todo al comisario y a pedir las disculpas que hicieran falta. Lo poco que gastó se lo devolvería en cuanto reuniera algún dinero. Al día siguiente anularía el pedido de los libros.
Al cabo de un rato salieron los dos policías y se dirigieron a la calle sin mirarle. Se prolongó una espera que al muchacho le hizo consumirse en conjeturas.

-Pase usted –dijo desde la puerta del despacho un policía uniformado cuando Lázaro, tras media hora de espera, se sentía totalmente abrumado por la incertidumbre.
Entró al despacho y vio cómo un hombre, con gafas y de unos cincuenta años, ojeaba papeles tras una gran mesa rectangular iluminada por la luz potente de un  flexo plateado. Parecía muy concentrado. El despacho era amplio y tenía sobre la pared, detrás del comisario, un crucifijo y los retratos oficiales. Estaba iluminado, además de por la lámpara de mesa, por una araña sencilla. Por lo demás, carecía de adornos, excepto unas cortinas oscuras y sobrias y media docena de sillas, dos frente a la mesa y las otras cuatro pegadas a las paredes. El comisario no era un hombre corpulento, estaba bastante calvo y el pelo, que aún conservaba en los laterales y detrás del cráneo, era rizado y negro, bajo la nariz aguileña lucía un bigote fino y unas patillas no muy largas le afilaban el rostro dándole un aspecto casi agresivo, medio agitanado y con un punto chulesco y retador.
Cuando al fin levantó hacia él la mirada y se quitó las gafas, pudo Lázaro observar unos ojillos oscuros y vivaces que se clavaban en él con descaro y le recorrían inquisidoramente de arriba a abajo sin que el comisario pestañeara ni moviera un músculo de la cara.
Le ordenó secamente al policía de uniforme que les dejara solos. En cuanto éste salió, quiso Lázaro hablar para aclarar lo del sobre, pero el comisario le contuvo con un gesto y le hizo seña de que se sentara. Entonces, el inspector se presentó escuetamente y después dijo:
-Bajo ningún concepto es bueno que una persona hable mientras no se le pregunte. Recuerde usted esto de ahora en adelante.
- …
-Usted, seguramente, piensa que está aquí por ese episodio sin importancia del prostíbulo. O que, al menos yo, no quiero dar importancia por el momento –dijo Mansoz recalcando la última frase.
- …
-Pues no es así, no está aquí por ese episodio. Pero, si usted me lo hubiera dicho y yo no lo hubiera sabido, usted me habría dado una información gratuita sin motivo. Así que, en adelante, tenga usted cuidado con lo que dice sin que le pregunten.
El comisario hablaba despacio, recalcando ostentosamente determinadas palabras y sin dejar de mirarle a los ojos. No había amenaza en su tono, pero con su seguridad al hablar y su mirada firme mostraba un dominio apabullante que el educador no había observado antes en nadie.
-¿Pero, entonces? –se atrevió  a decir Lázaro totalmente desconcertado.
-Para la gente del burdel usted seguirá siendo policía, no se inquiete por eso. No tendrá que devolverles el dinero. Es más, si sus visitas por allí no son demasiado frecuentes, hasta es posible que le inviten a pasar el rato con alguna de las pupilas, si le peta, o a tomar unas copas si le apetece. Ese no es el asunto.
El comisario dijo esto en un tono intrascendente y aburrido, cansinamente, con una desgana que tranquilizó levemente al muchacho aunque, la última frase, le devolvió la intriga.
-Pues, entonces, no sé…
-Sí, no sabe usted por qué está aquí. Se lo explicaré. Usted lleva muy poco tiempo en la ciudad. Aquí nos conocemos todos enseguida. Mis hombres, por ejemplo, están perfectamente identificados. Así que usted va a colaborar con nosotros porque es un buen ciudadano y porque nosotros sabremos agradecer su colaboración.
-Pero, ¿en qué?
-No hace falta que le explique lo bien que ha caído usted en el ambiente, digamos… “intelectual” de esta ciudad. Me refiero a esos círculos de… “modernos eruditos” que a usted le gusta frecuentar y a cuyos miembros admira. Hemos comprobado que, quizá por esa ingenuidad que usted no es consciente de tener o por su ilimitada capacidad de admiración hacia esos… “tipos” o, tal vez, por su aspecto correcto y comedido, ha sido aceptado entre ellos sin recelos. Y eso es interesante para la policía, porque ésos son ambientes vedados para nosotros pero que, sin embargo, nos interesan mucho. ¿Entiende?
Al muchacho se le hizo la luz.
-¿No querrá usted que sea un soplón?, que pase por lo que no soy… -se ofendió Lázaro, perdiendo de repente su boba candidez y también la poca calma que le quedaba.
Pero el comisario Mansoz fue tajante:
-Cállese. Anteayer pasó usted muy bien por policía y tampoco lo es. Y ya ve que yo no se lo recrimino. Y podría hacerlo con más rigor del que imagina y con unas consecuencias que a usted se le escapan.
El comisario se mostró abiertamente amenazador pero, al instante, prosiguió en un tono benevolente:
-Sin embargo, he decidido aprovechar sus habilidades en beneficio de nuestra sociedad, es decir, de todos. ¿Estará usted de acuerdo en que la policía debe velar por el bienestar de los ciudadanos? ¿No es así?
Lázaro creyó oportuno asentir con la cabeza.
El comisario sacó entonces un cigarrillo de una petaca metálica que tenía sobre la mesa. Golpeó la punta del pitillo varias veces, pausadamente, contra la piedra azul de un ostentoso sello que llevaba en el dedo anular de la mano izquierda. Luego lo encendió con un Ronson chapado en oro, dio una calada profunda y exhaló lentamente el humo hacia el techo. Tras esa pausa, continuó:
-¿Soplón, dice usted? –hablaba ahora con un tono de bondadoso cinismo- Le estoy pidiendo colaboración ¿No le parece mejor llamarlo así? Necesitamos una persona como usted. No le pido nada extraordinario. Sólo tendrá que llevar la vida que lleva ahora y relacionarse con la gente con que se ve habitualmente. Puede seguir con su aspecto o cambiar a otro más extravagante o desaliñado como esos… “intelectuales”, pero necesito toda la información que de ellos alcance a conocer y, desde luego, sería de crucial importancia, si descubriera usted la relación de alguno de esos… “individuos” con asociaciones clandestinas, con partidos ilegales, ¿comprende?
-Pero si yo vengo aquí, a la comisaría, pensarán…-quiso buscar Lázaro el escape de una excusa.
-Usted no pisará esta comisaría bajo ningún concepto, a no ser que mis hombres le detengan y, en ese caso, lo harán de tal modo que quedará usted libre toda sospecha –zanjó el comisario.
-Entonces me va a ser difícil comunicarme…- balbuceó el inicio de otra excusa al muchacho.
Pero Mansoz le cortó nuevamente:
-No. Cada quince días, si todo discurre normalmente, escribirá usted una carta sin remite al apartado de correos número 30, dirigida a la Editorial Fidélitas. En esos informes me tendrá usted al tanto de cuando deseo saber. Pero, preste atención, si se entera de algo que le parezca de especial interés, me lo hará saber lo antes posible, sin esperar a los quince días habituales entre informe e informe, ¿de acuerdo? No olvide la dirección ni el apartado.
-Pero, mire, yo estoy arrepentido. Había pensado en devolver el dinero y no deseo…
-No hay peros que valgan. No le estoy dando a usted más alternativas, ni su arrepentimiento me sirve –y Mansoz recobró su tono de cinismo chulesco- ¿No le gustó hacer de policía? Pues ahora lo va a hacer de verdad y, lo que es más, para servir a su país como es su obligación, ¿comprende? No lo olvide, cada uno tenemos que aportar nuestro grano de arena para que reine la estabilidad y el orden. Es nuestro deber. A finales de cada mes pase por el burdel, ellos le darán un sobre con el triple de lo que le dieron la primera vez. Si nos encontramos, usted no me conoce.
-Pero, entonces, ¿es que me van a pagar los del burdel?
-Eso no es asunto suyo. Espero no tener que hacerle traer aquí. No me gustan las estupideces, ni repetir las cosas. Puede marcharse –el comisario bajó la cabeza y, sumergiéndose de nuevo en sus papeles, hizo un gesto leve con la mano en el aire, como el que espanta una mosca molesta.

Lázaro dejó el despacho y atravesó las dependencias policiales sin darse cuenta de que lo hacía casi de puntillas, con ávida prisa por salir de allí. Se cruzó con el guardia uniformado e indiferente de la puerta y sintió la atmósfera fría y oscura de la calle. Encendió un cigarrillo y lo aspiró con ansia. Se encaminó hacia la residencia por las calles vacías, bajo las luces mortecinas. Atravesó el desierto viaducto con paso firme, acelerado, sin mirar a los lados. No acertaba a comprender lo que le estaba sucediendo. Y cómo, por una chiquillada sin sentido, se había metido en semejante ratonera.

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8 comentarios:

Sara dijo...

Es fabuloso cómo -de un modo totalmente creíble- has desviado la trama hacia el "espionaje".

Pobre Lázaro, lo tienen bien cogido, ¿eh? Francamente, cuando decía que lo del dinero traería consecuencias, ni por asomo podía imaginarme una extorsión como ésta.

Me ha encantado ese devenir en la psicología moral de Lázaro por el que pasa de la preocupación inicial a una cierta tranquilidad para auto convencerse, al final, de que el tiempo todo lo borra. Sí, en efecto, Lázaro es un ingenuo.

¿Te he dicho ya que me está encantando?

Besitos.

Soros dijo...

Gracias, Sara.
Más que espionaje, que resulta un poco exagerado, a Lázaro le desviaron hacia el oscuro mundo de los confidentes. Una palabra muy fina para designar una tarea repugnante. En la época era frecuente. La policía quería tener ojos y oídos en todas partes. Supongo que hoy, en determinado ambiente, también los tendrán.
Sobre todo, me alegra que te siga gustando. Y, también, que el giro del relato te haya sorprendido.
Besos.

Ángeles dijo...

Pues sí, un giro argumental inesperado y un cambio de atmósfera muy interesante. Se crea mucha expectación en el lector.
Vamos, lo que hacen los buenos escritores ;)

Soros dijo...

Gracias, Ángeles. Espero mantener esa incertidumbre hasta el final.

Conxita Casamitjana dijo...

Pobre Lázaro en qué malas compañias se ha encontrado, haga lo que haga va a recibir. Se veía que ese "regalo" envenado del prostíbulo le iba a traer consecuencias. Voy a seguir con la continuación.
Abrazos

Soros dijo...

Conxita, el entusiasmo de Lázaro le llevará a conocer a mucha gente y, también, a conocerse a sí mismo. Me encanta que sigas la narración.
Gracias por tus comentarios.
Abrazos.

palomamzs dijo...

Pobre Lázaro, le va a tocar hacer de topo. Con lo entusiasmado que estaba él con sus intelectuales.
A ver cómo se escapa de esta.

Soros dijo...

Palomamzs, lo de topo será una más de las cosas que el muchacho cate. Pues, lo mismo que no esperaba esto, se dará de bruces con más cosas. ¡Qué se yo si espabilará!