15 noviembre 2009

La canción más triste

Había que reconocer que don Abilio era un hombre excéntrico. No hacía falta tener la agudeza de un medidor de tendencias, ni la finura intelectual de un experto en encuestas, para percatarse, a más de cien metros, de que era un señor muy extravagante.
Lo primero que se apreciaba era lo inusual de su vestimenta: riguroso terno oscuro y capa española, con sombrero negro a veces. De cerca, se imponía su corpulencia, su obesidad algo torpe y el deslizarse de ese cuerpo de navío por las aceras, dejando a su paso, a cada lado, sendas estelas de pestín a sudor más o menos rancio. Carrilludo de cara, estaba su cabeza redonda coronada por una calvicie de las que dejan el cráneo brillante, casi pulido, que destellaba al sol gracias a esa grasilla protectora que la piel sabiamente dosifica. Intentaba paliar su miopía con unas gafas de cristales tan gruesos que quedaba la duda de si por ellos llegaría a ver algo o eran, solamente, tapaderas para sus ojos de topo. Pero, sobre todo, eran esas gafas de cristales recios, concéntricos y que parecían superpuestos, las que le mostraban más alejado del mundo que cercano a él.
Era profesor de filosofía y, tal vez por ello, hombre ensimismado, que hablaba poco y que, de habitual, mostraba un aspecto pensativo. Cualidades todas que no le impidieron, ya en la cincuentena, fijarse en una alumna suya menor de edad y meterla en casa. Mas, como vivía con su anciana madre, que se opuso a sus amores y repropió su comportamiento, resolvió el asunto prescindiendo de ella. La ingresó por ahí en un asilo, vamos, en una palabra, la sacó de su vida.
No eran esas todas sus rarezas. También se hizo famoso, sobre todo, por dirigirse por la calle a cualquiera para preguntarle de sopetón, como me hizo a mí, sobre las cuestiones más inesperadas.
- ¿Cuál cree usted que es la canción más triste?
- Pues no sé decirle.
Un mes después, cuando daba yo por olvidada la cuestión, me paró de nuevo.
- La he encontrado.
- ¿El qué?
- La canción más triste.
Y, tras rogarme que reflexionara sobre ella, me la cantó a voz en grito:
“Ya no vienen los que antes venían
a cantar al alba con gran devoción
los gaiteros se han marchado a Estella,
los tamborileros para Castejón.
Nos han dejao solos a los de Tudela
por eso cantamos de cualquier manera,
nos han dejao solos los de Castejón
Arriba la bota, arriba la bota, arriba el porrón”

Recalcó especialmente lo de “Nos han dejao solos a los de Tudela”. Y debo decir, para dejar los hechos bien claros, que don Abilio, aunque gastaba capa más buena que mala, no era bebedor.

2 comentarios:

Piel de letras dijo...

No se... ese don Abilio, en lo físico me recordó al querido Matías. Por lo demás, me causa repelos que se haya metido con una menor, para peor, alumna suya y que de pilón viviera con su madre a los 50.
No me simpatiza ese filósofo.

Soros dijo...

Me lo temía. Pero tendrías que haber visto a la menor. Y no se metió con ella, la metió en su casa, pero con la aquiescencia de la damita.
Por otro lado, don Abilio, no simpatizaba con nadie. Así que así fueron las cosas, Piel de Letras. ;-)