26 noviembre 2009

El exorcista


El exorcista, franciscano maduro, narra como milagros los cuarenta exorcismos que hizo con éxito. Si fracasó en alguno, lo calla, pues, si le hubiera sucedido, no hubiese sido ocurrencia sensata el hacer tan imprudente publicidad al Enemigo.
Siempre relata minuciosa y cronológicamente los hechos acaecidos, aportando datos muy precisos, fechas, nombres, testigos y referencias. Tal y como conviene en las narraciones serias de estos hechos.
Pero, entremedias de ellos, hay una excepción. Es uno de esos prodigios que, a tenor de la fecha, hizo el primero.
La primera impresión es que se trata de una errata o confusión pero, al citar varias veces la fecha sin variarla, parece que no fue tal. Tampoco lo pone el primero, siendo ésta la única vez que no respeta la cronología. Como si hubiera tenido una distracción, lo mete entre los demás milagros numerándolo, excepcionalmente, con un orden caprichoso.
Por la fecha, lo practicó con tan sólo 19 años. Cosa curiosa, no sólo por lo precoz, sino porque el siguiente, que él numera como primero, lo haría casi a los cuarenta. Siendo ya hombre maduro y de costumbres graves como la jerarquía de la Iglesia recomienda.
Además, en este prodigio, es en el único en el que nuestro concienzudo fraile no puede precisar los nombres de los interesados ni de las familias, cosa rara en él, ni tampoco menciona testigo alguno salvo él mismo.
Recuerda, sin embargo, que la interesada era una moza recién casada, de 20 años, de la que había olvidado nombre y familia, según dice. Ella, obviamente poseída por el Maligno, mostraba, por encima de todo, un gran aborrecimiento a su marido y, cómo no, a todo lo divino.
Por los buenos oficios de nuestro fraile, llevada la moza a una ermita cercana bajo la advocación de una virgen poderosa, consiguió nuestro neófito exorcista su milagrosa sanación.
Solamente cita dos detalles más: que su madre, que había ofrecido una alhaja si la hija curaba, no cumplió después con la promesa ni se supieron las razones de ello; y que la hija, luego de curada, comenzó a querer al marido tanto como antes lo aborrecía.
Por último, cita que, tras los más de veinte años trascurridos, la interesada vive, está bien de salud y mora, felizmente avenida con el marido, en un pueblo cercano.
Me he quedado pensando que la vanidad es tan atrevida como selectiva la memoria. Pensar más cosas sólo sería hacer conjeturas o, peor aún, escuchar los susurros del Engañador al oído. Vade retro.

4 comentarios:

Piel de letras dijo...

No se, no se... esta anécdota... como que me suena. ¿Algo qué ver con Abam?
Ay la mente de uno que va que vuela, que viene y va. Y la mía en particular... malísima. Mas bien recuerdo sensaciones. Debe ser eso.
¿Qué se yo?
;-)

Soros dijo...

Piel de Letras, hay veces que uno lee algo y se pregunta si será capaz de sugerir en un artículo lo que sintió.
Eso es todo lo que hay en este en ese texto: un intento.

Ángeles dijo...

Pues vaya con la curación. Medicina milagrosa le daría. O alguna técnica celestial.

Soros dijo...

Cada uno puede quedar con su teoría. Tengo yo la mía, mas mucho me guardaré de decirla por aquello de no levantar falsos. ;-)
Saludos, Ángeles.