05 noviembre 2009

El amanecer de la contradición


Amanecía lentamente, como amanece siempre, sólo que, con aquel frío intenso y seco, parecía que el día estuviera aquejado de una pereza en blanco y negro, de una grisura extraña y hueca, que sólo tienen algunas mañanas especiales de invierno en la meseta. El campo, blanco como si hubiese nevado, estaba tan silencioso que parecía huérfano de cualquier atisbo de vida. El aire helado no se movía, como si pesara más que de costumbre y toda aquella atmósfera parecía nueva e irreal, igual que un regalo envuelto y aún sin estrenar. Tal vez, pensó, apenas durante un segundo, que justo la hora del amanecer fuese la más fría del día. Seguro, se dijo.
La escarcha brillaba, espesa, dura y densa, con las primeras luces, recubriéndolo todo: el suelo, las hierbas, las matas, las cortezas de los árboles, los olivos, los rastrojos, las viñas, los cardos… hasta el hielo de los charcos con una capa polvorienta, escamosa y crujiente. Ésta crepitaba bajo sus botas haciendo que, en aquel silencio, le pareciese que el sonido podía oírse a mil metros y que producía un estrépito innecesario y escandaloso en aquel vacío que, más que roto, parecía profanado por sus pisadas intempestivas. Sin embargo, embobado por el espectáculo, se quedó absorto un largo rato observando aquel panorama que se le antojaba irreal, imaginario, casi fantasmal y, sobre todo, estático y suspendido en el tiempo. No se atrevía a moverse porque le parecía que, de hacerlo, se desbarataría aquel encantamiento, aquella visión casi sobrenatural.
Caviló en que, de no ser por su afición por la caza, se habría perdido aquel espectáculo y también tantos otros similares como en sus días de madrugador de la escopeta había visto. Y fue una de las veces en que padeció lo contradictorio de aquella pasión. Aquella mañana en el paraje de Cerro Pozo, lindando con Valdelhombre, se le quedó grabada para los restos. Y, aunque se sacudió la impresión de la cabeza, siempre le quedó en ella la cuestión de por qué un hombre, capaz de apreciar aquellos sublimes espectáculos y emocionarse ante ellos, tenía, luego, sangre fría para disparar. Contradicciones. Pero, entonces, sólo quería cazar y esquivaba todo pensamiento que le desviase de su ardiente deseo. Sin embargo, la duda, ahí quedaba, en estado latente. Aunque él quisiera ser entonces ciego y sordo y, además, se empeñara en ello hasta el extremo.
Aquella noche había dormido mal. Como siempre que tenía una jornada de caza al día siguiente se la pasó calculando, sobre el terreno ya conocido, dónde estarían las perdices al amanecer, donde volarían según el día y qué ocurriría si por las causas que fueren, ese día, habían trastocado sus querencias y no las hallaba donde suponía. La maquinaria de su cabeza tenía todo previsto aunque, sobre el terreno, tenía prestancia y rapidez para cambiar de rumbo en un momento dado, si la caza lo exigía. Pasó la noche imaginando. Y, como siempre, lo último que imaginó fue cuáles serían y dónde estarían, en ese momento, los animales que, por su causa, habrían de estar muertos al día siguiente, apenas unas horas después. También se preguntaba en base a qué los hombres nos habíamos adjudicado jurisdicción sobre todos los seres vivos de la tierra. Pero, nuevamente, como esos pensamientos estorbaban su loca pasión, los desechaba. Pero ellos se quedaban allí, como garrapatas, agarrados a su conciencia.
El día de antes había avisado a Luis, el encargado de La Dádiva. Tal como Gaudeano le había dicho, para que no se alarmase si oía tiros.
Había dejado el coche a tres kilómetros, mucho antes de que amaneciera, porque no quería que nadie estuviera esperándole cuando volviera a él.
Conociendo el terreno palmo a palmo, se había adentrado en el coto hasta la linde más lejana al caserío, desde donde los tiros apenas se sentirían.
Sólo llevó un macuto del ejército con dos litros de agua, la canana de treinta tiros y una reserva de otros cincuenta, porque nunca estaba de más que sobraran cartuchos. Había decidido despedirse de aquella finca en condiciones.

4 comentarios:

isidro dijo...

Poético el relato, que cala... y además, promete.

Saludos

Soros dijo...

No te fíes, a veces, los relatos, al eclosionar como huevos, sale de ellos algo diferente a lo esperado. ;-)
Saludos, Isidro.

Piel de letras dijo...

Un hombre de contrastes ese cazador. Sensible a la belleza agreste del entorno, pero fiel a su pasión por matar a sangre fría.

Curiosos extremos...

Soros dijo...

Estaba dominado por la pasión por la caza. En esa pasión la muerte es algo secundario.
Para matar a sangre fría no se necesita ser cazador. Puede que lo único que le entristeciera de la caza al personaje fuera eso: que finaliza en muerte. Pero finalizan tantas cosas en muerte... y están bien reputadas.