20 noviembre 2009

El santero


“…el Diablo, Satanás, y los otros demonios fueron por naturaleza creados buenos por Dios, pero se volvieron malos por su culpa…” (IV Concilio de Letrán)


El santero era un hombre viejo pero enteco. Poco pelo, barba poblada, blanca hacia abajo y negra en la boca, solía ir de hábito con una especie de sobrepelliz que recordaba a los gabanes alentejanos. Entre sus manos grandes y huesudas un devocionario sobado y de pastas grasientas encontraba seno, aunque nadie le vio nunca leerlo ni tampoco soltarlo. Con el gesto grave, fruncido el ceño, la mirada intensa y persistente, no era hombre que gastase muchas palabras ni saludos y parecía que, más que boca, necesitaba exclusivamente la mirada para decir lo que quería. A su ermita, cuando anochecía, acudían los pobres de pedir: pordioseros de pueblo, mendigos de ciudad. Los niños le tenían miedo y rara vez se acercaban a los alrededores de la ermita.
Un perro lobo grande y más flaco que gordo vivía con él, amarrado, durante el día, a la reja de una ventana, suelto por las noches. El perro no ladraba y estaba alerta con las orejas tiesas de continuo y sólo se deshacía de temor y sumisión cuando el santero se acercaba. En su presencia se pegaba al suelo y, si ésta persistía más de lo habitual, se orinaba.
Se decía que los pobres habían de darle parte de sus limosnas para gozar del improvisado albergue en que convertía cada noche la cueva donde la ermita se ubicaba. Aún más bajo, casi en un susurro, comentaban que, si había alguna mujer, la metía con él en los aposentos de la ermita y se cobraba de ella la caridad que le hacía. Pero ellas lo negaban porque les daba de cenar, les convidaba a vino y porque no querían que otro día no les recibiera.
Ioana era demasiado joven para hallarse en aquella situación. Mas, extranjera, sin familia, en mitad de aquella crisis y habiendo ya probado todo se encontró por primera vez sin nada: casa, comida, dinero, amigos. Aquella noche la pasaría en el improvisado albergue, después, agotadas todas las posibilidades, haría lo que menos deseaba: intentaría volver a su país.
El rijoso santero reparó enseguida en ella cuando sus ojos ávidos miraron a la miserable concurrencia que para aquella noche tenía esperando. La juventud de la muchacha no era frecuente entre las hordas de pobres que había conocido. El viejo, de inmediato, le ordenó que pasara a sus dependencias cerrando tras de ella la puerta, dejando que todos los demás se organizaran a su suerte en aquel antro ahumado de la cueva. Cegado por la deslumbrante frescura de la muchacha no les pidió siquiera, aquella vez, el acostumbrado donativo para pasar la noche. El grupo de indigentes se organizó, haciendo de la improvisación una virtud, y los más veteranos hicieron fuego en una esquina y se agolparon todos con mantas, sacos y abrigos en la cueva que, al poco, ya se había caldeado. Sacaron sus pedazos de pan, sus cajas de vino peleón, sus latas de conservas, sus trozos de embutido y cuantas sobras les habían dado por las casas del pueblo cercano. Y con aquella cena compartida sellaron un trato de amistad que duraría, al menos, para aquella noche. Ninguno se durmió sin haber cenado algo y, todos lo hicieron, protegidos por aquella solidaridad tan frágil como pobremente sellada. Pero a la especie humana le basta poco para sentirse bien.
Nacida en Sibiu, al pie de los Cárpatos rumanos, Ioana estaba acostumbrada al frío seco y denso de las montañas y también, y eso lo pensó mirando al viejo, a los hombres maduros obsesionados por mujeres jóvenes y solas. Los ojos del santero le habían hablado en el idioma viejo que ella conocía desde niña. Sabía de cabo a rabo lo que quería. Pero no sentía miedo alguno porque se sabía protegida. Recordó a su abuela, la vieja Hebe, y, metiendo la mano en el bolso lo notó. Allí estaba. Había estado a punto de venderlo pero la vieja le había dicho que no se deshiciera de aquello, que aquel amuleto había acompañado a las mujeres de su familia desde que ella tenía memoria. Sintió el frío del metal y su tacto sedoso y se serenó.
Miró al santero. El deseo casi le hacía babear. Había perdido esa fachada mística con la que tan bien sabía dignificarse. Ahora parecía simplemente lo que era: un viejo baboso ansioso por palpar su carne joven. Se volvió a él. Notó como su seguridad le hacía detenerse asombrado por una falta de sumisión que hasta entonces no había conocido. Le miró a los ojos fríamente. Los ojos oscuros del santero brillaban como ascuas, pero la mirada directa y fría de Ioana pareció que enfriaba aquel fuego. El santero titubeó. Se detuvo en su camino a ella. La mirada de la mujer parecía una barrera insalvable. El santero acababa de notarlo. Temió que sus deseos no se cumplieran pero, cuando aquella mirada casi le había helado, vio como la joven mujer, tranquilamente, comenzaba a desnudarse con toda naturalidad, como lo haría si fuera a darse un baño o a cambiarse de ropa. No había en sus movimientos ningún extraño, ninguna brusquedad, no salió de su boca una palabra y, bajo la ropa que se iba quitando, aparecieron las redondeces de un cuerpo perfecto, moldeado, con toda la gracia de las curvas puras, sin arrugas, iba apareciendo su cuerpo firme y sereno con la misma rutina cotidiana que el sol por la línea del Este.
Desnuda como el día se plantó ante el viejo. Éste, impresionado tanto por la belleza de la mujer como por su actitud, quedó indeciso. Lo primero que hizo temblorosamente fue dejar el devocionario, que nunca salía del seno de sus manos, sobre la mesa. Luego, llevado por las prisas ante el regalo inesperado que tenía delante, se puso nervioso y no supo si desnudarse o abalanzarse en directo sobre aquel cuerpo tentador. Entonces Ioana, sin vacilación alguna, sacó el amuleto de su bolso aprovechando aquella indecisión y levantándolo ágilmente lo dejó caer sobre el devocionario del santero. Quedó éste clavado en la mesa, atravesado de parte a parte por el puñal de plata de Ioana. Tenía una hoja ancha con un grabado de dos serpientes enlazadas a lo largo de ella. Tembló el santero al contemplarlo clavado en su devocionario. Miró aterrado a la mujer ante el destello de aquella plata.
Ella, desnuda, sin pudor alguno, con las piernas ligeramente abiertas y los brazos en jarras, mostrando ostentosamente la gravidez atrayente de su pecho y el pelo rizado de su pubis le espetó con dureza:
- Ven aquí y veamos, viejo, lo que sabes hacer. Si me complaces puede que te lleve conmigo a Transilvania.
El santero rompió a temblar. Miró el devocionario pero no se atrevió a recogerlo. Retrocedió y salió de la estancia. Atravesó aterrado el recinto de la cueva ante las miradas extrañadas de los pobres que yacían al amor del fuego. Buscó al perro en la noche oscura y en su única compañía pasó la noche. El animal, que por una vez le perdió el miedo, le prestó su calor hasta el amanecer. A la mañana siguiente marchó el santero con el perro y nunca más se les volvió a ver.

2 comentarios:

Piel de letras dijo...

¡Ahhhh!
Muy requetebien.

:-)

Soros dijo...

Puede, de repente, aparecer alguien que a cualquier santero le come la moral. Esas cosas pasan. :-) Sí.