21 noviembre 2009

El simple secreto de la tierra


La veía todas las mañanas al ir al colegio. Bueno, la verdad es que, poco a poco, averiguando una calle nueva cada día, terminé encontrando aquélla donde vivía y, enseguida, también el portal de la casa que habitaba.
La veía venir, inalcanzable, disimulando mi torpeza de preadolescente mientras disfrazaba aquella emoción desconocida. Después de tantas mañanas, una, reuní la osadía necesaria para volverme a verla tras cruzarme con ella sin mirarla. Quería contemplarla de espaldas, e impunemente verla irse, porque pensaba que a ninguna otra cosa tenía derecho. Me encontré con su cabeza vuelta que, inmediatamente, se giro hacia adelante, igual que hizo la mía instada por un reflejo culpable de vergüenza desconocida y sorprendente.
Y pensaba, por desconocimiento, algo de lo que pienso ahora, por aproximación. Quizás comencé a imaginarlo entonces: a hacerme a la idea de que ellas eran el centro de la tierra.
Con los años reparé en que todos veníamos de una. Que hubo una que nos puso en la tierra y sólo, a través de otras, conseguimos continuar en ella. Como si, de un modo u otro, no se libraran nunca de llevarnos en su seno. Como si su seno fuera nuestro sino involuntario, indispensable, inconmovible: un destino certero.
Puede que, hace muy poco, me viniera el juicio, ese que siempre pensamos que tenemos, y con él la idea de que reside en ellas algo telúrico, como la gravedad, que, sin conciencia nuestra, nos imanta. Un aroma especial que, por adictos, ya ni percibimos. Una invitación tranquila, a veces, o intempestiva, como la necesidad, a entrar donde salimos. A recobrar. A refugiarnos sin saber lo que hacemos, incluso pensando que hacemos lo contrario. Inconscientes, como animales orgullosos pero desvalidos e, incluso, raras veces sensatos.
¿Será el miedo a la intemperie?, me dije, arropándome de cinismo una vez más. Pero viendo a una mujer mover un visillo o correr una cortina, con un gesto grácil de la muñeca, comprendí que son capaces con idéntica facilidad de quitarme los pesares de encima, de ahuyentar los miedos escondidos del que no entiende las cosas importantes que, ellas, por el contrario, llevan escritas en el alma e impregnadas en las manos. Como si en el fondo de nosotros residiera siempre un niño y sus manos, de madres o de amantes, tuvieran la virtud de poseer la calma. Y fueran, por si algo les faltara, maestras de lo desconocido. Y, como compañeras, confidentes y amantes poseyeran, sin saberlo, el simple secreto de la tierra.

4 comentarios:

Piel de letras dijo...

Señor Soros. A ultimas fechas, encuentro lo que escribes (algunas cosas, claro) mas echas a describir y descubrir arcanos ancestrales.
Me gusta lo que haces con la palabra escrita.

Beso

Soros dijo...

Pues hago lo que puedo, no hay más.
Pero gracias por lo que dices. :-)

Ángeles dijo...

A mí me has dejado con la boca abierta, por la palabra y por el pensamiento.

Soros dijo...

Ángeles, algunas veces pienso que la palabra y el pensamiento es lo único verdaderamente propio que nos queda e incluso, con frecuencia, ni siquiera sabes si ambas cosas son del todo tuyas.
Gracias.