24 noviembre 2009

Alcarrias y laderas

Con ese falso, pero confortable, sentido de la propiedad, que la soledad y el silencio me regalan, camino por las alcarrias desiertas, tenuemente iluminadas todavía por el primer sol. Asomo a los barrancos y veo las laderas umbrías dormir bajo la escarcha y, mientras me muevo, observo como, entre el sol y la sombra, suelta la tierra un vaporcillo fino, como de humo transparente, vaho de una respiración lenta, latente y casi perezosa.
Contemplo las laderas de color verde mate y gris ceniza y con variados ocres de madera. Están pobladas de olivos que negrean descuidados, casi escondidos entre la maleza que ya nadie escarda, con una maraña de ramas inútiles que ya nadie poda, con el poco fruto que ya nadie recoge. Veo bancales hundidos con los balates medio desmoronados, tainas arruinadas, sin tejas y con las puertas arrancadas, albercas vacías y arpadas, huertos olvidados invadidos de cenizos, carcasas hueras de colmenas viejas, suertes perdidas que yacen como si el manto de la escarcha fuera el velo que tapara su triste abandono. Por contraste, siento en las manos y la cara cómo el aire frío, de la mañana en calma, se templa despacito por el sol amigo. Y me gusta. Por lo demás, silencio. Además, claro, de esa desolación de fuera que pugna por asentarse dentro, como el gusano tenaz de la melancolía.
Qué fue de los pastores y el ruido a esquilas de aquellos rebaños; adónde fue a parar tanta fatiga construyendo piedra sobre piedra aquellas paredes, tainas y bancales desde hace la mitad de media eternidad; qué habrá sido de aquellos hortelanos minuciosos, de aquellos afanosos labradores celosos de sus lindes y mojones; y dónde mirarán ahora aquellos amos cuyos ojos, dicen, engordaban caballos.
Ni siquiera el ronroneo lejano de algún motor contesta. Es lo que tiene el preguntar sandeces, me digo, y sigo caminando mientras me recreo, distraído, entre tanta belleza abandonada. Los descubrimientos tecnológicos del siglo XX nos han hecho creer que es posible vivir de espaldas al medio geográfico. Ya veremos qué pasa, voy pensando.
Tres corzos brincan cerca, asustados por mi súbita intrusión. En cuatro saltos cruzan el barranco y, con la elasticidad asentada en los lomos, ascienden ágiles ladera arriba. Enseñan desde lejos la imagen blanca de sus cuartos traseros y se paran una vez, a observarme, antes de desaparecer. Sólo, a lo lejos, el ladrido sobresaltado del macho rompe la costra de silencio. Lo agradezco.

6 comentarios:

isidro dijo...

Repite éste paseo todas las veces que puedas, y vuelveló a contar con tanto sentimiento.
Aunque habrá que aprovechar tanto silencio... eso es lo que dice el refrán, no hay mal que por bien no venga.

Saludoss...

Soros dijo...

Repetirlo procuraré en cuanto tenga ocasión pero, si lo cuento más veces, puede que canse. :-)
Así que será mejor que, otra vez, cuente otra cosa.
Un saludo, Isidro.

JK dijo...

Que hermoso inicio para un libro de viajes por tus alcarrias y laderas.

Soros dijo...

Gracias por tu amable comentario FK. Pero ya sabes que estas tierras son muy parecidas, al menos en las lindes, a las tuyas.
Un saludo.

Piel de letras dijo...

Pensamientos que asaltan los paseos matutinos y vespertinos. Reflexiones que llegan sin ser invitadas. Y recuerdos, muchos recuerdos y añoranzas.
¿Dónde fueron todos?
Por lo pronto, a tu cabeza y luego a escribir e inmortalizar todo aquello.

Soros dijo...

Cada vez que veo una ruina, en el sentido más amplio de la palabra, me viene a la cabeza la idea de cuándo se hizo aquello, de cuánto tiempo estuvo en auge, de quién sería el último en abandonar lo que quedó de ello. Me ha pasado desde joven. Y ya es un poco tarde para que pueda corregirme de esa manía.
Pero, Piel de Letras, escribir sí, porque es para mí un ejercicio de imaginación, pero inmortalizarlo es apuntar, en mi caso, muy alto. Siento, de veras, una vez más enmendarte la plana, señora maestra. ;-)