29 marzo 2009

Reacciones


Cuando la noticia del suicidio se extendió por La Fambra, la gente de la calle se quedó sorprendida, pues nadie esperaba del ahora suicida Hilario una cosa tal. Había sido un profesional que pasó algunos años en la ciudad y nunca se le habían conocido irregularidades, excentricidades ni extravagancias, como no fueran las inherentes a ser filósofo que algunos tenían ya por tales. Nadie se lo explicaba. Sin embargo, los mayores sabían que siempre había habido suicidas, que éstos no eran fácilmente detectables y que, curiosamente, el viaducto, desde su misma construcción, les atraía como la luz a los insectos. Se ve que desde aquella altura, y una vez superado el difícil momento de la decisión, comprendían que ya no había marcha atrás y, según dicen los expertos, el suicida verdadero busca algo totalmente efectivo. El viaducto lo era.
El hecho en sí pasó rápidamente a un segundo plano pues, al no ser Hilario de allí, sus restos se llevaron a su ciudad natal, en Galicia, y su viuda, que tras todos los trámites del entierro pidió el traslado, se marchó enseguida y para siempre de La Fambra.
Sin embargo la sombra de la duda y, en algunos casos, también el recelo y el temor se extendieron entre la gente del entorno cultural del que Hilario había sido asiduo. Durante mucho tiempo las cosas no volverían a ser como solían. En las tertulias que el profesor frecuentaba el ambiente se enrareció y nadie parecía querer hablar con nadie ni fiarse de aquellos con los que hasta entonces habían departido alegremente de los temas más variados. Algunos no creían que Hilario se hubiese suicidado, pero no se atrevían a decirlo abiertamente. Así que afirmaban que Hilario no podía haber hecho aquello o, al menos, no podía haberlo hecho sin alguna razón poderosísima. Una razón importante que, a un hombre estable como él aún siendo filósofo, le hubiera desequilibrado por completo. Como el asunto de la política era tabú, nadie se atrevió a mencionar que la muerte de Hilario pudiera tener algo que ver con ella. Sin embargo, algunos tenían indicios del enredo del filósofo con Valeria y, ¿cómo no?, el morboso asunto comenzó a propagarse por La Fambra con esa velocidad que hace lenta la que la pólvora dicen que tiene.
Lo cierto es que los rumores de todo tipo tomaron cuerpo en los distintos mentideros de la ciudad. Si Valeria había pasado desapercibida para parte de la población hasta ese momento, su nombre fue desde ese día de boca en boca y su figura se puso en el punto de mira de todos los dedos índices que pululuban por la villa… Que si Valeria le había dicho que dejara a su mujer por ella, que si Valeria le había amenazado con que todo lo iba a saber su mujer de una vez y por su boca, que si Valeria le había hecho chantaje pidiéndole dinero por mantener oculta su relación, que si Valeria estaba embarazada e iba a montar un escándalo, que si Valeria le había hecho enloquecer dándole celos con un joven, un tal Lázaro, que llevaba unos meses en La Fambra, que si Valeria no sabía de cual de los dos era el hijo que llevaba en su vientre, que se lo había querido adjudicar al profesor porque era el mejor situado, que ahora sería ese tal Lázaro el que habría de cargar con la criatura fuese o no suya… Y, según pasaban los días, la inventiva popular ideaba nuevos matices y detalles que hacían la historia paulatinamente tan complicada como inverosímil aunque, hay que reconocerlo, cada vez más interesante.
La víctima propiciatoria, elegida por la sociedad de La Fambra, para darle una explicación razonable al suicidio de don Hilario Soares, catedrático de filosofía del Instituto de Enseñanza Media y todo un señor, fue Valeria, una muchacha con los dieciocho recién cumplidos y todo lo que ello llevaba consigo. Ella, que al principio quedó tremendamente impresionada por la muerte de su profesor y amigo, no se esperaba tal cosa. Se le hizo el vacío en las reuniones donde antes era bien recibida. De ser considerada una mujer sin prejuicios pasó a ser tenida poco menos que por una ramera. Y, la chica, tuvo que acostumbrarse a que la gente volviera la cabeza al cruzarse con ella para hacer que no la veían y no saludarla, a oír comentarios a sus espaldas una vez que dejaba atrás los corrillos de la Calle Mayor y a ver cómo quien antes estaba deseando invitarle a su mesa, se deslizaba fuera del bar cuando ella entraba. Sólo le quedó Lázaro. Y ella, considerándole su único asidero, no se atrevió a decirle la verdad sobre todos aquellos comentarios por temor a perderle también a él.

Lázaro sabía que tenía que tomar una decisión con respecto a la propuesta de Mansoz. Pensó en contarle a Valeria toda la historia del asunto que se le había presentado pero, finalmente, no lo hizo. Tal vez desanimado porque Valeria no tuvo la confianza que esperaba de ella en aquellas circunstancias, tal vez porque pensó que el contar ciertas cosas era poner en peligro, sin necesidad, a otras personas y también a sí mismo. Es caso es que Valeria, contra lo que Lázaro esperaba, tampoco se sinceró con él ni le confió su historia con Hilario.
Desanimado por el ambiente de la ciudad, por la reacción de ensimismamiento y tristeza de Valeria y sobre todo por su silencio sobre Hilario, Lázaro se dio cuenta de que todo aquello tenía todas las trazas de terminarse, es más, que convenía a todos que así fuera. Viendo el cariz que tomaban las cosas en La Fambra, tanto desde un punto de vista general como para él en particular, se decidió a escribir su informe a Mansoz y, convencido definitivamente, decidió además que fuera el último. Pronto entraría el mes de junio y el curso terminaría. Con el último dinero, que pensaba recoger en su postrera visita al burdel, acabaría su trabajo en La Zambra y volvería a casa. Después habría de buscarse la vida y seguir estudiando. Ya se vería cómo.

Sr. Inspector Mansoz:

Aprovechando su sensato consejo me he tomado unos cuantos días antes de enviarle esta meditada nota que, por lo que más abajo le explico, será nuestra despedida y el fin de una relación que creo que a los dos nos ha reportado beneficios.
Deseo agradecerle, en primer lugar, su ayuda económica durante estos meses por unas informaciones que, las más de las veces, fue para mí un agradable trabajo el reunir y supongo que un relativo fastidio para usted el leer.
Ante el fallecimiento de don Hilario Soares, debo decirle que el ambiente socio-cultural que hasta ahora había frecuentado en La Fambra, y al que usted me tenía vinculado para recibir las oportunas informaciones, está totalmente enrarecido y las personas que antes eran fácilmente accesibles han dejado de serlo para convertirse en sujetos retraídos a los que es difícil sacar palabra de asunto alguno. Parece como si todo el mundo estuviese prevenido y, para qué negarlo, asustado por la brusca desaparición del profesor Soares.
Ante esta tesitura, y desconociendo por completo el ambiente político clandestino al que debería vincularme según sus indicaciones, le comunico mi decisión de desligarme del proyecto que tan amablemente me ofreció en la última reunión que mantuvimos. Le ruego que no lo considere un desaire personal ni lo tome como una falta de agradecimiento, sino como una muestra de responsabilidad por estar convencido de que no podría desempeñar su encargo con la debida eficiencia y por lo tanto debo declinar, agradecido pero realista, su amable y siempre generoso ofrecimiento.
No dude que olvidaré todo cuanto sé de este asunto, tal como usted me pidió, y en mí quedarán y de mí no saldrán todas las confidencias que de su confianza y amabilidad recibí.
El próximo día treinta de mayo pasaré por el sitio acostumbrado para recibir mi última mensualidad y, cumpliendo con el acuerdo entre caballeros del que hablamos en la última reunión, será mi última visita con ese o con cualquier otro fin a dicho local.
Quedando a su disposición le saludo atentamente y le quedo agradecido.
Lázaro

Le pareció a Lázaro que la carta pondría un digno final a su relación con la policía de La Fambra y, calculando que enseguida se vería sin dinero, indagó entre los estudiantes mayores de la residencia sobre la posibilidad de encontrar algún trabajo en verano. Uno de ellos, un tal Blasco, le dijo que en un hotel de la Costa Brava catalana, en el que él había trabajado varios veranos durante lo que los hosteleros llamaban la temporada, andaban buscando personas de sus características. Le dio unas señas y le dijo que, si le interesaba, les escribiera mencionando su nombre que, seguramente, le darían trabajo para toda la temporada que finalizaba a primeros de octubre. Aunque, le advirtió también que tendría que incorporarse cuanto antes si quería que no le quitaran la plaza otros candidatos que anduvieran más listos.

2 comentarios:

Piel de letras dijo...

Qué fácil parece. Aunque estoy segura de que no lo será. Conociendo al autor, va a sacarle jugo a este episodio ¿verdad?

Soros dijo...

Las historias a veces son previsibles y salen como se espera y a veces no. Siempre es igual.