28 marzo 2009

Conjeturas


Aquella noche no pudo dormir. El comisario le había confirmado que la relación de Hilario con Valeria era anterior incluso a su llegada a La Fambra. Maldita sea, por más que disimulara, cómo le dolía la doblez de Valeria. Sí, de acuerdo, estaba callando porque no quería aquella discusión que hubiera supuesto su ruptura con ella. Se decía a sí mismo que era el sexo lo que le mantenía unido a Valeria y que con ella iba a seguir gozándolo hasta que quisiera. Y sí, se había propuesto considerarla un objeto de placer que se usa para eso y nada más y, también se había dicho, que con el tiempo la desecharía, se iría de ella. Vamos, considerándolo de otro modo y sin rodeos, había planeado hacerla su puta particular, así por las buenas, sin que ella fuera consciente de ello. Le pagaría con su misma moneda. Ella, según tuvo ocasión de comprobar, había hecho de él un cornudo cuando le vino en gana. Porque eso era lo que ella había hecho con él aunque no con el desparecido Hilario al que, por lo menos, le había dejado decidir, a sabiendas de la que había, el seguir o no con ella. Él iba a aprovechar la situación, como se había planteado hacer, cuando se serenó tras descubrirlo todo. Sin embargo, no sería posible, tal vez, que no hubiera sido sincero con ella porque le asustaba la idea de perderla. No sería que, antes que romper con ella llevado por la ira, la prefería incluso compartida. No sería este deseo lo que había querido disfrazar de desdén porque su machismo le decía que esa era una salida aceptable para la mentalidad dominante en su entrono. A Lázaro le resultaba embarazoso responderse a estas preguntas, la educación que había recibido se lo hacía difícil. Así que llegado a un punto, su mente se negaba a pensar, se bloqueaba y se evadía voluntariamente hacia otros asuntos.

- Claro, muy bonito, como que a nadie le gusta ir descubriéndose así de rastrero. Después de tanta infancia y pubertad idealista, después de tanto río y tanto mar, después de tanta mandanga… resulta que la vida te demuestra que lo que eres es, primero, un soplón por dinero y, luego, un cornudo y un consentidor por el vicio de acostarte con una tía cojonuda… Me paso yo tanto idealismo por salva sea la parte… y, para acabar así, ¿tanto misterio?
- Vaya hombre, llevaba usted muchos capítulos sin interrumpir. Es que no se da cuenta de que Lázaro estaba descubriendo el mundo verdadero. Ese mundo que a todos nos mete en encrucijadas donde tenemos que elegir, donde nada es sencillo… Además las historias deben de tener alguna enjundia que motive al lector… que le haga pensar…
- No, si ya veo. Ya veo yo lo que le está costando hacerse al dinerito y al sexo. Cuánto sacrificio. ¡Menudo sinvergüenza!, si ya lo dice el refrán del agua mansa líbreme Dios que de la brava ya lo hago yo.
- Bueno, vale. Ahora, si ya se ha quedado tranquilo, ¿me dejará seguir con la historia?
- Siga, siga, que me parece que lo que con ella vamos a aprender va a ser goloso. Y yo que creía que la novela picaresca había pasado de moda… ¡Hay que joderse con tanto mistiquito mosquita muerta! ¡Y mira luego por dónde salen!

Bueno pues el hecho es que Lázaro extendió su circunloquio y, cuando se le hizo insoportable el que tenía sobre Valeria, pasó a otras consideraciones. También, por ejemplo, se percató de que la policía no vacilaba en utilizar la vida íntima de cualquiera para esclavizarle. A Hilario por echarse en los brazos de una menor que, por cierto, lo sería según la ley que por todo lo demás… Y si la policía iba de moral y le achacaba a Hilario semejante desmán, no era acaso él otro menor al que estaba pagando por soplón esa misma policía. Cómo para fiarse.
Por otro lado tenía sus dudas sobre si Hilario, abrumado por la amenaza que pendía sobre su situación familiar y, sobre todo, por la delación que de él había obtenido la policía, habría decidido suicidarse avergonzado de sus actos. Eso era lo que pretendía el comisario que dedujera. Pero y si, tal vez, la propia policía hubiera acabado con él por accidente o intencionadamente por razones que a Lázaro se le escapaban. El suicidio desde el viaducto podía haber sido un montaje capaz de enmascarar, para un forense transigente y afín a la policía, lesiones anteriores. Además, por lo que le conocía, no era Mansoz precisamente una persona a la se le pusiera cosa alguna por delante ni de la que uno pudiera fiarse. Recordó Lázaro cómo le recalcó varias veces que la puesta al descubierto de Hilario había sido cosa suya, como diciéndole que también él tenía su parte de responsabilidad en el asunto del profesor y que tampoco a él le interesaba que dicho asunto trascendiera. Y pensar que cuanto había escrito del filósofo lo había hecho al buen tuntún, como una ocurrencia más, sólo para hacer que la policía le fastidiase. Y claro que le fastidió, y hasta qué punto. Lázaro recapacitó sobre las veces que, sin poder llegar a comprobarlo, desconocemos el alcance de nuestros actos ni la trascendencia que para los demás pueden tener.

- O sea, que ahora, tras soplón, cornudo y consentidor, se le pedía también el ser encubridor y con un poquito de suerte, y a nadita que se lo pensase, un maldito topo traidor… No, si ya te digo. Menudo ejemplar el Lazarín este.
- Haga el favor de callar y no anticipe acontecimientos que, además de interrumpir y hacerme perder el hilo, está usted predisponiendo y confundiendo al lector. Que ya está bien, hombre, que no tiene usted ningún derecho. ¿Me hará el favor de callarse? Además, no ve que el muchacho tenía problemas serios de conciencia. ¿O es que no entiende usted nada?
- ¡Huy, sí señor! ¡No faltaría más! ¡Cómo no, claro que me callo! ¿Confundir y predisponer yo? ¡Huy, que no, que no! De ninguna de las maneras. Dios me libre. Ni por pienso.

Con respecto a la propuesta de Mansoz lo más prudente sería rechazarla. Él desconocía el mundo de la política y más aún el de los partidos clandestinos. Por otro lado ya había visto a dónde le había llevado la relación con ese mundo a Hilario. Afortunadamente aún faltaban unos cuantos días para elaborar el informe en el que tendría que escribir su última palabra. Recordó cómo Mansoz le dijo claramente que, en caso de negarse, ya podía olvidarse de los dineros que le entregaban cada fin de mes en el burdel y, consiguientemente, de la buena vida que había llevado hasta la fecha. Aquel policía conocía muy bien la naturaleza de las personas. Por eso le pidió que se tomara el tiempo necesario para que la impresión de la muerte de Hilario le dejara percatarse de la situación que más le convenía. Bueno, en el peor de los casos, le quedaba también una última visita al burdel para recoger la última paga.

3 comentarios:

Piel de letras dijo...

Trastorno de personalidad múltiple. ESO me vas a provocar. ¿Quiénes son esos dos personajes discutidores?
¿Vas a hacer que me regrese?

¡¡¡Buaaaaaaa!!!

Soros dijo...

Esos personajes son el narrador de la historia de Lázaro y uno que la escucha y que es un poco díscolo y que desde los primeros capítulos interviene cuando le peta.
¿Regresarse viene a ser como irse de cabeza?
Gracias.

Piel de letras dijo...

"Vas a hacer que me regrese" quiere decir que si tendré que volver al primer post de esta historia (que ya lo hice por cierto) para ver de qué iba el asunto. Que como ya te dije, mi psiquis andaba mas extraviada en ese entonces que ahora.
Y pues... de alguna manera sí es irse de cabeza HASTA EL PRINCIPIO... supongo.

Saudades escritor ¡smuacks!

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jejeje estas palabrejas que te pide el verificador me inspiran, lee la que tengo que escribir ahora:
;-P
irshripo