12 marzo 2009

Inesperada reticencia


Llevaba Lázaro unos cuantos meses viviendo de modo regalado. Cumpliendo con lo imprescindible de sus obligaciones en la residencia, posponía los estudios reglados a los que se hallaba ligado y sólo dedicaba sus esfuerzos a leer de modo anárquico, a acudir a las tertulias de sus admirados amigos, donde ya se atrevía a intervenir de vez en cuando, y a compartir cada vez más ratos con Valeria.
Los informes quincenales para Mansoz le robaban poco tiempo y eran para él una especie de entretenimiento cruel en el que se deleitaba contando cosas de las que hablaban en las tertulias, procurando abundar en ellas, a sabiendas de que maldito lo que le importarían al comisario. En cierto modo disfrutaba haciendo perder el tiempo a aquel hombre que lo tiranizaba, pero el hacerle leer sus aburridos informes llenos de comentarios pretenciosos y voluntariamente extensos sobre literatura, filosofía, cine, arte, etc. era su forma pobre de vengarse y demostrarle, eso creía Lázaro, lo muy por encima de él que, culturalmente, aquel ambiente, que el funcionario se obstinaba en espiar y controlar, se encontraba. Aunque Lázaro bien se había acostumbrado a esa tiranía por el dulce contrapeso del dinero. Dinero cuya posesión le estaba creando hábitos nuevos, antes desconocidos e impensables, que ahora le encantaba satisfacer y así no era Mansoz el que le tiranizaba sino que el dinero lo hacía en su lugar. Pero de esto Lázaro no se daba cuenta.
Como todas sus relaciones, profesores y estudiantes, tenían obligaciones y no solían verse hasta por las noches, como no fueran sábados y domingos, a Lázaro le sobraba tiempo para, a la menor excusa, intentar verse con Valeria. Veía en ella una chica decidida, con un arrojo que en La Fambra no era frecuente entre las chicas de su edad. Ella estaba también estudiando pero con frecuencia accedía a las peticiones de Lázaro y sus ratos en común fueron paulatinamente en aumento. A Lázaro le gustaba mucho aquella chica y ella enseguida se dejó querer por compartir con él edad, gustos, deseos y, últimamente, bastante tiempo. Tal vez también, aunque eso a Lázaro no se le ocurría, por ser el corazón amante de su edad que, suspirando por ella, tenía más a mano.
El primer día que tuvieron sexo descubrió él, admirado como siempre por la reacción de las mujeres, que Valeria lo estaba deseando y le dio a la experiencia un valor mucho más profundo y trascendente de lo que convenía, pues le pareció que ambos habían entrado en otra esfera más íntima y que el mundo de sus sentimientos había desembocado, por la vía del sexo, en una comunión y en una especie de unidad que en la muchacha, Lázaro, daba idénticamente por sentida sin intercambio de palabras ni prueba alguna de ello. Y precisamente, sin necesidad de palabras había de ser aquello, y así lo tenía por cierto y seguro, como cosa de cajón. No se le ocurrió consultar tal sentimiento con ella por parecerle cosa cierta e indudable que debiera ser el sexo la prueba más firme de la seguridad de los afectos. Y así quedó Lázaro atrapado en una especie de sincero sentimiento que trascendía lo sexual pero que con ello se retroalimentaba. Lázaro se había enamorado.
El grupo con el que ambos se relacionaban enseguida se percató de la relación que entre Valeria y Lázaro se había establecido y todo parecía ir bien si no hubiera sido por las reticencias hacia el sentimiento de Lázaro con que uno de los profesores, hasta ese momento indiferente, empezó a ejercitarse. Primero lo hizo con disimulo y después con inequívoco, creciente y ostensible desparpajo, hasta que a Lázaro se le hicieron evidentes y por ello dolorosas e hirientes las más de las veces sus palabras. Además de las reticencias, las cosas se fueron enconando pues, el tal profesor, que lo era de filosofía, era un hombre de unos treinta años y no perdía la ocasión, cada vez que Lázaro abría la boca, de dejarle en ridículo burlándose de sus pobres conocimientos de aprendiz en todo, de desmontar cualquier argumento que al muchacho le pareciera consistente, de mostrar un frío desprecio ante cualquiera de sus intervenciones y opiniones o de ningunearle tanto como le fuera posible a la menor ocasión y había que reconocer que, un hombre de su cuajo y formación, tenía posibilidades para hacerlo en todo momento y que si no lo hacía más veces al día era seguramente por pereza.
De todos los desprecios que Lázaro había empezado a probar en su sufrido amor propio era el peor la auto asumida superioridad de su interlocutor. Sin duda esa enorme solvencia, que el profesor de filosofía esgrimía y ante la que él nada podía hacer, le descomponía, pues siempre se quedaba carente de argumentos en las discusiones, falto de rapidez en las respuestas, corto de reflejos y yermo de imaginación al intentar devolver los golpes que las descaradas ocurrencias y el brillante ingenio de su interlocutor le propinaban. Así le fue tomando a Hilario una inquina cada vez más fuerte y enconada pues el filósofo, en las tertulias, no le tenía ni siquiera por persona a considerar y le desdeñaba tan pronto le veía aparecer, sólo con mirarle compasivamente y mostrarle su sonrisa tranquila de superioridad. Llegó un momento que la mera presencia de Hilario era una molestia insufrible para Lázaro, a tal punto de incompatibilidad llegaron.
A Lázaro, interiormente, le llevaban los demonios a la vista de aquella altanería de corte tan fino y sutil y, a veces, también más descarada. Sin embargo, fingía que no le incomodaba la actitud de Hilario y procuraba no perder los papeles e impedir que un arranque de temperamento le impeliera a suplir con violencia, aunque sólo verbal fuera, lo que le faltaba de madurez, temple, formación, ironía y conocimientos. Pero la tirantez entre los dos se hizo evidente y las sonrisas burlonas entre los habituales se hicieron frecuentes ante las brillantes intervenciones de Hilario para, siempre que podía, dejar en evidencia, cuando no en el ridículo más crudo, a Lázaro.
Para colmo de desdichas Valeria era alumna de Hilario y a ella, según decía, el profesor le caía bien y, al parecer, no sentía como propios los acerbos ataques verbales de éste al muchacho. Es más, Lázaro, alguna de las veces, observó de reojo cómo la chica miraba al profesor con esos ojos de admirada entrega que, como fue aprendiendo a lo largo de su vida, se les ponen de vez en cuando, o tal vez sólo cuando quieren ellas, a las mujeres.

4 comentarios:

Piel de letras dijo...

OH, ohhh... esta Valeria y el filósofo... me da que... veremos... que luego me cambias la pichada y nada, que me matas a la protagonista o me dejas p'al arrastre.
Jajajajajaja

Soros dijo...

Pero, ¡Madre del amor hermoso! ¿Qué es eso de cambiar la pichada? ¡Pero qué vocabulario en una señora! (aunque sea del desierto)
Es una broma. Esa expresión no se utiliza aquí.
Ya veo que estas cosas las pillas a la primera. ;-)

Piel de letras dijo...

"Madre del amor hermoso", "Jesucristo sacramentado" y la "Santa de la pata mocha". ¡VIVE DIOS!, que no he querido decir (ni de cerca) lo que presumo significa PICHA pa' usté, mi querido señor. (ya recuerdo al pIcHa sAnTa aquel). No no no. "Me cambias la pichada" hace referencia al PITCHER en el beisbol, o el softbol. Vivo en zona fronteriza, contaminada hasta el copete del idioma de los gringos. Quise decir, que me cambias el argumento, en lenguaje coloquial ¿ves?

¡¡¡fiussss!!! que la polla y la pichada, no son lo mismo pa' mi, que pa' usté. ¿VIO?
Una polla es una gallina joven (como casi yo) jajajaja

BESOS y explicación no pedida, culpabilidad manifiesta.
jajajaja

Soros dijo...

Mal enemigo tiene el idioma inglés en las zonas fronterizas con el español. Pitch, pichada, push, púshalo, chat, chateando... and so on.
Lo demás son ganas de bromear.
Una de las acepciones de polla es, también aquí, gallina joven. Sirve también para denominar a una jovencita. Ej.- Ayer vi a tu sobrino en compañía de una pollita.
Todo correcto. Y que siga la guasa.;-)