23 marzo 2009

En el suelo


Titubeaba Lázaro. Había dejado de estar en las nubes. No sabía qué actitud debía tomar en cuanto se encontrase con Valeria o con Hilario. En un principio, y llevado por la intensidad de sus sentimientos y la vehemencia de su juventud, se imaginó despreciándola a ella cargado de razones, echándole en cara su actuación y, enajenándose por la rabia, llamándole golfa y zorra y todas esas expresiones contundentes al uso que parecían de manual en casos como el suyo… En cuanto a él, le podría sorprender cogiéndole por la pechera en un lugar en que estuvieran a solas y decirle: Ahora sé, maldito cabrón, por qué no haces más que joderme…
Fue, sin embargo, en ese momento de futura ira imaginaria, cuando recordó su entrevista con Mansoz. Vinieron a su mente las palabras que le dijo el policía cuando él, totalmente entregado y antes de que mediara pregunta alguna, le iba a contar lo ocurrido en su primera visita accidental al burdel. Así que decidió reprimir sus primeras intenciones y, en vez de dejarse llevar por la pasión, utilizar lo que sabía en beneficio propio. En honor a la verdad le iba a costar un gran esfuerzo reprimirse, pero se sintió orgulloso de haber desterrado de su mente esas manidas reacciones viscerales que, sobre desagradables para quienes las presenciaran, serían inútiles para él más allá del momentáneo desfogue. Le congració consigo mismo el propósito de comportarse de otro modo, que le pareció, mucho más taimado y por consiguiente mucho más adulto. Tal era la idea que de los adultos Lázaro se iba formando.
Imaginó que, aparte de otras explicaciones que pudiera encontrar, Valeria se comportaba así por algo evidente. Sencillamente le gustaba el sexo. Pensó Lázaro que no necesitaba devanarse la sesera para haber llegado a esa conclusión pero, a veces, obviamos lo más sencillo. Con él por ser una persona de su misma edad y también alguien libre y sin ataduras con quien podía dejarse ver en cualquier sitio y momento sin causar a las gentes de La Fambra extrañeza alguna. Verles juntos era lo suyo.
Por otra parte su relación con Hilario, sin descartar el sexo, bien podía ser para ella una relación llena de morbo, primero por ser él su profesor, segundo por ser una relación clandestina dado el estado civil de Hilario, tercero porque él podía ejercer sobre ella, con la experiencia de los treinta años, una atracción diferente y quizás más interesante de la que el joven Lázaro pudiera suscitarle.
Pensó también, sin certeza ninguna, en la probable vanidad de Valeria. Bien podía sentirse halagada, a sus dieciocho años recién cumplidos, por el hecho de que un hombre de la categoría social e intelectual de Hilario se hubiese fijado en ella hasta el punto de arriesgar su matrimonio por su compañía. Así Lázaro, que nunca había ponderado el peso que puede tener la vanidad en el comportamiento de las personas, se hizo por vez primera tal consideración en el caso de Valeria.
Con respecto a Hilario, Lázaro no sopesó demasiado las razones de su relación con Valeria o, en todo caso, bastaba con mirar a Valeria caminar por la calle para que cualquiera pudiera imaginar las razones que cualquier hombre tendría para estar con ella. Tal vez fue ella una tentación, tan a la mano para Hilario, que éste no fue capaz de rechazar.
Podía que todo hubiese contribuido y también que nada hubiese sido decisivo. Mas, por encima de todo, Lázaro decidió que, cualquiera que hubiesen sido las circunstancias de ambos, a él no le importaban un bledo y que, en lugar de declararse abiertamente conocedor de su relación, solamente utilizaría lo que sabía para su propio beneficio.
¿Iba a ser capaz de seguir acostándose con una mujer que lo hacía con otro a sus espaldas? Al principio esta consideración le repugnaba y se dijo que no, que finalmente no sería capaz, que no lo haría. Mas al cabo de darle vueltas se dio cuenta de que Valeria no había tenido escrúpulo alguno en hacerlo. Por qué habría de tenerlo él. Quizás el proceso mental consistía en convertir a las personas en objetos, en desposeerlas del afecto que las hace únicas para nosotros. Y sí, si Valeria podía ser un objeto de placer para él, ¿qué razón, a la vista de los acontecimientos, le impedía el utilizarla? Podía hacerlo con total frialdad y, en el caso de que ella buscase algún compromiso, ya sabía a qué atenerse. Se zafaría de ella. Valeria no era de fiar.
Se dijo también que, a Hilario, no le iba a permitir más esa suficiencia. Ahora le conocía una debilidad. Sus desprecios se habían terminado. Dicho de otro modo, Lázaro, se propuso vengarse sin amenaza ni escándalo alguno y, desde luego, sin dar en ningún caso el menor espectáculo.

Pasó una semana que Lázaro dejó trascurrir sin frecuentar los círculos habituales para que sus ánimos se enfriasen por entero y así, con los pulsos tranquilos, poder reafirmarse en la idea que se había propuesto.
Valeria le llamó aquella tarde preguntándole si le ocurría algo, que estaba preocupada por no haberle visto en los últimos días. Al oír a la muchacha hablarle tan tranquila, con total desenvoltura, sin pizca de titubeo en la voz, a punto estuvo el impulsivo Lázaro de no poder contenerse y echar sus buenos propósitos a rodar. Sin embargo, venciendo su inclinación, contestó por primera vez con falsedad y, en un tono cansado e intrascendente, le dijo que había tenido más trabajo del habitual y que se había volcado en los estudios algo más de lo que solía. Lázaro se sorprendió a sí mismo al oírse. Valeria repuso que le había buscado en los lugares habituales pero que, al no saber nadie nada de él en los últimos días, había temido que estuviera enfermo.
Al día siguiente quedaron, una vez más como solían, para dar uno de esos paseos que habitualmente acababan en alguna de las praderas recónditas de la ribera del río. Tan bien supo Lázaro llevar aquella cita que Valeria, intuitiva como era, sólo acertó a notar en él un poco más de seriedad y también un cierto desapego en el sentimiento de protección que Lázaro solía prodigarle. Pero curiosamente, esos pequeños cambios, que intuyó. le gustaron y le hicieron creer en un Lázaro más maduro cuyo comportamiento se parecía por momentos más al de un hombre que al del muchacho que hasta entonces había conocido.
Lázaro se sentía seguro de sí mismo y aprendió lo bueno que era para sus propios deseos tener la boca callada cuando convenía. Fue también consciente de cómo Valeria, en lugar de recelar de él, parecía sentirse más a gusto a su lado por esa especie de pose un algo dura que los sentimientos le habían provocado pero que tan hábilmente había adoptado, a propio intento, como un actor que cuidara todos los detalles.

El primer encuentro con Hilario lo tuvo en compañía de Valeria y de otros habituales de aquellas tertulias socio-culturales. Hilario entró en la cafetería y puso la inevitable cara de fastidio al ver a Lázaro, pero enseguida pasó del disgusto al desdén y saludó obligadamente:
- Hombre, ¿ya te has repuesto? –dando por sentado que había estado enfermo.
- Sí, estoy ya bien. Ya sabes, mi vida es tan lineal como mi pensamiento. Tú es el que pareces llevar una vida más compleja, ¿cómo te va? ¿Te las arreglas bien? –repuso Lázaro con el gesto serio y una seguridad a la que Hilario no estaba acostumbrado.
- ¿Cómo? ¿Qué quieres decir? –no le quedó otro remedio que contestar a Hilario, pues todos se sorprendieron por la salida de Lázaro.
- Pues lo que he dicho, que mi vida es simple y cualquier cosa que se me presente tiene solución fácil. Que me preocupa más tu vida, la laboral, la cultural, la afectiva, la familiar y todas esas esferas que cultivas y que la hacen tan atractivamente compleja.
Hilario, antes de contestar y casi mientras Lázaro terminaba sus observaciones, echó una mirada a Valeria tan breve como intensa. Sin respuesta en los ojos de ella, contestó intentado ser intrascendente:
- No creas, mi vida es tan común como la tuya.
- ¿Ah sí? ¿Es posible que tengamos los dos algo en común? Me cuesta creerlo, sería la primera vez que lo admitieras.
Hilario, algo desconcertado, miró a la barra y dijo:
- Perdonadme un momento, voy a saludar a Laborda que hace un siglo que no le veo.
Y se alejó hacia la barra en un acto de retirada que ninguno acertó a comprender pero que a pocos pasó desapercibido.

2 comentarios:

Piel de letras dijo...

Jejeje
¡touché!
Como dicen, la venganza es un platillo que se disfruta mejor frío.

A ver qué sigue...

Soros dijo...

La venganza no me gusta ni fría ni caliente. Pero quizás lo peor sea sentirse merecedor de ella.
Va en gustos. ;-)