17 marzo 2009

El trago


Apenas pudo Lázaro disimular su evidente alteración. Miguel de la Villa atribuyó la repentina desazón de Lázaro a la impresión que le había producido el descubrimiento de aquel observatorio inusitado y a la concentración mantenida en el largísimo rato que paso mirando. Lázaro no lo negó pero, lejos de desengañarle, no le dijo que no fue el observatorio sino lo observado fortuitamente desde él lo que le había roto algo por dentro. Miguel, amablemente, le invitó a volver para disfrutar de aquellas vistas cuando quisiera pero Lázaro, dando las gracias con mucha cortesía y una seriedad que su amigo no esperaba, supo con seguridad que no volvería más a aquel observatorio, pues el sitio quedó asociado en su mente al primer desgarro serio que el muchacho sufrió en un lugar donde, hasta ese momento, sólo la felicidad le había acariciado. Aquellas vistas jamás le harían disfrutar, como pensó su amigo, sino todo lo contrario.
Tras balbucear unas excusas poco convincentes por precipitadas, le dijo a Miguel, que no supo a qué atribuir su repentina seriedad y prisa por marcharse, que volvía a la residencia de estudiantes porque sus deberes le requerían en ella. Salió de aquel observatorio y así lo hizo, pero no fue sino para asistir, desinteresado totalmente y ausente, al estudio de la tarde y a la cena y, tan pronto como los dormitorios se apagaron y se hizo el silencio, abandonó el edificio y salió caminando sin rumbo. Todo su ser estaba como acolchado interiormente por una angustia que le subía garganta arriba sin poder brotar por parte alguna y, por otro lado, su mente, repentinamente asustada por el imprevisto, estaba completamente aturdida y en desorden.
Atravesó el viaducto apresuradamente sintiendo el miedo a la oscuridad y al vacío que había bajo éste, cualidades ambas que ahora también él compartía en sus adentros. Y le dio miedo el viaducto por eso de que las cosas afines pudieran atraerse. Y fue ese un pensamiento que le asustó por nuevo, por no haberlo sentido antes ni en ningún otro lugar.
Era tarde y quedaban pocos sitios abiertos y, por las ventanas de los bares que aún tenían luz, podía verse a los camareros recogiendo y afanándose por cerrar cuanto antes para marcharse a casa. Así que Lázaro, para no incordiar a aquella gente cansada y deseosa de terminar su larga jornada, no entró en ninguno de aquellos bares del centro. Caminó hacia los arrabales sin ser muy consciente de que lo hacía. Sin pensarlo mucho se encontró empujando la puerta del bar que había en el bajo del burdel y donde su presencia fue acogida con la distante expectación de siempre, aunque con algo de extrañeza por no ser final de mes. Pidió una copa, lo que era inusual cuando visitaba aquel local y el encargado, sin duda avisado, bajó enseguida. Al ver cómo el camarero le iba a servir un cubalibre detuvo a éste con un gesto e invitó a Lázaro a subir al salón del primer piso donde se encontraría más confortablemente y en un ambiente más discreto. Lázaro se lo agradeció y le siguió escaleras arriba.
Una vez que Lázaro se sentó en uno de los sofás de la sala de la salamandra y los angelotes y los cortinones en tonos pastel, que aquello parecía la antesala del Olimpo, el encargado le sirvió un cubalibre con ginebra inglesa que tomó de la estantería del pequeño bar de la sala y le dejó allí, acosado por el flujo incesante de sus desordenados pensamientos. Bullía su mente en sentimientos alborotados e ideas fugaces. Por el momento, unos y otras continuaban sin sedimentarse, moviéndose sin orden dentro de aquel cerebro. Era como si la cabeza de Lázaro estuviera repleta de pájaros asustados que torpemente chocaran entre sí. Bandada chillona imposible de apaciguar, de hacer callar y poner en un orden que permitiera pensar y colocar una cosa detrás de otra.
Ahora todo comenzaba a tomar cuerpo y sentido en la mente de Lázaro. La admiración de su querida Valeria por el profesor era algo más y también algo distinto. Pero, en tal caso, por qué inició un romance con él. Acaso no se veía con Hilario antes de que comenzaran a frecuentarse y a iniciar lo que Lazaró pensó, hasta ese día, que había sido un compromiso. Y luego venía la actitud de Hilario, a la que ahora encontraba explicación pues el hecho de que se incomodara porque Lázaro se metiera por medio denotaba sin duda que, antes de que Lázaro entrara en escena, Hilario y Valeria se veían. Comenzaba a verlo claro, las cosas iban casando, tenían sus razones. Pero si era así, por qué Valeria se entregaba a él de un modo que siempre le pareció sincero y cómo podía hacer lo mismo con Hilario al día siguiente o vaya usted a saber si un rato después. El que Hilario no pusiera las cartas boca arriba tenía una razón clara: estaba casado. Y a todos estos hechos les daba Lázaro vueltas y más vueltas incapaz de verlos desapasionadamente y buscándoles las explicaciones más complicadas y, a veces, peregrinas. Daños, le parecían entonces, insufribles los que padecía. Y no se daba cuenta de que la mayoría de lo que aprendemos por la vía de los sentidos nos entra, con dolor o sin él. Aunque Lázaro, dolido como estaba, no estaba para asumir tales conclusiones ni ganas tenía.
Fue entonces cuando reparó en que una mujer, que aparentaba entre veinticinco y treinta años, le estaba sirviendo una segunda copa pues hacía un momento que había acabado la primera. La mujer le sirvió sin hacer ningún comentario y con una cara que no era ni alegre, ni seria, ni triste. Seguramente, advertida de quién se suponía que era, no deseaba pasarse en ningún sentido. Era guapa, de mediana estatura, morena y con el pelo sumamente liso y lustroso, cortado a media melena y con un flequillo sobre la frente que terminaba recto un dedo por encima de las cejas. El escote del vestido dejaba ver el inicio de los senos, pero sin exageraciones de mal gusto, y una raja lateral de la falda, más discreta que ostentosa, mostraba, según se moviera, hasta medio muslo de apariencia suave y un color muy blanco que contrastaba con el negro raso de su vestido. Si aquella mujer era una prostituta, y por el sitio donde estaba no había duda de que lo fuera, no le daba la impresión a Lázaro de que la agraciada morena diera el tipo de tal. En todo caso un maquillaje algo excesivo en los ojos y unos labios, a juego con las uñas, de un tono rojo intenso, como recién pintados, le daban un toque que se salía algo de lo habitual. Ante aquella mujer hecha y derecha, Lázaro se azoró un poco y ella, que lo notó al instante, le facilitó las cosas diciendo:
- Parece que estás algo preocupado.
- ¿Cómo lo sabes? –respondió Lázaro con una seguridad fingida.
- Llevo sentada ahí al lado casi media hora y he notado que ni me habías visto.
- ¿De veras? Tal vez hacía como que no te veía.
- No. Yo sé que no me has visto.
- Llevas razón, no me había dado cuenta de que estabas.
- ¿Qué te preocupa? ¿Alguna mujer, algún negocio?, aunque a tu edad seguro que se trata de una mujer –dijo la prostituta sin titubear pero sin darse ningún aire.
- Sí, y no sé a qué carta quedarme con ella.
- Es lo bueno que tenemos las putas. Con nosotras está siempre todo muy claro… Me llamo Camelia, ¿y tú?
- Lázaro.
Y ante las palabras de Camelia, pensó Lázaro, con el corazón rebosante de rencor, que habría que ver cuál de las dos al final resultaba más puta si Valeria o aquella tal Camelia, la morena aplomada y tranquila que, sin resultarle molesta, se había sentado a su lado en el sofá y se había declarado del gremio sin alterarse ni dar la nota.

Cuando Lázaro despertó se encontró con un brazo sobre la espalda desnuda de Camelia. Se sobresaltó y se incorporó rápidamente en la cama y, enseguida, saltó de ella. Tomó el reloj que había dejado en la mesilla. Eran las seis de la mañana. Había de volver lo antes posible a la residencia pues los estudiantes se levantaban a las siete.
- ¿Qué te ocurre? –dijo Camelia incorporándose somnolienta y encendiendo la luz de la habitación desde una perilla que colgaba sobre la cabecera de la cama.
- Me tengo que ir. Dime qué te debo.
- Por estrenarte con una del gremio, invito yo. No quiero que tengas mal recuerdo –dijo Camelia con tranquilidad – Si vuelves, ya será otra cosa.
- Mi recuerdo será bueno, pero tengo que pagarte –dijo Lázaro con decisión.
- Mi cuerpo es mío –dijo tranquilamente Camelia sentada en la cama al tiempo que se encendía un cigarrillo- Es de lo poco que tengo claro.
Lázaro la miró fijamente. Camila, aspirando una bocanada, con los hermosos pechos desnudos y la mirada serena le devolvió la mirada. ¿Cómo una mujer tan entera y tan bella tendría aquel oficio?, pensó Lázaro. Luego se dio la vuelta y, ya totalmente vestido, salió de la habitación. Sin duda le faltaba mucho por aprender de la vida pensó el muchacho mientras salía de aquel garito por una puerta lateral y el fresco de la madrugada helada de La Zambra le cortaba la cara. Todavía no había amanecido.

4 comentarios:

Piel de letras dijo...

Mmmmmmm mira qué prontito halló consuelo el Lazarito.
Luego de qué se quejan ¿eh?

:-P

Soros dijo...

Más que consuelo halló caridad. Pues no hay que olvidar que Camelia no tenía nada suyo, todo lo daba.
Además la pobre criatura, aún sin mediar la venadura, podría haber sufrido una caída, muy humana como dices, en aquella guapa morena tan lustrosa de blancos muslos... Vamos, digo yo. ;-)
Claro que, ciertamente, el muchacho no tuvo quejas.

Piel de letras dijo...

Na na na. No me vengas con "caridades" jajajaja ¡le gusta el gusto!. Y eso de los muslos blancos y lo de morenta lustrosa, salía sobrando ¿eh?
Que se me hace y estoy sospechando que ese Lázaro y TÚ... como que se me están figurando.
¡Mucho cuidadito!
Que te estoy vigilando [o_0]

Soros dijo...

Que se den coincidencias en lo que respecta al buen gusto es normal. Y en la convergencia de miradas hacia lo bello sólo placer y nunca malicia se encuentra. Así de cristalina es el alma del hombre. Debería saberlo, señora.;-))