16 marzo 2009

El puente de mando


La aversión hacia Hilario fue creciendo sin pausa. Y ocurrió así por los propios méritos del filósofo y en correspondencia al desprecio que éste evidenciaba hacia Lázaro. Hoy, los sicólogos dirían que era, la tal aversión, algo así como un efecto rebote. Además los buenos ojos con que Valeria miraba al profesor no hicieron más que exacerbar, con celos ocultos y añadidos, la inquina sorda que Lázaro albergaba contra el filósofo y a la que, hasta ese momento, se había visto impotente para dar salida. Por otro lado el docente, lejos de deponer su actitud, perseveraba en ella. Y así el transcurso del tiempo fue asentando estos venenosos sentimientos en el muchacho, dejando siempre latente en su cabeza un sentimiento que guardaba para el día que pudiera resarcirse de tanto desdén y humillación sin motivo aparente.

Aquella tarde de primavera Valeria salió a pasear con Lázaro por un camino de tierra que se alejaba entre choperas río arriba. Ella vestía un traje chaqueta verde verbena con una falda ceñida, a él le pareció que el color del traje era muy llamativo pero Valeria estaba muy guapa con él y su belleza fresca y juvenil hacía que incluso la estridencia de aquel color le sentara bien a la muchacha. Charlaron y caminaron largo rato pero su mutua atracción pudo al cabo de una hora mucho más que el resto de las cosas y en un lugar apartado, río arriba, se entregaron ansiosamente al sexo en la ribera herbosa. Luego, saciados de él, tornaron cogidos de la mano deshaciendo el camino antes andado y regresando indolentemente a la ciudad mientras las sombras de los chopos se alargaban y, con el irse de la tarde, llegaba el frescor. Valeria no habló mucho y Lázaro, feliz con aquellas expansiones amorosas, se sentía tan agraciado como si se encontrara protegido y compensado de lo desagradable que pudiera rodearle por aquella especie de premio, tal como él lo veía, que era el amor espontáneo y acogedor de la muchacha. Él pensó que en el regreso a la ciudad habían conversado mucho, pero no fue así. Apenas se dirigieron la palabra absortos como iban, mecidos ambos en un sentimiento de agradable calidez que se trasmitía por las palmas de sus manos enlazadas. Así, Lázaro, pensó una vez más, irreflexivamente, que los sentimientos se comunicaban por telepatía y que lo que uno sentía era compartido y conocido forzosamente y a la par por el ser que caminaba a tu lado cogido de tu mano, porque eso era el amor y no otra cosa. Aquel tipo de ensoñaciones, capaces de confundir la comunicación con el recrearse en sus propios sentimientos, eran muy propios de él.

Pasaron un par de semanas con la lentitud que los días tenían en La Fambra. Uno de aquellos estudiantes, Miguel de la Villa, le tenía prometido invitarle a su casa para echar una ojeada a la biblioteca de su padre y charlar un rato sobre libros, aparte de enseñarle las portentosas vistas que desde aquel lugar, que ocupaba la casa familiar, podían contemplarse. A Lázaro le sobrecogía la impresionante mansión que el padre de Miguel tenía en una de las colinas que había en el ensanche, en el lado nuevo de la ciudad, pasado el viaducto, y desde la que se dominaba, a ojo de halcón, la vega allá abajo hasta perderse en el horizonte de choperas verdes y huertas cuidadas, la ciudad a la derecha con sus torres y todos los montes circundantes en un radio de muchos kilómetros. La construcción de aquel chalet grandioso y desproporcionado no era precisamente bella, original ni artística. Tenía, sin embargo, una peculiaridad que Lázaro no acertaba a captar y que hacía única, por inusual, a aquella construcción un tanto mastodóntica para ser una simple vivienda familiar. Miguel, notando su perplejidad, le contó que el edificio había sido edificado intencionadamente por su abuelo de aquel modo. El viejo, que había sido almirante de la armada, primero eligió aquel enclave y después construyó toda la casa a semejanza del puente de un gran barco y por eso tenía aquellas formas tan exageradas, tan geométricas y de tan poco uso tierra adentro y que, también por eso, las vistas eran las que se tendrían desde el puente de mando en un barco que navegara por aquella abrupta y accidentada orografía. Entonces comprendió Lázaro la extraña disposición de aquel edificio tan sorprendente y raro.
Luego, una vez en el mirador principal, en lo más alto de aquella mansión observatorio se sintió definitivamente impresionado. Las vistas eran aún más extraordinarias de lo que había imaginado y, por si fuera poco lo que desde allí pudiera verse, había media docena de prismáticos militares que permitían acertar a ver detalles de cuanto se observaba, que de por sí ya era mucho. Lázaro estaba tan entusiasmado por el descubrimiento de aquel lugar tan exclusivo e impensado que olvidó la fealdad geométrica que el edificio presentaba externamente, falto de cualquier detalle artístico o decorativo, e incluso quedó momentáneamente aparcado, en un segundo plano, el interés por la gran biblioteca que albergaba en una de sus salas y que Miguel acababa de enseñarle. Durante mucho rato quedó Lázaro absorto en las vistas, tan callado como si fuera mudo.
El sol de la tarde, que quedaba a espaldas de aquel punto de observación, iluminaba toda la vega y la ciudad sin posibilidad de deslumbrar en absoluto, al contrario, como si proyectara una luz intensa dedicada a iluminar portentosamente todo cuanto allá abajo existía y también el cogollo de la ciudad entera que se extendía en el gran cerro de la derecha pasado el diáfano viaducto del gran ojo central.
Tan absorto notó Miguel al asombrado Lázaro que, tomando un libro que estaba leyendo, se sentó a un lado y continuó tranquilamente con su lectura, dejando que Lázaro probase con calma la potencia de aquellos prismáticos, hechos todos, para observar en el mar a muchas millas de distancia. Lázaro agradeció el silencio de su amigo y aquella educada discreción que le permitió pasar un rato de excelente contemplación, observando desde allí los detalles de la ciudad y luego los de la estación, el barrio bajo y la vega como nunca antes había tenido la posibilidad de hacer.
Fue al enfocar las lejanas choperas de la vega, cuando aquella brizna de verde más brillante atrajo su atención. Tomó los prismáticos de más alcance. Al principio no podía creer lo que veía. La brizna verde que llamó su atención era el traje de Valeria que, como una señal destelleante en movimiento, destacaba de verde más vivo entre los tonos verdes. Estaba con alguien a quien Lázaro no podía identificar pero a ella sí, sin duda, no había quien llevara un traje de aquel color en toda La Fambra. El corazón de Lázaro latía con tal fuerza que lo notaba en el cuello y en las sienes. ¿Cómo podía ser aquello? ¿Quién era aquella persona? Ambos se acercaban, se abrazaban, sin duda se estaban besando, no había duda. Luego siguieron caminando y sus figuras se ocultaron tras un cañaveral. A los pocos minutos un coche salía de detrás de las cañas y aún en él y por un momento pudo Lázaro ver el destello verde como una diminuta chispa, bajo la luz aún intensa de la tarde, del vestido de Valeria. Se disipó su duda. Era el coche de Hilario. A Lázaro se le hizo un nudo en la garganta.

2 comentarios:

Piel de letras dijo...

♪♫♪Que no me digan en la esquina, ♪♫el venao, el venao♪♫ Eso a mi me mortifica ♪♫el venao, el venao♪♫
♪Ayyy mujé♫, la gente va diciendo por ahí, que yo soy un venao, y que vivo pegao ♪♫

♪♫♪♫♪♫♪♫♪♫♪♫♪♫♪♫♪♫♪♫♪♫♪♫

Soros dijo...

Muy apropiada la cancioncita. Sólo hubiera faltado que la criatura la escuchara al salir a la calle. Lástima que el señor WILFRIDO VARGAS aún no cantaba por entonces.
¡Chin pun!