27 febrero 2009

Conciencia


Y él, que había pensado que su vida era suya. Él, siempre tan celoso de su libertad y de su independencia, ¿cómo él había caído en semejante trampa? Él que, tan sólo dos días antes, se había acostado bendiciendo su fortuna de cara y ese don ignorado que tantos bienes prometía.
Indignado por la vergüenza hacia su persona, se encontraba con que alguien, un ser desconocido que reinaba en un despacho, simplemente con unos minutos de distraer su atención de unos informes le podía obligar a hacer algo oneroso y encima así, como quien dice, al chasquido displicente de sus dedos. A él, nada menos que a aquel ser idealista que desde tan joven había preservado intacta, tan perseverante como delicadamente, su independencia y su libre voluntad y que había soñado con ser sutilmente distinto a todos esos seres mezquinos, ordinarios, apegados a la tierra, que le rodeaban. Lázaro se negaba a admitir el hecho de tener que acatar una sumisión tan denigrante. Aquello le repugnaba.
Indignado no hacía más que dar vueltas en la cama sin poderse dormir, impresionado aún porque algo tan inesperado pudiera haberle ocurrido precisamente a él. Pero así era y, a menos que se le ocurriera algo brillante, no iba a poder librarse del cepo en que había caído ni de la tareíta con la que el comisario había pensado amenizarle su paso por La Fambra.
Poco a poco se calmó. Pensó, intentando ser ecuánime, que tampoco estuvo bien que se hubiera dejado meter aquel dinero en el bolsillo y que de aquel dejar hacer le venía ahora este no poder dejar de hacer, esta obligación ineludible. Reconoció también que, en el momento en que el rufián aquel le metió el sobrecito en la chaqueta, sintió una cierta repugnancia por aceptarlo tan taimadamente pero, recordó a la par, cómo se contentó enseguida al día siguiente cuando entró, como un señor, a desayunar al hotel Cervera, que era el más elegante de la ciudad, y cómo lo hizo, con ese aire distinguido que, como había comprobado, hasta la policía consideraba y sabía apreciar. Era un placer el sentirse un ser dominador con esa seguridad que daba el dinerito en la cartera.
Evidentemente, si se pensaba de dónde procedía éste, había de sentirse necesariamente un poco de vergüenza pero, una vez que uno se acostumbraba, y él se acostumbró enseguida, tampoco era el mal para tanto. Todo era capacidad de adaptación, se dijo. Al fin y al cabo gastaba en sus placeres ganancias que del placer ajeno procedían también y así, rodando el dinero de unos a otros, a todos complacía según sus gustos y, escrúpulos tontos aparte, no había hecho, ni remotamente, mal irreparable a nadie. Y, teniendo todo esto en cuenta, concluyó que era el dinero la mejor ramera por eso de saber dar placer a todos y a cada uno.
Considerado el hecho de otro modo, el encargo encomendado era una tarea vil que, como tantas que afectaban al honor, no existiría como tal mientras los demás no la conocieran y, aún conociéndola algunos, no lo sería mientras no fuera pública o notoriamente difundida. Eso en el supuesto de que esos, potenciales críticos, no hubieran actuado de igual modo de haberse visto en idéntico brete. Y así, Lázaro, fue dando a su conciencia cálidos y prolongados masajes de justificación, para flexibilizarla y hacerla tan elástica que todo le cupiera y, de este modo, le ayudara a llevar su existencia con comodidad en lugar de hacérsela difícil y penosa. Modestamente, Lázaro, llegó a reconocer por entonces que lo consiguió y que, con el paso del tiempo, cupieron en su conciencia cosas tales que nunca antes hubiera imaginado.
Enfocando el asunto del lado de sus futuros espiados: qué podían ocultar aquellos aplicados estudiantes y aquellos probos profesores. Se limitaban a ser gente cultivada, con ideas, con conocimientos plurales, variopintos y diversificados…qué interés podía eso tener para el comisario, qué más daba que él le contara lo que opinaban sobre tal o cual autor o filósofo, qué libros leían, como veían el futuro del arte escénico o de la música o de la pintura o qué mundos les desvelaban aquellas películas de arte y ensayo… Lázaro estaba convencido de que, sus revelaciones a Mansoz, le iban a proporcionar un buen nivel de vida sin que por ello sus admirados intelectuales sufrieran ninguna consecuencia ni perjuicio. Es decir, iba todo a ir rodado para él sin ningún detrimento para los demás. Un modo sencillo y cómodo de ganar dinero, vivir bien y poder comprar todos esos libros que tanto le deslumbraban y atraían.
Con el paso de las semanas llegó a pensar que hubiera sido cosa de un bobo el haberse negado en redondo a colaborar con el comisario. Qué gran ocasión de aprendizaje y de mejora personal hubiera despreciado, pues su vida se había hecho desde aquel encuentro, amedrentador en un principio ciertamente, una especie de etapa indefinida de recreo digna de ser paladeada con deleite. ¡Qué gran placer era el aprendizaje!, concluyó Lázaro una vez que hubo revocado sabiamente todas las grietas que en su conciencia surgieron al principio. Ciertamente un hombre había de construirse a sí mismo y aplicarse en esa tarea con más tiempo y ahínco que en ninguna otra.
El dinero que comenzó Lázaro a recibir puntualmente le era entregado con todo respeto y sobria ceremonia los finales de mes en cuanto asomaba la nariz por el burdel. Gracias a él su aspecto había mejorado, se había comprado alguna ropa, se aficionó al buen tabaco, a la buena mesa y al vino de Rioja. También sus relaciones personales habían mejorado, pues ya no era necesario que se excusase fútilmente cuando le pedían ir a cenar en compañía de algún o algunos de aquellos amigos recientes, por no tener dinero para pagarse cenas en restaurantes o en hoteles. De hecho era él el que ahora les pedía quedar para cenar de vez en cuando y escuchar sus interesantes charlas sobre filosofía, literatura, arte, cine, etc.
Enseguida conoció a una chica tan joven como él que también frecuentaba aquellos círculos, si bien no tanto como los varones, pues aquello por entonces, como ya se dijo, no estaba muy bien visto entre mujeres. Era una chica muy espabilada, rubia y con el pelo corto aunque no excesivamente y tenía una figura espléndida. La muchacha estaba muy bien, era muy atractiva y lo sobradamente despierta, suficiente y simpática que solían ser algunas chicas a la edad de Lázaro. Él, sin embargo, no estaba todavía muy curtido en lides femeninas y de este modo, Valeria, que así se llamaba la muchacha, le parecía a Lázaro lo más interesante, subyugador, atrayente y fresco que en La Fambra podía encontrarse.

2 comentarios:

Piel de letras dijo...

Cálidos y prolongados masajes de justificación. Ufff ¿De qué me suena eso?
Jajajajaja
Vamos, que finalmente Lázaro a la par que joven, es humano.

Soros dijo...

Te suena, ¿eh?
En todas partes cuecen habas y en mi casa a calderadas. Eso dice el refrán.
Humanísimo. ;-)