27 junio 2011

Cambiando el agua al hurón

Sí. Asín fue. Yo, bien alto lo puedo decir, no tuve la más mínima intencionalidá ni lo hice, de ninguna manera, apostamente.
Pero es que no era sólo a mí. Es que doña Cova le hacía tilín a medio pueblo y conste que hablo aproximativamente, porque en mi pueblo, como en casi todos, la mitad, sobre  poco más o menos, éramos hombres.
Para mí, que tuvieron que ser la miradas. Y las miradas es lo que tienen, que te traicionan. Porque tú te crees que no te se nota, asín que, en cuanto te se cruzaba pues mirabas pa ella, pero asín, sin intencionalidá, como sin idea, pensando que la lascividia no te se notaba, que la saludabas por pura educación y sin rijosidad ninguna, de esa mala. Pero, por más que lo quisieras indisimular, te se debía notar en algo cuando estabas a su vera. Qué sé yo en qué, en lo perseverativa de la mirada, en la fijación, qué sé yo.
Y, ¡mucho cuidao!, que yo por doña Cova, ¡ojo, eh!: una buena intención. Saludar y ser cortés que, aunque uno sea de pueblo, y a mucha honra, a uno le dieron siquiera una miaja educación y la urbanidá y las cuatro reglas.
Pero claro, si es que era voz pómpulis, me cago en diole, si en hasta en la taberna del Fabián, cuando hacíamos recuento de las mozas, doña Cova se llevaba la palma. Bien es verdad que doña Cova estaba casada pero, como no era del pueblo, pues la metíamos en el lote de las mozas, pero asín, como haciéndola una concesión por sus méritos, porque en mi pueblo a las casadas es que, de ordinario, ni mentalas. Más que nada por la cosa del respeto y para evitar redecillas entre vecinos y otras inquininas. ¿Comprendes a lo que me quiero referir?
Y luego, claro, es que cómo iba doña Cova, con qué empaque, con qué elegancia, con qué garbo, con qué rumbo, con qué meneo. Si a su paso, me cago en diole, parecía que se inclinaba hasta el mismísimo campanario de la iglesia. ¡Huy coponario, cuando pasaba doña Cova!
Que no es que yo lo diga, pero los domingos hasta los tres o cuatro ateos descreídos del pueblo se acercaban a la iglesia por verla llegar toa empitoná a misa de doce. Eso, por no hablar de los que siempre hemos sido conformes con el Credo. Y hasta alguno llegó a ir a misa por su causa, que don Honorato, el cura, hasta hizo mención al Espíritu y Santo por el regocijo de aquellas inesperás conversiones. Que más gozo hay en el cielo por el regreso de un perdido que por la preseverancia de mil justos. Que estamos hartos de saberlo.
Y el caso es que todo fue una casualidad. Porque si llego yo a percatame de que estaba mirando por la ventana de su clase, de qué hago yo aquello. Pero quién me lo iba a decir a mí. ¿Cómo iba yo a columbrarme que doña Cova iba a estar mirando por la ventana de su aula? ¡De qué parte!
Y es que es la que todos nos decíamos, que don Luis, buena persona, sí, hombre intachable, también, maestro ejemplar, to lo que quieras, pero asín, en conjunto, y sin quitarle a don Luis ningún misterio, pa mí y pa algunos otros, que era poco pollo pa tanto arroz.
Bueno, que nosotros no teníamos motivo alguno pa pensalo, pero que nos decíamos que algún misterio tenía que tener que aquella hembrota, casada ya de años, no tuviera hijos. Aquello no podía ser cosa normal. Que, ¡cuidao!, que no es que nos metiéramos con don Luis, que era hombre fino donde los hubiera. Pero, qué sé yo, a las mujeres muchas veces, por distinguidas y señoras puestas que parezcan, no sé como decirte, sí, que vamos, que les tira un poco, aunque ellas no lo digan, les tira un poquito, una miajilla, la brutalidad del macho. Y, la verdad, es que, perdonada sea la falta de modestia, de esa brutalidad algo cerril y verrionda, andábamos mu sobraos en mi pueblo. Y, yo creo que, quien más y quien menos, andábamos dispuestos a echarle una mano a don Luis. Pero, cómo no íbamos a andar, si es que ni que la tuviéramos de palo. Y asín que cuando veíamos pasar aquel buque insignea ante tanto pirata,  bueno, yo no sé a los demás, pero a mí me se ponía asín como una nube en los ojos que me anublaba to el racioncinio.
Y, claro, de ahí vinieron después to los males.
- Luis, que a ese hombre no me gusta verle.
- Luis, que le tienes que decir que deje el casetón.
- Luis, que tú eres muy bueno y no ves lo que tienes delante.
- Luis, que no quiero que siga por aquí.
En qué hora me pondría yo a orinar el día que doña Cova miraba por la ventana de su aula como los gorrioncillos saltaban por el patio. De qué mi iba yo a imaginar que aquella señora estuviera mirando cuando tiré de bragueta, en mitá el patio, y me puse a mear tan tranquilo, tan relajao, mismamente como si le estuviera cambiando el agua al hurón.

2 comentarios:

Piel de letras dijo...

Jajajajaja
¡Ese Colás!
Porque es su narración, imagino.
¿Poco pollo pa tanto arroz?
¿Buque insignia?
Debe haber sido una delicia para ti, escuchar sus narraciones en "vivo".
"Cambiarle el agua al hurón" a medio patio fue temerario. ¿Qué esperaba conseguir con eso?

Soros dijo...

El Colás existe.
Pero, en mis relatos, es un personaje literario. Alguien que está en mis manos, sujeto a todas mis exageraciones.
Sus relatos en vivo han inspirado muchas de mis historias. Y él, en conjunto, es así, como lo describo, aunque sus aventuras lleven muchas cosas que yo he inventado.
¿Qué esperaba conseguir con eso?
No sé cómo decirte, quizás el personaje pensaba, en su cabeza, que su brutal exhibicionismo terminaría por rendir a la maestra.
Hay gente que se cree esas cosas.
Saluditos, doña. ;-))