27 enero 2010

Passamento

Conoció por casualidad al portugués. Más exactamente lo encontró. O, tal vez, él decidió conocerle.
Era uno más de los tantos viajes a Portugal. Un viaje usual para un renegado del turismo. Uno más a lugares que va sólo quien quiere y, a veces, si es que los encuentra. Bueno, aunque vaya también quien no quiere: esos que, con la guía de carreteras en la mano, acaban donde no pensaban. Esta vez era una aldea perteneciente al concejo de Torre de Moncorvo, en Tras os Montes.
Con un libro de viajes de José Saramago, avisador de que ningún viaje es definitivo, llegó allí. Apenas puesto un pie en el suelo, apareció el portugués.
- Vienes a Portugal con un libro de ése. Ése no es portugués, es español.
Pronunciada ésta, casi sentencia, sin esperar respuesta, dio media vuelta y se marchó.
Quedó perplejo, pero lo superó. Pensó que de la adoración al odio hay apenas un jeme; vino en su auxilio el dicho de que nadie es profeta en su tierra; y, antes de que se le ocupara la mente con medio refranero, comenzó a caminar a la deriva por las calles empedradas y estrechas de la aldea.
Con la ilusión quebrada, por haber perdido tan inesperadamente al potencial cicerone local, llegó a la pequeña iglesia románica.
Mientras observaba los detalles peculiares del monumento, el portugués apareció de nuevo. Brusca, inopinadamente, inició la conversación, no sin antes despedir con cajas destempladas a la vieja que le estaba dando, al forastero, pistas peregrinas sobre algunas de las figuras más extrañas del templo. Algo debió gustarle al portugués de lo que el forastero dijo, porque se mostró amigable y pareció dispuesto a olvidar, con gran esfuerzo y siempre que no mediara provocación, a Saramago.
Cuando le llevó a su casa vio que ésta era similar a un pazo no demasiado grande. Le presentó a la madre y a la tata, dos ancianas, muy distinguida la primera y callada y servicial la otra. La cortesía que demostraron era más propia de otros tiempos, la hospitalidad también.
Le costó mucho rechazar la invitación de quedarse a comer. Prometió un contacto futuro que cumplió. Sin embargo, se fue sin enterarse de la causa de la inquina mortal al innombrable.
Hace un año murió la tata. Hoy ha muerto la madre del portugués. El extranjero le imagina sólo, desolado, con la melancolía portuguesa acrecentada, en su vieja casa solariega de Tras os Montes y, como en estos casos sobran las palabras, me pidió que escribiera éstas en memoria de su madre. Un pequeño homenaje, un recuerdo, como queriendo acompañar al portugués en la distancia.
No obstante, me dijo que dijera, que su admiración por Saramago sigue intacta. Aunque, contradiciéndole, piensa que algunos viajes son definitivos.

5 comentarios:

zeltia dijo...

curioso el personaje,
y con final emotivo la historia.
este Viaje Definitivo,
por algo se llama o passamento.
Pero a veces de otros viajes, tampoco se vuelve, aunque no suelen ser planeados.

Soros dijo...

Tal vez los viajes son una búsqueda o, para algunos, puede que lo sean. Y, claro, hay viajes de los que no se vuelve pero, si siquiera eso, asgura que sean definitivos. En fin, Zeltia, las palabras dan para mucho.

Anónimo dijo...

Buenas tardes,
estoy tratando de recabar datos sobre Francisco Espeja Cabellos, veterinario de Atienza, a fin de publicar un breve semblance del personaje en una revista digital que se llama "Atienza de los Juglares", y he leído el relato que sobre él se hace en 2007 en este blog, me gustaría poderlo incluir en esa revista, a ser posible, pues existen muy pocos datos sobre él, salvo los que publicó la prensa de la época, en torno a 1930. No se si podrá ser. Le rogaría en su caso que me lo comunicase al correo: atienzadelosjuglares@gmail.com,
le estaría muy agradecido por su atención. Fotografía del personaje tengo. T. Gismera.

Soros dijo...

Sr. Gismera, ya le he enviado mi contestación en un correo personal.
Gracias.

Anónimo dijo...


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